Ambos se encontraban en la sala, sentados uno frente al otro y tomando el té que Serenity recién había servido.
Yami estaba observando los resultados de los Torneos de Justa que se habían llevado a cabo en los condados más alejados de Chester. No había ningún campeón medianamente conocido pues no había enfrentado a ninguno de ellos en las anteriores ediciones del campeonato inglés, donde participaban los campeones de cada condado.
Pero lo más asombroso era que Devlin Kaiba no había ganado en Southampton. Sabía que había salido campeón desde que tenía conocimiento de su existencia, es decir, desde que se casó con Tea. Pero ese año no y eso le resultaba muy raro. Devlin había perdido su toque.
Tea se encontraba leyendo un libro que en la mañana la modista que la había visitado le trajo. Pero no le importaba lo que leía, no se podía concentrar. Su atención estaba centrada en su hermano y aquélla reunión con Crawford sobre su primo. La carta era la confirmación de su presentimiento. Algo estaba sucediendo con Devlin; algo bueno quizás... O algo malo, como ella lo había soñado.
—Devlin perdió el torneo de justa— dijo Yami captando su atención.
— ¿Perdió?— preguntó sin creerle –Eso es imposible.
—Imposible pero es. Y deja de decir imposible que me haces recordar a Kaiba.
—Soy una Kaiba— sonrió—. Esa es nuestra palabra favorita y acabas de repetirla dos veces, Yami.
—Ah, ¿sí?— dijo Yami desafiante. — Pues la palabra favorita de los Moto es...
No terminó la frase porque Joey entró en la sala corriendo seguido de Tristán. Se acercaron a Yami y luego de respirar profundamente unos instantes Joey dijo:
—El señor Kaiba regresó.
Tea se levantó de prisa y se dirigió a la puerta, intrigada. Antes de salir escuchó a su esposo decir:
—Vaya novedad.
Pero él también salió de la sala seguido de los otros dos. Afuera vieron la carreta detenerse. Seto bajó y luego descendió una muchacha de cabellos blancos. Tea se sorprendió mucho, pero aun así avanzó hasta donde su hermano se hallaba. Yami estaba inmóvil con los ojos y la boca abierta; y sus sirvientes lo imitaban.
Kaiba caminó hacia su hermana seguido del abuelo y la albina.
—Seto, ¿qué te dijo Crawford?—luego observó a la otra chica y dijo: — ¿Qué sucedió con Devlin?
—Murió— dijo secamente, encogiendo los hombros—. Lo decapitaron.
— ¡Oh! ¡Por dios!
—Y eso no es todo. Incendiaron su mansión, sus terrenos, todo lo que tenía— se detuvo al ver que su hermana no le quitaba los ojos de encima a la otra y aclaró—. Ella es Rouxx Anne, viuda de Devlin.
—Ah...— fue lo único que pudo decir Tea pasmada.
Yami se acercó a ellos y miró a la mujer durante unos segundos. Luego miró a su cuñado y le dijo:
—Ella se quedará con nosotros, ¿no es así Kaiba?
Seto solo asintió y avanzó hacia la casa no sin antes ordenarle a Salomón que preparara una habitación para la joven.
Tea junto con un inexplicablemente molesto Salomón llevaron a Rouxx Anne hasta la habitación. No era un dormitorio muy grande, pero estaba bien ordenado. Aparte de la cama había dos mesitas de luz, una a cada lado, un ropero y un piano enfrente. Lo que a la albina más le gustó fue que tuviera una ventana de gran tamaño.
—Esta habitación era de mi cuñada— dijo Tea—, antes de casarse, claro.
—Es muy bonita— fue lo que se limitó a decir. Estaba demasiado nerviosa, y además tenía miedo de hablar y arruinar todo.
—En el ropero está su ropa. Puedes usarla, la tuya perdió su vida útil, ¿no crees?
—Oh, si...— dijo mirando su vestido blanco, ahora marrón por el barro de la celda. —Gracias.
— ¿Cómo es que te encuentras en esas condiciones?—preguntó Tea.
—Eh... bueno. Me asaltaron cuando venía hacia acá—dijo recordando lo que Kaiba le había recomendado decir cuando tuvo esa idea de hacerla pasar por otra persona. Aún no sabía por qué, pero estaba claro que no lo hacía por ella en realidad.
— ¡Oh, qué horrible!
—Será mejor que dejemos a la joven descansar, Tea— dijo Salomón procurando que no hubieran más preguntas que pudieran confundirla y hacer que el extraño plan del "señor Kaiba" se estropeara.
—Sí, tienes razón— dijo y miró a Rouxx Anne—. Sí necesitas algo solo pídemelo, esta es tu casa.
Ella asintió y los otros dos salieron de la habitación.
Ambos cabalgaban por el bosque de Chester, como todas las mañanas acostumbraban, aunque esta vez habían tenido que postergarlo. Por suerte para Seto no los acompañaba la fastidiosa presencia de Yami y su abuelo. Y él se alegraba mucho de esa situación. Ya tenía demasiado con tener que soportar a los Moto en su casa, y solo porque su hermana tenía el peor de los gustos. Solo ella era capaz de casarse con un Barón de una familia en decadencia, por así decirlo. Aún no descubría de donde su cuñado había sacado tal título. Dudaba mucho de su nobleza.
—Cuando crezca quiero ser un campeón de Justas, como lo es Yami— escuchó decir a su hermano.
—Vaya metas las tuyas, Mokuba.
—Ah, ¿sí? ¿Y cuáles se suponen que deben ser mis metas?
—Pues...— no terminó la frase porque en su camino se cruzó un caballo salvaje negro y de ojos... verdes. ¿Ojos verdes?
El caballo de Kaiba levantó sus patas delanteras y Seto cayó al suelo abruptamente, a unos cuantos metros de donde estaba el animal.
Mokuba se bajó y se acercó a su hermano que intentaba levantarse. Se había golpeado la cabeza y la espalda contra una roca y le dolía demasiado. El menor intentó ayudarlo pero ni bien se inclinó hacia delante sus ojos se abrieron mucho.
—Parece que te golpeaste con una piedra enorme, Seto.
—Mataré a ese caballo— dijo mientras apoyaba su mano en la roca para levantarse de una vez por todas. Pero inmediatamente sintió la humedad de aquél objeto y retiró su mano. La vio y se quedó paralizado: estaba llena de sangre.
—Seto, estás sangrando—dijo Mokuba—. Quédate aquí que yo iré por ayuda.
—No es necesario Mokuba. Puedo pararme, es solo un corte— aunque ponerse de pie le llevó tres intentos, y al lograrlo se tambaleó. Mokuba acudió a su lado y lo ayudó a mantener el equilibrio.
Seto miró alrededor pero no había rastro del animal; se había esfumado ya.
