Felices recomienzos. Parte II. Para siempre
Cuatro años después…
Los Ángeles. Centro de convenciones Marylin Coast- Entrega de los Premios Nacionales de Ciencia, Estudio y Salud.
El enorme y lujoso lugar estaba abarrotado, todos los asientos, de arriaba abajo en el gran teatro, ocupados. La ceremonia de premiación sucedía todos los años para conmemorar a las personas que marcaban la diferencia en los estudios, investigaciones y descubrimientos en el mundo de la ciencia y la salud, sin embargo, este año sería diferente, muy diferente. Cadenas televisivas de todo el mundo ya tenían sus cámaras colocadas y encendidas, listas para transmitir al mundo todo lo que allí acontecería. Las expectativas eran tan grandes que incluso los corazones dolían. Esa noche, con toda seguridad, quedaría para siempre grabada no solo en los recuerdos y almas de toda la población, sino también en la historia mundial. Y eso solo era el comienzo para la joven, hoy con veintiséis años, que estaba a punto de subir a aquel escenario y recibir su más que merecido premio.
–¡Señoras y señores!–comenzó el maestro de ceremonias diciendo al micrófono, trajeado elegantemente con un esmoquin, en el escenario. Sujetaba en sus manos una hermosa placa adornada en oro con el nombre y el hallazgo de la homenajeada –¡Tengo el honor de presentar el momento más esperado de la noche! Reciban con todo el amor a esta joven, que con su increíble inteligencia y dedicación, nos ha hecho un descubrimiento maravilloso e inolvidable para la humanidad: la cura para algunas de las dolencias más terribles y tristes que existen en nuestro planeta: el Alzheimer y la Esclerosis Múltiple. Dos enfermedades que por tanto tiempo han masacrado a los seres humanos, sin esperanza de curación, ¡pero ahora, eso se ha acabado! Su nombre entrará en la Historia. Por favor, reciban con los más merecidos aplausos a: ¡Clarissa Lambertt!
Y Clarissa caminó desde el fondo del local hasta llegar al escenario, encantada y maravillada con tanta gente que la aplaudía de pie, gritaba su nombre y la ovacionaba. Ya estaba plenamente emocionada cuando saludó al anfitrión. Siempre hermosa, la joven estaba aún más deslumbrante con su traje de gala: un vestido largo, rosado y dorado, con los cabellos caídos y ondulados sobre los hombros. Y lo que más llamaba la atención en la bella mujer: la barriga enorme, evidente señal del embarazo. Pronto Clarissa daría a luz a trillizos, hijos de la Reina Regina.
Más emotivo que sentir todo el cariño de los aplausos generales era recibir los aplausos de las personas que amaba, todos allí presentes, en sitios VIPS, reservados en primera fila: su esposa, la Reina Regina, que lloraba muy emocionada al lado de sus dos hijas, Clarissa y Scarlet, hoy con siete años de edad. Y allí estaban también, lado a lado, en la misma fila: Emma Swan y Regina Mills. Regina sujetaba en sus brazos a la pequeña Hope, hoy con casi cuatro años de edad. Y en orden venían Henry Mills, Zelena con Robin, con seis años, Blanca con Neal, también de seis años, David, Belle con su hijo Gideon, también de seis años, y Gold. En el lado opuesto, cerca de la Reina Regina, estaban el padre de Clarissa, el rey Markus, con su rostro bañado en lágrimas, y los otros dos reyes, Edward y Dulce. Elegantes en sus hermosos vestidos, todos aplaudían y silbaban emocionados por la conquista de Clarissa.
Clarissa estaba acabando la facultad de Biomedicina, y en sus prácticas se había dedicado profundamente a las investigaciones con las que había soñado. La princesa estuvo noches sin dormir, trabajaba arduamente, era incansable, pero todo, absolutamente todo había valido la pena. Y hoy, era el día para celebrar la primera de las muchas conquistas y descubrimientos que vendrían: la cura para las enfermedades del Alzheimer y Esclerosis Múltiple.
Clarissa estudiaba al microscopio y analizaba con detenimiento plantas, raíces y elementos de la naturaleza de los que podrían ser extraídos algún tipo de magia, por más que pequeña que fuera. Y la joven descubrió mucho. Si este mundo supiera cómo usarla, cada planta podría ceder su magia de alguna manera. Así que, uniendo la magia escondida en los elementos naturales de este mundo con las fórmulas en las que la ciencia tanto había avanzado, la joven había descubierto la vacuna para curar estas dos enfermedades. En el líquido de su descubrimiento había dos elementos distintos que se complementaban entre sí: magia y ciencia pura. Fórmulas. Y Clarissa supo dominar majestuosamente la unión de estos dos poderes.
Al coger la placa de manos del presentador, este le dio también el micrófono para que pudiera hablar y agradecer.
"¡No tengo palabras para describir todo lo que siento ahora, en este momento! Solo puedo agradecer, y mucho, a todos los que han estado a mi lado y me han apoyado en esta increíble jornada de descubrimientos: a mi hermosa esposa, Regina, ¡mi Majestad! Y a mis hijas amadas– Todos en el recinto suspiraron y Regina le lanzó un beso, en lágrimas, así como las niñas movieron las manos, felices –¡A mi padre, mi gran héroe!–Markus sonrió y movió la cabeza emocionado –¡A Dulce y Edward, a Emma Swan, por toda la ayuda que obtuve de su parte, y a su maravillosa esposa, la gemela de mi esposa!–rió y todos rieron con ella, incluso Emma y Regina –A mis colegas de la facultad, a mis profesores que están todos ahí arriba–un montón de gente en la parte alta del teatro saludó y gritó –Al personal del laboratorio de la Universidad de Boston, que me aguantó todo el rato con mis investigaciones teniendo que expulsarme para poder cerrar. ¡Me siento honrada y extremadamente feliz por hacer algo por la Humanidad! Esto–alzó la placa–¡Es de todos vosotros!
Y Clarissa no aguantó la emoción y se echó a llorar recibiendo el abrazo del presentador. La multitud se levantó una última vez para aplaudir, homenajear y ovacionar a la joven genio, como se había hecho conocida la rubia.
Después de que Clarissa hiciera varias entrevistas, se reunió con todos los que amaba en el salón principal, donde una gran cena de celebración estaba siendo servida. Tras saludar a varias personas y abrazar a todos, y demorarse conversando con su esposa e hijas, fue al encuentro de Emma y Regina, que estaban al otro lado, agarrando la mano de la pequeña Hope, con sus rizos rubios y grandes ojos verdes como los de su madre Emma.
–¿Estas feliz, verdad, Clarissa? Tus ojos brillan todo el tiempo. ¿Tienes noción de lo que has hecho por el mundo?– dijo Emma, con su elegante vestido verde brillante. Regina sonreía a su lado en un hermoso vestido negro, estilo sirena, y Hope llevaba puesto un vestidito frufrú blanco con un lazo.
La joven sonrió y respondió a Emma, calmadamente.
–Sí, tengo noción, Emma. Pero esto, querida, solo es el comienzo. Mi próxima meta es la cura definitiva del cáncer. Y ya he comenzado mis investigaciones.
Emma y Regina sonrieron emocionadas. ¿Quién se atrevería a dudar de la fuerza y de la convicción de la joven princesa genio?
Clarissa había cogido el más hermoso de los caminos. Consiguió transformar su oscuridad en luz. Y así, en vez de canalizar su inteligencia fuera de lo común hacia cosas malvadas, la joven la puso en el amor y en el bien para la humanidad. Un ejemplo de que todos pueden cambiar y recomenzar. Clarissa es el ejemplo vivo y claro. Y su nombre estaba a punto de entrar en la historia, al lado de los grandes, como Freud, Da Vinco, y tantos otros que han dejado su marca impagable en este mundo.
Era un domingo por la mañana, un día despejado y soleado en la hermosa Boston. Dos días tras la ceremonia de premiación, la joven corría de un lado a otro dentro del apartamento, arreglando a las niñas y recogiendo las cosas que se llevarían al viaje a Storybrooke. En aquel momento la brillante científica daba paso a la madre y a la amorosa esposa que cuidaba de su familia con ahínco y vigor.
Clarissa preparaba las bolsas de las pequeñas mientras, feliz, observaba la hermosa escena que se desarrollaba delante de ella: sus hijas Clarissa y Scarlet jugando al escondite y corriendo gritando dentro del apartamento, junto con su esposa, la inolvidable Reina Regina, la ex Reina Malvada. Las tres se divertían horrores, saltando una encima de la otra, corriendo, lanzándose almohadas y riendo a carcajadas.
Una película pasaba por la cabeza de la joven. ¡Cuántas buenas cosas habían sucedido en esos cuatro años! Sus descubrimientos en la ciencia, la compra del apartamento de Emma, que ahora era oficialmente de Clarissa y de la Reina Regina, el crecimiento de las pequeñas, el gran trabajo que su padre y los otros reyes estaban haciendo en el Bosque Encantado, la prosperidad que reinaba en Storybrooke, y, al bajar la mirada y acariciar la enorme panza, su embarazo, la joven no cabía en ella de emoción. Clarissa acarició la protuberancia donde estaban resguardados sus mayores tesoros, que dentro de poco vendrían al mundo a unirse a sus otros bienes más preciados, Clarissa y Scarlet. Sus trillizos, frutos de su amor y del de Regina, con la ayuda maravillosa de la Amapola de la Fertilidad.
Nunca en su vida Clarissa habría imaginado que un día iba a sentir tanta felicidad como sentía en ese momento. Tenía la plena convicción de que su vida no podría estar más completa.
–¡Muy bien, mis tres hermosas criaturas!–la joven fue sacada de sus pensamientos por el grito estridente de Scarlet, que reía con la almohada que había lanzado contra la cara de su hermana, para después acertarle a Regina –¡Ya es la hora de ir a tomar el baño! ¡Tenemos un compromiso muy importante hoy con la tía Emma y la tía Regina, en Storybrooke!
–¡Ah, mamá!–lloriqueó la pequeña Scarlet –¡Deja que juguemos un poco más, venga!
–¡Sí, mamá!–la pequeña Clarissa juntó las manos, implorando –¡Por favor!
–¡Ya habéis escuchado a vuestra madre! ¡Para el baño ya! ¡La que llegue la última se come la manzana envenenada de Blanca Nieves!–Regina gritó, riendo, y las pequeñas se levantaron gritando y riendo, corriendo hacia el baño.
Clarissa reviró los ojos y rió. ¡Cuántos cambios! No sabría decir quién era la niña más feliz de todas: las pequeñas o su esposa.
El baño fue divertido, con las pequeñas en la bañera intentando salpicar el máximo de agua en sus madres, que luchaban para esquivar mientras las enjabonaban.
A la hora de vestirse, las gemelas claramente hicieron sus exigencias personales
–¡Mamás! ¡Yo quiero aquel vestido rosa con cinta y aquella corona! ¡Pues cuando sea mayor, voy a casarme con un bello príncipe y usar un vestido igual a este!–dijo la pequeña Scarlet
–¡Yo no quiero ningún vestido, mamás! Quiero aquel traje de príncipe, igual que el que el abuelo Markus usó en nuestra fiesta de seis cumpleaños!–añadió la pequeña Clarissa.
–¡Ah, hija mía! ¿Acaso nunca conseguiré que te pongas un vestido?–suspiró Clarissa, madre y tía.
–¡No me gustan, mamá!–la niña hizo una mueca y torció la nariz –¡Yo quiero entrenar para ser una gran caballera y luchadora, y los vestidos no pegan para eso! ¡Y cuando crezca, me voy a casar con una linda princesa, y solo quiero que ella lleve vestidos!–hizo una graciosa reverencia y Clarissa y Regina rieron.
Las dos hermanas gemelas eran idénticas físicamente, al igual que lo eran Clarissa y Charlize, pero diferían mucho en sus personalidades. La pequeña Scarlet poseía las dotes esenciales para ser una princesa de castillo, amaba los vestidos llenos de encaje y soñaba con casarse con su príncipe y convertirse en reina. En cambio, la pequeña Clarissa tenía el alma libre de una aventurera, en su guardarropa solo se aceptaban ropas que imitaban a armaduras, trajes de pantalón infantiles y ropas que recordaban a los príncipes.
Las pequeñas, ya listas con sus respectivas ropas en medio de la sala, jugaban por separado, cada una en sus mundos particulares. Scarlet daba vueltas y bailaba en su vestidito malva, con falda de vuelo, los ojitos cerrados imaginándose en un gran salón de baile. Por otro lado, la pequeña Clarissa, envuelta en su minúsculo trajecito, fingía que empuñaba una espada y practicaba algunos golpes invisibles.
Abrazadas, Clarissa y Regina reían con aquella escena, llenas de orgullo.
–¡Creo que ya sabemos quién de nuestras hijas será el terror de las mujeres!–rió Regina y Clarissa le dio un golpe en el brazo en broma.
–¡Majestad!
–¡Qué! ¿He dicho algo que no sea verdad? Clarissa ya sabe lo que es bueno, esa golfilla. En cambio, Scarlet, creo que solo será hetero.
–Aún tienen tiempo para eso, amor. Las pequeñas tienen que crecer mucho y vivir mucho todavía–Clarissa sonreía boba mirando a las hijas –¡Ay!
–¿Qué fue? ¿Te duele algo, mi pequeña?–inmediatamente Regina se puso tensa, y colocó su mano en la barriga de la esposa, ya que esta puso una mueca de dolor y se agarró la zona del bajo vientre.
–¡No te preocupes, solo fue una patada! ¡Creo que ha sido Brian esta vez, el muy enterado!–Clarissa cogió la mano de la esposa y la puso donde el bebé estaba golpeando. Regina, emocionada, pudo sentir cuatro patadas más del hijo dentro de la barriga enorme de Clarissa.
–¡Nunca me cansaré de notar sus pataditas, las de todos!
–¡Ya puedo ver lo madre lechuza que Su Majestad va a ser con estos bebés!–reviró los ojos en tono de broma –Aprovecha, amada mía, pues tus hijos estarán aquí dentro de muy poco tiempo–la miró con lágrimas en los ojos.
–¡No veo la hora de tenerlos en nuestros brazos!–la miró con ternura y total emoción –Te amo, y te amo mucho más por regalarme estos tres presentes, que formarán parte de nuestras vidas junto con nuestras hijitas.
–¡Yo también te amo! ¡Y ya amo a estos tres más que a mi propia vida!
Se abrazaron, pero pronto fueron interrumpidas por las manitas agitadas de la pequeña Clarissa, que tiraba del vuelto del vestido beige de su madre Clarissa.
–Mamás, ¿no nos vamos para "Stolyblooke"?–la pequeña aún no conseguía pronunciar bien el nombre de la pequeña y acogedora ciudad –¡Queremos jugar con Hope, Robin, Gideon y Neal!
–¡Sí, mis amores, ya nos vamos! ¡Y de allí pasaremos quince días de vacaciones en el palacio de los abuelos y del abuelo, no os olvidéis!
–¡Guayyyyy!–Clarissa y Scarlet aplaudieron y celebraron dando vueltas, felices. Amaban ir al Bosque Encantado.
–¿Y allí podremos practicar magia a gusto?–preguntó Scarlet, ansiosa.
–Sí, podréis, pero con cuidado y supervisión de un adulto siempre. ¡Y como os prometí, os voy a enseñar a conjurar magia de invisibilidad!–dijo Regina.
–¡Guayyyy!–Y bailaban y daban vueltas de nuevo.
–¡Ahora, vamos! ¡Antes de que tengáis que tomar otro baño por estar ya sudadas!–Clarissa dio palmas –Pero antes, no os olvidéis de lo que tenéis que hacer.
Y las pequeñas entendieron enseguida. En el estante de la sala había dos portarretratos con dos hermosas fotos. Una, la hermana gemela de Clarissa, Charlize, hermosa, con una sonrisa de ángel encantadora. La otra, la madre de las dos mujeres, Scarlet, con una sonrisa plena de ternura y amor. Las pequeñas fueron hasta allí y cogieron las fotos, para después darles un beso a cada una, y acariciaron sus rostros.
Clarissa había cumplido la promesa que le había hecho a su hermana en el lecho de muerte y el día en que la vio junto con su madre, en la Gran Batalla Final: jamás permitir que sus hijas se olvidaran de ella y decirles cuánto ella las amaba. Así que, la joven princesa, prácticamente todos los días, pedía que las pequeñas cogieran las fotos y les recordaba cómo de maravillosas habían sido su madre biológica y su abuela.
Como de costumbre, Clarissa se agachó junto con Regina y las dos quedaron frente a frente de las pequeñas.
–¿Qué no debéis olvidar nunca, pequeñas?–preguntó Clarissa a las niñas, con dulzura
–Que tú y Regina sois nuestras madres, pues nos adoptasteis después de que nuestra mamá de barriga, Charlize se fue a vivir con el Papá del cielo y nuestro papá se marchó del reino porque hizo cosas feas–comentó Scarlet.
–Pero que nunca debemos olvidar que tú también eres nuestra tía, pues eres la hermana gemela de nuestra mamá de barriga, igual que Scarlet y yo. Y que nuestra mamá de barriga nos amó y nos ama mucho, aunque ya no esté en nuestro mundo–completó Clarissa.
–¡Y que nuestra abuela Scarlet fue una reina muy bondadosa y que también nos ama mucho!–finalizó Scarlet.
–¡Eso mismo, mis princesas!–Clarissa, emocionada, agarró los pequeños rostros de las dos y las miró a los ojos almendrados –¡Y quiero que lo recordéis todos los días de vuestras vidas! ¡Que las recordéis todos los días! ¡Y que nunca olvidéis que esas dos mujeres fueron dos de los seres más fantásticos que este mundo haya conocido!
Aquella hermosa familia se dio un abrazo colectivo, lleno de armonía y amor.
Y tras eso, cogieron las maletas y las bolsas rumbo al aeropuerto, con destino Storybrooke. La fiesta en la pequeña ciudad pronto comenzaría y tenía de todo para ser un fin de semana muy especial. Todos estaban muy ansiosos.
En Storybrooke
En cuanto Clarissa, la reina Regina y las dos pequeñas fueron divisadas, Emma Swan corrió para recibirlas, con una enorme sonrisa en el rostro.
–¡Tía Emma!–las gemelas corrieron en cuanto vieron a la rubia andando hacia ellas, y se colgaron al mismo tiempo de su cuello.
–¡Por los dioses, hijas mías!–Clarissa se llevó las manos a la cabeza en señal de preocupación mientras su esposa reía a su lado –¡Compórtense! ¡Vais a hacerle daño a tía Emma!
–¡No te preocupes, comadre!–Emma reía y se carcajeaba, abrazada a las pequeñas. La llamaba comadre porque con mucho honor Emma Swan y Regina Mills habían aceptado la invitación de la pareja para que fueran las madrinas de los trillizos que estaban por venir –Aquí en estos brazos hay fuerza suficiente y caben dos lindas princesas al mismo tiempo, ¿no es verdad, pequeñas?–dijo Emma arrancando más risas alegras de las dos. Las pequeñas amaban a Emma y a Regina. Y de hecho, Emma Swan no había perdido para nada la fuerza y la masa muscular en sus brazos, todo lo contrario, el tiempo apenas había mejorado eso.
Clarissa reviró los ojos y sonrió, y cuando las niñas soltaron a la tía Emma, ella y la reina Regina la saludaron con besos y abrazos.
–¿Tuvisteis un buen viaje?–les preguntó Emma
–¡Sigue sin gustarme esa cosa que vuela!–se estremeció la reina Regina
–Es gracioso como alguien con tanto poder y magia tiene miedo de los aviones–Clarissa rió junto con Emma mientras la Reina Malvada resoplaba –Pero vino temblando durante todo el viaje.
–¡A nosotras nos encantan los aviones!–dijeron a la vez las gemelas, dando saltitos.
Mientras todas reían, Regina Mills se estaba acercando a ellas, llevando de la mano a una hermosa niñita rubia, de cabellos ondulados, de piel pálida y blanquita, mejillas rosadas y lindos ojos miel verdosos. La pequeña Hope, hija de Emma Swan y Regina Mills. La pequeña era una copia en miniatura de Emma, llevando una chaqueta roja idéntica a la de la madre, pantalones vaqueros y botitas de caño alto por encima de los pantalones.
–¡Qué bien que habéis llegado!–Regina las saludó con una gran sonrisa, como siempre, elegante en su habitual traje chaqueta, labial rojo y zapatos de tacón negros –¡Os echaba mucho de menos, y a las niñas y a esos tres paquetitos de amor guardados allí entro en esa barriga!–dijo Regina, animada.
–¡Tía Regina!–Y ahora era el turno de que Clarissa y Scarlet se lanzaran sobre Regina, que reía y llenaba de besos las mejillas de las niñas –¡Hope!–las pequeñas gritaron y fueron a abrazar a su pequeña amiga.
Después de que todas se saludaran y de que Regina apretara a las gemelas en un fuerte abrazo, así como las otras mujeres hicieron con Hope, las pequeñas se manifestaron, tirando de las faldas y camisas de sus madres. Ya estaban en la casa de Regina.
–¡Mamá Emma, mamá Gina! ¡Quiero ir a jugar con Clari y Scar!–dijo Hope con su aguda voz infantil, tirando de las dos mujeres al mismo tiempo.
–¿Podemos ir al jardín, mamás?–imploraba Scarlet con las manitas unidas, dirigiéndose a la reina Regina y a Clarissa.
–¡Por favor, por favorcito!–añadió la dulce Clarissa
–¡Podéis! Pero como siempre: ¡cuidado con Hope, ella es menor que vosotras!–dijo la reina Regina mientras las tres pequeñas saltaban, gritaban y celebraban.
–Y donde os podamos ver. Si no, ya sabéis: la próxima vez no habrá juegos, si desobedecéis–añadió Emma
Las pequeñas, felices, asintieron y sin esperar ningún segundo más, se dieron las manos y salieron corriendo en dirección al enrome jardín de la mansión de Regina y Emma, saltando y jugando tal y como todo niño debería ser: despreocupado, feliz como aquel día de domingo soleado y de brisa fresca de otoño, en la hermosa Stroybrooke.
Más alejadas, las dos parejas admiraban aquella escena, felices, maravilladas y con enormes sonrisas que adornaban sus rostros. La fiesta ya acontecía en la gran mansión Swan Mills, celebrando dos fechas muy importantes: el cuarto aniversario de Hope y la licenciatura de Henry en la facultad de Historia.
La fiesta transcurría divinamente y no solo duraría aquel domingo, se extendería hasta el lunes también, ya que la alcaldesa había liberado a muchos de ir a trabajar. Casi toda Storybrooke y su círculo de amistades había sido invitado, y el gran jardín al que Scarlet se refería estaba adornado de forma hermosa con flores de colores, globos variados, mesas llenas de comida y bebida y mucha alegría. Mesas y sillas con manteles rojos estaban diseminadas por todo el sitio. Una guirnalda enorme en la que se leía: Felicidades Hope y Henry estaba enganchada entre dos árboles. Se podía escuchar música para todos los gustos y muchos rostros conocidos ya estaban por allí circulando, todos riendo y conversando entre sí, como Zelena, la Abuelita, Belle, Mary, David y Robin (los dos en la barbacoa), Maléfica, Lily, Archie, Gold, los enanitos, Azul, entre tantos otros. Pronto llegarían también los invitados del Bosque Encantado como los reyes Markus, Edward y Dulce, Ruby, Dorothy, Elsa, Anna, Mérida, y muchos otros.
Ahora, para completar la fiesta y la diversión, Gideon, Neal y Robin llegaron para juntarse a las pequeñas, felices. Enseguida los seis planearon un juego y ya se divertían en medio de las risas estridentes y miradas alegres de los adultos de alrededor.
Y toda es escena general arrancó muchas más sonrisas bobas de las cuatro mujeres que aún se encontraban algo más alejadas, solo observando.
–¡Cómo pasa el tiempo! ¡Están demasiado grandes!–comentó Clarissa, refiriéndose a todos los niños que allí estaban jugando.
–¡Las pequeñas están muy bonitas! Aunque el tiempo bien podría ralentizarse un poco. Pero cuando miro hacia atrás y veo por todo lo que hemos pasado hasta llegar a momentos como este, solo puedo agradecer y sentir una enorme alegría. Y ver que todo ha valido la pena. Lo haría todo de nuevo–dijo Regina, la alcaldesa.
–¡Estoy de acuerdo en todo, amor!–añadió Emma, concordando con su esposa.
–Por cierto, Regina…–la reina Regina se dirigió a su otra mitad, con una sonrisa de canto –¡Cada vez que miro a Hope, más me admira cuánto se parece a Emma!
Regina reviró los ojos y resopló, mientras las otras tres mujeres se echaron a reír. Era un hecho consumado que Hope era prácticamente igual a su madre Emma, en todo.
–¡Ni me hables!–Regina respondió –Hope es Emma en cada cosa, exactamente en todo. ¡Es muy frustrante! ¡La cargo nueve meses, sufro las náuseas y todos los dolores del parto y va es la cara viva de su otra madre! ¡No es justo!–habló en un tono de broma, arrancando más risas de las demás.
–¡Ah, amor, no digas eso!–Emma intervino con una sonrisa traviesa, abrazándola por los hombros –¡Hope tiene tu pie, la forma es igualita!
Y más risas.
–No te pego, Emma Swan Mills porque eso no es totalmente verdad. Hope no solo tiene mi pie. Ella consiguió coger algo del color de mis ojos, por más que tu verde intentara luchar contra mi castaño. ¡Toma esa!–dijo Regina de forma irreverente.
–Eso es verdad. Tus castaños se mezclaron con mis verdes. ¡Y confieso que adoré el resultado!–dijo Emma, apasionada, refiriéndose a la hermosa tonalidad de miel verdoso que tenían los ojos de su hija.
–¡Sí, de verdad son hermosos! ¡Los ojos de Hope son maravillosos!–dijo Clarissa.
Sí, eso era un hecho. El color de los ojos de Hope era de una tonalidad rara de miel verdosa, una mezcla magnífica y diferente de los dos colores de sus madres: verde y castaño. Era como si aquel intercambio y conexión de las miradas de un vida entera entre Emma y Regina se hubieran plasmado en los ojos de la pequeña, eternizando allí aquella dulce unión, para siempre.
–La verdad es que estoy orgullosa de nuestra hija, ¿sabes?–Regina dijo con amor en su voz –Hope tiene todas las cualidades de Emma: es fuerte, valiente, una pequeña guerrera. Emma es su heroína, he perdido la cuenta de las veces que he tenido que contarle cómo Emma derrotó al Hada Negra. Aquella espada que es idéntica a la Himperius, que mandé hacerle de juguete, con las mismas palabras grabadas, pues solo le falta dormir con ella. Eso sin contar las veces que le hemos contado cómo todos me despertaron de la muerte y cómo tú, Clarissa ayudaste a Emma a salvarme a mí, a tu mujer y a todos los demás. Sinceramente pido con todas mis fuerzas que Hope nunca tenga que enfrentar una guerra o una batalla. Pero si fuera necesario, estoy segura de que tendrá la fuerza de cien leones para encararla, ya sea una guerra real o cualquier otro tipo de batalla en su vida.
Emma, con brillo en sus ojos, asintió concordando y todas hicieron lo mismo suspirando y sonriendo.
–¡No tengo duda de que Hope será una gran mujer! Y si por casualidad tuviera que enfrentar una batalla real, pedidle que llame a nuestra pequeña Clarissa, a esa le gusta todo eso también. En cambio, Scarlet, no cuentes con ella, esa solo va a querer saber de vestidos de princesa, castillos, corona y príncipes. Es capaz que si monta en un caballo, el primer día se rompe algún hueso–dijo Clarissa, y todas se echaron a reír a carcajadas.
–Bien, ¿nos unimos a la fiesta? Debéis estar muertas de hambre–argumentó Emma y todas la siguieron hacia el enrome jardín abarrotado de gente.
Tras saludar a muchas personas, Clarissa y su esposa se sentaron a una mesa para comer, y todos estaban pasando un momento agradable, conversando, bailando y riendo.
Y a media tarde, llegó Henry. Todos los recibieron con los brazos abiertos, sobre todo sus madres y su hermanita.
–¡Ven, "Enry", quiero enseñarte mis regalos!–la pequeña Hope le tiraba frenéticamente de la mano, ansiosa, pero su madre Emma la detuvo.
–Querida, ahora no, espero un poquitito, ¿vale? Sé que has echado mucho de menos a tu hermano, pero deja que las mamás hablen con él un poco y ya te lo dejamos para ti, ¿ok?–dijo la rubia agachándose para quedar a la altura de la hija.
La pequeña entendió, pero cruzó los bracitos, enfurruñada, caminando de nuevo hacia los amigos pisando firmemente el césped con sus pequeñas botas en señal de desagrado.
–¡Sin pataletas, Hope Swan Mills!–gritó Regina a su hija –Hasta en el genio es igual a Emma. ¡Me lo tengo merecido!–la morena reviró los ojos, y todos rieron.
–¡Hijo, cuéntanos! ¿Cómo va aquel proyecto tuyo? ¿Saldrá bien?–preguntó Emma ansiosa a Henry, ahora un historiador.
Y el muchacho sonrió de oreja a oreja. Abrió la enorme mochila que llevaba y de dentro sacó un objeto enorme, provocando que sus madres aguantaran la respiración. La miradas de ambas mujeres eran puro brillo de alegría, orgullo y felicidad.
–¡Henry! No me digas que eso es…–preguntó una Regina ya con los ojos húmedos, mientras cogía el objeto que Henry le pasaba.
–¡Sí, madres! ¡Eso mismo! ¡Mi libro fue aceptado por una de las editoriales más importantes del país! Y este es el primer ejemplar de la primera edición, y claro, solo podía ser para vosotras, con dedicatoria y todo. En realidad, el proyecto fue aceptado hace mucho tiempo–se encogió de hombros, tímido –Pero quería daros una sorpresa, por eso no os lo dije. Quería que todo estuviera arreglado y que el libro saliera en forma física para contároslo. ¡Y aquí está! ¡Mi primera obra! Ahora, todos en el mundo podrán conocer vuestra maravillosa e inolvidable historia, aunque de forma indirecta–finalizó emocionado.
Emma y Regina estaban maravilladas y sin palabras, llorando de emoción, sin apartar la mirada del enorme libro que ahora estaba en las manos de las dos. Abrieron la primera página y allí, en la primera hoja había realmente una dedicatoria de Henry para ellas.
Desde que había entrado en la universidad, Henry comenzó a poner en práctica algo que llevaba rumiando desde el final de la Última Batalla: escribir un libro que contase la hermosa historia y trayectoria de sus madres, comenzando desde cuando el pequeño Henry llamara a la puerta del apartamento de Emma en Boston. Claro que el joven había alterado algunas cosas y muchos nombres, incluso el de la ciudad de Storybrooke, ya que ahora la ciudad aparecía en el mapa. El libro estaba tomado como una novela, una historia ficticia, porque difícilmente las personas creerían que todo aquel enredo lleno de magia, guerras, batallas y profecías fuera de hecho verdad. Pero lo importante era que todos a los que el muchacho amaba sabían que lo que estaba escrito en aquel libro realmente había sucedido. Y no había homenaje más hermoso y honroso para sus madres y para todos los que formaban parte de todo ese viaje que tener sus historias eternizadas por las manos del escritor prometedor en que Henry se había convertido.
El libro era parecido a aquel que, un día, cayó en sus manos, de tapa dura y marrón, adornado con líneas de muchos colores. Pero ahora, en el centro, dos hermosas imágenes de sus madres adornaban toda la obra y, alrededor de ellas, una pintura perfecta de una ciudad que imitaba a Storybrooke con sus calles y torre del reloj, rodeada de trazos de humo de color violera claro.
El título de libro era: Once upon a time-La historia de Emma y Regina
En la contraportada, debajo de la foto de Henry, un homenaje a sus dos madres que, supuestamente, lo "habían inspirado" para escribir aquella historia "ficticia"
–Ni sé qué decir…–Emma abrazó al hijo con fuerza, la voz tomada.
–¡No podríamos estar más orgullosas de ti! ¡Más de lo que siempre hemos estado!–añadió Regina.
–¡Es mi regalo de titulación para vosotras! ¡Las dos mujeres que más admiro en la vida!–dijo el muchacho, emocionado.
Emma y Regina dejaron caer lágrimas de emoción mientras abrazaban al hijo al mismo tiempo.
–¡Y nosotras te admiramos mucho a ti, hijo!–dijo Regina.
–¡No veo la hora de verte viajando por el mundo autografiando este libro y viendo a los fans pelearse por una foto contigo!–Emma apretó sus mejillas y despeinó sus cabellos.
–Vamos por parte, mamá, espera que el libro empiece a venderse–rió el joven –¿Y nunca vas a perder la manía de enredar mi pelo?
–Nunca. ¡Eternamente mi chico!
–Hijo…–intervino Regina –¿De verdad has escogido aquella escuela en Los Ángeles? ¿Estás seguro de que no te gustaría venir a dar clases en la escuela de aquí, o en alguna ciudad más cercana, y…?–su voz fallaba. Tenía aún un hilo de esperanza. Henry había sido llamado para que fuera a dar cases de historia en una gran escuela de Los Ángeles.
Henry rió y abrazó a la madre por los hombros.
–¡Sí, madre, la escogí! Es una de las mejores escuelas de secundaria del país, el salario es maravilloso y la oportunidad de crecer laboralmente allí es fantástica. También tendré grandes oportunidades para lanzar más rápidamente los próximos libros que pretendo escribir. ¡Y no te preocupes, señora Regina!–la besó en la mejilla, e hizo lo mismo con Emma –Vendré siempre a visitaros a vosotras y a Hope, ¡lo prometo! Los Ángeles no está tan lejos, y en avión es mucho más rápido. Necesito ver mundo, mamás…–suspiró –Jamás olvidaré mis raíces y cuánto amo esta ciudad, sin embargo, necesito explorar otras grandes oportunidades. Además, estoy como loco por vivir en una ciudad playera. Y vosotras dos y mi hermana están invitadas a ir para allá y quedaros conmigo, y volver tostadas por el sol, la arena y los hermosos mares de la hermosa Los Ángeles–rió y las madres junto con él.
–¡De eso no dudes!–dijo Emma –Sin embargo, me da que no estarás mucho tiempo dando clases. Mi hijo se convertirá rápido en un gran escritor famoso. Y ya no pararás más, debido a la fama.
–¡Que los dioses te oigan!–Henry rió.
Las dos mujeres miraban, admiradas, al gran hombre en que Henry se estaba convirtiendo. Motivo de orgullo para ellas, en todos los sentidos.
–Bien, ahora vamos a subir tus maletas que debes estar cansado del viaje y con hambre–Regina se secó las lágrimas –Y a tu hermana ya le debe estar dando un ataque ya que no has subido con ella al cuarto. Ven–La morena extendió la mano que no sujetaba el gran libro, y rápidamente Henry se la agarró. Emma le dio la mano por el otro lado. Aquel trío que era puro amor y felicidad camino hacia la fiesta, y Henry fue parado por todos que querían saludarlo, sobre todo sus abuelos Blanca y David, a quienes les costó soltarlo. Algún tiempo después, la pequeña Hope vino de nuevo dando saltitos y corriendo hacia su hermano, con una gran sonrisa. Y, sin resistirse a aquella carita, que era un exceso de dulzura, el muchacho subió con el plato de comida en la mano atrás de Hope que, animada y ansiosa, tiraba del hermano mayor escaleras arriba para mostrarle todos los regalos de cumpleaños que había recibido.
La fiesta transcurría bien y animada. En determinado momento, Emma se juntó a Clarissa y a Belle, en un banco algo más apartado, donde las dos mujeres conversaban animadamente. Al verla, las dos sonrieron y le dejaron espacio para que sentara.
–Estaba contándole a Belle el trabajo que me están dando estos bebés–dijo Clarissa señalando la enrome barriga –A veces apenas consigo respirar. Parece que los tres van a empujar mi esófago hacia el cerebro.
Todas rieron.
–Y no sería de extrañar, amiga, ¿no…? ¡Tres pequeñines ahí dentro no es para menos!–comentó Belle
–Y que lo digas. Sospeché que podrían venir gemelos, pues es de familia. Sin embargo, Regina se ha pasado, ¿eh?
–Duplicó el poder de la Amapola de la Fertilidad. Ops, triplicó quiero decir–Emma soltó y todas rieron.
–Pero también se ha roto la tradición de gemelas mujeres, ¿no, Clarissa?–dijo Belle
–¡Sí! La niña está aquí, ella no podría faltar, ¿no?–dijo con orgullo –¡Pero esta vez está junto a dos hombrecitos!
Clarissa iba a dar a luz a dos niños y una niña: Brian, Seth y Jessy.
–¡Estás a punto de estallar! ¡Estás hermosa!–dijo Belle
–Pronto estarás también tú así
Belle suspiró y asintió con una sonrisa tonta en los labios. Estaba embarazada de seis meses, esperando a su segundo bebé. Ahora sería una niña, para la cual ni ella ni Rumpel habían escogido todavía nombre.
–¡No veo la hora de tener a nuestros ahijados en los brazos! ¿Y cuándo le toca embarazase a la Reina?–Emma bromeó, ya sabiendo cuál sería la respuesta.
–¿Regina?–Clarissa se echó a reír –Probablemente si inventaran un nuevo mes en el calendario. Aquella huye de la barriga, engendrar hijos quedará para mí. Ya me he conformado.
La conversación fluía ligera y animada entre las tres amigas.
Hasta que Clarissa hizo la pregunta que ella y Belle tanto esperaban y quería hacerle a Emma
–Emma, ¿entonces? ¿Hoy se lo contarás a Regina, no?–los ojos de la princesa rubia brillaban en expectativa –¿Está todo listo y planeado tal y como nos contaste a mí y a Belle?
En el mismo instante los ojos verdes esmeraldas de Emma se abrieron en pura luz y Emma les regaló a las dos una sonrisa de oreja a oreja.
–¡Sí, será hoy y de aquella manera! ¡Confieso que estoy nerviosa y ansiosa!–se desahogó en una mezcla de adrenalina y frío en la barriga.
–¡No lo estés, amiga! No existe motivo alguno para eso. Estoy segura de que Regina será la mujer más feliz del mundo–la tranquilizó Belle, apretando sus manos.
–Sí, de esto no tengo duda. Los nervios son de esperar la reacción maravillosa de mi mujer.
–¡Quiero detalles después!–Clarissa guiñó un ojo y Emma asintió, sonriendo.
Tras un buen rato de conversación relajada, las tres amigas se dispersaron de nuevo por la fiesta, socializando en todos los grupos. Cuando el sol estaba a punto de ocultarse por detrás de las montañas en un hermoso atardecer colorido en tonos naranjas y rosas, los invitados fueron invitados para cantar el cumpleaños feliz y cortar el pastel de la pequeña Hope, que animadamente sopló sus cuatro velitas junto con Emma, Regina y Henry. Como un homenaje por su más merecido título, el muchacho también ganó un hermoso pastel decorado con un libro de historia.
Mientras todos comían sus trozos de pastel con otros dulces y refresco, Emma Swan fue pasando por toda aquella gente, distribuyendo sonrisas sinceras, y sintiendo dentro de ella una enorme felicidad y gratitud por estar todos ahí, pues sabía que cada uno de los presentes era alguien muy importante en sus vidas. Mientras los iba saludando a todos, la Salvadora reflexionaba sobre cuán agraciados y afortunados eran por estar todos allí reunidos en extrema armonía en aquel momento, incluso después de enfrentar tantas tempestades, desavenencias y desafíos. Y su pecho se hinchaba cada vez más con tanta felicidad.
Allí estaban Maléfica, Lilith y Robin, riendo entre ellos. Maléfica y Robin se enamoraron, estaban juntos y ahora esperaban para recibir un hermanito para Rolland y Lilith: la mujer dragón estaba embarazada de siete meses del primer hijo con Robin, y esta vez, no nacería de un huevo.
Al otro lado, estaban Ruby y Dorothy, dadas de la mano, y conversando con ellas la más nueva pareja del reino encantado: Elsa y Mérida. Las dos estaban ahora casadas y gobernaban juntas sus dos reinos unificados. En otro lado, estaba Mulan conversando animadamente con los reyes Markus, Edward y Dulce.
Henry se divertía horrores en el césped, jugando con los pequeños de la fiesta: mientras cargaba a Hope en caballito, Rolland, Clarissa, Scarlet, Neal y Robin corrían y gritaban a su alrededor, rodando por el césped.
Gold y Archie mantenían una conversación seria y compenetrada al lado de la barbacoa, mientras Granny corría de un lado a otro con platos para que a nadie le faltara de nada. Zelena, radiante como siempre, daba sonoras carcajadas de algo que David y Blanca les estaba contando, los tres rojos de tanto reír.
Y ahora, Clarissa, la reina Regina y Belle estaban comiendo sus trozos de pastel y conversando sobre algo muy alegre, por lo que parecía, cerca de los árboles que les procuraba algo de frescor, pues Clarissa estaba sudando debido al calor y a la fatiga de llevar esa barriga tan pesada. Era hermoso ver el cuidado con que la reina la cuidaba, siempre dándole agua y abrazándola por los hombros.
Y Emma Swan sentía su pecho hincharse cada vez más de tanta alegría. Realmente, había valido la pena pasar por todo lo que habían pasado solo para poder estar en aquel momento, allí y ahora. Todo había valido la pena y Emma Swan lo haría todo de nuevo si fuera necesario.
Había llegado la hora. La hora de hablar con Regina. Sonriendo para sí misma, Emma entró a hurtadillas en la casa y bajó al sótano, donde había guardado el sobre color pardo bajo siete llaves, escondido en una vieja cómoda.
Al regresar a la fiesta, no fue difícil encontrar a su esposa conversando con Zelena y Blanca. Delicadamente, llamó a Regina, tocándole el hombro ligeramente.
–Pss. ¿Puedo robarme un momento a mi mujer?–sonrió a Zelena y a su madre, que también sonrieron y asintieron. Las dos ya conocían los planes de la rubia.
–¡Pues claro! Con permiso–dijo Zelena, y se marchó junto con Blanca hacia otro lado.
–Señorita Swan Mills…–Regina arqueó una ceja y sonrió delicadamente –¿Qué quieres en particular conmigo a esta hora? ¿Qué es ese sobre en tus manos?
–Ya lo sabrás. Solo…¿Vienes conmigo?–preguntó con una hermosa sonrisa extendiendo la mano a su esposa, que la agarró y asintió.
–Mamá…¿Puedes echarle un ojo a Hope?–Emma pidió al pasar por Mary
–Claro que sí, hija. Puedes estar tranquila.
Emma pasó radiante y orgullosa por delante de la hija que ahora jugaba, blandiendo su espada de juguete que era copia de la Espada Himperius de Emma. La espada Salvadora, así como la propia Emma que llevaba ese título por tanto tiempo. La pequeña daba golpes, tambaleando y casi cayendo, pero nunca perdiendo el rumbo de la historia que tanto amaba y contaba a todos
–Entonces, mamá Emma golpeó así, y después así, y después mandó al Hada Negra al espacio, pero la tía Clarissa la ayudó, y la mamá Regina, que dio su vida por la mamá Emma, y después, mamá Emma ayudó a mamá Regina a volver a vivir, con la magia del tío Gold y entonces…
Y la historia continuaba.
–¡Hope!–Regina llamó a su hijita, quien miró a su madre con esos ojos almendrados llenos de atención –Sé que te encanta jugar a la Última Batalla, pero ahora, ¿por qué no entrenas con tus amiguitos la magia que te enseñamos la semana pasada, querida?
Y la sonrisa infantil e inocente se alargó y los ojillos brillaron. Al igual que las dos madres, Hope poseía un don natural para la magia, y las madres ya le estaban enseñando a controlarla y a practicar con ella con seguridad desde temprano. Así, al minuto Hope llamó a los colegas e hicieron un círculo, donde la pequeña conjuró pequeñas florecitas con las manos, arrancando miradas admiradas de Rolland, Neal, Clarissa, Robin y Scarlet. Sin embargo, Scarlet también ya presentaba señales de magia natural, y la pequeña mostró que sabía conjurar piedritas y mover objetos con las manos. Aplausos y grititos se escuchaban entre los niños, concentrados, y Emma y Regina sonreían.
–Pues bien…Soy toda tuya, amor–le dijo Regina a Emma, sonriendo.
Como una niña feliz, Emma llevó a Regina hasta el viejo y querido escarabajo amarillo y las dos partieron a un lugar que, tras la boda, se había convertido en el recodo particular preferido por las dos. Era una parte muy alta de la ciudad, cerca de la parte trasera del bosque, un lugar montañoso desde donde se veía toda la ciudad de Storybrooke y una maravillosa puesta de sol.
Al bajar del coche, Emma buscó la mano de Regina, y juntas, se dirigieron a admirar la puesta de sol que comenzaba a dar señales de querer ocultarse tras las montañas y nubes, tiñendo el cielo de naranja. Bajo sus pies, la acogedora Storybrooke comenzaba a llenarse de pequeños puntitos luminosos, anticipando la noche que se aproximaba.
–Amor…¿Por qué nos has traído a nuestro sitio?–la morena preguntó, desconfiada, a la esposa.
Con manos temblorosas, Emma le pasó el sobre pardo que lleva consigo todo el tiempo. Por las lágrimas que comenzaban a formarse en los ojos verdes de la amada, unidas a la sonrisa encantadora, la morena comenzó a sospechar de lo que se trataba la "fuga" y por un momento perdió el aire.
–Emma…No me digas que esto es…–Su voz salió entrecortada, quedando atrapada en su garganta.
–Abre–Emma no perdía la sonrisa y el contacto visual con la mujer que amaba.
Y Regina obedeció. Rápidamente abrió el sobre grande que había depositado en sus manos, sacando de él una hoja de papel que contenía una palabra, una única y solitaria palabra que fue capaz de hacer que su corazón errara todas las batidas de una sola vez: POSITIVO
Los ojos castaños encontraron los verdes en aquella tan dulce y habitual única conexión. Emma ya tenía el rostro encharcado por las lágrimas, y Regina tampoco aguantó por más tiempo las suyas, al tirarse en los brazos de Emma, en un abrazo apretado y nutrido de todo el amor del universo, sonriendo y gritando de felicidad. Lo que tanto querían había salido bien: ella y su esposa tendrían otro hijo. Emma estaba embarazada de Regina.
–Esperé hasta ahora para contártelo, porque vi que este día y este momento eran los ideales para darte esta sorpresa–dijo Emma inhalando el dulce perfume que emanaba de los cabellos de su amada –El día en que nuestros dos hijos celebraban sus momentos especiales. ¡Estoy embarazada de ti, Regina! ¡Tuvimos éxito! ¡Esa Amapola de la Fertilidad de verdad no falla! ¡Nuestro tercer hijo está en camino!
–¡No podrías haberme dado regalo mayor que este en este día tan especial! Henry y Hope son los que están celebrando fechas importantes, pero quien ha ganado el mayor regalo he sido yo–Regina acarició el rostro de Emma, su pecho a punto de estallar de tanta felicidad –¡Otro tesoro más en nuestras vidas! ¡Otro pequeñín!
–Sé que aún es pronto, pero…Tengo la sensación de que será otra niña. Creo que Henry se va a quedar el título de único hombre de la familia–la rubia sonreía denotando toda la felicidad que sentía. La emoción invadía el pecho de ambas mujeres.
–¡Será muy amada! ¡Como nuestros dos amores!
–¡Totalmente! Que venga otra pequeña Swan Mills. Y amor…¿Qué te parece que les pidamos esta vez a Clarissa y a Regina que sean sus madrinas? Desde que supe lo del embarazo, he pensado en ello.
–¡Lo veo perfecto! Serán unas madrinas maravillosas. ¡Así como también nosotras haremos todo lo posible para serlo para nuestros tres ahijados!
Emma sonrió asintiendo y abrazando a Regina. Los escogidos como padrinos de bautizo de Hope fueron Belle y Gold. Ahora, serán las dos mujeres y lo hacen con toda la alegría de sus corazones.
–¡No veo la hora de darle la noticia a todos!–Regina estaba en éxtasis.
–¡Yo tampoco!–Emma entrelazó sus manos y miró a su amada a los ojos. La rubia la miraba tan embobada, que Regina, por fin sonriendo, preguntó
–¿Qué pasa?
–Quería decirte aquí unas palabras, con este lindo paisaje de fondo–apretó más fuerte sus manos y sustentó la mirada castaña, estremeciendo a la morena y haciéndola sonreír en expectativa –Regina Mills…Solo quiero decirte lo bendecida que me siento por haber llegado a donde hemos llegado. Tantas luchas, tanto aprendizaje, cuántos desafíos y sufrimientos hemos tenido que pasar y enfrentar hasta estar aquí en este momento, hoy. Incluso a la muerte hemos enfrentado, nuestro amor se ha desvelado como el más fuerte y poderoso. Creo que nada es de casualidad. No lanzaste la primera maldición por casualidad. Todo lo que sucedió, de cierta forma, fue para traernos a este momento, hasta hoy, fue para encontrarnos y aprender a amarnos. A amarnos para siempre. Y quiero agradecerte a ti, a mi amada una vez más, y quiero agradecerte durante todos los días de mi vida que estés aquí. ¡Por estar conmigo! ¡Por amarme! ¡Por hacer cada momento de mi vida único y especial!
Al final, Regina ya no tenía voz, su garganta era un nudo. La morena era dominada por las lágrimas de emoción. Acarició delicada y cariñosamente el rostro de Emma, admirando y mirando cada línea del perfecto semblante de la rubia. Selló sus labios lánguidamente, antes de apartarse y decir, en un susurro
–¡Emma Swan, no me agradezcas! Pues si conseguí convertirme en lo que soy hoy, si conseguí volver a ser la mujer que antaño fui y estar aquí amándote, ha sido gracias a ti, pues tú creíste en mí, tú jamás te rendiste conmigo. Pasaría por otros mil desafíos y difíciles pruebas si tuviera la certeza de que, al final de todo, estaría exactamente aquí donde debo estar: ¡en tus brazos! ¡Eres la responsable de las mayores felicidades de mi vida! Eres la culpable de que hoy sea la mujer más feliz del mundo. Y esa felicidad la siento a cada minuto, a cada instante. Emma…–la emoción deslizó por su rostro en forma de más lágrimas de amor y sinceridad. Agarró el rostro de su amada, mirándola con firmeza –¡Te amo! ¡Para siempre!
–¡Para siempre!–sin aguantar ya la emoción, Emma dejó que las lágrimas resbalaran por su rostro. Agarró el rostro de su mujer, después unió sus manos a las de ella, pegando sus frentes. Las dos suspiraban y sentían la cálida respiración de la otra, cerrando los ojos –¡Te amo! Para siempre…–repitió
El beso sucedió de forma lenta, apasionada e intensa, lleno de amor.
El sol, que ahora ya había terminado de ocultarse detrás de las montañas, dando lugar a su amiga de toda la eternidad, la luna, fue testigo de la hermosa escena que allí se desarrollaba: una escena típica del más puro amor verdadero. Las estrellas despuntaban en el cielo nocturno, conmemorando aquel momento, como si aplaudieran el amor que aquellas dos mujeres nutrían una por la otra, y la noticia de la llegada del nuevo bebé, otro fruto de aquel amor.
Storybrooke continuaba en fiesta allá abajo, y así seguiría al recibir la buena nueva. Todo se encajaba donde debía estar, y la armonía y la paz hacían morada en cada canto de aquella ciudad. Sin más guerras, conflictos, peligros ni sufrimientos. La Salvadora había ejercido y cumplido brillantemente su papel y en todo para lo que había sido designada, al igual que Regina y todos los de allí.
Emma y Regina se habían convertido en el más puro ejemplo del poder que solo la fuerza del amor puede poseer. La historia de estas dos mujeres será ejemplo para todas las personas y quedará marcada en los corazones de muchas y muchas generaciones que vendrían por delante, convirtiéndolas en eternas.
Y tras tantos desafíos, Emma Swan y Regina Mills vivirían el maravilloso amor verdadero que había nacido entre ellas y las había unido.
¡Para siempre!
