Una vez más estaban en ese hospital. Ese lugar que cada vez odiaba más. El solo olor de los fármacos le hacían sentir enfermo, el sonido de las maquinas era tan abrumante que lo único que podía escuchar en su cabeza era un agudo sonido ensordecedor. Las voces a su alrededor, el movimiento de las personas, el eco de los pasos, cada pequeña cosa era tan abrumante. Nada tenía sentido, se sentía como un animal asechado, sin saber de dónde iba a venir el próximo ataque que terminaría con su vida. Lo único que pudo hacer fue sostener las sabanas entre sus puños en un intento de calmar el acelerar de su corazón.
No quería estar allí. Quería estar solo. Quería volver a dormir para escapar la realidad una vez más. Dejar de sentir, de escuchar, de oler. No podía respirar.
Cuando sintió el gel frio sobre su estómago, no pudo evitar apretar aún más las sabanas. Su cuerpo entero se estremeció por la sensación inesperada, o ¿acaso lo habían advertido? Pero cuando la mano del francés subió a la suya en un intento de calmarlo, solo quiso vomitar una vez más. No quería que lo toque, y Francis pareció comprenderlo porque no pasaron ni dos segundos cuando esa mano se alejó, dejando solo una sensación de frio en su piel. Pero eso era lo que quería ¿no?
Tino intercambio su mirada entre los dos con un sabor amargo en su boca, podía sentir la tensión entre ellos. Era doloroso ver como una pareja tan viva ahora podía encontrarse en ese estado irreconocible. El estar juntos parecía solo estar matándolos, y sabía que ese embarazo era todo menos deseado. Pero, no habia nada que el pudiera hacer.
Su mirada subió a la pantalla que mostraba el interior del útero, moviendo el *transductor un poco más hasta que pudo encontrar la manchita blanca que estaba buscando, el bebé que crecía allí adentro ajeno a todo lo que pasaba en el exterior. Era tan pequeño. Ya tenía manitas y su corazón parecía latir de manera saludable pese a todo por lo que había pasado. Sus ojos subieron a los azules que miraban a la pantalla con un brillo cálido, pero Arthur... la expresión vacía en su rostro no habia cambiado desde que entraron.
—Ya pasó el primer trimestre, que es donde hay más probabilidades de perder al bebé. Por suerte todo fue mejor de lo esperado. — explicó en una voz suave, permitiéndose sonreír tan solo un poco y suspirar aliviado. Había esperado que un segundo aborto sucediera, o que el bebé no se hubiese desarrollado bien, pero, tal como lo había dicho, ese pequeño estaba luchando por su vida, agarrándose de cada hilo de esperanza. Pese a que sí, tenía un tamaño más pequeño que el esperado durante el final del primer trimestre, el que no mostrara ninguna mala formación ya era un milagro. —El bebé cada vez está más saludable, dentro de poco se puede reducir el uso de los medicamentos, aunque las vitaminas deberán ser tomadas durante todo el embarazo— estaba aliviado. Sabía que las pastillas que habia recetado, si bien eran efectivas, podían hacer la depresión del inglés mucho peor, podían tener efectos secundarios en su cuerpo. Pero por suerte, dos semanas más, eso era lo que necesitaba recetar.
Dos semanas más serían suficientes para asegurar que el bebé estuviese completamente bien, que su corazón siga latiendo fuerte y que todo su pequeño cuerpecito se recuperara por completo de los efectos del alcohol y la nicotina. Solo esperaba que en ese corto tiempo no se detonara ninguna recaída en la salud mental del menor. Rogaba que todo saliera bien, debía salir bien porque no podía soportar seguir viendo a Arthur de esa manera.
—Gracias Tino— Francis subió a verlo con una sonrisa de agradecimiento sincera. Después de todo, el trabajo del finlandés habia salvado a esa pequeña vida que casi no habia tenido esperanza, y por eso, estaba agradecido.
— ¿Quieren escuchar el corazón? — la pregunta iba dirigida a la pareja, pero en esa situación, pese a que sus palabras señalaban un plural, en realidad solo iban a Francis. Arthur... sabía que no tenía sentido preguntarle. Era como hablar con un cadáver, un cuerpo vacío de emoción o sentimiento.
Francis asintió, y esa fue la única confirmación para encender los pequeños parlantes conectados a la maquina y comenzar a mover el transductor a una posición en la que se escuchara más claro los latidos del corazón. Y, ahí estaba. Entre el movimiento de líquido amniótico y flujo sanguíneo, un pequeño galopeo poco a poco comenzó a resaltar.
Tum, Tum, Tum...
El sonido invadió todo el cuarto. Con cada segundo que pasaba se iba volviendo más claro, más real. El pequeño ser encogido en sí mismo en la pantalla, ese bebé que todo ese tiempo habia parecido un concepto abstracto, ahora le caía como un peso y un alivio. Era... fascinante, y no se dio cuenta en ese momento que su mano habia subido a apretar la del inglés, su corazón latiendo tan rápido con una emoción que le trajo una sonrisa al rostro. Pudo olvidar todo el dolor por el que habían pasado durante ese último mes, o por lo menos, lo intentó.
Tum, Tum, Tum...
Arthur quería cubrir sus oídos. El sonido, era agobiante. Era demasiado. No podía soportar seguir escuchándolo. Le hacía sentir enfermo. Quería que todo eso fuera simplemente una mentira, una pesadilla. Porque todo ese tiempo habia negado la verdad, a creer que todo lo que Francis habia dicho era cierto, que habia una vida dentro suyo, que ese pequeño y rápido latir era de un ser vivo. Un ser que casi habia matado.
Tum, Tum, Tum...
Era un monstruo...
Tum, Tum...
Lo quería fuera. Lo quería fuera de su cuerpo, no lo quería allí. ¿Qué estaba haciendo allí? ¿Por qué estaba pensando así? Él no era así... no era así. El nunca querría herir a su bebé, a algo tan preciado, tan delicado e inocente. Era tan solo un bebé que no tenía la culpa de nada, que estaba luchando por su vida. Una vida que él destruiría.
Tum
Él lo iba a destruir, iba a hacerlo miserable, como todo a su alrededor. No lo quería, no podía tenerlo. Quería moverse, parar todo, gritar que se detuvieran, que apagaran ese sonido que mientras más continuaba, más repugnante se volvía. Pero no se podía mover. Sus manos y pies se sentían atados, sus piernas, no las sentía. Intento moverse, luchar, podía jurar que lo estaba intentando con toda su fuerza. Su corazón comenzó a acelerarse, y en algún punto, se sincronizo con el del feto en su interior. Los gritos, las palabras, las manos sobre sus hombros, no podía sentir. Estaba paralizado.
¿Por qué no podía reaccionar?
•••
No sabía cuándo su espalda habia comenzado a doler tanto. No era como si estuviese tan avanzado en el embarazo, apenas iba por la semana diecinueve. Quería tomarse un descanso, o solo ir a dormir en casa, pero sabía que no podía hacerlo hasta que su turno en el trabajo terminara. Bueno, en esa situación servía el haberle dicho a su equipo médico dos semanas atrás que estaba esperando un bebé. Aún lo recordaba, las reacciones de incrédulas a emocionadas y felicitaciones y preguntas acerca del bebé y el papá. Decir que se habían sorprendido era poco, pero gracias a eso, ahora podía tener ciertos "privilegios" como tomarse un descanso cuando lo necesitara o se sintiera mal, como ahora.
—Chicos, voy por un poco de aire fresco— anunció quitándose el estetoscopio y dejándolo en manos de Lili junto a su bata que cada vez se hacía más incómoda y estrecha. Su equipo simplemente dio un asentimiento con una sonrisa. Se permitió a si mismo alejarse de la sala de emergencias donde el olor a fármacos y sangre cada vez lo estaba haciendo más enfermo.
Salió al patio del hospital, por un poco de aire fresco para calmar a su bebé, paseando por los jardines sin ver muy bien por donde iba, solo se dejó caminar y tararear una pequeña canción de cuna que recordaba que su madre solía cantarle de pequeño. Eso hasta que sintió el humo del tabaco invadir sus fosas nasales y no pudo evitar toser un poco y cubrir su nariz. Gosh, ese olor al que antes habia estado casi acostumbrado ahora hacia su estómago revolverse. Sus ojos enseguida se dirigieron a la fuente de ese olor, abriéndose con sorpresa e incredulidad. Era imposible no reconocerlo. Francis. ¿Qué hacía ahí?
Nunca lo habia visto fumar, y en sus ojos podía ver que estaba destrozado. Era como observar a una persona completamente diferente. Aun cubriendo su nariz, se acercó preocupado y curioso.
—Francis... ¿Qué haces aquí? — los ojos azules alzaron a verlo al sentir el toque de su mano sobre su hombro, sus pupilas dilatándose al caer en cuenta de quien estaba frente suyo. Enseguida apago el cigarrillo, aplastándolo contra la banca de madera del hospital antes de tirarlo al piso sin el menor cuidado del mundo, en ese momento no tenía la fuerza como para preocuparse, no cuando su mente estaba en ruinas. El menor lo veía expectante y preocupado. Había hecho una pregunta ¿no? Era sobre... ¿Arthur? ¿Dónde estaba Arthur? No podía ni pensar ¿Dónde estaba?
—Él...— apenas empezó, sus ojos recorriendo el lugar para recordar que estaba haciendo ahí, los recuerdos viniendo poco a poco a su memoria en tan solo pequeños flashes. —Él está en terapia psicológica— por eso estaba en el hospital, por eso estaba esperando.
— ¿Te sientes bien? —Alfred apretó el agarre de su mano tan solo un poco, su voz tintándose con verdadera preocupación porque por lo que estaba viendo, Arthur no era el único que necesitaba terapia. Francis se veía como si el cielo se le hubiese caído encima. El francés solo suspiro al escuchar la pregunta, su mirada desviándose al suelo, porque no, no estaba bien.
—Siempre he odiado la palabra "si". Si mi padre no hubiese muerto, si mi hermana no hubiese tenido cáncer, o si no me hubiese enfermado ese día, si Matthew... si el accidente de Matthew nunca hubiese sucedido. ¿Cómo serían las cosas ahora? —en todos esos años nunca se habia permitido pensar en el pasado, en las probabilidades, porque sabía que la vida era como un efecto mariposa, que una acción mínima podía cambiar el futuro para bien o para mal. Pero entonces, ¿Cuándo todo habia salido mal?, ¿Qué fue lo que hizo que sus vidas terminaran de esa manera? Y sí, si tuviera la oportunidad de evitar lo que hizo que terminara así, lo haría, oh dios que rogaba poder hacerlo.
—Francis...
—Pero lo que nunca, nunca me atreví a siquiera pensar fue, si nunca hubiese conocido a Arthur... — El tan solo decirlo le dejaba un sabor amargo en la boca, el considerar esa opción, era físicamente doloroso. No podía, no tenía la fuerza de hacerlo, sin embargo... —Es curioso, porque Arthur me dijo que deseaba nunca haberme conocido, que quería regresar a como era antes, sin mí. —su voz se quebró, sus ojos pese a que se repitió que no podía seguir llorando, comenzaron a escocer. Porque la discusión que habían tenido esa mañana lo dejo más lastimado de lo que nunca espero estar. Solo esas palabras habían logrado voltear su mundo por completo.
Todo ese tiempo habia creído que Arthur lo amaba, que pese a todo lo que estaba pasando iban a salir adelante juntos, que el amor entre ellos era lo suficientemente fuerte para sobrevivir todo. Pero ¿lo era? Dieu... ni siquiera sabía si Arthur lo seguía amando. ¿Cómo demonios iba a poder seguir amándolo después de todo lo que le habia hecho? Lo que le estaba obligando a hacer, el derecho que le estaba quitando. Por mucho que se quisiera convencer a si mismo de que estaba haciendo lo correcto, era egoísta… era cruel.
—Francis, sabes que eso no es verdad Arthur solo...
—Me odia—lo cortó, con firmeza y finalidad en su voz. Sus ojos endurecieron y su mirada una vez más cayó al piso. Porque, estaba seguro de eso. Después de la discusión de esa mañana ¿Qué más podía haber significado?
"Desearía no haberte conocido nunca, Francis Bonnefoy. Quiero regresar a como era antes de conocerte, era mejor, era más cómodo. "
—Sí, suena patético. Pero, al mismo tiempo ¿no hubiese sido más fácil? — Alfred abrió sus ojos con incredulidad. Francis, el nunca diría algo como eso. Rendirse de esa manera, buscar el camino fácil, ese no era él. —Si nunca nos hubiésemos conocido, nada de esto hubiese pasado. Mi hermano no estaría muerto, Scott nunca se hubiese convertido en un asesino. Si, hubiese sido más fácil, pero... lo amo, maldición— y en ese momento, con mortificación, pudo ver como lagrimas empezaban a resbalar de esos ojos azules, como sus puños se apretaban antes de subir a limpiar sus ojos con brusquedad, en un intento inútil de parar sus lágrimas.
—Francis...— la culpa en ese momento era tan insoportable que se paralizó. Ver a ese hombre tan fuerte reducido a ...a esto, por su culpa. Eso era a lo que sus acciones habían llevado, lo que habia hecho.
—Todo hubiese sido más fácil pero nunca hubiese conocido a la persona que amo, tan solo pensar en esa probabilidad, me está matando. Pero él no estuviese sufriendo tanto. Si él nunca me hubiese conocido ahora no estaría pasando por ese infierno, y no sé qué opción es peor. No sé qué hacer, ya no sé qué más hacer— un sollozo logro romper libre de su garganta, y a ese le siguieron muchos más que no pudo controlar. Pese a que lo quería contener, no podía. Se sentía inútil, no podía hacer nada, ni siquiera algo tan simple como contener su llanto.
—Escúchame, Francis— lo tomo de los hombros, sus manos apretando con un poco más de fuerza de la necesaria para obligarlo a alzarlo a ver, sus ojos rojizos confundidos topándose con los suyos, llenos de seriedad y determinación. —No te puedes dar por vencido. — su voz salió más alta de lo que esperaba, sorprendiéndolos a ambos. Sus mejillas se sonrojaron, pero aun así no se dejó retroceder. Después de más de quince años conociéndolo, podía detectar los síntomas. —Arthur... después de todo lo que pasó, se perdió a sí mismo. Solo debes ayudarlo a encontrar al Arthur de antes. — su mirada se suavizó cuando sintió como los hombros del mayor caían ante sus palabras.
Los dos habían estado tan sumidos en su propio dolor que nunca se dio cuenta cuando todo eso se le salió de las manos, no lo notó, pero Alfred...
—Yo...— se sentía estúpido. Pero él lo interrumpió una vez más, soltando un suspiro paciente, como un padre que hablaba con su hijo. Una sonrisa amarga se formó en sus labios. En verdad, la paternidad le quedaba bien. Él... él ni siquiera habia notado algo como eso en su propia pareja, ¿qué le hacía creer que iba a ser un buen padre? Si, no quería darse por vencido, pero después de lo que había hecho, de por lo que le estaba obligando a pasar, ¿sería Arthur capaz de perdonarlo? No... tal vez no.
—Ustedes dos se aman, y pese a todo lo que ese idiota diga, yo sé que el sigue amándote. Así que, por favor, Francis, no te des por vencido — suplicó, su voz suavizándose tanto hasta caer en apenas un susurro. Sabía que todo eso era solo una fase por la que Arthur estaba pasando, su hermano acababa de morir, se entera de que esta embarazado y casi pierde al bebe por cosas que el mismo hizo, y eso tenía la fuerza para destrozar incluso a la persona más fuerte. En ese momento lo único que Francis podía hacer, no, lo que debía hacer, era mantenerse a su lado.
—Gracias Alfred—negó con la cabeza.
—No tienes que agradecerme— no se lo merecía. Después de todo lo que habia hecho, después de que sabía que, parte de lo que estaba pasando, era su culpa. Ahora, lo mínimo que podía hacer era esperar que esos dos vuelvan a ser felices, porque si no... no sabía si iba a ser capaz de soportarlo.
•••
Una vez más, Feliciano no llegó a casa. Pese a que horas atrás habia recibido un mensaje diciendo que iba a pasar ese fin de semana con su gemelo, una pequeña parte en su corazón habia mantenido la esperanza de que regresara el domingo, tan solo a dormir, pero ya eran las ocho de la noche y aun no habia señal de él. Ni una llamada, ni un mensaje, nada. Pese a que no lo quería admitir, lo estaba matando por dentro. No sabía cuándo se volvió tan dependiente de Feliciano, de su presencia, su voz, su sonrisa, su toque, lo extrañaba tanto que ni siquiera las pequeñas lamidas de Blackie en su mano o el calor de Berlitz dormido a sus pies lo pudo hacer sonreír.
—Wolfy ya se durmió, supongo que estaba cansado por la escuela—esa voz lo hizo alzar la vista de la pantalla en blanco de su celular, sus ojos subiendo a chocarse con los cálidos de Clarie que lo observaba desde el umbral de la puerta del cuarto de su hijo con indecisión, para después solo suspirar y sonreír una vez más. —Me retiro ahora...
—Clarie, espera un momento. — la detuvo, acordándose de lo que desde hace un día atrás habia querido decirle, pero no había encontrado la oportunidad. Los perros protestaron cuando lo sintieron moverse del sillón y Clarie seguía cada uno de sus movimientos expectante. Una mezcla de nerviosismo y emoción alumbró sus facciones cuando puso sobre la mesa esa funda de regalo que habia mantenido guardada en la sala de estar. —Llévate esto de regreso, no puedo aceptarlo— la expresión de la mujer cayó enseguida cuando escucho esas palabras, sus ojos yendo de la bolsa de regalo al alemán sin comprender. Un pequeño dolor comenzaba a hacer llama en su corazón. Pero pudo mantener su compostura.
— ¿Por qué? — su voz tembló más de lo que esperaba. ¿Por qué no podía aceptar su regalo? ¿acaso... no le habia gustado, no era su talla?
—No puedo aceptarlo si me lo estás dando porque te gusto. Gracias por considerarme un buen hombre, pero no puedo dejar que esto continúe. Yo no soy una persona adecuada para ti, Clarie— la mano sobre su hombro la hizo alzar a ver a los ojos azules que hacían que mariposas revolotearan en su estómago. Su cabeza negando, una y otra vez, porque eso no tenía sentido. Ludwig era el más adecuado, era paciente, calmado, trabajador y dedicado, todas las buenas cualidades que un hombre pudiera tener. Eso no era ninguna excusa.
— ¿Por qué? ¿Por qué dices que no eres adecuado para mí? — no tenía sentido.
— ¿Sabes cuantos años tengo? Te gano por casi once años—sus puños se apretaron a sus lados. Once años, si, eran algo, pero no era como si le doblara la edad, no era como si no fuese un número que no pudieran superar.
— ¿Por qué es importante? —le edad no era nada que pudiera impedir una relación, era solo un numero sin importancia. Mientras hubiese amor, no importaba edad, sexo, religión o estatus social. Lo único que importaba era el amor que se tenían. Y quería intentarlo con Ludwig, porque era el hombre perfecto, uno de los pocos que habia logrado acelerar su corazón de manera incontrolable.
—Cuando te veo, siento que eres como mi hermanita o incluso mi hija. No te puedo ver como una mujer. —sí, sus palabras habían sonado duras, y el ver como los ojos de la menor se llenaban de dolor no era nada fácil, pero si quería que todo eso se detuviera, debía hacerlo. Porque tenía un ligero presentimiento del porque Feliciano cada vez actuaba más explosivo, porque cada vez parecía más inseguro de su relación, y eso era algo que no podía dejar que continúe.
—Todavía no me doy por vencida. No hemos hecho nada, por eso aun no me conoces bien. Con el tiempo vas a verme como mujer. —esas manos delgadas bajaron a tomar las suyas, pero solamente la pudo alejar.
—Eso no va a suceder Clarie—nunca la iba a poder ver como una mujer, como alguien a quien amar, porque ya amaba a otra persona, y no lo cambiaría por nada del mundo. Pese a que era un hombre, y a que a veces podía hacerle perder sus nervios, no dejaría de amarlo. —Puedes irte ahora— y su tono en ese momento fue de finalidad. No le dio oportunidad de refutar nada, ni tampoco escucho su llamado, solo subió a su cuarto, seguido de sus dos mascotas y la dejo allí, sola, con un mar de sentimientos que querían explotar en su pecho.
•••
Terminó de archivar el último documento, las anillas de su portafolio de pacientes protestando por la cantidad de papeles que cargaba. Diez nuevos casos en un día. Podría no sonar mucho, pero para un neurocirujano, eso era demasiado. Definitivamente el que Alfred estuviera cortando sus horas de trabajo le estaba cayendo pesado, pero, si era para asegurar que su bebe estuviese bien, no le importaría tomar el triple de pacientes de ser necesario. Miro una vez más al reloj de la habitación para luego bajar a su celular. Ya era cerca de las nueve de la noche y aun no recibía ningún mensaje de Alfred. Una vez más miro al reloj y suspiro. Ya era hora de cerrar su oficina e ir por fin a casa a descansar, de ser posible con Fredka
—Vanya... — esa voz suave lo saco de sus pensamientos y enseguida su cabeza subió a la puerta de su oficina con sorpresa. Pero, algo estaba mal. Esos ojos no lo miraban y su postura estaba rígida ¿Por qué se veía tan cansado? No lo pensó dos veces cuando sus pies ya lo estaban llevando a la figura apoyada en el umbral de su puerta
—Fredka, ¿Qué haces aquí? — se veía tan vulnerable, y cuando dio un paso hacia él, para cerrar la distancia que los separaba, lo sintió caer contra su pecho como peso muerto. —H—hey— no sabía qué hacer, ¿Por qué Alfred estaba actuando así? ¿era por el bebé? ¿el cansancio? Pero entonces ¿Por qué estaba ahí y no en casa?
—Vanya... ¿puedes abrazarme? — lo necesitaba desesperadamente. Si esos brazos no lo envolvían en ese momento iba a colapsar, el piso temblaba y su visión era cada vez más borrosa, no iba a soportarlo. Y cuando sintió el calor envolverlo con cuidado, sus cuerpos pegándose tanto que podía escuchar el latido de sus corazones que poco a poco iban cayendo en sincronía, su pecho comenzó a relajarse. Se quedaron así por algunos segundos, Ivan no habló y Alfred se lo agradeció. El silencio cómodo y las caricias suaves en su espalda le hicieron recordar una vez más como respirar.
—Estas raro hoy, podsolnukh (girasol) ¿Qué es lo que está pasando? — sostuvo su rostro entre sus manos, forzándolo a verlo a los ojos. Sus miradas chocaron y Alfred sintió su estómago revolverse. La manera tan suave en la que Vanya lo estaba mirando era demasiado. Sabía que después de lo que le iba a decir, de lo que tenía que confesar, la imagen que Ivan tenia de él cambiaría. Y no lo podía culpar si luego de escuchar su historia decidía romper su relación, no verlo nunca más o entregarlo a la policía, el... él tenía todo el derecho. Porque ¿Quién diablos querría salir con un asesino? Con un cobarde, una persona que huyó, porque no sabía cómo enfrentar sus acciones. No quería que Vanya se fuera de su lado, lo amaba... lo amaba tanto que sabía que no podía ocultarle la verdad. Por eso, unió sus labios en un beso casto, una despedida, porque tal vez esa iba a ser la última vez en la que sentiría esos labios correspondiéndole, esas manos acariciando su cintura y su cuello, profundizando el beso hasta arrancar el aire de sus pulmones.
—Hace 15 años... —el aire frio quemaba sus entrañas. Sus ojos bajaron al suelo, no podía mirarlo. Se paralizó con el peso de lo que iba a ser, de lo que estaba a punto de confesar. Su voz no salía, y cuando una de las frías manos subió a su rostro, lo alejó. Retrocedió y sus ojos se clavaron en el piso, en cualquier lugar que no sea Ivan, porque así sería más fácil. — Yo... atropellé a una persona y hui. — su voz salió en apenas un susurro, que de no ser porque estaban tan cerca no hubiese sido escuchado. Pero lo dijo, y ahora no habia vuelta atrás.
—Fredka— una de sus manos se alzó para detenerlo. Si era interrumpido en ese momento, no sabía si iba a encontrar el coraje una vez más para continuar.
—Hui porque no sabía qué hacer, estaba tan asustado Vanya... y ahora— sus hombros comenzaron a temblar, su voz se rompió y no supo en qué momento habia comenzado a llorar. Pero ya no lo podía parar. Ivan intento poner una mano en su hombro, calmarlo, envolverlo entre sus brazos, pero Alfred al verlo acercarse, retrocedió, como un cachorro asustado. —Por mi culpa ¿sabes qué pasó? — una sonrisa amarga se formó en su rostro, sus ojos subieron a los de Ivan por breves segundos. El conflicto de emociones en ellos, ya se lo esperaba. Lo iba a odiar, después de que dijera todo, Vanya lo iba a odiar. Por eso, no podía seguir mirándolo. —Esa persona sobrevivió, estaba mal, pero logró sobrevivir, y mi madre... ella lo mató. Para que no dijera nada, para cubrir mi crimen, ella mató a un inocente. Y ¿sabes que es lo peor de todo? — su cuerpo se sacudió en ese momento en un intento de contener el llanto, de que las memorias dejaran de atormentarlo. Ivan ¿Cómo lo estaría mirando ahora? No se atrevía a alzar a verlo.
—Fredka...— no podía hablar, no podía dejar que lo interrumpa. No quería oír el asco y el enojo en su voz. Su vientre comenzaba a doler, su bebé le estaba reclamando la cantidad de estrés y emociones que estaba experimentando. Pero no se podía detener en ese momento.
—Todo este tiempo, esa persona era el hermano de Francis, el que le donó los ojos a Arthur y Scott... Scott pensó que él lo había matado todo este tiempo cuando en realidad fue mi madre la que...— no tenía sentido. La manera en la que todo, cada pequeño evento estaba conectado. Su vientre dolía, estaba ardiendo. God... su respiración estaba tan acelerada que sus ojos estaban empezando a perder enfoque. Su garganta dolía de tanto llorar, era un desastre. —Una persona murió por mi culpa, no... no fue solo una. Matthew, Scott, Francis, Arthur, todo es mi culpa Vanya— en ese momento, se dio la fuerza para alzar a ver esos ojos amatista. La expresión en el rostro de Ivan era... ilegible, no lo podía leer. Cuando comenzó a acercarse, tuvo el instinto de retroceder, pero no lo haría esta vez. Se forzó a si mismo a quedarse plantado en su lugar, a no tensarse cuando una mano subió a su rostro. Por impulso movió su cabeza en busca de más contacto, de sentir el calor en sus mejillas y sus ojos empapados subieron a los turbados de Ivan. Y entonces, sintió como una mano lo atraía de la cintura y su cuerpo se juntó con el del mayor en un abrazo, un abrazo que no supo que tanto lo habia necesitado. Su cuerpo se permitió relajarse por cortos segundos. Su respiración cayó a apenas jadeos rotos y la pequeña vida en su vientre dejo de moverse, pero era un sentimiento bueno. Podía relajarse, aunque sea por unos breves segundos, pudo respirar, hundir su rostro en el amplio pecho del ruso y dejar sus sollozos libres.
—No es tu culpa, no todo es tu culpa Fredka...— al escuchar el llanto ahogado solo lo atrajo más contra su pecho, sus brazos rodeándolo en un intento de darle calor, asegurarle que estaba ahí y no se iba a ir. No sabía qué hacer, no era bueno cuando se trataba de sentimientos, pero, aun así, lo intentó. Esa situación... parecía una mala broma, pero al mismo tiempo, tenía sentido. Por primera vez en su vida, no sabía qué hacer o decir.
—Vanya, esta culpa, yo... no lo puedo soportar. ¿Qué hago? ¿Qué debo hacer, Vanya? — su boca se abrió y cerró hasta que sus dientes se apretaron sin saber que responder. Sus manos se volvieron puños sobre el grueso abrigo del estadounidense y ...estaba perdido. Suspiró. No iba a decir que todo iba a estar bien, porque eso no lo sabía y no era algo que podía prometer. Ir a la policía, delatar todo, sonaba como la única respuesta, pero no podía arriesgar la probabilidad de que Alfred sea sentenciado, de que le quitaran la libertad o le hicieran algo, nunca se permitiría dejar que algo así pasara. Continuar... ¿cómo? No sabía... Él tampoco sabía que iban a hacer.
•••
Tres fuertes golpes en su puerta fueron lo primero que le hicieron levantar en la mañana. Gruñó cansado, fregando sus ojos sin querer despertar aun, era muy temprano. No quería dejar su cama, estaba demasiado abrigado y cómodo. Dos brazos rodeaban su pecho, y fue ahí cuando se acordó de la persona que estaba durmiendo a su lado. Parpadeo dos veces antes de sonreír, por eso se debía el calor titilante en su cuerpo. Una de sus manos bajo a acariciar el rostro relajado del menor, sus ojos aún se veían hinchados y enrojecidos, pero después de haber llorado toda la noche no le sorprendía para nada. Lo abrazo una vez más como la noche anterior y beso su frente, el verlo llorar de esa manera habia despertado algo dentro de sí que no sabía cómo llamar, pero odiaba verlo sufrir, ver lágrimas en sus ojos, solo quería protegerlo de toda cosa y no dejar que nada ni nadie lo hiciera daño.
¿Cuándo se habia vuelto tan... blando? ¿Por qué se estaba sintiendo así? Tres fuertes golpes más lo hicieron afilar sus ojos con enojo, toda suavidad yéndose de su mirada. El resonar era tan fuerte que podía escuchar a su puerta chirrear, se rompería a ese paso ¿Quién demonios se atrevía a venir a su casa de esa manera? Por suerte agradecía que Alfred durmiera como roca, porque oh sí que iba a matar a esa persona y no quería que su Fredka observara un asesinato más.
Con un gruñido se levantó de la cama, sin importarle estar en pijama o tener el cabello despeinado y ojeras en sus ojos. Caminó a la puerta dispuesto a estamparla en la cara a cualquiera que estuviera allí fuera colmando su paciencia. Pero cuando la abrió, con brusquedad que la hizo rechinar, su cuerpo entero se paralizó.
—Iván Braginsky— su nombre salió como un ladrido, con un tono tan enfurecido que lo hizo retroceder un paso. Un par de ojos metálicos lo miraban con tanta frialdad y enojo que no pudo reaccionar rápido cuando ella ya lo había empujado dentro de la casa y cerrado la puerta tras suyo, acorralándolo hasta que sus piernas chocaron con la mesa del comedor y no pudo retroceder más.
—Natalia ¿Qué...? —fue lo único que pudo decir porque dentro de poco vio como la mujer sacaba un papel arrugado de su bolsillo y lo estampaba contra la mesa.
—No puedo aceptarlos— su mirada se dirigió al papel sin comprender que era, hasta que lo recordó. La carta que habia escrito meses atrás, rechazando y rompiendo finalmente con el compromiso al que sus padres lo habían forzado. Recordaba la ira y decepción de su padre ese día, pero no le importó. Esa carta la había enviado a la familia de Natalia. Y ahora ahí estaba.
Se paró rígido una vez más y bajo a mirar a la mujer de cabellos rubios cenizos con igual fuerza. Ahora comprendía porque estaba ahí.
—Natalia, eso ya lo decidí, y no pienso retirarlo— su voz era tranquila, pero al mismo tiempo helada, un tono que haría temblar a cualquiera, pero no a ella.
—¿Por qué? Tú me amas— cuando esas manos tomaron sus hombros y esos ojos subieron a los suyos, pudo verlo más claramente. Confusión, desesperación y enojo se mezclaban en sus facciones. Ella siempre había estado de acuerdo con la decisión de sus padres, siempre lo había seguido, como una sombra de la que por mucho que corriera no se podía liberar. Hasta que crecieron y decidió viajar a Londres, hacer su vida ahí y no mirar atrás. Pensó que las cosas quedaron claras con su despedida, pero... al parecer no. —Hemos estado juntos desde niños, no puedes romper el compromiso que tenemos de un día para otro. No tiene sentido, tú me amas— negó con la cabeza, quitando las manos de sus hombros con la menor brusquedad posible.
—No te amo, nunca lo he hecho. Me forzaron en este compromiso y nunca estuve de acuerdo— jamás había sentido algo remotamente romántico por ella. La había respetado, porque no quería enojar a sus padres. La había tolerado, pero... desde el primer momento en el que anunciaron su compromiso se negó.
—Eso no es verdad... ¿Por qué no es suficiente? Te he dado todo, Vanya. Siempre te he amado, he intentado estar de tu lado, he cuidado de ti ¿eso no es suficiente? — No era suficiente porque simplemente no sentía atracción alguna por ella. Si, era una mujer hermosa, pero no podía verla como nada más que una hermana menor. En ese momento, la pudo ver temblar, su cabeza bajando al piso y sus puños apretándose con fuerza a los lados de su vestido. Su mirada subió, y esta vez llena de determinación. —Por favor, Vanya, sé que esto solo es porque hemos pasado mucho tiempo separados, pero sé que sigues amándome, y yo también te amo— no se iba a dar por vencida. Si tan solo pudiera unir sus labios con los de él, hacer que su corazón lata por ella, solo ella, solo una vez más. Se puso de puntillas, su mano subió al rostro del hombre que amaba y sus labios buscaron los contrarios. Pero...
—Vanya... ¿Dónde...? — al momento que esa voz sonó desde el pasillo, fue empujada bruscamente. Sus tacos la hicieron trastabillar y solamente sus reflejos rápidos evitaron que cayera al suelo.
Su mirada subió afilada a la persona que había llamado el nombre de su prometido, ese hombre de ojos azules enrojecidos y cabellos despeinados que ahora estaba parado a pocos metros de ellos parpadeando con sorpresa. ¿Quién era él?
Alfred se preguntó lo mismo, su cansancio desapareciendo por completo cuando noto a esa mujer que nunca en su vida habia visto. Ojos azules tan claros que parecían grises, su cabello rubio cenizo hasta la espalda y su cuerpo que parecía delicado como el de una modelo, tenía aire de ser de la realeza. Y de seguro, de no estar enamorado por completo de Ivan, de seguro se hubiese sentido atraído por ella, porque Gosh, sí que era guapa.
—Quien es él— esa pregunta lo hizo salir de su estupor. Sacudió su cabeza para olvidar las estupideces en las que había estado pensando y alzó a ver a Ivan con una pregunta en sus ojos para después bajar de nuevo a la rubia, las hormonas empezando a golpear sus sentidos. Estaba demasiado cerca de SU novio. Sin darse cuenta, un gruñido salió de su garganta, una amenaza hacia esa mujer de que se alejara de su hombre.
—Quien eres tú— cruzo sus brazos sobre su pecho, afilando su mirada con igual intensidad. No se iba a dejar intimidar por esa... agh, esa... no tenía ningún nombre para ella, no se le podía ocurrir ningún insulto en la mañana.
—Soy la prometida de Vanya, Natalya Arlovskaya— ¿Qué...? Sus ojos se agrandaron con shock. Esa mujer... Regreso su mirada a Ivan en busca de respuestas y su ceño se frunció aun más de ser posible cuando noto como el ruso negaba con la cabeza. Y lo recordó entonces, ella era con la que Vanya habia roto su compromiso tiempo atrás.
—¿Prometida? ¿No querrás decir, EX prometida? — habló haciendo énfasis en el "ex". Sus brazos se cruzaron y su ceja se alzó con superioridad porque sabía que habia ganado contra esa mujer. Vanya lo habia escogido a él y su bebé, sobre todo, pero, aun así, su interior no dejaba de hervir en celos.
— ¿Quién te crees que eres tú? — Natalia al oírlo sintió su interior arder, sus dientes se apretaron y sus puños se crisparon en un intento de contener su enojo y no saltar a estrangular al estúpido engreído frente suyo.
—El futuro esposo de Vanya —esas palabras la dejaron helada, y la única respuesta que pudo dar fue una burla, porque no habia manera de que ese idiota con aspecto tan desalineado y panza de camionero sea la persona por la que Vanya hubiese roto su compromiso. No habia manera alguna de que él la cambiara por una ballena.
— ¿Tu? ¿En verdad crees que Vanya me cambiaría por un gordo? — escupió con burla, una de sus delgadas manos subiendo a señalar a la panza que ese idiota intentaba cubrir con la bata de dormir que llevaba.
— ¿Qué dijiste?
—Natalya, Fredka— la temperatura de la habitación parecía haber bajado unos cuantos grados ese momento. Ivan intercambio su mirada entre los dos, su voz firme en un intento de detener la pelea que se venía y que habia escalado demasiado rápido para su gusto, pero ninguno de los dos parecía escucharlo.
—Que estas gordo. Cerdo.
—No me importa que seas una mujer, te voy a matar...
—Inténtalo si puedes, gordo.
— ¡Ustedes dos, basta! — alzo su voz cuando vio como los dos parecían dispuestos a pasar de una pelea verbal a una física, interponiéndose entre los dos para detenerlos de una vez por todas. Su mirada se afilo contra ambos, pero fue dirigida a la rubia con mucha más dureza. Ella nunca lo entendería si no era contundente y dejaba todo en claro de una vez por todas, y el límite de su paciencia habia llegado a su fin. —Natalya, no voy a cambiar de parecer. Nuestro compromiso se acabó, nunca sentí nada por ti, nunca te vi como algo más que una hermana, y ahora Alfred es mi familia. Está esperando mi bebé, así que, si eso no te gusta, te puedes ir de aquí, no eres bienvenida— sus palabras fueron tan frías y firmes que incluso Alfred pudo escuchar como algo se rompía dentro de la mujer y sintió ganas de abrazarla al notar como sus ojos caían al suelo. Pero no, esa mujer era una víbora y le habia llamado gordo, así que no sentiría pena por ella, no se lo merecía. Por breves segundos los ojos fríos de la rubia se dirigieron a su vientre para después bajar una vez más, sus puños crispándose notablemente.
—Yo pude haber sido una mejor madre que ese cerdo— esas palabras salieron casi como un murmullo, pero antes de que pudiera reaccionar a ellas Natalia ya estaba corriendo a la puerta, cerrándola tras suyo con un golpe que resonó por toda la casa. Podría jurar que incluso hizo temblar al piso.
—Tu ex está loca...— mascullo sentándose rendido en una de las sillas del comedor. Toda la adrenalina de esa mañana había acabado de drenarle la energía. Por suerte su vientre no dolía, pero si no comía dentro de media hora iba a morir. Alzo la cabeza con extrañeza cuando, después de varios segundos, no escucho respuesta ni movimiento alguno de su pareja. Él estaba ahí, parado, como si estuviese congelado con su mirada fija en la puerta por la que minutos atrás habia salido su ex. —H—hey, Vanya, ¿estás bien? Estas pálido— no mentía. Se levanto para acercar una mano preocupada a su hombro, apretando tan solo un poco para llamar su atención.
—No es nada, solo... da miedo— en ese momento, pese a la cara seria y asustada de Ivan, no pudo evitar soltar una carcajada. Una risa como las que había temido no ser capaz de soltar nunca más. Era tanta que tuvo que agarrarse su estómago porque comenzaba a doler. Ivan lo miro con reproche, pero eso solo sirvió para que riera aún más.
— ¿Te da miedo? ¿le tienes miedo a tu ex? — esa mujer que apenas llegaba al metro sesenta y que si, tenía un aura intimidante, pero tampoco era como para que Vanya la temiera a tal manera.
—Para, Fredka— advirtió con un ligero tinte rosa en sus mejillas por la vergüenza. Pero, no se enojó, simplemente se permitió escuchar esa risa, no hizo ningún esfuerzo verdadero por detenerlo porque después de la noche anterior, en verdad habia temido no poder volver a ver esa actitud jovial y alegre de Alfred. La risa fue muriendo poco a poco, y para cuando sus manos tomaron ese rostro que tanto amaba con suavidad, lo único que quedo de ella fue la sonrisa al momento de unir sus labios. Para poder ver esa actitud de nuevo, no le importaba si era a sus costillas. Solo, quería protegerlo y hacerlo feliz a toda costa.
•••
Ese lunes, el camino al trabajo se le hizo eterno. Ni siquiera el sonido de la radio pudo llenar el silencio que dejaba el vacío asiento de copiloto. Suspiró, como ya lo habia hecho más de veinte veces esa mañana. Su mirada estaba fija en la calle, pero su mente solo podía pensar en una persona, esa que faltaba a su lado. Se habia acostumbrado tanto a la compañía del italiano, a su voz emocionada hablar de cualquier tema que pasara por su mente, sus imparables quejas del tráfico en la ciudad que ahora que no estaba, el camino al trabajo se le hizo insoportablemente silencioso.
Al llegar a la estación, siguió su rutina en automático. Cambiarse a su uniforme, dejar sus cosas en el locker, calentar, revisar papeles, firmar documentos, todo mientras su mente no dejaba de divagar cada minuto que pasaba en la misma pregunta ¿Dónde estaba Feliciano? Ni siquiera cuando salió a su receso lo vio ahí, en la sala común donde Sadiq, Mathias y Lukas ya se encontraban hablando animadamente entre ellos, bueno, por lo menos Sadik y Mathias. Sin más preámbulos decidió sentarse también, y entonces, lo escuchó...
—Cappuccino para todos— su cabeza se levantó con tanta rapidez que sintió su rostro calentarse. Ahí estaba, la persona que habia estado buscando desde hace una semana, cargando consigo un portavasos con cuatro tazas de café humeante. Iba a saludarlo, pero su voz se cortó cuando notó que él no le dirigía la mirada.
—Oh, gracias, Feli, eres un amor.
—Prego~— uno a uno fue entregando las tazas, hasta cuando llego a él. por breves segundos pensó que Feliciano le iba a entregar el café, pero justo antes de que pudiera estirar su mano para tomarlo, vio como se lo llevaba a los labios y daba un largo sorbo. Y no le hubiese dado mucha importancia de no ser porque en ese momento Feliciano lo bajo a ver con la mirada afilada. —Oh... capitán, creo que me olvide del suyo. ¿Por qué no va a comprárselo usted mismo? —parpadeo, sus ojos subiendo extrañados a los avellana del italiano que ya no lo miraba. Definitivamente algo no andaba bien.
—N—no hay problema— respondió encogiéndose de hombros, pero ante su reacción Feliciano pareció solo enojarse más. —Feli ¿A dónde...? — No pudo ni parpadear cuando el mayor se dio la vuelta y se fue a zancadas. La habitación se quedó en silencio incómodo. Todos los ojos fijos en la puerta por la que el italiano habia salido segundos atrás regresaron a mirarlo en busca de explicaciones que no tenía. Se encontraba igual de perplejo que todos.
—Ludwig, ¿Qué le hiciste a Feli? ¿Se pelearon? —Sadik empezó a cuestionarlo con el ceño fruncido, su dedo índice señalándole acusatoriamente.
— ¿Was? No... yo tampoco sé porque esta así— se encogió de hombros. Feliciano no habia contestado sus llamadas en todo el fin de semana, tampoco habia regresado a casa y ahora se negaba a verlo y lo evitaba todo el día. En verdad no sabía que estaba pasando, pero... dolía. Era como si lo estuviese rechazando. Pero no entendía ¿Por qué?
—Deberían hablar, esa actitud no es normal en Feliciano. Ve, tienes el día libre—regaño Sadik, agitando sus manos en señal de que se fuera ese instante tras el italiano. La orden tardo varios segundos en sentar en su cerebro, porque... ¿día libre? Pero no tuvo mucho tiempo para pensarlo bien. Feliciano era en ese momento su prioridad.
—E—está bien, gracias jefe— no sabía que rayos pasaba. Con paso rápido se dirigió a los vestidores, suspirando aliviado cuando vio a Feliciano aun ahí, acomodándose los skinny jeans sobre la camisa casual que llevaba para después ponerse su abrigo a paso tan rápido que Ludwig juraba nunca haberlo visto vestirse de tal manera. Y pese a que habia carraspeado cuando llego y habia a propósito cerrado la puerta de su locker con más fuerza de la necesaria, Feliciano no regreso a verlo ni por un segundo. Eso no es normal. ¿Por qué lo estaba evitando? —Schatz, vamos a casa— se acercó, poniendo una mano sobre su hombro para llamar su atención.
—Uhum— fue la única respuesta que obtuvo, y si, algo no andaba bien con Feliciano.
— ¿Estas molesto por algo? — decidió preguntar directamente, como siempre lo hacía. Era alemán después de todo*, siempre iba al punto y era directo, pero el italiano pareció enfurecerse aún más ante su pregunta, sacudiendo su mano de su hombro antes de salir de la estación a zancadas sin darle tiempo a reaccionar.
¿Qué le pasaba? "Mist*" maldijo por lo bajo antes de salir tras el mayor, encontrándolo parado frente a su carro con los brazos cruzados sobre su pecho y una expresión amarga en su rostro que nunca habia visto. —Feli... — se acercó con suavidad, su voz bajando de tono hasta ser tan solo un susurro, porque quería calmarlo y no enojarlo más, pero al parecer, el mundo estaba en su contra, porque justo cuando se iba a acercar pudo captar de reojo una figura conocida acercándose. —Clarie... —el nombre salió de sus labios en reflejo, y apenas lo dijo noto el cuerpo del italiano tensarse notablemente, sus ojos avellana girando también en dirección a la rubia que venía a paso rápido, casi corriendo hasta parar frente a ellos, su respiración agitada volviendo poco a poco a la normalidad antes de hablar.
—Feli, ¿nos puedes dejar un momento a solas? — ese pedido parecía haber sido la gota que derramo el vaso, porque pudo ver claramente como los puños del italiano se crispaban y un gruñido vibraba en su garganta.
—Está bien— no, no podía dejar que se fuera en ese estado, pero antes de que estirara su mano para detenerlo, o que pudiera llamarlo, sintió otra mano tomar su muñeca y un par de labios sellarse contra los suyos. Su mente en ese momento se puso en blanco y su cuerpo se paralizó. ¿Qué demonios estaba pasando? Y cuando pudo reaccionar, cuando sus músculos comenzaron a moverse, no dudo ni un segundo en alejar a la persona que lo estaba besando, sus ojos azules atónitos bajando a los de la chica frente a él.
— ¿Q—que fue eso? — fue la única pregunta que avanzo a tartamudear, sentía su rostro arder.
—Esta sonrojado— por supuesto que estaba sonrojado después de lo que acababa de pasar. Gott... ¿Feliciano lo habia visto? Antes de que pudiera hacer algo, subir sus ojos para buscar al italiano, o marcharse de ahí, un par de manos cálidas bajaron a envolverse con las suyas, su atención una vez más yendo completamente a la rubia. —Míreme a los ojos y vuelva a decirme que no siente nada por mí— sus ojos bajaron sorprendidos a los de la menor, su cerebro procesando las palabras demasiado lento para su gusto, como parecía haber estado todo el día, y entonces la realización lo golpeo. Por qué Clarie lo habia besado, por qué Feliciano estaba de mal humor y lo evitaba a toda costa. Debía ponerle un alto, aquí y ahora. Por eso, suspiro profundamente y alejo las manos de la menor.
—Clarie, no quería decírtelo de esta manera, pero... no puedo aceptar tus sentimientos porque ya hay alguien más a quien amo— la sonrisa de la rubia cayo en segundos, sus pies retrocediendo dos pasos en shock. Las palabras le habían caído como un golpe al estómago. No podía creerlo.
— ¿Qué? ¿Quién? — No podía ser verdad. Sentía sus ojos humedecerse y sus manos bajaron a apretar su abrigo en un intento de mantenerse firme. —Acaso ella... ¿es más bonita que yo? ¿Qué tiene ella que no tenga yo? — sus palabras salieron en apenas un susurro, pero Ludwig la escucho claramente.
—Es la persona que amo, y no la cambiaría por nadie, Clarie. — su mirada cayó al suelo, igual que toda la determinación con la que habia llegado. Sabía que ante el amor no podía hacer nada, si Lud la amaba y si ella también lo amaba, no habia nada que pudiera hacer. Pero...
— ¿Quién... quien es ella? — solo quería saber, quien era la persona que habia robado el corazón del hombre que amaba. No lo comprendía, nunca lo habia visto con alguien, entonces...
—Es un hombre... y lo conoces. —sus ojos subieron en menos de un segundo a los azules del alemán, atónitos, porque eso era algo que nunca se habia esperado. ¿Un hombre? ¿Ludwig estaba interesado en hombres? Nunca se habia esperado algo como eso, especialmente porque habia estado casado con una mujer y.… pero entonces ¿Quién? Lo conocía, así que, solo podía ser una persona. Su boca se abrió en una o perfecta cuando la realización la golpeo. Feliciano. —Así que, por favor, deja de insistir o tendré que pedirte que dejes de cuidar a Wolfram— su voz fue firme y sin lugar a protesta. No podía dejar que todo eso continuara. Debía irse de allí y buscar a Feliciano, hablar con él y aclarar todas las cosas. Sin darle oportunidad a Clarie de decir nada se fue de allí a paso rápido en dirección a la estación para ver si el italiano seguía allí, pregunto a cada persona que encontró, busco por todos lados, pero... no estaba ahí.
Feliciano se habia ido sin él.
•••
Se iba a ir, iba a olvidar de Ludwig y buscarse una bella donna tal como su fratello le habia dicho. No podía soportar seguir ahí cuando Lud estaba enamorado de otra persona. Pero ¿Por qué las lágrimas no paraban de caer? Se sentó rendido en la cama, la maleta con sus cosas a medio guardar olvidada a pocos pasos de allí porque no podía continuar, su pecho dolía demasiado.
—Feliciano— no, ¿Por qué estaba ahí? No quería verlo, no quería que Lud lo vea llorar, lo vea derrotado. Había perdido ante esa donna. Solo habia querido irse de allí antes de que alguien lo notara, porque de seguro ni Wolfy lo extrañaría. Una mano se posó sobre su hombro, y en ese momento el nudo en su garganta solo explotó.
—Déjame, Ludwig— apenas avanzo a pronunciar, apartándolo de un golpe antes de romper en llanto, porque no podía contener sus sentimientos por más tiempo. Ludwig sintió su corazón partirse al escuchar los sollozos. Se sentía como la peor basura en la tierra, porque sabía que era su culpa, por no haber detenido eso a tiempo. Debía haberse dado cuenta de cuanto afectaba eso a Feliciano, de cuanto le importaba.
—Esto es por Clarie, ¿verdad? — intentó acercar su mano una vez más, hacer que el italiano lo mirara a los ojos, que viera los sentimientos reflejados en ellos porque no era bueno con las palabras ni expresando lo que sentía. Pero una vez más fue apartado. El que Feliciano lo rechazara de esa manera lo podía sentir hasta sus huesos. Pero solo respiro, intento calmar su mar de sentimientos y acercarse, pese a cuanto forcejeara el italiano, a cuanto intentara alejarlo, porque tenía que verlo, darse cuenta de sus sentimientos. Quería arreglar el error que habia cometido. —Feli, bitte ¿Cuántas veces debo decirte que no siento nada por ella? —nunca sentiría nada por otra persona, eso se lo prometió años atrás a su esposa, y ahora Feliciano era el único hombre que lo habia hecho romper esa promesa sagrada, el único al que le daría una oportunidad en su vida. No habia nadie más.
—La vi besándote, te estaba besando y tu no la alejaste. ¡Vaffanculo, stronzo di merda! — sus ojos se abrieron atónitos, no por el hecho de que Feliciano lo hubiese visto, sino porque estaba gritando. Feliciano estaba gritando, su ceño fruncido y sus ojos tan rojos que, sin poder evitarlo, retrocedió un paso. El silencio invadió la habitación, lo único que se podía escuchar era el respirar acelerado del italiano y el tic toc del reloj contando cada segundo que pasaba. Sus ojos bajaron al suelo, y Feliciano cayo en la cama, enterrando su rostro entre las almohadas para acallar los sollozos. Suspiró, no podía continuar así. No quería perderlo y no sabía qué hacer.
—Estaba en shock... y luego de eso le explique que yo amaba a otra persona, un hombre que ella ya conocía— su mano subió a la espalda del mayor, su pulgar dando pequeños círculos reconfortantes sobre la ropa. Feliciano al escucharlo alzo su cabeza de las almohadas y giro su cuerpo para ver a esos ojos azules llenos de sinceridad y remordimiento. Estaban húmedos, como los suyos. Pero no, no podía perdonarlo tan fácilmente.
—No te creo— se negó a verlo, a caer en esos ojos que tenían el poder de debilitar sus rodillas. Y entonces escucho esas palabras, con tanta sinceridad que su corazón dio un vuelco.
—Ich liebe dich Feli... te lo dije, eres la única persona que amo y eso no va a cambiar— su cabeza se alzó. Su corazón latía a mil por hora y sabía que por mucho que lo intentara, si Lud hablaba con tanta sinceridad, no podía seguir enojado. —Ich liebe dich Feliciano— en ese momento no lo pudo soportar más. Se levanto de la cama y se lanzó sobre el alemán, sus brazos envolviéndolo en un abrazo tan fuerte que sus músculos comenzaban a protestar. No le importo el quejido sorprendido del rubio o que lo estuviese aplastando sobre la cama. Solo quería tenerlo cerca, besarlo y quitar todo rastro de esa otra persona, que Ludwig lo sintiera solo a él, no podía sentir ni pensar en nadie más, no se lo permitiría. Por eso tomo su rostro y lo beso con toda la pasión que tenía.
—Ti amo, sei solo mio. — volvió a besarlo, esta vez siendo correspondido con igual pasión. Y cuando esas manos fuertes subieron a tomar su cadera y acariciar su espalda, pudo sentirse ronronear de deleite. La temperatura de la habitación fue subiendo con cada beso lleno de pasión y no lo pudo soportar más. Quería hacerlo. — Fai l'amore con me stasera— susurro contra su oído, frotando su creciente erección contra la del alemán. No hubo hesitación ni queja de ninguna parte cuando poco a poco entre besos y caricias la ropa fue desapareciendo y el seguro fue puesto en la puerta. Después de tanto tiempo no podían arriesgar a nadie interrumpiéndolos, no cuando toda la tensión acumulada en esas últimas semanas salía libre en cada uno de sus movimientos. Durante ese momento no dejaría que nada ni nadie además de él pase por la mente del alemán, lo haría olvidar de todo, que solo lo vea a él y lo ame a él. Era todo suyo.
•••
Alzo la vista del libro entre sus manos por enésima vez en esos diez minutos, sus ojos una vez más dirigiéndose a la delgada figura metros allá en el lavabo de la cocina. De ser posible sus orejas estarían paradas en ese momento como las de un perro atentas a cada pequeño movimiento y sonido, en busca de cualquier posible peligro o emergencia. Pero no lo podía evitar, estaba ansioso.
"Si el trata de hacer algo, no insista en ayudarlo. Simplemente dedíquese a observarlo."
Era más fácil decirlo que hacerlo. Desde que habían salido del hospital Arthur no le habia dirigido ni una palabra, ni un sonido, pese a que sabía que debía apestar a tabaco, no habia dicho nada para quejarse ni reprenderlo como normalmente lo hubiese hecho. Pero... ¿desde cuándo todo entre ellos era normal? Ya no podía acordarse de como era su vida antes de que las cosas empezaran a ir mal, antes de que el único intercambio de palabras entre ellos fueran preguntas y monosílabos. Era frustrante.
Sus ojos bajaron una vez más al libro, observando de reojo como el inglés lavaba y secaba los platos del almuerzo. ¿Cómo podía continuar? ¿Cómo podía mejorar?
Salió de sus pensamientos cuando noto como el menor tomaba su bastón y comenzaba a caminar a la salida de la casa. Por un momento el pánico invadió su corazón, pero cuando lo vio salir hacia el jardín, pudo respirar. Su instinto le decía que lo siguiera, que no lo dejara solo, que podría hacerse daño, o dañar al bebé, pero pese a todo, se quedó sentado. Se quedo observando a través de las paredes de cristal que mostraban al jardín cubierto de nieve, donde por milagro las plantas dentro de las macetas seguían viviendo.
"Déjele vivir su vida cotidiana. Si él consigue aire fresco y se mueve será muy útil para su insomnio y depresión."
Por supuesto...
Con un suspiro dejo el libro sobre el sillón y se levantó para salir también, sin embargo, mantuvo su distancia. No se acercó, no lo interrumpió, tal como el psicólogo habia recomendado, lo dejo ser. Saco un tabaco de su bolsillo y lo encendió, llevándoselo a la boca con sus ojos fijos en el inglés. Aun si quisiera acercarse, no sabía cómo. Sentía que una barrera los separaba, que el tan solo hablar se sentía tan extraño y el amor...
¿Seguía habiendo amor? Subió su mirada al cielo, en busca de respuestas. ¿Arthur... él, seguía amándolo?
Soltó una risa amarga. Preguntarse eso era ridículo. Antes habia estado tan seguro. Sabía que Arthur lo amaba, lo sabía por cada pequeño gesto que habia mostrado antes de que todo comenzara a derrumbarse, por cada caricia, cada beso, cada "te amo" que se habían dado. Los sentimientos que tenían, por la manera en la que intento alejarlo... Lo comprendía, comprendía lo que estaba pasando por la cabeza de Arthur, o por lo menos lo intentaba.
¿A quién estaba engañando? No lo hacía. Quería poder comprender porque se negaba a ver, a hablar, porque lo rechazaba, porque odiaba a su bebé, porque gritaba que prefería no haberlo conocido. Dolía como nunca se lo habia imaginado. Verlo de esa manera, escuchar sus palabras, sus insultos, sus gritos, todo dolía demasiado. Ni siquiera se dio cuenta cuando el fuego de su cigarrillo se habia extinto y todo se habia vuelto cenizas.
Alzo a ver una vez más, sus ojos azules buscando a la persona que amaba. Lo amaba... ¿o era solo apego? Luego de cortos segundos lo encontró, dormido en el columpio cubierto en el patio. Ese idiota...
Dando un pequeño chasquido entro a la casa por una manta. Estaban a menos tres grados afuera y no lo iba a dejar matar a su bebé de hipotermia. Salió, a paso rápido, pero la imagen que se encontró al estar cerca lo detuvo por completo. Arthur dormía con una de sus manos sobre su vientre, su rostro completamente relajado y sus mejillas y nariz con un ligero tono rosado que solo lograban volver la escena aún más adorable.
"No puedes darte por vencido"
En ese momento recordó la conversación que tuvo con Alfred, y no pudo evitar suspirar, una ligera sonrisa formándose en su rostro sin que se diera cuenta. Se acerco, peinando los cabellos rebeldes de Arthur con sus dedos en un gesto cariñoso antes de poner la manta térmica sobre él, asegurándose de cubrirlo bien. Besó su frente con cariño y se fue de allí a paso lento. No tenía el corazón para despertarlo y tampoco quería hacerlo, porque esa expresión tranquila, juraba no haberla visto en ya mucho tiempo. Tal vez... si habia esperanza, si podían arreglar las cosas. Y, dieu, haría todo lo posible por que así fuera. Porque lo amaba... lo amaba más que a nadie y sabía que no habia manera de negarlo.
•••
Dos golpes apresurados fueron la única advertencia que recibió antes de que su puerta se abriera de manera estruendosa. Una figura muy conocida paso por ella, cerrándola con un golpe antes de dirigir sus ojos oscuros a su silueta. Los papeles que habia estado revisando quedaron olvidados, y solo le prestó atención a él, porque la expresión de su rostro le decía que las noticias que traía eran todo menos buenas.
—Gilbert Beilschdmit tomo una foto de tú y yo juntos. Y al parecer sabe que el fiscal Jones está detrás de todo esto. — Imposible. Esa era la única cosa que su mente gritaba. Su cuerpo se tensó y sus piernas enseguida se levantaron de la silla en un impulso.
— ¿Qué está diciendo? — sus manos temblaron. Una foto, ese maldito habia logrado sacar una foto de ellos hablando, y eso, pese a que no era evidencia certera, podía meterlos en problemas. Ya estaban sospechando de su esposo y no quería imaginarse en cuanto tiempo comenzarían a sospechar de su hijo. No, no lo podía permitir.
—Además, parece tener otras pruebas también. Así que tenemos que asegurarnos de deshacernos de él esta vez. — trago saliva, y sus puños se apretaron, pero bajo su cabeza en rendición, porque ahora, pese a que no habia querido llegar tan lejos, era la única opción que les quedaba. Debían deshacerse de Gilbert Beilschdmit, porque si no, todo iba a quedar en juego, y no iba a arriesgar a su hijo. Pero ahora, el problema también era él mismo, él y su complejo de heroe. Suspiro, pasándose una mano por el cabello. ¿Qué iba a hacer con su hijo?
—Alfred se enteró de todo y quiere entregarse a la policía. — era un idiota e imprudente. Pese a todo lo que le habia rogado, a que habia sacado al bastardo que estaba esperando en el juego, podía ver en los ojos de su hijo aun la culpa, esa culpa que sabía que tarde o temprano terminaría explotando, esa que no sabía cómo eliminar.
—Si se confiesa ante Lovino Vargas estaremos en graves problemas...— ya lo sabía, lo sabía mejor que nadie. —Tiene que asegurarse de detener a Alfred Jones. No hay evidencia concreta de que el conductor era el Jones, pero si su papel queda expuesto...
—Entonces se acaba todo para nuestra familia. No importara para nada si es culpable o inocente, esto dejara una mancha imborrable en su vida. — si Alfred o ella iba a la cárcel, su esposo podría incluso perder su cargo como Fiscal. Si Alfred iba a la cárcel, ¿Qué demonios pensaba que iba a hacer con ese bastardo que llevaba dentro?, iba a perder años de su vida, a sufrir y manchar su historial. Nadie iba a contratar a un doctor que estuvo en prisión. Su familia, el nombre Jones quedaría manchado por siempre. No lo podía permitir.
—Mas que nada, por favor, detén cualquier acto precipitado del doctor Jones, yo me encargo del resto— mascullo con un brillo oscuro en su rostro, una advertencia. Porque, si un papel quedaba expuesto, todo empezaría a caer como dominós. Era una cadena que terminaría condenándolos, que no podía permitir que se rompa. Haría todo lo posible para que eso no salga a la luz, y en la expresión del teniente Russell, podía ver que él estaba pensando igual. No importaba si tuvieran que matar...
La puerta se abrió una vez más, pero esta vez, ningún golpe les aviso de la persona que iba a entrar. Sus ojos subieron a ese hombre que habia pasado por su puerta, a esos ojos azules que observaban la situación que habia interrumpido con sorpresa y sospecha, su mirada pasando del teniente hasta ella en una pregunta. Russell al verlo llegar comprendió y dio un pequeño asentimiento en forma de despedida antes de salir de allí, cerrando la puerta tras él. Y una vez más, se quedó a solas con su hijo.
— ¿Qué estas planeando ahora? — su mirada era afilada y acusadora, en busca de cualquier secreto o plan que estuviese escondiendo, pero eso no lograría intimidarla, no la iba a hacer retroceder de su decisión de hacer todo lo necesario.
—Si te callas, nadie más saldrá herido— gruño con finalidad, esperando que con eso Alfred se dé por vencido, dejara de hacerse el "heroe" y empezara a obedecerla. Pero no, era igual de terco como su padre cuando algo se le metía en la cabeza.
— ¿Scott y Arthur no bastaron? ¿Quién es ahora? ¿hasta dónde puedes llegar? — reclamo golpeando su puño contra la pared en un intento de detener cualquier tipo de pensamientos o planes que estuviesen pasando por la mente de su madre. Quería que se detuviera. Ya no soportaba ver a nadie más herido por un intento de cubrir su crimen. —Mamá...por favor. No sé qué es lo que estas planeando hacer, pero, si de verdad me quieres, detente aquí— rogo acercándose a su madre y tomando una de sus manos entre las suyas. Quería hacerla comprender que todo lo que estaba haciendo no tenía sentido, pero la mirada en esos ojos idénticos a los suyos era dura. —Esto...esto no puede continuar, no puede haber más personas heridas por nuestra culpa— Emily lo separo de un manotazo. Sus manos bajaron a apretarse en puños ¿Acaso no se daba cuenta de que todo lo que estaba haciendo era porque lo amaba? Todo lo estaba haciendo porque quería que tuviera un futuro mejor, porque no quería que los fantasmas del pasado llegaran a arruinar su vida. Era su hijo, y daría todo lo que sea para protegerlo. Todo... aun si ahorita él la miraba como la villana, no se daría por vencida hasta protegerlo.
•••
Esa mañana su corazón no habia parado de latir inquieto. Al fin Fran la llevaría a ver a Arthie, luego de más de tres semanas de no verlo ni una sola vez. Dieu, ni siquiera la habia dejado ir al hospital. No entendía por qué. Habia muchas cosas que no entendía de hecho, como por qué su hermanito le habia dicho, antes de la muerte del tío Scott, que habia terminado su relación con Arthur, o porque el día del velorio, cuando le pregunto porque no iba a ver a Arthie, le dijo que él no iba a querer verlo, que necesitaba su espacio, o porque pese a la noticia del embarazo, sus labios sonreían, pero sus ojos no, nunca lo hacían. Y, a pesar de que Francis le advirtió esa mañana, nada le pudo haber preparado para lo que vio cuando entro por esa puerta.
Sus manos subieron a tapar su boca con incredulidad. En esa cama, sentado apenas con el apoyo de algunas almohadas, estaba la persona que habia ido a ver, el libro en braille que habia estado leyendo olvidado en la cama al escuchar el abrir de la puerta y sus pasos, pero lo que le corto la respiración, fueron sus ojos. ese par de esmeraldas tan brillantes que siempre lo habían caracterizado, ahora estaban vacías, el color tan opaco que no reflejaba nada. Era... estaba ciego. No lo podía creer, cuando Francis se lo dijo, se negaba a creerlo, y ahora que estaba frente a ella... ¿Cómo? ¿Por qué?
—A-Arthie— sus ojos comenzaron a escocer cuando lo vio alzar la cabeza y buscar en qué dirección venia su voz, verlo de esa manera tan débil y vulnerable, cada pequeño movimiento hesitante, su postura insegura. Arthur no era así. Se acerco y tomo una de esas manos entre las suyas, entrelazando sus dedos de manera desesperada, para decirle que estaba ahí frente suyo, que le iba a dar calor, a proteger y buscar cualquier razón que lo hubiese hecho llegar a ese punto.
—Clarie...— su voz era tan baja y débil que hizo su corazón estrujarse. Se arrodillo en el suelo, frente a él, y esta vez pudo verlo más de cerca. Sus ojos, estaban vacíos, tan opacos que sus lágrimas comenzaron a caer.
— ¿Qué es esto? — no podía ser verdad, todo debía ser un mal sueño.
—Clarie— pero la voz firme de su hermano le confirmo que no, no se trataba de un mal sueño o una broma, era real. Eso que estaba frente a ella era real.
— ¿Cómo puedes hacer esto? —una llama de enojo empezó a arder en su estómago. Entre todo el mar de preocupación, tristeza y desesperación, el enojo y la decepción se estaban abriendo paso. Ese habia sido el regalo de su hermanito, su último deseo, y ahora...
—Lo siento... siento mucho que veas esto. — ¿Qué lo habia hecho llegar a ese punto? Su mirada subió al techo por breves segundos, su mente preguntándose ¿Por qué? El brillo destruido en los ojos de su hermano, la manera decaída en la que se habia estado comportando, ahora lo comprendía. O por lo menos, quería creer que así era.
—Si lo sientes entonces mejora pronto ¿sí? Deja de hacerte daño— sin saberlo, su voz se quebró en ese momento, con esa suplica. Porque sí, estaba suplicándole que dejara de hacerse daño, dejara de culparse de todo, de aislarse. Solo quería que Arthie regresara a ser el mismo de antes, ese hombre fuerte del que su hermanito se habia enamorado. Francis lo necesitaba, ella lo necesitaba y, el bebé... la razón por la que habia insistido tanto en visitarlo. Sus ojos bajaron en ese momento, al vientre del inglés, ese bultito apenas notable a través del grueso suéter que llevaba. Pero estaba allí.
—Espera un momento— pidió soltando el agarre de sus manos con cuidado. Su bolsa, debía buscar su bolsa. ¿Dónde la habia dejado? Parpadeo, una y dos veces cuando de repente apareció frente suyo, casi chocando con su nariz. La mano de su hermano manteniéndola al nivel de sus ojos. Subió a verlo, agradeciéndole solo con una pequeña curva de sus labios. Pese a todo, él seguía sabiendo siempre donde estaban las cosas cuando perdía su cabeza. Enseguida tomo la bolsa y empezó a buscar en ella lo que habia traído, una pequeña bolita, dura pero suave y esponjosa al mismo tiempo. Una vez más regreso a Arthur, y sin dudar ni un segundo, la dejo entre sus manos. Pudo ver como empezaba a pasar sus dedos por cada una de las pequeñas líneas, sintiendo su textura y forma, para finalmente, caer en la realización de que era. Lana. —Es verde, tu color favorito— explico con una sonrisa —Voy a empezar a tejer ropita para mi sobrinito o sobrinita— sus ojos subieron a los sorprendidos de Arthur, y por la expresión en su rostro, podía saber que no se habia esperado que hablara de ello, por la manera en la que sus hombros cayeron supo el porqué, pese a la alegre noticia del embarazo, Fran siempre parecía deprimido cuando hablaba de ello.
—Clarie...— Arthur, ¿Por qué no se sentía alegre acerca del bebe? ¿Porque su expresión era tan amarga? Sacudió su cabeza, e intento borrar todos sus pensamientos, sus deducciones, porque, era imposible. Arthie, él amaba a su bebe, debía amarlo ¿verdad? Y Francis, el aún seguía amando a su hermanito, solo... estaban pasando por un mal rato, eso debía ser todo. Arthie solo debía mejorar, ponerse bien y todo regresaría a la normalidad.
—Cuando este ya casi terminado, prométeme que regresaras a como eras antes ¿sí? Que podrás verlos y darme tu aprobación para que el bebé pueda usarlos. — pidió apretando una de las manos del inglés entre las suyas, su voz quebrándose por la sensación sofocante en su garganta. Y pese a que Arthur desvió su mirada, pese a que su cuerpo pareció encogerse más, su agarre se mantuvo firme, sus manos buscaron su meñique y los entrelazo en una promesa que esperaba que se cumpla. Arthur iba a estar bien, el bebé iba a estar bien y su hermanito... los tres iban a ser felices, rogaba porque así sea.
•••
Cayo rendido sobre el sillón de su consultorio. God... no sabía cómo detener a su madre, sabía que algo estaba planeando, pero... ¿Cómo podía hacerla comprender que tan solo estaba empeorando las cosas?
Intento calmarse y firmar la pila de reportes que su querido novio le habia dejado junto a una taza de té ya tibia. Pero en realidad, todos los pensamientos en su cabeza no lo dejaban relajarse.
Necesitaba un abrazo, necesitaba a Ivan. Y estuvo a dos segundos de levantarse e ir a buscar al ruso cuando su teléfono sonó, sacándolo completamente del plan que habia figurado en milésimas de segundos. Con un profundo suspiro saco el bendito aparato de su bolsillo, por mucho que quisiera colgar no podía si se trataba de alguno de sus pacientes. Miro quien era la persona que lo llamaba a esa hora, y oh sorpresa...
Era de Lovino.
Sin pensarlo mucho contesto la llamada, llevándose el celular a la oreja mientras con la otra mano continuaba firmando y revisando los reportes de sus antiguos pacientes que ahora eran atendidos por Ivan ¿Por qué eran tantos?
— ¿Hola? ¿Lovino? —pregunto a través de la línea con curiosidad y extrañeza en su voz. El italiano casi nunca lo llamaba, a menos que sea algo con respecto a Arthur. Pero ahora que Arthie estaba con Francis, no entendía, ¿Por qué? Diez segundos pasaron, y luego veinte, pero no habia respuesta ni sonido al otro lado de la línea. — ¿Lovino? ¿Estás ahí? — eso era extraño. Alejó el teléfono para ver si no habia colgado la llamada, pero no, seguía en línea. Entonces...
—Eh... hola, Alfred...— ahí estaba. Su voz sonaba nerviosa y un tanto agitada. Ahora sí, no tenía ni idea de que estaba pasando.
— ¿Qué pasó Lovi? — al otro lado de la línea, ojos verdes se dirigieron a los de su esposo, sus manos juntándose para darle ánimos de terminar con lo que planeaban hacer. Suspiró, ahora ya no podían retroceder... y el posible resultado de ese experimento le asustaba. Pero también, era la única forma...
—Sabes que trabajo en el equipo de transporte... estoy un poco desconcertado después de ver a alguien ser golpeado delante de mis ojos— sus pupilas se dilataron con shock, la pluma cayendo de su mano en un sonido sordo.
— ¿Accidente? ¿Alguien fue golpeado? ¿Estás bien? ¿Está bien tu bebé, estabas con él? — la preocupación en su voz era palpable, y en sí, ese era el propósito.
—Si, estoy bien, Camillo también... — respondió regresando a ver de reojo a su esposo, los dedos del español moviéndose rápidos sobre el teclado de su computadora para después hacer varios clics y ahí estaba... el motivo por el que habia hecho esa llamada, las ondas de voz siendo cortadas y modificadas en la pantalla. Tenía un mal sentimiento en la boca de su estómago. —Lo siento Alfred, me tengo que ir— se despidió un tanto hesitante. Sabía que su llamada sonaba sospechosa ¿Por qué en su vida llamaría a Alfred porque vio un accidente? Cazzo... era un idiota.
—S—sí, está bien, hasta luego Lovino— luego de que la llamada se cortó se permitió suspirar. Por lo menos Alfred solo sonaba sorprendido. No quería que Alfred sospeche nada, porque de ser falsa la teoría que habia estado rondando por su cabeza y quitándole el sueño, entonces no se podría perdonar perder un amigo por algo como eso.
— ¿Lo tienes? —volteo a su esposo con nerviosismo, sus manos frotándose nerviosamente entre ellas.
—Si, espérame unos segundos, corto los diálogos y los ajusto. — respondió Antonio con sus ojos fijos en la pantalla de su computador, las dos graficas de ondas de voz siendo recortadas para poder ser puestas en la misma línea de tiempo. Dio un pequeño asentimiento cuando todo estuvo listo, y puso play. Las dos grabaciones sonaron al unísono, y los ojos del italiano no pudieron abrirse más. Era el mismo tono, la misma frecuencia, el mismo timbre. Miro a su esposo con terror, en busca de que le negara lo que habia escuchado, que en su análisis hubiese encontrado alguna diferencia que le dijeran que no, las voces no eran de la misma persona, pero el ligero negar del español le confirmó lo que tanto temía. Su estómago se encogió. —Hay una probabilidad del 96% de que la voz pertenezca a la misma persona, se puede considerar que son él mismo hombre Lovi.
—No puede ser...
•••
Sacudió la nieve que habia caído sobre su abrigo durante su caminata con un suspiro. Últimamente se sentía demasiado ansioso en las tardes como para quedarse dentro sin hacer nada, por eso habia decidido empezar a dar pequeñas caminatas alrededor del parque cerca a su casa. Gilbert... no podía dejar de pensar en Gilbert, en su enfermedad, en la existente posibilidad de que sea irreversible, de que no pudiera hacer nada para salvarlo. Su bebé ya tenía cinco meses y desde que cumplió esa marca la ansiedad habia estado empezando a quitarle el sueño en las noches. Su mente no dejaba de atormentarlo con memorias del pasado, su corazón se encogía cada vez que no sentía a su bebe moviéndose en su interior. Tenía miedo. No quería pasar por lo mismo que antes, estaba aterrado de perderlo. Pero sabía que el estresarse y preocuparse constantemente tan solo iba a empeorar las cosas, por eso empezó a salir por aire fresco, caminatas que cada vez se hacían más largas y relajantes, que distraían su mente de los "si" que podría traer el futuro.
Una última mirada al reloj de su muñeca le hizo saber que ya era hora de regresar a casa, de seguro Gilbert no tardaría en llegar de la cita médica a la que le habia negado por completo su petición de acompañarlo. Comenzó a caminar hacia casa con paso tranquilo, y a pocos metros de llegar, se detuvo abruptamente. Alguien estaba ahí fuera. No sabía quién era, pero a medida que se iba acercando podía ir distinguiendo mejor a esa persona, el cabello castaño largo, su porte elegante, su postura... solo por esos pequeños detalles pudo reconocerla. Y de verdad que no quería acercarse, pero... no habia escapatoria. Solo... solo esperaba que fuera rápido. Con paso hesitante se acercó hasta estar a solo pasos de la mujer que continuaba tocando el timbre con cada vez más impaciencia sin tomar en cuenta que no habia nadie.
—Mutter... ¿Qué haces aquí? — la mujer al escuchar su voz volteo enseguida, sus ojos abriéndose con sorpresa, regresando una vez más a la puerta para darse cuenta de que habia estado tocando ese timbre por más de media hora solo para que la casa estuviera vacía. Sus ojos se afilaron ante la pregunta de su hijo y sus brazos se cruzaron con leve irritación.
— ¿No puedo visitar a mi propio hijo? — Roderich solo se encogió de hombros, sacando las llaves de su abrigo para abrir la puerta de su casa y distraer su mente del hecho de que su madre estaba ahí. Su madre a la que no habia visto en un año, a la que esperaba no volver a ver en mucho tiempo, la que odiaba a Gilbert y la que, si no se iba pronto, terminaría viendo a Gilbert. No estaba preparado para eso. La ansiedad comenzó a hacerse camino en su mente una vez más, y lo único que pudo hacer fue abrir la puerta con manos torpes y pasar a paso rápido, señalándole los sillones en la sala antes de escapar hacia la cocina.
— Voy a hacer té, está haciendo frio— esa fue su excusa para escapar del seguro interrogatorio de su madre de porque no se quitaba su abrigo o porque no se sentaba junto a ella a hablar. De verdad que no estaba preparado para ese encuentro, no sabía que decir ni cómo actuar, así que simplemente se dedicó a hervir agua y sacar las hojas de té que Gilbert le habia comprado días atrás.
Su madre lo observaba con una ceja alzada desde la sala, su mirada calculadora recorriéndolo de pies a cabeza para después bajar a su bolso, recordando el motivo por el que habia decidido visitar a su hijo ese día. Suspiró, sabía que, desde el día de su pelea su relación nunca habia vuelto a ser la misma, pero era su hijo, podía sentir cuando algo estaba pasando por su mente, y por la actitud que ahora tenia, estaba ocultando algo. Pero ese no era momento de cuestionarlo.
—Dentro de cinco días va a ser Navidad, los Old Blues* y la CHOBA* están preparando un baile y una cena el veinticuatro. Tu padre va a poder asistir— se acercó dejando un sobre crema con el sello de su familia sobre la mesa de la cocina. —Este año va a ser en el Hotel Andaz, los Beilschdmit y los Zwingli también van a asistir. — extendió el sobre en espera de que su hijo lo tomara, pero Roderich solo negó, sus ojos sin verla.
—No voy a poder ir— respondió con finalidad, sin dar excusa o razón alguna. No podía ni tampoco tenía ánimos de asistir a una de esas reuniones que cada año las familias de sus excompañeros. Sabía que no habría ningún traje que pudiera ocultar su embarazo de cinco meses y, además, su religión no celebraba Navidad. No entendía porque su madre y padre siempre aceptaban la invitación cada año.
—Tu padre te está esperando, Roderich, es inapropiado rechazar su invitación. Puedes llevar a tu pareja, Elizabetha de seguro...
—Ya te dije que no estoy saliendo con ella Mutter— la corto abruptamente, su paciencia corriendo corta con cada palabra que escuchaba. No quería decepcionar a su padre o a Vash, pero en verdad que no quería ir... no podía ir. Además, estaba harto de que la gente asumiera que seguía saliendo con Elizabetha cuando su relación habia terminado hace más de ocho años.
—Pues no has encontrado a nadie hasta el momento ¿Cuándo vas a superar el pasado y rectificarte? Ya tienes 31 años Roderich, no vas a continuar con esta cara para siempre— se acercó poniendo sus dos manos sobre las mejillas de su hijo, sus ojos mirándolo con enojo y desesperación. No siempre iba a estar joven, necesitaba una esposa que este a su lado, que le dé hijos, que siga su religión, que lo haga feliz.
—Hör auf, Mutter (detente, madre)— gritó separándola de un manotazo, sus pies retrocediendo dos pasos hasta topar con la esquina de la mesa. Su respiración estaba agitada, su corazón se iba a salir de su pecho a cualquier momento. Debía calmarse.
— ¡Roderich Edelstein!
—Regrese con Gilbert, meses atrás— delato con la voz más firme que pudo reunir en ese momento, sus ojos subiendo a los azules de su madre sin hesitación alguna. Esta vez nada de lo que diga le iba a hacer retroceder o repensar sus sentimientos por Gilbert. Lo amaba, y diga lo que diga su madre, eso nunca iba a cambiar.
— ¿Qué? ¿De que estas hablando? ¿Después de cómo te dejó? — sus ojos se abrieron con incredulidad y enojo. No entendía cómo es que su madre tenía el nervio de decir eso cuando ella habia sido la persona que más daño le hizo en su vida. Cuando se retiró del ballet habia corrido hacia el para forzarlo a regresar y tomar nuevamente su puesto, no le importó que su cuerpo y mente estuviese en agonía después de perder a su bebé, más bien, fue todo lo contrario. Le dijo que ese era el castigo que Dios le habia dado por todas sus acciones. Y cuando se divorció, ni un solo segundo se dedicó a consolarlo, lo único que hizo fue fregarle en la cara que eso era algo que tarde o temprano pasaría, que Dios al fin lo habia hecho recapacitar. —No, no te lo permito, sabes que está mal, está prohibido— Ella no tenía ningún derecho de decirle que estaba bien o mal, de prohibirle o permitirle hacer nada. Ya no era un niño, ella ya no tenía derecho.
—Hace muchos años dejo de importarme lo que opinaras sobre mi relación. Yo lo sigo amando, nunca deje de hacerlo, y no me importa lo que opines, no voy a dejarlo. —habló con finalidad, su mirada chocando con la de su madre con igual intensidad, porque ninguno de los dos pensaba dar su brazo a torcer.
—Siempre supe que ese hombre era una mala influencia, ¡mira cómo te ha cambiado! — grito señalándolo con enojo. Roderich frunció su ceño aún más de ser posible. Era gracias a Gilbert que ahora podía cumplir sus sueños, que era un pianista reconocido, que iba a tener una familia. Iba a tener un bebé, y por eso, no debía alterarse tanto.
—No quiero discutir ahora, no puedo...— Una pequeña punzada en su vientre le hizo soltar un quejido de dolor. Su bebé le estaba reclamando la excesiva cantidad de emociones que cruzaban por sus venas en ese momento, así que, por eso, intentó respirar. Subió a ver a su madre, su expresión habia cambiado de enojada a preocupada cuando lo vio retroceder con una mueca de dolor, sus manos abrazando su vientre. Suspiró. Tenía que decirle, así ella no lo apoyara, era su madre, tenía derecho a saber. —Estoy embarazado, Mutter...— declaro con su vista clavada en el suelo. Los ojos azules de su madre se abrieron con incredulidad y shock, bajando a su vientre sin poder creer lo que habia escuchado. El silencio invadió la habitación en ese momento. No sabía cómo algo como eso podía ser posible.
—Eso es una abominación...— sus palabras salieron casi en un susurro, pero Roderich pudo escucharlas con claridad, y en ese momento, por mucho que intento mantenerse calmado, sus ojos comenzaron a ver rojo. sus puños se apretaron con tanta fuerza que sus uñas se empezaban a clavar en su piel. ¿Cómo se atrevía? — ¿No te quedo en claro lo que Dios piensa de eso la última vez? ¿Acaso quieres pasar por lo mismo? — esa fue la gota que derramo el vaso. No lo podía soportar más. No iba a permitir que su madre llamara a su bebé una abominación o que siguiera diciendo cosas para lastimarlo.
—Quiero que te vayas— gruñó señalando la puerta de su casa. Su voz pese a que sentía que se iba a quebrar se mantenía fuerte, porque no quería llorar frente a ella, no quería demostrarle cuanto habían calado sus palabras en su interior. Solo quería que se fuera y lo dejara solo de una vez por todas. La orden le llego a su madre como un golpe en el estómago. Nunca se imaginó que su hijo la echara de la casa. Era inaceptable.
En ese momento pudo escuchar el movimiento de las llaves en su puerta y como se abría y cerraba con un pequeño golpe. Roderich mascullo por lo bajo, sabía quién era, y no era el mejor momento para que llegara a casa. No quería que los dos se conocieran, no en esa situación.
— ¡Ahora! — grito sacando a su madre de su estupor, dirigiéndola a la puerta donde esperaba que Gilbert ya no estuviera, que no le hubiese hecho caso por primera vez de quitarse los zapatos antes de entrar a la casa y que estuviera subiendo las gradas a su habitación. Pero ese día no tenía suerte, porque en menos tiempo del que estuvo preparado la escena que habia esperado que nunca pasara se desenvolvió frente a sus ojos. su madre parada frente a Gilbert, sus ojos abiertos en realización de quien era para después fruncir su ceño en asco e ira.
—Tu... tu eres el que transformo a mi hijo en una abominación, igual que tu—grito señalándolo con una mano temblorosa, los ojos de ese hombre eran como los del mismo demonio. No entendía porque su hijo estaba con un hombre así, no podía aceptarlo. Gilbert al escucharla alzo una ceja confundido hasta que la realización de quien era esa mujer frente suyo le cayó y una "o" se formó en su boca antes de ser remplazada por una sonrisa ladina.
—Buenas noches suegra, un placer conocerla— saludó como si no hubiese escuchado las palabras anteriores o como si la mujer no le estuviese viendo con el mayor desprecio del mundo, solo sonrió y extendió su mano para sacudirla con la de la mujer, pero, como ya se lo veía venir, fue rechazado y lo único que hizo fue encender más la furia de esos ojos azules.
—Espero que recapacites pronto Roderich y regreses a brazos de tu madre en vez de a los de ese monstruo—escupió antes de salir de esa casa de pecadores, empujando a propósito al albino que no tambaleo ni un poco y tan solo sonrió más. La puerta se cerró con un golpe tras ella y en ese momento el albino se permitió soltar la carcajada que habia estado conteniendo.
—Vaya, tu madre sí que tiene un carácter— en todos sus años juntos nunca habia conocido a la mamá de Roderich, pero nunca se imaginó a una mujer bajita que apenas le llegaba al pecho con rasgos parecidos a los del austriaco y ojos azules. Verla así de enojada era como ver un chihuahua. Pero su diversión poco duro cuando pudo ver como su pareja se sostenía el vientre con una mueca de dolor en el rostro. —H—hey, ¿estás bien? Sabes que nada de emociones fuertes, Rode— se acercó de verdad preocupado, sus manos enseguida bajando al vientre abultado del menor en un intento de calmar al bebé en su interior.
—T—tut mir leid (lo siento) ...—murmuro apoyando su cabeza en el hombro del alemán cuando sintió esos brazos envolverlo. Necesitaba el contacto, ahora más que nada, porque sentía que si no lo tenía a su lado iba a romper en llanto. Toda la ansiedad y preocupación estaba volviendo a jugar con su mente.
—Está bien— beso su frente para calmarlo, apretándolo más en el abrazo cuando pudo sentir gotas calientes mojando su hombro. En ese momento tuvo ganas de salir tras esa mujer, darle su merecido y gritarle que nunca más se acercara a su Rode, pero sabía que por mucho que quisiera hacerlo era la mamá de su pareja y dudaba que Rode lo aprecie, así que solo se dedicó a acariciar su espalda en un intento de calmarlo. — ¿Estas bien? ¿Dijo algo que te hirió? —bueno, era obvio que sí, pero aun así preguntó.
—No quiero que esto termine como años atrás...— la respuesta lo dejo sorprendido. Enseguida sus ojos bajaron a los violeta del menor, suavizándose al ver el verdadero temor en ellos. Y debía admitir que él también tenía miedo de que las cosas se repitan, de que algo no salga bien, o de no poder vivir lo suficiente para disfrutar de su bebé, pero cuando veía a Rode cada mañana acariciar su vientre con amor, cuando lo veía leer historias para su bebé o tejer pequeña ropa para su nacimiento, todo miedo que tenia se le pasaba. Porque sabía que, pese a todo lo que podría salir mal, habia esperanza, y esta vez estarían más juntos que nunca.
—Hey, no será así ¿ok? Porque ahora estoy aquí para cuidarte, y sé que no vas a hacer nada irracional que pueda dañar al bebé. — tomo el rostro del menor entre sus manos, limpiando las lágrimas que caían de esos ojos que tanto amaba para después unir sus labios en un casto beso que fue correspondido al instante. No tenía sentido preocuparse del futuro en ese momento.
—Danke...—murmuro el austriaco al separarse del beso, la manga de su abrigo subiendo a limpiar todo trazo de lágrimas de sus ojos. La presión en su pecho poco a poco iba desapareciendo y todo debía agradecerle a Gilbert, en verdad no sabía que iba a hacer sin el a su lado.
—Voll gerne— sonrió besándolo una vez más antes de pasar a la cocina con hambre, de verdad que en ese momento podía devorar cualquier cosa, o persona. Pero antes de que su tren de pensamientos pudiera seguir avanzando, sus ojos cayeron en el sobre crema en la mesa de la cocina y regreso a ver a Roderich con una pregunta en sus ojos.
—Vino a dejar una invitación para la reunión de navidad de este año— oh, eso lo explicaba. Pero ese sobre, se le hacía familiar. Sin embargo, una pregunta mucho más importante invadió su mente ese momento.
—Pensé que los judíos no celebraban navidad— murmuro volteando a ver a Roderich con una ceja alzada. En todos los años que habían estado juntos siempre tuvo que forzar al austriaco a celebrar navidad con Lud y sus amigos, además, sabía que su mamá era claramente una extremista, entonces que viniese a dejarle una invitación a una fiesta de navidad definitivamente no parecía cuadrar en sus cálculos.
—No, pero es un evento de los CHOBA* para... socializar— y ahora eso si lo explicaba todo. Siempre olvidaba que su amado y querido Rode habia asistido a la misma escuela de señoritos que Lud, y él también, aunque nunca había asistido porque las invitaciones siempre iban a sus padres primero, y con la relación que tenían había dos escenarios: o sus padres no le enviaban la invitación o él las rechazaba. Y eso le recordaba...
—Pues adivina quien también está invitado— rodó los ojos, sacando el sobre crema arrugado de su bolsillo que Ludwig le habia entregado esa mañana. Ahora sabia porque se le habia hecho tan conocido. Roderich alzo a ver la invitación con sorpresa, sus ojos buscando los del albino en busca de alguna explicación.
—Gilbert, tu...
—Desde hace unos ocho años mis padres no paran de invitarme a esas fiestecitas de mierda, pero nunca he ido. No sé porque siguen insistiendo— explico encogiéndose de hombros. Todos los años habia botado el sobre a la basura sin siquiera tomarse el trabajo de abrirlas. Pero, no sabía que Rode también recibía las mismas invitaciones, nunca se lo habia comentado. Al parecer los dos habían comenzado a botar las cartas a la basura desde que empezaron a salir. Vaya, que ironía. —Siempre me olvidó de que tu familia y la mía son cercanas, aunque dudo que tu madre sepa que soy un Beilschdmit, después de todo mis padres se encargaron de borrarme del árbol familiar— rió rodando los ojos de manera amarga. De no haber sido por sus padres de seguro hubiese conocido a Rode mucho más temprano, se hubiese graduado junto a Antonio y sus amigos y hubiese conseguido un mejor trabajo que un policía de cuarta en el que le tomo cuatro años poder subir al puesto de detective que quería. Todo por ser gay e "impuro".
—Gilbert...— la mano suave sobre su hombro le hizo salir de sus pensamientos, sus ojos bajando a los violeta que lo observaban con preocupación y simpatía. Con una pequeña sonrisa bajo a besarlo para decirle que todo estaba bien, que el tema de sus padres ya no lo afectaba como siete años atrás o como hace veinte años. Al separarse del beso Roderich bajo a ver a la carta que su madre le habia entregado con un suspiro. Sabía que Gilbert estaba en contra de ir, pero... —Mi padre de verdad quiere que vaya. No lo he visto en todo el año y... — empezó a hablar rápido, sus manos juntándose en un gesto nervioso, porque en verdad quería ver a su padre, era importante, pero no quería que Gilbert se sintiera incomodo o forzarlo a ir.
El albino al verlo no pudo suprimir la pequeña sonrisa en su rostro, verlo así era de verdad adorable, pero no quería que se estrese de nuevo por algo como eso, así que lo tomo de los hombros para detenerlo, sus ojos tranquilos chocando con los alterados del menor.
—Entonces iremos, y no le daremos una mierda a lo que piensan los demás. —lo calmó con una sonrisa gigante en el rostro. Sin poder evitarlo unió sus labios con los del menor una vez más, era simplemente adictivo. Al separarse una de sus manos bajo al bolsillo de su chaqueta, palpando ligeramente para asegurarse de que la cajita que habia colectado esa mañana siguiera ahí, intacta. Y eso solo lo hizo sonreír aún más. —Iremos y te presentare ante todos como mi esposo— en ese momento se dio a si mismo el valor para retroceder un paso y caer en una rodilla frente al hombre que amaba, una de sus manos sacando la cajita de terciopelo roja sin rastro de titubeo o duda. Roderich bajo a verlo con incredulidad, sus ojos abriéndose a mas no poder cuando vio la caja, y poco después los dos anillos que brillaban dentro de ella. No lo podía creer.
—Gilbert...
—Roderich Edelstein, ¿aceptarías ser el esposo de este idiota una vez más y por siempre? —su corazón latía a mil por hora. Pese a que ya habia escuchado esa propuesta una vez, de la misma persona, las emociones que recorrían por sus venas eran igual de intensas. Se sentía como la primera vez que escucho esas palabras, y sin darse cuenta, la respuesta ya estaba saliendo de su boca.
—Ja... ja, Gilbert— no pudo detener las lágrimas resbalando por sus mejillas cuando sintió esa extraña pero conocida sensación del metal deslizándose en su dedo. Y cuando bajo a ver la argolla dorada en su dedo anular, la nostalgia lo invadió por completo. Era como si una parte suya hubiese regresado a su cuerpo, era... el sentimiento de euforia era simplemente inexplicable. —Gott, i lieb' di* — lanzo sus brazos alrededor del cuello del alemán cuando se levantó, sus labios uniéndose en un beso apasionado cargado de sentimientos.
—Ich liebe dich, mein edelstein*— Susurró contra su oído, bajando a besar su cuello mientras sus manos se deshacían del abrigo abultado que llevaba el austriaco, tirándolo al suelo sin el menor cuidado posible.
—G—gil— gimió cuando el mayor subió a besarlo una vez más, sus manos fuertes posándose sobre su vientre ahora expuesto.
—Ya se te está empezando a notar más— sonrió arrodillándose frente suyo, sus labios uniéndose con ese lugar donde su bebé estaba creciendo. Ya no podía esperar para verlo, y sabía que Roderich también sentía lo mismo por la manera en la que sus ojos se suavizaron. Pero todo el momento fue interrumpido cuando el timbre de un celular comenzó a sonar en la habitación. Gilbert reconoció enseguida la canción y no pudo evitar soltar un gruñido. Sacó el celular de su pantalón y juro en ese momento que iba a matar a ese infeliz con mal timing—Espera, es mi exjefe— le mando una mirada apologética al austriaco antes de contestar la llamada, llevándose el teléfono enseguida a la oreja.
—Hola, teniente, ¿Cuál es el motivo de su llamada al awesome yo? Kesesese, debe estar curioso acerca de lo que tengo— hablo levantándose del suelo, una sonrisa ladina formándose en su rostro. El ratón habia caído en su trampa y ahora comenzaba el juego final. — ¿Debemos reunirnos? ¿Dónde? Hecho, ahí estaré. Cuando nos encontremos, vamos a hablar seriamente sobre mi retiro. — alzó a ver al austriaco con una sonrisa, notando enseguida la manera en la que su cuerpo se habia vuelto rígido, sus brazos cruzándose sobre su pecho y su ceño ligeramente fruncido.
Roderich soltó un bufido, nunca le habia gustado el trabajo de su esposo, o ¿exesposo? ¿prometido? Agh, pareja, eso era. Nunca le habia gustado el trabajo de su pareja, y no tenía ningún buen sentimiento acerca de esa llamada.
—Gilbert...
—No te preocupes, liebe, no es nada peligroso, kesesese, más bien, diría lo contrario— mintió con una sonrisa, intentando no preocuparlo. Si, sabía que mentir estaba mal, pero tal como lo habia dicho durante la llamada, era su última vez en una aventura antes de hablar seriamente sobre su retiro de todo el mundo del crimen, persecuciones y adrenalina. —Ahora, ¿Qué bebé extrañó a papá? — el tono de su voz se volvió infantil en cuestión de segundos, sus rodillas cayendo hasta estar frente a frente con el vientre de su ahora prometido. Sus manos subieron a acariciar ese lugar, sintiendo los pequeños movimientos y pataditas con fascinación. —Mami también me extrañó, ¿verdad? — subió a mirar al menor con una sonrisa al notar como sus mejillas se volvían rojas ante el nombre.
—No me llames así, idiota— nunca le habia gustado que Gilbert le llamara "Mami", pero el albino siempre parecía salirse con la suya, porque cada vez que se molestaba por ese nombre subía a besarlo con tanta suavidad que sentía sus piernas fallar. Y esta vez no fue nada diferente. —Sí, te extrañé— aceptó al separarse del beso, su cabeza cayendo contra el hombro del alemán para sentir su aroma más cerca. Solo el poder sentirlo hacia que su cuerpo se relajara por completo, aunque eso nunca lo admitiría.
—Gott, si pudiera te daría otro hermanito, aquí y ahora, Liebe— esas palabras contra su oreja hicieron un escalofrió recorrer todo su cuerpo.
—Gilbert— se separó del abrazo para subir a verlo, encontrando en sus ojos una lujuria que lo hizo estremecer. Soltó un jadeo ahogado cuando labios chocaron una vez más con los suyos, su mente volviéndose una nube de pensamientos incoherentes. Sus hormonas estaban volviéndose locas y lo único que quería hacer en ese momento era sentirlo.
— Voy a hacerle sentir bien a Mutti, así que duerme, mein Schatz*— hablo acariciando su vientre con suavidad antes de mover sus manos a su espalda y bajar a apretar su trasero. Un jadeo salió de su boca al sentirlo, los colores subiéndose enseguida a su rostro y la sangre bajando sur. Pero en ese momento, la poca racionalidad que le quedaba lo golpeo. Su bebé...
— ¡G—gilbert! No hagas eso, idiota. No podemos, el bebé...— intento detenerlo y alejarlo, pero Gilbert no retrocedió un poco, sus labios seguían besando y chupando su cuello mientras sus manos masajeaban sus muslos sin pudor alguno.
—Vamos, los doctores no han dicho nada en contra, más bien, es bueno hacerlo— lo calmo besando sus labios de manera casta, sus manos deteniéndose tan solo un rato para asegurarse de que Roderich quisiera seguir, pese a que por la manera en la que sus pantalones se habían abultado y el oscuro sonrojo en su rostro era claro. —Sabes que lo amas— lo molesto pinchando una de sus mejillas mientras su otra mano continuaba masajeando su espalda baja, sus dedos apretando esos muslos bien formados que se habían suavizado tan solo un poco por el embarazo, pero eso no le hacía desearlo menos.
—Nein— negó desviando su mirada al suelo. Su rostro estaba ardiendo, pero no lo admitiría. No admitiría que estaba igual de excitado que el alemán, mucho peor que amaba tener sexo. Porque no era verdad... no siempre.
—Doch
—Nein
—Doch
—N—nein...— su voz tembló cuando Gilbert volvió a apretar su trasero, esta vez con más fuerza e intención. Eso era trampa. Pero cuando esos labios bajaron a los suyos, no se pudo negar más.
—Vamos a tu cama, tenemos un compromiso que celebrar— esas palabras fueron lo único que necesito para romper por completo toda su resistencia y echar sus brazos alrededor del cuello del alemán para unirse en un beso cargado de pasión y lujuria. Lo necesitaba.
—Ja, Ja voll...*
•••
Una vez más revisó el mensaje en su celular, la fecha, hora, dirección, todo coincidía a donde estaba en ese momento, pero no habia señal alguna del hombre que lo habia citado allí. Además... algo se sentía raro. Tsk, ya habían pasado cinco minutos de la hora acordada, odiaba la impuntualidad. Por enésima vez giro mirando todo su alrededor, los árboles del desierto parque en la calle del frente, los otros arboles del sendero ecológico tras suyo, la gigantesca calle por la que fácilmente podían pasar cuatro filas de carros, pero estaba completamente abandonada. Ni siquiera una maldita mosca venía a molestarlo.
— ¿Por qué iba a querer verme aquí? Es demasiado tranquilo y bueno para golpearme la nuca— mascullo rodando sus ojos, se estaba comenzando a impacientar. El ringtone de su celular le saco de su miseria ¡Al fin algo de ruido! y antes de que pudiera ver quien era, lo contestó. Porque después de todo ya lo sabía y la voz a través de la línea solo sirvió para confirmarlo. — Estoy aquí, ¿Dónde estás? —Fue directo al punto, sus ojos moviéndose por el lugar al que lo habia llamado, esperando encontrar a ese hombre que podía hacer su estómago revolverse con tan solo una mirada. Las palabras a través de la línea sonaban tan calmadas y limpias, el sonido del viento o movimiento ausente, pero no le dio mucha importancia— ¿Qué cruce la calle? Hmmm, de acuerdo— algo le sonaba mal ahí, pero solo se encogió de hombros y espero a que el semáforo cambiara a verde antes de comenzar a caminar, sus pies arrastrándose sin ánimo alguno en el concreto — ¿Así que donde estas? — no veía a nadie. Pero, a lo lejos, podía escuchar algo, algo que, oh si, que no era nada bueno. Sus ojos cambiaron del parque a la carretera que aún estaba a medio de cruzar, y se paralizo.
—Por la grandísima...— un camión se estaba acercando a toda velocidad en su dirección, el sonido apenas notable del motor ahora estaba tan cerca que empezaba a ensordecerlo y solo una palabra y un pensamiento surcaba su mente. Estaba jodido. Intento retroceder, correr, pero su maldito cuerpo habia escogido ese momento para paralizarse. Todo mientras esa monstruosidad se acercaba más y más sin intención alguna de detenerse. Cerro sus ojos, no, no podía ser el fin. Y entonces escucho el derrapar de llantas en el asfalto, el frenar abrupto del auto y dos metales chocando. Sus ojos se abrieron con incredulidad y una mezcla de sorpresa y horror al notar un Ferrari rojo ser empujado por el camión, deteniéndose a tan solo milímetros de su cuerpo. Y la persona ahí, la reconocería en cualquier lado. — ¡Antonio! ¿Estás bien? — grito volviendo enseguida a sus sentidos, un par de ojos verdes subieron a verlo con una sonrisa, su respiración agitada aun por la adrenalina del momento.
—Todo bien, tío, todo bien...— le negó importancia con un movimiento de su mano, mirando con una sonrisa nerviosa la parte "no tan afortunada" del auto que habia recibido el golpe y ahora estaba parcialmente hundida. Ah, Lovi sí que lo mataría.
—Ese maldito...— sus ojos subieron de los verdes a ese hombre que hace pocos segundos habia intentado hacerlo papilla contra el suelo y ahora intentaba salir del vehículo y escapar. Oh sí que no lo dejaría. Enseguida, con la adrenalina en sus venas corrió hacia ese hijo de puta encapuchado y lo tomo del hombro antes de que pudiese comenzar a correr, pateándolo en la espalda para mandarlo al suelo y cortar todo intento de ataque o escape de ese hombre.
— ¿Llamas a esto un evento? — escucho la risa agitada de Antonio acercándose a pocos metros a paso rápido, su cabello y ropa tan desaliñados que de seguro Lovino no tardaría ni un segundo en sospechar lo que habían hecho. Pero, después de todo, le habia pedido permiso para tomar prestado a su marido. —Wow, hace mucho que no habia sentido tanta adrenalina— jadeó arrodillándose a lado de gilbert y pasándole los dos aros de metal de su chaqueta que hizo al albino alzar una ceja en cuestionamiento y diversión.
— ¿Por qué tienes esposas?
—Son de Lovi, las tome cuando se quedó dormido con Cami— explico con una sonrisa orgullosa y divertida en su rostro. No le habia tomado nada de tiempo encontrar la pequeña caja bajo la cama y sacar el par de esposas mientras su esposo dormía profundamente con su recién nacido. De paso, incluso pudo sacar un par de fotos para agregar a su álbum.
—Kesesese, quien diría que el lindo Lovi tendría ese fetiche— Gilbert soltó una carcajada, chocando su hombro cuando termino de ajustar bien el par de esposas en las manos del hombre que se retorcía bajo su pie. Antonio al escucharlo rio de igual manera.
—No te lo imaginas— Su vida sexual con Lovi era todo menos aburrida, y por mucho que su esposo lo negara, sabía que el roleplay de ladrón y policía era el que más lo encendía. El albino volvió a reír y después bajo a agarrar el cabello del maldito que habia intentado atropellarlo, girando su cabeza para verlo a la cara de una maldita vez por todas. Tsk, lo habia visto antes, de reojo, y apenas era una corazonada, pero sabía que intentar atropellarlo no era lo único que ese bastardo habia hecho.
—Tu, me golpeaste también en la cabeza antes ¿verdad? — la manera en la que sus ojos se agrandaron por breves segundos y su forcejeo se volvió aún más fuerte le dijo todo. Si, ese maldito bastardo era el responsable. Tenía ganas de devolverle el favor, pero justo en ese momento la policía llego y se llevaron al imbécil. Se levantó, pegando un pequeño suspiro para bajar el humo de rabia de su cabeza y se acercó a su mejor amigo, dándole una palmada en el hombro —De todos modos, hemos creado evidencia, mein Freund— sonrió ladino, lanzando una última mirada a ese maldito que ahora pasaría unos buenos años en la cárcel.
Antonio suspiró, sus ojos fijos en el carro que su esposo amaba como si fuera su hijo, definitivamente tenía que mandar a reparar el Ferrari antes de que su amor notara que no estaba en el garaje o si no, iba a estar en serios problemas. Ahí se iba la mitad de su sueldo…
—No se lo digas a Lovi— rio a medias, pasando su brazo por los hombros de su amigo. Más de diez mil libras se le iban a ir en las reparaciones del carro de su esposo, pero bueno, todo había valido la pena.
—Tú no se lo digas a Rode— si, había valido la pena. Su último gran caso antes de retirarse por completo del mundo del crimen y comenzar una nueva etapa con el amor de su vida.
—Vamos por unos tragos tío, que esto está para celebrar— gritó emocionado, palmeando su espalda con más fuerza de la necesaria. No había salido a tomar con su mejor amigo en mucho tiempo, y sabía que ahora que estaba en el mundo de la paternidad sería menos probable, así que, ¡a disfrutar mientras se podía!
—Hurra, ya me hacía falta una buena cerveza— apoyo Gilbert a su entusiasmo, sonriendo de oreja a oreja a la par con su amigo. Pero fue cuando comenzaron a caminar que sintieron los estragos de todo lo que acababa de pasar. —Mi cadera— se quejó llevando una mano a su espalda baja con una mueca de dolor. El estar arrodillado tanto tiempo no había dejado buenas consecuencias a su cuerpo.
—Aah, mi cuello— el dolor sordo recorriendo desde su nuca hasta su hombro lo hizo estremecerse. Al parecer el choque si lo había afectado. Ya no estaba en la edad para hacer cosas así de riesgosas y salir totalmente bien de ellas.
—Ya estamos viejos...
—Tienes razón, somos un par de viejos— ambos soltaron una carcajada, tal como en los viejos tiempos cuando eran tan solo un par de adolescentes intentando disfrutar su vida al máximo. Y ahora ahí estaban, la misma adrenalina, la misma emoción, la misma amistad. Y ambos sabían que así estuviesen calvos y arrugados, seguirían haciendo locuras como siempre.
—Pero eh, viejos guapos— señaló Gilbert guiñando con diversión. Antonio río una vez más. Era verdad, estaban más buenos que el vino, mientras más añejo mejor.
—Oh, si, muy guapos— las risas y empujones no cesaron hasta que subieron al Ferrari sin importar que el parabrisas estaba destrozado, una de las puertas ya no se abría y que el lugar donde el carro había sido golpeado estaba ligeramente hundido, hasta que ambos cayeron en un pequeño detalle. —Rusell...
—Si, Rusell... debemos ir a arrestar a ese hijo de puta...
—Y después los tragos...
—Si, después los tragos...
•••
Entro a su oficina dando un portazo sin cuidado alguno, sus manos temblorosas golpeando los números en el teclado de su celular para después llevárselo a la oreja cuando empezó a timbrar. Debía contestar, esa maldita p**a debía contestar. No le podía hacer lo mismo que el imbécil de su esposo, no iba a caer solo.
— ¿Alo? — la voz a través del teléfono solo hizo que su sangre hirviera aún más, no se sintió aliviado, ni un poco. Solo un pensamiento recorría su cabeza. Si tan solo lo hubiese asesinado con sus propias manos cuando tuvo la oportunidad. Ahora ese maldito habia atrapado al idiota al que le habia dado una segunda oportunidad para hacer su trabajo, un trabajo tan simple como respirar.
—El fiscal Jones no contesta justo en este momento— grito histérico a través de la línea, sus dedos golpeando con más fuerza de la necesaria la clave de la caja fuerte donde guardaba todo el dinero. Tenía que huir.
— ¿Qué pasó? —la mujer sonaba perpleja y confundida y se quiso reír. Estaba pasando lo que menos querían que pasara.
—Ahora que las cosas se tornan así, no voy a caer solo, así que será bueno que se comunique con él y haga algo al respecto— gruñó apretando la mandíbula. Mas le valía buscar la ayuda de su esposo, que el Fiscal los ayude a huir del país y ocultar sus crímenes. Porque él podía hacer eso, sabía que él podía. Pero el Fiscal Jones era una de las personas más egoístas que habia conocido en su vida.
Antes de que pudiera decir nada más, la puerta de su oficina fue abierta y vio pasar al hombre que nunca espero odiar tanto en su vida. Esos ojos carmesí lo miraron triunfantes, y a esos le siguieron unos verdes que reconocería en cualquier lado. Antonio Fernández Carriedo. Entonces, supo que no iba a poder hacer nada. dejo su teléfono sobre la mesa, la llamada sin colgar, y cuando tras ellos, cuatro policías entraron, solo pudo maldecir. Maldecir a ese hombre que odiaba, que le habia arruinado la vida, que deseaba haber matado. Gilbert Beilschdmit.
—Teniente Russell, por intento de asesinato, destrucción de pruebas, interferencia con la función pública y otras mierdas más que solo Antonio sabe que están en la ley, quedas bajo arresto. — y cuando pudo detectar la burla en su voz, tuvo que controlarse para no echarse a molerlo a puños. Gilbert al ver su reacción solo sonrió más, volteando a ver a Antonio con un "Ganamos" en sus ojos.
— ¿Quiere que le diga todos los cargos detallados? —sonrió el español agitando ligeramente el libro de leyes en sus manos, el libro que parecía igual de grueso que una enciclopedia y era tan pesado como Camillo. Se sabía casi todo el libro de memoria, pero ver los ojos afilados del teniente bajar a él fue demasiado satisfactorio como para hacerlo valer la pena. Ese hijo de puta iba a pagar por haber intentado asesinar a su mejor amigo y quitarle el puesto a su esposo.
—No hagas que el abogado empiece su discurso, solo ve, sálvanos a todos de la media hora de aburrimiento— señalo a los policías tras suyo para que apresaran a ese viejo de una vez por todas. Y tal como habia querido, el maldito no puso oposición alguna, sus asquerosos ojos manteniéndose en los suyos con tanta ira que quiso reír.
—Hey— lo codeó Antonio rodando los ojos fingiendo estar ofendido, pero en realidad, hace muchos años se habia acostumbrado a que Gil señalara su trabajo de abogado como "poco awesome".
—Lo siento Toño, pero la ley es aburrida— se encogió de hombros con una risilla para después pasar su mano por los hombros de su mejor amigo, sus ojos topándose con los esmeralda con un solo mensaje en ellos. Era hora de los tragos.
•••
Emily se quedó congelada en su lugar al escuchar todo lo que habia pasado. El teniente Russell estaba preso y sabía que ahora iban a ir tras ella. Tenía que huir. No, Alfred... tenía que ocultar a Alfred. No podía dejar que le quitaran a su hijo. Todo estaba acabado para ella, pero para Alfie... el aún tenía un futuro, aun podía salvarlo.
Saliendo de su trance, se sacó la bata del hospital con rapidez y se fue sin importar que tuviera una lista de pacientes que atender ese día, lo único que le importaba en ese momento era su hijo.
Condujo, saltándose cada semáforo en rojo que pudo porque no le importaba, y cuando llego al conjunto de departamentos solo rogo que Alfred estuviera ahí.
Cuando entró y notó las luces encendidas pudo dar un suspiro de alivio, pero no se detuvo en ese hecho, tenía que seguir rápido, alistar las cosas para que Alfred se fuera, viajara fuera del país donde nadie pudiera hacerle daño.
— ¿Mamá? —la pregunta apenas se registró en su cabeza, pero no se detuvo a voltear a ver ni a explicar nada. Debía apurarse. Sus pies lo llevaron directo a la habitación de su hijo, suspirando cuando vio una maleta de viaje pequeña recién hecha, pero no era suficiente. Se acerco al armario y saco de ahí la maleta de viaje grande, abriéndola sobre la cama y tirando todos los contenidos de la anterior maleta dentro sin el menor cuidado alguno. Solo podía pensar una cosa. Tenía que apurarse. Saco todos los abrigos y pantalones de su hijo, sus manos temblando mientras intentaba deshacerse de los armadores para meter la ropa en la maleta. — ¿Qué estás haciendo? — una mano sobre su muñeca la detuvo, pero lo aparto enseguida, sus ojos sin subir a los confundidos de su hijo que observaba todo sin saber qué diablos se habia metido dentro de su madre para que empezara a actuar de esa manera. Su cuarto estaba hecho un desastre, la ropa y armadores tirados en su cama y en el suelo, todos sus cajones abiertos y su closet vacío de toda prenda que poseía. ¿Qué rayos...?
—Alfred, tienes que regresar a Estados Unidos ahora mismo
— ¿Qué? —esas palabras lo hicieron retroceder un paso, su mente aún más confundida que antes.
—Conoces el hospital de Massachussets en Boston ¿no? Quédate ahí un tiempo— no tenía sentido. Lo que estaba diciendo era una locura.
— ¿Por qué tan de repente? —no podía esperar que simplemente dejara toda su vida atrás, su trabajo, sus amigos, Ivan, todo en cuestión de minutos y sin aviso previo. Era una locura, estaba loca.
— ¡Solo haz lo que te digo, Alfred! — ese grito le hizo pegar un respingo, sus hombros encogiéndose en shock. Su madre nunca le gritaba de esa manera. Esos ojos azules habían alzado a verle con tanta ira y desesperación que su estómago se revolvió. Entonces, un sabor amargo invadió su boca.
— ¿Qué está pasando ahora madre? —pregunto intentando mantener la calma en su voz. Porque todo tenía sentido. Si su madre estaba actuando así de frenética entonces...
—Alfred, no preguntes nada, solo haz lo que te digo, por favor, te lo estoy pidiendo— Lo habían descubierto todo. De alguna manera la policía habia descubierto lo que su madre habia hecho, lo que él había hecho. Y por eso su madre quería que se fuera a Estados Unidos. Quería que huyera.
—Está bien, voy a hacer lo que me digas que haga— accedió con una expresión amarga, una de sus manos tomando la de su madre para detenerla. —Así que, por favor, cálmate. Voy a empacar yo— le aseguro con una sonrisa forzada, pero, eso fue lo único que le basto a su madre, lo único que tuvo que hacer para que la mujer soltara un suspiro roto y cayera rendida sobre su cama, su rostro hundiéndose entre sus manos porque todo estaba saliendo mal. En ese momento una de sus manos bajo a acariciar su hinchado vientre en un intento de calmar a su bebé, y mientras guardaba su ropa, lo único que se seguía repitiendo en su cabeza era que todo iba a estar bien.
Y cuando ya hubo empacado todo y metido la maleta en su auto, cuando estaba ahí, en el garaje frente a su madre con las llaves apretadas en su puño, la realidad de lo que iba a hacer le cayó por completo. Estaba a punto de dejar todo atrás, su madre, Ivan... iba a dejar a Ivan, no lo iba a volver a ver en mucho tiempo. Quería llorar, pero debía mantenerse fuerte para no preocupar a su madre.
—Llámame cuando llegues al aeropuerto— lo único que pudo hacer en ese momento fue asentir, pero las palabras que siguieron y las manos sobre su vientre terminaron rompiendo su compostura. —Envíame fotos cuando nazca, ¿sí? — las lágrimas comenzaron a resbalar de sus mejillas y en ese momento se lanzó a los brazos de su madre, apretándola en un abrazo que quería recordar para siempre. Su calidez, su aroma, su voz, no quería olvidarla. Pese a que habían peleado y las cosas entre ellos aun no estaban bien, no quería dejarla.
Tenía miedo. Tenía miedo de lo que iba a hacer, de la decisión que habia tomado. Pero se forzó a separarse del abrazo y dar una sonrisa. Se forzó a subirse al auto y no mirar atrás. Tenía que llamar a Lovino. Con las manos temblorosas busco el contacto del italiano en la pantalla de su automóvil y llamo enseguida, el timbre del teléfono resonando por todos los parlantes. Y cuando escucho la conocida voz en la otra línea, respiro profundamente dos veces antes de responder.
—Detective Vargas, habla Alfred Jones. Me gustaría pedirle un favor...
Cuando termino la llamada, su cabeza estaba dando vueltas. Tenía ganas de parar el auto y vomitar, de correr y olvidar lo que estaba a punto de hacer, obedecer a su madre e irse a Estados Unidos. Pero no era lo correcto, y sabía que no iba a poder seguir viviendo consigo mismo si no hacía lo correcto. Tenía miedo. Y cuando el semáforo se puso en rojo, sus ojos bajaron una vez más a la pantalla de su auto y cayeron en ese nombre que podía hacer su corazón detenerse en segundos.
"Vanya..."
Tenía que decirle a Vanya, hablar con él. Era lo correcto, era lo que debía hacer, por su bien y el de su bebé. Por eso se dio valor a sí mismo para aplastar el símbolo de llamar y esperar los tortuosos veinte segundos a que el ruso contestara.
—Fredka, ¿sucede algo? —su voz sonaba distante y cansada, sabía que hoy tenía turno de noche, y de seguro estaba con algún paciente, pero solo quería escuchar su voz, una vez más. Tenía que explicarle lo que iba a hacer, él tenía derecho de saberlo.
—Vanya yo... voy a irme lejos por un tiempo ¿sí? Pero... voy a regresar, definitivamente, voy a regresar— sonrió pese a que sabía que el mayor no lo podía ver, su voz cayendo en un susurro cuando empezó a romperse.
— ¿Qué? Fredka ¿De qué hablas?
—Tal vez no me dejen salir de ahí por mucho tiempo, pero podrás ir a visitarme, y quiero... quiero que vengas cuando nuestra bebé nazca, quiero que te hagas cargo de ella, prométeme que vas a cuidarla— su voz se quebró por completo en ese momento, pequeños sollozos involuntarios saliendo libres sin su permiso. Sus lentes estaban tan empañados que ver la carretera se le estaba haciendo difícil, y pese a que quería detenerse, parar y vomitar todos los contenidos de su estómago que estaban haciendo la bilis subir a su garganta, continuó.
—Alfred Jones, ¿de que estas hablando? — la voz del ruso habia pasado de confundida a preocupada. El sonido de una silla moviéndose, pasos y disculpas masculladas se escucharon a través de la línea, pero no les dio importancia. Cuando el semáforo se lo permitió, bajo a ver a su vientre, su mano acariciando al pequeño ser en su interior con cariño y una disculpa. Pero, tenía que hacer lo correcto.
—Yo... siento que es una niña, estoy casi seguro de eso, así que prométeme que vas a cuidar de nuestra hija— pidió con voz suave, sus ojos subiendo una vez más al semáforo cuando cambio a verde y pudo continuar. Ya le faltaba solo una calle, una calle para dar por completo su libertad, para revelar todo.
— ¡Alfred!
—Voy a entregarme a la policía Vanya...
•••
Lovino entro a la comisaria casi pateando toda puerta que se pusiera en su lugar, sus pasos frenéticos dirigiéndolo a un lugar que ya conocía por memoria, ignorando todas las miradas extrañadas de sus ex compañeros de trabajo. Tras recibir la llamada de Alfred había tenido que ir a dejar a Camillo con su hermano y el idiota macho patatas y correr hacia la comisaria lo más rápido que su cuerpo postparto se lo permitía. No podía creer lo que estaba pasando, se negaba a aceptar que Alfred... que Alfred estuviese dentro de ese cuarto de interrogación. Sus nervios al llegar a la puerta se duplicaron. No sabía cómo enfrentarlo, que decir, pero se forzó a si mismo a entrar. Cuando esos ojos azules chocaron con los suyos la realidad de lo que estaba pasando lo golpeo. Oh Dio...
—Pensé... que sería mejor contigo aquí cuando me entregara... — En ese momento, al otro lado, Francis fue dirigido por dos policías a la puerta contigua que se unía por un espejo por donde podría ver y escuchar todo lo que se hablara dentro del cuarto de interrogación. Hace diez minutos le habían llamado diciendo que se encontró al culpable del choque y fuga de su hermano. Sin dudarlo ni un segundo salió de su casa y se dirigió a la comisaria, esperando ver de una vez por todas al hijo de puta que le habia hecho eso a su hermano, que habia huido como un cobarde, pero la persona que encontró al otro lado del espejo lo dejo en shock. Su mandíbula cayo y sus ojos se abrieron y cerraron sin poder creer lo que estaba viendo. No podía ser verdad.
—Hace quince años, el que conducía el coche que golpeo al hermano de Francis Bonnefoy y huyo... fui yo— Lovino dejo escapar el aire que sin darse cuenta habia estado conteniendo, sus ojos bajando a la hoja de papel arrugada entre su mano donde se suponía que debía estar anotando, pero... no podía creerlo. —Temprano en la mañana del tres de febrero hace dieciséis años estaba regresando de Oxford y un chico estaba en la intersección de Webber Street y Blackfriars Road, yo fui el que lo golpeó. Estaba muy asustado, y por eso... lo dejé en la calle y hui. — No podía ser. Francis no pudo quitar sus ojos de esa persona, de Alfred. Todo ese tiempo... —Afortunadamente, Matthew Bonnefoy salió bien de la cirugía con el doctor Scott Kirkland. Si no hubiera pasado nada más... se habría recuperado. — su voz tembló, por mucho que intento controlarla, no pudo. Sus ojos bajaron a sus manos, no podía ver a Lovino a la cara y no sabía cómo iba a poder hacerlo después de lo que iba a confesar. —Francis, Arthur y Scott, esto es lo que todos ellos saben. Scott Kirkland le quito la máscara de oxígeno a Matthew Bonnefoy y lo mató cuando él se estaba recuperando... para darle los ojos a Arthur. — la pluma cayó en ese momento de sus manos y sus ojos se agrandaron a más no poder. Todo tenía sentido ahora. La manera en la que Arthur habia llegado a su casa, la separación, por qué habia perdido la vista. No lo podía digerir. —Pero eso es diferente al hecho...— en ese momento Francis dio un paso al frente, acercándose aún más al vidrio que los separaba porque ¿Qué demonios estaba diciendo Alfred? —Él fue asesinado por una inyección de tetrodotoxina— Lovino lo miro perplejo, sus ojos abriéndose a mas no poder, porque al parecer ese caso estaba más jodido de lo que se habia esperado.
—Alfred, ¿de que estas hablando? ¿Quién administro la tetrodotoxina? — en ese momento sus ojos subieron al lugar donde sabía que Francis los estaba escuchando y lo dijo, las palabras que firmarían su sentencia.
—Fui yo...
—Alfred, estas confesando un asesinato ahora, no un golpe y fuga— su voz sonó histérica, y en realidad estaba en ese punto en el que no sabía si reír o llorar de lo irónico que era todo.
—La condición de Matthew Bonnefoy empeoro súbitamente y tuvo un paro repentino, eso... fue mi culpa. La tetrodotoxina que se utilizó no se encontró en la autopsia, así que no habia pruebas. —Francis sintió que sus piernas iban a fallar en ese momento. Miles de "no" se repetían en su cabeza, sus ojos buscando en los azules del estadounidense desesperadamente alguna señal que le dijera que todo era una broma.
—Pensé que podrías ser culpable del golpe y fuga, ¿pero esto? Maldizione, Alfred— gruño enterrando su cabeza entre sus brazos. Todo era una locura, su cabeza iba a explotar. Esa persona a la que incluso habia considerado un amigo por tantos años no podía... él no era capaz de ser un asesino.
—Alfred Jones, quedas bajo arresto por el asesinato de Matthew Bonnefoy— sentenció levantándose de su lugar, caminando hacia el americano con el par de esposas en sus manos, y fue en ese momento, cuando lo vio levantarse sin su típico abrigo o su bata, que noto su vientre. Sus ojos subieron a los azules en una pregunta silenciosa cuando le puso las esposas, y el solo asintió. Una vez más el aire se atascó en su garganta, y sus manos temblaron. Porque Alfred era su amigo, y no podía... no podía meterlo a prisión cuando estaba esperando un bebé, era... no era correcto, maldizione. Pero no podía hacer nada.
Cuando salió de esa habitación con Alfred sintió que sus pasos eran de acero, su cuerpo se sentía tan pesado y no quería continuar, no quería entregarlo a las autoridades en esa condición. No quería creer que Alfred hubiera sido capaz de hacer todo lo que habia confesado, de asesinar a alguien a sangre fría y vivir como si nada hubiese pasado.
— ¡Alfred! ¿Que fue todo eso? — ambos se detuvieron cuando Francis salió del cuarto donde lo habia visto todo, sus ojos fijos en los del estadounidense en busca de que dijera que todo era una maldita broma, que no habia asesinado a su hermano.
—Imposible— sus puños se apretaron a sus lados y en ese momento una inmensa ira lo invadió. Una ira que no pudo controlar y sin saberlo ya lo estaba tomando del cuello de la camiseta, estampándolo contra la pared de la comisaría. Pero Alfred no hizo ningún intento por alejarlo o defenderse, solo bajo su cabeza y acepto todo lo que fuera a venir en su camino. Antes de que Lovino pudiera intervenir y separarlos, lo soltó, retrocediendo con paso torpe, su cabeza negando repetidamente. —Tú no eres ese tipo de persona Alfred— sus ojos empezaron a humedecerse, y cuando menos lo supo, las lágrimas ya estaban mojando su rostro.
— ¡NO! — Los tres regresaron a ver enseguida al escuchar ese grito agudo al principio del pasillo, sus ojos cayendo en la mujer parada allí, su cartera golpeando el suelo al notar las esposas en las manos de su hijo. Sin pensarlo dos veces corrió hacia él, arrancándolo del agarre de Lovino para ocultarlo tras su cuerpo. No iba a dejar que se lo quitaran, no podía dejar que se llevaran a su hijo. —Está mintiendo, todo lo que dijo es una mentira. Yo lo hice. Estoy diciendo que yo lo hice. — grito histérica, sus ojos buscando los del detective para mostrarle que estaba diciendo la verdad, que su hijo era inocente.
— ¡Mamá! —no, no, no ¿Qué hacia ella ahí? ¿Por qué habia venido? Se supone que ella debía estar en casa.
—Para encubrir el accidente de Alfred... para detener a Matthew Bonnefoy de delatar a Alfred, yo lo asesiné. Si le preguntas al Teniente Rusell te darás cuenta de que todo lo que digo es verdad, de que mi Alfred no lo mató— en ese momento Francis se dejó caer contra la pared, sus manos yendo a su cabeza en un intento de detener el dolor punzante que se estaba haciendo paso. No tenía sentido, nada de eso. Era una locura.
—Mom, please...— rogo que se detuviera, que se fuera de allí y lo dejara enfrentar su sentencia, pero ella solo lo tomo de los hombros, sus ojos empapados de lágrimas buscando los suyos para hacerlo entrar en razón.
—Alfred, no fuiste tu ¿Por qué lo harías tu? Alfie, mi pequeño Alfie nunca haría nada como eso, no fuiste tú, no fuiste tu hijo— repitió frenéticamente, su cabeza negando una y otra vez y sus brazos subiendo a apretarlo contra su pecho de manera protectora. Alfred solo escondió su rostro en su pecho y comenzó a llorar, las hormonas y el mar de sentimientos haciéndole imposible calmarse. —No fuiste tú, no fuiste tu...
•••
Solo Dios sabía cuánto necesitaba un cigarrillo después de todo lo que habia pasado. Su cerebro aun no podía procesar todo, era una locura. Necesitaba fumar, pero sabía que por Camillo no podía hacerlo, no cuando aún lo estaba alimentando con leche materna, cazzo. Salió al patio de la estación a respirar aire frio y congelarse las pelotas, pero era mejor que quedarse allí dentro escuchando todas las locuras de ese caso que por tantos años habia intentado resolver junto con Gilbert. En ese momento, vio como el estadounidense salía del edificio a paso lento, su cabeza gacha y sus ojos clavados en el suelo. Maldizione... Alfred. No tenía ni idea de cómo el americano se pudiera estar sintiendo en ese momento, pero era todo menos bueno.
— ¿Ya te vas? —pregunto cuando lo tuvo más cerca, el sonido de su voz haciendo que los ojos azules alzaran a verlo sorprendidos. De seguro el bastardo no esperaba encontrarlo ahí.
—Si. Yo... ni siquiera pude recibir el castigo que quiero...— sus palabras sonaron tan suaves y rotas que en realidad supo que el menor estaba todo menos bien. Y no verlo bien lo irritaba porque no sabía cómo consolarlo, y quería consolarlo, por simpatía y porque su maldito lado maternal estaba a flote 24/7.
—Pues, así es la ley— se encogió de hombros, no sabía que más decir ante eso.
—No sé mucho sobre ley, pero mi arrepentimiento será eterno. Gracias por todo, y lo siento...— se disculpó una vez más con la cabeza gacha. Lovino solo negó, no tenía por qué disculparse con él. Pero entonces, sus ojos cayeron una vez más en el vientre ahora cubierto por un grueso abrigo, y no pudo evitar preguntar.
—Alfred, tu... ¿desde cuándo? — una de las manos del rubio bajo a posarse sobre su vientre, sobre el bebé que estaba creciendo en su interior, sus ojos suavizándose inmediatamente.
—Cuatro meses— ¿Cómo es que no lo habia notado en cuatro meses? Además... ese significa que, cuando hablo con Alfred acerca de Arthur él ya estaba... Dio. No sabía que pensar. Además ¿Quién? —G—gosh...Ivan me va a matar— alzo a ver a Alfred con una ceja alzada en confusión, notando como se volvía blanco como un fantasma de repente y mordía su labio con preocupación. ¿Ivan?
—Fredka— en ese momento pudo ver como un hombre alto, de cabellos rubios cenizos y ojos violeta intimidantes se acercaba a ellos con un aura que podía ser todo menos buena. El verlo acercarse a zancadas le hizo querer huir de ahí y ocultarse. Mierda que daba miedo. Pero su pregunta de quién era Ivan estaba al fin contestada al ver como Alfred parecía intentar hacerse más pequeño, sus ojos huyendo a esos violeta que lo miraban furiosos.
—Vanya... lo siento, yo...— el ruso lo corto abruptamente, su mano subiendo a apretar su hombro para obligarlo a alzar a ver. Oh sí que estaba enojado, y decir enojado era poco.
— ¿Cómo se te ocurrió hacer eso? ¿sabes en el peligro que te hubieses puesto? ¿sabes en que peligro hubieses puesto al bebé? —reclamó dejando libre toda la angustia y desesperación que habia estado invadiéndolo desde que escuchó esa llamada. Pensó que lo iba a perder, que no iba a poder estar a su lado nunca más.
—Lo siento... de verdad lo siento Vanya, pero yo... —cuando las lágrimas comenzaron a resbalar de esos ojos azules no lo pudo soportar más. Lo atrajo hacia su pecho en un abrazo desesperado, sin importarle sentir como las lágrimas mojaban su delgado saco de lana. Por salir al apuro del hospital habia olvidado su chaqueta y habia cancelado todas las citas de sus pacientes, pero nada de eso importaba. Solo tenerlo una vez más entre sus brazos se sentía como si el alma hubiese regresado a su cuerpo.
—Я так боялся потерять тебя Fredka (Tenia tanto miedo de perderte Fredka) ... —murmuro contra su oído, su mano subiendo a acariciar esos suaves cabellos en un intento de calmar su llanto. Habia tenido tanto miedo de perderlo y ahora que lo tenía una vez más entre sus brazos no quería nunca más volver a separarse de él, no iba a dejar que nadie lo separara de su lado.
Lovino fue poco a poco retrocediendo de la escena, su expresión cambiando de sorprendida a comprensiva. Su pregunta de quién era el papá del bebé estaba contestada, si la escena frente a él no lo gritaba a los cuatro vientos. Dio... habían pasado tantas cosas en el trascurso de ese tiempo que no podía acabar de digerir todo. Ahora más que nada necesitaba un cigarrillo, o a Antonio... necesitaba a su esposo y a su bambino. Solo quería terminar de una vez ese caso de merda y regresar a casa con su familia.
•••
—Se confirmo que la confesión de la madre de Alfred era cierta. Alfred era el conductor, luego ella inyecto tetrodotoxina porque tenía miedo de que despertara y delatara a Alfred. —suspiro volviendo una vez más a los ojos azules que miraban sus manos aun sin poder procesar todo lo que había pasado. Y no lo culpaba, era un maldito desastre y enredo en el que nunca se esperó estar. Si él se sentía mal no quería ni siquiera imaginarse por lo que estaba pasando Francis en ese momento. —Luego mi jefe oculto toda la evidencia y los testigos y cuando Gilbert empezó a sospechar lo despidieron, pero como no pudieron detenerlo de seguir buscando le tendieron una trampa y casi lo matan y bueno, el resto de la historia ya lo sabes—termino su explicación, encogiéndose de hombros. Francis solo intento tomar aire, respirar y pasar una de sus manos por su cabello en un intento de calmarse. Pero aún no podía, su mente no podía dejar de atormentarlo porque todo ese tiempo habia culpado a Scott, todo ese tiempo quiso odiar a la persona que habia atropellado a su hermano, pero ahora...
— ¿Todas esas tonterías son ciertas? —la pregunta fue dirigida más para sí mismo que para el italiano, pero eso no lo paro de mandarle una mirada simpatética. Porque ninguno de los dos podía asimilar por completo todo lo que habían descubierto en cuestión de minutos.
—Supuse que habia algo grande detrás cuando estaba investigando, pero esto es un shock para mí también— murmuro encogiéndose de hombros. —Alfred tampoco lo sabía, pensó que la persona que habia lastimado era un paciente con lesiones menores que su madre le llevo a ver y no tu hermano— el francés solo dejo ir un suspiro. El hecho de que Alfred hubiese sido el que atropello a su hermano aún no lo podía digerir, pero en el tiempo que se dio para pensar con la cabeza fría se había dado cuenta de que el estadounidense era solo una víctima más del caso. —Francis... ¿fue esta la razón por la que tú y ¿Arthur...? — la pregunta le sacó de su tren de pensamientos, y pese a que fue dicha en casi un susurro y quedó incompleta, pudo comprenderla. Sus ojos bajaron una vez más al suelo antes de contestar, con todo el valor que consiguió para que su voz no se quebrara.
—Si...
— ¡Pero Arthur no tiene la culpa de nada! —levantó la voz sin poder evitarlo, sus puños apretándose a su lado en tan solo pensar que todo ese tiempo Arthur se había estado castigando a sí mismo por todo.
—Lo sé... pero intenta explicárselo a él. Es terco... es un idiota demasiado terco— giró los ojos con una risa amarga, acabándose todo lo que quedaba en su copa de vino de un solo trago. En ese momento necesitaba el alcohol.
—En eso podemos estar de acuerdo— suspiró rendido, sus ojos cayendo a la mesa donde estaban sentados. Arthur, Francis, Scott, Alfred, Gilbert... ¿A cuántas personas más había afectado ese maldito caso de mierda? Maldicion...
•••
Cuando llego a la casa noto una vez más todas las luces apagadas. Todo estaba en silencio y parecía que estuviese vacía. Aunque, si lo pensaba bien, podría considerarse vacía de vida, de luz, de felicidad... era un infierno.
En silencio se sacó sus zapatos y subió las gradas dejando a sus pies guiarlo automáticamente a la puerta de esa habitación que le traía sentimientos mezclados. Si quería entrar o no, no lo sabía. Pero aun así lo hizo, dando dos pequeños golpes antes de abrir la puerta y pasar al cuarto en penumbras, tan solo iluminado por la vaga luz de la luna colándose por las ventanas abiertas. En la cama, sentado estaba él. Pero antes de saludar, antes de decir nada camino hacia las ventanas y las cerró, encendiendo el calefactor para darle algo de calor al helado cuarto. Y entonces regreso a verlo, sus ojos azules parando en la apariencia cansada y enferma que tenía. En verdad, no sabía quién se veía peor.
—Arthur... —lo llamó con suavidad, acercándose hasta sentarse al pie de la cama, estando cerca, pero al mismo tiempo manteniendo su distancia. Sus ojos bajaron por cortos segundos a sus manos para después subir una vez más al rostro vacío de expresión de la persona que algún día amó. —Scott, creo que ahora lo puedo perdonar— suspiró desviando su mirada a la luna, el cielo y las estrellas. Ese lugar donde sabía que el pelirrojo debía estar escuchándolos, donde esperaba que pudiera descansar en paz.
—Creo que Scott no hubiese querido que lo perdonaras. Lo que él hizo estuvo mal— sí, estuvo mal, el tan solo intentarlo, el pensar en hacerlo estuvo mal, pero él no lo había hecho. Scott, él era inocente. Pero sabía que Arthur en ese momento no escucharía nada de lo que dijera. Era inútil hablar con él, era inútil estar ahí.
—Descansa— pidió levantándose para salir de allí, sin mirar atrás ni detenerse un segundo para notar como la expresión del menor se rompía. Lágrimas comenzaron a resbalar por sus mejillas, lágrimas que por mucho que gastara no parecían agotarse.
Apretó el libro entre sus manos, el primero que su hermano le había regalado después del accidente, y pese a que ya lo había revivido millones de veces, pese a que cada vez que cerraba sus ojos lo podía ver, los recuerdos de ese día comenzaron a repetirse una vez más.
"— No te puedo perdonar. No lo voy a entender tampoco. Aunque Francis te perdone, yo no lo voy a hacer, Scott— "
"—No te voy a perdonar ¡No te voy a perdonar hasta el día que muera! —"
—Lo siento— sollozo abrazando sus rodillas a su pecho, hundiendo su rostro entre sus piernas en un intento de acallar su voz. Dolía tanto que era sofocante, no podía respirar y dentro de poco tuvo que tomar bocanadas de aire para calmar sus pulmones. —Lo siento Scott, lo siento tanto— repitió encogiéndose aún más de ser posible. Y entonces ya no lo pudo contener más. Los sollozos se convirtieron en llanto, y por mucho que quiso acallar su voz y controlar el temblor de su cuerpo no pudo. —Lo siento... lo siento hermano, lo siento...
Francis dejo que sus pies lo llevaran una vez más. Su mano hesitó al estar frente a ese cuarto al que no se había atrevido a entrar desde la muerte de su dueño. Pero hoy... hoy se dio el valor para hacerlo. Giro la perilla y entró, la nostalgia invadiéndolo por completo en ese momento.
Todo estaba nítido y ordenado. Sus labios se curvaron cuando vio la vitrina con la colección de botellas de Whisky. No podía esperarse menos de Scott. En su escritorio lo primero que pudo notar fue una foto de su familia, esa que había perdido demasiado rápido. Todos se veían tan felices, y más allá, otra de los dos hermanos en vacaciones. Ya no sonreían como antes, pero podía notar que eran felices.
Sus ojos cayeron en ese momento en una billetera. La billetera de Scott.
Sin poder parar su curiosidad la tomo entre sus manos, abriéndola para ver la foto dentro de ella, esperando que sea de Arthur, pero lo que encontró le sacó el aire de los pulmones.
Eran él y Scott, en el día de su graduación, con una de las sonrisas más grandes que había visto en el rostro del escocés.
"Uno de los mejores momentos de mi vida, estoy tan orgulloso, Francis"
Un nudo se formó en su garganta cuando termino de leer las palabras escritas en la parte de atrás de la foto. Ese idiota... ¿Por qué nunca le había dicho que tenía eso? Scott... ¿Por qué? ¿Por qué no actuó lo suficientemente rápido? Si tan solo lo hubiese atendido a tiempo, si... si no le hubiese dicho todo ese tipo de cosas. No supo en qué momento había comenzado a llorar, pero de repente, se le hacía imposible detenerlo. Quería acallar su voz, quería detener sus lágrimas, pero no podía. No podía y sabía que todo era su culpa.
•••
—Pido disculpas una vez más— habló con la cabeza gacha, sin atreverse a mirar a ese hombre a los ojos. No podía. Aún no podía perdonarse a sí mismo por todo, pero sabía que la persona con la que más se debía disculpar era con él. —Yo... fue mi culpa Francis, todo lo que mi madre hizo, lo que pasó...— sabía que las palabras no bastaban y que nada de lo que hiciera iba a cambiar el pasado. Pero... no sabía que más hacer.
Francis soltó un suspiro, sus ojos regresando a su café con incomodidad. Sabía que Alfred estaba siendo sincero, pero no tenía ni idea de cómo responder.
—Para ser honesto, el hecho de que eres el conductor que culpaba tanto es... todavía sorprendente y perturbador— admitió con una sonrisa amarga en su rostro, sus ojos subiendo por un breve momento a los aún abatidos del estadounidense para después desviarse a la ventana. Después de descubrir toda la verdad, no podía verlo de la misma manera, y eso le estaba molestando porque Alfred tampoco se merecía nada de eso. Era su madre la culpable de todo lo que había pasado. Ella era la culpable de la muerte de su hermano, de incriminar a Scott, de qué Arthur se encontrará en ese estado...
—Lo siento, yo... sé que debe ser difícil sentarse frente a mí y verme— sus ojos se alzaron una vez más al escuchar esas palabras, notando como el hombre frente suyo parecía decaer aún más. Si, era difícil, no lo iba a negar. Pero nada de su ira iba dirigida a él. —Yo... cargare esta culpa por el resto de mi vida. Se que alguien como yo no está capacitado para ser doctor, pero...
—Alfred—lo cortó abruptamente cuando empezó a hablar demasiado rápido y la ansiedad comenzó a emanar de cada poro de su piel. Debía calmarse y respirar. —No te culpo por lo que pasó, y definitivamente, no puedo odiarte— le aseguró con voz calmada, sus ojos buscando los del menor para demostrarle que lo que decía era verdad. Si, lo resentía y estaba enfadado por el hecho de que hubiese huido, pero guardar rencor no le llevaría a ningún lado. Perdonar era difícil, pero no imposible. Y Alfred se lo merecía. —Eras demasiado joven en ese entonces, y culparse ahora no servirá de nada— cuando el accidente había pasado Alfred apenas tenía diecisiete años, era un niño, y por eso no podía culparlo por su reacción, no podía odiarlo por lo que había hecho porque sabía que él era una buena persona.
—Francis...—sus ojos subieron a los del francés sin poder creer sus palabras. Habia esperado que el mayor le gritara, que lo golpeara como habia querido hacer en la comisaría, que dijera que no quería volver a verlo, pero... no se esperaba esa comprensión y tranquilidad. Tanta amabilidad no se la merecía.
—Debes intentar rehacer tu vida, dejar ese fantasma del pasado atrás. Tienes a alguien más a quien cuidar ahora, asegúrate de darle la familia que hubieras querido y de ser ese ejemplo que te hubiese gustado tener— Alfred se sorbio la nariz tras escuchar esas palabras. Cálidas lagrimas mojaban su rostro y en ese momento de verdad quería abrazar a Francis. Lo que habia dicho le habia calado profundo en el pecho y una sensación de calor recorrió su corazón.
—T-thanks dude... — agradeció limpiándose las lágrimas y aceptando el pañuelo que el mayor le estaba ofreciendo con una sonrisa, como si nada hubiese cambiado entre ellos, y pese a que sabía que no era así y que tomaría tiempo, en ese momento se pudo permitir suspirar y sonreír.
•••
Su encuentro con Alfred habia ido mejor de lo que habia esperado. Si, al principio fue tenso e incómodo, pero al final pudo sentir parte de su peso ser liberado de sus hombros. Su consejo habia salido como una sorpresa para sí mismo y se pudo identificar por un momento. No tenía sentido el seguir estancado en el pasado. Sin embargo, eso era lo que todo ese tiempo habia estado haciendo. Aferrarse al pasado, seguir culpándose y negándose a seguir adelante. Debía seguir adelante, intentar reparar el presente, porque en el pasado ya no habia nada que pudiera hacer. Pero... ¿Cómo? Putain...
Tamborileó sus dedos contra el volante del automóvil, sus labios apenas tarareando junto con la música suave en la radio. Suspiró, Arthur no había dicho una sola palabra desde la mañana. Incluso cuando le habia preparado un baño caliente de burbujas y su desayuno favorito, la única respuesta que obtenía del inglés eran pequeños movimientos de cabeza o monosílabos. Eso poco a poco comenzaba a irritar sus nervios, pero... trató de respirar y simplemente relajarse contra el asiento.
— ¿No me vas a preguntar a donde te estoy llevando? —habló intentando comenzar una conversación una vez más, pero el menor solo pareció encogerse de hombros, su cabeza apoyada sobre la ventana del auto sin expresión alguna en su rostro. Era como un cuerpo sin vida, pero se negaba a creer eso, a darse por vencido. Por eso bajo una de sus manos y con cuidado la entrelazo con la del menor. No le importo la ligera resistencia, o cuan frías estuviesen, solo lo sostuvo, su mano dando un pequeño apretón para decirle en ese gesto que estaba ahí, a su lado, que no lo iba a dejar porque sabía que la persona que amaba seguía ahí, en algún lugar. — Vamos a encontrar a Arthur— susurro más para sí mismo que para el otro, pero por la manera en la que su cuerpo se tensó sabía que lo habia escuchado. Arthur... haría lo que sea para encontrar al Arthur que amaba, para traerlo de vuelta y hacerlo feliz una vez más.
Quería borrar todo el dolor de su corazón, decirle cuanto lo amaba y demostrarle que, pese a todo lo que habia pasado entre ellos, nada ni nadie nunca podría separarlos si se mantenían juntos, si había amor. Por eso ese iba a ser su último intento. La última vez que iba a preguntar si Arthur seguía amándolo porque sentía que se iba a volver loco.
Parqueó el auto cuando la ya conocida casa estuvo a la vista y se bajó, sus pies hundiéndose enseguida en el camino de nieve que se habia formado en todo ese tiempo. Pequeños copos seguían cayendo sin cesar del cielo y la vista era simplemente hermosa. Solo deseaba que Arthur pudiera disfrutarla también. Con un suspiro camino hasta la puerta del copiloto, abriéndola y extendiéndole su mano al menor para ayudarlo a salir del vehículo.
—Ven, con cuidado— tomó su brazo una vez que estuvo fuera del auto, ayudándolo a caminar sobre la resbalosa nieve sin caerse. El menor solo lo siguió en silencio, su mano apretando su bastón con más fuerza de la necesaria al sentir el toque del francés sobre su ropa. Quemaba, cada pequeño toque quemaba más de lo que podía soportar. Su cuerpo estaba cansado y solo quería dormir. Sus pies se arrastraban sobre la nieve sin la menor curiosidad o ganas de descubrir donde estaban, solo quería irse de ahí y regresar a su cama. Pero, en el camino, en el sonar de los árboles y el crujir de la madera bajo ellos, algo le llamo la atención. Conocía ese lugar.
— ¿Cómo...? —la pregunta habia escapado de sus labios antes de que se diera cuenta, antes de que pudiera detenerlo. Su voz sonó rasposa después de tanto tiempo sin usarla y todo lo que habia llorado la noche anterior. Por eso no quería hablar, cada vez que lo hacía sentía que iba a romper nuevamente en llanto. No podía, no en frente de Francis.
—Scott dejo esta casa a tu nombre en su testamento— explicó encogiéndose de hombros, su brazo soltó el del menor solo para subir a su rostro, sus ojos azules buscando los esmeralda con suavidad—Él quería que te hicieras cargo de ella, después de todo, es un lugar hermoso. — admitió encogiéndose de hombros, sus ojos regresando al paisaje que los rodeaba. Los árboles, el riachuelo bajo el puente, los pájaros, todo era hermoso. Pero de todo ese paisaje, lo que más captivaba sus ojos era esa persona por la que su corazón nunca dejaba de latir, ese hombre que sí, habia cambiado, pero seguía siendo la persona de la que se enamoró por primera vez más de dieciocho años atrás. Ese hombre que estaba sufriendo solo... Con un pequeño suspiro subió su mano a acariciar el rostro del menor, manteniéndose en su mejilla con suavidad pese a como se habia tensado. No lo dejo retroceder ni alejarse, solo se mantuvo ahí, su pulgar acariciando esa fría piel en pequeños movimientos. —El doctor dijo que continúas sintiéndote incapaz y débil. Que sientes que todo lo que está pasando es tu culpa. —comenzó, sus ojos bajando a los vacíos del menor con amargura, soltando un suspiro antes de continuar— Pero sabes, Arthur... eres el hombre más fuerte que conozco, más fuerte que cualquier dolor o tristeza. Solo sucede que hemos pasado por una inusual y dolorosa experiencia, pero nada de eso fue tu culpa. —Arthur negó con la cabeza. No podía seguir escuchando más, eso era mentira. No era fuerte... no podía ser fuerte.
Pero Francis no lo dejo huir, no lo dejo retroceder ni tapar sus oídos. Solo lo sostuvo. Tomo su mano y lo envolvió en un abrazo que hizo que el aire escapara de sus pulmones. Quiso alejarlo, pero estaba paralizado en ese momento. Era tan cálido que no tenía las fuerzas de empujarlo y separarlo. Solo se quedó ahí, su cuerpo tenso sin dar respuesta alguna pese a que por dentro quería escapar. Pero también quería derretirse en ese abrazo, apoyar su cuerpo contra el del mayor y dejar ir todos sus sentimientos porque ya no podía respirar. Sentía que, pese a que estaba frente suyo, pese a que esos brazos estaban rodeando su cuerpo, estaba tan lejos... Lo sentía tan lejano, como si su cuerpo hubiese dejado de ser suyo, como si estuviese en una prisión dentro de su mente de la que no podía escapar.
—Por eso... sé que vas a ser capaz de ver de nuevo, de leer y volver a sonreír, porque eres fuerte, Arthur— no era fuerte... Ni siquiera podía luchar contra sí mismo, no podía escapar la prisión en la que estaba, el agujero negro en el que habia caído. Esta vez Francis no iba a poder salvarlo. Pero quería que lo haga, quería que lo ayude a escapar de sí mismo, a romper las cadenas que lo mantenían atado y las manos alrededor de su garganta que cada vez se iban cerrando más. Era doloroso... dolía tanto que no podía llorar. Que no podía moverse ni reaccionar. Eran tanto que no sintió el momento en el que entraron a la casa, en el que Francis volvió a tomar su mano ni cuando la comida comenzó a entrar en su boca. El sabor, la temperatura, el olor, no podía distinguir nada. Era como si todos sus sentidos se hubiesen apagado en su mente.
En un momento, la mano que sostenía su tenedor se detuvo abruptamente. No la podía mover.
"Deja de comer... estas gordo"
Su respiración se detuvo al escuchar esa voz. Era su voz, pero sonaba distante, fría, diferente... No era él. Pero, lo habia escuchado antes, tanto tiempo que ya lo conocía. Estaba de nuevo ahí, ¿Por qué? No quería que lo siguiera atormentando. No, por favor. Su mano en su regazo se movió inconscientemente a su vientre para protegerlo de ese hombre que siempre quería hacerle daño.
"De todas formas lo vas a matar, tú lo vas a hacer Arthur, no yo"
Eso no es verdad... no podía serlo. Él nunca le haría daño, ese hombre era el que siempre intentaba dañarlo, el que aruñaba constantemente la piel de su abdomen, el que clavaba sus dedos con tanta fuerza en su vientre que lo hacía arder y tener nauseas.
"Sabes que lo odias... sabes que esa cosa no es nada más que un estorbo"
No es verdad. Quería que se calle. Quería que lo dejara en paz.
"Vas a terminar matándolo como a Scott, como a Matthew. Él también va a morir por tu culpa Arthur"
Cállate...
"Francis también va a morir si sigue a tu lado, como todas las personas que amas, ese es tu destino..."
¡Te dije que te calles!
—Arthur— el toque sobre su mano lo hizo regresar a la realidad. Su cuerpo se encogió por la sorpresa. Su corazón latía tan acelerado que no se dio cuenta que habia estado apretando el tenedor con tanta fuerza hasta que su palma comenzó a arder. Estaba temblando, eso lo sabía por seguro. Pero, la expresión en el rostro de Francis... Enojo, decepción, preocupación, no sabía cuál era, y eso lo molestaba aún más. Pero al mismo tiempo estaba agradecido de no poderlo ver. —Voy a recoger los platos— esas palabras apenas se registraron en su mente, y no sintió el momento en el que el francés tomo el tenedor de su mano o cuando habia retirado su plato a medio comer de la mesa. Solo se quedó ahí, paralizado.
"De seguro te tiene asco... tan solo mírate, ¿Quién podría quererte?"
Ya basta... detente.
"Sabes que el solo está aquí por esa cosa en tu vientre"
Eso no es verdad, cállate...
"¿Por qué continúas mintiéndote a ti mismo? Sabes que es la verdad. Él estaba listo para irse, estaba listo para dejarte atrás y olvidarte. ¿Por qué crees que regresó? ¿Por qué crees que te sigue soportando? Me das asco Arthur Kirkland... solo mírate, eres patético."
En ese momento sus hombros cayeron. Toda la tensión en su cuerpo lo abandono, dejándolo vacío. La sensación sofocante en su garganta regreso, pero no le importó. No podía seguir luchando. Todo lo que habia dicho era verdad. Era patético, lo sabía, y quería llorar. Llorar y sacar a esa cosa de su vientre, esa cosa que lo estaba consumiendo vivo por dentro. No quería que Francis se quedara solo por esa cosa. No podía ganar, no podía... solo no podía.
—Hey, coeur, vamos a la sala. Tengo algo que entregarte— las palabras no se pudieron registrar en su mente, solo se levantó, camino cuando tenía que caminar, se sentó cuando tuvo que hacerlo, todo como si fuera un robot fuera de su propio cuerpo. Se sentía ligero, como si en ese momento estuviese tan solo en un sueño. ¿Lo era? —Scott dejo esta carta para ti, ¿quieres que te la lea? — pregunto Francis con voz suave, una de sus manos bajando a apretar ligeramente la rodilla del menor de manera reconfortante. En sus manos estaba esa carta que le habia entregado Antonio junto al testamento, esa que habia leído la noche anterior y le habia dado el valor de ir a ese lugar, de seguir e intentar una última vez. Regreso a ver al menor, un suspiro escapando de sus labios al notar una vez más como su expresión no mostraba respuesta alguna. Aun así, abrió la carta y la comenzó a leer.
"Arthur, hermano...
No sé cómo comenzar esta carta, tampoco sé si querrás leerla después de todo lo que hice.
Pero quiero que sepas, hermano, que eres y siempre, no importa lo que pase, vas a ser la persona más importante para mí.
El día más feliz de mi vida fue cuando te sostuve en mis brazos por primera vez.
Desde ese momento supe que era el hermano mayor mas suertudo en la faz de la tierra, que iba a protegerte y estar siempre para tí.
Nunca te lo dije, pero de todos, tú eras mi hermano favorito.
Arthur, responsabilidades siempre vienen con decisiones.
La peor decisión de mi vida fue cuando vi al hermano de Francis.
No hay palabras que expresen cuanto me arrepiento, ni lagrimas que logren calmar mi conciencia después de ese día.
Francis... la primera vez que lo conocí empecé a quererlo como un hermano, como parte de nuestra familia.
Cuando el me llamaba "frère" en su estúpido idioma, no solo sentía dolor, pero también felicidad.
Por hacerles la vida imposible a los dos, lo siento mucho.
Arthur... mi hermano, sé que mi último deseo puede ser egoísta, pero... Quiero que seas feliz con Francis.
Así que le pediré al hermano de Francis su perdón, lo haré, por toda la eternidad.
Pero Arthur, tu... tienes que ser feliz."
Al terminar de leer cerro la carta y la guardo en el sobre una vez más. Sus ojos regresaron al inglés, y sin poder evitarlo, bajo a tomar una de sus manos, acariciando su fría piel con suavidad. Su otra mano subió a ese rostro aun vacío de expresión, que pese a todo lo que habia leído no expresaba nada de lo que estaba pensando o sintiendo. Quería traerlo de vuelta, quería volver a verlo sonreír, llorar, gritar, sentir algo. Por eso lo atrajo más hacia su cuerpo, su mano pasando de acariciar su rostro a su nuca. Unió sus frentes en un contacto que se le hacía tan conocido, pero a la vez extraño.
—Je t'aime...— susurro con toda la sinceridad y sentimiento que pudo poner en esas cortas palabras. Y en ese momento, con suavidad, cerro los pocos centímetros que separaban sus labios y comenzó un beso suave, sin demandar ni pedir nada. Arthur en ese momento sintió las cadenas en sus manos temblar, el agua en la que estaba sumergido poco a poco empezó a bajar, hasta que pudo respirar, pudo sentir una vez más. Sentir los labios contra los suyos, la mano acariciando sus cabellos con suavidad y la otra, que antes habia estado entrelazada con la suya, subiendo a su vientre. Y quiso derretirse en el contacto, quiso corresponder, oh god, de verdad que quería corresponder, pero en ese momento lo pudo escuchar una vez más. Una mano tomo la suya y comenzó a jalarlo. Lo estaba alejando.
"Sabes que él no te ama. Solo está haciendo esto por esa cosa dentro tuyo. Si no ¿Por qué te estaría tocando ahí? No le importas tu. ¿De verdad creíste que solo porque te dijo que te ama y te está besando él te sigue amando? No seas patético."
No, no era verdad. Todo lo que decía era una mentira. Quería que se callara, que se callara de una maldita vez y que nunca volviera a hablar. Quería que se alejara y no volviera a acercarse. Aléjate... solo aléjate de mí, please.
"Tu no eres nada para él. Cuando esa cosa nazca el te va a abandonar. A él solo le importa esa estúpida cosa. La va a amar más que a ti, por eso debes matarla. ¿Crees que él te ama a ti ahora? Ridículo"
No se dio cuenta en qué momento sus manos subieron a empujar al francés, ni cuando su respiración se habia vuelto tan errática y su cuerpo habia comenzado a temblar. Solo se abrazó a sí mismo y quiso desaparecer en ese momento.
Francis solo sintió perplejo como el menor lo empujaba con tanta fuerza que de haber estado parado de seguro hubiese trastabillado. Sus ojos azules subieron a los del inglés con dolor al notar que la expresión vacía en su rostro no habia cambiado nada, como seguía rechazándolo, seguía alejándolo.
—Arthur, por favor— pidió, no... suplicó tomándolo una vez más de los hombros. Solo quería escucharlo una vez más, que le diga que lo amaba solo una vez más, o cualquier palabra o monosílabo era suficiente. Solo quería que expresara algún sentimiento, que le dijera que seguía sintiendo algo por él. Pero Arthur no hizo nada, se mantuvo callado, la expresión aun ausente en su rostro, como un muñeco descompuesto. Con un jadeo lo soltó, su espalda cayendo contra el sillón y su cabeza bajando a hundirse entre sus manos antes de alzar a verlo una vez más con amargura. —Así que ¿esta es tu respuesta? Putain... no sé qué más hacer para que regreses—sin darse cuenta las lágrimas habían comenzado a caer. Su voz se rompió, pero no podía llorar frente a Arthur. Por eso se levantó del sillón y camino hacia la salida de la casa, poniéndose su abrigo antes de voltear una vez más al lugar del que el menor no se habia movido, ni siquiera parecía estar vivo. Por eso no podía soportarlo más, no podía verlo en ese momento. Necesitaba respirar. —Voy a salir, ya sabes donde esta tu cuarto— lo siguiente que pudo escuchar después de esas palabras fue el sonido de la puerta abrirse y cerrarse con un golpe. Un jadeo entrecortado salió de su boca y en ese momento intento levantarse, sus manos buscando inútilmente su bastón y cuando lo encontró, solo comenzó a caminar en automático. Con pasos torpes logró llegar a una de las habitaciones, y se dejó colapsar en la cama. No le importo cambiarse de ropa. Solo cerro sus ojos y en ese momento, todo se vino abajo.
•••
¿Dónde estaba? Sus ojos miraron a su alrededor con curiosidad, ese bosque, lo conocía. Ese lugar donde solía jugar con sus hermanos cuando era pequeño. Pero ¿Qué estaba haciendo ahí? ¿Cómo habia llegado allá? Y entonces lo vio, el cabello pelirrojo, apoyado contra uno de los árboles como si se estuviera escondiendo.
—Scott...— lo llamo instintivamente, sus pies llevándolo a donde estaba su hermano con incredulidad. Los ojos verdes regresaron a verlo con un dedo sobre sus labios, su mano indicándole que se escondiera en algún lugar, pero no lo entendía ¿Por qué?
—Shhh— pequeños pasos se escucharon en ese momento a través de las hojas regadas en el suelo, y pronto vio a un niño correr hacia donde estaba su hermano, saltando en sus brazos con una sonrisa gigante en su rostro. Y lo reconoció. Pero no podía ser.
—Te encontré— era él. Era él de pequeño, cuando tenía seis años, abrazando el cuello de su hermano para que lo cargara como siempre solía hacerlo antes de que Glen y Bryan aparecieran.
—El cazador ha encontrado al zorro. Y ahora que va a hacer conmigo, ¿señor cazador? —sin poder evitarlo una sonrisa nostálgica surco su rostro al recordar como solían jugar cuando eran pequeños, lo unidos que eran, como Scott solía cuidarlo todo el tiempo y participar en cualquier cosa que pidiera. Pero antes de que pudiera decir nada más, un pequeño jalón en su pantalón le llamo la atención. Sus ojos bajaron, topándose con unos azules claros que lo miraban tímidos.
—Mummy, juega conmigo— el pedido derritió su corazón, y cuando las palabras hicieron click en su cabeza sus ojos se abrieron con asombro e incredulidad.
—Tu...— no podía ser. Se arrodillo para estar a la altura de la pequeña que no debía tener más de cuatro años, su cabello ondulado cayendo sobre sus hombros hasta llegar a su cadera, era de un rubio tan claro que le quito la respiración. Francis... tenía el cabello de Francis.
—Vamos a jugar a las escondidas, mummy. Papa nos está buscando— pidió una vez más, su cabeza girando a ver al bosque como si a cualquier momento su padre fuera a asomar y encontrarla. Pero no le tomo importancia, no cuando sus ojos estaban mesmerizados en su pequeña figura, en su piel blanca y las pequeñas y poco notables pecas cubriendo su nariz y mejillas.
—Eres hermosa...— susurro acariciando su suave cabello. Un nudo se empezó a formar en su garganta cuando asimilo todo, que la niña frente suyo era su hija, la bebé que no quería llevar en su vientre, la que no quería ver. Pero en ese momento, antes de que pudiera decir algo más, pudo ver de reojo como su hermano comenzaba a irse. —Scott...— ¿Por qué se estaba yendo? — ¡Scott! ¡No te vayas! — lo llamo, levantándose enseguida para detenerlo, pero una mano en su pantalón lo paro.
—Mom... mummy— no, no podía dejar que se vaya. Sin importarle aparto a la niña de su lado y comenzó a caminar hacia el escoces, su paso subiendo cada vez de velocidad al notar que no se detenía, no estaba parando, no lo volteaba a ver.
— ¡Scott! — no quería perderlo. No podía perderlo una vez más.
.
.
.
—Scott... please...— las lágrimas resbalaron por sus ojos, mojando la almohada bajo su cabeza. Su corazón dolía como si lo estuviesen apretando, y en ese momento, abrió sus ojos, pero se arrepintió al instante cuando la luz lo cegó. Su cabeza comenzó a punzar de manera dolorosa, respirar se le estaba volviendo difícil, pero eso no fue lo que lo dejo en shock.
No estaba oscuro. No veía todo en negro. Estaba borroso, pero poco a poco, a medida que iba parpadeando, los colores empezaron a aparecer, hasta que todo se volvió claro. No... no podía creerlo. Bajo sus ojos a sus manos, podía verlas. La habitación en la que estaba, la vaga luz traspasando su ventana, la anaranjada luz del amanecer. Y entonces, su corazón comenzó a latir acelerado.
Sus músculos protestaron cuando intentó sentarse sobre la cama. Se sentía caliente, el cuarto estaba tan cálido, pese a que era invierno, y fue en ese momento que notó la gruesa manta sobre su cuerpo, las suaves almohadas a su alrededor y la calefacción encendida a su temperatura máxima. Francis había estado ahí...
Sus ojos bajaron a la mesa de noche a lado de su cama, parpadeando para asegurarse de que estaba viendo bien, que ahí encima de la madera habia una carta. ¿Por qué? ¿Qué hacía ahí? Trago saliva grueso, la ansiedad comenzando a hacerse paso por su estómago, pero aun así la tomó, sus ojos humedeciéndose cuando pudo reconocer las palabras escritas ahí. La caligrafía nítida, su nombre, y esa firma tan conocida. Lágrimas comenzaron a caer y en ese momento se llevó esa carta al pecho, la abrazó como si fuera su hermano, como si él estuviese ahí, a su lado. Lo extrañaba tanto.
Cundo sus ojos se abrieron una vez más, su mirada se dirigió enseguida al papel plástico oscuro que no había notado al tomar el sobre. Su respiración se detuvo, y su mente no tardó ni un solo segundo en comprender que era eso, lo que estaba ahí. Sus manos temblorosas bajaron a tomar el papel apenas con fuerzas, y cuando pudo ver la imagen reflejada en esa proyección a blanco y negro, esa pequeña manchita tan insignificante, pero al mismo tiempo tan valiosa. Soltó un jadeo entrecortado. No podía respirar.
—Así que... así te ves en realidad— susurro acariciando esa imagen con suavidad y ternura, como si se tratase de la pertenencia más valiosa de su vida.
Remember all the things we wanted
Now all our memories, they're haunted
We were always meant to say goodbye
Recuerda todas las cosas que queríamos
Ahora todos nuestros recuerdos están embrujados
Siempre estuvimos destinados a decirnos adiós
Una mano se pasó por su vientre con dolor. No podía sentirse feliz... por mucho que lo intentara no podía. Su respiración se entrecorto y un sollozo salió de su garganta. Hace pocos meses eso era lo que más habia deseado. Un bebé, una familia, un matrimonio, pero ahora... ahora todo parecía tan lejano y distorsionado, como si sus recuerdos estuviesen desgarrados en miles de pedazos que no podía juntar.
Even with our fists held high
It never would have worked out right
We were never meant for do or die
Aún con nuestros puños en alto
nunca hubiera salido bien
Nunca estuvimos destinados para un ahora o nunca
Una risa amarga resonó en ese momento, porque todo era tan irónico. Siempre parecía haber algo que impedía que estuvieran juntos, pese a cuanto lo amaba, Francis no era la persona para él. Tal vez, todo lo que habia pasado era la forma del destino de decirles que no eran el uno para el otro. Pero dolía, el aceptar esa verdad dolía tanto que sentía que iba a morir. Porque lo amaba a tal magnitud que tan solo respirar era agonizante.
Nunca habia querido que las cosas terminaran así, nunca habia querido herirlo tanto, herir tanto a las personas a su alrededor, pero en especial a él. El escuchar su llanto, ver como caía poco a poco en el alcohol y el tabaco, como se iba perdiendo a sí mismo, nunca quiso hacerle eso a Francis. Pero todo era su culpa, y cada vez que escuchaba su voz apagada, cada vez que olía el alcohol y los cigarrillos en su ropa, era un recordatorio doloroso de lo que le estaba haciendo, de lo que estaba provocando. Dolía demasiado. Por eso... por eso solo habia una solución.
I didn't want us to burn out
I didn't come here to hurt you
Now I can't stop
No quería que nos consumiéramos
No vine aquí para herirte,
pero ahora no puedo parar
Se levanto de la cama con paso torpe, caminando enseguida al armario en el cuarto, sus ojos y manos buscando frenéticamente algo que pudiera usar. Encontró un pequeño bolso deportivo, y apenas una muda de ropa de emergencia, pero eso era suficiente, era más que suficiente. No tenía en ese momento ni las fuerzas ni la mente para preocuparse. Su visión estaba borrosa, pero esta vez por las lágrimas que luchaba por contener mientras metía todo lo que pudiera necesitar dentro de la pequeña bolsa. Sus movimientos se pausaron cuando vio nuevamente la carta y la ecografía sobre la cama. Su corazón dio un vuelco doloroso, recordándole en ese momento que era lo que estaba a punto de hacer... pero no podía retroceder.
Guardo con cuidado los dos papeles en su bolsa antes de cerrarla. Cayó rendido en su cama, sus manos yendo a su cabello en un intento de parar el remolino de emociones en su interior, de acallar la voz que le decía que no lo hiciera, que estaba mal. No, no estaba mal, esa era la única manera de parar todo el dolor.
Se levanto una vez más, sus pies llevando los a pasos acelerados hacia el escritorio de la habitación, busco cualquier papel y pluma que pudiera conseguir, y en ese momento comenzó lo que serían sus últimas palabras, su despedida...
"Dear Francis...
I want you to know that it doesn't matter
Where we take this road, but someone's gotta go
And I want you to know, you couldn't have loved me better
But I want you to move on, so I'm already gone
Quiero que sepas que no importa
Dónde nos lleve este camino, pero alguien se tiene que ir
Y quiero que sepas que no pudiste haberme amado mejor
pero quiero que sigas adelante, así que ya me fui
Al terminar la carta se levantó con pesadez en el estómago, pero aun así continuo. Tomo las cosas que habia preparado y salió del cuarto. El pasillo aún estaba en penumbras, pero no se molestó en encender las luces, tampoco lo hizo cuando comenzó a bajar las gradas. La sala estaba iluminada vagamente por la luz del amanecer colándose por la ventana, y ahí lo pudo ver. En el sillón de la sala, dormido con apenas una manta cubriendo su cuerpo y el fuego de la chimenea ya extinto desde hace unas cuantas horas.
Con paso hesitante se acercó, una de sus manos bajando a tocar su rostro con cuidado. Estaba helado. Ese idiota... siempre estaba reprendiéndolo que se cuidara, pero él no podía ni siquiera cubrirse bien para dormir. Iba a pescar un resfriado si seguía así.
Intentando hacer el menor ruido posible tomó otra manta de uno de los sillones y cubrió al francés lo mejor que pudo, su mano subiendo a acariciar su cabello con cariño, bajando a las notables ojeras y el rubor de su nariz. Lo extrañaba tanto...
Looking at you makes it harder
But I know that you'll find another
That doesn't always make you wanna cry
It started with a perfect kiss, then we could feel the poison set in
Perfect couldn't keep this love alive
Mirarte lo hace más difícil
Pero sé que encontrarás a alguien más
Que no te haga llorar siempre
Empezó con un beso perfecto, entonces pudimos sentir el veneno entrar
La perfección no pudo mantener vivo este amor
—I love you...— soltó en un murmuro roto, sus labios bajando a su frente con cariño, con todo el amor que tenía. Lo amaba tanto... tanto que sabía que debía dejarlo ir, debía dejar de hacerle daño. Las ojeras en su rostro, la botella y los paquetes de cigarrillos en la mesa, todo eso le demostraba cuanto daño le habia hecho. No quería verlo así, no podía. —I'm so sorry...— suprimió un sollozo con su mano. Francis de seguro estaría mejor con otra persona, pero el solo pensamiento era agonizante. Sin embargo, lo amaba tanto que sabía que eso era lo mejor, pese a que doliera como nunca pudo haberse imaginado.
You know that I love you so
I love you enough to let you go
Sabes que te amo mucho
Te amo lo suficiente para dejarte ir
En ese momento se obligó a si mismo a separarse, a retroceder y cubrir su boca con su mano porque no podía acallar los sollozos. Tenía que irse de ahí, antes de que Francis despertara. Por eso saco la carta de su bolsillo, la que habia escrito minutos atrás, y la dejo sobre la mesa.
I want you to know that it doesn't matter
Where we take this road, but someone's gotta go
And I want you to know, you couldn't have loved me better
But I want you to move on, so I'm already gone
So I'm already gone
Quiero que sepas que no importa
Dónde nos lleve este camino, pero alguien se tiene que ir
Y quiero que sepas que no pudiste haberme amado mejor
pero quiero que sigas adelante, así que ya me fui
Sus pies lo llevaron con pesadez a la entrada de la casa, como si estuviese cargando plomo sobre sus hombros. Se sentía así, respirar era tan difícil que simplemente quería dejar de hacerlo. Pero habia hecho una promesa, la única promesa que intentaría mantener. No se lastimaría, iba a intentar mejorar, a intentar recobrar su vida.
Cuando los rayos de sol empezaron a traspasar y alumbrar la casa, tomo su abrigo y su bufanda. Y salió.
Remember all the things we wanted
Now all our memories, they're haunted
We were always meant to say goodbye
Recuerda todas las cosas que queríamos
Ahora todos nuestros recuerdos están embrujados
Siempre estuvimos destinados a decirnos adiós
•••
Este capítulo está basado en cuatro canciones principalmente:
# Already Gone de Sleeping at Last
# Paralyzed de NF
# Alejate de mi de Camila
#Hold on de Chord Overstreet
La canción "I'm already gone" de Sleeping at Last es la utilizada en la ultima parte del capitulo mientras que los sentimientos de Arthur y su manera de actuar estan basados en las otras dos canciones, especialmente la de "Paralyzed" de NF que es muy buena y recomendada 100%. Mientras tanto la canción Hold on de Chord Overstreet explica más los sentimientos de Francis, igual es 100% recomendada.
Aclaraciones y Traducciones:
*Transductor: Es el aparatito que se utiliza para hacer los ecos.
*Lo de "Era alemán después de todo" tiene una gran verdad. Ya viviendo en Alemania casi un año creo que pudo decir que muchos de los alemanes son bien directos y dicen las cosas sin nada de rodeos o de "manera suave". A veces podrían parecer un poco insensibles, pero así es como son.
*Mist: es una palabra para decir "mierda", pero es mas apropiada para decirla en frente de niños, y como Lud es un papá, pues se me hace mejor que diga Mist en vez de Scheiße incluso cuando no esta con Wolfy, por costumbre.
*Vaffanculo, stronzo di merda: Jodete, imbécil de mierda
*Ti amo, fei l'amore con me stasera: Te amo, haz el amor conmigo esta noche
*Los Old Blues o CHOBA (Christ's Hospital Old Blues Association) es un grupo de antiguos alumnos y padres de familia del internado Christ's Hospital que es al que Roderich asistió cuando llego a Inglaterra.
*I lieb di: Es la manera austriaca de decir Ich liebe dich, que suena más suave (porque le quitan las ch) y pues debido a que Roderich es austriaco, que hable en su acento y dialecto es más lindo.
*Edelstein: "piedra preciosa" o "joya" en alemán.
