La regia belleza diurna de la biblioteca se transformaba de noche en algo diferente. La Sala Astor, iluminada suavemente por unos candelabros de reminiscencia romana, era un majestuoso espacio de mármol blanco y espectaculares sombras. Bella apenas la reconoció, preparada con mesas redondas formalmente arregladas para los doscientos cincuenta invitados, como el lugar que había atravesado a diario. Cogida del brazo de Edward, se dijo que no debería sentirse incómoda por estar allí. No era la misma mujer que había subido la escalera con los ojos abiertos como platos en su primer día de trabajo. En algunos aspectos, ni siquiera era la misma mujer que Rosalie había despedido hacía dos semanas. Con cada día que pasaba, el amor de Edward —y ahora sabía que era amor más profunda y claramente de lo que jamás había sabido nada — estaba ayudando a moldear una nueva versión de sí misma que nunca había soñado que pudiera existir.
—Estos eventos son mucho más tolerables cuando te saltas la hora del cóctel —le comentó él, guiñándole un ojo.
Con su esmoquin negro, era toda una aparición, la personificación de la belleza masculina. Bella le sonrió. Gracias a los Louboutin que llevaba, casi le llegaba al nivel de los ojos. Sin embargo, Edward no tuvo ningún problema en besarle el pelo, que era lo que estaba haciendo cuando un fotógrafo de la revista New York les hizo una foto. La atención de los medios la sorprendió, pero intentó ocultar su reacción.
—Será mejor que te acostumbres —le dijo Edward, pero ella no tenía ni idea de qué había querido decir con eso.
Sin duda, allí habría objetivos más valiosos para los fotógrafos. Justo en el otro extremo de la estancia, vio a un grupo de jóvenes famosos de Manhattan, el actor Ethan Hawke (mono y vagamente desaliñado, pero más mayor en apariencia de lo que ella había creído), Julianne Moore (deslumbrante con un vestido de seda color amatista) y Adam Levine, el cantante de Maroon Five. Con su chaqueta de esmoquin y los tatuajes tapados parecía un chico normal de Nueva York. Lo único que indicaba su estatus de estrella era la esbelta pelirroja que llevaba cogida del brazo, a la que Bella reconoció del anuncio de ropa interior Calvin Klein en una valla de Times Square.
Agradeció que Edward la hubiera convencido de que se pusiera el espectacular vestido Gaultier. Si se hubiera puesto algo inferior, se habría sentido como el patito feo entre los cisnes.
Por costumbre, sus dedos tocaron el colgante con el pequeño candado de oro que llevaba bajo el cuello de encaje. Recorrió la estancia discretamente con la vista, preguntándose cuándo se encontraría con Rosalie y temiendo que llegara el momento.
Pero en lugar de ver a su Némesis, quedó encantada al descubrir a Elizabeth, que estaba charlando con uno de los nominados al premio y que estaba muy elegante con un vestido negro largo y un impresionante collar de grandes perlas al cuello.
Vio a Bella casi al mismo tiempo que ella y se excusó para acercarse.
—Qué sorpresa tan agradable —exclamó Elizabeth.
—Creí que dijiste que no vendrías —comentó ella, a la vez que apoyaba una mano en el hombro de la mujer.
—Oh, había planeado no hacerlo. Pero en vista de mi retiro, van a darme una especie de premio y habría sido de mal gusto no aparecer. —Se volvió hacia Edward y le dedicó una cálida sonrisa—. ¿Cómo estás, Edward? Como siempre tan elegante... y cada año que pasa te pareces más a tu madre. Sé que estaría muy orgullosa de tu trabajo aquí.
Bella apretó la mano de él, preocupada por cómo se tomaría el comentario. Pero le bastó lanzar una mirada a su rostro para ver que, lejos de disgustarle, esas palabras lo habían hecho ruborizarse de felicidad.
—Ahora, si me disculpáis —se excusó Elizabeth—, aún tengo que encontrar a un camarero que me ofrezca una copa de vino blanco en vez de algún ridículo cóctel.
Bella oyó una voz familiar que la llamaba.
—¡Swan! —Se volvió y vio a Jacob, que se acercaba con su acompañante, una joven muy delgada, con el brazo cubierto de tatuajes y el pelo rapado.
Bella la reconoció, era la mensajera.
—No llamas, no escribes... No me puedo creer que te fueras así —le dijo, mientras sonreía para indicarle que sólo bromeaba.
—Sí, fue un poco repentino. Jacob, éste es Edward, Edward, éste es Jacob y...
—Vanesa —dijo la joven, a la vez que le tendía la mano. Bella tiró de la manga de Edward.
—Es la mensajera que me entregó todas tus misivas —le explicó y observó cómo los ojos de Vanesa se abrían como platos.
—¿Tú eres el tipo? —preguntó la joven—. Tío, gracias por las propinas. Me has pagado esto.
Extendió el brazo para enseñarles un tatuaje recién hecho, una línea de texto en cursiva que le recorría la parte inferior de su antebrazo: La mente tiene su propio lugar y puede hacer del infierno un cielo y del cielo un infierno.
—Es una cita de Milton de El paraíso perdido —comentó la chica con orgullo.
—¿Sabes?, te juzgué mal —le confesó Jacob a Bella—. Debes de ser realmente cojonuda para que te despidan después de llevar sólo tres meses en el puesto.
Ella no tuvo ni idea de cómo responder a eso, aunque Vanesa asintió vigorosamente para mostrar su acuerdo.
—Bella... —dijo Edward a la vez que le apretaba la mano. Cuando ella levantó la vista, él le guiñó un ojo.
Un hombre de pelo plateado, bajo, pero de aspecto distinguido atravesaba la sala
en dirección a ellos.
En cuanto Edward lo vio, su rostro se iluminó.
—Qué alegría verte, Gordon —lo saludó—. Quiero presentarte a mi novia, Bella Swan.
Ella sonrió ante sus palabras. El hombre le estrechó la mano.
—Bella, éste es Gordon Mortimer, el editor de Taschen.
Ella conocía Taschen, probablemente la mayor editorial del mundo de libros de diseño, arte y fotografía. Edward tenía una considerable colección de ellos en su apartamento: Dalí, Helmet Newton, David LaChapelle, Roy Lichtenstein.
—Edward, vi tu exposición en Manning-Deere. Un trabajo fabuloso. He estado hablando con tu agente y me ha dado largas. Pero me encantaría hacer un libro contigo.
¿Te lo ha comentado?
Él asintió.
—Sí... y me siento halagado. Me encantaría trabajar contigo, pero no estoy seguro de que las fotos de Tanya Denali sean el material adecuado para mi primer libro.
—¿Tienes otra cosa en mente?
—Podría ser.
—Almorcemos juntos la próxima semana. —El hombre sonrió a Bella y estrechó la mano de Edward—. Estoy impaciente por seguir hablando del tema.
Cuando estuvo segura de que no podría oírlo, ella se volvió hacia Edward.
—Eso es tan emocionante... —dijo—. Quisiera hablar contigo más tarde.
Empezaron a moverse entre los invitados y, como un animal en la jungla, Bella sintió más que vio que Rosalie la observaba. Se volvió lo justo para verla. Su antigua jefa estaba con un hombre de aspecto blando que la rodeaba con el brazo y Bella supuso que sería su prometido, Harrison.
Bella se encontró con su mirada y, aunque apartó la vista rápidamente, el daño estaba hecho. Pudo interpretar claramente lo que decían sus ojos: «Lárgate de mi fiesta, puta».
—Oh, Dios —susurró Bella.
—¿Qué? —preguntó Edward.
—Es Rosalie.
—Ignórala —le ordenó—. No puedes permitir que te ponga nerviosa. Y no podrás evitarla toda la noche. Está sentada con nosotros.
Su mesa era la más próxima al estrado y estaba compuesta claramente por los invitados más importantes de la velada. Bella estaba entre Edward y el director de la biblioteca. Enfrente de ella, Ethan Hawke los entretenía con relatos de la primera gala de los Young Lions, en 1999. Bella apenas podía verlo por encima del centro de mesa de calas, pero escuchaba las anécdotas con mucha atención. Al lado de él, Rosalie
echaba chispas por los ojos, con una rabia que sin duda era invisible para todos excepto para ella.
El relato de los desastres evitados por poco de la primera gala fue acogido con sonoras carcajadas y eso animó a Harrison a contar su propia anécdota sobre la primera vez que llevó a Rosalie a Inglaterra para que conociera a su gran familia y ella se vio obligada a participar en la caza del zorro anual. Su relato divirtió a todos menos a la propia Rosalie.
—Siempre le digo que no se preocupe y, aun así, siempre lo hace, aunque al final las cosas acaban magníficamente —concluyó Harrison.
—Quizá acaban magníficamente porque me preocupo. O, como me gusta decirlo a mí, por mi duro trabajo —replicó Rosalie.
Si alguien más en la mesa se percató de la tensión del intercambio, no lo mostró. Ethan estaba respondiendo preguntas sobre su último proyecto, una secuela de la película Antes del atardecer. Ésa era la primera vez que Bella oía hablar de ello e intentó reprimir el impulso de intervenir y decirle cuánto le había encantado la película. Se dio cuenta de que la había visto cuando quizá era demasiado joven para apreciar del todo su exploración de la nostalgia, las oportunidades perdidas y los compromisos más persistentes de la vida, pero así y todo le había encantado. Hasta el momento, era la razón por la que deseaba visitar París. Se dijo que debería mencionárselo a Edward. Quizá algún día pudiesen ir juntos.
Aunque le cogía la mano por debajo de la mesa, él estaba distraído charlando con la pareja de Adam Levine, a quien, al parecer, había fotografiado hacía unos pocos meses para la revista W. Había habido un tiempo, no muy lejano, en el que eso habría hecho sentirse a Bella celosa e insegura. Pero estaba convencida de que su lugar ante su lente fotográfica, y en su corazón, no tenía rival. Cuando captó retazos de su conversación con la modelo, sonrió al escuchar que Edward estaba hablando de ella.
El director de la biblioteca se excusó.
—Es hora de que empiece el espectáculo —comentó y se acercó al estrado.
El persistente murmullo de la sala se tornó en silencio cuando el hombre se acercó al micrófono para dar la bienvenida a la decimocuarta gala de los Premios de Ficción Young Lions.
—Antes de que empecemos con la presentación de nuestro primer nominado, deseo dar las gracias a toda la junta, este año, sus miembros han hecho lo imposible para organizar esta velada seis meses antes de nuestra habitual fecha.
La sala estalló en un caluroso aplauso.
—Y ahora tengo el placer de presentarles al presidente de nuestra junta, Edward Cullen.
—Volveré en seguida —le susurró él.
Luego se reunió con el director en el estrado. Intercambiaron unas palabras, se hicieron las presentaciones y al final uno de los escritores finalistas tomó el micrófono para leer un fragmento de su primera novela.
Bella observó la gracia y naturalidad con que Edward se desenvolvía ante la multitud y pudo ver los ojos de todas las mujeres fijos en él, sobre todo los de una rubia en particular, sentada frente a ella. Cuando Edward regresó a la mesa, Bella se sentía henchida de orgullo y amor.
Él no se sentó, sino que le acarició levemente la espalda.
—Vamos fuera a tomar un poco el aire —sugirió.
No tuvo que repetírselo dos veces. Estaba ansiosa por compartir un momento a solas con él. Imaginó un rápido pero apasionado beso en el vestíbulo.
Edward caminó rápido con ella de la mano. No dijo ni una palabra hasta que estuvieron fuera, en el pórtico.
Hacía frío y Bella se estremeció. Edward se quitó la chaqueta y se la puso sobre los hombros.
—Parecías tan dominante ahí arriba —comentó.
—Tú de entre todas las personas eres la que mejor sabe qué aspecto tengo cuando soy dominante.
Ella sonrió y negó con la cabeza.
—Ya sabes a qué me refiero.
Se volvió hacia ella y le frotó los hombros.
—¿Has entrado en calor?
—Sí —respondió con una amplia sonrisa.
Los faros de los coches iluminaban la Quinta Avenida. Ella inspiró el aire, una brisa que soplaba del este.
—Bella, recuerdas lo que ha dicho ese editor, ¿verdad?
—Sí. Por supuesto. Es realmente emocionante. Me había comentado algo. Edward asintió.
—Mi agente me lo dijo hace unas cuantas semanas. Pero entonces no tenía nada que quisiera plasmar en un libro. Me parecía que era demasiado pronto para hacer algo así con Taschen.
—No te preocupes —lo tranquilizó ella—. Estoy segura de que la oferta seguirá en pie cuando estés listo.
—De eso quería hablar contigo. Estaba esperando el momento oportuno, pero el hecho de que nos hayamos encontrado con Gordon esta noche... ha sido una casualidad.
Bella lo miró con curiosidad.
—¿Qué? Me estás poniendo nerviosa.
—Quiero enseñarle tus fotos. Para un posible libro.
Ella se quedó sin respiración. Se llevó una mano al pecho mientras se decía que debía mantener la calma.
—Edward, dijiste que esas fotos eran sólo para ti. Para nosotros —añadió atropelladamente, tanto que no supo si él la habría entendido.
—Lo sé. Y puede seguir siendo así. Sólo te estoy diciendo que, de todas las fotos
que he hecho nunca, ésas son mis favoritas. Las mejores, de eso estoy seguro. La pasión y el amor que siento por ti se reflejan en ellas. Es lo que ha estado faltando en mi trabajo todo este tiempo. Te quiero, Bella.
—Yo también te quiero —dijo y Edward la atrajo hacia sus brazos.
Ella pegó la mejilla a su hombro, con cuidado de no mancharle la camisa blanca con el pintalabios rojo. Sus sentimientos por él en ese momento eran tan fuertes que hacían que la respuesta a su pregunta estuviera clara.
Estaba orgullosa de lo que habían hecho juntos. Las fotografías eran el resultado tangible de su encuentro en el término medio, del descubrimiento de ese lugar en el que podían amarse el uno al otro y aun así seguir amándose a sí mismos. No había nada malo en esas imágenes. No tenía que insistir en que quedaran sólo entre ellos dos. Quizá hasta que no fuera capaz de entregárselas, seguiría guardándose una parte de sí misma. Y deseaba dárselo todo.
—Quiero que le enseñes las fotos —decidió. Edward se echó hacia atrás y la alejó delicadamente.
—No tienes que aceptar. Aun así, te quiero —le recalcó.
Aunque Bella podía ver que intentaba ser comedido y que su excitación era palpable.
—Sé que no tengo que aceptar. Hablo muy en serio.
Él miró al suelo, luego a ella y la sorprendió ver lágrimas en sus ojos.
—Me has hecho un verdadero regalo, Bella. Y no me refiero sólo a las fotos.
Ella se acercó y lo rodeó con los brazos. Se sentía tan feliz que le parecía que iba a estallar de felicidad.
Edward la apartó y entonces se dio cuenta de que le tendía una cajita azul. Una caja de Tiffany's.
—¿Qué es esto? —preguntó, sintiendo un déjà vu de la noche que le regaló el candado.
Edward le sonrió con los ojos brillantes. Bella desató rápidamente el lazo blanco y la abrió. Se encontró con una llave de platino, de casi cuatro centímetros de largo, recubierta de diamantes. La sacó de la caja y vio que era un colgante.
Él alargó los brazos y ella se dio cuenta de que le estaba desabrochando el colgante del candado. Edward lo guardó en su mano.
—Me encantaría verte con el nuevo —le dijo, mientras se lo ponía—. No has acabado de mirar dentro de la caja.
La base de terciopelo sobre la que había estado el colgante se veía vacía. Bella miró a Edward con curiosidad. Él alargó la mano y apartó el forro de la caja. Allí, en el fondo, había una llave desgastada de bronce, muy normal.
—¿Qué es esto? —preguntó confusa.
—La llave de mi apartamento —contestó—. Supongo que con tu compañera de camino al altar necesitarás un lugar donde vivir.
Bella se llevó una mano a la boca mientras esbozaba una sonrisa idiota que amenazaba con convertirse en una risa de éxtasis.
—¿Es eso un sí? —inquirió Edward. Ella asintió con los ojos como platos.
Él la besó en los labios con suavidad, luego se echó hacia atrás.
—Por supuesto, comprenderás que en mi casa hay ciertas normas. Pero sé que eres obediente.
—Oh, ¿lo soy?
—Sí —respondió, estrechándola y pegando la boca a su cuello—. En el dormitorio al menos.
La cogió de la mano y empezó a bajar con ella la escalinata.
—No podemos irnos todavía —comentó Bella.
—Por supuesto que sí.
—Quiero ver cómo le entregan el premio a Elizabeth.
—¿Vas a hacer que me siente ahí dentro y me trague la ceremonia entera? Bella sonrió mientras asentía despacio.
—Vale, puedes hacer que me siente y me la trague —cedió—. Pero cuando lleguemos a casa, voy a asegurarme de que tú no puedas sentarte en una semana.
—Promesas, promesas —canturreó Bella, inclinándose sobre él. Entraron de nuevo en la biblioteca cogidos de la mano.
FIN
Gracias por llegar hasta aquí. Gracias a todos aquellos que se han molestado en escribir un reviews a lo largo de esta maravillosa historia. Gracias por los Favs y por los Follows. Gracias también a todos los anónimos que habéis estado todo este tiempo conmigo en esta historia. Gracias a todos de corazón.
LA BIBLIOTECARIA de Logan Belle
