Al fin llegamos al capítulo que la nombre a mi historia, y también el capítulo gracias al cual se me ocurrió todo lo demás... más o menos, Al menos es con el que se me ocurrió la mitad de la historia jajaja.

Breakout

Caminaba a paso rápido, aunque de manera consciente no sabía a dónde se dirigía. Tan sólo seguía caminando. Por alguna razón que ella no comprendía, se levantó esa mañana con la urgencia de ir a algún lugar. No le había importado el entrenamiento de ese día, es más, ni siquiera se acordó, se supone que debía reunirse con Saga en el Coliseo, dado que él salió temprano a hacer rondas, pero sencillamente no se presentó.

Saga la esperó un rato, pero era muy extraño que ella no hubiera llegado a la hora indicada, eso era completamente fuera de lo normal en Alfa. La joven era muy puntual siempre, y por eso comenzó a preocuparse. Cuando se dio cuenta de que no iba a llegar, se apresuró a buscarla. La encontró en poco tiempo, caminando a paso decidido y se dedicó a seguirla, aunque se mantenía alejado. No la perdía de vista, sin embargo, no quería que ella se diera cuenta. Los últimos días había detectado una montaña rusa de emociones en la chica, y no tenía idea del porqué.

Algunos minutos después llegaron al cementerio. Dejó que se le adelantara un poco más, y cuando iba a seguirla de nuevo, una mano en su hombro lo detuvo. Se giró al instante y vio a Dohko.

—Deja que yo me encargue.

—¿Encargarse de qué? No entiendo qué le pasa.

—No es algo que puedas entender en este momento. Si te preocupa, quédate, pero a distancia. Yo estaré con ella.

—Me gustaría que me explicara.

—Ya lo escucharás todo, si es lo que creo que es.

Sin decir nada más, Dohko comenzó a adentrarse en el cementerio. Saga ahora notó que el Antiguo Maestro llevaba consigo incienso. Lo siguió a distancia.

Dohko encontró a la chica en el lugar que había supuesto, cerca de las tumbas de sus antiguos compañeros de armas: la generación que murió en la anterior Guerra Santa.

—Alfa.

La joven se giró a verlo.

—Antiguo Maestro —contestó.

—¿Qué te trae por estos lugares? —preguntó Dohko mientras se acercaba.

—No lo sé.

—¿No lo sabes? —Dohko se adelantó más, y mientras pasaba frente a las tumbas, ofrecía una leve reverencia. Cuando los hubo saludado a todos, regresó a una tumba y se arrodilló frente a ella. —Yo creo que sí lo sabes.

—Hoy sentí que debía venir. Como si alguien aquí me llamara.

—Tal vez alguien te llama.

—¿Quién?

—Dímelo tú.

Alfa levantó la mirada. Tumbas y más tumbas se veían en todas direcciones. Se sentía nerviosa, melancólica, triste, aunque no sabía por qué. Empezó a jugar con sus manos. Un aroma amaderado inundó su nariz. Al mirar a Dohko notó que había encendido el incienso. Ahora lo colocaba a ambos lados de la lápida frente a la cual se encontraba. Entonces ella vio el nombre: Déuteros.

—Fue el Santo de Géminis de mi generación. Al menos uno de ellos. —Dohko la miró.

Pero ella mantenía la vista perdida en otro lugar. Déuteros. De pronto el nombre le era familiar, cercano, querido. Pero no conocía a ninguna persona con ese nombre, ¿o sí?

Déuteros.

Se escuchó a sí misma llamando ese nombre, aunque sus labios no se despegaron. Déuteros: lo dijo riendo. Déuteros; ahora molesta. Déuteros; con melancolía. Déuteros; entre jadeos. Déuteros; con travesura. Y Déuteros; ahora llorando. Se dejó caer junto a Dohko mientras él la miraba.

—Lo conozco. Lo conocí —murmuró y se llevó una mano a la boca.

El Antiguo Maestro se mantuvo en silencio.

Alfa se vio a sí misma como una joven doncella. Un largo vestido griego, blanco, la cubría. Su cabellera se revolvía con el viento. Estaba de pie a la orilla de un acantilado que daba al mar. Se abrazaba a sí misma. El momento había llegado, y ella no estaba preparada. Pero en realidad, ¿quién está preparado para eso? Por ahora se negaba a llorar. Ya habría tiempo. Mucho. Escuchó pasos a su espalda, pero no se volvió. Sabía de quién se trataba. Se sentía capaz de distinguir esos pasos aún en medio de una muchedumbre. Sonrió a medias a pesar del apretado nudo de ansiedad que se había formado en su estómago y garganta. Los pasos se detuvieron y un par de brazos la rodearon. Escuchaba la respiración del hombre. Se apoyó contra él y le tomó las manos. El sol estaba a punto de ocultarse. Ella no dejó pasar mucho tiempo antes de hablar.

—¿Vienes a despedirte? —Él no contestó. —No es necesario que lo niegues, lo sé.

Más silencio. Ella suspiró.

—No me envíes aún a la tumba.

—Es tu destino, Déuteros. Lo sabes tan bien como yo.

Él la giró para poder verla a los ojos.

—Puedo cambiar mi destino. Voy a regresar por ti. Por nosotros. —Ella asintió nada convencida. Él lo notó. —No quiero que éste sea el recuerdo que me lleve de ti.

Ella forzó una sonrisa antes de levantar la mirada y verlo a los ojos.

—Cuídate, ¿quieres? Tienes que ganar esta guerra por nosotros.

Él sonrió a medias.

—La ganaré. Lo sabes.

Ella volvió a asentir. Él se acercó a ella y la besó. Un beso de despedida. Siempre son iguales, aunque se pretende que sea un beso normal, siempre se sabe cuando es un beso de despedida. Todos saben igual: a tristeza y melancolía. Ella apretó los ojos para contener las lágrimas que ahora quemaban. El Demonio de la isla Kanon era todo menos un demonio para ella, más aún luego de vivir con él ahí. Sin embargo, el mito estaba condenado a desaparecer. El Demonio se iba a pelear la guerra que le correspondía. Y no iba a regresar. Por más promesas que le hiciera en algún momento a esa chica en sus brazos. Promesas que sabía, desde un principio, se vería incapaz de realizar. Su destino era morir, como la gran mayoría de los Santos. Al menos tuvo una buena vida. O eso es lo que ambos querían creer.

Cuando se separaron, él le besó las manos y la miró a los ojos.

—Voy a regresar. Créelo.

Ella asintió. Él le sonrió y ella intentó corresponderle, aunque en su mente sólo esperaba memorizar esa sonrisa. Bien sabía que sería la última. Apretó los dientes y sujetó por un momento más la mano del hombre.

—Te amo —le dijo.

Él la abrazó una vez más, le dijo al oído que la amaba, que ganaría la guerra, que regresaría, que la amaba. Luego de eso se separó, se dio la media vuelta y comenzó a alejarse. Llamó a su armadura, y sin mirar atrás, se fue.

Ella se quedó largo rato viendo el espacio vacío. El sol ya estaba oculto y las estrellas podían verse en todo su esplendor. Levantó la mirada hasta localizar a Géminis. Entonces se dejó caer al suelo y permitió que las lágrimas corrieran libres.

Dos días después, la armadura de Géminis se presentó ante ella. No necesitaba más explicaciones: los gemelos estaban muertos. Antheia se arrodilló frente a la armadura. Sus ojos estaban secos. Ya había llorado la muerte de Déuteros durante los pasados días. Para ella, él murió desde el momento en que se fue al campo de batalla. Ésta era sólo la confirmación de la noticia que ya conocía. Ni siquiera mantuvo una llama de esperanza, porque eso sólo iba a hacer peor el momento en que lo confirmara. Déuteros ya era un fantasma de su pasado.

Dohko regresó a buscarla al finalizar la guerra. Tan sólo él y Shion sobrevivieron. Pero Shion no sabía de la existencia de Antheia. Así, fue tarea de Dohko buscarla para llevarla al lugar en el que se encontraba la tumba de Déuteros en el Santuario.

Ella no habló con Dohko ni con nadie más. Y Dohko no sabía qué podría decirle. Se quedaron frente a la tumba por horas, en el más completo de los silencios. Luego, ella se levantó y se fue.

Caminó por el Santuario, y no le tomó mucho tiempo encontrar el lugar en el que pasó más tiempo con Déuteros, la cima de un acantilado de difícil acceso, y que se había convertido en su lugar de reunión durante el tiempo en que ambos vivieron en el Santuario. Se sentía vacía. Ni siquiera se creía capaz de seguir ocupándose de sí misma. Desde la despedida de Déuteros que no hablaba con nadie, apenas comía. Se pasaba horas mirando al vacío. Por eso la decisión fue fácil. Elevó una plegaria a Atenea mientras miraba al cielo, a la constelación de Géminis. Escuchó su nombre pronunciado por Dohko, pero no se volvió. Y sin dejar de mirar las estrellas, se dejó caer por el acantilado. Tenía 17 años.

Dohko no había podido evitarlo. La llamó y luego la vio tomar una decisión y corrió a detenerla, pero llegó muy tarde. Pasó días buscando el cuerpo, pero nunca lo encontró.

Alfa se puso en pie, estaba llorando, aunque apenas si se daba cuenta de ello. Dohko se levantó con ella y le tomó la mano. La observaba con atención. No sabía qué efecto iba a tener en ella el descubrir su pasado. En especial uno tan trágico.

—Tú sabías esto. —No era una pregunta. —¿Por qué no me lo dijiste antes?

—¿Qué diferencia hubiera hecho?

—¡Nunca hubiera puesto un pie en este lugar!

—¿Preferirías no conocer a Saga?

—Hubiera preferido no volver a saber de este lugar. ¡No quería saber más de este lugar! ¡Por eso me maté!

—Ya no tienes 17 años, y tus circunstancias, y las del Santuario, han cambiado. Tu amor por Déuteros tampoco ha cambiado.

—No lo amo. No quiero amarlo. —Soltó su mano del agarre de Dohko y se volvió a la tumba. —¡Me abandonaste! ¿Me oyes? ¡Prometiste que regresarías! ¡Y yo siempre supe que era una mentira! ¡Siempre supe que no debía relacionarme contigo, pero lo hice de todas formas! ¡Siempre supe que ibas a morir, y que me ibas a abandonar! Aún así, estúpidamente te creí cuando dijiste que no estabas listo para ocupar el lugar de tu hermano. Creí por un momento que quizá rechazarías tu derecho de usar la armadura. Pero cuando encontraste a Dohko lo supe. Ibas a pelear, y yo me iba a quedar sola. Porque tú no ibas a regresar: no tenías intenciones de regresar. —Le dio una patada a la tumba, luego otra y otra más. Dohko le sujetó los brazos e intentó separarla. —¡Lo diste todo por tu hermano! No por mí… no por mí. Ni siquiera estoy segura de qué lugar ocupaba en tu corazón. Es más, ¿ocupaba un lugar? ¡Eres un mentiroso de mierda! ¡Y yo te creí! ¡Te creí todo! ¡Cada una de tus estúpidas y vacías palabras! ¡Me abandonaste! ¡Dijiste que nunca lo harías! —Con cada palabra pronunciada aumentaba el volumen de su voz, forcejeando para volver a golpear la tumba y Dohko intentaba contenerla.

Saga estaba mudo de la impresión. No esperaba que esa chica fuera una reencarnación de alguien del Santuario, y que además hubiera tenido una relación con el antiguo Santo de Géminis. Habían muchas preguntas en su mente, y no estaba seguro de querer saber la respuesta a algunas de ellas. Sin embargo, al ver el estado casi psicótico en el que se encontraba, no dudó en acercarse a todo correr a ella. Dohko la sujetaba, de no hacerlo, seguro la chica terminaría con la tumba de Déuteros. Saga se puso delante de ella, la tomó por los brazos y la obligó a mirarlo.

La cortina de lágrimas apenas le permitía enfocar el rostro frente a ella. Pero cuando logró ver a Saga, supo algo más: él era la reencarnación de Aspros, y por lo tanto, a quien debería odiar. Por su culpa Déuteros había muerto. Casi se quedó sin aire cuando lo entendió. Saga estaba hablándole, pero ella no le escuchaba. En cambio volteó a ver a Dohko quien se mantenía en silencio y rehuyó su mirada. ¡Lo sabía! Dohko también sabía que Saga era la reencarnación de Aspros... por lo tanto Kanon era la de Déuteros. Sus rodillas estuvieron a punto de ceder, pero Saga la mantenía firme.

Esto estaba mal. No se supone que pasara. Kanon no debería ser la reencarnación del hombre al que amó. Alfa se soltó del agarre de Saga. Miró al Antiguo Maestro, lo sujetó de los brazos y lo obligó a mirarla.

—Debió habérmelo dicho —murmuró.

Dohko no contestó nada. Quizá la chica tenía razón y debió hacerlo. Ahora ya era muy tarde para lamentarse. Alfa miró a la tumba una vez más, negó con la cabeza y se alejó corriendo. Saga hizo ademán de seguirla, pero Dohko lo detuvo de nuevo.

—No la sigas. No es a ti a quien quiere ver. Y ésta vez no va a saltar de un acantilado.

—¿Cómo está tan seguro?

—Tiene muchas preguntas que contestarse a sí misma. Quizá no sepamos de ella en algún tiempo.

Dohko tenía razón. Pasarían meses antes de que la chica volviera a poner un pie dentro del Santuario.