Se acerca el final de esta grandiosa historia, y espero que os haya gustado mucho, al igual que a mí. Preparen pañuelos para este antepenúltimo capítulo.
Ya tengo vistos otros dos posibles fics para traducir, ya os contaré más detalles.
Doble unión
A lo largo de los meses que trascurrieron desde la conclusión de la Gran Batalla, Emma Swan y Regina Mills comenzaron a pensar en la posibilidad de cambiar la alianza dorada del dedo de la mano derecha al de la mano izquierda, y así comenzaron a planear la tan soñada boda que oficializaría su unión para siempre. Toda la población de Storybrooke estaba eufórica y animada con ese enlace matrimonial, y no se hablaba de otra cosa cuando las dos compartieron con todos que la boda se llevaría a cabo en unos meses.
Al mismo tiempo, la Reina Regina y su amada princesa Clarissa también decidieron unirse en matrimonio. Para las dos no había necesidad de pensarlo mucho ni tiempo que perder. Ellas se amaban y tenían plena convicción de eso, y también tenían la certeza absoluta de que querían compartir sus vidas para siempre al lado de las ahora sus hijas de sangre y de corazón: las pequeñas Clarissa y Scarlet. Tenían la bendición del rey Markus, padre de Clarissa, y de los otros reyes de Daltro, y también la de todo el reino, que ya creía plenamente en la completa redención de las dos. Clarissa y Regina ya habían hecho y trazado sus planes, así que no había por qué esperar más.
Tras decidir ambas parejas de mujeres casi al mismo tiempo que se iban a casar, conversaron entre ellas y con sus familias y se decidió que harían una gran ceremonia en conjunto: se casarían el mismo día, en el mismo sitio y misma hora, unidos todos los pueblos y reinos en una gran y maravillosa ceremonia y fiesta. La doble unión tendría lugar en el Palacio Real, el palacio de Regina Mills, ahora gobernado también por los reyes responsables de Daltro. Estarían reunidos allí los pueblos de Daltro y alrededores del Bosque Encantado y toda la población de Storybrooke.
Fueron exactamente ocho meses de preparación y dedicación para las mujeres, para estar hoy donde estaban, con sus corazones saltando de emoción en el pecho, esperando el instante más feliz de sus vidas: unirse para siempre con sus amadas.
Emma Swan llevaba un largo vestido blanco, estilo sirena, de encaje, con flores delicadas, que delineaba sus bellas curvas y acentuaba aún más los músculos bien definidos. Tenía pequeñas lentejuelas, el escote discreto era redondo y las mangas largas y transparentes daban el toque final elegante al bello traje. El cabello ya estaba listo en el moño adornado con las trenzas y pétalos de rosas blancas. En el rostro, un maquillaje en tonalidad rosa que daba al rostro de la Salvadora una apariencia más serena y angelical.
Clarissa marcaba toda su jovialidad, propia de una niña mujer, con un vestido blanco de vuelo, estilo palabra de honor y sin mangas, algo más ceñido a la cintura con un lazo plateado que la rodeaba. La falda caía en cascada sin cubrir los pies, llegando hasta los tobillos. Sus largos cabellos dorados estaban completamente sueltos y ondulados, con una tiara blanca cubierta de pequeñas flores blancas que combinaban perfectamente con su maquillaje también en tonalidades rosa, como el de Emma.
Al darse el último vistazo en el gran espejo, salieron de la enorme habitación, colmadas de ansiedad, al lado de Henry, Belle y Zelena.
–¡Hijo, tu corbata está torcida!–Emma se dirigió a Henry y la arregló
–¡Emma, Clarissa, tomad!–Belle entregó a las dos mujeres sus ramos, que consistían en un conjunto de rosas rojas y blancas, las preferidas de las dos Reginas.
–¡Esto va a ser demasiado hermoso!–Zelena ya se secaba una lágrima.
La ceremonia tendría lugar dentro del gran salón principal, todo ya estaba preparado: los invitados ya acomodados, Archie ya en su lugar de maestro de ceremonias, y Regina, alcaldesa, y Regina, reina, ya en el altar esperando a sus futuras esposas.
Emma, Clarissa, Belle, Henry y Zelena llegaron hasta la enorme puerta de roble que se encontraba cerrada, y escucharon los primeros sonidos de los murmullos de la multitud de dentro, así como las primeras notas musicales de los músicos afinando sus instrumentos para recibir la gran boda doble.
David Nolan ya estaba esperando a su hija para llevarla al altar, al igual que Markus, padre de Clarissa, que iba a hacer lo mismo. Ambos hombres estaban muy elegantes en sus típicos trajes de príncipe y rey, y silbaron al ver a sus pequeñas.
–¡Estáis maravillosas!–dijo David, cogiendo la mano de Emma, y haciendo que esta diera una vuelta.
–¡Las más hermosas novias de todas!–completó Markus, dejando un beso en la cabeza de Clarissa.
–¡Estoy muy nerviosa, papá!–dijo Emma, riendo –¡Solo Regina podía dejarme tan ansiosa!
–¡Comparto el mismo sentimiento!–completó Clarissa.
–¡No te preocupes, hija mía!–dijo David–Es de lo más normal. Te voy a confesar que cuando llegó el momento de encontrarme con tu madre en el altar me dieron dolores de barriga–todos rieron –Pero basta que entres y mires a los ojos a la mujer que amas, a la mujer que te espera allí llena de amor…Que todo pasará en un parpadeo. Y todo lo que quedará será únicamente vosotros dos en aquel momento, y nadie más.
–Estoy de acuerdo con el señor Nolan–dijo Markus–De verdad es así. Nada supera la imagen de la persona amada esperándote al final del camino. Y os confieso a las dos…–miró de una a otra –¡Vuestras prometidas están hermosas! Os vais a quedar con la boca abierta cuando las veáis…
Emma y Clarissa asintieron y sonrieron emocionadas, sus esperanzas y expectativas más elevadas después de esas palabras de Markus.
–¿Puedo avisar entonces que podemos abrir la puerta y comenzar la ceremonia?–preguntó Zelena frotándose las manos, muy animada.
–¡Puedes!–Todos dijeron a la vez, y Belle, tras darles un abrazo a Clarissa y a Emma, siguió a Zelena y entró para colocarse. Ella era una de las madrinas.
Había llegado el momento. Clarissa y Emma se apretaron las manos y se sonrieron, una sonrisa cómplice y de pura felicidad. Y se pusieron lado a lado. Markus le ofreció el brazo a Clarissa que enseguida lo agarró. A su lado, David y Henry, ambos con una sonrisa de oreja a oreja, ofrecieron sus brazos a Emma, que quedó en medio de los dos. Emma sería llevada al altar por su padre y por su hijo.
Estaban delante de la enorme puerta de roble, apenas esperando a que se abriera en cualquier momento. La música comenzó a hacerse más fuerte adentro. Las puertas comenzaron a abrirse lentamente…Lentitud que contrastaba perfectamente con la rapidez en que latían los corazones de Emma y Clarissa. La emoción y la ansiedad solo aumentaban.
Y cuando las grandes puertas de roble se abrieron completamente, el mundo se detuvo y las dos mujeres realmente pudieron comprobar cuánta razón tenían las palabras que les habían dicho minutos atrás. Bastó que dieran algunos pasos hacia el interior del salón para que el mundo se detuviera para ambas, y toda la ansiedad y nerviosismo se disipara como el viento, dando lugar solo a la más pura emoción de felicidad y alegría en el momento en que sus ojos se encontraron con los ojos de las mujeres que amaban, esperándolas a algunos metros de distancia en el altar. Hermosas. Deslumbrantes. Eran los adjetivos mínimos que Emma y Clarissa podían dar a sus prometidas. El deseo de las dos era atravesar rápidamente la gran alfombra roja que las conducía al altar y tirarse a los brazos de sus Reginas.
Con las mismas emocionadas sonrisas y los ojos clavados en sus prometidas que comenzaban a entrar en el salón, la Reina Regina y la alcaldesa Regina estaban allí, llevando el mismo vestido, ya que sabían que la una era parte de la otra y que siempre estarían unidas en alma y corazón. Llevaban un largo vestido blanco, sembrado de perlas, digno de dos imponentes reinas, la parte baja, larga, cubriendo el suelo alrededor de sus pies. Lo único que las diferenciaba en ese gran día eran los peinados: la reina tenía su largo cabello recogido en una bella trenza cayéndole por el hombro derecho, adornada con pequeñas perlas blancas. En cambio, Regina, la alcaldesa, llevaba en el cabello corto un elegante peine plateado de dientes finos que dejaban sueltos algunos cabellos cerca de su rostro. El maquillaje era igual en ambas: labial rojo y ojos más marcados.
Mientras Emma y Clarissa caminaban lentamente hacia sus amadas, mirándose a los ojos, colmados de emoción y lágrimas, la bellísima canción "Surprise Yourself", de Jack Garratt, era tocada y cantada por los músicos que estaban acomodados en el segundo piso del salón.
Durante el trayecto, Emma y Clarissa iban saludando a todos los que podían. El enorme salón estaba totalmente repleto, adornado con muchas cintas blancas y rosas amarillas, blancas y rojas. Todos los habitantes de Storybrooke estaban allí reunidos: Geppetto, Granny, los enanitos, las hadas, Robin y Maléfica, entre tantos otros. Los habitantes de Daltro y de otros reinos también estaban en gran número: Ruby y Dorothy, Mérida, Mulan, Philippe y Aurora, Elsa, Anna, Tiana, trabajadores, hechiceros…En cierto momento, Clarissa se deparó con las madres de las muchachas muertas, que ahora se reencarnarían, todas lado a lado, en la fila, mostrando la enrome barriga de ocho meses de gestación. La princesa sonrió emocionada a las madres y fue correspondida. Pronto las muchachas estarían de nuevo en la tierra, en los brazos de sus familias. Todos con sus mejores trajes de gala.
Zelena, Belle, Gold, Blanca, David, Henry, Markus, Edward y Dulce serían los padrinos y testigos.
El salón era pura alegría y ojos humedecidos. Sería una noche memorable, tanto por la alegría del momento como por la unión de los pueblos.
Tras lo que pareció una eternidad, Emma y Clarissa llegaron hasta sus prometidas en el altar. Bajo la mirada amistosa y la gran sonrisa de Archie, el maestro de ceremonias, los padres y Henry entregaron a sus niñas, con grandes sonrisas, a las manos de sus amadas.
Al entrelazar sus dedos e ir subiendo hasta el escalón más alto para quedar frente a frente con Archie, tanto Emma y Regina como Clarissa y la Reina no dejaban de mirarse y sonreír apasionadamente la una a la otra. El amor estaba presente en cada célula de los cuerpos de aquellas cuatro mujeres.
Quedaron la Reina Regina y Clarissa, de manos dadas, en el lado izquierdo y paralelas a ellas, Emma y Regina, en el lado derecho.
Miraron a Archie que, con una enorme sonrisa, inició la ceremonia haciendo que todos guardaran silencio.
–Antes de dar comienzo a esta ceremonia doble…–comenzó a decir el terapeuta, carraspeando –Tengo que preguntar primero: ¿nadie pretende huir hoy, no? Si es así, que lo diga antes de comenzar.
El salón entero estalló en carcajada, así como las novias en el altar y el propio Archie. La broma estaba relacionada a la boda anterior, en donde Emma Swan había salido corriendo dejando al novio, Killian Jones, plantado en el altar. En aquella época fue intenso, pero hoy, ya se podían reír de la situación.
–Si dependiese de mí…–Emma dijo apretando más los dedos de Regina y mirándola con ojos de amor y sonriendo –No querría ni salir hoy de aquí. Ahora sí, estoy donde quiero estar y con quien quiero estar. Estate tranquilo, Archie–la rubia lo miró bromista –Esta vez no huiré.
Archie asintió, también divertido y dio continuidad a la ceremonia.
–Estamos aquí reunidos hoy para celebrar la unión matrimonial de esta dos parejas, unidas por el amor y por el deseo de estar juntas para siempre…
Él continuó con las palabras típicas de una boda y a esas alturas ya todos estaban emocionados agarrando sus pañuelos. Belle, Zelena y Blanca se deshacían en llanto encima del altar, al igual que Dulce.
Había llegado uno de los momentos más esperados de la noche: los votos. Comenzarían Clarissa y la Reina Regina. Mientras, Emma y Regina esperarían sentadas al lado, en dos sillas adornadas como tronos, preparadas especialmente para aquella ocasión.
Clarissa comenzó a decir sus votos, con la voz tomada, mirando a los ojos a la reina
"¡Majestad…Mi reina Regina! Haber llegado a este momento es luz en mi corazón, es curación a mis heridas y bálsamo para mi alma. Nuestra redención se dio al mismo momento. Antes estábamos ligadas por la oscuridad, y ahora estamos conectadas por el más profundo amor y luz. Creo que incluso en el momento de nuestra oscuridad ya existía amor. Sin embargo, ahora es mucho más especial, pues es el amor puro y verdadero, libre de los resquicios de los tiempos sombríos. Quiero amarte más de lo que ya te amo desde la primera vez que te vi. Quiero cuidarte y estar contigo, en todo y para siempre"
Los aplausos sonaron por todo el salón mientras las lágrimas de Clarisa ya no podían quedar sujetas.
Era el turno de los votos de la reina Regina y emocionada e impactada por las palabras de su pupila, comenzó, con una enorme sonrisa
"¡Pequeña! ¡Si no te importa, es así como siempre te llamaré, mi pequeña, mi niña! Niña mujer a la que tuve el honor de conocer y con la que hoy me estoy casando. Y para siempre, mi pequeña, quiero protegerte y amarte. Confieso que tardé en admitir este amor que crecía dentro de mí, como bien tú sabes, pero también estuvo siempre ahí, listo para estallar en cualquier momento, desde la primera vez que puse mis ojos en ti. Tuve mucho miedo y tenía la certeza de que no merecía tu amor. Pero hoy, lo veo: ¡si existe amor verdadero, existe perdón, existen segundas oportunidades! Y hoy, libre de toda la oscuridad que un día nos invadió, me siento libre para amarte.
Más aplausos y más lágrimas, sobre todo de las novias que ahora se daban un piquito lento y apasionado.
Terminados los votos de ambas, ahora el turno de Emma Swan y Regina Mills. El momento era muy esperado por todos, pues allí se cerraría un ciclo hermoso y se sellaría un momento que muchos ni se imaginaban que un día sucedería, incluso muchos lo creían una cosa absurda o imposible de imaginar: la ex Reina Malvada, la que había lanzado la maldición oscura y enemiga mortal de Blanca Nieves, amando y casándose con la hija de esta, ni más ni menos que la Salvadora, destinada a romper su maldición y salvar a todos de sus manos.
Salvadora y Reina Malvada unidas en matrimonio, marcadas por el más puro amor verdadero. El mundo da vueltas, vueltas maravillosas y sorprendentes.
Ahora eran Clarissa y la Reina Regina quienes se encontraban sentadas en las sillas antes ocupadas por Emma y Regina. El salón al completo se silenció a la espera de los votos más esperados.
Fue Emma quien comenzó
"¡Regina! Quién diría que un día estaríamos nosotras aquí, sobre un altar, uniéndonos en la unión más maravillosa de todas: en matrimonio. Parecía algo absurdo después de todo lo que ha sucedido, de todo por lo que hemos pasado y vivido, pero aquí estamos, mi amor, mi más sublime amor, demostrando una vez más que incluso las cosas más absurdas pueden ganar vida, y en nuestro caso, ganó vida en el más bello de los caminos: ¡el del amor verdadero! ¡Tú te mereces toda la victoria y toda la gloria por haber pasado por encima de todas las piedras y obstáculos en tu arduo camino y haber llegado hasta donde has llegado! Al mismo tiempo, te agradezco por acogerme en tu vida y darme una oportunidad, pues incluso siendo la Emma Swan dura de siempre, también necesitaba cariño y atención. Y tú, Regina, me hiciste ver lo que era realmente el amor. Hiciste que viera que el amor verdadero es mucho más que sincronía, afinidad y atracción por la otra persona. El amor, en lo más sublime y noble de la palabra, es compañerismo, amistad, compasión, comprensión y empatía. Es complementar al otro y que el otro te complemente de una manera tan natural y placentera como la brisa fresca de un atardecer en una noche de verano. Hoy, al tomarte como mi esposa, quiero prometerte que te amaré de forma intensa y dedicada hasta el fin de nuestros días. ¡Te amo, desde lo más profundo de mi alma y de mi corazón!
La rubia terminó sus votos con la voz tan tomada por el llanto que casi no consiguió terminar de decirlos. Junto con ella, lloraban Regina, las otras novias, gran parte del salón e incluso Archie. Blanca, Belle y Zelena estaban prácticamente ahogándose con las lágrimas.
Y el enorme salón del palacio estalló en aplausos.
Tras algunos segundos intentando recuperarse de las emociones causadas por las palabras de Emma, era el turno de Regina para pronunciar sus votos.
"¡Emma Swan! ¡Durante tanto tiempo, mi Señorita Swan! Si unos años atrás alguien me dijera que iba a casarme con la hija de mi peor enemiga y destinada a acabar conmigo, con certeza hubiera soltado una sonora carcajada en su cara. El destino nos unió de una forma tan única y bella que no puedo resumir en palabras la emoción que siento al recordar todos los caminos por los que hemos transitado y todos los momentos que hemos vivido hasta llegar al día de hoy, aquí, en este altar. El destino a veces juega con nosotros, pero juega de una manera maravillosa e inesperada. No viniste solo para ser la Salvadora de todos, Emma, viniste, sobre todo, para ser mi Salvadora. Tú, Emma Swan, me salvaste de la persona que más me perjudicó y que era mi peor enemiga: yo misma. Confiaste en mí cuando todos desconfiaban, no te apartaste de mi lado incluso cuando yo era grosera y seca, y te pedía distancia. ¡Me mostraste el verdadero amor! Me enseñaste con palabras y con tu actitud lo que es amar, lo es que es entregarse y lo que es la redención. Mi amor por ti trasciende las barreras del universo, es algo que está impregnado en cada parte de mi ser y de mi espíritu. Te amo, Emma, hoy, en este momento y para el resto de los días de nuestras vidas. ¡Para toda la eternidad!
Todos alrededor estallaron de nuevo en aplausos estruendosos y sollozos. Emma no cabía en sí de felicidad, que trasbordaba en gruesas lágrimas de emoción al escuchar cada palabra dicha por su amada. Palabras que quedarían grabadas en el corazón de ambas.
Pasado el momento de intensa emoción, llegaba el momento final de la ceremonia. Clarissa y la reina Regina se levantaron y se colocaron frente a Archie, al lado de Emma y de Regina.
Todos los invitados suspiraron ante la dulzura de la que eran testigos. Con la misma música de antes, las enormes puertas de roble se abrieron y por ellas pasaron Belle, con la bebé Scarlet en sus brazos, y Blanca, con la bebé Clarissa. Las gemelas, ahora con algo más de un añito, estaban vestidas con unos vestiditos blancos, con una cinta rosa a la cintura y en la cabeza, y en sus manos, adornadas con unos pequeños guantes blancos, agarraban unas cestitas adornadas con flores que contenían dos pares de alianzas.
Atravesaron la enorme alfombra roja hasta llegar frente a las novias. Una vez allí, Belle llevó a la bebe Scarlet hasta Clarissa y la Reina para que les entregara la cestita. La pareja, emocionada, besó la cabeza de Scarlet, y cogieron la cesta con sus alianzas.
Al lado, Blanca acercó a la bebé Clarissa para que hiciera lo mismo con Emma y Regina, que también besaron a la bebé y cogieron la cestita.
Ya con las alianzas listas para ser intercambiadas y con el temblor debido a la emoción y la ansiedad, las dos parejas quedaron frente a frente mientras Archie hacía la famosa pregunta, de forma individual.
"¿Aceptas tomarla como tu esposa, y respetarla y amarla, en la alegría y en la tristeza, en la salud y en la enfermedad hasta que la muerte os separe?"
Todas respondieron: "¡Sí!"
Y esta vez, Emma Swan no pestañeó en ningún momento tras proferir tal esperada afirmación.
–¡Entonces, podéis besaros!–fueron las palabras finales de Archie con una enorme sonrisa.
Ellas obedecieron al darse un beso apasionado y lleno de amor, en mitad de sonrisas y caricias.
Todos se levantaron de las sillas y de los bancos, ovacionando, aplaudiendo, silbando y gritando de alegría. Las cuatro mujeres estaban casadas y se giraron hacia los demás, asintiendo, sonriendo y llorando.
De nuevo los músicos y cantantes comenzaron a tocar y cantar "Surprise Yourself", y las novias echaron a andar, dadas de la mano, por el pasillo, seguidas de los padrinos, riendo y saludando a todos los que podían, mientras pétalos de rosas y arroz eran tirados sobre ellas y los aplausos y gritos continuaban hasta que ellas atravesaron las puertas de roble.
La noche estaba perfecta y no podía estar mejor. La felicidad se veía en cada canto.
Tras la ceremonia, una gran fiesta, digan de reyes y reinas, se ofrecía en otro amplio salón de la parte norte del castillo. Este, abarrotado con todos los habitantes de Daltro y alrededores, y con los de Storybrooke, era pura alegría, comida, bebida, música y diversión, además del pastel helado de cuatro pisos.
Ya era bien entrada la madrugada cuando los hombres se aflojaron sus corbatas y las mujeres se arrancaron sus zapatos para bailar mejor. Emma y Clarissa lanzaron sus ramos.
Las dos mujeres que los cogieron fueron Maléfica y Zelena. Histéricas, se abrazaron y todos aplaudieron, divertidos.
Al final de la fiesta, una música romántica sonó y parte del salón estaba lleno de parejas que bailaban agarrados. Clarissa y la Reina Regina bailaban al lado de Emma y de Regina.
Emma Swan y Regina Mills, ojos verdes hundidos en los castaños y sonrisas enormes mientras movían sus cuerpos lentamente al mismo ritmo, con las manos en el cuello y en la cintura de la otra, se hacían juramentos y promesas de amor.
–Qué hoy comience el primer día de nuestras vidas–dijo Regina
–Y que esté llena de felicidad y paz–completó Emma
Y así sería.
Las dos mujeres se dieron un beso lleno de amor y pasión en medio del salón donde la armonía y la felicidad ya reinaban en cada parte.
Con toda seguridad, un feliz recomienzo.
