Renacimiento y renovación

Aquella larga noche llegaba a su fin. Los muertos, por medio de la magia, fueron trasladados al mundo encantando y acomodados respetuosamente en un hermoso campo florido y rodeados de montañas. Algunos guerreros irían a proteger y velar a los caídos hasta el día siguiente, en que Emma, Regina, Zelena y Gold irían a prestar ayuda y su solidaridad a todos los que la necesitasen. Todos los guerreros que habían luchado con valor en la Gran Batalla fueron escoltados calurosamente por todos los habitantes de Storybrooke hasta el portal mágico en las mediaciones del bosque, que a partir de ahora sería un portal permanente. Se prepararon para pasar y finalmente regresar a casa.

Fueron pasando de uno en uno y todos en la pequeña ciudad fueron haciéndoles una reverencia: Mérida, Elsa, Philippe, Ruby, Dorothy, Mulan, elfos, trolls del bien, hechiceros, soldados, magos… Todos, sin excepción, fueron reverenciados.

La Reina Regina y la princesa Clarissa también volverían al palacio para pasar un tiempo allí, para liberar a todos los prisioneros, pedir el más profundo perdón a quien fuera necesario, cumplir con la misión de Clarissa con las familias de las muchachas asesinadas y contarle al padre de la princesa, el gran rey Markus, y a los reyes Edward y Dulce, los ex suegros de Charlize, los nuevos planes para el futuro. Necesitaban saber si ellos aceptarían la corona y la responsabilidad de gobernar Daltro. Y por supuesto, Clarissa y la Reina estaban como locas por ver a sus bebés, a las gemelas, Clarissa y Scarlet. La añoranza las estaba consumiendo.

Entonces, ellas se despidieron de Emma y de Regina con un fuerte abrazo y con enormes sonrisas de todos los demás.

Había sido una noche muy larga. Eran visibles los estragos y la destrucción por toda la ciudad, y muchas cosas tenían que ser restablecidas. Con certeza la magia ayudaría mucho. Pero eso quedaría para el día siguiente. Ese día, todos tenían un único deseo: ir a casa y descansar, y finalmente poder dormir con la seguridad y el alivio de que todo había acabado de una vez por todas.

Henry se despidió de sus madres, quienes lo llenaron de besos, y se marchó a dormir a casa de sus abuelos, para dar una mayor privacidad a ellas aquella noche. Sabía que ellas lo necesitaban después de tanto luchar y sufrir juntas. Se merecían, más que nadie, disfrutar de todo el amor y la presencia mutua.

También los demás se despidieron de Emma y Regina con calurosos abrazos: Gold, Zelena, Belle, Mary y David, entre otros muchos.

Y Emma y Regina finalmente se dirigieron a la mansión Mills.

Al llegar, tomaron un baño juntas, y Regina preparó una lasaña para comer, arrancando enormes sonrisas de Emma cuando esta se acordó en qué había acabado la última vez en que habían comido lasaña juntas. Mientras Regina la preparaba, notó la sonrisa maliciosa y distraída de Emma. Arqueó una ceja al decir

–Un trozo bien suculento de lasaña por tus pensamientos…

Swan la miró y movió la cabeza, sonriendo

–Es que me he acordado de la última lasaña que comimos juntas. Fue inolvidable, por así decirlo…–se mordió los labios y miró con más profundidad a su prometida –Todo se volvió en un juego de la verdad, las dos casi desnudas y mis manos en tus pechos.

Regina se sonrojó, pero enseguida se rió a carcajadas.

–Vaya, sí, me acuerdo–suspiró –Tenemos que repetir aquel juego cualquier día de estos…–guiñó el ojo, pícara.

–¿Cuándo? ¿Hoy?–devolvió en el mismo tono.

Las dos rieron. Era maravilloso poder estar en la compañía una de la otra, ahora sin ningún tipo de preocupación ni miedos. La paz es sentida de manera totalmente divina y en su plenitud cuando la perdemos y volvemos a recuperarla.

Se pusieron serias. En lugar de carcajadas ligeras, ahora miradas de comprensión y cariño. Regina se sentó en la silla, frente a Emma, y entrelazó sus dedos a los de ella. Miró con profundidad aquellos orbes verdes como amaba hacer. Y allí encontró todo el confort del mundo.

–¿Cómo estás, Emma? ¿Después de…todo?–preguntó, amable y sincera

La rubia se encogió de hombros y soltó el aire.

–Estoy bien–apretó más fuerte la mano de su prometida –Exhausta, cansada y triste por los acontecimientos derivados de la guerra. Pero bien. Aún asustada, con la adrenalina en todo mi cuerpo por lo que hemos vivido hoy, pero es normal, pasará–sonrió sin enseñar los dientes.

Por encima de la mesa, Regina alcanzó sus labios en un tierno beso.

–Me siento muy orgullosa de ti, Salvadora–sonrió de oreja a oreja y las lágrimas brotaban de sus ojos –Lo que has hecho hoy conlleva tal grandiosidad que creo que ni tú misma tienes idea de lo que representa. ¡Emma, eres un ser iluminado! ¡Te amo tanto!–sus lágrimas ahora quemaban su rostro y le era difícil hablar.

Emma, emocionada, compartió el llanto de Regina, y dijo

–¡No lo hubiera conseguido sin ti! ¡Eres la parte que me completa y quien me dio fuerzas y coraje para llegar hasta el final! ¡Eres mi puerto seguro! ¡Gracias por elegirme! ¡Te amo tanto!–respondió a lo que la amada había dicho pocos segundos atrás y más besos, caricias y miradas intensas fueron compartidos.

Aquella noche comieron en paz y en armonía, conversando de cualquier cosa que nada tenía que ver con la Última Batalla. Querían olvidar, aunque fuera por aquellos momentos, lo ocurrido. Todavía pensarían mucho en ello al ir a ayudar a restablecer el orden en Storybrooke y al velar a los muertos al día siguiente en el Bosque Encantado.

Brindaron con un delicioso vino por la espléndida victoria de esa noche. E intentaron olvidar todo lo malo que había ocurrido.

Cuando fueron a acostarse, se quedaron dormidas casi inmediatamente debido al intenso cansancio por las emociones vividas recientemente. Se durmieron abrazadas, sus brazos y piernas entrelazados, como si no quisieran soltarse nunca más, ni en este mundo ni en el de los sueños.

Emma Swan y Regina Mills. Allí se hallaban dos almas destinadas a estar juntas para siempre, dos corazones que habían luchado y habían vencido con coraje todos los desafíos hasta llegar a donde estaban en ese momento, ni la muerte pudo separarlas. Todo había valido la pena. Todo había conspirado siempre a favor del amor. Y allí, en aquel instante, ganada la Batalla, corazones ligeros, luchas cumplidas, con la enorme carga fuera de sus hombros, las dos mujeres que tanto se amaban disfrutaban en los brazos la una de la otra del descanso más que merecido, rodeadas de todo el amor que sentían una por la otra.


Al día siguiente, comenzaba el arduo trabajo de reorganización de la ciudad. De la mañana a la noche, la población de Storybrooke trabajaba unida para colocar todo en orden, con magia y sin ella. Había señales de la Gran Guerra y de la destrucción por todos los sitios: paredes se habían venido abajo, la Torre del Reloj tenía varios agujeros, árboles caídos, bancos de la plaza sacados de su sitio, escaparates de tiendas en pedazos e incluso la cafetería de Granny había sufrido los resultados de la Batalla, sus puertas habían sido arrancadas de sus goznes, y varias ventanas estaban rotas. Emma, Regina y Zelena trabajaron ayudando durante toda la mañana, y tras el almuerzo se prepararon para una misión aún más dolorosa: viajar hasta el Bosque Encantado a velar y enterrar con dignidad a los muertos en la Guerra. Era lo mínimo que podían hacer en homenaje y agradecimiento más que merecido a todos los guerreros.

Ahora todo era mucho más sencillo. No fue difícil hacer permanente el portal abierto en el bosque de Storybrooke, bastaba un poco de magia algo más elaboradas y rápidamente Emma, Regina y Gold se unieron para hacer eso posible. La barrera contra el paso de personas mal intencionadas fue colocada, así a estos les sería imposible transitar. A la menor señal de reconocimiento de malvados objetivos, los dos portales ligados emitirían una descarga, impidiendo totalmente que esas personas transitaran libremente. La conexión entre el mundo mágico y el no mágico tendría hoy y para siempre un único objetivo: la unión de los pueblos para el aprendizaje, los encuentros, las amistades y la práctica del bien y del amor.

Emma, Regina y Zelena pasaron por el portal y llegaron al Bosque Encantado. La noche anterior, los guerreros sobrevivientes les dijeron dónde serían velados los cuerpos y les dieron la dirección. No fue difícil encontrar el sitio, el capo florido rodeado de montañas quedaba al norte del palacio de la ex Reina Regina, y hacia allí se dirigieron. La Reina Regina y Clarissa también fueron, también con el más puro deseo de formar parte, aunque fuera en aquel momento, del último homenaje a los guerreros. Sabían que tenían gran parcela de culpa por aquellas muertes, pero lo que todos querían ahora era el perdón y la unión, poder comenzar un futuro brillante, libre de rencores y del pasado oscuro.

Un mar de cuerpos en ataúdes de vidrio llenaba el gran jardín en aquella triste, pero soleada tarde en el Bosque Encantado. Todos lloraron y velaron a los grandes guerreros. Y por fin, siguiendo una idea de Emma, que todos aceptaron con lágrimas en los ojos, los muertos fueron enterrados en aquel mismo jardín, todos juntos. Las dos Reginas, Emma, Clarissa y Zelena unieron sus magias, y cuando todos los cuerpos ya se encontraban bajo tierra, las mujeres hicieron aparecer las más hermosas flores de colores de todas las especies sobre las tumbas de esos soldados. Todos los presentes se emocionaron y lloraron. No había espacio para ver la tierra, solo flores que jamás se marchitarían, eternizando el recuerdo de aquellos hombres y mujeres que allí yacían. Los pájaros comenzaron a sobrevolar las flores como si también homenajearan a aquellas personas tan importantes y llenaran de vida aquel lugar que ahora sería su morada por toda la eternidad. El sitio fue totalmente cercado por magia, muros mágicos se levantaron alrededor para siempre proteger aquel lugar. Una gran puerta de hierro apareció en su entrada, y grabado en ella en grandes letras doradas se podía leer

"Aquí yacen los grandes guerreros de la Última Batalla. A vosotros, eterna gratitud. Eterna añoranza"

El sol ya se ponía cuando todos se marcharon. Pero antes, Zelena les dijo a Emma y a Regina que necesitaba hacer una cosa antes de regresar a Storybrooke.

Como es sabido, los reinos mágicos de Dallas y Petro, hoy unificados en el reino de Daltro, lugar de las familias de Clarissa y Esteban, habían sido completamente destruidos por la bruja Zelena en su época más sombría.

Tras su redención, ese, junto con otros, era uno de sus grandes remordimientos. La pelirroja sabía que los pueblos de esos reinos no regresarían más a esos reinos, pues ya habían rehecho sus vidas en el nuevo reino unificado, sin embargo, se sentía en la obligación de devolver la vida a lo que había destruido. Les pidió a Regina y Emma que la esperaran cerca del portal, pues quería y necesitaba hacer eso sola.

Zelena se rodeó en su humo verde y apareció pocos segundos después en donde necesitaba estar. Suspiró al ver lo que su ambición, su sed de venganza y maldad había causado a los dos reinos y a tantas personas. Su corazón se llenó de tristeza al ver los bosques arrasados y completamente secos, los plantíos que antes daban tanta variedad de alimentos ahora tenían sus tierras resecadas. Lloró al ver los ríos y mares de alrededor, sus peces muertos, el agua totalmente sucia y llena de lodo, sin margen para la pesca o la vida marina.

La pelirroja soltó un largo suspiro, cerró sus ojos con firmeza y entró en contacto con el lado más profundo de todos sus poderes. Con sus manos, hizo surgir una enorme luz verde que comenzó a envolver a los dos reinos. Iba a necesitar todas sus fuerzas, pero tras cinco minutos de pura concentración y esfuerzo, Zelena logró que los reinos volvieran a ser lo que habían sido: los bosques estaban de nuevo verdes y vivos, los campos con su tierra mojada e ideal para la plantación. El color volvió a través de las flores y del canto alegre de los pájaros que también habían llegado. En el otro reino, ya se veía cómo el mar recuperaba su agua azul, brillante y límpida, y algunos peces ya saltaban alegres en él. Los ríos volvían a correr limpios, como si saludaran a toda la naturaleza.

Zelena sonrió de oreja a oreja y lloró de emoción al mirar todo a su alrededor. En su interior pidió perdón a los reinos y a todos los que había perjudicado, y esperaba poder hacer eso personalmente un día, y sabía que lo haría. Los pueblos que allí vivían antes no regresarían, pero otros pueblos podrían instalarse y crear nuevos reinos. Toda la tierra ya estaba preparada para la plantación, y todo estaba a punto, la pesca, el comercio…

Al encontrarse de nuevo con Regina y Emma en el portal para regresar a Storybrooke, Zelena poseía una genuina sonrisa y el corazón más ligero. Entraron en el portal y desaparecieron rumbo de nuevo a la ciudad de Storybrooke.

Algunos días después…

Bosque Encantado, palacio de Regina

–¡Ya es la hora, hija mía!–dijo el rey Markus a Clarissa, con las manos en sus hombros, orgulloso de su pequeña. A su lado, también estaban la Reina Regina con la bebé Clarissa en sus brazos, y la Reina Dulce, con la bebé Scarlet, y Edward al lado de su mujer. Todos sonreían a la princesa que estaba temblando, vestida de nuevo con sus antiguas ropas: vestidos largos y de encaje de color claro, como el rosa bebé, un maquillaje ligereo y sus hermosos cabellos rubios cayendo en cascada sobre sus hombros. Todos en el palacio ya estaban al corriente de todo lo ocurrido en la Gran Batalla y de su desenlace, y también de los planes de Clarissa y Regina de trasladarse al mundo no mágico, cosa que la familia aceptó y respetó. Iban a ser los reyes de Daltro mientras su hija y su amada andaban nuevos caminos, sin dejar de estar conectadas con todos ellos. El palacio ahora era de todos. Pero lo que a todos alegró mucho más fue la redención y la salvación de su pequeña y de la Reina Regina para el lado de la luz.

–¡Tengo miedo, papá!–dijo la joven Clarissa al rey Markus, afligida.

Markus apretó sus pequeñas manos.

–¡No tengas miedo, mi princesa! Enfréntate con fe a tu misión y a esa linda oportunidad que te ha sido dada. Las familias ya te están esperando a la hora y sitio marcados. ¡Ve, hija mía! Nosotros esperaremos ansiosos tu vuelta–le dio un beso en la cabeza.

Con las sonrisas de aliento de todos los presentes, Clarissa asintió, sonrió y suspiró. Fue al encuentro de su misión: hablar con las familias de las muchachas que había asesinado sobre la reencarnación de estas en sus mismas familias. A pedido de la misma, su padre, Regina, Edward y Dulce entraron en contacto con las familias y organizaron el encuentro. Muchas de estas familias se negaron, al principio, pero acabaron aceptando el encuentro con la princesa al saber que se trataba de algo muy importante que tenía que ver con sus pequeñas muertas.

Clarissa tenía en sus ojos y en su corazón un miedo creciente al odio y rechazo de esas personas, pero tenía que enfrentarlo. Sola, ella y nadie más. Ese fardo y las consecuencias de sus actos le pertenecían solo a ella. El carruaje fue preparado y los guardas la llevaron hasta la aldea donde las familias vivían, y al ver la aglomeración de personas que ya la esperaban, tembló de la cabeza a los pies y un escalofrío le atravesó la espina. Había llegado la hora.

Quizás el peor momento que la princesa atravesó fueron los primeros segundos, al descender del carruaje y dirigirse al sitio. Sentía las miradas sobre ella, las de todos, miradas de tristeza, de angustia, muchas miradas de rabia, odio y de indignación. Ella mantuvo la suya baja, y avergonzada hasta llegar a una silla de piedra, en la que se sentó y consiguió quedar de frente a todas aquellas personas, madre, padres, hermanos, tíos de las adolescentes que había matado.

Nadie habló. Nadie se manifestó. Solo las miradas frías e indescifrables continuaban firmemente clavadas en Clarissa. El silencio era tenso y aplastante.

Con un largo suspiro, la princesa se llenó de valor y comenzó a decir

–Sé que tienen todos los motivos del mundo para odiarme con todas sus fuerzas, y jamás les quitaré esa razón. Pero solo pido que escuchen lo que he venido a decirles…

Y ella, sin parar en ningún momento, contó todo, en los más mínimos detalles, a toda aquella gente sufrida. Relató el desenlace de la gran Guerra y cómo aquello la había cambiado. Reveló el remordimiento por aquellas muertes que nunca la habían dejado dormir en paz. Contó en cada mínimo detalle el encuentro con sus hijas. Y finalmente, reveló la nueva oportunidad para todos y el regreso de las muchachas a sus mismas familias, que nacerían de los vientres de sus mismas madres. Anunció que el embarazo podría suceder en cualquier momento y que tenían que estar preparadas para recibir de nuevo a sus hijas. Y que su misión era la de anunciar esa buena nueva a todos ellos.

Al terminar de hablar, Clarissa ya lloraba copiosamente y vio aquellas miradas a su alrededor, antes tan llenas de odio, tristeza y rencor, transformarse en miradas de emoción, comprensión y felicidad. Las sonrisas comenzaron a brotar en todos hasta que no hubo ningún rostro allí que no compartiera las risas de emoción y alegría. Clarissa consiguió sonreír levemente.

–No merezco su perdón–la princesa retomó –Sin embargo, he venido a traerles esta maravillosa noticia que, al menos, puede aliviar un poco el mal que causé–bajó la cabeza.

Al escuchar eso, la madre de una de las muchachas, con una sonrisa encantadora en su rostro, se acercó a Clarissa, y alzó su mentón con los dedos para que la joven la mirara.

–¡El arrepentimiento y el regreso del amor a vuestro corazón son las hermosas cosas que os han sucedido, princesa Clarissa!–dijo con una sonrisa y todos asintieron –¡En esta Tierra, nadie tiene el derecho a juzgar o negar el perdón! ¡Nosotros os perdonamos! ¡Y ahora, tendremos a nuestras hijas de nuevo! No podríamos haber tenido una noticia mejor después de esa Batalla.

Y en un acto sorprendente, aquella mujer a la que Clarissa no conocía hasta entonces, le dio un fuerte abrazo. La muchacha sin pestañear también la agarró, y dejó que sus lágrimas mojaran las mangas de su vestido. Al igual que sus hijas habían hecho pocos días atrás, sus familias lo hacían ahora: se juntaron todos alrededor de Clarissa y le dieron un enorme abrazo colectivo, capturando a la joven en un gran círculo de amor, felicidad, perdón y alivio. Y ese había sido su mayor regalo. Se permitió estar así durante largos segundos, solo recibiendo todo el cariño y comprensión de las personas de las que jamás pensó recibir el perdón. Y estaba eternamente agradecida por ello. El mayor de sus remordimientos, en aquel momento, había desaparecido.

Algunos meses después…

–¡Ay!–se quejó Emma al sentir que su cuero cabelludo era pellizcado sin piedad por una traba demasiado ajustada –¡Cuidado, Clarissa! ¡Quiero tener mi cabello en orden, no sin mitad de ellos!

La más joven reviró los ojos y acabó riendo.

–¡Deja de quejarte, Swan! ¿Quieres que tu peinado siga bien firme o no?

–¡Quiero, pero no a costa de que me saltes los ojos y me arranques el cerebro!

–¡Deja de ser exagerada!

Y las dos acabaron riendo, mirándose la una a la otra a través del gran espejo, en uno de los aposentos del gran palacio del reino de Daltro.

Clarissa acabó de fijar algunas trabas más en el peinado de Emma, que consistía en un hermoso moño adornado por trenzas y rodeado de adornos de pétalos blancos, teniendo más cuidado en ello.

–¡Listo! ¡Este moño no se deshará ni aunque lo quieras!–Clarissa lo inspeccionó de nuevo, sonriendo satisfecha con su trabajo.

Emma sonrió frente al espejo y se giró hacia la joven.

–¡Gracias! Ahora, deja que compruebe los botones aquí detrás, que me pediste…

Y giro a Clarissa de espaldas a ella, comprobando cuidadosamente los botones del vestido y haciendo otro lazo en la cinta que adornaba su cintura.

–¡Listo! ¡Estás hermosa!–comentó Emma

–¿Necesitas que ajuste algo también en tu vestido?

–No, creo que está todo ok…

Se sonrieron una a la otra. Emma y Clarissa tenían sus corazones estallando de emoción y felicidad, y eso se veía en sus ojos a través del brillo y de las lágrimas. Temblaban de ansiedad y expectativa por lo que estaban a punto de vivir en unos minutos.

–¡Contente, si no, vamos a hacer que el maquillaje se borre!–dijo Clarissa al ver una gota de agua queriendo escaparse de los orbes esmeraldas de Emma, pero, era difícil conseguir controlar la propia lágrima que insistía en querer escaparse.

–¡Lo voy a intentar!–Emma reía e intentó limpiar sutilmente el ojo sin que se borrase el rímel y el delineador.

La conversación fue interrumpida cuando las grandes puertas de roble del aposento se abrieron y revelaron tres pares de ojos ansiosos y grandes sonrisas: allí estaban Zelena, Henry y Belle, elegantemente vestidos con sus trajes de gala para la gran noche.

–¿Entonces, chicas?–dijo Zelena ya entrando como loca en la habitación acompañada por los otros dos, con su largo vestido lila –¿Nos vamos? Ya es la hora y las dos ya están listas y esperando.

–¡Y están hermosas!–completó Henry sonriendo, en su traje negro y pajarita azul.

–¡Al igual que vosotras!–dijo Belle emocionada. La morena estaba encantadora con su vestido color crema de vuelo.

Emma y Clarissa se miraron sonriendo y asintieron. La emoción era palpable y los temblores recorrían sus cuerpos.

–¡Estamos listas!–dijeron al mismo tiempo encarando a Zelena, Belle y Henry. Se dieron las manos para transmitirse fuerza y apoyo. Había llegado la hora.