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Capitulo 74

Candy despertó sobresaltada y por un momento no recordó dónde se encontraba. Pestañeó varias veces, y de pronto, el horror la invadió. «Secuestrada. ¡Dios mío!, no ha sido un sueño entonces. Es real», se dijo, temblando.

Era tan real como que no estaba sola en esa habitación.

El hombre corpulento se movió, y justo en ese instante notó su presencia. Tenía la media en la cabeza y no podía verle los ojos, pero por alguna razón, ella supo que la había estado observando un largo tiempo. Se sentó en la cama, todavía envuelta en la manta y preguntó:

—¿Puedo ir al baño, por favor?

Él la llevó y luego la condujo de regreso a la habitación y se marchó. A los cinco minutos reapareció con el desayuno, y se sentó enfrente de ella para observarla en tanto comía.

Candy tomó la taza. Mientras, pensaba: «Me asusta este hombre, pero me conviene entablar una conversación con él. En algún lugar leí que les cuesta hacer daño a la víctima si antes han establecido lazos amistosos. Quizá pueda sonsacarle datos de dónde me encuentro, o debilidades de la casa para poder escapar. ¡Diablos!, tendré que hablarle; no me queda otra opción». La cuestión era como comenzar a dialogar con un delincuente gigante que tenía una media en la cabeza. No lo tendría fácil, eso seguro.

No fue necesario. Él lo hizo por ella.

—Tengo más azúcar para tu café, si quieres —dijo.

—No, así está bien. ¿Qué hora es? —preguntó ella, aferrándose a ese sencillo comentario.

—Una hora de la mañana. No puedo decirte nada más porque me dijeron que no te dijera nada de nada —contestó el hombre.

A Candy le pareció un comentario sumamente infantil. No sabía si tenía que ver con el tono en que se lo había dicho, todo de un tirón como un trabalenguas, o con la voz, o con el comentario en sí. Lo cierto era que en ese momento el hombre gigante le parecía más bien un niño grande.

—¿Ni siquiera me puede decir la hora? Eso es muy extraño. No creo que lo comprometa decirme algo tan simple como eso.

—Bueno, yo cumplo órdenes. Me dijeron: no le respondas ni una sola pregunta a la princesa. Así me lo dijeron, y yo hago lo que me dicen —le explicó, y a Candy dejó de parecerle amenazante.

Definitivamente, no era el cerebro del secuestro. De hecho, hasta le pareció que tenía ciertos problemas, algún retraso quizá. Debía continuar en contacto con él de alguna forma. Y ya se animaba a tratarlo de tú.

—¿Yo soy la princesa? No lo creo. Pero si no quieres decirme la hora, no importa. Yo puedo adivinar que son las nueve porque siempre duermo hasta esa hora.

—¡No son las nueve! No, señor. Son las ocho y cuarto —respondió él, riendo de forma grotesca.

—¡Mmm!, me he equivocado, pero puedo adivinar que estamos en un apartamento. Me he dado cuenta porque las paredes son tan frágiles que oigo a los vecinos discutir.

El grandote volvió a reír.

—¡Nooo! Es una casa, y no tenemos vecinos. Y los que oyes discutir son mis hermanos, Moe y Larry.

—¿Y tú cómo te llamas?

—Me dijeron que no te respondiera, ¿recuerdas? Yo cumplo muy bien las órdenes que me dan —le aseguró, y Candy tuvo ganas de reír. De no ser por la situación tan peligrosa que estaba atravesando, sin duda lo habría hecho.

—Lo siento. Entonces, ¿no me dirás cuándo me dejarán marchar?

—No, no te lo puedo decir. Además, ellos no se ponen de acuerdo. Quieren sacarle mucha pasta al hombre rico —afirmó.

Al oír eso, Candy se estremeció. Echaba de menos a Albert. Hubiese hecho cualquier cosa por evitarle ese sufrimiento, pero nada podía hacer.

—Él les dará el dinero que le han pedido, te lo aseguro.

—No le hemos pedido nada aún. Larry dice que tiene que estar desesperado, para que lo suelte todo.

¡Mierda! Casi se pone a llorar por Albert. Se lo imaginó trastornado de dolor, presa de la incertidumbre, y el labio inferior le comenzó a temblar de forma descontrolada. Se lo mordió, y el hombretón ladeó la cabeza.

Ella no podía verle la cara, pero adivinaba su expresión por la súbita inclinación del rostro. Presentía interés en esa mirada.

¿Sería un interés de tipo... sexual? Eso sería algo terrible. No quería ni pensarlo. Se debatía entre los deseos de lograr acercarse a él para sacarle información, y el miedo a que le hiciera algo.

—Mira, como no quieres decirme tu nombre, te llamaré Curly, ¿de acuerdo?

—¿Cómo lo sabes? Ellos dijeron que no me dejara embrujar por la princesa y tenían razón. ¿Cómo sabes mi nombre?

¡Carajo!, le había acertado el nombre. ¿Quién podía ser tan chistoso como para ponerle a sus hijos los nombres de los tres chiflados? O era un bromista, o era un malvado.

—Tú me lo has dicho hace un momento.

—¿Yo? ¡No lo recuerdo! —exclamó él mientras con una mano se golpeaba un lado de la cabeza con fuerza.

—¡Oh! ¿Qué haces? ¿Por qué te golpeas?

—Acomodo la neurona. A veces Larry me la acomoda así...—murmuró, volviéndose a pegar.

Candy se asustó. Tras esa fachada infantil podía haber mucha violencia. Debía andar con cuidado.

—Escúchame, Curly . No debes permitir que nadie te golpee. Y todos a veces decimos cosas que no recordamos. Es normal.

Él pareció deleitado al oír eso. La sonrisa fue tan amplia que se notó a través de la media.

Candy no sabía exactamente qué había sido lo que le había gustado tanto: ¿que no debía permitir que lo golpearan?, ¿que a veces no recordamos lo que decimos? No. Lo que lo había fascinado había sido la palabra normal.

—De veras, es normal —repitió ella alevosamente, y la sonrisa se ensanchó más aún.

—Es normal... —repitió, a su vez, él sin dejar de sonreír.

—Sí, lo es.

¡Listo! Había encontrado una veta a la cual explotar. El infeliz estaba harto de que lo llamaran tonto, y cuando ella le dijo que no lo era, se sintió en el cielo. Era el «ábrete Sésamo» de ese niño enorme.

—Me gusta tu cabello —dijo él de pronto.

Candy se inquietó. Lo quería de su parte, pero no tanto.

—Sí, a mí también. Pero estábamos hablando de...

—Mi mamá lo tenía igual —murmuró él.

«¡Oh!, eso es estupendo. Le recuerdo a su madre. Eso está muy bien, pues así no tendrá otro tipo de interés. Es evidente que se siente afectado por mi presencia, y deberé sacarle partido a eso», pensó.

—Tu mamá sería una verdadera princesa —dijo, cautelosa.

—Una verdadera princesa —repitió él.

— Curly , ¿verdad que no me harán daño? Cuando tengan el dinero, ¿me dejarán marchar?

—No debo responder las preguntas de la princesa.

—Pero yo no soy una verdadera princesa. Tu mamá sí.

Él ladeó la cabeza nuevamente, y no respondió en seguida.

Cuando lo hizo, Candy se estremeció.

—No permitiré que te maten.

Se le cortó el aire, y otra vez se encontró pensando en Albert. Y en Candida.

—No lo permitirás. Es normal... —susurró.

Él se acercó, y a unos centímetros de su rostro, le dijo:

—Me gusta tu cabello.

«Me gusta que te guste. Si ésta es tu forma de demostrar que me aprecias, tendré que tolerarla, grandote. Pero también debo andar con cuidado, porque puedes resultar muy peligroso. ¿Qué voy a hacer para mantenerte a raya? Ni tan cerca, ni tan lejos. ¡Oh!, tengo que encontrar la forma», pensó.

—Tu mamá lo tenía igual... —le dijo.

Y en ese momento, entró alguien que tomó a Curly del cuello y lo sacó de la habitación.

Candy dio un respingo y luego se quedó paralizada escuchando cómo discutían.

—¡Te lo dije, estúpido! Te dije que no te acercaras a ella —decía una voz cargada de agresividad.

—¡No he respondido las preguntas! ¡No le he dicho nada a la princesa! —se defendió Curly , débilmente.

—¿Y qué hacías ahí? ¿Querías meterte en su cama, idiota? ¡Pues no! No lo harás hasta que no tengamos la pasta, ¿me oyes bien? Aléjate de ella.

—No. Sólo le he llevado el desayuno, como tú dijiste, Moe.

—Mira, eres un tonto de circo y estás fascinado con la muñeca de Ardley, pero no te entusiasmes porque ella es el camino a la pasta. Así que no le hables, ni siquiera la mires. Le das la comida, la llevas al baño, y listo, ¿entiendes? —soltó Moe en voz baja, pero Candy distinguió cada una de sus palabras.

Se sentó en la cama, frustrada.

Ese tal Curly era su tabla de salvación; no podía perderlo.

Empezaría de nuevo, y de alguna forma lograría bajar sus defensas.

Por fin sonó el móvil, y en la pantalla Albert pudo leer el nombre de Candy. Se hizo un silencio profundo mientras él respondía.

—Ardley.

—Hola, arquitecto. Dime, ¿la echas de menos?

El corazón de Albert comenzó a latir de forma irregular.

—Mejor dime tú cuánto quieres y cómo te lo hago llegar —repuso él con firmeza, según las instrucciones que le había dado previamente el sargento Alvarado, que seguía con atención la comunicación.

—¿Sabes qué? Aún no lo sé. Me estoy aficionando mucho a tu muñequita, Ardley. Es... como un bello adorno en mi casa. Sinceramente, estoy pensando en no devolvértela.

Albert sabía que querían que se derrumbara, que pretendían destruir todas sus defensas para poder manejarlo como un títere, y que no debía hacerles caso, pero aun así sintió por primera vez en su vida auténticos deseos de matar. Por fortuna, logró controlarse.

—No des más vueltas. Sé que te gusta jugar conmigo, pero también sé que quieres el dinero.

—Como la vida misma, arquitecto. Escucha, sé que la poli está contigo.

—Yo no los he...

—Lo sé. Si pensara lo contrario, tu esposa estaría muerta y yo no estaría hablando contigo. Diles que no se molesten en rastrearme porque colgaré antes. Y tú: ve preparando diez millones verdes. Ya te diré yo cómo lo haremos.

Y luego, colgó.

Albert soltó el aire lentamente y miró a su padre, que se apresuró a decir:

—Hijo, yo me encargo.

—Gracias, papá.

El sargento Alvarado le puso una mano en el hombro.

—Has estado muy bien, Albert. Primer objetivo logrado. Ya le han dicho cuánto quieren y no ha permitido que lo doblegaran. Estamos cerca.

—¿Estamos cerca, sargento? No, no lo estamos. Candy está con ellos y yo no puedo hacer nada para...

—Con calma, Albert. Ya hemos hablado de eso: el desesperarse no ayuda. Observe a la señora Candida, y trate de imitarla. Ahora, vayamos a lo nuestro: ¿realmente puede conseguir diez millones?

—Puedo.

—Entonces, definitivamente estamos cerca. Recuerde que queremos pagar el rescate y recuperar a su esposa. Luego, la policía se encargará de apresarlos, y el dinero volverá a usted.

—El dinero me importa una mierda, sargento. Que se lo lleven todo. Lo único que me interesa es Candy, así que espero que la policía no ponga en riesgo la vida de mi esposa para recuperar el maldito dinero —replicó Albert, secamente.

—Querido, ten fe. Todo saldrá bien —lo animó Candida, tomándolo de la mano.

Su presencia lo reconfortaba inmensamente, pero luego pensó en Candy y en lo que estaría pasando, y se estremeció.

Buscó dentro de su camisa, y cuando encontró el pequeño dije del caracol de Rosmery, lo besó mientras le rogaba en silencio a su hermana que les diera fuerzas para soportar esta prueba, porque a cada minuto que pasaba se le hacía más y más dura.

CONTINUARA