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Perjurio (n.): Dar falso testimonio bajo juramento.
GEN
(BUENO, MI NOMBRE REAL ES SAKURA...)
Las mentiras siempre acaban saliendo a la luz. ¿Por qué la gente no lo entiende?
Eso era lo que decía el mensaje de texto que Thoreau me había enviado esa mañana.
«¿No crees que las mentiras puedan estar justificadas?», pregunté en respuesta.
No, nunca.
Dudé.
—¿Significa eso que nunca me has mentido?
—¿Por qué habría de hacerlo?
—Porque apenas nos conocemos...
—Eso es porque me mantienes a distancia.
Me envió otro mensaje antes de que pudiera responderle.
—¿Quieres saber mi nombre real y dónde trabajo?
—Prefiero que mantengamos el anonimato.
—Por supuesto... Y nunca te he mentido. Por alguna extraña razón, confío en ti.
—¿Alguna extraña razón?
—Muy extraña. Hablamos después.
Dejé caer el teléfono en el bolso y suspiré, dejando que me inundara aquella humillante y familiar sensación de culpa. Nunca había sido mi intención seguir hablando con Thoreau, convertirnos en amigos fuera de LawyerChat, pero me había enganchado demasiado y no quería renunciar a él.
Hacía unos meses, cuando vi la invitación para formar parte de aquella exclusiva red social en el escritorio de mi madre, me juré a mí misma que solo la utilizaría cuando necesitara hacer preguntas para resolver los casos que me proponían en las asignaturas prácticas de la facultad de derecho. Aproveché el código de acceso que le habían facilitado para conectarse, me inventé un perfil falso y me aseguré de que todas las preguntas que hacía estaban redactadas de tal forma que nadie sabría que eran para resolver trabajos.
Por desgracia para mí, el programa de derecho legal de Duke era diferente a todos los demás del país. Constaba de más clases presenciales, tutorías personalizadas con abogados en ejercicio, y los estudiantes teníamos que conseguir un puesto como pasante en prácticas durante los últimos cuatro semestres. Además, se esperaba que leyéramos e interpretáramos los archivos de los casos como si ya fuéramos abogados en ejercicio.
Si hubiera imaginado que pedirle consejos a Thoreau sobre mis tareas daría lugar a una amistad real, habría dejado de hablarle antes. Por otra parte, así como yo era su única amiga, él era también mi único amigo.
Era sincero y se abría conmigo cada vez que hablábamos, y me hacía desear poder hacer lo mismo, sobre todo desde que le había dado por decir «No me gustan las putas mentiras» cada vez que una de sus ligues le engañaba.
«¡Maldita sea...!».
Alisé el tul del tutú y respiré hondo varias veces. Pensaría en mi amistad con Thoreau más tarde; en ese momento tenía que concentrarme.
Era el día de la audición para la producción de El lago de los cisnes, y estaba hecha un manojo de nervios; apenas había dormido la noche anterior, me había saltado el desayuno y me había presentado en el teatro con cinco horas de antelación.
—¡Por favor, señoras y señores, despejen el escenario! —gritó el director desde el patio de butacas—. Las audiciones comenzarán oficialmente dentro de treinta minutos. Por favor, salgan del escenario y sitúense en los laterales.
Antes de abandonar la escena, miré hacia el público. La mayor parte de las caras me resultaban familiares; se trataba de compañeros de clase, instructores, directores de la compañía de ballet en la que había trabajado el verano pasado... Sin embargo, las que quería ver no estaban allí.
Nunca estaban.
Dolida, busqué un rincón tranquilo en el vestuario y llamé a mi madre.
—¿Sí? —respondió ella después del primer timbrazo.
—¿Por qué no estáis aquí?
—¿Por qué no estamos dónde, Sakura? ¿A qué te refieres ahora? —Emitió un suspiro de exasperación.
—En la audición para El lago de los cisnes. Me prometiste que vendrías con papá.
—¡Es Sakura, cariño! —le gritó a mi padre alejándose un poco del receptor—. ¿Sabías que era hoy su recital?
—No he participado en un recital desde que tenía trece años —mascullé con los dientes apretados—. Se trata de una audición, de la audición más importante de mi vida, y se supone que debíais estar aquí.
—Creo que mi secretaria se olvidó de decírmelo esta mañana —se disculpó—. ¿Has encontrado un bufete en el que realizar las prácticas de la universidad?
—Mamá, ya hago prácticas en la universidad.
—Sakura, me refiero a las prácticas de verdad.
—No —suspiré.
—Bueno, ¿y por qué? ¿Es que piensas que te van a caer del cielo? ¿Es eso?
—Ayer tuve una entrevista en Nara & Asociados —confesé, notando que el corazón me pesaba más por segundos—, y la semana que viene tengo otra en Uzumaki, Sarutobi & Uchiha. También estoy a punto de hacer la audición para el papel de mi vida, por si puedes prestar atención a ello durante cinco segundos.
—¿Cómo dice, señorita? —Mi madre se puso seria.
—No estás aquí. —Se me llenaron los ojos de lágrimas—. No has venido... ¿Sabes lo importante que va a ser esta representación?
—¿Te van a pagar algo? ¿La produce la Companía de Ballet de Nueva York?
—Eso da igual. Te he dicho una y otra vez lo importante que es para mí la audición. Te llamé anoche para recordártelo, y me hubiera gustado que mis padres estuvieran presentes y creyeran en mí, para variar.
—Sakura... —Suspiró—. Creo en ti. Siempre lo hago, pero en este momento estoy en medio de un juicio importante, y lo sabes, porque ha salido en todos los periódicos. También eres consciente de que convertirte en bailarina profesional no es un trabajo estable, y por mucho que deseara dejar plantado a mi cliente, que por cierto me paga muy bien, para ir a verte de puntillas en el escenario...
—Se llama bailar en pointe.
—Como sea... De todas formas, se trata solo de una audición. Estoy segura de que nosotros no vamos a ser los únicos padres que no han podido asistir hoy. Una vez que tengas el título de abogado, verás el ballet como lo que realmente es: un hobby, y nos agradecerás que hayamos insistido tanto en que continúes tus estudios.
—El ballet es mi sueño, mamá.
—Es solo una fase, y no estás más cerca de convertirte en profesional que la última vez que te vi bailar. ¿Es que no te acuerdas de cómo tuviste que dejarlo todo cuando tenías dieciséis años? Lo dejarás de nuevo, y será definitivo. De hecho...
Colgué.
No quería escuchar otro de sus discursos para acabar con mis sueños, y me irritaba muchísimo que hubiera dicho que el ballet era una fase cuando llevaba bailando desde los seis años, cuando ellos mismos habían invertido tanto dinero en clases privadas, vestuario y competiciones.
La única razón por la que lo «dejé» a los dieciséis años fue porque me rompí el pie y no pude asistir a ninguna audición de las escuelas de danza. Y solo empecé a mostrar algún interés por las leyes porque no podía hacer nada salvo leer mientras asistía a rehabilitación.
Unas zapatillas de punta me habían robado el corazón hacía mucho tiempo, y era algo que no cambiaría nunca.
—¿Sakura Haruno? —llamó un hombre desde la puerta—. ¿Eres tú?
—Sí.
—Eres la siguiente. Tienes que subir al escenario dentro de cinco minutos.
—De acuerdo... —Metí mi mochila en una taquilla, pero antes de que pudiera cerrarla, comenzó a sonar el móvil.
Sabiendo que era mi madre, que me llamaba para pedirme perdón a su manera, intenté reprimir un grito.
—Por favor, no quiero tus disculpas —solté en el momento en que descolgué—. No significan nada para mí.
—Te llamaba para desearte buena suerte —dijo una voz profunda.
—¡Dos minutos! —gritó el hombre de antes, haciéndome una seña para que me dirigiera al escenario.
—¿Thoreau? —Le di la espalda al hombre—. ¿Por qué me deseas buena suerte?
—Hace unas semanas mencionaste que tenías una especie de audición. Es hoy, ¿verdad?
—Sí, gracias...
—En este momento no pareces demasiado entusiasmada ante la posibilidad de conseguir tu sueño.
—¿Cómo voy a estar contenta cuando mis padres no creen en mí?
—Tienes veintisiete años —se burló—. Que se jodan tus padres.
Me reí, con aire culpable.
—Me gustaría que fuera tan fácil.
—Lo es. Te ganas la vida, y a pesar de que no sabes una mierda de leyes, pareces una abogada bastante decente. Que se jodan.
—Me concentraré en esa idea —dije, tratando de mantener el tema a distancia—. Me sorprende que te hayas acordado de que la audición era hoy.
—A mí no. —Cuando colgó, supe que estaba sonriendo.
—¡Quince segundos, señorita Haruno! —El hombre me agarró del brazo y casi me llevó en volandas al escenario.
Sonreí a los jueces y coloqué los brazos en la quinta posición por encima de la cabeza, esperando que sonara la primera nota de la composición de Tchaikovsky.
Hubo un ruido de papeles y una tos y luego comenzó la música.
Se suponía que debía hacer un arabesque, una pirouette y luego continuar con la rutina que había estado ensayando en clase durante el último mes y medio. Sin embargo, me sentía como si esta fuera una de las últimas oportunidades para causar una buena impresión, por lo que decidí bailar como quería.
Cerré los ojos y enlacé una pirouette tras otra, que uní con varios fouettés. Ni siquiera seguía el ritmo de la música, y me di cuenta de que el pianista vacilaba, tratando de estar a mi altura. Mostré cada salto que conocía, aterrizando perfectamente después de ejecutarlos, y cuando el pianista se rindió y tocó la última nota, volví con una sonrisa a la quinta posición.
No hubo aplausos ni nada. Traté de leer el rostro de los jueces para ver si se habían quedado un poco impresionados, pero todos habían adoptado una expresión estoica.
—Eso es todo, señorita Haruno —dijo uno de ellos—. Señorita Tamaki Inuzuka, por favor, a escena.
—Gracias —murmuré antes de bajarme y salir corriendo del teatro. No me molesté en ver el resto de las pruebas.
Durante el resto de la tarde, me paseé por el campus, tratando de no llorar. Cuando estuve segura de que no me iban a caer las lágrimas, envié un correo electrónico a Thoreau; él era el único que podía hacer que me sintiera mejor.
Asunto: Pensando...
«Una cena. Una noche. Sin repeticiones». ¿Llevas a tus ligues a un restaurante caro o barato? ¿Pagas la cena y la habitación del hotel o vas a escote con ellas?
Gen.
Asunto: RE: Pensando...
Cena cara. Suite en un hotel de cinco estrellas. Yo pago todo. ¿Quieres que haga algunas reservas y así lo compruebas?
Thoreau.
Asunto: re: re: Pensando...
Por supuesto que no. Y ¿cómo que «algunas» reservas? ¿Qué pasó con lo de «Una cena. Una noche»?
Gen.
Asunto: re: re: re: Pensando...
Te he dicho que me gustaría hacer una excepción contigo. He comprado hoy una caja de bolsas de papel.
Thoreau.
Me reí y miré el reloj. Eran las cinco de la tarde y estaba segura de que los resultados de la audición se habían publicado hacía horas, pero me daba demasiado miedo ir a mirarlos. Lo único que quería era una oportunidad para formar parte del cuerpo de baile de El lago de los cisnes, incluso me conformaba con ser suplente.
«¿Por qué no seguiste la rutina ensayada? ¿En qué demonios estabas pensando?».
Después de volverme loca con las preguntas, me obligué a regresar al teatro para mirar la lista con el reparto final. Cuando llegué, había una multitud mirando el anuncio, y se podían oír los habituales: «¡Me han elegido!» o «¡No me han elegido!».
Me abrí paso entre la gente y escudriñé la hoja buscando mi nombre en el cuerpo de baile. No estaba.
Me acerqué entonces a la enorme lámina con florituras y justo al lado del papel principal Odette/Odile, el cisne blanco y negro, estaba mi nombre en negrita.
Me eché a llorar y empecé a dar saltitos, presa de la incredulidad. Quise llamar a mi madre para darle las buenas noticias, pero me agobié solo de pensarlo.
Sabía que en ese mismo momento podía estar diciéndole a mi padre que le había colgado, y que tenía que asegurarse de que supiera quién estaba pagando mi educación.
—Como se te ocurra dejar la carrera, dejaremos de pagarte las facturas. Queremos que hagas derecho, no ballet.
Saqué los pies doloridos del cubo con hielo y me los sequé dando suaves toquecitos con una toalla. No estaba segura de cómo iba a arreglármelas para ensayar el papel principal del ballet, ir a clases y hacer las prácticas en un bufete, pero no me quedaba otra opción.
Con un suspiro, miré el calendario que había en mi escritorio, donde había anotado «Entrevista inicial» en la casilla correspondiente al día de hoy.
La próxima entrevista era en Uzumaki, Sarutobi & Uchiha, una de las firmas más prestigiosas del estado, y en realidad era algo más que una entrevista. Era un proceso, y todos los estudiantes en prácticas sabíamos que conseguir un puesto en ese bufete podía hacer maravillas en cualquier currículo.
La firma era tan selectiva que hacían cuatro rondas de entrevistas telefónicas y tres pruebas online, y cada uno de los solicitantes tenía que solucionar varios casos antes de acceder a la entrevista final con los socios.
Había pasado con éxito las entrevistas telefónicas y los exámenes, pero los casos, compuestos por cientos de documentos, no eran lo que había esperado. Incluso llegué a pensar que se habían confundido al enviarme el paquete, y los llamé para decirles que tenía en mi poder una documentación interna de alguno de sus casos. La secretaria solo se rio de mí. Había dicho que la firma esperaba que todos los estudiantes que hicieran prácticas en el bufete tuvieran un nivel muy alto, y que hiciera lo que pudiera en la medida de mis posibilidades. —No se preocupe —me había dicho—, no esperamos que esté perfecto. Solo queremos saber cómo funciona su mente.
Cogí el expediente que me estaba dando más problemas y me lo puse en el regazo. Luego fui a la página del bufete USU y me familiaricé con los tres socios que me harían la entrevista.
Uzumaki, el fundador de la firma, era un hombre con el pelo canoso y gafas de montura metálica. Había estudiado en Harvard, y culpaba a la prestigiosa universidad de su forma de ser, exigente y minuciosa. Se jactaba de que en los treinta años que llevaba como abogado, había alcanzado una de las tasas más altas de casos ganados del país.
Sarutobi era socio de la firma desde hacía más de diez años. Era un tipo de unos cuarenta años, aunque parecía mayor. Había ido ascendiendo en la firma y presumía de ser una persona trabajadora a la que apasionaba su trabajo. Uzumaki no tuvo más remedio que asociarse con él; la suya era la segunda tasa de victorias más alta del país.
El tercero en discordia era Uchiha, Madara Uchiha, y era... condenadamente sexy. Intenté concentrarme en su biografía e ignorar su imagen, pero no pude evitarlo. Sus profundos e intensos ojos negros parecían mirarme directamente, y el largo pelo negro azabache me pedía que enredara en él los dedos.
Tenía la cara de un dios griego: mandíbula firme, piel bronceada, rasgos perfectamente simétricos, fuertes y cincelados, y los labios curvados en una leve sonrisa.
A pesar de que la imagen solo mostraba la parte superior de su cuerpo, por la forma en la que llenaba el traje azul marino, supuse que la chaqueta ocultaba unos músculos duros y definidos.
Noté que mojaba las bragas solo con mirarlo.
«Sakura, céntrate, por Dios».
Su biografía era la más corta de los tres socios. No incluía su educación, ni su formación, ni el año en el que se convirtió en socio. Solo aparecían un montón de palabras de relleno que decían lo honrada que se sentía la firma de contar con los servicios de un abogado tan estimado y experimentado. Ah, y que le gustaba el chocolate.
«Menuda información...».
Copié y pegué las tres biografías en un documento de Word y luego llamé a Thoreau.
—Buenas noches, Gen —respondió él, haciendo que me derritiera al oír su voz, como de costumbre. Estaba segura de que podría convencerme para que hiciera cualquier cosa... O casi cualquier cosa.
—Er... hola...
—¿Sí?
Dios, me encantaba su voz... Todavía no había dicho nada y ya me estaba excitando.
—¿Me has llamado para oírme respirar? —Estaba segura de que él había esbozado una sonrisa.
—En realidad, sí... —Puse los ojos en blanco—. ¿Disfrutas con mis jadeos?
—Los disfrutaría más si estuvieras debajo de mí.
Me sonrojé.
—Mmm...
—El caso, Gen... —Se rio—. Háblame de tu último caso.
—Ya... Mmm... —Me aclaré la garganta—. En resumen: mi cliente entra en un banco federal con una pistola, y se olvida de activar el bloqueo de seguridad del arma. Cuando alguien choca con él, mete involuntariamente la mano en el bolsillo. Entonces, el arma se dispara y le alcanza en la pierna.
—¿Desde cuándo llevas casos de derecho criminal? Pensaba que estabas especializada en derecho corporativo.
«¡Mierda!».
—Lo estoy, lo estoy. Estoy llevando este caso pro bono para un amigo, ya sabes...
—Mmm... Bueno, pues tu amigo se enfrenta a una condena de dos a cinco años en una prisión federal. Eso si no tiene antecedentes. ¿En qué necesita que lo ayudes exactamente?
—En la defensa. A fin de cuentas, solo se ha hecho daño a sí mismo.
—¿Tiene licencia de armas?
—No creo... —Miré los apuntes.
—Entonces estoy seguro de que la fiscalía intentará convencer al jurado de que llevó el arma al banco con intención de usarla contra la gente. Dile que acepte cualquier trato que le ofrezcan.
—Bueno... er... —Miré lo que decía la hoja de asignación—. ¿Y si ya he rechazado el acuerdo?
Suspiró.
—Llama al fiscal y trata de convencerlo para que vuelva a ofrecértelo. Si se niega, declara que no admite los cargos.
—¿Que no admite los cargos? ¿Es que te has vuelto loco?
—¿Y tú? ¿Cómo es que una abogada que se dedica al derecho corporativo acepta un caso de derecho criminal? Y una abogada bastante inexperta...
—Como ya te he dicho, estoy haciéndole un favor a un amigo. —Tosí—. No importa, si le digo que no acepte los cargos, es lo mismo que decirle que se declare culpable.
—Si fuera así, te habría dicho que se declarara culpable. —Empezaba a parecer irritado—. No aceptar los cargos es la mejor opción para el cliente, y cualquier abogado lo sabría. ¿Estás segura de que tienes el título y puedes ejercer la abogacía?
—No me habrían invitado a unirme a LawyerChat si no fuera así, ¿no crees? —Sentí que me dolía el corazón al decir la mentira—. Solo trato de evitar que el cliente sea condenado a prisión.
—Entonces, deberías limitarte a ejercer derecho corporativo. —Había un tono de risa en su voz—. El cliente va a ir a la cárcel y no puedes hacer nada al respecto. Lo único negociable en este caso es el tiempo que pasará allí. ¿Puedo ayudarte en algo más? ¿Tengo que echarte un discurso sobre la diferencia entre culpable y no culpable?
Meneé la cabeza mientras apartaba el dosier.
—Gracias por esa ayuda tan condescendiente.
—Ha sido un placer —respondió—. Tengo que preguntarte algo mucho más importante.
—¿Sobre mi caso?
—No —se rio por lo bajo—. Sobre ti. ¿Qué aspecto tienes?
—¿Qué? —Apenas oí mi voz—. ¿Qué has dicho?
—Ya me has escuchado. Dado que es posible que no tenga nunca la oportunidad de verte, me gustaría saber cómo eres.
Me puse en pie y me acerqué al espejo para recorrer mi reflejo con la mirada.
—No estoy segura de cómo responder a eso... —Tenía que cambiar de tema ya. Por todo lo que me había contado sobre sus ligues, sin duda había un tipo de mujer que le gustaba más que los demás, que le intrigaba más: rubia, con curvas, labios carnosos...
Yo no era así.
Había tratado de imaginar un montón de veces qué aspecto tenía él. ¿Pelo oscuro o rubio? ¿Una boca hecha para besar? ¿Tendría los ojos verdes o azules? ¿Si lamía su abdomen me encontraría un six pack? No, mejor un eight pack con unos oblicuos bien marcados.
«Ha mencionado varias veces que entrena todos los días...».
Estaba segura de que era un tipo muy atractivo. Tenía que serlo si había tantas mujeres dispuestas a quedar con él en esos sitios de ligues online, pero cada vez que me imaginaba cómo podía ser, me convencía a mí misma de que estaba equivocada.
—¿Sabes qué? —dije, ignorando esos pensamientos—. Nunca se me han dado bien las descripciones. ¿Cómo eres tú?
—Soy un tipo que quiere follar contigo.
Sentí un escalofrío de pies a cabeza.
—Esa no es la mejor manera de describir a alguien.
—¿De qué color tienes el pelo? —No parecía estar divirtiéndose, y supe que no iba a permitir que fuera yo la que dirigiera la conversación esa noche.
—Rojo. —Me quité la goma que me sujetaba el pelo y dejé que me cayeran los mechones rosáceos sobre los hombros.
—¿De qué longitud?
—Corto.
—Mmm... ¿Y los ojos?
Me quedé mirando mis iris de color verde azulado.
—Azules. De un azul claro.
—¿Tienes pecas?
—No. —Al menos eso era cierto.
—¿Y cómo son tus labios?
—¿Quieres saber si son finos o gruesos?
—Lo que quiero es verlos alrededor de mi polla.
Solté un jadeo.
—¿Estás haciéndote la tímida esta noche? —Oí de fondo unos cubitos de hielo tintineando contra el cristal—. ¿Crees que podrías meterte toda mi polla en la boca?
Me quedé en silencio y mi respiración se volvió más pesada.
—¿Gen? —dijo con suavidad—. ¿No vas a responderme?
—Es difícil hacer una valoración sobre algo que no he hecho nunca. —Oí que respiraba hondo, y la línea quedó en completo silencio.
Pensé que me preguntaría cómo había conseguido mantener relaciones sexuales con otros hombres sin haber hecho ninguna felación, pero no lo hizo.
—Mmm... ¿Eres pelirroja natural?
—¿Qué más da? —Me acerqué a la cama—. Es evidente que no soy tu tipo.
—Es posible que me sienta más atraído por un tipo de mujer, pero eso no quiere decir que me gusten algunas en concreto. Y una pelirroja con una boca voluptuosa que jamás ha saboreado la polla de otro hombre es más que suficiente para que haga una excepción.
Deslicé un dedo debajo de las bragas y me las quité antes de meterme debajo de las sábanas.
—Es una pena que no sea virgen, ¿eh?
—No follo con vírgenes. —Hizo una pausa—. Pero teniendo en cuenta que tú y yo todavía no hemos follado, bien podrías serlo.
Noté la humedad que inundaba mi sexo y cómo se me endurecían los pezones.
—Lo dudo mucho.
—Estoy cansado de limitarme a tener sexo contigo por teléfono. Gen...
Silencio.
—Necesito verte... —Su voz parecía tensa—. Necesito follar contigo...
—Thoreau...
—No, escúchame. —Su tono contenía una advertencia velada—. Necesito hundirme profundamente en tu interior, sentir tu coño ciñendo mi polla mientras gritas mi nombre. Mi nombre de verdad.
Me deslicé una mano por el estómago y el vientre hasta hundirla entre los muslos para comenzar a tocarme el clítoris. Al principio moví los dedos despacio, pero luego empecé a hacerlo más rápido, acelerando cada vez más con el pesado sonido de su respiración en mi oído.
—He sido muy paciente contigo... —Su voz se apagó—. ¿No crees?
—No...
—Tengo que verte —aseguró—. Estoy cansado de imaginarme lo mojada que te pongo, lo fuerte que puedes llegar a gritar cuando te chupe las tetas mientras me cabalgas... Lo fuerte que voy a tirarte del pelo cuando te inclines encima de mi escritorio para follarte desde atrás hasta que no puedas respirar... Estoy cansado...
Cerré los ojos mientras me apretaba el pecho con la otra mano, pellizcándome el pezón entre los dedos.
—Te voy a dar dos putas semanas para que recobres el sentido común.
—¿Cómo?
—Dos semanas —susurró—. Entonces, nos encontraremos cara a cara, y reclamaré cada centímetro de tu cuerpo.
—No puedo... no puedo permitir que...
—Lo harás. —Su respiración estaba ahora en sintonía con la mía—. Y cuando lo hagas, me vas a invitar a subir a tu casa y te recordaré cómo me has tomado el pelo durante los seis últimos meses.
Me había quedado sin palabras. Mi clítoris se inflamaba cada vez que lo rozaba y mi respiración era cada vez más rápida.
—Al principio seré suave —susurró—, sobre todo cuando te meta la polla en la boca y te sujete por el pelo, mostrándote exactamente cómo me gusta que me la chupen.
—Deja de... —Había empezado a jadear—. Por favor... Deja de...
—Créeme, no voy a hacerlo.
—Thoreau... —Me temblaban las piernas.
—No puedo seguir hablando contigo. Necesito sentirte..., necesito probarte. Dime que lo podré hacer dentro de dos semanas.
Me mordí el labio, sabiendo que si me lo decía de nuevo, si me lo pedía una vez más, diría que sí.
—Gen... —Estaba suplicando.
Estaba a punto de correrme, a punto de gritar «¡Sí! ¡Sí! ¡Sí!».
—Prométeme que me dejarás follar contigo dentro de dos semanas.
Como si mi boca estuviera dispuesta a seguir sus órdenes, me solté el labio inferior y me prepararé para aceptar, pero colgué.
Mantuve los ojos cerrados, tendida en la cama, y me dejé llevar por las oleadas del orgasmo. Grité los tres síes que él no podía oír, y cuando por fin dejé de estremecerme, me di la vuelta, me abracé a la almohada y la apreté contra mi pecho.
Antes de dormirme, oí que el teléfono emitía un pitido debajo de mí.
Era un mensaje de Thoreau:
Lo tomaré como un sí. Dentro de catorce días.
