Estaba en una isla, caminando por el pequeño pueblo, aunque más parecía una aldea. Las personas vestían trajes que no se habían visto en al menos unos doscientos años. Bajó la mirada: ella misma portaba uno de esos atuendos. Llevaba una canasta entre las manos y se dirigía a una tienda pequeña. Cuando entró y comenzó a buscar lo que quería, escuchó la conversación de dos mujeres. Una de ellas preguntaba si sería buena idea quedarse en esa isla. El volcán estaba dando indicios de despertar desde hacía ya algún tiempo y probablemente haría erupción pronto. La otra mujer le contestó que ella también tenía las mismas dudas, pero la situación era difícil. Sus pertenencias estaban en esa isla y no querían dejarlo todo ahí. Lo único que les quedaba era rogarle a los dioses que el Demonio de la isla se tranquilizara.

La joven levantó la mirada y se mordió la lengua. Ella conocía la verdad. Era un hombre y no un demonio. Estaba muy lejos de ser un demonio. Todas esas personas deberían dejarse de tonterías. Si tan sólo supieran que ahora estaban más seguros en esa isla de lo que habían estado antes de que llegaran. Respiró profundamente antes de tomar las cosas, ir a pagar y salir de la tienda.

Levantó la vista hacia el volcán. Sí, una densa columna de humo se elevaba, pero no le preocupaba. Todo estaba bajo control. Sin perder más tiempo comenzó a caminar por las calles del poblado y cuando al fin salió, echó a correr. No le tomó mucho tiempo llegar a una cueva a los pies del volcán. Entró sin prisa, se aseguró que los carbones que dejara en la fogata siguieran encendidos y luego fue a dejar las cosas que compró.

—Sabes que no es necesario que vivas en este lugar conmigo.

—No pienso ir a vivir al pueblo. ¿Es muy necesario que tengamos esta conversación cada que regreso de la aldea? —contestó ella sin voltear a verlo. No tardó en sentir un par de brazos rodeando su cintura y una voz a su oído.

—Este no es lugar para una doncella como tú.

—¿Nada más para un demonio como tú? No me hagas reír, querido. Además, quién sabe en qué fachas estarías si no estuviera yo presente. Ya es bastante con que te niegues a usar camisa. ¿Dónde quedó el pudor?

—En el Santuario de la diosa. —Con eso el hombre la giró y procedió a besarla.

La chica rodeó el cuello del hombre con sus brazos.

Alfa despertó de pronto. What. The. Fuck. Miró al techo y luego a su lado, a Saga que seguía dormido y que era tan similar y a la vez tan diferente al chico de su sueño. Se pasó una mano por la cara. ¿Ahora resulta que tenía un fetiche con vivir en una caverna? Sus sueños se ponían cada vez más raros. Se acercó más al hombre dormido, retiró con cuidado un mechón de cabello que tenía muy cerca de uno de sus ojos. Lo miró un buen rato. Luego le dio la espalda y se apretó contra su cuerpo. El de Géminis se movió un poco, le rodeó la cintura con un brazo y pegó su nariz contra el cuello de la chica. Alfa no tardó en volver a quedarse dormida.

De nuevo en el mundo de los sueños se vio a si misma en el Santuario de Atenea, pero era un tanto diferente, como en otra época y todos estaban en alerta por la Guerra contra Hades. Se encontraba en el Templo Principal, leyendo un libro, pero de pronto escuchó revuelo. Dejó el libro a un lado y se encaminó al Salón del Trono, de donde provenían las voces.

Permaneció oculta, detrás de una columna, mientras veía a dos hombres acercarse al Patriarca. Al otro lado del Salón distinguió la figura de Asmita de Virgo, quien también se mantenía escondido. Reconoció a los hombres: uno de ellos era Aspros de Géminis y el otro era Déuteros. Contuvo el aliento, ¿qué hacía Déuteros presentándose ante el Patriarca? Quiso salir de su escondite, pero su sentido común se lo impidió. No se supone que ella lo conociera.

Mientras estuvo sumida en sus pensamientos los hombres no se mantuvieron quietos. Aspros discutió con el Patriarca y finalmente lo atacó a traición, pero Asmita lo detuvo. La chica se llevó una mano a la boca mientras veía cómo culpaban a Aspros por intentar asesinar al Patriarca y por estar controlando la mente de Déuteros. La joven apenas podía creer lo que estaba viendo. Tenía un par de días desde la última vez que se reuniera con el gemelo menor, pero cuando lo vio todo parecía estar en orden. Algo tuvo que pasar durante ese tiempo.

Los cuatro hombres estaban discutiendo, o bueno, Déuteros nada más los contemplaba, intentando recobrar el control de sí mismo. Y lo logró. Lo logró justo a tiempo para asestarle un golpe a su gemelo, que mandó a Aspros a volar unos cuantos metros por el aire hasta estrellarse contra la pared. El gemelo mayor estaba vencido, pero también decidido a llevarse consigo la última palabra. Se aplicó a sí mismo el Satán Imperial, y murió. La chica volvió a llevarse una mano a la boca. No podía creer lo que acababa de presenciar.

Aspros era el mayor candidato a sucesor del Patriarca, pero él no lo sabía, y eso logró hacer que se revelara. Ahora Déuteros lo había detenido y con ello se ganó el derecho a ser el Santo de Géminis. Lo vio acercarse a su gemelo caído y levantarlo. El Patriarca le dijo que podía quedarse en el Santuario a ocupar el lugar de su hermano, pero Déuteros se negó. Le dijo que tenía que irse a entrenar, a ser un mejor guerrero. El Patriarca le contestó que podía quedarse con la armadura de Géminis. Dicho esto, Déuteros salió del Templo.

La joven salió también y luego bajó por los pasadizos hasta llegar al cementerio del Santuario. Déuteros no tardó en aparecer. La vio, pero no le dijo nada. Ella tampoco lo hizo. El cuerpo de Aspros estaba cubierto y ya no portaba la armadura. Déuteros excavó una tumba y luego depositó ahí a su hermano. La chica lo acompañó en silencio. Se quedaron un largo rato viendo la tumba. Finalmente se levantaron.

—Debo irme.

—¿A dónde?

—No lo sé, pero no puedo permanecer aquí. Tengo que irme a entrenar, a ser un mejor guerrero para ocupar el lugar que ha dejado mi hermano.

—Entonces me voy contigo.

—No, no puedes. Tu deber como Saintia es quedarte aquí con Atenea.

—No, no puedo permitir que te vayas solo y me dejes aquí. Me necesitas y yo te necesito a ti. Lo sabes. —Le tomó las manos y se miraron a los ojos.

Era cierto, se necesitaban, pero su relación era un secreto para todo el mundo. Estaba prohibida. Las Saintias debían concentrarse por completo en la diosa y Déuteros era una sombra a quien nadie debía conocer.

Sin embargo se conocieron. Desde niños se conocieron, cuando ella era una niña y se le dificultaba convertirse en la Saintia que debía ser y cuando Déuteros tenía que entrenar en secreto y resistir todos los malos tratos que la gente del Santuario le daba, por ser la sombra de su hermano. Él tampoco quería dejarla ahí, pero no veía otra opción.

—Si te quieres ir para entrenar y ser un mejor Santo, yo puedo acompañarte, a mi también me hace falta el entrenamiento, puedo ayudarte, podemos enfrentar esto juntos. —Déuteros siguió sin decir palabra. —O, si lo prefieres, renunciaré a ser una Saintia, puedo dejar aquí mi armadura y me olvidaré del Santuario, pero no puedo quedarme sin saber lo que será de ti.

Ninguno de los dos se dio cuenta, pero esa conversación estaba siendo escuchada por Dohko y Asmita. El de Virgo estaba escandalizado, pero entendía, de cierta manera, la situación. Las vidas de aquellos dos nunca fueron fáciles. Y tenía muy claro que, si alguien había animado y mantenido cuerdo al menor de los gemelos, esa fue aquella chica. Dohko pensaba cosas similares, aunque él no estaba escandalizado. Había visto a la joven Saintia entrenar y tener problemas con mantener la vida que era requerida de ella. Sus poderes eran fuertes. Era una excelente sanadora, su uso de cosmo era muy bueno y sus conocimientos no eran pocos. Sabía que podía ayudar a Déuteros y él necesitaría la ayuda, porque no le iba a ser fácil reponerse de la culpa de haber matado a su hermano y de la traición que cometió.

Ambos Santos Dorados se acercaron a los otros dos. Cuando Déuteros se dio cuenta, se puso delante de la chica protectoramente y ella se escondió detrás de él.

—Basta, no se acerquen más —les advirtió.

Los otros dos continuaron acercándose, pero con las manos extendidas, en señal de calma.

—Tranquilo, Déuteros, venimos a ver cómo te encuentras. No sabíamos que tenías compañía —dijo Asmita.

—No tienes por qué temernos —le dijo Dohko a la chica oculta—. Escuchamos gran parte de su conversación.

Déuteros contuvo la respiración, al igual que la joven. Ella sabía bien que su castigo era la muerte si esto se llegaba a saber.

—No vamos a divulgarlo, sabemos a qué castigo te enfrentas, y no creemos que su relación sea un crimen —continuó Dohko—. Sin embargo, ¿es en serio que planean marcharse?

—Saben que no puedo quedarme aquí, a ser el hermano del traidor, el que lo asesinó. Tengo que irme. Quizá a la isla Kanon.

—Y yo me iré contigo. ¿Crees en serio que podría quedarme luego de esto? No quiero dejarte solo, no podría tampoco estar aquí —le dijo la joven de nuevo, esta vez poniéndose a su lado—. Y sé que no quieres dejarme. —Volvió a tomarle la mano.

—Adelántate a Kanon, Déuteros. Nosotros le ayudaremos a llegar contigo lo más pronto posible —intervino Asmita.

—¿Cómo sé que cumplirán su palabra? —respondió el de Géminis.

—No ganamos nada con mentirte, y sabes que será más sencillo si ven que te vas solo. A estas alturas la noticia ya debe estar dándose a conocer, y van a estar atentos si te ven —contestó de nuevo Asmita.

—Vete, Déuteros, te prometo que la llevaré sana y salva hasta Kanon —dijo Dohko.

Déuteros miró a la chica a los ojos y ella asintió, luego le dio un ligero apretón a su mano. —Estaré bien, pero ellos tienen razón, debes irte ya.

Déuteros finalmente asintió, la abrazó y luego la besó rápidamente. Finalmente llamó a la armadura de Géminis y salió del cementerio. Dohko le sonrió a la joven. Ella primero quería ir por algunas de sus cosas, así que los tres se pusieron en marcha de regreso al Templo Principal por medio de los pasadizos.

Dohko la sacó del Santuario por senderos que sólo él conocía. Asmita se mantuvo al margen, pero vigilante, asegurándose de que nadie más los viera. Como lo prometió, Dohko dejó a la chica sana y salva en la isla Kanon al cuidado de Déuteros. La mujer sí se había llevado la armadura con ella, pero no planeaba usarla, sino ocultarla. Y el joven fue quien se encargó de llevarla a las profundidades del volcán.

Alfa despertó de nuevo, pero esta vez con el sonido de su alarma. Recordaba fragmentos aislados de su sueño, como que estaba en una isla, de nuevo. Y que, por algún motivo, la armadura de Géminis había ido a visitarla. Se sentía triste, preocupada, vacía y sola. Esa era la primera vez que se sentía de esa manera luego de tener uno de esos extraños sueños.

FELIZ AÑO NUEVO

Y esperemos que el 2021 sea MUCHO mejor que el 2020.
Por motivo del año nuevo, les voy a dejar de regalo otros cinco capítulos, ¿les parece?
Abrazote virtual y sin virus para todos ustedes.