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Capitulo 75
Tres días le llevó a Candy lograr la confianza de Curly, su guardián. Durante esos tres largos días, conversó con él todo lo que pudo a espaldas de sus hermanos, que parecían bastante ocupados, ya que entraban y salían todo el tiempo.
Hubo un momento, incluso, en que logró escuchar cómo llamaban a Albert, y su corazón se detuvo. Candy no podía creer que le hubiesen pedido como rescate la friolera de ¡diez millones de dólares! Era imposible que Albert tuviese esa cantidad.
Se lo imaginó al teléfono, transido de dolor, pero totalmente controlado. «¡Ay, mi amor! Hombre lindo, no sufras por mí, que yo estoy bien. ¡Cómo me gustaría llegar a ti de alguna forma, y darte paz!», pensó, mientras tomaba el dije de Rosmery y lo oprimía contra su corazón.
No oyó ninguna otra llamada con instrucciones para el intercambio. O la habían hecho en otro sitio, o directamente no la habían hecho, lo que seguramente tendría a Albert totalmente desquiciado.
Se concentró en Curly, pues era todo lo que tenía. Si no hacía algo, también se volvería loca.
—Curly, no te preguntaré nada, no temas. Más bien te contaré algo.
—¿Qué? —preguntó él, interesado.
—Mi mamá también murió. Y al igual que la tuya, tenía el cabello largo como el mío. Ya ves que tenemos cosas en común.
—¡Oh! ¿Y cómo murió tu mamá, princesa? —preguntó él.
A Candy le provocó náuseas que la llamara como Albert lo hacía. Se dijo que debía controlar su sensibilidad, pero su estómago no estuvo de acuerdo y, sin previo aviso, se deshizo de todo lo que había ingerido.
—Lo siento. ¡Oh, perdón!
—¿Estás enferma? —preguntó el hombretón con los ojos abiertos como platos—. ¿Tú también morirás?
—¿También? —preguntó Candy mientras intentaba limpiarse con un paño de cocina.
—Mi mamá hacía eso, y luego se murió.
Candy sintió pena por él.
—Curly, debo asearme. Si me quedo así, este olor me hará vomitar otra vez.
Él la llevó al baño, y ella se duchó y se cambió la camiseta y la ropa interior por otras prendas que Curly le había conseguido. Por fortuna, los vaqueros se habían salvado, y también las zapatillas rosa. Limpió el vapor del espejo y se peinó y lavó los dientes.
Antes de salir, volvió a observar la ventana tapiada del baño. Si pudiese sacar una sola tabla... Observó el peine que tenía en la mano. Parecía bastante fuerte.
Trepó con cuidado y lo usó como palanca para sacar una de las tablas de la pequeña ventana. ¡Lo logró! La luz del sol entró de pronto, cegándola.
No era cierto que no tuvieran vecinos. No los tendrían a los lados, pero sí al frente. Candy pudo distinguir una casa al otro lado de la calle, y una mujer tendiendo la ropa al sol. ¡Carajo!, estaba demasiado lejos como para llamarle la atención. Y si gritaba y ella era parte de la banda, estaría perdida. Miró a su alrededor. A lo lejos se veían coches. Parecía una ruta. ¿Qué más? Un cartel de publicidad, relativamente cerca. Era de una marca de refresco, de los que había por todos lados. Y a su derecha, una especie de tanque con una inscripción algo borrosa.
La mujer que colgaba la ropa se metió en la casa. Se veía el número de la puerta, pero no tenía ni idea del nombre de la calle.
Estaban en una zona rural, sin duda. Incluso distinguió una vaca pastando a unos metros de ella. Y también un molino, de esos que utilizaban la energía eólica para abastecer zonas apartadas de las ciudades. Le llamó la atención que las aspas estuviesen fijas. No se movía ni un poquito.
—Tienes que salir. Llevas mucho tiempo ahí —dijo Curly desde el otro lado de la puerta.
—Ya salgo.
Como pudo, colocó la tabla en su lugar, y luego abrió la puerta.
Cuando lo vio, casi se desmaya. Se le erizaron los cabellos, pues él se había quitado la media y le sonreía. No tenía un solo diente.
—Te he hecho sopa —le dijo, aún sonriendo.
Candy se volvió y se arrodilló en el retrete. Devolvió lo que no tenía mientras su frente se perlaba de sudor.
—¿No te gusta la sopa?
—Es que no me siento bien.
—¡Oh!
Candy no quería mirarlo. De alguna forma, se había convencido de que mientras llevasen el rostro cubierto, estaría a salvo. Lo observó con el rabillo del ojo. Él se estaba mirando en el espejo del baño, con la sorpresa pintada en el rostro. Se llevó las manos a las mejillas y corrió a la cocina. Cuando regresó, la cogió del brazo para ayudarla a levantarse. En ese momento, ella se dio cuenta de que tenía nuevamente la media en la cabeza. Al parecer, no se había descubierto a propósito. Candy decidió fingir que no lo había notado.
—Tengo que echarme, Curly—dijo mientras se tendía en la cama y se tapaba con la manta. Se sentía bastante mal.
—Me acostaré contigo —declaró él, y eso hizo.
Candy estaba aterrada, pero el hombre permaneció inmóvil, y a los cinco minutos roncaba estrepitosamente. Se lo veía relajado a su lado.
Entonces, decidió actuar. Se deslizó con cuidado y salió de la cama. De puntillas, se acercó a la puerta, y luego se volvió a mirarlo. Continuaba roncando con la boca abierta. La media se le había deslizado, y Candy se estremeció cuando vio la rosada encía totalmente vacía.
Salió muy despacio de la habitación. Si la sorprendían, podría fingir náuseas y dirigirse al baño. No le costaría nada vomitar, porque tenía el estómago aún revuelto.
La sopa humeaba sobre la mesa, y a su lado, había un móvil.
Candy no podía creer en su buena suerte. Miró a su alrededor. No había nadie. La puerta de salida estaba cerrada y no se veía la llave por ningún sitio. No se lo pensó dos veces; tomó el móvil y se metió en el baño.
—Señor Ardley, tiene una llamada. Es urgente.
Había pasado un minuto por la oficina, para firmar unos documentos que le habían dejado del banco. Después de eso, sólo le quedaba retirar el dinero y sentarse a esperar la bendita llamada.
—No quiero hablar con nadie, Miriam. A no ser que sean ellos...—murmuró, observando alarmado su móvil para ver si tenía señal. Aparentemente, todo estaba en orden, y respiró aliviado.
—Es el ingeniero Nivel. Y no me parece que sea una llamada de trabajo.
Albert levantó el teléfono.
—Édgar.
—Albert, seré breve. Me he enterado por los periódicos. Me imagino por lo que estás pasando...
—No te haces una idea.
—Creeme que sí. Yo no quería llamarte porque estoy seguro de que ya sabés que tenés mi apoyo, pero Lavinia está muy mal por lo que pasó. Me insistió en que te dijera... Albert, lo que necesites, contá conmigo. Me refiero al dinero para el rescate. Decime cuánto y te lo mando ya —le dijo Édgar.
—Gracias. No es necesario, pero de verdad, gracias. Dile a Lavinia que... Dile que Csndy la llamará en cuanto regrese —contestó con voz ronca.
—Seguro que sí... Albert, si llegás a necesitar... No lo dudes ni un segundo, ¿está claro? No tenés más que llamarme.
—Lo sé. Y te lo agradezco.
Se sentía reconfortado porque muchísimas personas le habían ofrecido su apoyo moral y económico, y muy conmovido, porque se notaba que Lavinia realmente apreciaba a Candy.
«Así es ella. ¡Es tan maravillosa mi princesa! Se hace querer donde quiera que vaya. ¿Por qué tenía que pasarle esto? ¿Por qué, Dios mío?», pensó.
El móvil sonó, interrumpiendo sus cavilaciones. Número desconocido. Estuvo a punto de no responder. Miriam les había enviado un mensaje a todos sus contactos, pidiéndoles que por ningún motivo lo llamaran al móvil. ¿Quién sería? ¿Los secuestradores desde otro teléfono? ¡Demonios, si no contestaba, siempre le quedaría la duda.
—¿Sí?
—Albert —susurró Candy, agazapada dentro del plato de la ducha.
—¿Candy? ¿Eres tú? ¡Princesa!
—Escúchame, corazón. Estoy bien. Estoy en una zona rural. Es una casita muy pequeña de una habitación. He tomado este telefonito en un descuido de ellos y...
—Candy, ¿los conoces? ¿Los has visto?
—He visto a uno. Es grande, muy corpulento. Rubio, de cabello largo y no tiene dientes. Creo que es retrasado. Son tres, Albert. Y se llaman como los tres chiflados, aunque no lo creas.
—¿Puedes decirme algo más del sitio donde estás, cielo?—preguntó él, ansioso.
—Te diré todo lo que sé. Enfrente, hay una casa con el frontal pintado de verde y el número 184 en la puerta. A la izquierda hay una carretera. He visto un letrero enorme de Coca-Cola y un tanque que pone «silo tres». También he visto una vaca, y un molino gigante de metal, pero que no funciona. Todo eso se ve desde la ventanita del baño. ¡Mierda! Debo colgar, Albert.
Eso fue todo lo que dijo antes de que la comunicación se interrumpiera abruptamente.
Pero él no se resignó.
—¿Candice? ¡Candy! —gritó.
El silencio fue la respuesta.
Se desplomó en la silla. ¿Qué debía hacer? Sólo había una persona que podía ayudarlo.
—¡Miriam, es urgente! Ponme en contacto con el sargento Alvarado.
La puerta del baño se abrió de forma abrupta, y Candy apartó la cabeza del inodoro un segundo, pero luego regresó a él. No tenía que hacer mucho esfuerzo para continuar vomitando.
—¡Estúpido, ven aquí inmediatamente! —exclamó una voz gruesa, y Candy supo que Curly tenía problemas.
—Dime, Larry.
—No tendría que hablarte, tendría que golpearte. Y no menciones mi nombre. ¿Qué hace aquí ella sin tu supervisión? Cuando Moe se entere...
—No se lo digas, por favor. Ella se siente muy mal; no ha dejado de hacer eso, igual que mamá.
—Cierra la boca, tonto. Llévatela y amárrala a la cama.
—¿Qué? —intervino Candy, desde el suelo—. No me aten, por favor. Vomitaré en la habitación; sólo necesito un balde y...
Larry la tomó de un brazo y la sacó del baño. Cuando pasaron por la mesa, Candy tropezó y el plato con la sopa cayó al suelo, donde se hizo añicos.
—¡Carajo! ¡Curly! —gritó, furioso—. Ven y limpia este estropicio. ¡Y aparta mi teléfono de ahí, que se está mojando y ya no servirá, maldita sea!
Candy soltó el aire. Finalmente, se las había arreglado para deshacerse del móvil. Incluso había logrado borrar el número de Albert de la memoria.
Ahora sólo le restaba esperar. ¿Sería él capaz de dar con ella con los mínimos datos que le había podido proporcionar, o deberían esperar hasta que a los secuestradores se les antojara realizar el intercambio?
—Lo siento, princesa —murmuró Curly mientras le amarraba las muñecas a la cabecera de la cama.
—¿Tienes que hacerlo? No, por favor. Me siento enferma, y si tú me...
—Yo cumplo órdenes. Hago lo que me dicen; sí, señor.
Candy tembló.
—Curly, ¿haces todo lo que te dicen ellos?, ¿cualquier cosa?
—Cualquier cosa —afirmó él, y ella cerró los ojos, aterrada.
Tres horas después, despertó con la boca seca.
A su lado, Curly le tendía un vaso de agua. Al parecer, no recordaba que tenía las manos atadas.
—¿No quieres beber?
—Sí. Por favor, suéltame, así podré coger el vaso.
—¡No! —gritó él.
Candy se asustó. Había cambiado de talante. Era evidente que su hermano le había estado llenando la cabeza de amenazas. Ahora estaría sola, completamente sola. Ya no podría contar con la protección de Curly. Le dio miedo, y sollozó sin que pudiera evitarlo.
—¡Oh, no hagas eso! Igual que mamá. Eres como ella. Tu cabello brilla como el sol, aun cuando está oscuro —murmuró mientras tomaba un mechón entre sus toscos dedos.
Ella sintió náuseas de nuevo. No soportaba la idea de que la tocara, ni siquiera soportaba tenerlo cerca. Su aliento a cebolla se podía oler a través de la media que le cubría el rostro.
—¡Qué bella eres! Una bruja muy bonita. Larry me dijo que anduviese con cuidado, pues tus ojos podían hechizarme —le dijo a unos centímetros de su boca.
—Yo... no haría algo así. Curly, me falta el aire. ¿Puedes apartarte un momento?
—¡No, no quiero! Me gusta oler tu cabello. Hueles muy bien—susurró él, mientras se llevaba el mechón a la nariz y aspiraba su aroma—. Me pregunto si olerás así de bien en otros sitios.
—Curly, por favor. Soy tu amiga, ¿recuerdas? Y tengo el cabello como el de tu mamá.
—Tú no eres mi amiga. Tú eres el dinero que nos sacará de aquí. Me compraré un cerebro grande con él y tiraré el pequeño que llevo en mi cabeza.
—¿Eso te ha dicho tu hermano? Tú no eres como ellos, Curly.
—Sí, lo soy. Y quiero serlo. —Y luego le acarició una pierna mientras intentaba imitar a sus hermanos cambiando la voz—. Me gustan las nenas como tú, guapas y ardientes.
—No me hagas esto, te lo ruego —suplicó Candy con lágrimas en los ojos.
—Soy un hombre, no un niño. Y te lo demostraré —le dijo mientras tomaba el borde de su camiseta y la subía lentamente.
—¡No me toques, hijo de puta! —gritó Candy, presa del pánico—.Tu..., tu hermano te matará si me haces esto. Recuerda que yo soy el dinero, y si me haces daño no tendrán...
—No te haré daño. Sólo quiero mirar un poco, y quizá tocar...—murmuró Curly mientras introducía la mano bajo la camiseta y con la otra se descubría la parte inferior del rostro
Candy observó la horrible boca desdentada, y su aliento caliente y fétido le azotó la cara. Sintió la enorme mano ascender por su vientre, y casi se muere del asco.
Gritó y gritó sin poderse controlar, pues sabía que estaba amarrada e indefensa. Pero la mano duró solo un segundo en su pecho, porque de pronto se oyó un estruendo y la puerta se abrió de golpe.
—¡Albert! —exclamó ella cuando se dio cuenta de que no era Larry, sino su hombre lindo, que irrumpió en la habitación y le quitó a Curly de encima como si fuese un muñeco.
Luego, todo transcurrió como en un sueño. Albert estaba encima de Curly, y la cabeza de éste golpeaba el suelo una y otra vez, emitiendo un sonido sordo, como si de veras estuviese hueca.
Detrás de ellos, entraba la policía como a cámara lenta, e intentaban sin éxito hacer que Albert se apartara del hombre corpulento, que ahora parecía una marioneta.
Él continuaba estrellando la enorme cabeza contra el suelo una y otra vez, totalmente fuera de sí. Lo estaba matando, y dos agentes luchaban por evitar que continuara, pero era inútil. Ciego de ira, Albert seguía golpeándolo, ignorando hasta las armas que lo apuntaban, exigiéndole que se detuviese.
La que reaccionó primero fue ella.
—¡Albert! ¡Suéltalo ahora! —le ordenó.
Entonces, él pareció salir del trance y lo soltó. Corrió hacia ella y se arrodilló a los pies de la cama, sollozando como un niño, contra su vientre.
—Mi vida, ¿estás bien? ¡Dime!
Mientras le soltaba las manos que continuaban amarradas a la cabecera de la cama, de repente, se oyeron disparos, y Albert cubrió a Candy con su cuerpo hasta que el tiroteo finalizó.
—Se ha acabado, Candy. Ya está. ¿Estás bien, mi amor?—preguntó, ansioso.
Ella le echó los brazos al cuello y le buscó la boca, desesperada.
—Estoy... bien... ahora... —respondió entre beso y beso, delante de la policía, sin importarle nada.
—Los hemos atrapado a los tres, Albert. Soy el sargento Alvarado, señora Candice. ¿Se encuentra bien? —le dijo, tendiéndole la mano.
—Sí, gracias sargento.
—¿Estás segura, princesa? Estás pálida y delgada. ¿Estos malditos te han dado algo de comer? —inquirió él, buscando su mirada.
—He comido, pero estoy descompuesta. Salgamos de aquí, Albert, por favor.
Se marcharon inmediatamente. En la patrulla, Candy habló con su abuela, que lloraba como una loca por el teléfono. No habían querido decirle nada, para evitarle la tensión del momento del rescate.
—¿Cómo me has encontrado, corazón? —murmuró ella contra el cuello de su esposo.
—Ha sido el sargento Alvarado, con los datos que me diste. Tiene un equipo muy eficiente. Y el molino sin funcionar ha sido la clave para hallarte, cielo.
—Has llegado en el momento justo, Albert. Ya no lo soportaba más.
—¿Te ha hecho daño, Candy? No tengas miedo. Dímelo, por favor—rogó él.
—No. Ha estado a punto, pero por fortuna has llegado tú y lo has evitado. Ahora bien, creo que tú sí que le has hecho daño a él.
—Vivirá para ir a la cárcel, te lo juro.
—Albert, él no es muy... normal. Tiene serias dificultades, pero no creo que sea malo —repuso ella.
—Por favor, querida. Esas lacras se pudrirán en prisión. No tendré piedad de ellos. Eres lo que más quiero en la vida, Candy. Casi me muero al saber...
No pudo continuar. Un nudo en la garganta se lo impidió, y sólo pudo abrazarla y besarle la frente mientras intentaba contener el llanto.
—Pero ahora estamos juntos...
—¡Ajá! Y lo primero que haremos será ir al hospital para que te hagan unas pruebas. De veras, te veo muy pálida, cielo.
—¿Es necesario? Quiero ir a casa.
—Y yo quiero asegurarme de que estás bien. Será muy breve; te lo prometo.
Pero no fue tan breve. Le extrajeron sangre, y luego le pusieron suero porque la encontraron algo deshidratada. Mientras ella dormía en la sala del hospital, Albert le acariciaba la cabeza y no dejaba de contemplarla.
—Parece un ángel, ¿verdad? —comentó Candida a su lado.
Pero antes de que pudiese responder, entró en la habitación el doctor Andrade, el médico de cabecera de Albert.
—¿Podemos hablar un momento? —preguntó.
—Sí, claro. ¿Todo está en orden, doctor?
—Ven a mi oficina, Albert.
Él estaba aterrado. El médico caminaba delante con los análisis de Candy en las manos, y Albert iba detrás, conteniendo la respiración. Malas noticias, sin duda. No sabía cómo iba a soportar una sola más.
—Ella está bastante bien. Tiene un poco de anemia, y si no fuese por su estado, no sería necesario tratarla —le informó una vez que tomaron asiento en su oficina.
—¿A qué se refiere, doctor?
—Candy está embarazada, Albert.
«Candy está... ¿embarazada? ¿Ha dicho embarazada? No puede ser.»
—¿Embarazada?—repitió, atónito.
—Sí. Por la acumulación de gonadotrofina creemos que de ocho semanas, pero lo confirmaremos dentro de un rato con una ecografía.
—Pero ¿cómo es posible? Yo mismo la he visto tomar sus píldoras anticonceptivas.
—Pues algo falló en enero porque...
—¿Enero? Japón... —murmuró él, recordando los ardientes encuentros después del terremoto en tierras niponas. Seguro que había olvidado tomarlas los días previos a su rescate.
—No temas, Albert. Los anticonceptivos orales que ha ingerido no influirán en el desarrollo del bebé. Nos preocupa más el tema de tu familia. Tengo entendido que la investigación avanzó pero no finalizó.
—En efecto.
—Podemos realizarle una amniocentesis, y de acuerdo con el resultado, decidir, o podemos dejarlo así. Vosotros decidís. Albert, si ella aún no sabe que está embarazada, ha llegado la hora de decírselo.
Él se puso en pie, temblando. Se sentía totalmente descolocado. Estaba por un lado eufórico, y por otro, terriblemente temeroso. ¿Cómo reaccionaría Candy al saberlo? Porque estaba seguro de que ni lo sospechaba. Sólo había una forma de averiguarlo, y con paso firme se dirigió a la habitación donde ella descansaba.
CONTINUARA
