Llegamos al penúltimo capítulo. Espero que os guste. Una advertencia: mantened la mente abierta, y recordad que es un fic con magia.
Felices recomienzos. Parte I. Una nueva vida
Casi un año después…
Aquel que visitara Storybrooke y el Bosque Encantado en este casi año transcurrido desde el matrimonio doble de Emma y Regina, y la Reina Malvada y Clarissa, con toda seguridad sacaría una única conclusión: que no podrían existir lugares en el mundo donde la paz, la armonía, la unión y la felicidad reinaran más.
Y eso era así con todas las palabras, una maravillosa verdad después de tantos desafíos y turbulentos enfrentamientos en los pueblos del mundo mágico y no mágico. En este casi año, muchas cosas cambiaron, pero lo más importante, lo que estaba bien, siguió bien.
Con la ayuda prometida de Emma, Clarissa y la Reina Regina consiguieron documentos oficiales e identidades que les permitieron vivir con normalidad como cualquier otro ciudadano del mundo no mágico, con todos sus derechos y deberes. Como el nombre de Regina Mills ya existía, era el de la alcaldesa de Storybrooke, la Reina Regina modificó el suyo a Regina Lambertt, apellido de Clarissa y su familia. No fue difícil hacerlo, pues también su matrimonio fue documentado y oficializado en el registro americano. Y Emma también cumplió con su promesa de cederles de corazón y agrado su apartamento de Boston para que las dos vivieran y recomenzaran sus vidas en este mundo en el que Clarissa quería crear lazos y enraizarse. Tras un tiempo, aunque a regañadientes, Emma se vio obligada a aceptar que Clarissa le pagara algo del alquiler, pues la joven princesa era testaruda, ella quería pagar por lo que disfrutaba, y ser justa.
En cuanto se instalaron en el apartamento, Clarissa se inscribió en la universidad de Boston, y esperó con ansias la carta de aprobación o rechazo. Y, un mes después, la tan esperada respuesta: había sido aceptada. Fue una noche celebrada con vino y la lasaña de Regina alcaldesa, en la casa de Storybrooke. La joven no cabía en ella de felicidad y su esposa tampoco, viéndola a ella tan feliz. Era grande la ansiedad por que comenzaran las clases. Clarissa iría a estudiar su carrera tan deseada, y que desde hacía tiempo, desde que leía sobre este mundo, quería: Biomedicina. Ella quería ayudar a encontrar la curación para diversas enfermedades que asolaban a la humanidad, estudiando, además de las asignaturas de la facultad, algo más, pues la joven pretendía buscar la mínima magia que pudiera existir en este mundo, escondida en cualquier lugar, como plantas, flores, árboles, tierra, químicos, y tantas otras cosas. Tenía la plena certeza de que este mundo poseía muchas riquezas mágicas, y que unidas a la ciencia tan avanzada que aquí ya había se podía alcanzar cosas y victorias inmensurables. Y Clarissa estaba dispuesta a marcar la diferencia.
Las clases comenzaron y Clarissa, como ya era de esperar, era una de las mejores alumnas de su grupo. Dedicada, estudiosa y atenta. Se la consideraba una gran promesa del mundo científico. Su capacidad de rápido raciocinio e inteligencia dejaban a todos los profesores con la boca abierta. Poseía las mejores notas y los mejores trabajos prácticos de campo. Y su búsqueda de esa ínfima magia ya había comenzado también. En cada canto, en cada pedazo de tierra o planta, en cada sustancia química que estudiaba en el laboratorio de la universidad, a través del microscopio y de pruebas, Clarissa no dejaba pasar detalle o descubrimiento, y todo, exactamente todo, era cuidadosamente anotado para posteriores estudios y exámenes.
La vida era excelente para la joven y para su reina esposa. Sus ahora hijas, las gemelas Clarissa y Scarlet, que casi cumplían ya dos años de edad y crecían fuertes y alegres, estaban viviendo con ellas, pero siempre que podían iban también al palacio de sus abuelos en Daltro. Ir de un lugar a otro ya era muy fácil debido al portal definitivamente abierto que los mantenía unidos, y el reino de Daltro estaba bien cuidado y prosperaba en mano de los reyes Markus, Edward y Dulce. La reina Regina cuidaba de lasa hijas con todo el amor y cuidado mientras Clarissa estaba en la universidad, pero pronto consiguió un trabajo de cuidadora de unos ancianos, en una casa a dos manzanas del apartamento, y la pareja de ancianos la adoraba y ella también a ellos. Tras un tiempo de estudios, Clarissa consiguió un empleo de becaria en un laboratorio científico muy importante de Boston, y la princesa no podía estar más feliz. Ella y Regina se alternaban en los cuidados de las hijas y eran una familia muy unida.
Las dos mujeres estaban usando toda la inteligencia y los dones que tenían, ahora, en pro del bien y del amor, y solo para eso.
La reina había sorprendido a Clarissa, pues se acostumbró muy rápido a la nueva vida en el mundo no mágico. A veces se quejaba del exceso de ruido y del corre que corre de la gente por la calle, pero después acababa riendo. En realidad, a lo que más le estaba costando aclimatarse a la reina era la ropa. No conseguía habituarse a los pantalones vaqueros, los zapatos, y las camisas y blusas de este mundo, mucho menos a los trajes a los que su otra mitad se había adaptado tan bien. La morena optó por mantener un término medio, por supuesto no andaba por ahí con sus vestidos de época de reina en el Bosque Encantado, pero siempre usaba unos vestidos largos y sueltos, zapato alto y los cabellos largos y caídos, sobre todo, para diferenciarse de su otra mitad, que los mantenía cortos. Clarissa se reía cuando la reina reviraba los ojos cada vez que ella aparecía delante llevando vaqueros, camisetas estampadas, shorts rasgados y las minifaldas típicas usadas por las mujeres de este mundo, pues, al contrario que la reina, Clarissa amaba la ropa de este mundo, y ya no sentía el deseo de ponerse sus largos vestidos apretados y abombados de princesa, solo lo hacía, y costándole mucho, cuando la joven iba al palacio, en el Bosque Encantado. En cambio, Regina no veía la hora de ponérselos cuando iba para allá, a pesar de que le dejaba claro a Clarissa que adoraba las minifaldas y shorts que ella usaba, pues dejaban sus piernas visibles y más torneadas y le daba una apariencia muy sexy. La princesa se echaba a reír a carcajadas y se ruborizaba.
Y mientras la vida seguía para ellas en Boston, también seguía para ciertas rubia y morena en Storybrooke…
Emma Swan continuaba ejerciendo divinamente su cargo de sheriff, mientras su esposa, Regina Mills, ejercía majestuosamente su cargo de alcaldesa de Storybrooke. Emma se había mudado a la mansión de Regina, ahora y para siempre su nueva morada. La pareja era literalmente el ejemplo de lo que era el amor verdadero, y no había nadie que mirara para ellas y su felicidad que no soltara un largo suspiro. La ciudad era pura paz y armonía, todos trabajando en sus labores habituales. No se hablaba más de la Gran Batalla Final. Sí fue asunto principal durante mucho tiempo tras su término, pero, después de cierto tiempo, el asunto fue siendo enterrado y dejado, con naturalidad, en las fisuras más escondidas de la memoria de cada uno que la vivió, apenas recuerdos de un tiempo sombrío y remoto que ya no formaba parte de la vida actual. Storybrooke era una ciudad renovada y restaurada, y todo lo que quedó del episodio de guerra era un memorial grande y hermoso construido cerca del bosque, en homenaje a los muertos y a todos los que habían luchado a favor del bien mayor. Y todos los habitantes de la acogedora ciudad iban y venían cuando lo deseaban al bosque encantado, a través del portal. Amigos y parientes podían verse y encontrarse y así no sentir tanta añoranza.
Quizás el mayor desafío al que Emma y Regina tuvieron que enfrentarse en este tiempo transcurrido fue la partida de Henry a la universidad. Las dos madres ya sabían que pronto llegaría tal momento, pero aun así, fue muy duro y triste despedirse de su hijo entre lágrimas y abrazos apretados. Sintieron un pinchazo en el pecho como nunca antes habían sentido al ver a su pequeño cargando las maletas y subir a aquel autobús rumbo a Nueva York para cursar su soñada carrera de Historia. Para Henry Mills esa despedida tampoco fue fácil. Volar lejos de las dos mujeres que más amaba en el mundo aplastaba su pecho y su corazón.
Pero así era la vida. Los hijos pueden querer volar, y un día lo harán. Y Emma y Regina aún estaban luchando contra la tristeza y el enorme vacío que su pequeño había dejado dentro de casa. Ahora, la añoranza se mitigaba un poco con las visitas los días festivos y algunos fines de semana.
Y así, tras casi un año de casadas, Regina decidió conversar con Emma sobre algo que deseaba mucho, con todo su corazón. Algo que sabía que aún le faltaba en la vida, y que, si lo conseguía, con certeza su felicidad al lado de Emma, que ya era grande, podría ser infinitamente mayor y más completa.
Y Regina se sintió muy feliz y emocionada ante la reacción positiva de su esposa. Temía lo que Emma pudiera pensar o querer, pero, a pesar de la preocupación de la rubia, ella cedió y estuvo de acuerdo, y demostró esperanza y alegría.
–¿Estás segura, Regina?–Emma la miró a los ojos y preguntó con cierto recelo y preocupación.
–¡Lo estoy, amor! ¡Y quiero hacer esto contigo, únicamente contigo!– fue la respuesta emocionada antes de abrazarse.
Antes de compartir sus planes con su mujer, Regina había conversado primeramente con su otra mitad, la Reina Regina, pues quería estar segura de que existía de verdad una solución para lo que deseaba hacer. Y la Reina Regina, sonriendo alegremente, le dijo que sí, esa solución existía de verdad y ella, con todo su conocimiento en magia de diferentes mundos ocultos, podría conseguirla para ella.
Solo después de eso conversó con Emma, y con el aval y el consentimiento de la rubia, la Reina Regina marchó a buscar la preciosidad que iban a necesitar para lleva a término sus planes.
Era una hermosa tarde de sol de un viernes cuando, tras algunos intentos fallidos por estar aún aprendiendo a usar el móvil, la Reina Malvada consiguió telefonear a Emma Swan, y decirle que lo que necesitaba ya estaba en sus manos. Así pues, antes de unirse a Clarissa y las gemelas para hacer un viaje al Bosque Encantado para pasar el fin de semana en el palacio, pasó por la comisaria con el paquete en las manos.
–¡Puedes entrar!–Emma se levantó de la mesa. Ya la esperaba.
–¿Cómo vas, Salvadora?–la copia de su esposa, ya vestida con sus tan añorados vestidos de reina entró en la comisaria con una enorme sonrisa –Aquí está el pedido–sacudió el paquete en sus manos, y lo abrió, dejando ver un frasquito con un líquido viscoso transparente y brillante en su interior.
–¡Gracias, gracias de verdad!–Emma suspiró y lo cogió, observando el líquido con los ojos entrecerrados –Entonces, para no equivocarme…Debemos tomar esto antes de…
–¡Eso mismo, antes de un buen polvo!–la reina sonrió maliciosa y consiguió que Emma abriera como platos los ojos.
–¡Eh!–se ruborizó
La de más edad se echó a reír a carcajadas.
–Pero es verdad. Debéis tomarlo antes de entregaros la una a la otra, de aquella forma que te comenté…Gozando en ella, si es que me entiendes–guiñó de forma traviesa, haciendo que Emma se pusiera escarlata –Y todo saldrá bien.
La rubia inhaló profundamente.
–Tengo tanto miedo de que esto no funcione y de que Regina se frustre…Y yo también. Porque también he comenzado a querer esto con toda mi alma, al igual que ella.
La Reina la agarró por los hombros y esta vez la miró con seguridad en su mirada.
–Esta planta no falla, Emma. ¡Confía! Tienes en tus manos la solución para lo que queréis y necesitáis. Solo tienes que…–volvió a guiñar con malicia –Hacerlo todo de buena manera y bien placentero, y así no habrá nada que temer. Y eso sé e imagino que ya lo hacéis.
Swan reviró los ojos y se puso aún más colorada, pero al final acabó riendo junto con la Reina Regina.
–Voy a confiar en ti
–¡Disfrutad! Y después quiero detalles–Y la Reina se fue, lanzando un beso al aire hacia Emma.
Durante un largo momento, la rubia se quedó sentada en su mesa de sheriff apenas suspirando, sonriendo y mirando aquel frasquito que podría ser la causa de una felicidad aún mayor para ella y Regina…
Lo que Regina Mills deseaba con ansias para sentirse más completa era un hijo. Ella sabía que ya tenía a Henry y sería eternamente su tesoro, pero tenía el sueño de engendrar un hijo suyo, en su vientre. Suyo, y ahora de Emma.
Pero la poción que había tomado de manos de Cora de forma inconsecuente e impensada, tantos años atrás, la habían convertido en estéril para siempre y Regina era plenamente consciente de eso. Era un dolor secreto y un arrepentimiento extremo que llevaba en su interior, escondidos de forma aplastante.
Pero al casarse con Emma y sentir de forma más intensa la necesidad de tener otro hijo con la rubia, Regina recordó algo que había escuchado en su adolescencia: había visto en un libro sobre plantas mágicas y raras que existía una específica que tenía el poder de curar la esterilidad en hombres y mujeres, aunque fuera causada por magia supuestamente irreversible.
Como no estaba segura y solo lo había visto una vez, preguntó a su otra mitad, pues la Reina estaba más ducha en el estudio de la magia del Bosque Encantado que ella misma. El miedo a estar equivocada era grande, pero su corazón la guiaba de forma correcta cuando le decía que la solución existía, y la respuesta vino a través de la boca y la sonrisa de la Reina Malvada cuando le dio la confirmación que tanto esperaba: sí, esa planta existía, y sabía cómo buscarla.
Amapola de la fertilidad era su nombre. En realidad, no era una planta, sino una hermosa flor mágica. Sus pétalos eran de color vino rosado y poseían la forma de una taza. Dentro de esa taza cubierta por los pétalos se producía un poderoso y mágico líquido, transparente y brillante, y esa era la cura para cualquier tipo de infertilidad o esterilidad.
Y pareciera que el destino y la suerte les sonreía a Emma Swan y Regina Mills, pues esa rara flor solo se encontraba en un mundo llamado Tierra de la Triple Luz, la Tierra de los tres soles, a donde la Reina Malvada y su alumna, ahora esposa, ya habían ido varias veces para hablar con la otra gran flor mágica. Y la Reina aún poseía muchas judías mágicas doradas para poder llegar allí, y aunque se acabaran, sabía cómo podría conseguir más.
El líquido de la fertilidad producido dentro de esa flor solo era generado una vez al año, cuando los tres soles se alineaban en paralelo en el cielo, sobre sus pétalos, y su producción quedaba dentro de la taza durante un mes. Otra señal de que la suerte les sonreía: cuando Regina habló sobre lo que quería con su otra mitad, los tres soles estaban en época de alineamiento en aquel mundo. El líquido estaba comenzando a producirse, y la Reina junto con Clarissa se ofreció enseguida para ir a buscarlo.
Y ahora Emma tenía en sus manos aquel líquido mágico y muy poderoso, que tenía la capacidad no solo de hacer que un hombre dejara embarazada a una mujer, si alguno era estéril, sino también que una mujer dejara en cinta a otra mujer.
Aquel mismo día, por la noche. Mansión Swan Mills
–¡La madre que me parió, Emma! ¡Qué bueno, joder!–Regina gritaba y gemía en la cama, sentada en el borde de esta, mientras Emma se encontraba en medio de sus piernas regalándole maravillosos movimientos de lengua en su encharcada vagina.
Los cabellos rubios ondulados eran tirados y enrollados en las fuertes manos de Regina, mientras, en medio de un último y largo gemido, gozó ferozmente, con la cabeza reclinada hacia atrás.
Regina cayó de espaldas sobre las sábanas blancas, sudada y exhausta, con una gran sonrisa en los labios.
Observar a Regina con la respiración entrecortada y una sonrisa bobalicona en los labios tras tener un orgasmo provocado por ella era bálsamo para los ojos de Emma, una visión de la que ella jamás se cansaría, y también sonrió satisfecha mientras se limpiaba las comisuras de sus labios aún mojados por el viscoso y delicioso líquido de su esposa. Con los ojos fijos en la morena, que era el eterno amor de su vida, Emma se arrastró sobre ella, también completamente desnuda, encajando perfectamente su cuerpo en el de ella, mientras la besaba levemente y llena de pasión.
–Siempre voy a estar completamente loca por ti…–dijo Emma tras besarla con una sonrisa boba, acariciando el rostro de su esposa.
–¡Y yo por ti! Eso no cambiará nunca…–la morena contestó, inmersa en la mirada cautivadora de color esmeralda que tenía delante.
Se besaban de nuevo, sus cuerpos pegados, sus pechos unidos. Emma comenzó a moverse encima de Regina, friccionando sus vaginas de forma placentera, haciendo que las dos se calentaran de nuevo. Pequeños gemidos ya escapaban de sus bocas en medio del beso, que se volvía poco a poco más ardiente.
–Hum, creo que alguien ya está muy excitada de nuevo…–susurró Regina, mordiendo el labio de la rubia.
–Mira quién habla…–respondió Emma, sonriendo jadeante, mientras notaba el líquido de Regina resbalando de nuevo entre sus piernas.
–Emma…–Regina paró por un momento los movimientos y la miró a los ojos, más seria –Creo que este es el momento. Estamos completamente lubrificadas y excitadas…–sonrió levemente
–Sí, digamos que es el momento preciso…–la rubia diseminó besos por su rostro
–¿Dónde dejaste el elixir?–gimió de ojos cerrados, mientras Emma volvía a mover su cuerpo sobre ella, mordisqueando su cuello.
–Está en la cómoda, aquí al lado…–susurró la rubia en su oído con la cabeza enterrada en su cuello, mientras aceleraba levemente los movimientos de su pelvis contra la de Regina. Era difícil contener la tensión que sentía.
–Pues cógelo, Swan…–Regina sonreía divertida, mientras gemía –Antes de que te corras antes de hora…–dijo al ver que Emma estaba perdiendo el control.
Con un suspiro y una sonrisa, y costándole mucho, Emma se levantó, separando su cuerpo del de su esposa, para coger el frasco que contenía el líquido de fertilidad, que las esperaba en la cómoda. Al volver a la cama, Emma tuvo una visión del paraíso: Regina recostada con las piernas abiertas con una sonrisa traviesa en el rostro, con las manos sobre su cabeza, esperando a Emma.
Emma subió a la cama y se puso de rodillas, entre las piernas de la morena. El frasco estaba en sus manos y abrió la tapa. Pero al mirar al objeto, se quedó paralizada por un breve instante, y su expresión se hizo más seria. Miró a Regina, con cierta angustia en su mirada. Al notar la incomodidad de Emma, la morena alzó el tronco y se acercó a ella, tocándole el rostro.
–Eh…¿Qué ocurre?–preguntó
–Estoy tan feliz de que hagamos esto, pero al mismo tiempo, tengo miedo. Regina, ¿y si no da resultado? La Reina me garantizó que este elixir no falla, pero ¿y si de alguna forma no sale bien? ¡Solo de pensar en lo mucho que vas a sufrir con eso, mi amor! Yo también sufriría, pero no me gustaría ver que volvieras a tener otra decepción y tristeza en tu vida–expresó su preocupación.
En lugar de ver una expresión triste, Emma sintió que su corazón se calentaba y consolaba al recibir de su esposa una expresión repleta de paz, alegría y fe. Sonriendo abiertamente, Regina clavó sus ojos en los de su esposa, agarró su rostro, y habló, con una certeza y convicción inquebrantables.
–¡Emma, dará resultado! Estoy segura de eso, mi amor, y de cierta forma, creo que nunca he estado más segura de algo en mi vida. No tengo miedo alguno, y tampoco quiero que tú lo tengas. ¡Nada va a salir mal! ¡Esto ya ha salido bien! Lo podemos todo con nuestro amor, ¿lo has olvidado? Es verdadero, fuerte, inquebrantable, y capaz de cosas supuestamente imposibles. ¡Y si ese elixir nunca falló con anterioridad, no va a fallar con nosotras! ¡Tengo esperanzas, querida, mucho más que eso, tengo la certeza absoluta de que nuestro bebé ya está en camino!
En ese momento, Emma sonrió emocionada.
–¡Sí, amor, yo también tengo esperanza! ¡Está de camino, sí!–respondió abrazándola.
Tras el abrazo, Regina volvió a mirar a Emma, pero esta vez, de forma más traviesa y lasciva.
–Así que, tienes una misión conmigo, ahora, Em-Ma…–susurró de forma pausada, provocando que el cuerpo de la rubia se erizara de la cabeza a los pies –¡Vamos allá, señorita Swan, embaráceme! Pues quiero mucho un hijo tuyo…
–¡Como gustéis, Majestad!
Devolviéndole la misma mirada lasciva y con una sonrisa pícara que derritió a Regina, Emma se tomó el líquido y lanzó el frasco a un canto cualquiera del cuarto. Empujó a Regina sobre el colchón y se colocó encima de ella, entrelazando sus piernas y pegando firmemente sus vaginas. Las manos de la rubia entrelazaron con firmeza los dedos de su esposa y alzó sus brazos sobre su cabeza, tomando el liderazgo y el dominio de la situación.
Emma empujó su pelvis contra la de Regina de forma firme, fuerte, precisa. Ambas gimieron con ese primer contacto que a partir de ahí solo fue intensificándose. Emma ondeaba y friccionaba su vagina contra la de Regina mientras sus líquidos se mezclaban, los cuerpos sudados, la tensión cada más fuerte, ambas cada vez más mojadas.
–¡Más rápido!–gritaba y gemía Regina
Emma le dio a Regina lo que quería, aumentando más el ritmo de aquella deliciosa fricción y contacto, sus intimidades completamente mojadas.
–¡Córrete conmigo, amor!–Emma gimió jadeante
Y tras un último fuerte empujón contra la vagina de Regina, Emma se corrió con violencia, derramando su líquido caliente sobre su intimidad, y Regina gozó también en seguida, las dos mujeres agarradas la una a la otra, gritando sus nombres.
Y entonces toda la magia comenzó a suceder. El líquido espeso y caliente causado por el orgasmo de Emma entró en la vagina de Regina, y allí dentro, recorrió velozmente el camino hasta donde tenía que llegar: sus ovarios. Una vez allí, ese líquido consiguió fecundar el óvulo de Regina, que en aquel momento, ya no era un óvulo inerte, estéril y muerto, sino que estaba totalmente receptivo a la fecundación mágica que le llegaba. Si fuera posible ver cómo se encontraba el gozo de Emma, que ahora se encontraba dentro de Regina listo para engendrar esa nueva vida, con certeza lo que se vería serían los mismos puntos brillantes pequeñitos que se encontraban en el líquido mágico fabricado por la poderosa Amapola de la Fertilidad.
Había salido bien. Una nueva vida comenzaba a ser engendrada dentro de Regina en aquel instante. La magia había tenido lugar. Regina Mills estaba embarazada de Emma Swan.
Nueve meses después…
–¡Calma, hija! Regina solo está recogiendo sus cosas, tu madre y Zelena están con ella–David intentaba que Emma se calmara, antes que hicieran varios agujeros en el suelo de la sala, de tanto que andaba en círculos por la misma.
–¿Por qué no quiso que me quedara en el cuarto? ¡Iba a ayudarla!–Emma estaba afligida y casi se arrancaba los cabellos.
–¡Precisamente por eso mismo!–David rió –¡Porque estás más nerviosa y con más pánico que ella, que va a dar a luz!
La rubia reviró los ojos mientras miraba al padre.
–¡Ah, papá! Estoy tan ansiosa por tener a nuestra hija en los brazos, pero me parte el corazón ver a Regina con dolores.
–¡Tú ya pasaste por eso, y sabes cómo son las contracciones!–la abrazó por los hombros –Pensé que por ser también una mujer, estarías más calmada–rió de nuevo –¡Todo saldrá bien, Emma! Pronto mi nieta estará en nuestros brazos y Regina, aliviada.
No le dio tiempo a responder, pues escuchó a Blanca gritar desde arriba de las escaleras.
–¡Estamos listas!–Blanca y Zelena llevaban dos bolsas enormes con las cosas de maternidad y sujetaban con cuidado a una Regina con una barriga enorme, con un vestido suelto y unas sandalias, haciendo muecas y gimiendo de dolor. El bebé estaba a punto de nacer.
Al escucharlas, Emma corrió para ayudar a sujetar a su esposa y bajar las escaleras con ella.
–¡Respira, amor, con calma!–decía Emma, desconsolada al notar los dolores en el rostro de Regina –Las contracciones durarán un rato más, es normal, y…
–¡Lo sé, Emma!–Regina reía y gemía de dolor al mismo tiempo. Intentaba respirar con calma, pero era imposible –¡Intenta calmarte, por favor! Te necesito bien para que me ayudes y….¡Ahhhhhh!–un gemido más alto y más fuerte debido a la contracción que fue el detonante de todo. Había roto aguas.
–¡Dios mío, vamos ya! ¡No quiero que nuestra hija nazca aquí! Y mamá, Zelena, ¿es necesario todo eso?–Emma señaló las enormes bolsas –Regina no va a ir de vacaciones al hospital.
Blanca se encogió de hombros.
–¡Nunca está demás prevenir, hija!–dijo Blanca
–Regina puede necesitarlo, Emma–completó Zelena, eufórica.
Regina dio otro grito estruendoso de dolor y todos corrieron hacia el coche. Irían en el bueno y viejo escarabajo amarillo de Emma.
–¡No me puedo creer que vayamos en esta lata proyecto de abeja!–bromeó Regina entre gemidos de dolor.
Emma reviró los ojos, riendo, y David, Zelena y Mary también.
–¡No te quejes si tu dignísimo coche decidió dar problemas en la semana que tú vas a dar a luz! ¡Incluso embarazada eres una pesada, por los dioses!–Emma fingió indignación.
–¡Yo me ofrecí para conducir, pero nadie quiso!–dijo Zelena, indignada.
–Hermanita, tu coche está en peores condiciones que el de Emma, era muy posible que ni llegáramos al hospital, ¿y tú conduciendo? Creo que mejor no…–dijo Regina, con la voz entrecortada por el dolor.
La pelirroja resopló y reviró los ojos, provocando la risa en todos. Ella iría en su coche al hospital, pero probablemente llegaría algo atrasada. Estaba evitando usar magia, como los demás.
David condujo el escarabajo hasta el hospital de la ciudad, mientras Blanca iba delante y Emma atrás, sujetando y calmando a Regina, que respiraba de forma entrecortada y con su rostro bañado en sudor. Sus manos entrelazadas a las de Emma le daban el mayor consuelo.
–Ahora que sufres los dolores del parto, ¿te arrepientes de haber querido tener un hijo?–Emma susurró y sonrió, cuando vio que la esposa se encontraba más calmada.
–¡Nunca! ¡Lo haría de nuevo! ¡Aún más siendo con un bebé de las dos!–la morena le besó los labios con ternura.
Al llegar al hospital, Regina fue colocada inmediatamente en una camilla y llevada a la sala de parto, donde el doctor Whale y las enfermeras ya estaban preparados esperándola.
David y Blanca esperaban en la salita de al lado mientras Emma se encontraba junto a Regina, apretándole con fuerza la mano y acariciando su cabeza, en el momento de dar a luz.
–¡Empuja, Regina! ¡Fuerte, solo un poco más! Ya veo la cabeza…–el doctor Whale la alentaba, preparándose para agarrar al bebé que ya venía.
–¡Ahhhhhhhhh! ¡Cómo duele!–la morena gritó, en evidente sufrimiento, al empujar más.
–¡Lo sé, amor! ¡Pero ya está pasando, ya falta muy poco, estás siendo muy fuerte! ¡Vamos, solo un poco más!–Emma apretaba más fuerte su mano, tan afectada como Regina.
–¡Ahhhhhhhhh!–Un último grito, el último instante de dolor. Y la hija de Emma y Regina estaba en las manos del doctor Whale, llorando a pleno pulmón.
Y lloraban también las madres de la hermosa niñita que había acabado de nacer. Con sus cabezas pegadas, Regina y Emma sentían toda la emoción que solo en aquel momento era capaz de proporcionarles.
El doctor Whale cortó el cordón umbilical y las enfermeras limpiaron a la pequeña, que seguía llorando y pataleando. Cuando ya estaba lista, el médico la dio a conocer a sus madres. La depositó en el regazo de Regina. La emoción que Regina sentía era algo que nunca había sentido en toda su vida, era única, era mágico. Al igual que lo sentía Emma. Su hija. Suya y de Emma Swan. Las dos mujeres no dejaban de llorar.
–Aquí está, Emma, Regina–dijo feliz el doctor Whale en cuanto Regina la acomodó en sus brazos, ambas mirándola apasionadamente –Es vuestra hija. Una niña fuerte y saludable. ¡Felicidades, mamás!
Las dos lloraron y sonrieron enormemente, agradecidas al médico. Las lágrimas no dejaban de descender por sus rostros. Ahora, la bebé se encontraba en calma, durmiendo en los brazos de Regina.
–¡Nuestra hija, amor! ¿No es hermosa?–Regina balbuceó –No quiero olvidar nunca este momento.
–¡Hermosa y preciosa como tú! ¡Nuestra hijita!–Emma lloraba, acariciando la cabecita de la hija y la de Regina al mismo tiempo.
–Dentro de poco tendrá que mamar y habrá que hacerle los primeros exámenes. Antes de eso, ¿quieren que llame a sus parientes?– intervino el doctor Whale.
Ellas asintieron y el médico y las enfermeras les dieron privacidad. En seguida, entraron corriendo Blanca, David y Zelena sonriendo y ansiosos.
Emma y Regina hicieron señas para no hicieran mucho ruido para no despertar a la bebé, que dormía profunda y serenamente en los brazos de Regina. Los tres se colocaron alrededor de la cama, cayéndosele la baba por la niña.
–¡Mi nieta! ¡Estoy tan feliz!–Blanca sollozaba.
–¡Nuestra princesa!–completó David
–¡La sobrina más hermosa del mundo!–Zelena estaba encantada.
En ese momento, Regina y Emma suspiraron, con miradas tristes.
–Solo falta una persona–dijo Regina
–Sí. ¡Cómo querría que estuviera aquí!–completó Emma
–Si estáis hablando de mí, ya no hace falta que sigáis–Era Henry, con una sonrisa enrome en el rostro. Llevaba las maletas y las soltó en el suelo en cuanto entró en el cuarto.
David, Zelena y Blanca se miraron y sonrieron. Henry había llegado de sorpresa a la sala de espera, y pidió que no les dijeran a las madres que estaba allí.
–¡Henry!–Emma tuvo que aguantarse para no gritar. Caminó hacia el hijo y se tiró en sus brazos, en un fuerte abrazo que demostraba lo mucho que lo había echado de menos. Regina no lograba contener las lágrimas al ver a su amado hijo mayor allí.
–¡Hijo! ¡Pero qué sorpresa más maravillosa! ¿No estabas en semana de exámenes?–dijo Regina emocionada, al recibir el beso cariñoso de Henry en la frente.
–Solo me quedaban dos, mamá. Pagué por una prueba sustitutiva. Las haré la semana que viene. ¡No podía perderme este momento, jamás! Cuando Emma me dijo que estabas a punto de dar a luz, mamá, me programé para pasar algunos días aquí, rezando para que mi hermanita llegara al mundo estos días. Y parece que los dioses han estado a mi favor. Ahora, déjame que conozca a mi hermana…
Henry, ahora un universitario, miró a la pequeña en brazos de Regina, con ojos húmedos, encantados y llenos de amor. Sonrió de oreja a oreja.
–Se parece a mí. ¡Miren! ¡La boquita es igual a la mía!–bromeó el joven y todos rieron en ese momento de relajación.
–¡Ahora mi felicidad está completa! Mis dos hijos, mi esposa, las personas que amo…Todos reunidos aquí. ¡Mi familia!–Regina, con voz embargada por la emoción, miró de uno a otro en aquel cuarto, apretando la mano de cada uno y recibiendo cariño y sonrisas.
–Habéis mantenido el suspense hasta el final, y ya no aguantamos–comenzó Blanca, sonriendo –Ahora, ya es el momento de que nos lo digáis. ¿Cuál sería el nombre de vuestra hija, de mi nieta?
Emma y Regina se miraron, con sonrisas cómplices y llenas de amor. Y Emma se dirigió a su madre, respondiéndole a la pregunta.
–Se llamará Hope, porque el significado de su nombre siempre ha tenido profundo impacto y sentido en nuestras vidas, así como ella misma ha venido a traernos a nosotras: Esperanza.
