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Capítulo 72
Habría sido un fin de semana maravilloso de no ser porque Candy se descompuso.
No sabía si echarle la culpa a los sorrentinos de setas que había tomado como plato principal, o al postre, que derrochaba crema de leche, pero lo cierto era que no sólo su estómago se resintió; también lo hizo su cabeza.
Así que no pudieron conocer ni la Feria de San Telmo, ni el romántico barrio La Boca. Candy se quedó en la cama, molesta, febril, mareada.
Albert insistió en llamar al médico, pero ella se negó terminantemente.
—Esto se cura con dieta líquida y no más locuras —afirmó.
De inmediato, él se preguntó si intentar hacerle el amor en ese estado podría entrar en el rango de «locuras». Por si acaso, no lo intentaría. Candy no parecía estar de humor ese día.
Regresaron a Montevideo el lunes por la mañana, y Albert se fue a la oficina directamente desde el aeropuerto. Tenía muchísimo trabajo acumulado, tanto que al mediodía decidió pedirle a su esposa que le echase una mano. En realidad, se trataba más de una excusa que de otra cosa. La verdad era que vislumbraba un día complicado, uno de ésos en que la noche lo iba a atrapar con todo por la mitad, e iba ser demasiado tiempo sin ver a Candy.
—¡Hola, cielo! ¿Cómo va todo?
—Genial. Me acabo de inscribir en la universidad. Comienzo la semana que viene. ¡Oh, Albert! Tendré que dejar a Betzabé, pues no me dará tiempo para todo.
—Me parece perfecto. Además, yo te necesito, Candy, y aquí no tienes horarios que cumplir. A propósito, ¿puedes venir ahora? Me iría bien una manita...
—Depende. ¿Para qué necesitas esa manita? ¿No será para meterla dentro de tus pantalones?
—¿Cómo puedes pensar eso? Bueno..., en parte es cierto. Pero también necesito ayuda. Tengo una reunión muy importante por los terrenos de Pueblo Garzón...
—¿El viejo continúa negándose a venderlos?
—Sí. Dice que lo sacarán de allí en un ataúd, y eso me despierta cada idea...
—¡Albert! —exclamó ella, que odiaba ese tipo de comentarios.
—No sé cómo George ha conseguido esta reunión aquí en la oficina. Subiremos la oferta al máximo, pero tengo pocas esperanzas, Candy.
—¡Vamos!, que tú eres muy convincente.
—Sólo con chicas guapas como tú, pero los viejos feos se ve que son inmunes a mi encanto. Sea como sea, necesito que te encargues de algunas cosas mientras estoy en la reunión. Cuando llegues te pongo al tanto.
—Estaré ahí en media hora. Llevo el almuerzo, corazón.
—¿Qué traerás?
—Fresas.
—¿Fresas? ¿Qué clase de almuerzo es ése?
—No lo sé, pero me muero de ganas de comerlas.
La reunión debía ir bastante mal porque hacía dos horas que Albert se había marchado y ni noticias. O por el contrario, quizá iba demasiado bien. Tal vez el viejo había accedido y estaban firmando algo.
Candy estaba algo inquieta. Necesitaba saber. Le envió un mensaje a su esposo.
De: Candy White.
Para: Albert Ardley.
Asunto: ¿El viejo ha dicho sí?
Me muero de ganas de saber.
Candy.
La respuesta no se hizo esperar.
De: Albert Ardley.
Para: Csndy White.
Asunto: Una mierda.
«Ni por todo el oro del mundo les venderé los terrenos.» Eso ha dicho, pero aún está aquí.
Albert.
«Si aún no se ha ido es porque no está dicha la última palabra», pensó Candy. ¿Qué haría falta para definir ese asunto? Sin duda, no su presencia, porque en la reunión había varios accionistas, George, Martin... Estaban todos, y no habían logrado convencerlo.
Comprar esos terrenos era un trato muy importante para las empresas Ardley. El proyecto que tenían previsto desarrollar allí era una propuesta totalmente innovadora que organizaría la zona sin provocar daño ecológico o estético alguno. Como todo lo que hacían, armonizaría perfectamente con el magnífico entorno y evitaría que capitales extranjeros pronto se apoderaran de él para realizar negocios más rentables y menos cuidadosos con el medio ambiente. Tarde o temprano, el viejo abandonaría este mundo, y sus herederos lo arruinarían todo, pues no tenían el mismo amor que él por sus tierras y se las venderían al mejor postor. Y ése quizá no sería Ardley Construcciones.
Sería una pena ver esa zona arruinada por la construcción de edificios modernos y confortables, pero totalmente fuera de tono con el lugar.
«¡Ojalá lo consigan! Si pudiese ayudarlos... Vamos, Candy, inténtalo. Enamoraste al hombre más guapo del mundo y hasta te has casado con él. Has logrado convencer a Candida de que crea en tu virginidad hasta la boda, y a tu simpática suegra de que se retractara en la prensa de las estupideces que había dicho. Incluso te hiciste pasar por una condesa para que los japoneses te prestaran atención. ¿Por qué no intentas convencer al viejo?», se dijo.
Se miró en el espejo del baño y se dijo que con ese aspecto no podría convencer ni a Vainilla de salir a pasear. Llevaba unos vaqueos ajustados, rajados en las rodillas a propósito. En los pies, calzaba zapatillas de lona rosa, bastante nuevas pero dudosamente limpias. Y cubría su torso con una camiseta made in Candy, de esas que ella misma imprimía con osados diseños y que invariablemente dejaban su vientre al descubierto.
Su aspecto era demasiado informal, pero sorprendentemente su rostro estaba más bello que nunca. Le brillaban los ojos, y a pesar de no llevar maquillaje, tenía la piel tersa y sus mejillas levemente sonrosadas.
Y el largo cabello brillaba como el mismísimo sol. Se lo peinó con los dedos. Aunque siempre solía ondearse, le llegaba a las caderas. Necesitaba un corte desde hacía mucho, pero no se decidía.
Tampoco se decidía a intervenir en la reunión. «Coraje, Candy. Perdido por perdido... Sí, lo haré. Ahí voy.» Y con paso firme se dirigió a la sala de reuniones.
Llamó tímidamente, y sin esperar que la invitaran a entrar, abrió la puerta.
En un principio, las miradas de asombro y las bocas abiertas la intimidaron un tanto. Todos menos Albert vestían muy formalmente y quizá por eso no podían creer que ella osara presentarse así. Tal vez no había sido una buena idea haber ido, después de todo.
Miró a Albert, alarmada, pero él parecía hasta divertido. Arqueaba las cejas, y su cautivante sonrisa de lado había comenzado a formarse con disimulo.
—Disculpen... la intromisión. Quería... saber si ya habían firmado y si podía... traer el champán para festejar el acuerdo.
Se hizo un profundo silencio en toda la sala, hasta que el viejo lo rompió:
—Jovencita, no habrá festejo alguno. No les venderé mis tierras.
Candy no se amedrentó. Se acercó a él tímidamente y le preguntó simplemente:
—¿Por qué, señor?
Un murmullo comenzó a extenderse entre los presentes, pero un gesto de Albert con la mano los hizo callar. Ya daba por perdidos esos terrenos, pero quería ver hasta dónde podía llegar Candy.
—¿Por qué? Porque quiero vivir allí hasta que me llegue la hora, y que mi última visión sea el verde sin igual de las sierras, y no una pared de cemento —dijo el viejo con el ceño fruncido.
—Pero Ardley Construcciones no haría jamás algo reñido con el entorno, ¿no se lo han dicho? ¿No le han mostrado qué clase de proyecto quieren llevar a cabo en esas tierras? —preguntó Candy, de pie junto al anciano.
El silencio era absoluto. Era como si sólo estuviese ellos dos en la habitación y nadie más.
Él la observó con interés. Se puso las gafas para hacerlo mejor, y luego se las quitó y limpió los cristales con la corbata. No podía creerlo. Esa chiquilla le recordaba a su amada Eva, ¡Dios la tuviera en su gloria! Su cabello dorado, la pureza de su mirada. Sí, le recordaba a Eva cuando la conoció, cuando aún era una criatura que no sabía nada de la vida y él quería mostrarle el mundo.
Carraspeó, intranquilo. Tenía media docena de espectadores contemplando su turbación.
—Sí, me lo han explicado con detalle, pero no les creo.
—¿Sabe qué? Usted me recuerda a alguien. Sí, no me mire con esa cara. Me recuerda a mi abuelo Juan, un corazón de oro pero terco como una mula.
Los murmullos subieron de tono, y Albert dijo con tranquilidad:
—Silencio.
Obedecieron todos, por supuesto. Todos menos el viejo...
—Tú también me recuerdas a alguien, y habrás heredado la terquedad de tu abuelo, niña. Algo me dice que no eres del tipo complaciente.
Albert se movió inquieto en la silla. No sabía hasta dónde podía llegar esa conversación, pero se moría de ganas de que continuara.
—No... Sí. Bueno, un poco. Mire señor, usted y yo sabemos que no viviremos para siempre. ¿Le gustaría que sus hijos o sus nietos vendieran su tierra a inversores extranjeros que hagan cualquier desastre allí? —inquirió muy resuelta.
El anciano vaciló, y Candy tomó eso como una buena señal.
—Estaré muerto y no me importará nada —aseguró, pero no sonaba convencido.
—Quizá, pero mientras no lo esté, la duda de lo que podría haber hecho para preservar ese maravilloso lugar no lo dejará en paz—añadió ella con firmeza; los enormes ojos verdes le brillando a causa de la emoción—. Y vivir con esa duda no será agradable, créame.
Él suspiró. La muchacha tenía razón, tenía toda la razón. Estaba a tiempo de elegir qué hacer. Y esa gente le ofrecía algo bastante interesante. Recibiría una importante suma de dinero, y no tendría que mudarse, pues se quedaría con una de las construcciones. Quizá debería pensarlo. ¡Oh!, ¿a quién quería engañar? Haría lo que fuese para complacer a esa chica. No tenía ningún interés del tipo amoroso, no a su edad, pero hubiese dado cualquier cosa por tener algo tan bello para contemplar al final del día. La belleza de ella superaba la de cualquier atardecer en las sierras, sin duda. Se imaginó en la terraza, con un vaso de whisky y a la joven leyendo a Tolstoi en voz alta, a sus pies. Era una pequeña princesa rusa, igual que su Eva.
—Bien, lo haremos —concluyó, poniéndose de pie con dificultad.
Los murmullos de aprobación se transformaron rápidamente en sonoros aplausos.
Albert también se levantó, y el viejo lo miró.
—Ardley, aceptaré la última oferta con una condición: quiero que esta joven trabaje para mí. —Y volviéndose a Candy le ofreció—: Triplicaré tu salario, niña. Tú te vienes conmigo...
—Mi esposa no se negocia, Flanagan —dijo Albert, sereno mientras le tendía la mano a Candy.
—¡Tu esposa! —exclamó él, mirándola con incredulidad.
—Así es, señor. Mi nombre es Candy, y disculpe por no haberme presentado al entrar —dijo ella, mientras se apartaba del viejo, se acercaba a Albert y se pegaba a él.
—Pero ¿qué edad tienes, criatura?
—Veinte. Los suficientes para trabajar aquí o en cualquier otro sitio. Y definitivamente, los suficientes para estar casada.
Flanagan sonrió. Chica lista...
—Tú ganas, Ardley. —Y mirando a Candy de arriba abajo, murmuró—: Tú siempre ganas, a la vista está. Vamos, firmemos de una vez.
—No se arrepentirá; se lo aseguro —afirmó Albert, radiante, estrechándole la mano.
—No lo haré si algún día vosotros dos pasáis a visitarme. ¿Lo haréis? —preguntó, pero era casi una súplica. Se sentía solo, inmensamente solo.
Fue Candy quien se apresuró a responder:
—Por supuesto.
Y luego hizo algo que sonrojó al viejo y le obligó a aferrarse bien fuerte a su bastón: se puso de puntillas y lo besó en la mejilla.
—¿En serio, vendréis?
—Sí, pero no es por el trato. Es porque me recuerda a mi abuelo Juan, ya se lo he dicho, y lo extraño tanto... —murmuró Candy, conmovida.
Con esa simple y sentida frase, Csndy se ganó al viejo para siempre. Continuaría siendo un cascarrabias, pero ella sería su única debilidad, con perdón de su adorada Eva, que en gloria estuviera.
—Traigan esos papeles de una vez que quiero regresar a mi pueblo —dijo solemnemente para ocultar su turbación.
Y el trato se firmó.
Una hora después, Candy y Albert se quedaban a solas en la oficina.
—Has estado magnífica, mi cielo —le aseguró él mientras la envolvía en un cálido abrazo.
—Gracias, corazón. Tú lo habías preparado y yo le he dado el toque final —dijo ella, sonriendo.
—¡Oh, no es cierto! Sabes bien que es todo mérito tuyo.
Ella le ofreció los labios y él iba a aceptarlos cuando se abrió la puerta y entró George.
—¡Perdón! No sabía que estabas aún aquí, Candy. Siento haber interrumpido...
—No te preocupes, George —murmuró ella, avergonzada.
Desde aquel día en que la había encontrado bebiendo cerveza en la discoteca, las cosas entre ellos no iban del todo bien.
—Albert, necesitamos decidir algo con urgencia. ¿Recuerdas el ex hotel de la plaza Gomensoro? Bien, mañana tendremos que dar una respuesta al municipio. ¿Lo demolemos, o no?
—¡Oh! ¿El hermoso hotel frente al mar? ¿El hotel Rambla?—preguntó Candy, apenada.
—Sí, mi amor. Compramos la finca, pero no podemos alterar ni la estructura ni la fachada del edificio por orden del alcalde. ¿Tendremos que demolerlo, George?
—No hay otro remedio. No sé por qué esperamos hasta el último momento para responder al municipio. Ahora comenzarán los trámites para el permiso para la implosión y...
—¡No! Es decir, ¿no hay otras opciones?
Ella no se resignaba a que demolieran tan bello edificio. No se imaginaba el perfil de la costa sin la emblemática fachada.
George la observó. No le gustaba nada la injerencia de Candy en los asuntos de la empresa. Ciertamente, acababa de lograr el trato con Flanagan , pero esperaba que eso no le diera alas para continuar metiendo las narices en...
—Es que son habitaciones de veinte metros cuadrados. ¿Qué se puede hacer allí, mi vida? —le dijo Albert, paciente—. Nada... Cien pequeños cuartos de hotel. Son altos, es verdad, pero no son de doble altura.
—¿Qué altura tienen, Albert?
Él se lo dijo y ella quiso saber entonces el largo y el ancho exactos. También preguntó por la ubicación de la puerta y la ventana.
George y Albert la observaban, intrigados, mientras ella se mordía el labio y se acercaba a la mesa de dibujo. Tomó el bloc de hojas y se puso a dibujar rápidamente. Líneas y más líneas. Un boceto en tres dimensiones sorprendente.
Cinco minutos después, Candy se volvió y les presentó su idea.
Albert observó el papel un momento y luego sonrió.
—No me lo puedo creer.
—Bueno, es sólo un boceto. Me gustaría ir, Albert. Y quizá pueda mejorar la propuesta para salvar el hotel. Sería una pena demolerlo.
No sabía si era por lo del terremoto o qué, pero la verdad era que a él tampoco le gustaba la idea de demoler y perder esa maravilla arquitectónica. Si se pudiese hacer lo que Candy sugería sería magnífico. Miró a George y alzó las cejas a modo de interrogación.
—¿Qué opinas, ingeniero? Monoambientes.
—¿Es una jaula eso que veo ahí? —preguntó el aludido, observando el dibujo que había hecho Candy.
—Algo así. Las hacen en Canadá y son muy sólidas, a pesar de que parecen de cristal. Son de metal y su entramado hace que parezcan transparentes, George. Arriba puede estar el dormitorio, y abajo el resto. El baño sería del mismo material, pero opaco, y no estaría suspendido. La idea es que la luz de la ventana lo invada todo...
—No sé... ¿A quién estaría dirigido? —preguntó George, dudoso.
—A estudiantes, ejecutivos júnior, jóvenes que busquen independencia... Podemos venderlos, o alquilarlos por días, por meses... Serían muy versátiles. De eso se encargaría mi padre, George —dijo Albert, entusiasmado con la idea.
—Y se entregarían decorados. Por completo. Con una línea de muebles especial —improvisó Candy.
Los tres se miraron. George estaba asombrado. No podía negar que ella era muy talentosa. Se rindió ante Candy incondicionalmente, al igual que todo el que la conocía y recibía una dosis de ella.
—Bien, ¿a qué esperamos? Vamos para allá —dijo, poniéndose en pie.
Lo intentarían ¿por qué no?
—Iremos en mi vehículo, y Candy conducirá —dijo Albert riendo mientras los tres salían de la oficina.
—Señor Ardley, no puede marcharse. Lo espera su abogado y el delegado de la embajada —lo atajó Miriam.
—¡Carajo! Lo había olvidado. Bien, id vosotros. Conduce con cuidado, princesa, que no le dé un infarto al ingeniero —le advirtió, antes de darle un beso algo atrevido que la dejó temblando.
Candy y George se marcharon. «No vendrá mal una conversación a solas para aclarar algunos puntos», pensó ella. El socio de Albert era una persona muy importante en la vida de su esposo, y no le parecía bien que entre ellos hubiese una actitud recelosa por asuntos del pasado que ya habían quedado atrás. Pero no fue posible hacerlo.
Un desafortunado suceso lo impidió, algo que no estaba en sus planes, algo inesperado y peligroso que más tarde haría que Albert aullara como un animal herido mientras destruía su oficina a golpes de puño, desesperado.
CONTINUARA
