Este Fic es una adaptación de la novela "El beso del Arcángel" de Nalini Singh (y continuación de la novela "El Ángel caído")
el cual les comparto sin fines de lucro, sino para dar vida a mis personajes favoritos de Bleach pertenecientes al "Trol mayor" Tite Kubo.
Espero lo disfruten.
Dentro de esta adaptación se han realizado algunos cambios para que se ajusten a los personajes de Bleach.
Cursivas, comunicación / vinculo mental
Capitulo 33
A Rukia se le cayó la baba al ver a Ichigo con ropa formal. Su perfil destacaba
con perfecta claridad contra el cielo nocturno mientras caminaban por las
sinuosas calles de la Ciudad Prohibida siguiendo a su escolta hasta la cena. Su
arcángel llevaba una camisa blanca con pantalones negros, pero esa camisa era
una obra de arte, y a que el tejido a ambos lados de las ranuras para las alas
estaba bordado con un diseño negro que se curvaba y flotaba... sin llegar a
perder ese toque que, según se decía, era típico del arcángel de Nueva York.
La palabra « sexy » era demasiado sosa para describirlo.
Y era obvio que las bellas vampiresas de melena sedosa que los rodeaban
pensaban lo mismo. Rukia fulminó con la mirada a una que tuvo la temeridad de
agitar el abanico en dirección al arcángel. El abanico cayó.
Satisfecha, la cazadora se volvió hacia Ichigo.
—¿Y Hisagi y Uryu?
—Tienen trabajo que hacer.
¿Ella sabe lo de Hisagi?
Sí.
Un instante después lo guiaron hasta unas intrincadas puertas lacadas, hacia
una sala que parecía absorber la luz y el aire, una sala que le aplastó las costillas
contra los órganos internos. Ichigo cambió ligeramente de posición y la miró a
los ojos para darle algo en lo que concentrarse, una forma de luchar contra la
sensación de agobio. Pareció que pasaban horas, aunque en realidad debieron de
pasar un par de segundos. Mientras su corazón recuperaba el ritmo normal, Rukia
volvió a concentrar su atención en la estancia, y su mirada se vio atraída por un
grupo de sillas situado junto a una pared llena de mariposas con las alas
extendidas en una pose eterna y un alfiler atravesado en el abdomen.
—Ichigo —lo saludó Unohana a través de la estancia. Sus pupilas tenían un
extraño tono iridiscente. Llevaba un vestido extraño, una desconcertante creación
infantil formada por capas y capas de gasa vaporosa que rodeaban su cuerpo de
tonos grises y neblinosos. Su cabello flotaba a los lados de su rostro, agitado por
un viento que Rukia no podía sentir, un viento que no movía ni las gruesas cortinas
de brocado ni los exquisitos tapices de las paredes.
Como si se tratara de una advertencia primigenia, toda la piel de Rukia se erizó.
Al parecer, millones de años de evolución le decían que nunca, jamás,
debería convertirse en el foco de atención de la criatura que se encontraba
delante de ella. Porque no era la estancia lo que absorbía la luz. Era Unohana. El
cerebelo de la cazadora envió una descarga de pánico a su cuerpo cuando ella se
quedó inmóvil, para avisarle de que debía huir, esconderse.
Pero, por supuesto, ya era demasiado tarde.
Observó cómo Ichigo tomaba la mano de Unohana e inclinaba la cabeza para
rozar con los labios esa piel pálida y perfecta. Los ojos de Unohana se clavaron en
los suyos por encima del hombro del arcángel, y no había nada ni remotamente
humano en ellos, nada que Rukia pudiera interpretar.
Cuando la delicada criatura retrocedió un paso, su mirada volvió a
concentrarse en Ichigo.
—Estás diferente.
—Y tú no cambias jamás.
Una risa tintineante, una que a Rukia no debería haberle parecido tan
cortante... pero lo cierto era que parecía creada a base de hojas de afeitar
machacadas hasta convertirse en cristal.
—¿Por qué no te conocí cuando era más joven?
—Por aquel entonces no te habrías interesado en mí —dijo Ichigo, que se
volvió para colocar la mano en la parte baja de la espalda de Rukia—. Esta es
Rukia.
—Tu cazadora. —Los ojos claros de Unohana se clavaron en ella, y Rukia tuvo
que echar mano de toda su fuerza de voluntad para no retroceder, para no
esconderse.
Porque Unohana era el monstruo del armario. Ese con el que las madres
asustaban a los niños. El que se suponía que uno nunca debía ver.
—Lady Unohana. —El título formal que le había enseñado Jessamy salió de sus
labios con normalidad. Aunque Rukia no sabía muy bien cómo. Los ojos de la
arcángel se posaron en su cuello.
—No llevas collar.
Rukia no bajó la mirada, aunque sentía un nudo de furia en el estómago.
—Prefiero el regalo de Ichigo.
—Una daga; esos adornos fueron muy populares en otras épocas. —Unohana
cambió de tema, como si ese collar que tanto dolor le había provocado ya no
tuviera importancia—. Unas alas preciosas. ¿Te importaría mostrármelas?
Rukia no deseaba mostrarle nada a esa criatura, pero la petición había sido de
lo más educada. No estaba dispuesta a originar un incidente político por el mero
hecho de que Unohana fuera tan inhumana que desafiara cualquier tipo de
explicación. Tras cambiar de posición para tener algo de espacio, desplegó las
alas que su arcángel le había otorgado al devolverle la vida. Sin embargo, cuando
Unohana alzó una mano como si fuera a tocarlas, Rukia las cerró de golpe. Ichigo
ya estaba hablando:
—No es propio de ti romper el protocolo.
—Mis disculpas. —Unohana bajó la mano, pero sus ojos no se apartaron de las
partes de las alas de Rukia que se veían alrededor de su cuerpo—. Mi única
excusa es que son, sin duda, extraordinarias.
Rukia deseó poder plegarlas aún más.
—Gracias.
Unohana aceptó el agradecimiento como si fuera algo obligatorio.
—Las mías, como puedes ver, son muy sencillas. —Extendió las alas.
Tenían un color gris suave. Y eran exquisitas en su sedosa perfección.
—Sencillas, quizá —dijo Rukia—, pero aún más hermosas por eso mismo.
Unohana recogió sus alas.
—Cuánta sinceridad. ¿Es por eso por lo que te resulta intrigante?
Ichigo contestó a la pregunta implícita.
—A ti te interesan muy poco esas emociones terrenales.
—Ah, pero tú sí me intrigas. —Tras tocarle la mano, Unohana hizo un gesto
hacia su izquierda—. Pensé que podríamos comer de manera informal.
Rukia estuvo a punto de tragarse la lengua al oír eso. Tal vez esa estancia no
fuera un comedor, pero era lujosa más allá de cualquier descripción. El muro
posterior estaba cubierto de paneles ribeteados en oro labrado; en la pared
derecha colgaban tapices que seguramente costarían cientos de miles; el muro
anterior estaba lleno de ventanas que permitían observar las animadas y
elegantes celebraciones de los cortesanos más abajo. La pared izquierda, la
pared junto a la cual se iban a sentar, era donde estaban las mariposas.
Aunque reacia a hacerlo, Rukia se acercó a una silla tapizada en un
asombroso tono jade, y no pudo evitar contemplar a las criaturas paralizadas en
un movimiento eterno.
—No hay cristales —dijo, casi para sí—. ¿Cómo evitas que se deterioren?
Otra risotada de campanillas. A Rukia se le heló el corazón al darse cuenta de
lo que había dicho.
—¿No le has contado mi secreto, Ichigo? —Unos ojos que brillaban con un
pícaro entusiasmo infantil.
Escalofriantes.
Ichigo apoyó la mano un instante en la espalda de Rukia.
—Ya no es ningún secreto. Yachito me habló de ello ayer.
—Pero tú lo sabías antes que nadie. —Unohana tomó asiento en una silla
diseñada para acomodar las alas, con una columna central como base y unos
costados que se curvaban con elegancia hacia fuera—. ¿Cómo está ese ángel de
alas negras?
Ichigo esperó a que Rukia se sentara antes de situarse en la silla de al lado.
—Hisagi está deseando que se celebre el baile. Esa conversación civilizada ocultaba
una corriente subyacente de peligro que se enroscó en los tobillos de Rukia como una
lengua de fuego. Ichigo le había dicho que uno de los renacidos de Unohana había herido
a Hisagi. En esos momentos se preguntó si el ataque había sido intencionado. ¿Una advertencia?
Unohana alzó una mano, y el cadáver de una mariposa de color azul brillante
flotó desde la pared hasta su palma. El alfiler cay ó sobre la alfombra sin hacer
ruido.
—¿Y el joven? ¿Ese tan guapo?
—Decidí que sería mejor que Ashido no nos acompañara —replicó Ichigo de
inmediato—. Podría haber sido una tentación demasiado grande.
Unohana dejó la mariposa sobre la mesa y se echó a reír, aunque esa vez su
risa fue más siniestra, llena de « verdadero humor» , si se podía llamar así.
—Mmm... Sí, tiene unas alas magníficas. —Volvió la vista hacia Rukia—.
Tan inusuales como las tuyas.
—Por desgracia —dijo Rukia, que sabía que debía mantenerse firme aunque
esa arcángel fuera capaz de aplastarla con un simple pensamiento—, yo
tampoco soy un artículo coleccionable.
—Oh, no querría que nadie clavara tus alas en una pared —aseguró Unohana,
cuyo cabello seguía agitándose con esa brisa espectral que no tocaba nada más
—. Con vida me resultas muchísimo más interesante.
—Una suerte para mí —dijo, aunque no lo creía ni por asomo. Se apoyó en el
respaldo de la silla y permitió que Unohana e Ichigo llevaran el peso de la
conversación. Mientras hablaban, ella observó, escuchó... e intentó averiguar por
qué Unohana parecía tan extraña.
Sí, su poder le ponía los pelos de punta, pero, en cierta ocasión, Ichigo le
había roto a un vampiro todos los huesos del cuerpo y lo había dejado en un sitio
público a modo de advertencia. Y la conversación que habían mantenido en el
avión le había dejado claro que en la actualidad era tan capaz de esa clase de
brutalidad como el día que lo conoció.
No obstante, tenía a Ichigo en su cama todas las noches, se acurrucaba entre
sus brazos cuando las pesadillas se ponían demasiado feas. Confianza. Había
confianza entre ellos. Sin embargo, antes, cuando solo era el arcángel de Nueva
York (un ser duro, cruel y sin ningún tipo de piedad), nunca le había puesto la
carne de gallina, nunca le había provocado esa sensación de estar en presencia
de una criatura que simplemente no debería existir.
—Ah, al fin ha llegado la comida.
Rukia ya había vuelto la cabeza hacia la puerta, puesto que había detectado la
esencia de los vampiros que se aproximaban.
Jazmín y miel.
Dulce bálsamo de copaiba salpicado de canela.
Un beso de rayos de sol matizado con barniz. Combinaciones peculiares, esencias extrañas,
pero los vampiros eran así. Le había preguntado a Grimmjow qué olores percibían los vampiros en
sus demás congéneres. El vampiro había sonreído con esa expresión maliciosa
que reservaba solo para ella y le había respondido: « Ninguno. Reservamos nuestros
sentidos para los mortales, para la comida».
Los tres que acababan de entrar en la estancia eran criaturas masculinas,
pero solo uno de ellos tenía el pelo negro azabache y los ojos almendrados típicos
de la patria de Unohana. Ese era el que olía a bálsamo de copaiba. Junto a él había
un eurasiático con los hombros amplios típicos de un boxeador y los ojos azules
propios de un chico de Kansas; su rostro no encajaba del todo bien, pero resultaba
deslumbrante de cualquier forma, o quizá debido a esos rasgos tan peculiares.
Ese era el que olía a jazmín. Y el de los ray os de sol... Rukia sintió un vuelco en
el estómago ante los recuerdos que evocaba ese aroma: recuerdos de sangre y
muerte, de carne podrida por todas partes, de Uram dándole una patada en el
tobillo roto.
El de los rayos de sol se acercó para dejar un delicado juego de porcelana
pintada a mano sobre la mesita baja labrada que conformaba la única barrera
entre Ichigo y ella. La piel de su mano tenía la lustrosa negrura que puede
apreciarse en el corazón del tronco del jacarandá africano, una madera tan rica
y pura que su precio ascendía a miles de dólares.
Tenía una piel muy hermosa que le recordaba los meses que había pasado en
África, y la dejó tan fascinada que tardó un momento en mirarlo a los ojos y
darse cuenta de que estaba muerto.
Ichigo se percató del instante en que Rukia comprendió que el vampiro que
estaba ante ellos, sirviendo el té Oolong de color miel en una taza diminuta, era
uno de los renacidos. Todo su cuerpo se puso rígido, y se quedó inmóvil, inmóvil
como un cazador que ha avistado a su presa.
Podría haberle hablado mentalmente para advertirle que no debía revelar sus
miedos, pero dadas las crecientes habilidades de Unohan, era posible que la
arcángel escuchara esa advertencia, e Ichigo no estaba dispuesto a hacer nada
que resaltara la debilidad de Rukia. En lugar de eso, confió en su cazadora, y ella
no le falló.
—Gracias —le dijo educadamente al renacido cuando terminó de servirle el té.
El vampiro respondió con una inclinación de cabeza. Estaba tan fresco, tan
lozano, que resultaba evidente que había sido creado hacía muy poco tiempo. Sus
ojos... Sí, había algo en ellos, cierto conocimiento de quién había sido y de lo que
era en esos momentos. Pero no mostraban pánico. Quizá no comprendiera
todavía en qué se había convertido. Ichigo aguardó a que el renacido se acercarapara
llenar su taza mientras el de los ojos azules servía a Unohana.
—Un brindis —dijo Unohana, que alzó su tacita mientras los sirvientes
empezaban a colocar sobre la mesa los alimentos que llevaban en un carrito de
madera y oro—. Por los nuevos comienzos. —Tenía los ojos puestos en Rukia.
Ichigo contuvo el instinto que lo impulsaba a colocarse en medio, a proteger a
Rukia de una amenaza frente a la que no tenía ninguna oportunidad de
sobrevivir... aunque, después de todo, su cazadora había sobrevivido a él.
—Por los cambios —dijo.
Unohana trasladó la mirada hasta él, pero no comentó el sutil cambio del
brindis.
—Eso servirá. —Hizo un gesto con la mano a las tres criaturas y estas se
marcharon tan silenciosamente como habían llegado.
—¿No hay audiencia? —Ichigo le pasó a Rukia una pequeña bandeja con un
pastel de alubias pintas que sabía que le gustaría.
—Hoy no. —Unohana observó cómo Rukia se comía el pastel que él le había
dado—. ¿La comida sigue proporcionándote placer, Ichigo?
—Sí. —Una respuesta sencilla. Todavía estaba arraigado a la tierra, al mundo
—. Tú ya no comes. —Era una suposición, pero no esperaba que ella lo admitiera.
—Se ha convertido en algo innecesario. —Dio un sorbo de la taza que tenía en
la mano—. Con amigos, hago un esfuerzo, pero...
Ichigo comprendió lo que quería decir. Ningún arcángel se había muerto de
hambre, ni siquiera cuando dejaba de comer por completo. No obstante, la falta
de sustento al final derivaba en un debilitamiento de los poderes. Podía tardar
años, tal vez décadas, pero la pérdida sería permanente. Un arcángel no podía
permitirse correr ese riesgo.
Unohana le estaba diciendo que había ido más allá de eso. Lo cual traía a
colación la pregunta de cómo conseguía poderes ahora.
—¿Carne y sangre? —inquirió, consciente de que Rukia seguía extrañamente
callada a su lado. Algunos podrían pensar que era la intimidación lo que la hacía
guardar silencio, pero él sabía muy bien que estaba escuchando, aumentando sus
conocimientos, tomando nota de todos los posibles puntos débiles.
—Eso sería una involución —dijo Unohana, cuyo cabello se agitaba como si
recibiera las caricias de unos dedos fantasmales—, y yo estoy evolucionando.
Rukia aguardó hasta que estuvieron tras las puertas cerradas de su dormitorio
para permitirse temblar.
—Ella... ¿qué es?
—El poder en su forma más pura. —Ichigo se acercó a las puertas de
madera lacada que conducían al patio privado y a la terraza para abrirlas de paren par
—. Ven el aire te despejará.
Ella tomó la mano que le ofrecía y dejó que la guiara hasta el fresco aire
invernal. La Ciudad Prohibida se extendía ante ella como un océano de estrellas
multicolores. Los bailarines seguían girando con elegancia en el patio principal, al
compás de una música hechizante, evocadora, lo bastante hermosa como para
llenar los ojos de lágrimas.
Acurrucada en el círculo de los brazos de Ichigo, con la cabeza apoyada en
su pecho y los brazos alrededor de su cintura, respiró hondo por primera vez en
muchas horas. Sus pulmones absorbieron el aire como si estuvieran sedientos, y
su garganta se abrió por fin con un estremecimiento de alivio.
—Esa música... ¿Qué instrumento es ese?
—El ehru.
Permanecieron inmóviles durante un buen rato, dejando que la música del
violín chino se colara en sus huesos. Rukia fue la primera en hablar.
—Tú no crees que ella les robe poder a otros, ¿verdad?
—No. —Ichigo deslizó las manos sobre sus alas, y la intensa sensación fue
bienvenida, un recordatorio de que era una persona real, muy distinta a la
criatura que se había sentado frente a ellos en esa estancia llena de silencio—. Si
pudiera hacer eso, sus cortesanos no estarían tan sanos. Unohana siempre juega
primero en su propio territorio.
—Como con los renacidos... —Se estremeció de nuevo y metió la mano bajo
su camisa para disfrutar la calidez de la piel masculina—. Ese vampiro... olía a
barniz y a rayos de sol. Era nuevo... reciente.
—Cree que le han concedido una segunda oportunidad —señaló Ichigo al
recordar la lealtad que había mostrado su mirada oscura cuando se posó en
Unohana.
—¿Cuándo empiezan a pudrirse?
—Hisagi está a punto de llegar. —Podía percibir que su jefe de espionaje se
aproximaba—. Nos contará la información más reciente, pero por lo que
sabemos hasta ahora, eso depende no solo de la cantidad de poder que Unohana
emplea al crearlos, sino también de con qué los alimenta.
—Carne —susurró Rukia—. ¿Humana?
—O de vampiro. Eso parece tener poca importancia. —No había informes
sobre ángeles sacrificados para las mascotas de Unohana, pero Ichigo no
consideraría tal depravación impropia de la más antigua de los arcángeles.
—¿Ese nuevo aspecto de tus habilidades se ha estabilizado ya?
—No. —Rukia siguió con la mirada el descenso de Hisagi desde el cielo,
aunque el ángel de alas negras era apenas una sombra—. Viene y va. Aunque la
mayoría del tiempo no cuento con ella. —Apretó los labios contra la mandíbula
de su arcángel—. Pero tú siempre has sido la lluvia y el viento en el interior de
mi mente. Te saboreo cuando estoy dormida, cuando me despierto, cuandorespiro.
Si Hisagi no hubiera aterrizado entonces, Ichigo la habría arrastrado hasta el
dormitorio para saciarse con esa esencia femenina única. Pero puesto que sí lo
hizo, se conformó con cerrar la mano sobre su nuca y rozar con los labios la
dulce curva de su oreja.
Te saborearé esta noche, Rukia. Prepárate para mí... No pararé hasta que
grites de placer.
El arcángel percibió el vuelco del corazón femenino, su falta de aliento. Sin
embargo, su cazadora jamás se había acobardado frente a un desafío.
Cuando quieras, angelito.
