Historia alternativa de amor en el universo de One Piece, con nuevos personajes, drama, lenguaje obsceno, escenas sexuales fuertes, tortura y de alto contenido violento. Pero que tras todo esto, sigue siendo de amor, ¿Te atreves a leer el guión de esta historia?


Epílogo

Paraíso

Monkey D. Luffy murió a los 65 años.

Como el siempre soñó, sucedió en el en lugar que había amado tanto, que le dió alegrías y tristezas por igual: El Rey de los Piratas alcanzó el final de su aventura en el mar.

Fue una noche normal en medio de la marea apacible y silenciosa. Tomó su emblemático y atesorado sombrero y se despidió de todos para ir a dormir mientras aferraba mi mano, pidiéndome con una sonrisa serena y nostálgica que le acompañase a descansar. Supongo que el era plenamente consiente en sus adentros que no iba a despertar, por lo que fui capaz de sentir junto a mi pecho como el suyo dejó de contraerse y su respiración, poco a poco, desapareció. La partida de aquel héroe tuvo lugar en la cama de su glorioso barco, donde le acune por última vez entre mis brazos como cuando éramos solo unos niños.

Siempre pensé que sería la primera en irme, viviendo con la amargura y temor de tener que dejarle atrás primero, de llegar al otro lado sabiendolo solo y perdido otra vez, pero para mi fortuna, fui yo la que tuvo que cargar con el dolor de perderlo.

Navegue junto a él hasta el final de mis días, como prometí.

Incluso cuando me casé permanecí a su lado. Perdí la cabeza una y otra vez viéndolo meterse y meternos en problemas que ni porque en algún momento alcanzó la madurez, había dejado de causar.

Luffy fue Luffy hasta el final.

Desde aquel día, el mar, como reflejo de la tristeza que le causó la perdida del que fuese quizá, su hijo favorito, no tuvo olas. Fue un fenómeno natural que causó conmoción, mucho más que la que sacudió al mundo tras la muerte de Ace. Aquello duró varios días, paralizando el movimiento del mundo en el mar y de las Islas más importantes que le conformaban.

Miles de personas que coincidieron de una u otra forma en su curiosa y estrepitosa vida se reunieron en su Isla natal a velarlo, estableciendo un pacto de paz en nombre del Rey. El escenario fue digno de lo que el merecía: Aquel hombre que nunca quiso ser un héroe y terminó siendo el más grande de todos, reunió fácilmente y sin molestarse, a piratas, marines, criminales, nobles, revolucionarios, familia, amigos...Todos reunidos por aquel que un día los salvó.

Todos le rindieron tributo con un profundo respeto, agradecidos por haberle conocido y ser capaces de darle el último adiós...Al menos aquellos que seguían con vida. Para aquel momento ya se habían marchado muchos, cuya muerte me había impactado y herido también. Parte de mi muriendo con ellos, pero ninguna cómo murió con el.

La parte de la tripulación que aún seguía con vida murió poco después. Lentamente fueron dejando este mundo tras el deceso de su Capitán porque quizá solo entonces consideraban correcto el descansar.

Fueron leales a el hasta su muerte e incluso después.

Recuerdo haberme sentado frente a la tumba del último de mis amigos en irse, bebiendo del alcohol más grosero que pude encontrar, en su honor. El decidió quedarse hasta el final para asegurarse de que todos los demás siguiesen su camino y resistió un poco más esperando que yo hiciese lo mismo, pero llegó el momento, pasado el tiempo, en el que aceptó también que no pasaría. Solo entonces colgó sus legendarias espadas.

Sin embargo, fue cuando Luffy murió que se sintió como si yo hubiese perdido mi rumbo y la razón que me mantenía con vida. Aquel impulso y motor que me obligaba a ponerme de pie cuando aún, pasados los años, tenía parones en los que no quería volver a hacerlo.

Asunto lloró dolorosamente y con fuerza en nombre de el. Le recuerdo a unos cuantos pasos de mi, de pie frente al memorial del Rey. No le importó sufrir como hombre en frente de tantas personas. El no tenía vergüenza, solo pena y angustia por haberle perdido. El ya tenía su familia, a la que orgullosamente le vi formar, aunque nunca terminé de acostumbrarme a la figura que tenía a sus ojos.

Yo me mantuve al lado de mi hermano. Apreté la mano de Sabo, quién se colocó los lentes buscando ocultar las lágrimas que yo sabía, se estaba esforzando con todo su ser por no liberar de forma tempestuosa. De los huérfano que brindamos juntos como hermanos en Foosha, el fue el último en irse, muchos años después del menor.

A él le resultaba gracioso haber sido el primero en salir al mar y ser a su vez el último en irse, sin embargo, no se quejó. Creo haber visto en sus últimos días el atibismo de felicidad y dicha de alguien que verá una vez más a sus seres más queridos.

Siendo parte del gobierno, Sabo tuvo un funeral mucho más privado y al que pocos tuvimos la oportunidad de asistir. Yo estuve entre ellos. Y en aquella dolorosa y lúgubre ocasión nadie me consoló como hermana y yo ya no tenía nadie a quien llamar hermano. Todos se tomaban de las manos, reconfortandose mientras yo miraba a los memoriales frente a mí, preguntándome porque me había quedado atrás, sola.

Y es que aunque todos fueron velados en distintas islas o locaciones, tanto Ace, como el abuelo, Luffy y Sabo descansaron en el mismo lugar.

Nadie tuvo el valor de separarlos. Yo tampoco lo permiti . Al menos en el descanso, aunque no fuese en esta vida, debían encontrarse una vez más.

A veces soñaba con que por fin los tres cumplían su sueño de navegar juntos: Una tripulación con tres capitanes tontos que seguían teniéndole miedo al anciano marine y huían juntos de él porque en el interior, les gustaba ser perseguidos. Y esas noches en donde veía aquellas imágenes de ellos otra vez, era feliz.

Tanto el asunto, como sus hijos y los hijos de ellos aún fueron objeto de mis visitas cada cierto tiempo. Nunca dejé de velar por su seguridad y bienestar pues eran mi familia, incluso los que habían nacido de aquellos a quienes escogí como parte de ella sin compartir sangre.

A veces me entristecía saber que con los años , su historia y por ende la mía, desaparecería también. No me refiero a los logros y la grandeza , la guerra y las derrotas que el mundo conoció -Robin se encargó en todo lo que le alcanzó la vida de asegurar la preservación de la misma-. Mi temor y pesar era que a quienes nos conocieron realmente en vida, nos olvidasen.

Cuando vives tanto para que tu hijo te llamen "madre" un día y años después sus hijos te consideren una nieta , sabes que solo es cuestión de tiempo para que esas personas olviden totalmente quién eres para ellos. Y no podía culparlos, con cada generación nueva yo me sentía más ajena a ellos. Y a mí.

Ya era muy afortunada por contar con esa "familia", por lo que me era suficiente para vivir tranquila ya que nacieron del amor que tuve y del amor que se tuvieron aquellos a quienes también amé. Aunque nunca de Shanks y yo.

No me gustaba el pensamiento de intentarlo, el no insistió.

Si quería o no hijos, jamás me reprochó el hecho de que yo no pudiese dárselos. Jamás me reprochó que parte de mi siguiese aferrada a un amor de mi pasado. El incluso adoraba a asunto como si fuese suyo y toda su vida lo trató como tal.

Shanks sabía que lo elegí rompiendo todos los esquemas desde que mis ojos se posaron en el.

Pero Ace...

Él siempre sería algo más, aquel que traspasaría las fronteras del tiempo, el espacio, de la vida y la muerte. Sería el amor que mi alma buscaría desde que fui levantada de entre el polvo hasta que volviese a el.

Ace era mi destino, pero uno que no me correspondía tener y al que amé tanto, que aún partiendome en mil pedazos, temblando débil y enferma, le dejé ir porque le amaba demasiado para seguir con un amor que nos hacía daño.

Por ello, aunque lloré la noche entera antes de mi boda, en la mañana de la misma tomé las cartas que había escrito un día de nuestra historia para convertirlas en cenizas por el fuego que un día fue el.

Pasaron años antes de que fuese capaz de despedirme de su recuerdo y aceptar que nuestra historia había terminado desde el momento en que murió y yo acepté que era lo correcto, por lo que aquellas cartas solo eran un ancla pesada y vieja que me retenía a lo imposible.

Esa mañana , vestida de blanco, decidí dejar ir nuestros recuerdos con la esperanza humana e ingenua de que un día, en otra vida, podamos vivirlos juntos otra vez de una manera diferente. Decidí que ese sería nuestro último día porque entonces me daría a mi misma la oportunidad de creer que habría una nueva primera vez.

Incluso si tenía que esperar mil años.

El abuelo maldijo todo el recorrido hasta entregarme al hombre con el que había elegí pasar el resto de SU vida. Luffy ofició la boda como una petición emotiva y personal, repitiendo el como de alguna manera, después de casi veinte años, había logrado atrapar al astuto Shanks. Nadie lo consideró un buen plan pero todos sabían que yo no podía negarme. De esa forma, la fotografía final que debía ser de Shanks y yo, terminó con un Luffy alzando los puños de forma victoriosa, aferrandose a nosotros también.

Agradeci internamente la insistencia de Sabo para asistirle al considerar que su estupidez y espontaneidad podía echar a perder las cosas. Y casi lo logró en algún momento.

-¿Porqué tienes los ojos rojos? ¿Estuviste llorando? Si no quieres casarte aún podemos huir. El ya no puede decir nada, yo soy el rey SHISHISHISHISHI- había dicho el menor de los cuatro en voz alta antes de que diese el si. Todos lo miraron avergonzados en aquel momento. Sin embargo, la ceremonia fue de los momentos más hermosos que viví en la vida.

Aún me gusta observar el cuadro en donde Luffy permanecía milagrosamente bien vestido para la ocasión, abrazándome por la izquierda; Sabo riñendole a mi derecha y a asunto, pese a su edad, riendo despreocupadamente entre mis brazos, con los suyos aferrados a mi cuello. Shanks fue quien inmortalizó dicha escena.

Y fui feliz mientras amé a ese hombre que se negó a dejarme aunque todos lo hicieran de a poco.

El murió mientras estábamos sentados, tomados de la mano, en la arena a la orilla de la playa. Antes de irse, me miró por última vez y dijo:

-¿No estás aburrida de este viejo? - yo le sonreí divertida, acariciando su cabello que no dejaba de ser rebelde a pesar de los años y de haber perdido aquel toque especial que lo caracterizaba- podría ser tu abuelo.

Pensé que el abuelo nunca fue tan atractivo como él lo seguía siendo.

-Cuando te conocí podías ser mi padre, no encuentro mucha diferencia- el se echó a reír con la jovialidad intacta que conocí y me atrapó inevitablemente un día décadas atrás.

- Yo tampoco- su risa se detuvo y me sonrió genuinamente. Imite el gesto cuando me miró directamente, sus ojos deslizándose por mi rostro, detallando cada rasgo como una fotografía mental que perduró lo suficiente hasta hacerme sonrojar- sigues siendo tan hermosa como el primer día- apreté su mano, conteniendo las ganas de llorar- A veces creo incluso que nunca te amaré tanto como lo hice aquel día.

Hubo un silencio ante mí falta de respuesta que nos permitió escuchar la respiración y el latir del corazón del otro, emocionados, el cual se prolongó hasta que salté a enredarme con su cuerpo como en esa ocasión. El cerró los ojos satisfecho.

Dejé de contener las lágrimas y me escondí entre sus brazos, con la nariz y las mejillas rojas por el llanto. Definitivamente nada había cambiado.

- Yo también te amo desde ese día- me despedí escuchando su corazón latir por última vez- y lo haré siempre, Capitán.

Entonces me quedé sola.

Todos murieron de a poco. Algunos tardaron años en cruzar al otro lado totalmente, otros se fueron con la misma rapidez con que habían llegado en esta vida. Aquellos que decidieron reencarnar siguieron siendo un empujón a mí corazón atormentado por la soledad y tristeza de ir viendo cómo todos a los que amaba se iban.

A veces, caminando por las calles de algún pueblo o navegando sola en el mar, era capaz de reconocerlos entre la multitud, con nuevos rostros, con nuevos sueños, con nuevas oportunidades. Yo les veía en silencio, apreciandolos, deseando saludarles y hacerles saber que aún seguía allí, que sabía quienes eran ellos y aún tenía frescas las memorias que vivimos, la gloria y la derrota que nos marcó. Pero no podía.

Ellos no sabían quién era yo.

Lloré demasiado en esos años, cegada por el dolor de la perdida y el vacío que sentía al no poder mirar a nadie con una sonrisa cómplice y amiga. Llegué a pesar con rabia que los dioses merecían un premio por haberme dado el mejor de los castigos disfrazado de recompensa: inmortalidad.

Y es que debido al indulto de los tribunales mortales, los huérfanos del destino recibimos la libertad anhelada para seguir con nuestras vidas, pero como el trato era respecto a mi inocencia y a mi podía considerarseme como culpable, la cláusula que no se contempló causó imprevisto en esa libertad. Una libertad que se extendió demasiado tiempo porque la muerte estaba confundida en su quehacer, al menos conmigo.

Cómo culpable, la muerte y el destino consideraron que aún debía pagar un poco más, así que mi libertad no sería coincidente con la de mis seres queridos, al menos hasta que alguien allá arriba considerase que implicaba mi perdón: si un castigo o recompensa.

Así, mientras el resto probablemente podía llegar al fin al paraíso, yo me quedé con la posibili "disfrutar" de la vida y juventud que el mundo me había robado. Me dejaron estancada en los años donde se completó el trato, hasta que consideraran que fue suficiente. Y yo no sabía cuánto tiempo abarcaba eso cuando la vida de un humano era apenas un parpadeo para seres como aquellos que me había limitado a esa misera y triste existencia.

Muchas veces se los reclamé cuando tomaban formas mortales y apiadandose de mi soledad y vagabundez por el mundo, decidían quedarse conmigo, tal vez reconociendo que se metieron tanto con la vida de un humano que en verdad, pese a las reglas que rigen el orden del universo, lo habían estropeado. Luego comprendí que tampoco ellos lo entendían bien, no sabían cómo darle solución a todos los nudos que habían hecho porque dejaron de percibir cuál era el principio y el fin de ellos.

Dijeron que probablemente fue la falta de mi inocencia la que me retuvo en la Tierra, estancada en la misma existencia del día de mi condena, viendo como todos lograban seguir, excepto yo. Quizá porque ni siquiera los dioses podían romper sus pactos sin razón, por lo que solo podían hacer acto de presencia ante mi, acompañándome, hasta que encontrasen la solución.

A veces bajaban, subían o simplemente aparecían desde donde estuviesen, frente a mi, casi obligandome a invitarles a un cafe o a que les enseñase algunas costumbres humanas que les causaban curiosidad.

Y es que desde que Ace, Luffy, Law, Sabo y yo cerramos el ciclo, estaban infinitamente aburridos. Y aunque yo no los soportaba, tampoco podia huir de sus presencias casi omnipresentes.

Su mejor entretenimiento era molestarme frecuentemente con llevarlos a festivales en distintas islas como Ace y yo solíamos hacer -llegue a creer que incluso ellos se volvieron fanáticos de nuestra historia de amor que tanto despreciaron al principio- , invitarlos a comer platos tradicionales, enseñarles la forma de rezar de los humanos y a usar ropa según la festividad. Se divertían mucho a costa de mi salud mental y de mi bolsillo.

Supongo que esa es una de las cosas que nunca cambiarán.

Plutón, más conocido como Hades, era quien más solía frecuentarme. Cuando decidía tomar un pequeño bote y navegar por las costas de alguna isla recordando a Ace, el me acompañaba a veces. Me ayudaba a izar las velas, a tensar las cuerdas y levantar las anclas, luego se sentaba conmigo en la diminuta embarcación, al extremo opuesto donde yo me sentaba y me acompañaba en silencio.

De los dioses, resultó ser el más humano al final y consideraba aquellos días como su redención.

Hasta que un día, en aquella pequeña barca, rompió el silencio que nos caracterizaba casi religiosamente y me miró, diciendo que finalmente yo habría logrado alcanzar la mía.

Y la oscuridad, nuevamente, me envolvió.


La sensación de inquietud y extrañeza invadía el corazón de la chica con fuerza.

Cuando se vive tanto tiempo para acostumbrarte a que el mundo siga su paso mientras sigues estando de pie en el mismo lugar en el que estuviste el primer día, todo parece ser ser un ciclo repetitivo, interminable. Un ciclo al que ella estaba acostumbrada desde siempre.

Verse en aquel lugar diferente, tranquilo, desconocido, fue una sorpresa para si misma. Parecía como si los dioses se hubiesen aburrido de castigarla o usarla como el elemento principal que divertía sus existencias inmortales, o solo había terminado de una u otra manera porque siempre debió ser asi.

Ni siquiera los dioses en los que sus antepasados siempre creyeron tenían el control absoluto sobre el destino de aquellos a quienes veían ir y venir en diferentes vidas. Ellos no podían evitar que llegase el día en que ella, inevitablemente, siguiese ese camino.

El corazón exaltado, emocionado y salvaje amenazaba con salirsele del pecho. Con correr directamente en dirección opuesta a la que ella se encontraba, huyendo de la confusión momentánea que estaba experimentando. Una que no le gustaba nada hasta que otra voz, ajena a aquella que golpeaba su mente al pensar o recordar, apareció.

Reconocer aquella voz fue el mayor impacto que alguna vez había tenido desde que todos murieron, excepto ella.

Todos se fueron mientras ella permaneció esperando seguirlos, sabiéndose imposible de perdonar y por ende, volver a encontrarlos.

Aquella voz había pronunciado su nombre a la perfección, ese que ya nadie conocía.

Por ello no imaginó nunca encontrarse a su hermano allí, de pie frente a ella, llamándola. Las lágrimas se agruparon en sus ojos, ansiosas por escapar por sus mejillas ante la posibilidad de que aquel escenario fuese real.

-Si, somos reales, tonta- el chico se inclinó extendiéndole la mano con confianza y seguridad, una que solo el podía poseer y demostrar de manera tan simple y franca como aquella.

El corazón se le detuvo un instante. No quería salir huyendo entonces, quería regresar a él, al muchacho de la eterna sonrisa, al héroe del Reino que ella intento salvar y falló estrepitosamente , solo para verse condenada eternamente por lo mismo.

El calor que rodeó sus mejillas le hizo saber que estaba llorando, que definitivamente sus sentimientos habían explotado de golpe al verlo, escucharlo y sentirlo otra vez a su lado, como muchas noches había soñado, como muchos días había deseado con todas sus ansias tener otra vez.

-¿En verdad estoy finalmente aquí?- la voz que salió de sus labios le pareció extraña por un momento, como si no la reconociese, como si fuese diferente a como siempre había sonado. -¿En verdad estás tu aquí?

En un acto de reflejo de su cuerpo al verlo extender su sonrisa como si no hubiesen estado malditos durante sus mil vidas, se lanzó hacia el, rodeándolo fuertemente con sus brazos , creyendo en la horrible posibilidad de que no le respondiera, que desapareciese frente a sus ojos. Otra vez.

Él le devolvió el abrazo, haciéndose con todo su cuerpo, brindándole la calidez que hace mucho no había sentido, que no había percibido nunca más desde que el y sus hermanos se fueron. Los labios le temblaron mientras las lágrimas se le seguían escapando, formando una mueca dolorosa e infantil.

El chico apoyo su cabeza sobre la de ella, que se había escondido en su cuello llorando de dolor o felicidad, cosa que ninguno entendía y tampoco les importaba. Suspiró aferrándose a ella, haciéndole saber que estaba allí: -Te he estado esperando.

Ella alzó la cabeza y lo miró como si fuese la primera vez, como si no hubiesen sufrido y fuesen niños nuevamente.

-Parece que no fue hace mucho que te conocí. En verdad éramos unos niños... - el asintió sin alejarse de ella, manteniéndola en sus brazos.

Ninguno de ellos, siendo infantes, había imaginado toda la vida que llevaban a cuesta y que vivirían más adelante. Las sonrisas inocentes que tuvieron aquellos días serían rotas y reconstruidas mil veces hasta formar una verdadera, aunque nunca volviese a ser la misma.

La mano morena se extendió a tocar el rostro femenino con delicadeza, con tacto, como si tampoco pudiese creer que aquello fuese real, como si temiese romperla una vez más como muchos otros hicieron. Pero él no y por eso estaba allí.

Le dolió pensar que apenas eran unos niños cuando tuvieron que a travésar cosas inimaginables por puro capricho del destino.

- Aún lo somos- respondió recogiendo una lágrima silenciosa que ella había derramado por última vez antes de cerrar sus ojos con fuerza, dolor y cansancio.

-Ha sido tan difícil desde entonces...Los he extrañado tanto- la fuerza del agarre se incrementó, el chico supo que ella no quería dejarlo ir. El no tenía intención de irse tampoco- te he extrañado tanto- y el la había extrañado a ella como a nadie.

Después de todo, era ella por quién seguía aún allí, esperando.

Cuando llegó, Ace ya se había ido.

Cando los demás lo hicieron, antes de seguir su camino, le ofrecieron ir con ellos, pero el se negó.

Estuvo decidido a negarse siempre hasta volver a verla, aunque ese siempre en la espera se convirtiese en nunca para su encuentro.

- Estás a salvo ahora. Estamos juntos otra vez- su voz pareció cambiar, distorsionarse mientras le soltaba. Teniendo la horrible sensación y miedo de que le dejase otra vez, la chica abrió los ojos exaltada solo para encontrarse con él sonriendo, extendiéndole la mano como aquella ocasión en la que habían tropezado y terminando a los golpes.

¿En qué momento se le habían doblado las rodillas? No lo sabía, pero como aquel primer dia, el le estaba invitando a levantarse. Levantarse del piso en donde se encontraba, habiéndose caído por la emoción, con el cuerpo temblando levemente sin que pudiese controlarlo.

Se reconoció a si misma como la duela de un cuerpo pequeño, uno tan pequeño e infantil como el de él.

La oscuridad espesa y el ambiente pesado y desconocido pareció cambiar a su al rededor en menos de un parpadeo, convirtiéndose en un bosque que ella conocía muy bien.

Que ambos conocían bien.

Se rió con el rostro rojo y los ojos empañados con sus lágrimas.

Los árboles altos los rodearon, los rayos de sol, colándose a través de los mismos, le dieron de lleno en el rostro. Escuchó a los pájaros cantar cerca de ellos y agitar sus alas con fuerza y rapidez como en aquel lugar solian hacer. Algunos animales fueron visibles a su alrededor, así como la inmensidad azul tras la espalda del chico.

Una inmensidad infinita, una que parecía mágica, especial, atrayente. Una que le invitaba a volver a ser libre en aquel lugar. Así como él ahora niño le invitaba a serlo con el, como en vida, nunca fueron.

La niña le tomó la pequeña y delgada mano, acostumbrándose con rapidez a aquella sensación vieja de ser inocente y de tenerle a su lado otra vez. Ambos sonrieron, con las lágrimas y añoranza marcandoles el rostro, el destino.

Ella cerró sus ojos con fuerza una última vez, antes de decir con voz temblorosa y culpable: - Tu deberías estar con los héroes. Eres el más grande y valiente que conozco.

El negó con la cabeza, formando un puchero que le recordó a ambos a sus primos años, en sus primeras vidas.

-¿A dónde van los héroes?- le preguntó, de una forma distinta a la que Plutón había hecho demasiado tiempo atrás, tiempo que no había logrado mermar las memorias de sus seres amados. Mucho menos de él.

- Al paraíso- respondió ella sabiendo muy bien que no podía entrar allí nunca, que tampoco tenía un lugar en el infierno, que probablemente ese era el limbo donde su alma permanecería siempre, sin poder terminar de irse- y nosotros...

- Ya estamos en el- respondió jalando el brazo de la niña, echándose a correr.

Ella lo miró sorprendida, antes de sonreír genuinamente, comenzando a correr también sin mirar atrás.

No importaba donde estuviese, no importaba si jamás tenía la oportunidad de conocer el paraíso.

Si se le permitía volver a aquellos días, a volver a estar junto a él...No tendría necesidad de buscarlo más.

Superandolo en velocidad porque volvía a ser delgada y pequeña, liviana; se posicionó delante del chico, riendo como solo un niño lo sabe hacer

-Sigues siendo un niño lento- le gritó.

-Y tu una tonta que se tardó una eternidad en llegar- respondió su hermano, la persona que la había esperado aún sin tener la certeza de que un día, fuese a llegar. La persona a la que ella había amado de la forma más pura y real en la que nunca nadie amó, solo porque no concebían un mundo sin volverse a encontrar, sin volver a ver al otro niño que lloró a su lado bajo la luna por la soledad y a quien escogió como su familia.

- ¿Te atreves a vivir una última aventura con esta tonta? Prometo que tardaremos mucho más antes de finalizarla.

Ambos sonrieron, persiguiendo una vez más el sol, el mar.

La vida no había sido tan buena con ellos, pero la muerte...La muerte parecía sentarles bien.

- ¡Que sea la más grande de todas!