¿Acaso es todo lo que quieres decirme?

En su última visita al Hogar de Pony, durante uno de sus permisos, Candy se encontró con la sorpresa más inesperada. Estaban ya en plena primavera, faltaba tan solo una semana para su aniversario y Albert y ella no habían podido hablar aún.

Cada vez que sabía que él iba a regresar, se sentía más inquieta y temía que los demás lo notaran o fuera demasiado evidente para él. No podría evitar sentirse muy avergonzada si, llegado el caso, todo lo que le parecía percibir no eran más que ilusiones que ella misma había imaginado. Pero, permaneciendo alojada en Chicago, resultaba casi imposible no pensar en él en todo momento.

Todo a su alrededor estaba relacionado con él, de un modo u otro... La clínica donde trabajaba, aunque él no hubiera estado, era uno de sus proyectos... La habitación en la mansión Andrew, donde cada detalle, sí, le hablaba de su cariño... El parque y sus alrededores, donde tantas veces habían paseado juntos, cuando solo eran Albert y Candy...

Volver al Hogar era en parte su escapatoria... Aunque allí también tenía recuerdos compartidos con él... Y algunos de los más emotivos de su vida. Sin saberlo y, quizás, sin proponérselo siquiera, encontraba cachitos de Albert por todas partes.

Tan solo se había sentido dos veces de aquel modo, una cuando desapareció de los apartamentos Magnólia y la anterior... con Terry, en el internado... Y ahora, cuando creía que no podía llegar a estar más alterada, le llegaba una carta suya... Bueno, cuando abrió el sobre, en la privacidad de su colina, más que una carta, le pareció un telegrama.

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Querida Candy,

¿Te estás cuidando?

Ha pasado ya un año.

Pasado este largo periodo de tiempo, me prometí que te escribiría, pero después, preso de las dudas, dejé pasar otros seis meses.

Sin embargo, ahora ya he reunido el suficiente valor como para escribirte esta carta.

Para mí nada ha cambiado.

No sé si llegarás a leer estas palabras algún día, pero quería que al menos lo supieras.

T.G.

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Candy dio la vuelta a la página, miró dentro del sobre, pero no encontró nada más... "Después de tanto tiempo, ¿Acaso es todo lo que quieres decirme?", pensó... Leyó la nota, cinco veces, para intentar comprender lo que sentía... o más bien, lo que no sentía en aquel momento... porque cuando recordaba todo lo que habían pasado y, sobre todo, cuando recordaba su despedida, el dolor seguía siendo intenso... pero al leer aquellas líneas tan parcas...

La primera vez, no supo relacionar respecto a qué había pasado un año...

La segunda, no supo relacionar a qué se refería con "nada ha cambiado"... ¿Que nada había cambiado?... ¡Habían pasado varios años sin verse ni hablar! ¡Habían pasado un montón de cosas! ¿Qué, no había cambiado? ¿Su devoción por el teatro? ¿Sus sentimientos por ella? ¿Su decisión de labrarse un futuro con independencia de su padre? ¿Que seguía sin ser libre?

La tercera vez, se alegró de que, por una vez, no le pusiera un sobrenombre y se dirigiera a ella por su nombre... pero al llegar a la firma, volvió a quedarse perpleja... ¿En serio? ¿T.G.? Ella se había hecho un hartón de escribir aquellas iniciales, por todos lados pero había sido, en parte, porque había tenido vergüenza de que alguien descubriera sus pensamientos en el internado... ¿No se merecía el nombre entero? ¿Quién esperaba que leyera aquella carta? ¿Las monjas del internado al otro lado del océano? ¡Había recibido notas y encargos de Georges mucho más emotivos!

Cuanto más la leía, más le daba la sensación de que la hubiera escrito entre ensayos, a toda prisa... ¡Pim! ¡Pam!... si quieres más, pregunta. Ni una dirección, "ni estoy viviendo en...", ni "escríbeme a...", ni preguntar sobre ella... Lo más parecido era "¿Te estás cuidando?"... Ni un "¿Eres feliz?" o un "¿Sigues sintiendo lo mismo por mí?" o incluso un "¿Podríamos vernos?"...

Ella aún deseaba saber si él estaba bien. Saber cómo estaba respecto a la muerte de Susana. No podía imaginarse, ni cuando no era consciente de amar a Albert, que no la hubiera afectado algo así. Si Albert hubiera llegado a morir estando bajo su cargo...

Volvió a leerla una cuarta vez. No mejoró. A ver, "...ahora ya he reunido el suficiente valor como para escribirte esta carta... ", ¿En serio? ¿Había tenido que tomar valor para escribirle... eso?... ¿Él?, que había sido el chico rebelde del internado, el que no se mordía la lengua para burlarse de ella, para robarle un beso, para sacarla a bailar, para obligarla a montar, para exigirle que olvidara a Anthony, que se exponía frente a cientos de personas en cada actuación... ¿Él? ¿Había tenido que reunir valor? ¿Para escribirle esas tristes líneas?

Candy no sabía si reír o llorar. Cuando le dieron el sobre y vio su nombre en el remite, había sentido una nostálgica ilusión. La esperanza de recuperar el contacto, ni que fuera como amigos. Esperaba que él le contara algo de como estaba en aquellos momentos, que la pusiera, ni que fuera brevemente, al día de su propia vida, de sus planes... Que quizás llegara a tantear el terreno por si aún guardara el mismo aprecio por él... Él no sabía nada de ella, de lo que había sido su vida tras su desgarradora separación... Como mucho le habrían llegado noticias de la auténtica identidad de su común amigo. Pero él mismo le había pedido que fuera feliz ¿Qué había esperado entonces? ¿Que lo siguiera esperando sentada como una monja? ¿Reservándose, para cuando él pudiera estar libre o decidiera volverla a contactar? ¿Que saliera corriendo a buscarlo? ¿Otra vez?

Ella no lo había olvidado. Nunca lo haría. Igual que nunca olvidaría a Anthony, incluso después de su persistente insistencia... Simplemente había dejado de hablar de él, de anclarse a su recuerdo, para seguir caminando y no irritar a Terry.

De igual modo, había pasado con Terry. La diferencia es que Anthony estaba muerto y siempre tendría 15 años en su recuerdo y sus sentimientos hacia él eran únicos. Mientras Terry continuaba vivo, continuaba con su vida, sus propios planes y los sentimientos hacía él se habían anclado al momento de su separación, al momento en el que aceptó que nunca estarían juntos a pesar de estar vivos y se entremezclaban con los sentimientos hacia Albert.

Le había costado muchísimo aceptarlo en aquel entonces. No fue hasta que empezó a darse cuenta de lo que sentía también por Albert, a ser honesta consigo misma, que lo comprendió todo de una vez. Las personas parecían unidas por hilos invisibles. Algunos de esos hilos las forzaban a encontrarse una vez tras otra. Algunas personas, con las que se estaba unida, no volverían jamás, porque habían fallecido, como Anthony y Stear. Otras, a pesar de estar unidos, tampoco podrían estar juntas, a pesar de estar vivas, como Terry. Y otras, eran las que constantemente acababan unidas, reencontrándose en las más insospechadas circumstancias, como con Albert.

Pensar en Terry era volver a recordar su despedida en las escaleras, una y otra vez... Era recordar todos los problemas que había tenido que superar, tratando de reencontrarle... Era recordar el calor de su cuerpo en su espalda, sus lágrimas mojándole los hombros, sus propias lágrimas empapando sus mejillas... Y cuanto más lo recordaba, menos lo entendía. Le empezaron a temblar las manos y tuvo que apartar la nota para respirar profundamente, concentrándose en el paisaje, en el lago, en el edificio del orfanato, en los niños, en cualquier cosa intentando calmarse y recuperar su serenidad.

Después de pasar más de un año de la muerte de Susana y seguir sin noticias de él, empezó a pensar que él habría rehecho su vida. Quizás solo, no necesariamente con alguien, enfocado en su carrera. Pero si realmente seguía teniendo sentimientos por ella y esperaba que ella los mantuviera por él ¿Por qué hacerla sufrir esperando de más, si hubiera sido el caso, de aquella manera? Ella había atravesado un océano por él. Se había saltado guardias de enfermería por él. Había viajado sola para verle. Se había colado tras bambalinas para verle... y, sin embargo, a él le había hecho falta un año y medio para reunir valor para escribirle... una triste carta.

La leyó una quinta y última vez. La había escrito para ella y ni siquiera confiaba en que ella la leyera. Es decir, si ella no estuviera en el Hogar y no llegara a recibirla... ¿Ahí quedaba todo? Esperaba que para ella tampoco hubiera cambiado nada... o eso presuponía de "quería que al menos lo supieras"... pero no confiaba ni en haberla enviado al lugar correcto. Ella había luchado, por años mientras fueron libres de otras relaciones, por tratar de no perder el contacto con él. Había luchado como una auténtica leona, incluso había estado dispuesta a pelear con Susana, en el hospital, hasta que la trágica realidad la golpeó sin piedad. Y ahora, que era el momento de que él hubiera demostrado un mínimo de ese mismo arrojo por ella... Le enviaba una nota ¡Una nota! ¡Que ni siquiera confiaba en que ella la llegara a leer!

Candy cerró el sobre con la carta dentro, enojada consigo misma, ¿Por qué le daba tanta importancia? Quizás para él, nada había cambiado, sin embargo, para ella, había cambiado todo... o eso esperaba. Se notaba el corazón acelerado. Aquella nota fue el último empujón que le había faltado. Albert le había prometido hablar, en serio, aquella primavera. Y eso era lo que haría en su próxima visita. No estaba dispuesta a esperar más. Terry la había tenido esperando durante años y Albert estaba empezando a hacer lo mismo y ya se había hartado.

Guardó el sobre en su bolsillo para ponerlo con los otros dos, el del internado y el de antes de New York, junto a la foto recortada que Annie le había hecho llegar cuando empezó a salir por los diarios y la carta e invitación de Eleanor Baker... Todo cuanto conservaba de él fuera de su memoria... Quizás por ello había empezado a coleccionar las críticas, fueran buenas o malas... Para ella eran como las rosas de Anthony que florecían cada primavera... Una forma de mantener el hilo de aquel amor que no pudo ser.

Continuará...


Referencias a "Candy Candy La historia definitiva", de Keiko Nagita:

Pg. 367 - Última carta de Terry a Candy, totalmente reproducida en este capítulo del fic. Carta situada antes de la tercera parte de la novela, que consta solo de las cartas de Candy y Albert y de Candy para Anthony.

Pg. 136 - Retrospectiva de Candy en su presente recordando a Anthony.

[...]

Oh, Anthony...

Lo único que puedo hacer es repetir su nombre.

Ya han pasado más de veinte años desde entonces,

pero tu nombre es la única palabra que puedo decir.

[...]

Pg. 182 - Candy encuentra a Terry fumando en la falsa colina del internado.

[...]

— ¡Terence! —gritó Candy.

— Escucha, llámame Terry, por Dios. Solamente los inútiles me llaman Terence. Aunque no tengo muy claro que tú no lo seas —admitió, dejando escapar una risilla sarcástica. Luego le dio otra calada al cigarro.

[...]

Pg. 314 - Retrospectiva de Candy en su presente recordando a Terry. Recordándolo como lo hace una admiradora, como a un amor pasado. Si fuera su amado marido sentiría esa necesidad de repetir su nombre utilizando el que le gusta a él, es decir "Terry Graham, Terry Graham".

[...]

Terrence Graham. Desde entonces, no dejo de repetir ese nombre.

[...]

Pg. 390 - Carta a Anthony, última carta de la novela.

[...]

Estaba convencida de que nunca podría amar a nadie más, pero después...

[...]

En cualquier caso, gracias a este joven descubrí que el el amor tiene muchas formas

y que hay cosas que, una vez perdidas, ya no podemos recuperar.

No podemos reunirnos con aquellos que han dejado este mundo.

Es una realidad tan obvia que era incapaz de aceptarla.

En cambio, ahora sé que incluso para los que estamos vivos,

hay circunstancias en las que el destino no permite que dos personas estén juntas.

Después de todo, vivir significa acumular experiencias.

Aun así, mientras sigamos con vida, siempre habrá sitio para la esperanza.

[...]