CAPÍTULO 3 – DESEOS PELIGROSOS
"Nuestro cerebro debería experimentar ansiedad a ráfagas, no de la forma prolongada y frenética que pareces sufrir; por eso te sientes como si un león estuviera a punto de devorarte. Tienes que convencerte de que aquí no hay ningún león, cuando lo haya, te aseguro que lo sabrás"
-Tomas Harrys
Coautora:MelGA_0420
A nadie en la BSAA le agradan los tórtolos enamorados, y mucho menos que los agentes abiertamente tengan una relación romántica, pero Piers y tú han demostrado tener una extraordinaria capacidad para separar el trabajo de los sentimientos.
De hecho, Piers siempre ha tenido un trato claro y sin preferencias cuando le toca estar en una operación táctica contigo, y has retribuido esa actitud respetando su posición como teniente. Sin embargo, algo que no está tan claro es su postura para con el capitán. Piers tiene una tendencia a preocuparse mucho por él... demasiado.
¿Dirías que tu novio estaría más a gusto en el lugar en el que te encuentras ahora? ¿Más cómodo que tú? ¡Por dios! ¡Cómo te atreves! Cómo te atreves a insinuar que Piers y Chris...
Okay... No es momento de fantasías perversas...
Lo último que recuerdas antes de aparecer en este sucio lugar —sucio en todas y cada de una de las posibles y vulgares connotaciones— es estar acompañando a tu novio en la búsqueda del capitán Redfield. Cierta información indicaba que se encontraba vivo, aunque por alguna razón, no había intentado hacer contacto con nadie para que le brindaran socorro.
Lo hallaron en un bar en las afueras de la ciudad, que, si lo piensas bien, es más o menos casi todo el país. Edonia no es una región tan grande como para desaparecer sin rastro, aunque no tan pequeña como para ser localizado con facilidad tampoco.
En fin...
Estaban en aquel bar ideando una estrategia para abordarlo. El sujeto en cuestión se encontraba ocupando una mesa y bebiendo solo. El plan era saludar y tratar de descubrir qué le había sucedido y por qué no había intentado regresar. Así lo hicieron. Piers se sentó a la mesa y tú te quedaste cerca, a vigilar desde la barra. Las cosas no tardaron demasiado en irse a la mierda. De pronto Chris había golpeado a Piers y huía dejando al teniente tendido en el suelo y con media conciencia apagada por el fuerte puñetazo. Viste salir al capitán y decidiste seguirlo. Desenfundaste tu arma, eres una agente, una gran agente de la alianza anti-bioterrorismo... puedes con esto, claro que puedes.
Lo seguiste hasta el callejón que se encontraba en la parte posterior del bar, y entonces alguien te tomó por el cuello. Te sofocaba, su intención era desmayarte y lo logró en poquísimos minutos. No se te había ocurrido que fuera el mismísimo Chris Redfield, hasta el momento en que te quitó la venda.
¿Alguna vez se te desorbitaron más los ojos?
Y ahora te encontrabas encerrada en algún extraño ¿motel? ¿O será quizás la nueva vivienda del capitán?
Examinas el lugar. Nada hay que sea muy personal, así que puede que se trate de una habitación pasajera más que de una permanente. Además, se percibe un extraño olor a incienso y a... cigarrillos... ¿Cigarrillos? Entonces te percatas, es Chris quien fuma, no lo habías visto hacerlo nunca.
Está bajando con dos dedos las persianas cerradas para poder vigilar el exterior. Tiene la mirada aguda y sostiene el tabaco como un dios. ¿Qué edad tiene? ¿40, 41? Es casi veinte años mayor que tú. ¡Le acabas de hacer sexo oral a un hombre que por poco te dobla en edad! Sin embargo, lo último que dirías sería que fue malo; no te arrepientes, y esa pequeña satisfacción es lo que más hace reaccionar a tu conciencia.
—Piers vendrá en cualquier momento... —le adviertes con voz firme, pero en el fondo sabes que lo que quieres expresar es que, si piensa hacer algo más, no deberían estar perdiendo el tiempo de esa forma.
Tu ética y tu lealtad están muy decepcionadas.
El capitán inhala una última bocanada de humo y después abandona el cigarrillo sobre el cenicero. Se acerca a ti; tiene esa curiosa forma de analizarte, como si fueras una fruta muy apetecible que quiere morder y una amenaza de la que debe cuidarse a la vez.
—No provoques un problema solo por la satisfacción emocional a corto plazo, Clarisse...
—Cielos, capitán... ¿por qué insiste en llamarme así? ¿Por qué hace esto? Yo...
—Shhh... —interrumpe con la onomatopeya del silencio y encapsula tu barbilla nuevamente —ya deberías saber que tú harás lo que yo diga que hagas; y hablarás cuando yo te pida que hables...
Respiras agitada viéndolo a los ojos, no por el susto sino por la anticipación.
—¿Y qué se supone que haré ahora? —preguntas más ansiosa que preocupada.
Chris sonríe malicioso, sabe que estás jugando a ser un corderito indefenso. mientras que por dentro ardes en deseo por su contacto. Con el dorso de la otra mano recorre tu mejilla de arriba a abajo, suavemente. Luego hace que eleves el rostro para que quede justo debajo del suyo, la imagen recuerda a la portada de una película romántica, en el anuncio de un beso y con sus iris clavados en los tuyos.
Crees que va a besarte, pero en lugar de eso, te levanta violentamente de tu asiento, hace que voltees y te rodea por la cintura con uno de sus fuerte brazos, todavía sosteniendo tu quijada. Te estremeces y lanzas un pequeño gemido. Él se ríe y respira cerca de tu oreja. Tragas saliva y tratas de disimular tu excitación, pero hay partes de tu cuerpo que no tienen la misma capacidad de autocontrol.
Te sujeta tan fuerte que tus pulmones no se expanden bien, sientes calor, mucho calor. El capitán Redfield decide que explorar tu entrepierna será su siguiente movimiento. Al principio lo hace por encima de tu ropa y, al mismo tiempo, comienza a besarte el cuello. Echas la cabeza a un lado para darle más terreno y jadeas sin poder evitarlo. Él entierra sus labios con mayor ahínco, casi mordiéndote. Como tus manos están atrás, la tentación de tocarlo es irresistible. Lo tocas...
¡Lo tocas!
Está de nuevo firme, increíblemente firme...
Sin embargo, un ataque repentino de decencia hace que te retractes de esas caricias prohibidas.
—Chris, esto no puede pasar... —le recuerdas sintiéndote más o menos culpable. En especial por Piers, quien, hasta donde a tu conocimiento concierne, jamás te ha sido infiel.
—Una reacción anormal a una situación anormal es un comportamiento normal...
Lanza el capitán otra cita del libro, tan precisa que suena a la perfecta manera de justificarte. Sí, esta situación es una anomalía, una estimulante y desquiciada grieta del sistema en la que ha caído tu moral empujada por tu deseo. ¿Has visto antes a Chris Redfield de esta manera? ¿Lo has imaginado en su papel menos autoritario y más vulnerable?
No...
Es el capitán, es el líder al que todos respetan. Uno no va por ahí generando ideaciones sexuales respecto a sus superiores.
Pero esta extraña habitación y este inexplicable contexto...
A medio reflexionar sobre las ventajas y desventajas de dejarte llevar, recuerdas que no es una cuestión de decisión sino de obediencia. El capitán de pronto desabrocha tus pantalones y desliza la mano sin el más mínimo recato. Sus dedos son enormes... tentadores.
—Estás tan preparada como creía... —dice a tu oído al acariciar tu humedad.
Su voz de seducción tiene una frecuencia espectral que empuja a la lujuria.
Sí, bueno... ¿quién era Piers?
Jadeas muchísimo más que antes por la presión de su toque impúdico, y por poco gritas cuando se desliza hasta alcanzar tu interior. Sigue moviéndose dentro tuyo con toda la extensión y habilidad que puede emplear para desesperarte.
—Shh... No te muevas. Estás en shock —te ordena acercando tus caderas a las suyas.
—De acuerdo, de acuerdo... Quieres ser Hannibal, sé Hannibal. Pero, por favor, solo hazlo... hazlo ahora... tómame, Chris.
—Y fingías sufrir cuando en realidad no puedes esperar a disfrutar. No me equivoqué contigo, pequeña santurrona traidora...
El verte así de extasiada, le da a tu captor una satisfacción inimaginable.
Te levanta por la correa conectada a tu cuello, tiene absolutamente todo el control. Antes de lanzarte a la cama sin una pizca de delicadeza, se deshace de tu pantalón; te quedas únicamente con tus bragas negras, las cuales serán arrancadas unos segundos después.
Estás ahora sobre ese lecho cubierto de suave seda negra. Chris ha soltado la correa y te mira desde arriba, parece que estuviera decidiendo qué delicioso platillo cocinar con el trozo de carne que tiene en frente. Lo primero que hace es recorrer con sus dedos tus piernas, desde tus pantorrillas desnudas hasta tus tersos muslos, haciendo erizar cada centímetro de tu piel. Se inclina hacia a ti lentamente y te da un beso que, al tomarte por sorpresa, te deja sin aire. La forma en la que el capitán reclama tus labios te vuelve loca. No puedes decidir cuál es la mejor parte, si estar atrapada entre sus labios y su lengua o el propio hecho de saber que está encima tuyo.
Si no fuera porque estás atada, estarías recorriendo su espalda con tus palmas; no queda más que imaginarlo y lo imaginas... imaginas acariciarlo. Sus brazos se apoyan a tu izquierda y a tu derecha, todos sus músculos están tensos. No puedes resistirte. Por una vez en tu vida dejas de lado lo que hasta ahora has considerado correcto, y te dejas llevar.
El capitán desciende de tu boca hacia tu mandíbula, luego despacio hacia tu cuello, recorriendo las partes en las que el collarín no interviene y a la vez sujetando ese pedazo de cuero para moverte en uno y otro ángulo. Como si de un asunto vampírico se tratase, tu vida parece escapar de tu cuerpo con cada una de sus succiones. Y aunque sabes que no vas a morir, a este punto, la que está por fallecer es tu cordura.
Pone sus grandes manos sobre tus hombros, luego las mueve hacia tus brazos y empuja al centro toda tu piel para tener el esplendor de tus pechos a su disposición. Baja su rostro centrándose ahora en tus senos; entre repasos con la punta de la lengua y besos, mordisquea levemente los pezones que le hicieron perder la cabeza desde la primera vez que los vio. Tanto el color como el tamaño son perfectos para él, así que se se toma el tiempo que le da la gana para saborearlos. Tal acción podría haber continuado por un par de minutos más hasta provocarte un primer orgasmo, pero no. Es demasiado placer, él lo sabe y de pronto se detiene.
"No...", intentas controlarte. Tu boca no dice nada, solo exhala desesperada.
—Shhhhh... No te muevas —ordena.
Sigue bajando, reparte besos por todo tu abdomen. Sabes lo que sigue, lo sabes, no finjas que no... así que solo debes prepararte para sentirlo en tu zona. Tu corazón bombea adrenalina.
Vaya sorpresa que te llevas cuando, a punto de llegar a ese lugar, se levanta y se pone de pie. Te sientes ilusa por pensar que ese hombre, que no es ni la sombra de lo que era tu capitán, pensaría en algo más que en su propio placer. Te ha dejado expectante. ¿Qué hará ahora?
Se quita la chaqueta negra que lleva, luego el suéter del mismo color, y se queda con el torso descubierto ante ti.
Impresionada era poco... estás fascinada...
Es un manjar, una delicia; su porte es inigualable, nadie va discutirlo. Aunque ya ha perdido parte de su musculatura debido a la falta de ejercicio, sigue teniendo un físico que haría que cualquier mujer se pusiera a sus pies, atada, con una correa y lista a cumplir todos sus deseos, los más oscuros y los más perversos.
Baja su pantalón y su ropa interior al mismo tiempo, ahora sí, hasta los tobillos...
Ninguna bestia es tan salvaje como el hombre cuando tiene el poder para expresar su... ¿lujuria? No, así no va la cita del libro... Sin embargo, en la palara lujuria está contenida la descripción más exacta para lo que estás sintiendo. Y Chris es una bestia, el mítico dragón del libro.
A pesar de que ya lo habías tenido en tu boca, vuelve a impresionarte su tamaño. Te desespera no poder tocarlo, tus manos amarradas en tu espalda impiden todo tacto.
—Qui... q-quítame las cadenas... por favor... —pides entre jadeos.
El capitán solo niega con la cabeza y te hace desearlo aún más con esa mirada salvaje. Acerca su gran virilidad a tu entrada y, sin aviso previo, da la primera estocada. Sueltas un grito agudo, la fuerza con la que te acaba de embestir es algo a lo que no estás para nada acostumbrada. Es imposible no comparar lo amada que te sentías y la delicadeza con la que Piers te hacía el amor, con lo rudo que se está portando Redfield.
Volteas a ver su rostro y analizas cada uno de los gestos que hace; suelta gruñidos y suspiros que te hacen entender lo mucho que lo está disfrutando. No recuerdas haber visto a un hombre tan excitado nunca antes. Quizás para eso sirve todo el juego previo, las frases extrañas, la cadena, la correa y las sonrisas maliciosas, ¿no crees?
Ahora solo son tu y él en la habitación de tu cautiverio. Las sensaciones comienzan a llegar a ti. No hay otro pensamiento en tu mente más que el placer; placer que nace tanto de la situación tan bizarra, como del innegable hecho de que te gusta lo que tu secuestrador está haciendote. Te encanta. Chris, sus formas, sus movimientos, sus sensuales y masculinos sonidos, ese delicado y varonil aroma que emana de su piel... todo es tan estimulante como inconcebible.
Aumenta la velocidad y fuerza de sus movimientos. Gemidos es lo único que se escucha. ¡Dios santo, no permitas que llegue el bueno de Piers al rescate en este preciso instante! De todas las casualidades que podrían a arruinar tu vida, esa sería la peor.
Los espasmos comienzan a golpear y llegas al límite, casi al mismo tiempo que él. Ha soltado todos sus fluidos de nuevo, pero ahora dentro y muy profundo en ti.
Estás sudando y respirando agitada. Chris se levanta, no se ha tomado ni diez segundos para asimilar lo que que acaba de hacer, porque, contrario a ti, mientras estaba moviéndose dentro y encima tuyo, todavía estaba alerta y vigilante. Levanta su suéter del suelo y se lo pone de inmediato. Tu aún no te recuperas, sigues recostada sobre la cama, desprovista de tus fuerzas y de tus prendas.
El capitán levanta el cigarrillo humeante y casi consumido de donde lo había abandonado. Lo golpetea con el dedo para deshacerse de las cenizas y se lo pone en los labios, al tiempo que vuelve a bajar las persianas para vigilar. Las suelta, echa el humo, y de entre los objetos de la mesa recoge el arma que te ha quitado. Revisa que esté cargada y retrae el mecanismo para tenerla lista para disparar. Cuando escuchas esto último, levantas la cabeza alarmada.
—Chris, ¿qué ocurre? —preguntas pensando que el juego está a punto de dejar de ser divertido.
Guarda el arma en la pretina de su pantalón y vuelve a ponerse el cigarrillo en la boca. Del pequeño bolsillo para monedas de sus jeans extrae una llave con forma redonda y ahuecada en el mango. Se acerca hasta ti y abre el collarín sin decirte nada. Una vez ha liberado tu cuello, hace que te voltees boca abajo. Cierras los ojos pensando que va a dispararte, sería una muerte muy confusa. Pero no te asesina, lo que hace es abrir el candado de las cadenas en tus muñecas. Deshace las ataduras y tira todo a un costado. Retira el cigarrillo y lanza la colilla al suelo, echa el humo como una chimenea mientras la apaga con el zapato y te pregunta:
—¿Por qué me llamas Chris?
Te volteas a verlo, desnuda e intrigada.
—Ese es tu... es su nombre, capitán Redfield... —intentas explicar.
Él solo frunce el entrecejo y sisea una risilla de incredulidad. Camina hasta la mesa y se sirve un último trago.
—Vístete... —te ordena antes de beberlo.
Obedeces, pero no te apresuras.
—¿Por eso no regresaste? No sabes quién eres, perdiste... perdiste la memoria... —expresas tu muy obvia deducción, sujetando la ropa que acabas de recoger del piso y apretándola contra tu pecho.
El capitán te mira, sus pupilas se mueven de un lado a otro como si estuviera procesando lo que acabas de decirle.
—La memoria es lo único que tengo para sustituir la vista que ofrece una ventana —responde citando a Lecter una vez más.
Esta vez no entiendes. No es que hubieras entendido algo antes, solo que ahora el juego se ha vuelto mucho más intrincado. Quieres responder, pero te interrumpirá el acontecimiento. Estás a punto de experimentar el terror real. Una voz grita tu verdadero nombre, se oye como al final del pasillo. No hay que tener superpoderes para saber que quien está llamándote es Piers, su tono es tan reconocible. No solo tienes como cinco segundos para vestirte antes de que tu novio tumbe la puerta, sino que ambos hombres están armados.
—Ya están aquí por ti. ¡Date prisa, Clarisse! —te recalca con un grito para espabilarte.
Comienzas a vestirte a lo loca calculando lo que va a suceder. El capitán no tiene memoria, y... no... Piers nunca le dispararía, ni siquiera por ti; así que eso solo deja una posibilidad, ¿quién crees que va a salir en camilla de tu cueva de perversiones?
~Continuará...
