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Capítulo 71

EL avión cruzaba el río y ellos observaban por la ventanilla el magnífico paisaje. Candy se volvió y le sonrió felizmente a su esposo.

—Ya te estás acostumbrando, mi cielo. No temes volar.

—No, ya no. Contigo a mi lado no le temo a nada. ¡Ay, Albert! Me tienes siempre volando. Lo que hiciste ayer de veras me dejó en las nubes... —le confesó ella suspirando, acurrucándose contra el cuerpo de su marido.

—¿Te refieres a lo del anillo, o a lo que sucedió después, en la alfombra de la sala? —preguntó él, haciéndose el inocente.

—Tú sabes a qué me refiero.

Había sido un momento único. Albert tomando su mano, y colocándole el anillo por segunda vez, con los ojos llenos de lágrimas. No había tenido reparo alguno en decir en voz alta cuánto la quería:

—Hemos atravesado duros momentos últimamente. Los desencuentros han quedado atrás y quiero que esta sortija regrese al lugar de donde jamás debió salir. Representa el compromiso de amor que asumimos hace más de un año y durará toda la vida. Te amo, Canice Ardley. La amo, ya lo sabéis—había dicho con sencillez, dirigiéndose a todos los presentes.

Ella se había echado a llorar, y Albert la había envuelto en un cálido abrazo mientras se oían vivas y aplausos.

Habían transcurrido varias horas y aún sentía la emoción de ese instante. A él le pasaba lo mismo, a juzgar por el brillo de sus ojos.

—Me gustan las cosas en su sitio. Quien se atreva a mirarte deberá saber que tienes dueño. Y quisiera que jamás vuelvas a quitártelo, Candy.

—Te prometo que no lo haré. Si me enfado contigo, me quitaré cualquier cosa menos el anillo —rió Candy.

—¿Te quitarás cualquier cosa? ¿Buscas provocarme aprovechando que aquí no puedo reaccionar? Te has vuelto muy temeraria.

—No era mi intención, en serio —mintió con una sonrisa pícara—. Además no soy para nada valiente. Ahora mismo me preocupan tantas cosas...

—¿Eso lo dice la chica que atravesó medio mundo para rescatarme con sus propias manos? ¿A qué le tienes miedo, princesa?

—¡Oh!, cosas tontas. Por ejemplo, la cena de esta noche. Temo que la tal Lavinia sea una estirada y que no tengamos nada en común. Tú te preocuparás porque no podré disimular mi disgusto y no podrás concentrarte en lograr tu negocio y...

—Candy, Candy, Candy. Alto. Primero, te he visto hablar hasta con mi abuela Elroy, mujer estirada si las hay, y has salido del paso. Segundo, no se trata de un encuentro de negocios, precisamente. Es un desafío importante colaborar con Niven, pero es más bien un objetivo a nivel personal. Tercero, no creo que su esposa sea una estirada...

—Pero no estás seguro de que no lo sea, pues tampoco la conoces—apuntó ella.

—Es cierto, pero en todo caso eso no debe preocuparte. Eres encantadora, Candy. Puedes hacer que cualquier circunstancia mejore sólo sonriendo.

—Si tú lo dices. Cuéntame más, Albert. ¿Hace mucho que están juntos? ¿Tienen niños?

—No lo sé. Por lo que vi, ella es muy joven. Y a Édgar se le oía feliz. Hacía mucho que no hablaba con él, pero creo que está pasando por su mejor momento.

—Igual que nosotros... —murmuró Candy, acariciándole la mano.

Albert sonrió.

—Ya ves que sí existen cosas en común. Tranquila, mi cielo. Pasaremos una noche estupenda; te lo aseguro.

Candy suspiró. Continuaba dudando. Cuando se instalaran, lo primero que haría sería googlear sus nombres. Necesitaba más información para estar preparada para el encuentro de esa noche.

—... Y estamos muy cerca de San Telmo. Mañana iremos a la feria y estoy seguro de que conseguirás objetos muy interesantes —dijo Albert mientras subían al apartamento que tenía en Torre El Faro.

—¡Oh, será maravilloso! Quizá encuentre discos de pasta para el gramófono de William —comentó Candy.

De verdad la entusiasmaba la idea de buscar antigüedades y artículos decorativos vintage. Siempre la habían atraído y los usaba con frecuencia en sus proyectos.

—Le encantará si le llevas alguno de tangos, y si es de Julio Sosa, te amará toda la vida —afirmó él, riendo, mientras llegaban a la puerta del apartamento.

De pronto, su expresión cambió. Se colaba un débil haz de luz por debajo de la puerta. ¡Qué extraño! Había dejado claro que tenía que estar listo desde el día anterior. No podía creer que lo estuviesen limpiando aún.

Con el ceño fruncido movió el pestillo y éste cedió. Estaba abierto. Le hizo el clásico gesto de silencio a Candy y empujó la puerta de golpe. La sorpresa fue tal que no pudo evitar una palabrota.

—¡Mierda!

Candy se asomó y abrió los ojos como platos. No se esperaba algo así.

Allí, frente a sus ojos, se encontraba Pauna tendida en el sofá, mientras un joven le daba de comer uvas directamente del racimo a su boca.

Ella vestía una bata, pero el chico se encontraba completamente desnudo. Por fortuna, estaba de espaldas a ellos, y en cuanto fueron sorprendidos, atinó a cubrirse con una toalla.

La que no atinaba a nada era Pauna. Permaneció inmóvil mientras su rostro se transformaba por la súbita vergüenza.

—Albert, te lo puedo explicar.

El joven, que no aparentaba más de veinte años, se escabulló al baño.

—No me digas nada. Sólo recoge tus cosas y vete de aquí.

—Querido, no sabía que ibas a venir.

—No me cabe la menor duda, y no puede importarme menos. Te doy tres minutos para que tú y tu amiguito os marchéis —dijo secamente mientras tomaba el teléfono y marcaba un número—. Ardley, del apartamento 2.810. Necesito servicio de limpieza y cambio de ropa blanca. Gracias.

—Albert, ¿por qué no bajamos? Prefiero esperarla en el vestíbulo—apuntó Candy, que no soportaba el incómodo momento que estaban viviendo.

—No es necesario, mi amor. Estoy contando los minutos. ¡Os quedan sólo dos, así que daos prisa, maldita sea! —gritó mientras su madre corría intentando ponerse los zapatos.

Salieron rápidamente, y ni ella ni el chico se atrevieron a mirar a Albert. El joven dirigió sus ojos hacia Candy e intentó sonreír, pero un casi imperceptible movimiento de Albert hizo que apurara el paso.

Cuando estuvieron solos, él se desplomó en una silla, moviendo la cabeza.

—No puedo creerlo. Menuda zorra tengo por madre.

—Albert, no la juzgues por esto. Ella tiene todo el derecho a encarar su vida amorosa como se le antoje.

—Pero Candy...

—Ha sido sólo una infeliz coincidencia, y no quiero que vuelvas a decir algo tan desagradable ni de tu madre, ni de nadie. La moral de las personas no se mide por su comportamiento sexual—replicó ella, firme.

Albert la miró sorprendido. Era tan madura, tan sólida en sus principios. La admiraba. La amaba. La deseaba. ¡Cuánto la deseaba! La miraba y se olvidaba del mundo. La escuchaba y se moría de ganas de estrecharla entre sus brazos y no dejarla ir jamás.

Almorzaron pizza en el apartamento, y mientras Albert hablaba por teléfono con Édgar para ultimar detalles para el encuentro de esa noche, Candy se afanaba en encontrar información en Internet sobre él y su mujer, Lavinia. Había mucho de Niven, pero muy poco de ella. Un momento... Era diseñadora de moda. ¡Oh, con qué buen gusto se vestía!

«Es realmente hermosa. Elegante, distinguida. Me sentiré una cucaracha a su lado con estos pelos, por Dios. Tengo que arreglarme un poco. ¿Qué debo ponerme? Albert me ha dicho que iremos a un sitio informal y divertido. ¡Carajo!, me ponga lo que me ponga, siempre pareceré desaliñada a su lado. ¡Diseñadora! Debe codearse con la crème de la crème y debe ser igual de estirada y altanera», se dijo Candy, disgustada. Odiaba los compromisos sociales que involucraban gente rica y superficial.

Continuó buscando. ¡Qué guapo era él! Hacían una pareja perfecta. ¡Y tenía un crucero! Lavinia... Le había puesto el nombre de su mujer; el ego de ella andaría por las nubes. A pesar de que Albert le había hablado bien de Édgar y había anticipado un encuentro interesante, Candy tenía sus dudas. Bien, tendría que hacer de tripas corazón y prepararse para una de esas veladas vacuas, tontas, que no dejaban más que un sabor amargo e intensos deseos de regresar a casa.

Horas después pensaba que lo único tonto de ese día habías sus prejuicios. Le había criticado esa actitud a Albert con respecto a su madre, y ella había hecho algo similar con Lavinia Dickinson de Niven. Con tanto apellido, como para no prejuzgar.

Se encontraron en Asia de Cuba, un restaurante de comida exótica situado en Madero Este. Era un sitio sorprendente. Candy no podía cerrar la boca y, por un momento, se olvidó de todas sus reservas con respecto a la pareja que iba a conocer y se dedicó a observar cada detalle de la extravagante decoración, donde el color naranja predominaba sobre el resto. Una ecléctica combinación de objetos orientales y étnicos le daba a la atmósfera del lugar algo especial. Lámparas de papel y una barra de sushi que hacían pensar inmediatamente en Japón convivían con pequeños ambientes decorados en estilo... libanés, quizá. El amplio espacio contrastaba con los petit muebles orientales, y la suave música árabe lo hacía con el bullicio reinante. Una bola de espejos anticipaba que el ambiente podría volverse bastante movido.

Candy miró a su alrededor. ¡Oh!, ¿ese que estaba allí con una voluptuosa rubia no era el guardametas del...? Sí, sí lo era. Y también distinguió a un señor mayor que le resultaba conocido, pero no tenía ni idea de quién era. Lo había visto en televisión, de eso no tenía duda. De modo que era un lugar frecuentado por la farándula argentina. «Vamos de mal en peor. Los Niven deben ser de los que se mueren por salir en la tele y en las revistas. Gente de perfil alto... ¡Qué noche nos espera, por Dios!», pensó Candy, apenada.

—¡Édgar!

—Albert, ¿cómo estás?

Se estrecharon la mano, se abrazaron y se felicitaron mutuamente por sus recientes cumpleaños. Y luego, presentaron a sus esposas.

Candy frunció levemente la nariz cuando ella y Lavinia se acercaron para el consabido beso de cortesía, de modo que pudiera aspirar su perfume. Se jactaba de percibir el carácter de la gente por el aroma que elegían. ¡Mmm!, Lavinia olía a flores. Y también se la veía como tal.

Era más bella que en las fotos. Rubia vomo ella, de grandes y brillantes ojos azules. Elegante, sí. Tenía mucha clase y se notaba que no era del montón, pero su cautivante mirada no transmitía ni soberbia, ni altanería alguna. Y mucho menos lo hacía su cálida voz.

—Hola, Albert. Antes que nada espero que hayas disfrutado de tu cumple.

—Fue estupendo. Gracias, Lavinia.

—Me alegro. Édgar me ha hablado mucho de vos. ¡Qué tragedia lo de Japón! —Y dirigiéndose por primera vez directamente a Candy, añadió—: Puedo suponer que lo habrás pasado realmente mal, Candy. No me imagino estando en tu lugar.

Candy asintió. No sabía por qué continuaba sintiéndose incómoda, intimidada por la pareja que acababa de conocer. No había nada, salvo sus prejuicios, para sentirse así.

Ciertamente, Édgar era imponente. Alto, terriblemente guapo y con una amplia sonrisa, pero ella estaba acostumbrada a tratar con hombres así. De hecho, todas las noches dormía con uno.

La que la había impresionado era Lavinia, y no por confirmar sus suposiciones; más bien, por todo lo contrario.

La que había imaginado como una sofisticada y estiradísima diseñadora era una chica como ella, sencilla, vivaz, encantadora. No obstante, sus temores aún no se habían disipado del todo, así que se tomó su tiempo para observar sin intervenir.

Mientras Édgar y Albert se ponían al día, Candy observaba a Lavinia sonreír ante las ocurrencias de su marido, que parecía amarrado a su mano. Se notaba que estaban muy enamorados.

Albert se dio cuenta de que Candy aún estaba en la fase de repliegue sobre sí misma. Ella era así. Los convencionalismos sociales le importaban muy poco. Odiaba las conversaciones intrascendentes y sólo se permitía mantenerlas con personas mayores, para no ofenderlas. Pero para demostrar aprecio, para mostrar su fascinante personalidad, necesitaba estar realmente a gusto. Y para lograrlo, primero debía observar.

Pero Lavinia no lo sabía, y por eso preguntó sin malicia alguna:

—Candy, ¿estás bien? ¿Te pasa algo?

Ella dio un respingo. Nunca nadie había sido tan directa con ella en circunstancias similares. Simplemente, la ignoraban, o la tomaban por antipática, pero nunca le habían preguntado qué le pasaba, y mucho menos con tan sincero interés.

—No... Sí... Bueno, un poco. Es complicado de explicar—murmuró, mirando a Albert. Quizá él podría encontrar las palabras adecuadas.

Albert lo comprendió y se mostró dispuesto a intervenir.

—¡Oh!, a Candy le cuesta un poco conciliar las expectativas con la realidad. Se había imaginado cosas de vosotros que creo que no...

—¡Alberg! —exclamó Candy, asombrada.

No era esa la clase de ayuda que necesitaba y no esperaba que él fuese tan... franco.

—¿Y qué te habías imaginado? —preguntó Lavinia con dulzura, pues se notaba que Candy no estaba pasando un buen momento.

—Que erais unos estirados —dijo Albert de buen humor, antes de que ella pudiese abrir la boca.

Édgar rio y Lavinia se mostró consternada.

—Alberg, ¿quieres que te golpee delante de ellos? Lo siento. Es cierto lo que dice mi indiscreto marido, pero no ha debido ser tan directo.

—Por mí está bien —dijo Édgar, aún sonriendo—. Mucha gente piensa de mí cosas horribles, y seguro que tiene razón. Pero si hay alguien en este mundo que no tiene nada de estirada, ésa es Lavi.

La aludida sonrió y le apretó la mano a su esposo. Y luego, se dirigió a Candy.

—Si supieras por lo que he tenido que pasar. Algún día te lo voy a contar, Candy, y así vas a entender que no soy como pensabas. En serio, pueden bajar la guardia que somos igual de sencillos que ustedes.

Candy suspiró, aliviada.

—¡Uf!, menos mal. Perdón por el mal momento.

—Ningún mal momento, al lado de las cosas que dicen por ahí de mí, lo tuyo fue un piropo, Candy —dijo Edgar, y todos rieron distendidos.

La que prometía ser una noche para el olvido fue todo lo contrario. Después de sincerarse, todo marchó sobre ruedas. Candy y Lavi congeniaron inmediatamente. Hablaron de todo, y mientras sus hombres estaban enfrascados en una conversación sobre puentes y edificios, ellas se despacharon a gusto susurrando para que ellos no pudieran oírlas.

Lavi le contó a Candy lo enamorada que estaba. No necesitó explicar que eso era recíproco, porque sorprendió a Édgar formando un silencioso «te amo» con los labios en un par de ocasiones.

Candy, a su vez, le contó las horribles circunstancias que les había tocado vivir últimamente, y Lavinia se conmovió tanto que le apretó la mano, un gesto de solidaridad poco común hoy en día.

Hablaron también de moda, claro. Era un placer escuchar el entusiasmo en la voz de Lavi cuando hablaba de su profesión. No era de esas diseñadoras que se ponen a dibujar y luego se desentienden. A Lavinia le gustaba estar en todos los detalles. Candy se sorprendió cuando ella se definió como «modista». Resultaba evidente que la humildad era otra de sus múltiples virtudes.

Ellos no se quedaron atrás. Édgar le contó a Albert los detalles de su proyecto antisísmico. Éste lo escuchó, fascinado. Intercambiaron ideas y finalmente quedaron en que Albert le daría su apoyo profesional en su especialidad: los sistemas de ventilación de edificios inteligentes. Y que además, le presentaría al grupo inversor norteamericano cuando ambos coincidieran en el próximo simposio de constructores, que se llevaría a cabo en Chicago a mediados de año.

Fue una velada memorable, sobre todo cuando casi de la nada apareció un gran pastel con un tres y un signo de interrogación, y también los nombres de ellos escritos con chocolate. La velita tenía forma de compás, en una clara alusión a las profesiones de ambos.

—Gracias, Lavi —murmuró Candy al despedirse.

Ésta la abrazó.

—Candy, espero que sigamos en contacto. No pierdas mi e-mail. Y no dudes en avisarme cuando tengas un evento y no sepas qué ponerte, que en seguida te mando algo. Va a ser como vestir a una muñeca —le dijo, afectuosamente.

—Por supuesto, ten por seguro que lo haré, sobre todo ahora que mi abuela ya no tiene tanta paciencia con la aguja; últimamente esquiva todos mis encargos.

—Dale un descanso, pobre. Y contá conmigo.

Candy estaba radiante. Por primera vez se sentía a sus anchas con personas que pertenecían al mundo de Albert. Eso le daba esperanzas de encajar en su vida más allá de la cama, porque se daba cuenta de que su esposo necesitaba interactuar con sus pares, y ella quería acompañarlo y disfrutar de cada momento.

Édgar y Albert no necesitaron intercambiar números de contacto. Se estrecharon la mano con firmeza. Tenían un trato que no requería otra cosa que la firme voluntad de llevar a cabo el proyecto que tanto les interesaba, y cada uno sabía qué hacer de ahora en adelante para lograrlo.

CONTINUARA