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Capítulo 76

Cuando Candy despertó lo hizo con la más amplia de sus sonrisas.

—¡Albert! Soñaba contigo hace un momento —le dijo, tendiéndole los brazos.

Él se acercó, y le besó la frente. En su interior, los sentimientos se arremolinaban fuera de control.

—¿Y qué soñabas, mi vida?

—Exactamente esto. Soñaba que despertaba y me encontraba con esos hermosos ojos azules mirándome. Podría decir que mi sueño se ha hecho realidad, hombre lindo.

Albert rio. Por un momento, se olvidó de lo preocupado que estaba, pues que ella lo llamara así había comenzado a gustarle.

A pesar de la risa, Candy intuyó que algo no andaba del todo bien.

—¿Qué pasa, corazón? ¿Están ya los resultados de las pruebas?

«No sé cómo decirte esto. Sé que no lo esperas; yo tampoco lo esperaba. A pesar de que prácticamente me han dicho que no hay riesgo, hubiese preferido planificarlo. Una fecundación in vitro, con embriones seleccionados, nos hubiese dado mayor tranquilidad», pensó Albert.

—Sí —respondió, mientras buscaba las palabras para decirle lo que tenía que decirle.

—¿Y tengo algo serio? Porque si no es así, quiero irme a casa.

—No, Candy, no tienes nada serio. Un poco de anemia, pero él médico ya me ha dado las recetas de hierro y vitaminas. Tendrás que tomarlas un tiempo para recuperarte.

—¡Entonces, nos vamos! —exclamó ella, alborozada mientras se sentaba en la cama.

—No, princesa. Aguarda un segundo. Quiero decirte algo importante...

No sabía cómo iba a reaccionar ella ante algo tan... inesperado, pero no podía retrasar más él momento, sobre todo porque la notaba demasiado impaciente, y eso lo ponía a él más nervioso aún.

—Suéltalo, Albert. Vamos, ¿qué sucede? —preguntó, alzando las cejas, intrigada.

—Estás embarazada —dijo él, apretándole la mano.

Candy tardó unos segundos en comprender la magnitud de la noticia. Pestañeó varias veces, y hasta jadeó.

—¿Qué?

—Estás de ocho semanas, mi cielo.

—No es posible. He tomado la píldora y he tenido el período en fecha. Tiene que ser un error, Albert.

—¿Has tomado la píldora todo el tiempo?

—Por supuesto. No la dejé ni cuando estuvimos separados. Supongo que sabía que nuestro distanciamiento era temporal, y por eso seguí tomándomela.

—Pues entonces ha fallado. Me ha dicho el doctor Andrade que a veces pasa. El estrés, la angustia, pueden alterar...

—Un momento, un momento. Japón... —murmuró Candy, haciéndole un gesto con la mano como para que la dejara pensar.

—Japón —repitió él, asintiendo.

—¡Oh, Albert! Tenía que comenzar una nueva caja el día de tu rescate, pero lo hice dos días después, cuando te dieron el alta en el hospital.

—Tiene que haber sido eso, entonces —dijo Albert sonriendo, mientras le acariciaba la mano.

—Nunca pensé que eso... De hecho, completé la serie, y tuve la regla. Y luego empecé otra caja. Albert, ¿no le hará daño al...?

—No, en absoluto; me lo ha asegurado el doctor. Incluso es posible que sangres un poco estos días, por no haberlas tomado durante el secuestro, princesa. No pasa nada, tranquila —explicó Albert, y ella se llevó la mano al pecho, aliviada.

—Entonces, ¡estamos embarazados! —exclamó mientras una sensación de bienestar se apoderaba de ella como nunca antes.

Albert sonrió y la abrazó. Deseaba mostrarse así de feliz, pero su alegría no pasaba de su boca. Ella no pudo dejar de notarlo.

—Mi amor, ¿no estás contento? —preguntó, buscándole la mirada.

—No es eso, Candy. Es que..., bueno, no tenemos descartada la posibilidad...

—Albert, creía que eso ya estaba claro. En ninguno de los casos documentados, hubo transmisión por vía paterna —murmuró ella, contrariada por la reticencia de él.

—Lo sé, pero habría estado más tranquilo si hubiésemos realizado una fertilización asistida con un embrión previamente testeado y...

—¡Basta! Hablas como si mi bebé fuese un experimento —le recriminó Candy con lágrimas en los ojos.

—¡No! Tranquila, mi cielo. No quería darte esa impresión. Me gustaría que pudiéramos disfrutar de todo esto —repuso él, alarmado al verla tan triste.

—¡Tú no lo disfrutas! ¿Quieres asegurarte ahora? ¿Quieres que me haga una prueba para ver si todo está bien, y si no es así, descartarlo? ¡Pues no lo haré! ¡Nunca haría algo así! —exclamó ella, furiosa.

—Lo que yo no descartaría es la posibilidad de una amniocentesis—dijo Candida, que acababa de entrar en la habitación.

El doctor Andrade la había puesto al tanto de todo.

—Abuela, ¿tú también? ¿Soy la única que defiende a capa y espada a mi bebé? —murmuró, dolorida.

—No digas eso, princesa. Es nuestro... bebé. Y yo también deseo tenerlo y que nazca sin problemas —contestó Albert, acariciándola, desesperado. No soportaba verla tan angustiada, tan mal.

Pero ella sollozaba. Más bien lloraba abiertamente.

—Candy, escúchame —intervino Candida, sentándose a los pies de la cama—. He hablado con el doctor Andrade. Me ha dicho que es cierto que la amniocentesis es algo arriesgada, pero se puede salir de dudas con ella. Es de esperar que todo salga bien, pero si hubiese algo... malo, y aun así decides tenerlo, al menos te servirá para estar preparada, querida.

—Candida, no quiero escuchar ni una palabra más.

Candy había dejado de llorar, y se la oía decidida y firme.

—Querida...

—Ni una más, Candida; ni una. Tendré a este bebé como sea. Si viene sano lo amaré, pero si no es así, lo amaré más.

—Estamos juntos en esto, Candy —dijo Albert de pronto, con sorprendente serenidad.

—¿Lo estamos?

—Absolutamente. Te prometo que nadie mencionará de nuevo el asunto de la amniocentesis. El... bebé será bienvenido como sea—afirmó.

—Pero no estás feliz, Albert. Puedo notarlo —murmuró ella, con un suspiro.

—Sí lo estoy. Pero tengo mucho miedo. Ha sido una sorpresa, Candy. No me lo esperaba, y aún no me lo creo, pero estoy muy feliz.

Candida se retiró discretamente. Cuando esos dos se unían, nada se podía hacer, pues el mundo dejaba de existir como por arte de magia.

—Quiero que lo ames, corazón. Que lo desees como yo. Nuestro bebé, Albert. ¿Te das cuenta? ¡Serás papá! Y serás un maravilloso padre.

—No lo sé. ¿Maravilloso? ¿Tú crees? ¡Ay, Candy!, no puedo imaginar cómo será tener un niño. Seremos... tres. ¡Increíble!

—¡Oh, Albert! Estoy tan feliz. Todo irá bien, lo sé. Confía en mí—dijo Candy, mirándolo a los ojos.

En ese momento entró personal del hospital y un extraño aparato.

—¿Qué es eso? —preguntó ella, asustada.

—Es un ecógrafo, señora Ardley. Ahora veremos a su bebé—respondió una doctora joven, muy simpática.

El procedimiento duró muy poco tiempo.

Levantaron la bata de Candy, extendieron el gel por su planísimo vientre y luego, en el monitor, apareció algo.

Albert se acercó lentamente. Era como un pequeño pez, flotando en el agua. Se quedó como hipnotizado mirándolo mientras Candy hacía lo mismo, pero con él.

Le llamaba más la atención ver el rostro de su esposo que la pequeña manchita en el monitor. Albert parecía hechizado, realmente. Pestañeaba una y otra vez, mientras se iba acercando más y más a la pantalla.

—Aquí lo tienen, papás. Ésta es su mojarrita —les dijo la doctora, sonriendo, y ellos la miraron, sorprendidos—. ¡Oh, es una broma! ¿No les parece un pececito? A mí siempre me lo parecen.

—Sí, pero convendrá conmigo en que éste es el pez más guapo que ha visto hasta ahora —respondió Albert, riendo.

Estaba exultante de felicidad, y Candy sintió que se desmayaba de dicha.

—Totalmente de acuerdo —repuso la joven, riendo a su vez—. Ahora escucharemos su corazón.

Candy no podía decir nada. La emoción la embargaba de tal forma que no lograba más que morderse el labio y sonreír.

Se quedaron silencio mientras la habitación parecía llenarse con el maravilloso sonido. El corazón del bebé latía deprisa y se podía ver en la imagen cómo bombeaba sangre a su pequeño cuerpo.

A Albert se le llenaron los ojos de lágrimas. Apartó por un momento sus ojos del monitor para observar a Candy. Ella también lloraba en silencio.

Se miraron, y el amor que sentían el uno por el otro era tan fuerte que hasta la doctora lo sintió en su piel.

Él rodeó el aparato hasta llegar a la cama y se sentó en ella. Le tomó la mano a Candy mientras continuaban oyendo el intenso palpitar del corazón de su pequeño hijo.

—Princesa...

—Es algo... —intentó decir Candy, pero no le salían las palabras.

—Lo sé. Gracias, mi amor. No sabes la felicidad que estoy sintiendo en este momento —murmuró él, conmovido.

—Te equivocas. Yo siento lo mismo.

Cuando todo terminó, ellos aún tenían las manos entrelazadas. Y continuaron así durante mucho tiempo, observándose sin decirse nada, hasta que por fin le dieron el alta a Candy y pudieron marcharse a casa.

¡Qué día más magnífico había sido ése! Habían pasado por momentos muy duros; habían estado verdaderamente en peligro, pero todo había salido bien. Y en lugar de perder algo, habían ganado.

Mientras entraban de la mano en su hogar, a Albert le vino a la mente una frase de Borges que por primera vez cobró sentido para él y lo hizo regocijarse tanto que alzó a Candy y giró con ella loco de alegría: «Dos es una mera coincidencia; tres es una confirmación».

CONTINUARA