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Capítulo 73

Nunca llegaron a destino.

Al parecer, habían estado siguiéndolos, estudiando todos sus movimientos y esperando el momento propicio para la emboscada.

Mientras George permanecía absorto leyendo unos papeles, Candy conducía en silencio por una de las calles laterales cercanas al ex hotel Rambla. De pronto, algo llamó su atención, y su pie soltó instintivamente el acelerador. Había algo en la calle. Parecía una persona. ¡Alguien estaba tendido en el suelo, en medio de la calzada! Pisó el freno a fondo, y el vehículo se detuvo a unos metros de puro milagro.

—¿Qué diablos...? —murmuró George mientras intentaba recoger todos los papeles que se habían caído al suelo del vehículo.

Pero Candy no le prestó atención. Abrió la puerta y corrió a socorrer al herido.

Cuando llegó hasta él, se acuclilló y quiso tomarle el pulso. Y luego, todo pasó demasiado deprisa y no hubo tiempo para reaccionar.

Salieron dos hombres de la nada, y mientras uno la cogía por detrás, él otro iba por George, de modo que cuando ella gritó, él nada pudo hacer, pues se encontró cara a cara con un arma apuntándole.

—¿Qué es lo que quieren? ¡Llévense el coche! ¡Las tarjetas, el dinero! ¡Llévenselo todo! —exclamó, nervioso en extremo.

—Cierra el pico, estúpido —fue la cortante respuesta.

El que lo apuntaba le esposó las manos al volante, mientras los otros dos se llevaban a Candy y la subían a una furgoneta. La habían amordazado y vendado en cuestión de segundos.

George gritó con los ojos desorbitados al constatar que era a Candy a quien buscaban, pero el del arma lo golpeó con la culata, y él se desplomó sobre la bocina y la hizo sonar.

El insistente ruido no permitió que se desmayara. Su cerebro deseaba perderse en la bruma de la inconsciencia, pero él luchó contra ella, aunque cuando logró reaccionar ya era tarde.

La furgoneta blanca había desaparecido, y Candy con ella.

George deseó morir en ese mismo instante, pues cualquier cosa era preferible antes que contarle a Albert que se habían llevado a su esposa.

—¡Oh, Dios!, ¿cómo voy a decírselo? —se preguntó, desesperado.

Y luego gritó, pidiendo ayuda.

Pero Albert no se enteró por George del secuestro de Candy.

Sus captores lo llamaron antes directamente al móvil desde el de ella. Al parecer, lo habían planeado todo muy minuciosamente.

—¡Hola, princesa! —respondió.

—No soy tu princesa, pero la tengo conmigo —le informó una voz desconocida para él.

Albert no cayó en la cuenta en un principio. Pensó que era George que intentaba gastarle una broma haciéndose pasar por otra persona.

—Vamos, George. ¿Qué opina Candy de...? —comenzó a decir, pero la voz lo interrumpió de forma nada amigable.

—Cállate y escucha con atención, Ardley Tenemos a tu hermosa muñeca, y si haces lo que te ordenamos, quizá consideremos devolvértela.

Debió aferrarse al reposabrazos de su sillón con demasiada fuerza, pues lo quebró al instante. Se quedó súbitamente sin aire y la vista le falló. De pronto, lo vio todo de un rojo intenso.

Fue como si le hubiesen propinado un golpe en la boca del estómago. Se dobló sobre sí mismo mientras trataba de articular alguna palabra, pero no le salía ninguna.

—¿Te has quedado mudo? No importa. Mientras no te quedes manco para contar el dinero es más que suficiente. Ardley, ni se te ocurra llamar a la policía. Si lo haces, dile adiós a la princesita. Por ahora, nada más. Aguarda a que contactemos contigo de nuevo.

—¡Espere! —gritó Albert.

La desesperación destrabó su garganta, y su exclamación fue casi un gemido.

—Ya lo sé. Quieres una prueba de que la tenemos, como si el maldito móvil no fuera suficiente. Un segundo. Ven, preciosa. Dile a tu marido que estás con nosotros.

—¿Albert? —dijo Candy, asustada.

—¡Candy! ¿Estás bien?

—Con eso basta —apuntó la voz.

—¡No! Escuche, no cuelgue. Sabe bien que le daré lo que me pida. No alarguemos esto más de lo necesario.

—Cállate. Nosotros dictamos las reglas aquí, arquitecto. Y lo que te vamos a pedir no lo tendrás muy a mano que digamos. Es demasiado, pero sabemos que tienes pasta. ¡Un apartamento de dos millones de dólares! Eso es tener pasta. No llames; nosotros lo haremos —dijo la voz un segundo antes de colgar.

—¡No! —exclamó él, completamente desesperado, pero nadie lo escuchaba ya.

Aun sabiendo que habían colgado, se quedó durante un largo minuto con el teléfono pegado al oído sin que pudiera reaccionar. Deseaba volver el tiempo atrás, retroceder la cinta para impedir que Candy abandonase la oficina; pero sabía que no era posible.

Loco de dolor, marcó el número de ella, pero saltó el contestador.

—¡Maldición! Escuchen, vuelvan a llamarme. Arreglemos esto ahora mismo. ¿Cuánto quieren? ¡Díganmelo, maldita sea! Les daré lo que me pidan. No le hagan daño.

Sabía que era inútil, así que colgó. ¿Qué debía hacer? Tenía que pensar, pensar..., pero no lograba hilvanar ni una sola idea.

Estaba paralizado.

Era tal el miedo que sentía que tuvo que controlar las náuseas que amenazaban con hacerle devolver todo lo que había comido.

George... Tenía que hablar con él. Marcó el número, pero estaba también apagado. ¡Mierda!, ¿se habrían llevado también a su socio, o solamente su móvil? No sabía qué hacer. Por primera vez en su vida no sabía para dónde apuntar. Le habían tocado lo que el más quería en este mundo, lo único que él no soportaría perder. Habían llegado a lo más hondo, habían llegado al nervio. Y los muy malditos lo sabían.

Llamó a su padre y le explicó lo que había sucedido. Lo llamó desde el teléfono fijo, pues no quería tener ocupado el móvil por si llamaban ellos.

—Albert, tranquilízate. Hijo, escucha: sé lo que sientes, pero debes permanecer calmado y esperar. Ellos quieren algo, y no le harán nada a Candy porque ella representa el dinero.

—¿Y qué carajos quieres que haga? ¿Que me siente a esperar? ¡Me estoy muriendo, papá! ¿Por qué no me dicen de una vez cuánto quieren, cómo lo quieren, dónde lo quieren?

—Porque quieren que te pongas nervioso, y cada vez más vulnerable. Y también porque quieren que te procures liquidez. Van a pedir mucho, pues es evidente que saben... ¡Mierda!

Albert se sorprendió, ya que nunca había oído a su padre decir ni la más mínima palabrota.

—¿Qué?

—La revista. Esto tiene que ver con lo que tu madre dijo, con lo del apartamento, las acciones, todo el maldito dinero.

—La mataré, papá. Te juro que la despedazaré con mis propias manos si a Candy le pasa algo. Dime, por favor, dime qué hacer porque ya no soy yo —dijo, mientras las lágrimas rodaban por su rostro.

—Siéntate e intenta calmarte que ya estoy yendo para allí.

Albert colgó. Se limpió los ojos, y cuando vio el retrato de Candy sobre su escritorio, tragó saliva. Princesa...

La tristeza dio paso a la furia, y ésta a la desesperación. Barrió todo lo que había en su escritorio, y luego continuó con las cortinas, los libros, los bocetos. Destruyó el portátil, la tableta, todo menos el teléfono. Gritando como un loco, hacía añicos con saña todo lo que encontraba a su paso, hasta que lograron reducirlo. Aún lloraba como un niño, acuclillado en el suelo, cuando su padre lo abrazó y le dijo al oído:

—Tranquilo, hijo, tranquilo. Pasará, te lo juro. Ella regresará, querido. Ten por seguro que Candy volverá sana y salva.

Estaba bastante oscuro, pero por lo menos ya no tenía la venda ni la mordaza. Lo que sí tenía era sed, y mucha.

Como si le hubiesen adivinado el pensamiento, abrieron la puerta y entró un hombre alto, con una camisa a cuadros demasiado gruesa para la época y una media en la cabeza. Candy se dijo que ésa era una buena señal, pues si no querían que ella los reconociera era porque de verdad pensaban liberarla.

Era un hombre corpulento, de largos cabellos claros que asomaban por debajo de la improvisada máscara.

Sin decir una palabra, dejó sobre la mesa un plato con cinco galletitas saladas y una lata de refresco, y se retiró antes de que Candy pudiese hablarle.

De todos modos, ¿qué podría decirle? Lo tenía todo más que claro.

Era evidente que se trataba de un secuestro. Querían dinero, y Albert les daría lo que le pidiesen sin pensarlo dos veces. Hasta ahí iba todo relativamente bien. Lo que la preocupaba terriblemente era pensar en lo que él estaba viviendo en esos momentos. Se lo imaginaba desesperado, y sabía que se quedaba corta.

Por extraño que pareciera, no sentía amenazada su vida. Más bien no quería pensar en eso. Imaginaba que Albert iría con el dinero a un lugar apartado que los secuestradores le indicarían, y ahí harían el intercambio. Ellos dos se abrazarían y todo terminaría allí. No podía pensar en otro tipo de final; sin embargo, aparecían de pronto en su mente imágenes de películas donde la resolución del secuestro no terminaba del todo bien.

«Son sólo películas. Esto es la realidad; es mi realidad y tengo que actuar con inteligencia y no dejarme llevar por la desesperación», se dijo.

Tenía que mantenerse con fuerzas y lúcida, por eso se obligó a comer. Como ya se había tomado toda la lata entera, después de las galletitas, volvía a tener sed. Además, le apremiaba la necesidad urgente de ir al baño.

Se puso de pie y golpeó la puerta.

—Por favor... ¿Hay alguien ahí? Necesito...

Inmediatamente la puerta se abrió, y el hombre de la media en la cabeza habló por primera vez.

—¿Qué quieres?

—Necesito ir al baño —dijo ella, bajando la vista.

El hombre no respondió, pero la tomó de un brazo y la llevó a un pequeño retrete no muy limpio. Cerró la puerta, pero permaneció pegado a ella. Candy podía sentir su respiración al otro lado.

Ella hizo lo suyo y luego intentó mirar por la ventana, pero estaba completamente tapiada. Además, ya había oscurecido; sería imposible ver nada.

Cuando estuvo lista, dio un golpe en la puerta, y el hombre la devolvió a la habitación. Ahora había una pequeña lámpara encendida, y eso la alegró. Se recostó en el pequeño camastro e intentó dormir, pero no lo logró. Una y otra vez le venía a la mente el momento del secuestro. No podía dejar de imaginar la locura de Albert, la desolación de Candida... Su abuela la preocupaba mucho, pero increíblemente más lo hacía su esposo.

Tenía el presentimiento de que Albert lo estaba pasando mal de verdad. Y si había algo que ella no podía soportar era que él sufriera. Podía tolerar cualquier cosa, incluso estar encerrada en esa habitación sin saber que le depararía el destino, pero la idea de que Albert sufriera le resultaba insoportable, y eso la mantenía en un continuo estado de desasosiego que no le permitía descansar.

Si hubiese sabido cuán mal estaba Albert, no habría vuelto a pegar un ojo jamás.

Él estaba más que mal; estaba completamente trastornado, loco de dolor, desesperado.

No comía y no bebía desde el día anterior. Estaba en el apartamento, acompañado de Candida, William y George, sin dejar el móvil ni un solo segundo.

Estaba realmente aterrorizado, porque la policía había tomado cartas en el asunto. Algunos testigos del secuestro la habían llamado, y fueron unos agentes los que liberaron a George. Por eso todo había trascendido.

Cuando Albert lo supo, sintió que se moría. Le habían advertido que no llamara a la policía, y si bien él no lo había hecho, ahora la noticia de que Candy había sido secuestrada aparecía en la primera página de todos los periódicos.

Y el maldito teléfono que no sonaba.

—¡Carajo!, llama de una vez. Tienes que llamar —murmuró, observándolo fijamente.

—Querido, si continúas así enfermarás y no serás de gran ayuda para Candy —le advirtió Candida, sorprendentemente entera.

Eso era lo bueno de ella; en los momentos más difíciles nunca caía en un pozo depresivo, no se desesperaba. Permanecía en calma, centrada.

Se acercó a él y le acarició la cabeza. Albert la miró con los ojos inyectados en sangre.

—No lo soporto más, Candida. La quiero aquí ahora.

—Lo sé, tesoro. Todos la queremos aquí, pero nada podemos hacer por el momento más que esperar. Tienes que comer, Albert. Necesitas estar fuerte y alerta —le aconsejó sin dejar de acariciarle el cabello.

—Todo por el maldito dinero. ¡Ojalá no lo tuviese!, ¡ojalá jamás...!—intentó decir, pero un nudo en la garganta le impidió seguir.

—No es el dinero, Albert. Es la maldad, es la ambición—respondió Candida, sentándose junto a él.

—Y es la zorra de mi madre que abrió la boca y lo arruinó todo.

—Mira, querido, lo que dijo Pauna no fue ninguna novedad para nadie. Todo el mundo sabe que Ardley es sinónimo de éxito en los negocios, dinero, prestigio... —murmuró Candida para descomprimir el asunto.

—Pero ella lo puso en el tapete, Candida. Yo la despedí, y ella hizo esas declaraciones en la revista hablando de millones de dólares, para vengarse. En realidad, ha sido culpa mía. No debí tentar al diablo —se lamentó amargamente.

—No digas eso, hijo —intervino William—. Tú no has hecho nada malo.

—¿No? Soy un fanático del control que no tenía un guardaespaldas para mi esposa. ¿En qué carajos estaba pensando, papá? Los paparazzi nos acosaban y jamás se me ocurrió ponerle guardia. Soy un fracaso —soltó Albert con los ojos encendidos.

—Por favor, Albert. No te tortures más —le rogó su padre. No podía verlo así, tan mal.

George permanecía en silencio, hundido en un sofá. Se sentía tan culpable como Albert. Había estado allí y nada había podido hacer.

Cuando había llegado a la oficina con la policía, se había encontrado con un Albert totalmente desquiciado al que intentaban contener varias personas. Al verlo, Albert se había soltado y había corrido hasta él. Lo había cogido por la solapa de la chaqueta mientras le preguntaba, totalmente fuera de sí:

—¿Qué mierda ha sucedido? ¿Qué le han hecho a Candy?

George estaba destrozado; por lo que había presenciado, por ver así a su amigo, por todo.

—Fue una trampa, Albert. Estábamos llegando, y algo la hizo frenar y bajarse del vehículo. Había alguien tendido en la calle, y antes de que pudiese reaccionar, Candy había salido para ayudar. ¡Luego todo fue tan deprisa! Me encontré con un arma en la cara, y ellos se la llevaron, Albert.

—¿Quiénes? ¿Cuántos eran? —Y de pronto, había reparado en los agentes y había deseado morir—. ¿Y por qué vienes con la maldita policía, George?

—Tranquilo, señor Ardley. Nos avisaron los testigos que presenciaron el hecho. Liberamos al señor Villers, y aquí estamos. En unos minutos, vendrá el sargento Alvarado, especialista en secuestros por motivos económicos. ¿Por qué se trata de eso, verdad? ¿Ya lo han llamado para pedirle un rescate? —le había dicho uno de ellos.

—¡Sí, me han llamado, y también me han advertido que no llamara a la policía! ¡Ahora le harán daño!—había gritado, desesperado.

—No es así, señor Ardley —había aseverado una voz a sus espaldas—. Soy el sargento Alvarado y lo ayudaré con el tema del rescate.

Vestía de paisano y era sorprendentemente bajito. Albert le había dado la mano y, al instante, lo había bombardeado a preguntas.

—Tranquilo, Albert. ¿Puedo llamarlo así? Bien. Ellos saben que la policía intervendrá. Decirle eso es parte del juego de ponerlo nervioso y vulnerable. Cuanto más lo esté, más dispuesto estará a cooperar con ellos. Y también lo estará para conseguir más.

—No entiendo por qué diablos no me dicen cuánto quieren—había respondido Albert, algo más calmado. La presencia del sargento Alvarado había logrado un poco de sosiego en él.

—Porque le pedirán más de lo que usted tiene en efectivo. Más de lo que en el banco le puedan facilitar. Más de lo que tenga en bienes inmuebles o acciones. Le están dando tiempo para que...

—Procure conseguir liquidez —había completado Albert—. Sí, eso me ha dicho mi padre. Y eso haré. Por favor, papá, encárgate.

—Por supuesto —había contestado William, y luego se había marchado.

Así que Albert se había quedado con George durante la interminable espera y con algo pendiente peor aún: decírselo a Candida.

Ella había reaccionado según lo esperado al principio: se había puesto a llorar mientras su cuerpo temblaba de forma incontrolable. Pero luego, había levantado la cabeza y a Albert le había pareció ver a Candy en sus ojos.

—Basta de lágrimas. Llorar desgasta, y debemos estar enteros para ella. Albert, sé por lo que estás pasando. Déjame estar a tu lado mientras dure la espera.

Él la había abrazado de forma impulsiva. La había estrechado en sus brazos largamente. Y por primera vez en la vida, se había sentido agradecido por la presencia de Candida. Era la única que podía sentir el dolor tanto como él. Y era lo más cercano a Candy que tenía. Sí, la quería cerca; no le cabía ninguna duda.

CONTINUARA