Disclaimer: Todo reconocible de Harry Potter es propiedad de J.K Rowling.
Por obligación, serán un dragón y una víbora
45. Verano: Las cosas jamás salen bien
El cielo comenzaba a tomar tonos violetas y anaranjados, el viento soplaba con algo de fiereza, pues las hojas de los árboles se movían y en algunos casos se desprendía. Muy hermoso para el clima permanentemente tormentoso de Londres. La limusina de los Greengrass descendía y volvía a ser visible a pocos metros de la entrada de la mansión. Al igual que la mansión Malfoy, estaba rodeada de grandes setos verdes y espinosos que tenían como entrada una enorme reja plateada con puntas en forma de diamantes y que solo se abría ante miembros de la familia o conocidos.
El auto se detuvo a las afueras, ya que la mansión era protegida por encantamientos para que nada indeseado entrara con facilidad, y Daphne fue quien bajó para abrir la verja y poder continuar el paso.
—¿Cansado? —preguntó Astoria a Draco antes de que su hermana regresara a la limusina. El rubio solo resopló y se acurrucó más en el regazo de Astoria, quien tranquilamente acariciaba su cabello, dándole un pequeño masaje en la cabeza.
La Greengrass rubia volvió a subir y el vehículo emprendió de nuevo la marcha, entrando y siguiendo lentamente un camino recto compuesto por la agrupación de pequeñas piedras lisas, aunque algo cuarteadas, en colores crema. El camino llegaba hasta la entrada de la imponente mansión blanca de cuatro pisos que se extendía a lo largo, con grandes y elaborados ventanales de cristal soplado, de esos por los que no se puede ver a través de ellos.
El jardín era amplio, aunque en comparación con los terrenos de la mansión Malfoy apenas y quedaría a ser la mitad, sin embargo, estaba adornado por bellas estatuas de mármol con forma de Dragones, esas que tanto le gustaban a Draco. También había árboles, que en esos momentos despedían un dulce y fresco aroma por los frutos que tenían, aunque aún verdes en unas semanas pasarían a ser jugosas manzanas y empalagosos duraznos. De igual forma había pequeños arbustos con bayas rojizas y purpuras que rodeaban una sección del jardín donde disponían siempre para hacer reuniones y varias bancas en color blanco, casi con el mismo patrón de la reja.
Llegaron a la entrada y las puertas se abrieron de par en par, permitiendo que los chicos bajaran sin problemas, mientras el chófer, quien ya no poseía apariencia humana sino la de un elfo con un trapo negro y sombrero, bajaba los baúles y pertenencias de sus amas y el invitado Malfoy. Daphne llevaba abrazado a Serp, mientras Draco y Astoria estaban tomados de la man. Las puertas de caoba se abrieron con un ligero chirrido, pero para sorpresa del rubio detrás de ellas no estaban los señores Greengrass, como él hubiera esperado, lo curioso era que las hermanas no parecían estar sorprendidas.
—Bienvenidas amas y joven Malfoy —les recibió una elfina domestica con una pronunciada reverencia.
—¿No están sus padres? —murmuró Draco por lo bajo, dirigiéndose a su prometida, pero fue Daphne quien resopló y contestó:
—Novedad sería si estuvieran. Ahora entiendes porque es encantador pasar las vacaciones en casi cualquier parte menos aquí —bufó la rubia, dando pasos largos para entrar a su casa; la elfina se apartó del camino para dejarla pasar y luego se escuchó como corría detrás de lo que parecía ser el gato de Astoria al que Daphne había soltado. Serp tenía cierta afición para rasgar las alfombras, afición que Lucina no compartía, por lo que la orden era mantener al gato fuera de la casa o encerrado donde no pudiera destrozar la sala, claro que eso debían de explicárselo a Daphne.
—Casi siempre están en el ministerio o ya sabes, haciendo algo —aclaró Astoria. —Con suerte vendrán a cenar —el rubio volteó a verla, parecía algo triste con eso, pero él debía de admitir que la verdad le era muy conveniente aquello. Más allá de poder estar a solas con Astoria, no estaba preparado mentalmente para ver al señor Greengrass. No asimilaba aún que, siendo ellos amigos, el padre de Astoria hubiera sido quien arrestara y llevara a su padre a Azkaban. ¿Por qué no lo había dejado escapar? O bien, ayudado a escapar. Quizás luego se lo preguntaría, aunque por ahora prefería evitarlo.
—Vamos adentro —alentó el chico, siguiendo los pasos de Daphne y llevando a su lado a la pequeña castaña.
—Ama —llamó la elfina que en esos momentos sostenía a Serp. —Britgy quiere saber si, ¿el ama Astoria gusta que Britgy le muestre al invitado la habitación que me han indicado los amos mayores? —preguntó abriendo con exageración sus grandes ojos amarillos y evitando que Serp la rasguñara.
—Yo se la mostraré, Britgy, gracias —le tranquilizó Astoria con media sonrisa. —Deja a Serp fuera de la casa y... ¿es la tercera a la derecha del tercer piso?
—No, mi ama —respondió con su aguda voz, aun evitando que el gato la lastimara, pero aún con los zarpazos se negaba a soltarlo. —El amo Greengrass indicó estrictamente que las cosas del invitado fueran llevadas a cualquier cuarto del segundo piso. Britgy escogió y limpió el más grande de todos, el que tiene vista a la entrada y está justo debajo del cuarto del ama pequeña —informó con una sonrisa de sentirse muy orgullosa de lo que había hecho.
La castaña hizo una mueca y miró de reojo a Draco quien enarcaba las cejas y sonreía con ironía.
—¿Por qué no me mandan a dormir con los elfos? —resopló con burla.
—Vamos, no lo tomes personal —se apresuró a decir Astoria. —Piensa que mi padre solo quiere poner distancia física siendo que somos novios...
—¿Entonces me tendré que sentir afortunado si no me manda a dormir en un hotel de Estambul o de alguna otra parte en Turquía? —se burló.
—No seas payaso, sabes a lo que me refiero —recriminó con su clásico puchero y dándole un ligero golpe en el brazo.
—Mis padres nos meten casi en la misma habitación —se defendió, sin borrar la sonrisa de burla. —Y tus padres parece que pagarían por mandarme a otra parte del mundo con tal de que no muerda a su princesa. —el rubio se acercó de forma peligrosa, mostrando sus alineados y blancos dientes, como si de verdad fuera a morder a Astoria, pero cuando estaba tomando a la niña por la cintura, se escuchó un maullido y un grito. Serp había conseguido liberarse de la elfina.
—¡Lo siento ama! —se disculpó Britgy al tiempo que corría detrás del gato. Astoria soltó una risita y negó con la cabeza.
—Será un verano interesante, ¿no lo crees? —preguntó de manera mimosa, siendo ella quien abrazaba a Draco por el cuello, mientras el rubio observaba a la elfina correr como loca detrás del gano, sin duda alguna sería interesante y también pronosticaba ser algo difícil.
O-O-O
Astoria peinaba delicadamente su cabello, intentando conservar las ondas y no alisarlo, mientras Serp estaba acostado a sus anchas sobre una almohada de la cama de la chica. El suave ronroneo del gato y el cepillar eran los únicos sonidos que inundaban la habitación, sin embargo, la tranquilidad se esfumó con los fuertes golpes de unos nudillos y el golpe metálico de un anillo contra la puerta.
—Adelante —concedió la dueña del aposento, dejando el cepillo de lado y poniéndose de pie. Se acomodó un poco el vestido blanco de tirantes que traía y observó como Draco entraba al lugar, con una expresión algo somnolienta.
—No han llegado, ¿cierto? —preguntó apenas cerró la puerta tras él. La castaña negó con la cabeza. —¿Cenaremos? —preguntó de nuevo.
—Supongo —contestó la chica, encogiéndose de hombros. —¿Quieres cenar? —Draco enarcó las cejas por un instante, como si no comprendiera la pregunta que le había hecho su prometida. —Los elfos solo ponen la mesa cuando se lo pedimos, generalmente lo hacen mamá o papá, pero cuando no están, Daphne y yo solo tomamos algo de la cocina o en ocasiones no cenamos. Pero si quieres cenar en el comedor, mando a poner la mesa —explicó con tranquilidad.
—¿Es así siempre? —inquirió el rubio con mirada suspicaz.
—No, de hecho, en veces los elfos ponen la mesa por órdenes premeditadas de mis padres y por oblig... educación me ha tocado comer sola —respondió haciendo una sonrisa mal lograda, que parecía como si le hubiera dado dolor de muelas.
—Interpretaré eso como que te sientes feliz de cenar conmigo —suspiró Draco, sin querer adentrase mucho en los detalles de los padres de Astoria. En esos momentos su cabeza lo único que podía hacer era atribuirles cosas malas y saber que dejaban a su pequeña princesa sola no ayudaba mucho para calmar sus ánimos.
—Claro que me siento feliz —aseguró la chica, abalanzándose sobre el rubio para abrazarlo con fuerza, rodeándolo por el cuello. Él rodeó su cintura y la estrechó un poco contra sí mismo, cerrando los ojos al contacto. Astoria se quedó mirando las facciones relajadas del rubio y sonrió de medio lado, tenían tiempo de no estar en absoluta paz como en esos momentos.
Draco abrió los ojos con algo de pereza y casi sin querer se quedó sumergido en las orbes esmeraldas. Se miraron por largos segundos, largos segundos donde el tiempo y el espacio no parecían importar; segundos donde no importaba mucho el próximo juicio de Lucius o que Samael fuera que lo encerraría en Azkaban. No, en esos segundos no importaba mucho menos todo lo malo que pudiera pasar.
El chico mayor rompió el contacto visual, fijando sus ojos grises en los labios de melocotón y se fue inclinando lentamente para probarlos, mientras Astoria se ponía de puntitas y cerraba los ojos para recibir el beso de su prometido. Sus labios se juntaron y mandaron una corriente electrizante al cuerpo de los dos adolescentes.
Fue un beso algo hambriento, que recomenzaba el tiempo que habían pasado discutiendo y alejados. Un beso donde se disolvían los insultos de ambos y la lengua viperina de Draco reclamaba la boca de Astoria como suya, sin veneno.
Poco a poco el calor comenzó a subir, el rubio comenzó a acariciar de arriba a abajo la espalda de su pequeña prometida, tentado a quitar de por medio el suave vestido blanco que traía puesto la niña; pero cuando la idea comenzaba a volverse firme en cabeza y sus finos dedos jugueteaban con el elaborado moño, que desde atrás mantenía el vestido en su lugar, una tos muy mal disimulada y muy parecida a la de la profesora Umbridge se escuchó en la puerta de la habitación y los hizo respongar, rompiendo el beso de manera abrupta.
—¡Oh! ¡Pero si así tendrán la conciencia! —se burló la intrusa, o mejor dicho, la Greengrass rubia que sonreía con sorna desde el marco de la puerta, mirando de manera suspicaz a la pareja.
—Pero que oportuna eres, Greengrass —le respondió Draco en un tono que pretendía ser burlón, mientras Astoria se ponía tan roja como una manzana. —Comienzo a plantearme seriamente el pagarte un viaje muy lejos y muy largo para el próximo verano.
—Claro, Draco, y Astoria se va conmigo —Daphne sonrió y enarcó las cejas a modo de reto. —No dejaré a mi hermana en las garras del lobo, o mejor dicho, en los colmillos de la serpiente —la chica se cruzó de brazos y aunque parecía divertida, sus ojos azules destellaban amenazas contra el príncipe de Slytherin.
—Hablas como si la fuera a envenenar —se defendió el chico, soltando una carcajada. —Solo la besé, Daphne, te juro que aún no la muerdo... —la menor, que escuchaba en silencio, le dio un pequeño codazo a su prometido, quien cambió su expresión de burla por una de reproche ante el golpe.
—No me arriesgaré a que lo hagas —afirmó la Greengrass mayor, sin hacer ademan de moverse de su lugar.
—¿Cuánto te están pagando papá y mamá para que me cuides? —dijo Astoria finalmente, haciendo un puchero muy infantil.
—Soy tu hermana mayor y el trabajo lo hago de a gratis —contestó, mirando fijamente a la castaña. Por un momento Draco deseó no estar en medio de las hermanas, que parecía que en cualquier momento saltarían la una contra la otra y se darían una buena mordida venenosa.
—Vamos, que en otras ocasiones no me has puesto tanto cuidado cuando nos quedamos solas —le recriminó a su hermana.
—Vamos, que en otras ocasiones no teníamos de invitado a tu no novio, prometido o lo que sea —argumentó a su favor.
—Gracias por eso de "lo que sea" —ironizó el rubio, ganándose que las miradas de diamante y esmeralda se posaran sobre él.
—Mejor vamos a comer —bufó Astoria, dando por perdida la discusión, era mejor darle por su lado a Daphne, ya luego podría pasar tiempo con Draco, sin intromisiones de su hermana.
—Bueno, a cenar —sonrió satisfecha Daphne.
O-O-O
Las cosas eran sin duda muy diferentes ahora que el verano lo pasaban en la casa de los Greengras, porque en la Mansión Malfoy la presencia de Narcissa a toda hora imponía autoridad, aunque no estuviera frente a ellos, aunque compartían prácticamente el baño y podían pasearse de habitación en habitación a sus anchas, nunca se habían sentido tentados a hacer algo más que solo dormir abrazados. Pero ahora no tenían la presencia de ningún adulto en la casa, los señores Greengrass apenas y se habían aparecido en la mañana cuando aún dormían, o eso había asegurado Britgy, y con la misma que habían llegado se habían ido.
Claro que ahora que esa libertad de estar solos no era del todo completa, porque ahora que Daphne y Astoria habían hecho las pases, la rubia no mostraba indiferencia a lo que hiciera su hermana y su instinto de fraternidad la hacía meter las narices en todo lo que conllevara un posible momento intimo y a solas entre los prometidos. La situación había llegado a tornarse un poco graciosa, esconderse de Daphne era un buen pasa tiempo, muy entretenido para los tres adolescentes. Mientras la pareja buscaba la mejor forma de pasar tiempo a solas, Daphne buscaba la mejor forma de interrumpirlo; por ejemplo, si Draco y Astoria estaban besándose detrás un árbol frutal, la rubia parecía de repente recordar sus clases de Herbolaria y un amor por la jardinería la invadía.
Quizás los únicos momentos cuando Daphne no interfería entre ellos, era cuando sus padres estaban en casa y eso solo porque ellos imponían la autoridad, y siendo honesto también algo de incomodidad para el joven Malfoy. Después de una semana de ser huésped de la Mansión Greengrass, tocó una cena en presencia de los padres de Astoria, si bien el rubio se alegraba porque las hermanas estuvieran con sus padres, él no podía sentirse dichoso de compartir la mesa con el hombre que en su mente seguía culpando por la ausencia de su propio padre.
Tal vez fue la forma seca en la que los saludó o la antipatía que mostró a la hora del postre, incluso pudo ser el hecho de que no correspondiera el beso de Astoria antes de ir a dormir, pero fuera cual fuera la razón, antes de retirarse a la habitación que ocupaba, Samael Greengrass pidió hablar con él.
Draco no recordaba cuando había sido la última vez que se había sentido así de incomodo en su vida. Juraba y perjuraba que lo único peor que estar a solas en aquellos momentos con el padre de Astoria, hubiera sido estar encerrado en la pocilga de los Weasley.
El hombre rubio de profundos ojos verdes, ojos que había heredado su hija menor, se sentó en la cómoda butaca detrás de su escritorio. Estaban en un estudio que parecía ser la copia exacta al que tenía Lucius en casa, y aquello solo hacía más incómoda la estadía de Draco en esos momentos.
—Vamos, hijo, toma asiento —le invitó amablemente el hombre mayor, y el chico se sintió tentado a gritarle que él no era su padre, pero como la educación estaba por encima de todo, incluso de los sentimientos (al menos entre "iguales"), se limitó a tomar asiento frente al hombre y aguardar en silencio. —¿No tienes nada que decirme, Draco? —peguntó Samael al cabo de unos largos minutos.
—¿Debería? —el rubio enarcó las cejas, como si le estuvieran pidiendo que confesara un crimen del cual era inocente. El hombre se encogió de hombros.
—Estando yo en tu lugar me diría hasta de lo que me voy a morir —comentó Greengrass, con una mueca irónica. —Me alegra saber que el futuro esposo de mi hija tiene buenos modales a pesar de todo. —Draco frunció el entrecejo.
—Supongo —acotó de forma fría, como si con eso pudiera librarse del resto de la conversación.
—Vamos, Draco. ¿No tienes nada que decirme? —insistió de nuevo el hombre, pero su tono ahora era más serio y algo melancólico. Una parte del cerebro de Draco le dijo que seguramente el hombre debía de sentirse algo culpable y buscaba hablar de aquello para liberar su culpa.
—¿Se siente culpable? —fue lo primero que brotó de los pálidos labios del chico. Samael miró a su futuro yerno y apretando los labios con fuerza asistió con la cabeza. —¿Por qué no lo ayudó a escapar? —se aventuró a seguir hablando, ahora que había empezado no se iba a detener, menos aún porque su corazón comenzaba a bombear sangre con fuerza hacia todo su cuerpo.
—Draco, debes saber que cuando tu madre te mandó a aquí con nosotros fue solo pensando en tu bien... —comenzó a divagar, haciendo enfurecer al Malfoy, quien esperaba una respuesta clara y no vacilaciones.
—Dígame, ¿por qué no ayudo a mi padre a escapar? —le interrumpió el joven. Samael suspiró y por unos instantes ofreció la imagen de un hombre ya cansado y viejo, nadie que lo hubiera visto en ese instante hubiera creído que él era un mortífago o un auror.
—Tú madre no quiere que lo sepas, pero, aunque yo no soy la persona apropiada para decirte lo que pasa, te lo diré —Draco enarcó las cejas y esperó a que su futuro suegro siguiera hablando. —Él no quiso que ayudara a tu padre —susurró, manteniendo la vista fija en el muchacho frente a él.
—¿Él? —la mente del príncipe de Slytherin comenzó a trabajar y por repugnante que le resultara, el rostro de Potter le vino a la mente: "Es amigo de tu padre, ¿no? No le tendrás miedo, ¿verdad?". Como si un cubo de agua helada le hubiera caído sobre la cabeza, entendió. —¿El Señor Tenebroso? —el señor Greengrass asistió ligeramente con la cabeza, Draco sentía como si un tic nervioso estuviera a punto de apoderarse de él. —Eso es imposible... —susurró.
—No, Draco —el hombre negó con la cabeza y miró algo acongojado al prometido de su hija. —¿Sabes por qué tu madre te ha mandado aquí?
—Para que esté con Astoria —respondió mecánicamente, intentando convencerse de eso y de que no podía ser posible que el Señor Tenebroso hubiera sido quien realmente había mandado a su padre a Azkaban.
—Posiblemente, —concedió —pero también lo ha hecho porque e tu casa se está quedando el Lord Oscuro y ella no quiere que él tome represarías en tu contra.
—¡Miente! —levantó la voz, mirando con desprecio a su futuro suegro. —El Señor Tenebroso le tiene mucho aprecio a mi padre —afirmó, aunque ya no tan seguro como lo hubiera dicho tiempo atrás, ya no lo dijo con altanería, si no como con suplica, deseando que aquello fuera verdad.
—Narcissa me odiará por esto —suspiró Samael, al tiempo que se ponía de pie y cogía una botella de Whisky de fuego a medio tomar, una botella que seguramente era buena compañía durante las noches de largos papeleos. —Tu padre es un gran hombre, Draco. Sabes que Lucius es mi amigo desde que nos conocimos en Hogwarts, y nada más hubiera querido yo que librarlo de Azkaban. —murmuró mientras llenaba dos copas con el líquido color ámbar. —Incluso yo lo ayude a que no pisara ese lugar cuando el Señor Tenebroso cayó.
—¿Entonces, por qué no lo hizo de nuevo? —recriminó, apretando los puños con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos.
—Porque él no quiso —contestó, sin mostrarse exasperado ante la terquedad de su futuro yerno, incluso colocó frente a él una de las copas llenas de Whisky. El joven Malfoy enarcó las cejas y el hombre le miró con indulgencia en un gesto afirmativo para que Draco tomara la copa y tomara.
—¿Por qué? ¿Por qué el Señor Tenebroso no quiso ayudar a mi padre? —preguntó sin inmutarse, dándole un trago la bebida que le habían ofrecido.
—Supongo que nos quiere castigar a todos los que nos libramos de Azkaban —murmuró por lo bajo.
—¿A usted lo ha querido castigar? —el chico dejó la copa de lado y miró fijamente al hombre frente a él, quien le sonrió torcidamente, sin atreverse a decir sí o no. —¿Cree que lo dejará salir? —suspiró.
—En cuanto sea posible, lo sabes —le intentó animar.
—Ya no sé lo que sé —vaciló, tomando el Whisky para terminarlo de un solo trago.
—Draco, hay algo más que debo decirte —dijo Samael cuando Draco lució algo más relajado sobre su asiento. —Él te quiere reclutar —confesó y observó como el joven frente a él abría los ojos como plato y le miraba entre asustado y sorprendido.
—¿Qué? —balbuceó.
—Hoy en la mañana me he topado con Bellatrix Lestrange —comenzó a explicar. —Me ha dicho que vendrá por ti, aunque tu madre no lo quiera, por eso te sugiero que si no es necesario, no salgan de los terrenos de la mansión —le advirtió, aunque era difícil saber si Draco seguía escuchado, pues sus ojos lucían algo desorbitados. —Ella no se puede aparecer dentro de la mansión y no puede usar la red Flu, así que no seas imprudente, Draco.
—¿Por qué? —el puntiagudo rostro que minutos atrás había lucido asombrados, había pasado a una expresión de disgusto en menos de un parpadear.
—¿Por qué, qué? —preguntó extrañado, solo para estar seguro de lo que el chico quisiera saber, porque pudiera ser: ¿Por qué lo querían reclutar? ¿Por qué Lestrange quería ir por él en contra de la voluntad de Narcissa? O quizás seguiría preguntándose ¿por qué el Señor Tenebroso quería tomar represarías contra ellos?
—¿Por qué hace esto? —respondió con firmeza y con algo de desconfianza.
—Porque eres hijo de un hombre al que le tengo mucho aprecio, porque eres prometido de mi hija y porque estoy seguro de que Lucius también intentaría proteger a mis hijas si la situación fuera al revés —declaró con un deje de tono afectuoso. Draco se planteó por unos instantes la idea y aunque le era difícil ver a su padre como un ser "bondadoso" debía admitir que cuando se trataba de los Greengrass, se portaba hasta amable y ahora entendía que no era solo porque Astoria fuera su prometida, sino porque las dos familias ya tenían una amistad de antaño que él había pasado por alto.
—¿Mi madre lo sabe? —cuestionó con la voz temblorosa.
—¿Que Lestrange quiere venir por ti? —Samael suspiro. —Por eso te ha mando con nosotros, Draco.
—¿Y ella le pidió que no me dijera nada? —volvió a interrogar. Necesitaba reafirmar algunas respuestas para crearse un opinión de lo que estaba pasando.
—Así es —admitió el hombre. —Mañana deberías mandarle una lechuza, aunque no creo que sea seguro... —titubeó. El Whisky del señor Greengrass seguía intacto. —Draco, solo te pediré un favor y es que antes que auror o mortífago, soy padre... —los ojos de mercurio le miraron con atención. —Pase lo que pase no hagas nada que pueda lastimar o poner en peligro la vida de Astoria. —el susodicho enarcó las cejas.
—¿No cree usted que quien pone en peligro la vida de su hija es usted mismo? —se atrevió a decir, pero se reprendió enseguida por su insolencia. —Tenerme aquí es arriesgarse a que mi tía venga a buscarme y no sé si usted sepa que Astoria le tiene pavor...
—¿Pavor a Lestangre? —le interrumpió, con una expresión de genuina sorpresa. Era evidente que, aunque era su padre, había cosas de la pequeña Greengrass que la Samael no sabía. Draco asistió con la cabeza. —¿Por qué?
—No lo sé, solo sé que Astoria se aterra cada vez que ve alguna de sus fotografiás en los carteles de "se busca" y que su borgart es mi tía intentando matarla —le explico, sonriendo de medio lado, le acaba de entregar información exclusiva a su futuro suegro y se había sentido bien saber que él seguramente sabía más cosas de Astoria que lo que su propio padre pudiera imaginar.
—No lo sabía —murmuró Samael. —Supongo que tienes razón, pero igual nunca les daría la espalda, Draco —afirmó. —Mientras Narcissa quiera que te proteja y te mantenga a salvo en mi casa, lo haré —dijo con firmeza.
—Me duele la cabeza —comentó al cabo de unos minutos de silencio. Le hubiera gustado decir "gracias", le hubiera gustado mostrarle gratitud al hombre que le tendía la mano a su familia de una forma que podría jurar era muy desinteresada, pero no estaba en su naturaleza hacerlo. Además, no terminaba de asimilar la información que acaba de recibir, debía de consultar las cosas con la almohada y quizás le mandaría una carta a su madre. Posiblemente también sería buena idea irse de la mansión Greengrass, aunque Samael pensara lo contrario no era bueno exponer a Astoria a un posible encuentro con su tía.
—Ve a descansar —el hombre se puso de pie y rodeó el escritorio para darle unas palmadas en la espalda al hijo de su amigo.
—Buenas noches, señor Greengrass —se apresuró a decir el chico, poniéndose de pie como si hubiera tenido un resorte en el asiento.
—Buenas noches, Draco —se despidió el hombre, quedándose de pie en el estudio.
Malfoy salió del despacho del padre de Astoria y pasó de largo hasta su habitación, sin siquiera plantearse la idea de ir a asaltar la habitación de su prometida. Necesitaba meditar muchas cosas con la almohada y a lo mejor mañana digeriría mejor las cosas o bien podría descubrir que simplemente había tenido una pesadilla.
O-O-O
Abrió los ojos perezosamente, durante unos segundos pensó que encontraba en su cama, pero al toparse con las cortinas color verde musgo que adocelaban la cama donde estaba, recordó era esa era la Mansión Greengrass. Se estiró un poco y con la sensación de que ya era tarde se levantó para tomar un baño rápido y arreglarse.
No sentía sueño ni cansancio, al contrario, sentía una ligera euforia, pero no fue hasta que se encontraba frente al espejo secando su platinado cabello que calló en cuenta a que se debía esa "euforia." Más que euforia podía denominarse como adrenalina, la forma como su organismo respondía ante la evidente amenaza y le proporcionaba una energía adicional por si era necesario salir huyendo en cualquier instante. En otras palabras, era miedo e intranquilidad lo que verdaderamente sentía, las únicas otras ocasiones cuando había sentido aquello era la noche anterior a algún partido de Quidditch, pero entre las Bludgers y los mortífagos había mucha diferencia, temer que una Bludger lo golpeara y lo dejara inconsciente antes de atrapar la Snitch no se comparaba con temer a que su tía fuera por él para llevarlo ante Voldemort.
Con un nudo en el estómago terminó de arreglarse, poniéndose una túnica color negra y una capa encima, salió de la habitación y bajo al comedor. Para su sorpresa no se topó con la mesa puesta, como hubiera esperado en su casa.
—Buenos días, Draco —saludó el padre de Astoria, sonriendo de medio lado y ajustando su túnica dorada.
—Buenos días, señor —respondió a secas. Los recuerdos de la platica que habían tenido la noche anterior le venían a la cabeza como hechizos aturdidores que de golpe le revelaban la verdad de lo que estaba pasando. Por instinto cerró los ojos con fuerza y negó con la cabeza, ligeramente.
—¿Te encuentras bien, cariño? —la voz de una mujer se escuchó en la misma estancia y el chico abrió los ojos y observó a la Lucina, tenía un parecido muy grande con Daphne, excepto por el cabello castaño como el de Astoria.
—Si, señora —el joven rubio asistió con la cabeza. —Buenos días —añadió, intentando sonreír por educación.
—Buenos días, cariño. Has madrugado —dijo con ternura, mientras acomodaba su cabello. No le recordaba para nada a la misma mujer que insistía que se casara con su hija mayor. Quizás, al igual que Daphne, después de aceptar que él se casaría con Astoria el trato hacia con él había dejado de ser acosador y hostil.
—¿Madrugado? —preguntó extrañado, él juraba que se había levantado tarde.
—Son apenas las seis, Draco —le informó Samael. —Las chicas aún no despiertan y aun faltan unas horas para que pongan la mesa, aunque si ya tienes hambre, puedo pedirle a los elfos que te preparen algo —ofreció el hombre, pero Malfoy negó con la cabeza.
—¿Seguro que estás bien, cariño? —volvió a preguntar Lucina.
—Quizás te calló mal el Whisky de Fuego —dijo con algo de sorna. Los ojos azules de su esposa se clavaron en él con reproche. Draco sonrió de medio lado, difícil saber si debía de agradecer a su futuro suegro el que le diera una excusa o sentirse avergonzado de que su futura suegra supiera que había tomado.
—¿Por qué le das de tomar esa cosa? —recriminó la mujer castaña. —Aún no cumple la mayoría de edad —murmuró por lo bajo, apretando los labios con disgusto, por unos instantes Draco reconoció esa mueca como la que hacía su madre cuando se molestaba.
—Vamos, amor, ya está grande y una copa no lo matará... —se defendió. —¡Mira la hora! Deben estar esperando por nosotros y necesitamos ese papeleo antes de que Fugde llegue al ministerio —dijo rápidamente para cambiar el tema y sonrió de forma bonachona. —Estás en tu casa Draco —finalizó, mirando al chico.
—Gracias —susurró el joven rubio antes de ver como los padres de Astoria salían de comedor y se dirigían a la sala de estar. Seguramente usaban los polvos Flu para ir al Ministerio, igual que su padre...
De mala gana suspiró y se sentó en la cabecera de la mesa que en esos momentos estaba vacía. Necesitaba unos segundos para saber que les tenía que decir a cada una de las persona con la que estaba relacionado, porque él ya había tomado una decisión, quizás no era la mejor, pero estaba convencido de que era lo que quería y lo que le convenía. ¿Ahora cómo decirle a su madre que se quería unir a los mortífagos? ¿Cómo explicarle a eso mismo a Astoria? Tal vez sería mejor que su prometida no supiera, pero sin duda alguna debía decirle a su madre.
Tronó los dedos y a su lado apareció la elfina domestica: Britgy.
—¿Se le ofrece algo al joven Malfoy? —preguntó con su voz aguda y sonriendo ampliamente. Draco la miró con asco, pero igual respondió.
—Pergamino, tinta y pluma —pidió. Su tono de voz poco amable no pareció molestar a la elfina, quien aún sonriente asistió y desapareció para volver a aparecer con el pedido en las manos, dejándolos frente al chico.
—¿Algo más? —la pequeña parecía feliz de estar haciendo algo para complacer el invitado, pero a Draco lo exasperaba la presencia de los elfos.
—No, vete —dijo a secas. Ya luego averiguaría donde estaban las lechuzas que pudiera usar para mandarle la carta a su madre. La elfina desapareció con un "Crak" y aunque le fastidiaba, no pudo evitar recordar a Cherla. ¿La elfina estaría siendo útil para su madre en esos momentos? ¿Estaría atendiendo bien a los invitados que en esos momentos eran los seguidores del Señor Tenebroso? Sin duda alguna era menos eficiente que Dobby, pero al menos era menos impertinente.
Arrugó la nariz, reprendiéndose mentalmente ante el hecho de haber gastado unos minutos pensando en elfos. Estiró el pergamino sobre la mesa y destapando el tintero sumergió la punta de la pluma en la tinta negra y luego comenzó a escribir con una letra muy clara, pero excesivamente curva e inclinada, parecían delgadas serpientes de tinta mordiéndose entre ellas:
Querida madre,
¿Como estás? Espero que bien, y que si no me has mandado cartas es porque estás muy ocupada con lo que está pasando. En El Profesta de esta mañana leí que el juicio ya será pronto. Quiero estar presente, acompañándote. Espero que no tengas inconvenientes con ellos.
Por cierto, que he hablado con el señor Greengrass, no te enojes. Aunque te he de confesar que me hubiera gustado más que fueras tú quien me explicara las cosas, pero eso ya está de más. Madre, no quiero darle vueltas al asunto, no quiero estar más aquí. Quiero ir a casa, ¡no permitiré estés tú sola ahí rodeada de desconocidos! ¡Mi padre no lo aprobaría! ¡Yo soy el hombre de la casa ahora!
(El rasgar del pergamino fue un poco brusco a la hora de escribir esas palabras, tanto así que pareciera que el pedazo color marrón se fuera a romper)
Quiero tomar el puesto que mi padre ha dejado con los mortífagos. Sé que no estás de acuerdo, pero ¿dónde ha quedado el orgullo Malfoy? No quiero estar escondiéndome bajo el ala de los Greengrass. Espero que lo puedas entender y siento decir que aunque tu respuesta sea negativa, regresaré a la casa este sábado.
Perdóname, te quiero, Madre.
Draco M.
Terminó la carta y la releyó un par de veces. ¿De verdad estaba seguro de lo que iba a hacer? ¡Merlín! Se estaba arrepintiendo, pero si no lo hacía, ¿qué vendría después? Ya se sabía suficiente historias del señor Tenebroso para querer averiguar por si mismo lo que le hacía a los "traidores" y él bajo ninguna circunstancia era un traidor de la sangre.
—Buenos días —la voz perezosa de Daphne le hizo sobresaltar. Tomó el pergamino, sin haber esperado que la tinta secara del todo y en lugar de enrollarlo lo dobló y lo metió atropelladamente en el bolsillo de su túnica.
—Pareces un inferi —se burló. La rubia frunció el ceño y luego no pudo evitar bostezar. Aún andaba en pijama y sobre ella traía una bata de olanes verdes.
—¿Qué haces aquí? —preguntó, caminando hasta donde estaba el príncipe de Slytherin.
—¿Ya se te olvidó que estoy pasando vacaciones en tu casa? —respondió despectivamente.
—Claro que no, pero es muy temprano —se defendió de mala gana, sentándose a un lado del rubio y mirando el tintero que estaba sobre la mesa, como si fuera lo más interesante del mundo, aunque también se podía creer que se estaba quedando dormida. —Pensé que papá y mamá aún no se habían ido —murmuró.
—Los alcancé a ver antes que partieran —comentó, mirando de reojo a su amiga, no muy cercana, pero bien la podía considerar amiga o al menos cuñada.
—Debiste madrugar mucho —volteó a ver a Draco y sonrió de medio lado. —¿Qué hacías? ¿Escribirle una carta de amor a mi hermana? —se rió.
—Muy chistosa —bufó, tomando la pluma con la que había escrito y salpicando el rostro de la chica con la tinta. —Es para mi madre y necesito una lechuza.
—Tienes que salir de la casa y en el jardín, pasando los dragones hay una pequeña torre, como la lechuzería —indicó Daphne. El rubio asistió, pero no dijo nada más antes de ponerse de pie y salir a seguir las indicaciones que le habían dado.
Sin embargo, al llegar al vestíbulo escuchó unos pasos en las escaleras del piso descalzos y uno bostezo que ya sabía de quien era. El chico se volteó y sonrió ampliamente con un brillo en los ojos al verla en las escaleras. Ahí estaba Astoria, igual que Daphne, en pijama y una bata encima de ella, una bata blanca con olanes azules, su cabello estaba tan alborotado como el de una melena de león y se frotaba los ojos para despejar el sueño.
—¿Papá? —preguntó con voz somnolienta, era obvio que no solía levantarse a esas horas.
—No, amor —respondió atenuando la sonrisa y sin moverse de su lugar. —Hace un rato que partieron —añadió y soltó una pequeña risa al ver la cara de circunstancias que ponía Astoria al notar que era él.
—¿Qué haces despierto tan temprano? —recriminó, cubriéndose bien con la bata, con un leve sonrojo en las mejillas.
—Le he escrito una carta a mi madre —respondió con suavidad, subiendo de manera pretenciosa los peldaños para acercarse a su niña.
—La lechuzería está afuera —le informó la castaña.
—Lo sé, tu hermana me lo acaba de decir, para allá iba —Draco se detuvo a unos cuantos escalones de llegar a donde estaba la pequeña Greengrass.
—Oh, ¿mi hermana también está despierta? —preguntó Astoria apretando los labios y mirando de forma acusadora a su prometido. Él se hubiera sentido ofendido de no ser porque la conocía muy bien y además aquella mueca de celos era adorable, o al menos él la veía así. Malfoy soltó una risa y contestó.
—Pensó que tus padres seguían aquí —explicó.
—Bueno, es que es raro verlos en la mañana, aunque ya deberían de empezar vacaciones terminando la semana —la sonrisa de Astoria se dejo ver bajo la mueca de disgusto que tenía. Al parecer había recordado las vacaciones en Francia, aunque había durado poco habían sido muy entretenidas. Aunque dudaba que unas vacaciones así se fueran a repetir, tan solo el verano pasado sus padres habían estado muy ausentes por culpa del regreso de Voldemort.
—Los vi antes de irse —comentó Draco al ver como la pequeña sonrisa de Astoria se esfumaba y daba paso a una expresión algo melancólica. —Me dijeron que te dijera que te quieren mucho, que eres su princesa —subiendo los últimos peldaños que lo alejaban de la castaña, la abrazó con fuerza. A él también le hacía falta un abrazo en esos momentos, quizás se estaba precipitando con la decisión tomada, mejor no mandaría la carta aún.
—¿Ah, si? ¿Y lo mismo dijeron para Daphne? —la pequeña se acurrucó contra el pecho de su prometido.
—Mmm no recuerdo, pero si fue así se me olvidó decirle —rió por lo bajo, sintiendo un cabezazo contra su pecho. —Es broma, amor.
—Lo sé —Astoria siguió acurrucada, sin querer apartarse del abrazo.
—¿Por qué no te vas a cambiar y yo voy a pedir a los elfos que preparen la mesa? —ofreció al cabo de un rato, sintiendo como negaba con la cabeza. —Anda, princesa, y no te muevas así que nos vamos a caer por las escaleras —le reprendió, dándole una palmada en la parte donde la espalda perdía el nombre.
—Está bien —aceptó la niña, haciendo un puchero.
O-O-O
Después de algunos besos y que Daphne apareciera amenazando que los tiraría por las escaleras, decidieron desayunar. La comida fue más silenciosa de lo que hubieran previsto las hermanas, sobre todo porque Draco permanecía muy pensativo y generalmente él era quien hablaba ya fuera de una cosa u otra.
—¿Sucede algo? —indagó la Greengrass mayor.
—¿Algo como qué? —el susodicho enarcó las cejas, al tiempo que llevaba unas salchichas a su boca.
—Estás muy callado —observó la menor de la mesa, quien a diferencia de los otros dos, comía un plato lleno de fruta cubierta de miel.
—El sueño —se excusó. —Me levanté antes que ustedes dos.
—Claro —la Greengrass rubia rodó los ojos —¿Siquiera fuiste a mandar la carta a tu madre? —preguntó con sorna.
—No, aún no lo hago —contestó con brusquedad, frunciendo un poco el entrecejo. Desde que Astoria lo había soltado en las escaleras su mente no dejaba de martirizarlo con la idea de mandar o no la carta o mejor escribir otra donde no incluyera lo de unirse o no al grupo del Lord Oscuro. Su instinto de supervivencia le gritaba que no era lo mejor, pero por otro lado su orgullo y dignidad le decía que era algo que debía de hacer. Él no era ningún chico patético como Potter le había dicho una vez, él podía ser tan respetado como su padre y el título de mortífago le ayudaría mucho para probar aquello, ¿pero si terminaba en Azkaban con su padre?
Un horrible escalofrío recorrió el cuerpo del rubio y no pasó por alto para su prometida.
—¿Draco? ¿Seguro que no pasa nada? ¿Estás bien? —la voz de Astoria sonaba algo preocupada. Él negó con la cabeza, luego asistió y finalmente se terminó poniendo de pie, excusándose de forma atropellada.
Salió del comedor y fue a dar una vuelta a la habitación que ocupaba, se quedó tirado boca arriba por un buen rato, incluso en algún momento se quedó dormido sin notarlo y para cuando despertó pasaban de las once. Yendo a lavarse el rostro, para despejarse un poco, se convenció a si mismo que no valía la pena acelerar las cosas, si al final de cuentas iba a formar parte de los mortífagos era mejor esperar a que ellos fueran a buscarlo y no al revés, quien quita que al final de cuentas no fuera necesario que él tomara el lugar de su padre pues bien podría salir libre durante el juicio que se aproximaba.
Salió de la habitación y fue en busca de Astoria, la buscó en casi todos los lugares que se le ocurrieron, incluyendo el jardín, pero ni las luces de la castaña.
—¿Se te perdió mi hermana? —la voz burlona de Daphne, quien descansaba en el jardín de leyendo un libro.
—Estarás contenta, ¿no? —recriminó el rubio, frunciendo el ceño.
—La verdad, así no estás intentando aprovecharte de ella —sonrió de forma perversa, pero el rubio no parecía mostrar simpatía. —Ya, pues, que carácter —dijo poniendo los ojos en blanco. —Debe de estar en su estudio, bailando. Ya sabes cómo le gustan esas cosas —Draco enarcó las cejas, esperando más información. —Primera plata, puerta debajo de las escaleras, no, no es un armario —aclaró ante la mirada del chico. —Está ahí porque es el lugar "secreto" de la casa y a mi hermana le gusta la privacidad para bailar. Por cierto, si eres claustrofobico mejor ni entres —se burló, el aludido hizo una mueca y sin responder más caminó a donde le habían indicado.
Se acercó a la puerta indicada y aún algo dudoso de la información apoyó la oreja para ver si adentro había ruido o solamente era un armario. Para su sorpresa escuchó un golpeteo seco acompañado de una ligera melodía que distinguía como el suave susurro de un violín. Abrió la puerta con cuidado y se asomó, topándose con la imagen de su niña bailando. Tal cual si lo hubieran hechizado se le fue el aliento y se quedó estático ante el espectáculo.
Astoria estaba ahí, con los ojos cerrados, girando y moviendo los pies de forma graciosa y complicada en un suelo de madera pulida, rodeada de espejos que reflejaban en distintos ángulos su esbelta figura enfundada en un fino leotardo color rosa. La chica traía esas zapatillas de ballet de las que él se había burlado, unas mallas blancas cubrían sus piernas, largas como las de una garza, aunque ella seguía siendo más baja que él, aun de puntas; su torso se cubría por el leotardo, que llegaba a marcar las costillas y apenas se abultaba en los pequeños pechos que aún estaban en crecimiento; el cabello castaño estaba agarrado en un pulcro moño alto y dejaba a la vista los hombros y el delicado cuello de la niña, que bailaba con los ojos cerrados.
Sonrió de lado y no quiso interrumpir aquel bello espectáculo, por lo cual permaneció en silencio, recargado en el marco de la puerta. Era difícil saber cuanto tiempo pasó antes de que Astoria notara su presencia y con un fuerte sonrojo en las mejillas dejara de bailar para ir a donde él y abrazarlo.
—¿Te gusta? —sus ojos verdes llenos de ilusión esperaban la respuesta de Draco, si él decía que si, ya sería un avance para el rubio que odiaba aquellas cosas.
—Bastante —aseguró el chico, estrechando a la niña contra él, notando como ella se ponía en puntas para estar un poco más cerca de su boca. Se hubieran besado, de verdad que se hubieran fundido en un largo beso, si no hubiera sido porque en ese preciso momento una lechuza llegaba hasta donde ellos y se posaba en el hombro de Astoria. Malfoy maldijo mentalmente el no haber cerrado las puertas tras él. —¿Quien es? —preguntó algo mal humorado mientras Astoria leía.
—Nadie importante —respondió, doblando de nuevo el pergamino y haciéndole una seña a la lechuza para que se fuera, pero al parecer el ave tenía indicaciones de quedarse a esperar una respuesta. El rubio enarcó una sola ceja y sin tacto alguno le arrebató la carta a Astoria, ni un segundo pasó antes de que Draco arrugara el pergamino de mala manera, mirando a su niña con todo el reproche del mundo.
—¿Grayback? —la mandíbula de Malfoy estaba tan tensa que Astoria juraría que en cualquier momento se le romperían los dientes. —¿Por qué ese imbécil te manda una carta para invitarte a Australia? —bramó furioso.
—Ya deja eso, ni que fuera a ir con él —suspiró la castaña, intentando hacer uso de toda su paciencia, no quería discutir, no cuando apenas unos segundos antes estaban a punto de darse un beso.
—¡Oh, claro! Pero algo debiste decirle para que él piense que tiene posibilidades —le dijo con seriedad y entonces su mente comenzó a trabajar para traerle a la memoria aquella frase que Astoria le había dicho durante una de sus discusiones: "Para que no hagan planes con nosotros juntos, porque yo ya tengo planes para este verano." La sangre comenzó a hervir dentro de él y terminando de romper el pergamino, salió del pequeño estudio.
—¡Por favor! ¡Draco Lucius Malfoy, vuelve acá! ¡No seas mimado! Yo no he hecho nada —la pequeña Greengrass salió detrás de él, alejando a la lechuza café que la seguía en espera de una respuesta.
—¿Pero cómo no me di cuenta antes? —analizó en voz alta el susodicho que a grandes zancadas salía de la mansión. —¡Esos eran tus planes para el verano! ¡Yo solamente te vine a interrumpir! —gritó molesto, acelerando el paso, rumbo a la lechuzeria. La rabia que sentía en esos momentos solo había servido para convencerlo de que debía mandar esa carta a su madre cuanto antes, menos mal que no la había roto y seguía en el bolsillo de su túnica.
—¡Draco, no seas infantil! ¡Eso es mentira! —los ojos verdes comenzaban a humedecerse, tanto de desesperación, como coraje y dolor.
—Pero no te preocupes, mini-Greengrass, lo antes posible me largo, así no habrá inconvenientes para que salgas corriendo a Australia con tu bailarín de medio pelo —gruñó de mala manera, comenzando a subir de dos en dos los escalones de la torre donde estaban las lechuzas. Entre menos tiempo perdiera, más rápido se podría ir de ahí, más rápido podría unirse a los mortífagos, ¡y por Salazar Slytherin que ese idiota de Grayback se las pagaría caro!
—¿A dónde demonios vas? —chilló la chica, corriendo detrás de Draco, subiendo con dificultad las escaleras, pues las zapatillas se resbalaban un poco.
—A mandarle la carta a mi madre para irme de aquí —respondió con sequedad y como si fuera obvio.
—¿Qué? —la chica se detuvo en seco y dejó que las lágrimas rodaran por sus mejillas. —No seas infantil con tus celos, yo no he hecho nada... —murmuró, pero el rubio al parecer no la escuchó, pues siguió subiendo a gran velocidad.
Draco llegó hasta donde estaban las lechuzas y tomó a una negra que era la que parecía más fiera y activa; sacó la carta de su bolsillo y se la ató a la pata.
—Para Narcissa Malfoy, en la Mansión Malfoy —le indicó con frialdad, las manos le temblaban, quizás por la rabia y como la sangre bombeaba fuerte dentro de su cuerpo o quizás por el miedo de las consecuencias que aquella decisión le fuera a traer.
Se quedó uno poco más ahí, interiormente esperando que la chica terminara de subir las escaleras y le volviera a decir que no había hecho nada, que eran celos tontos y que podían detener a la lechuza negra, pero Astoria no subió, por el contrario cuando bajaba por las escaleras se encontró a Daphne, hecha una furia.
—¿Qué le hiciste a mi hermana? —le gritó la rubia, plantándose frente a él para taparle el paso.
—¿Por qué no le preguntas a ella lo que me hizo a mí? —bramó molesto.
—Porque ella es la que está ahogándose en llanto y te conozco, Malfoy —a pesar de no estar gritando, el tono de Daphne era amenazador.
—¡Claro! El malo de la historia siempre tengo que ser yo —ironizó. —Porque a nadie le importa que Astoria se quiera ir de vacaciones con el estúpido de Grayback, el malo del cuento siempre es Draco Malfoy —se burló, con un ademán de fastidio, como un chiste viejo que hubieran pedido que volviera a contar.
—¡El estúpido eres tú, si de verdad crees que Astoria se iría de vacaciones con ese! —chilló exasperada la chica.
—Pero si tú misma has notado lo bien que se llevan esos dos —dijo con irritación, el seguir hablando del tema lo seguía poniendo más y más furioso. —Solo espera que me vaya de aquí y verás cómo se va con él en un parpadear.
—Número uno... —comenzó a decir la chica, haciendo uso de su auto-control. —Mi hermana no se va sola a ninguna parte, porque si no lo has notado aún es pequeña —respiró profundamente, manteniendo los ojos cerrados, porque se veía a Draco hacer alguna mueca despectiva, seguro que le tiraba los dientes. —Número dos, Astoria no se iría con Graybak porque está contigo...
—¡Por eso mismo me largo, para que se pueda ir con la conciencia tranquila! —le interrumpió, y con la misma se llevó un buen puntapié. —¡Arg! ¿Pero qué demonios te pasa, Greengrass? —gruñó, al tiempo que se sentaba en los escalones para apaciguar el dolor en su espinilla.
—Entra en razón. No estás más que haciendo un berrinche de celos —el rubio iba a rezongar pero ella siguió hablando, mientras amenazaba con propinarle otro puntapié y viendo que traía tacones, era mejor no interrumpir. —Tú siempre has dicho que eres mucho mejor que Grayback, ¡así que demuéstralo! y sube ahora mismo a hablar con Astoria, pídele disculpas por tu idiotez y evita que siquiera se planteé la idea de ir a Australia, porque si llego a tener que pisar ese país durante este verano, jura que te voy a castrar y hacer de tu futuro matrimonio un infierno —amenazó. El susodicho se quedó mirándola con la boca ligeramente abierta y luego sacudió la cabeza y soltó una pequeña carcajada.
—Que pesadilla tenerte como cuñada —se burló. —Al parecer siempre te tendré encima de mí, primero me gritabas y amenazabas cuando le hacía algo a Pansy y ahora me agredes y amenazas aún peor por Astoria.
—Obvio, es mi hermana y no dejaré que le hagas nada —volvió a advertir con seriedad.
—Jamás le haría nada malo —dijo finalmente, ya más tranquilo y con un nudo en le pecho, si lo pensaba bien: acaba de cometer una verdadera idiotez. —La quiero y ya tranquilizate, ahora que recupere la movilidad de mi pierna iré a hablar con ella —le sonrió.
—Que exagerado eres —bufó, rodando los ojos, pero sin poder evitar que una sonrisa se formara en sus labios.
—Que bueno que no te tendré como esposa, seguro que quedarías viuda muy pronto, si no me matas en una de esas, me suicido con tu carácter —se burló, riéndose al tiempo que se ponía de pie y comenzaba a caminar rumbo a la mansión, pasando de largo a un lado de la chica.
—Draco —llamó Daphne, quien se había quedado en el mismo lugar y no se volteó, aunque escuchó como los pasos del rubio se detenían. —Suerte —murmuró y aunque Malfoy no lo notó, unas lagrimas resbalaron por las pálidas mejillas de la Greengrass mayor. Ella aún lo quería, aunque ya había aceptado su derrota.
—Gracias —el chico retomó su camino, aunque lo único que podía lograr era hacer las paces con Astoria, la carta ya la había mandado y solo era cuestión de horas para que la catastrofe se presentara, porque quizás su madre estuviera en contra, quizás ella no se negaría si él se arrepentía, pero sin duda alguna su tía no tardaría en aparecer y entonces no habría forma de escapar. Sin duda alguna, las cosas jamás salían bien, si no era Astoria, era él quien metía la pata para arruinar las cosas.
