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Candy palideció y se le heló la sangre en las venas. Se obligó a tragarse el sentimiento de culpa. Sus hermanos no perderían la vida y su clan no tenía por qué sufrir; no si ella podía convencer a Albert. Sleat solo trataba de asustarla con sus amenazas. Aunque la verdad es que eran efectivas.
—Conozco muy bien la difícil situación de nuestro clan, no necesitas recordármela.
Sleat la estudió con una mirada calculadora.
—Sin embargo, no percibo ninguna urgencia en tus actos ¿Él está enamorado de ti?
—No lo sé.
—¿Te ha hablado de matrimonio?
—No.
Sus ojos se entrecerraron.
—¿Sospecha de ti?
—Claro que no. He tenido mucho cuidado.-Intentó apartarse de él, pero su mano seguía agarrándola con fuerza por el brazo y él utilizaba ese agarre para obligarla a acercar sele de nuevo.
—No he acabado contigo, Candy. No acabaré contigo hasta que hayas encontrado lo que viniste a buscar. ¿Comprendes la importancia de esta misión... lo importante que es lo que te enviamos a hacer aquí? Me niego a permitir que la futura prominencia de los MacDonald en las Islas se vea comprometida por la sensiblería caprichosa de una simple muchacha. Hay demasiado en juego. Mira allí...-Señaló el claro—. Mira cómo tu esposo conversa íntimamente con Argyll, el más vil enemigo de nuestro clan. Desde la disolución del señorío, Argyll ha usurpado nuestro poder en el oeste de Escocia. Pronto Argyll y su clan Campbell serán casi tan poderosos como el rey. Debemos actuar ahora, reclamar nuestro patrimonio gaélico para los MacDonald antes de que sea demasiado tarde. Harás lo que te enviamos a hacer o vivirás para lamentar tu estúpida decisión.-Sus labios se curvaron en una sonrisa amarillenta, sarcástica y siniestra—. ¿Crees que al jefe MacAndrew le interesaría conocer los traidores propósitos que te han traído aquí?-Se echó a reír al ver su expresión de horror—. Me pregunto qué diría tu amantísimo esposo de tu explicación... ¿Crees que te perdonará por engañarlo? ¿Por espiarlo?
¡No! No podéis decírselo a Albert, pensó el pánico hizo presa en ella, impidiéndole pensar racionalmente. ¿Albert comprendería que no había tenido otra alternativa? ¿Sería suficiente que hubiera cambiado de opinión? ¿Podía arriesgarse? Tenía intención de confesárselo todo en el momento oportuno-cuando estuviera segura de su afecto y hubiera encajado en su sitio todas las piezas de su plan—, pero, viniendo de su tío, la verdad sería desastrosa. Debería haber previsto que su tío no la dejaría libre sin luchar.
—El jefe MacAndrew es un hombre orgulloso-dijo Sleat, zahiriente—. ¿Cómo reaccionará cuando sepa que lo ha engañado una chiquilla de los MacDonald? A petición mía.
Candy se obligó a adoptar una expresión despreocupada que no dejara traslucir los fuertes latidos de su corazón.
—Pero si se lo decís ahora, perdéis toda posibilidad de que yo encuentre la bandera y una entrada, si la hay. Todavía me quedan tres meses del período a prueba.-Tres meses para encontrar una solución, y luego se lo confesaría todo a Albert, antes de que lo hiciera su tío.
La miró sarcástico, como si percibiera sus auténticos propósitos y quisiera negarse, pero luego asintió cortante.
—Muy bien, querida sobrina-dijo con una sonrisa amenazadora—. Pero como ahora pareces ser una espía a regañadientes para nuestra empresa familiar, añadiremos un nuevo codicilo a nuestro acuerdo original. Tráeme lo que quiero antes de que pasen tres meses y no le diré a MacAndrew el auténtico propósito que había detrás de vuestro matrimonio a prueba. El destino decidirá el futuro de tu matrimonio, igual que decidirá el futuro de los MacAndrew. Pero si fracasas, tu esposo a prueba se enterará de tu pequeño secreto.
Candy perdió toda pretensión de compostura.
—Ni siquiera podéis estar seguro de que haya una entrada secreta. ¿Y si no consigo encontrar la bandera? Debe de estar muy bien escondida. No podéis obligarme a encontrar algo que no existe o es imposible de encontrar.
—Ese no es mi problema. Donde tú fracases, otros pueden triunfar.
—¿Qué queréis decir?
—No es asunto tuyo. Tú única preocupación debe ser aquello para lo que aceptaste ese matrimonio a prueba. Cuando estés dispuesta, envíame una carta; mi hombre te encontrará. No creas que puedes engañarme. Mi hombre conoce bien la bandera.-Dio media vuelta y la abandonó a la agonía de sus pensamientos.
¿Qué voy a hacer? El pánico le oprimía en pecho. Había creído que tenía tiempo para solucionar la situación. Pero si su tío hablaba con Albert, lo desbarataría todo. Tenía que buscar un medio de satisfacer a su tío de momento, hasta convencer a Albert de que no disolviera su matrimonio a prueba y apoyara a su padre en su guerra contra los Mackenzie. Pero ¿y si no daba resultado?
Tenía que darlo.
En su corazón sabía que no podía traicionar a Albert, tanto si él la amaba como si no. Comprenderlo la dejó aturdida. ¿Su familia le perdonaría su fracaso alguna vez?
Lágrimas de frustración se agolparon en sus ojos, amenazando con desbordarse. Quería dejarse caer de rodillas y bajar la cabeza desesperada, pero sabía que no podía arriesgarse a que Albert la encontrara en ese estado. Habría demasiadas preguntas. Preguntas que no se atrevía a contestar.
Un súbito rumor de hojas detrás de un árbol atrajo su atención, distrayéndola del tumultuoso dilema de su horrible situación. ¿Alguien había oído su conversación con su tío? Aguantó la respiración y se quedó con la mirada perdida en el vacío. Pasaron unos minutos antes de que se atreviera a soltar el aire. No vio nada que se saliera de lo corriente, así que volvió a la angustia de sus propios problemas.
Albert observó la conversación de Candy con su tío con un marcado interés y una creciente inquietud. Candy nunca lo traicionaría. De eso estaba seguro. Lo quería a él y quería a su familia. No se podía ser una actriz tan consumada. Pero algo pasaba. No le gustaba la manera en que Sleat le hablaba; parecía estar amenazándola. Cuando Sleat la agarró por el brazo, Albert decidió que ya había esperado bastante.
Ya era hora de que averiguara qué poder tenía su tío sobre ella.
Se acercó al borde del claro, donde ella estaba bajo un dosel de árboles.
—¿Estás bien, Candy?
Ella lo miró sobresaltada.
—Sí, muy bien-dijo con demasiado apresuramiento—. Hace demasiado calor al sol, eso es todo.-Trató de sonreír, pero no lo consiguió.
Él cogió una florecita amarilla, rompió el tallo y se la colocó detrás de la oreja. Sus pensamientos volaron a otra vez en que le había puesto flores detrás de la oreja. Al día que la había llevado afuera de los muros del castillo y habían hecho el amor en la colina recubierta de brezo. Si pudiera detener el tiempo... Acarició la pálida mejilla con el dorso del dedo.
—He visto que hablabas con tu tío.
Si no la hubiera estado tocando, no se habría dado cuenta de su ligero estremecimiento.
—Sí.
—Parecía enfadado contigo.
—Sí.
Albert apartó la mano y apretó los puños inconscientemente.
—Si te está amenazando, lo...
Ella le hizo callar poniéndole su pequeña mano en el brazo.
—No es eso.
Pero estaba claro que algo la preocupaba. Le estaba ocultando algo, pero ¿qué? Si continuaba dándole evasivas, no podría ayudarla.
—¿No quieres decírmelo, Candy?-preguntó con más dulzura esta vez.
Ella giró la cara, como si no quisiera mirarlo.
—Solo quería que le asegurara que nuestro compromiso se formalizará en un matrimonio de verdad.-Hizo una pausa, para darle la oportunidad de hablar—. Una garantía que yo no puedo darle.
Notó el aguijón de su acusación, pero no podía discutir.
—Tu tío parece tomarse un interés inusual en nuestro compromiso.
Sus ojos centellearon.
—¿No debería hacerlo?-preguntó desafiante—. Estoy aquí debido a él. ¿Y no es nuestro matrimonio a prueba lo que está impidiendo que siga la lucha entre los clanes?
Tenía razón, pero Albert se preguntaba si ese era el único interés de Sleat.
—¿Se lo has dicho?-Las palabras se le atragantaron, pero Candy entendió a qué se refería.
—No. No le he dicho que tienes intención de disolver el compromiso. No tardará en averiguarlo.
Albert odiaba aquel sentimiento. Quería poder borrar el dolor de Candy. Y el suyo propio. Pero no podía, no hasta que tuviera una razón para hacerlo. Le cogió la barbilla.
—Tu tío está planeando algo y no confío en él.-Detestaba preguntárselo, pero había que decirlo—. Quiero confiar en ti, pero haces que sea difícil. ¿Hay alguna razón por la que no debería hacerlo?
Candy tenía los ojos anegados en lágrimas y le temblaba la voz.
—¿Puedes preguntarme eso después de todo lo que hemos compartido? ¿No te he dado mi cuerpo y mi alma, sin pedir nada a cambio? Ni siquiera la promesa de tu nombre.
Sus palabras le quemaron en el pecho.
—Sé lo que me has dado, Candy. Lo atesoro, pero te advertí de cómo iba a ser. Es mi deber como jefe preguntarlo-dijo gravemente—. Como también lo sería castigar a cualquiera que me traicionara.
—¿No sabes que nunca podría...?-Se quedó mirándolo fijamente, con las lágrimas rodándole por las mejillas—. ¿No sabes...?
No lo sabía.
—¿Saber qué?
Su pregunta desató algo dentro de ella. Como si toda la tensión y la emoción acumuladas que habían ido fermentando entre ellos, bajo la superficie, finalmente se desbordaran.
—¿No sabes lo mucho que desearía que cambiaras de opinión, que las cosas fueran diferentes, que no hay nada que desee más que quedarme aquí, contigo, para siempre? ¿Que no puedo soportar la idea de que tengas la intención de casarte con otra...-la voz se le estranguló en la garganta—, que compartas tu cama con otra mujer?
Sintió que le estrujaban el corazón; aquel dolor era también el suyo.
—Candy...
Se le acercó, pero ella dio un paso atrás.
—No, déjame acabar. Tú has empezado esto, ahora oirás lo que he querido decirte desde hace tiempo, pero tenía demasiado miedo de que no quisieras oírlo.-Le temblaban los hombros, pero él no se atrevió a ofrecerle consuelo—. No esconderé mis sentimientos por más tiempo, aunque sea más fácil fingir que no existen.-Respiró hondo—. Te amo, Albert MacAndrew, con todo mi corazón, y no lo lamento.
Él se quedó inmóvil, con el impacto de sus palabras reverberando en todo su cuerpo. Ella lo amaba. Y aunque sabía que no debería ser así, en su interior se sentía feliz por ello. Más que feliz. Sus palabras tocaron una parte de él que no sabía que existiera. Egoístamente, quería su amor. Quería que se quedara con él y reclamarla como suya.
Pero su declaración solo complicaba todavía más una situación de por sí difícil. Tal vez ya sabía que aquello iba a suceder. Había querido protegerse contra ello. Nunca tendría que haber hecho el amor con ella. Sin embargo, no podía arrepentirse, aunque se arrepentía de hacerle daño. Ella tenía razón, no quería tener esa conversación.
Le secó una lágrima del rabillo del ojo con el pulgar.
—Ay, pequeña.
—¿No tienes nada más que decir?-preguntó ella lastimeramente.
Algo cálido se alojaba en su corazón. Pero ¿qué podía decir? ¿Unas palabras que solo harían que la separación fuera más difícil?
—Me siento honrado, aunque sería mejor que no me quisieras.
Candy se encogió. Él quería tender los brazos y cogerla, pero sabía que, si lo hacía, quizá dijera algo que luego lamentaría. Sabía lo peligrosamente cerca que estaba de darle lo que ella quería. Cuando ella lo miró desconsolada, con una emoción en carne viva empañándole aquellos ojos verdes, estuvo a punto de olvidar su deber.
Ella le sostuvo la mirada largo tiempo, esperando lo que él no podía darle. Al final sonrió tristemente.
—Más fácil, quizá, pero no mejor. Nunca me arrepentiré de quererte.-Respiró hondo, lo miró a los ojos y no vaciló—. En caso de que todavía tengas dudas, puedes confiar en mí. Nunca haría nada para traicionarte.
Él la creía. ¿Cómo podía no hacerlo?
—Entonces, no hablaremos más de esto.
Candy asintió. Albert la cogió entre sus brazos y la besó dulcemente en los labios, más aliviado de lo que quería admitir cuando ella respondió de inmediato. Le dijo con sus labios lo que no podía decirle con palabras. Ella le rodeó el cuello con los brazos y se apretó contra él. El beso se hizo más hondo, mientras él le pedía perdón, en silencio, por su pregunta.
Un perdón que ella le concedió con la suave caricia de sus labios y su lengua.
Albert respiraba entrecortadamente cuando, finalmente, se separaron.
—No dejaremos que Sleat ensombrezca nuestro día, ¿de acuerdo?
—De acuerdo. Él sonrió.
—Entonces volvamos con nuestros invitados. Los MacAndrew tienen unas cuantas contiendas que ganar.
Aunque había hablado en tono ligero, el yugo del deber le pesaba duramente. Nunca había lamentado más el peso de ser jefe. Una alianza de matrimonio era el único medio de asegurar que los MacAndrew recuperaran Trotternish. Una alianza de matrimonio... La semilla de una idea arraigó en su mente. Se le agolparon las posibilidades en la cabeza. Pero tendría que pensarlo bien.
Le rodeó los hombros con el brazo, le dio un tierno beso en la cabeza y la condujo de vuelta a la reunión. Sus palabras de amor estaban grabadas a fuego en su corazón.
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