Disclaimer: Los personajes son de Rumiko Takahashi. La trama me pertenece en entereza, aunque a ustedes no les parezca.


Capítulo 32.


No llamó a Sango para decirle que tenía que salir. No llamó a InuYasha para que le diera un consejo, porque, además, estaba con Kikyō. No llamó a nadie, ni siquiera a Yura.

Cogió sus llaves, prendió el auto y se fue a todo lo que daba. Manejó por alrededor de una hora, hasta el lugar pactado.

Por su mente lo único que pasaba era cómo enfrentar aquello que le había mandado al teléfono. Supuso que quería chantajearlo con esas fotos. ¿Se trataba de dinero? Pero si estaba saliendo con Kōga, ¿qué podría querer?

Sabía que lo del beso había sido planeado, pero en qué maldito momento le había tomado esas fotos. Era obvio que alguien más lo había hecho y eso lo jodía aún peor. Cómo había podido ser tan estúpido. Maldecía la hora en que se volvió a encontrar a esa maldita mujer en su camino. Ahora podría perder a Sango, que era todo en la vida.

Eso lo llevó al borde de las lágrimas. Pero no lloró, no lo haría. Aún tenía salvación. ¿Habría sido buena idea hacerle caso a InuYasha? De haberle comentado las cosas a su novia, tal vez esas fotos no representarían una amenaza tan grave para él.

Cuando llegó a la estación, se estacionó en un lugar prudente. Bajó de su auto tratando de buscarla con la mirada: nadie. ¿Y sí era una emboscada para matarlo? ¿Sería capaz?

—Sí.

Sus sentidos se pusieron alerta ante la respuesta inesperada. ¿Era bruja o algo así? Giró sobre sus pies y ahí estaba, sonriendo de esa manera venenosa como solo ella.

—Aquí me tienes.

—Sí. —Repitió—. Qué bueno es saber que aún tengo control sobre ti. —Soltó una carcajada.

—No seas ridícula. —Puso cara de asco, todo en ella le repugnaba—. Dime qué es lo que quieres de una maldita vez.

—Tranquilo —hizo un ademán para que se calme—. Hablemos de negocios.

—¿Dinero? ¿Te hace falta? —La encaró.

Yura dejó de sonreír ante —lo que ella consideraba—, el insulto.

—No, imbécil. Ahora Kōga es mi novio y me provee de todo lo que necesito. No quiero el dinero de un miserable como tú.

El hecho de saber que esa mujer había llegado a ese punto, todo eso en un mes, le erizó la piel. Todo había sucedido tan rápido: la llegada de Yura a su vida, el beso y las fotos, el compromiso de InuYasha, el noviazgo de Kōga y esa mujer, aquel vídeo de Kagome besando a InuYasha, que su jefe había grabado —o eso le había dicho Sango—.

Y ahora estaba allí, a la merced de su verdugo. A los pies de su ex, a la que alguna vez amó mucho.

—¿Qué es lo que quieres para deshacerte de esas fotos?

Yura lo miró seria, analizando la determinación con la que se lo dijo. Claro que, si aceptaba su propuesta, de todas maneras, le iba a mostrar las fotos a Sango. Sin embargo, no podía demostrarlo, de lo contrario, Miroku pasaría por alto ese hecho y no lograría su objetivo.

—Bien.


Tōga estaba bastante contento. Después de la llamada de Hakaku, al parecer, todo había mejorado para bien después de su visita, el médico y las medicinas naturales que su esposa había preparado para él. Los negocios seguían muy productivos, aunque ya su amigo del alma se sentía muy cansado. Y no era para menos: su gran empresa de aparatos electrónicos demandaba liderazgo y mucha energía.

La tecnología avanza avasalladoramente y cada vez tenían que innovar para no quedarse atrás, aunque mantenían el monopolio del producto en Chiba y toda su extensión, al ser un lugar pequeño en comparación a otras ciudades de Kantō, no había muchos magnates interesados en invertir.

Sus hijos tendrían que encargarse de aquello algún día. Tendrían que enterarse de la verdad.

Mientras tanto, ellos aún no querían dejarse ver de los ancianos del pueblo, que los recordaban fácilmente a él y a su esposa Midoriko. Se decía de «Tecnologías Taishō» que había pasado a manos de Hakaku Wolf, luego de la extraña muerte de Irasue y la desaparición de su esposo y su hijo InuYasha. A falta de herederos, solo quedaba su mano derecha.

La gente hablaba sin saber. Aquella horrible noche debería desaparecer de la vida de todos.

—Me tranquiliza tanto que Hakaku esté mejor. Ha envejecido mucho desde la última vez que fuimos a visitarlo. —Comentó Midoriko, tomando la taza de té humeante entre sus manos.

—Pronto podrá descansar de todo ese trabajo. Se merece todo el cielo por lo que ha hecho todos estos años que nos conoce, por nosotros. —El también bebió té, soplando un poco.

Su esposa calló aquello que gritaba por salir. Cada día quedaba uno menos para el día en que sus hijos tendrían que saber la verdad, bueno, verdad a medias. Es obvio que mentirían.

Se oyó el timbre de la puerta y Midoriko se apresuró a abrir. Tōga esperó paciente en la sala. Supuso que era una visita deseable, por la amabilidad en la que su esposa la recibía.

Se puso de pie para saludar a nada más y nada menos que…

—El señor Ikeda…

—Por favor, madame, llámeme Kōga. Señor Taishō, qué gusto saludarlo. —Extendió su mano.

Tōga devolvió el saludo con efusividad, muy contento por la visita del jefe de su hija. A sus oídos había llegado que era el pretendiente de Kagome desde que había empezado a trabajar allí, sin embargo, no era prudente hablar de aquel tema.

—Traje este pequeño pastel de limón, espero que sea de su agrado. —Entregó el dulce en manos de su anfitrión, que lo recibió de buen grado—. Y me tomé el atrevimiento de traerle estas Sakuras a la señora de Taishō.

—Son mis favoritas, ¿cómo lo supiste? —Las olió, transportándose a su infancia, a su amor por Tōga, a todo.

—Las vi en varios de los cuadros en las paredes de la casa. —Comentó, con delicadeza.

—Siéntate, por favor, traeré un té.

—Muchísimas gracias.

—Cuéntame, Kōga, ¿a qué debemos el honor de tu visita?


Había de admitir que se sentía completamente exasperado y nervioso. Habían pasado al menos tres o cuatro minutos desde que Yura había dicho que le propondría algo para deshacerse de las malditas fotos de una vez por todas.

Lo miraba de arriba abajo, con morbo, con risillas estúpidas y expresiones malvadas. Estaba harto de esa situación, de verdad harto.

—No tengo todo el maldito día.

Nunca se había sentido tan violento y enfadado. Sus venas hacían recorrer una sangre que hervía dentro de él. Maldecía con creces cada segundo del momento en el que había visto de nuevo a esa mujer, el momento en el que le ocultó a Sango toda la verdad, cuando pensó que dejaría todo atrás porque no se trataba de algo grave.

Maldecía a Yura completamente.

—Ya cálmate y no me hables así. —Se le desvaneció la sonrisa. Con cada desplante, se le estaban quitando las ganas de darle una oportunidad.

Si cumplía bien lo que le propondría, capaz y hasta se compadecía de la imbécil de Sango.

—Entonces di lo que tengas que decir, de una vez. —Empuñó las llaves de su auto, muy cabreado.

—Muy bien: quiero que te acuestes conmigo.

Miroku abrió los ojos de par en par, completamente impresionado y hasta incrédulo. No podía creer a qué grado llegaba el cinismo de esa mujer, ¿en qué momento de su vida pudo haberse enamorado de ella? Ahora era él quien no hablaba. Yura lo miró y alzó una ceja, esperando respuesta.

—Pero qué…

—No una —interrumpió.

—Cállate. —Habló entre dientes, aún sin podérselo creer.

—Ni dos —prosiguió.

—¡Acabas de decir que eres la novia de Kōga! —Le replicó, asqueado. Qué clase de infeliz había escogido su jefe, por novia.

—Ni tres veces. —Culminó, ignorando el comentario—. Vas a acostarte conmigo las veces que yo quiera.

—Yura, eres la novia de mi jefe. —No podía, ¡no podía!

La aludida frenó en seco antes de decir que se iría a vivir con su novio. Aún quería ver la cara de todos cuando se enteraran del gran acontecimiento. Sonrió.

—Quieres conservar a Sango, ¿sí o no?

Miroku al fin comprendió que discutir con esa mujer era una tarea absurda. Se llenó de tanta tristeza al recordar a su novia, que quiso llorar ahí mismo. Agachó la mirada, como un soldado que es herido gravemente en guerra. Suspiró y tomó valor para volverla a mirar directamente a la cara.

Un día se las iba a pagar.

—¿Crees que soy tonto? Seguramente estás grabando todo esto. Ya no sería una novedad. Te gusta jugar sucio.

Sakasagami advirtió que no traía ninguna clase de aparto que pudiera grabar, ni siquiera había llevado celular. Y así era, no llevaba nada más que dinero para el taxi de regreso y las fotos en un sobre que había dejado escondido en algún rincón de las chatarras, por si a él se le ocurría no ir solo. A Takeda no le quedaba más que confiar o no en ella.

—¿Entonces?

Dudó por un par de segundos, evitando gritar un montón de groserías.

—Sí, acepto acostarme contigo.

Continuará…