Disclaimer: Todo reconocible de Harry Potter es propiedad de J.K Rowling.


Por obligación, serán un dragón y una víbora

46. Verano: Separados por las circunstancias

Estaba echada boca abajo en la cama, después de tanto llorar el sueño le había vencido y el mundo de los sueños la había atrapado...

Astoria se veía a si misma bailando ballet, veía como danzaba y no era en su estudio debajo de las escaleras. Bailaba de manera inusual, muy perfecta para ser real, incluso veía como sus tobillos se doblaban como si fuera de goma y estar de puntas fuera lo más placentero y suave del mundo. Traía puestas unas zapatillas rojas, color sangre, ¿sería su propia sangre?

Un escalofrío la recorrió y con horro siguió contemplando como bailaba y bailaba sin parar, la Astoria de las zapatillas rojas seguía danzando a un ritmo que la 'verdadera' Astoria no hubiera creído posible, sus pies y brazos se doblaban de una forma que a no ser que tuviera los huesos rotos no hubiera sido posible. Y como si aquella tétrica imagen no fuera suficiente, del suelo comenzó a surgir un viscoso liquido carmín y comenzó a esparcirse por la lisa superficie de color marrón en la que la Astoria con zapatillas seguía danzando. Algo le decía que aquello era sangre.

Observó con terror como el cuerpo de su 'yo' bailarina se volvía, giro tras giro, más delgado y menudo, y como la cabellera caoba se soltaba del moño para caerle por debajo de la cintura. La Astoria de las zapatillas rojas ya no se parecía a la Astoria de verdad, ahora parecía un esqueleto apenas cubierto de piel como de papel y con un vestido blanco de gasa. Solo destacaban la abundante cabellera oscura y las zapatillas rojas, que al golpear el piso producían un ruido viscoso.

Astoria tembló ante la imagen de aquel repugnante ser que parecía un inferi, como los que salían en los avisos de El Profeta, y muerta de terror comenzó a buscar una salida de aquel escenario. Sin embargo el lugar era inmenso, no había espejos, no había escaleras, no había butacas, nada más allá de un piso pulido y marrón que estaba siendo manchado por la sangre.

Comenzó a correr desesperada, pero no parecía avanzar y el temor de ser alcanzada por aquel ser la estaba haciendo hiperventilar. Aunque el temor de escapar no y ser alcanzada no se comparó al que la inundó en el instante que una mano se posó en su hombro...

—¡No! —gritó con desesperación, abriendo los ojos de golpe y tirando manotazos al aire, arañado a la persona que la había tomado del hombro.

—¡Merlín! ¡Astoria! —se quejó el rubio al recibir el rasguño en la barbilla. Draco se alejó de la chica, quien parecía asustada. Sus ojos estaban algo desorbitados y sudaba, parecía una loca. Malfoy aguardó en silencio, esperando a que la castaña se tranquilizara.

—¿Qué haces aquí? —dijo finalmente la pequeña Greengrass, mirando con un inmenso reproche al chico presente.

—Quiero... hablar contigo de lo que pasó —confesó, tragando saliva a duras penas. No le gustaba mucho eso de haber metido la pata y tener que admitirlo, generalmente era Astoria quien lo incitaba a confesar que era un idiota o ponía las palabras en su boca y él solo añadía un pensamiento o algo para hacer la 'disculpa' completa y sellaban con un beso la reconciliación. ¿Qué no? Aunque Astoria parecía estar muy molesta en esos momentos para ayudarle con su disculpa.

—No hay nada de qué hablar, me quedó muy claro que no confías para nada en mí, Malfoy —masculló, manteniendo su mirada en sus pies, los movía y flexionaba, solo para asegurarse de que estos no se doblaran como si le faltaran los huesos.

—No me hagas enojar más mini-Greengrass —una cosa era no tener la ayuda de la castaña, otra que lo atacara y si se volvía a enojar iban a terminar muy mal. Astoria no contestó y se quedó mirando sus pies, sin dejar de mover los dedos o flexionar el tobillo. Draco se quedó unos instantes también contemplando los pies de la niña, descubriendo tanto con sorpresa con disgusto que los pequeños dedos de su niña estaban algo torcidos, sobre todo el más pequeño.

—¡No mires! —chilló Astoria, cayendo en cuenta de que las orbes plateadas miraban sus pies.

—¿Por qué los tienes así? —preguntó extrañado, enarcando las cejas.

—El ballet —susurró incomoda, haciendo una mueca de evidente disgusto. Se quedaron en silencio por unos instantes. Astoria bufó y volteó a ver al rubio con el entrecejo fruncido. —¿Qué esperas para irte? —recriminó. Draco volteó a verla con sorpresa y aunque le hubiera gustado decir que no se iría, aunque quería hacer las paces, la forma en la que la castaña lo estaba prácticamente echando lo hizo enojar. Y, vamos, debía admitir que más que enojo sintió algo de tristeza, si Astoria no lo quería ahí él no iba a insistir. Finalmente tenía cosas más importantes en las cuales preocuparse, como en el Lord Tenebroso.

—Nada —alcanzó a mascullar antes de retirarse del cuarto de la chica con toda la altanería digna del príncipe de Slytherin. No le rogaría, él había intentado arreglar las cosas, ella lo había rechazado, punto. Antes de salir azotó la puerta tras de él.

—Draco —susurró la niña, quien se quedó mirando la puerta con sus grandes ojos llenos de lagrimas. Ella hubiera esperado que su prometido se quedara a insistirle, pero al parecer el orgullo del dragón seguía por encima de ella. ¡Y pensar que ella juraba que había roto esa barrera! Que equivocada había estado. La pequeña Slytherin pataleó con frustración, desquitando su coraje y dolor contra las almohadas de su cama y todo lo que estuviera a su alcance en esos momentos.

O-O-O

—¿Como te fue? —preguntó Daphne al ver al rubio bajar por las escaleras, pero este no contestó. —Draco, te estoy hablando —se quejó.

—Y yo te estoy ignorando —respondió de mala manera, girándose de forma despectiva para volver a subir las escaleras.

Su cabeza estaba trabajando a mil por segundo. La sangra le hervía y de la misma forma en la que había mandado la carta a su madre, subió al cuarto que ocupaba en la mansión Greengrass y comenzó a echar todo de mala gana en su baúl. Lo único que quería en esos momentos era estar en su casa, tomar un largo baño caliente en su cuarto y luego dormir en su cama; le importaba un rábano la posibilidad de que su casa estuviera llena de mortífagos.

Terminó de echar la ropa la ropa de mala gana en el baúl y todas sus pertenencias.

—¿A dónde vas? —la temblorosa voz de Astoria interrumpió en el cuarto, dejando a Draco helado, él no esperaba que ella apareciera. El chico tomó aire y recuperando el color se volteó para encararla.

—¿No me pediste que me marchara? —ironizó el rubio, mirando con reproche a la castaña.

—Pero... —la niña titubeó. Astoria lucía verdaderamente sorprendida, entendía que Malfoy estuviera molesto, que gritaran y discutieran, pero por su mente jamás se había cruzado la idea de que de verdad Draco se quisiera ir de su lado. ¿Que acaso al rubio no le importaba en lo más mínimo lo que ella sintiera? ¿Se iría así como así y todo por una maldita carta que le había mandado Cole?

—Con permiso —puntualizó el príncipe de Slytherin. Tan perdida estaba Astoria en sus pensamientos que apenas notó cuando el chico pasó a su lado, llevando el baúl en sus manos. Parecía pesado y aun así lo cargaba con facilidad y no estaba usando la varita. El chico mayor prefería no arriesgarse a usar magia en la mansión Greengrass, lo último que quería en esos momentos era tener un juicio, seguido del de su padre, en la que lo juzgaran por romper el decreto del limite de edad.

El rubio bajó las escaleras con algo más de dificultad, por culpa de baúl. Llegó a la sala y se detuvo frente a la chimenea, observándola de forma interrogante. El señor Greengrass le había dicho que su tía no podía usar la Red Flu para llegar a la casa, pero ¿él podría usarla? ¿La chimenea de su casa seguiría conectada a la Red Flu o tras el arresto de su padre le habrían quitado aquel privilegio a su familia?

Se mordió el labio inferior con indecisión, bueno ¿qué podría perder intentandolo? Miró el tarro de cristal que estaba sobre la chimenea, con los polvos. Tomó un puñado y se metió a la chimenea. ¿Qué haría si no funcionaba? Su corazón comenzó a latir con fuerza, esas emociones no eran para él. ¿Qué encontraría en su casa, en dado caso de que llegara a funcionar? Seguramente todo estaría lleno de mortífagos...

—A Malfoy M... —pero antes de dar la orden, apareció Astoria.

La mirada esmeralda de la chica estaba fija en él, pero sus labios estaban apretados. Evidentemente estaba haciendo uso de todas sus fuerzas para no decir ni media palabra, aun cuando se le estaba partiendo el alma.

El rubio bajó la mano y aguardó a que ella dijera algo, algo que lo detuviera; sin embargo, Astoria se mantuvo expectante, sin decir nada y solo esperando a que él hiciera algún movimiento. Pasaron así un buen rato, esperando. Ninguno de los dos se atrevió a decir palabra, aunque esperaban ansiosos las palabras de los otros. Ella esperaba que él dijera un simple: "Lo siento" y él esperaba que ella dijera: "Quedate." Era la primera vez que sentía que su destino dependía del otro. Si Astoria le pedía que se quedara, él se quedaría, y si Draco se disculpaba ella olvidaría lo ocurrido, pero si él se iba, por Merlín que se largaba con Cole a Australia. Si a él no le importaba a ella tampoco.

Solo había silencio, pulsos acelerados y una tensión tan grande en el ambiente que bien se hubiera podido cortar con una daga...

—¡Ayuda! —el grito agudo de Daphne rompió todo aquello y ambos chicos se olvidaron de la situación en la que se encontraban para correr al jardín, donde se suponía que estaba la rubia.

—¡Daphne! —chilló Astoria con miedo. Su cuerpo comenzaba a hacer uso de toda la adrenalina que había producido durante los momentos de tensión con el rubio, quien iba por varios metros delante de ella.

—¡Greengrass! ¿Qué pasó? —le llamó Malfoy, cuando ya se iban acercando, pero paró de repente. Astoria frunció el ceño y siguió corriendo, sin embargo, él se regresó y con la misma tomó a la castaña para meterla de regreso a la mansión.

—Draco, cariño —la voz de una mujer se escuchó a lo lejos. Astoria, quien hasta el momento le pegaba a Draco para soltarse, se quedó paralizada.

—¿Quién es? —murmuró aterrada. El heredero Malfoy se daba una idea muy clara de quien podría ser aquella mujer, pero no le diría a ella de quien se trataba.

—Escúchame bien... —intentó decir, pero sabía perfectamente que su niña no se quedaría quieta así se lo pidiera. Reconsideró la idea y sacando la varita de su túnica apuntó a la castaña. —Perdóname... ¡Petrificus Totalus! —Astoria quedó tiesa como una tabla y ligera como una pluma.

Se sintió horrible, pero el rubio se repetía mentalmente que era lo mejor. Regresó a la sala y dejó a la niña sobre un sofá y tomó su baúl para salir de la mansión. Ya era hora de irse, ¿no podía esconderse, o si? No, seamos realistas, de nada le servía esconderse de aquello, tarde que temprano su tía o algún otro mortífago iría por él o peor aún, le podrían hacer algo a su madre. Era mejor evitar aquello.

Salió de prisa del lugar, para toparse que la misma escena que había visto en un principio. Bellatrix Lestrange estaba casi al borde de la barrera que protegía la mansión Greengrass y tenía agarrada del cabello a Daphne, quien estaba vuelta un mar de lagrimas.

—Me alegra ver que entendieras bien —dijo con suavidad la mujer, sonriendo. —No me hubiera gustado tener que lastimar a tu novia —añadió, tirando más del cabello de Daphne, quien gritó de dolor.

Draco podría jurar que estaba temblando, que las piernas se le habían vuelto de gelatina y que en cualquier momento regresaría corriendo a un lado de Astoria, pero su determinación fue un poco más fuerte. Mantuvo en su mente la imagen de su madre y con voz gélida contestó.

—Ella no es mi novia —la sonrisa de la mortífaga se borró y fue él quien le regaló media sonrisa.

—¿Entonces quién es? —preguntó la mujer con desdén, zarandeando más a la rubia.

—La hermana —el chico se encogió de hombros y traspasó la barrera protectora.

Bellatrix puso una cara de asco y arrojó de mala manera a Daphne dentro del escudo invisible que protegía la propiedad, para luego voltear a ver a su sobrino con la avaricia brillando en sus oscuros ojos.

—Lo siento por tu cuñada, cariño —dijo con fingida voz melosa, mientras lo tomaba por el brazo. —Vamos, que hay mucha gente que te quiere conocer —puntualizó, girando sobre si misma para desaparecer junto con su sobrino.

Draco sintió una horrible presión sobre todo su cuerpo y como un gancho invisible lo jalaba del ombligo. Sentía como se ahogaba y los pulmones se le aplastaban. Cuando juraba que se moriría por asfixia, todo pareció regresar a su lugar dentro de él y a su alrededor todo se volvió solido de nuevo. No le costó nada reconocer el lugar donde estaba, pues se trataba de su casa. Se encontraba tal cual la recordaba, no parecía realmente haber sufrido un gran cambio.

—¡Draco! —aún algo aturdido reconoció la voz de su madre y en un parpadear sintió sus cálidos brazos envolviéndolo con protección. —Mi niño —sollozó la mujer, estrechándolo más.

—Ya, Cissy —bufó su hermana mayor. —Tenemos varias cosas que hacer. Draco ya ha perdido mucho tiempo pasando vacaciones con su noviesita —añadió con fastidio, tomando a su sobrino de las solapas de la túnica para separarlo de la rubia Malfoy.

Draco permaneció expectante, solo observando. Su madre lucía algo ojerosa, se notaba que había estado llorando.

—¿Cariño, tienes hambre? —preguntó la mujer rubia, ignorando completamente a su hermana, quien tenía una cara de fastidio y golpeteaba el suelo con impaciencia. El susodicho negó con la cabeza, lo último que sentía en esos momentos era hambre.

—Cissy, por nuestro Señor, Draco tiene mucho que hacer —volvió a insistir la mortífago.

—¿Quieres ir a descansar, cariño? —nuevamente Narcissa ignoró a su hermana y disimuladamente apartó la mano de ella del hombro de su hijo.

—No, madre —respondió finalmente Draco, mirando fijamente a su madre. Sentía que todo el cuerpo le temblaba. ¿En qué demonios se había metido? ¿Qué era lo que estaba por venir? Su madre que siempre había sido una mujer fuerte, en esos momentos ella estaba temblando casi tanto como él, estaba evitando 'el problema' en lugar de ponerles la cara y luchar como solía hacerlo. ¿Sería la falta de su padre o la gravedad del asunto o las dos cosas juntas que su madre estaba así?

O-O-O

Recuperó la movilidad de sus miembros poco a poco y de manera paulatina. A su lado estaba Daphne llorando y la elfina domestica intentaba asistirlas.

—Señorita Astoria —chilló Britgy cuando la castaña se incorporó en el sofá. —¿Se encuentra bien? —preguntó muy angustiada.

—¿Dónde está Draco? —fue lo primero que brotó de sus labios, aunque aún se sentía muy aturdida.

—Se fue —respondió Daphne aún sollozando.

—¿Se fue? ¿A dónde? ¿Como? —como si de repente una descarga eléctrica la hubiera recorrido y hubiera llenado su cuerpo con energía.

—¿A dónde crees? A su casa, con su tía y su madre —bramó la rubia, estremeciéndose.

—¿Con su tía? —como un balde de agua fría, la energía volvió a esfumarse de Astoria y se quedó paralizada. —¿Ella era la que estaba ahí afuera? —preguntó con voz temblorosa, abalanzándose sobre su hermana para abrazarla. —¿Estás bien? ¿Te hizo algo? —Daphne negó con la cabeza, pero siguió sollozando, se notaba muy asustada y no diría que había sido para menos, por unos minutos pensó que esa mujer la mataría.

Astoria no dijo nada más, un dolor punzante se instaló en su cabeza y parecía estarle quemando los sesos. ¿Como es que todo aquello había sucedido por culpa de una maldita carta? ¡Solo por una carta que ella ni había pedido recibir! Tenía dolor de cabeza, ganas de llorar, ganas de gritar, incluso sentía unas nauseas terribles.

Britgy no tardó en llevarles un té a ambas. Aunque la más pequeña de las Greengrass prefirió no tomar nada. Así estuvieron en la sala, en silencio y expectantes hasta que sus padres llegaron. La naturalidad que mostraron sus padres irritó demasiado a Astoria, al parecer ella era la única que no podía concebir que Draco estuviera con los mortífagos, porque Daphne estaba asustada por ella misma, por su vida, por lo que pudo pasar, pero para nada le parecía inquietar que el rubio se fuera de la mano de una loca recién fugada de Azkaban.

Sintiéndose como si una decena de maldiciones le hubieran caído encima se fue a dormir, sin cenar.

O-O-O

Un grito brutal y desgarrador se escuchaba en aquella sala lujosa de Malfoy Manor. Le delgada muñeca de Draco estaba fuertemente agarrada por unos cadavéricos dedos de color verdoso. Una varita se deslizaba por el antebrazo del chico y no era cualquier varita, era la del mismo Lord Voldemort, quien sonreía placenteramente ante el dolor del muchacho. Draco sentía su piel arder en carne viva, como si lo estuvieran despellejando finamente en las zonas donde las líneas que formaban la marca se expandían.

Lenta y de forma tortuosa la tinta negra salía de la punta de la varita como ácido y repasaba una y otra vez las lineas para darle la forma a la calavera y la serpiente. El dolor era insoportable y se le iba extendiendo a través del brazo hacia el pecho, el cuello, sentía su rostro arder de dolor y sin embargo su sudor era frío como el hielo. La garganta ya le dolía de tanto estar gritando y juraba que en cualquier momento se desmayaría, la vista ya le era borrosa. También tenía los puños apretados con fuerza, tanta que los nudillos se le habían puesto blancos y hacían que sus brazos temblasen.

Los mortífagos más cercanos al círculo de Voldemort estaban presenciando aquello y sonreía con malicia, especialmente Bellatrix Lestrange. Por otro lado, Narcissa estaba pálida, apretando la mandíbula con fuerza, pero sin dar señales de como se le estaba rompiendo el corazón al ver a su hijo sufrir de aquella forma.

—Muy bien —susurró el Señor Tenebroso finalmente, apartando su varita del brazo del joven Malfoy. —Has resistido más de lo que hubiera imaginado —se burló y la risa de los mortífagos le corearon. Draco no fue capaz de decir nada, aunque una parte de él se sentía muy humillado, no era capaz de defenderse y el dolor que sentía en todo su cuerpo nunca lo había experimentado antes.

—Mi Señor —la suave, pero firme voz de Narcissa se hizo lugar entre las risas. El aludido no volteó a ver a la mujer, pero Nagini, quien estaba sobre los hombros de Voldemort, volteó a verla con sus ojos rojizos. —Permítame hacerme cargo de mi hijo —pidió, aunque más bien parecía una súplica. La risa del mago tenebroso no se hizo esperar y Bella se aproximó a donde estaba su sobrino con un contoneo de caderas.

—Narcissa, te tengo mucho apareció —comenzó a decir Voldemort. —Pero en esta ocasión creo que es más conveniente que tu hermana se haga cargo de esto —dijo firmemente. —Bella sabrá instruir muy bien a Draco y cuidará de él, ¿no es así, Bellatrix?

—Por supuesto mi señor —asistió la mujer, con una sonrisa de oreja a oreja. Draco tragó saliva en seco, al parecer lo peor todavía ni siquiera había empezado.

O-O-O

Uno, dos, tres... repetición de los Demi Plié. Uno, dos tres... repetición de los Gran Plié. Uno, dos, tres... Tendu en quita, tercera y primera. Uno, dos, tres... repetición de Degagé igual que el Tendu. Uno, dos tres... Rond de Jambe á terre, primero en dehors tres veces y luego en dedans tres veces. Pausa. Fondu tres veces y apenas agarrando vuelo, Frappé otras tres veces. Pausa. Suavemente un développé, empezando con la punta apoyada en el tobillo, luego rodilla y finalmente en el aire. Dos développé más y para terminar con la pierna izquierda una Grand Battement. Con sus manos fijas en la barra y mirándose en el espejo con determinación.

—¿Astoria? —llamó su hermana desde la puerta, pero la susodicha no contestó.

Quinta posición y repetición de todo, pero ahora utilizando la pierna derecha a partir del Tendu. La castaña estaba totalmente sumergida en los entrenamientos de barra. Desde que Draco se había marchado la niña no hacía otra cosa que comer, dormir y encerrarse en el estudio a practicar.

—¿No piensas cenar, cariño? —la voz suave de su hermana sonó detrás de Daphne. Nuevamente Astoria permaneció en silencio, muy concentrada en sus movimientos. —No puedes seguir así, Astoria —insistió su madre.

Ante las expectantes miradas de diamante, Astoria continuó su ritmo hasta llegar a la Gran Battement.

—¿Ya terminaste? —preguntó su hermana mayor con cierto deje de molestia.

—¿Y si no fuera así, qué? —gruñó la castaña, con expresión seria e indiferente.

—Astoria, si no vienes a la mesa en menos de treinta segundos, llamaré a tu padre —amenazó la mujer, mirando a su hija con severidad. La aludida volteó y miró con reproche a su madre y luego a su hermana. Golpeteó el suelo con las puntas de sus zapatillas, uno bien podría imaginar a un caballo amenazando con sus casquillos al enemigo. —Señorita.

—Ustedes disfrutan quitándome o alejándome de lo que amo —reprochó la pequeña Greengrass.

—Por favor, deja de ser tan malcriada —su madre avanzó con firmeza y el entrecejo fruncido. —compórtate como te hemos educado, Astoria.

—Me han educado para pelear por lo que quiero —se defendió. —Pero ustedes parecen que me quieren dar guerra para quitarme siempre eso que quiero. Primero, Francia y todos los sueños que tenía. Luego, ahora que le veo el lado bueno a lo que me han impuesto, porque ustedes me han impuesto las cosas, y luego me las quitan como si no fueran nada...

—No puede ser que cada que algo que no te gusta pasa te pongas a hacer un berrinche —la severa voz de su padre resonó detrás de las dos mujeres que estaban en la entrada al estudio. —Nosotros no te hemos quitado a Draco —aclaró su padre con frialdad.

—¡No hicieron nada para que se quedara! —chilló Astoria.

—¿Qué podríamos hacer? Le dije claramente que no saliera de la barrera protectora, que no se arriesgara a salir —declaró con firmeza. —Déjame decirte que Draco ya está grande para saber lo que hace y él decidió irse por su cuenta. Y el que se fuera a su casa con su madre, quien por cierto necesita algo de compañía en estos momentos, no tiene nada de malo. Por si no lo has notado, los Malfoy están pasando por momentos muy difíciles.

—¡Claro que lo he notado! —en los ojos verdes ya se habían agrupado lagrimas que amenazaban con rodar.

—¿Entonces por qué estás con este berrinche ahora? —la amenazadora voz de su padre hizo estremecer a Astoria.

—Lo quiero conmigo —susurró, abrazándose a si misma.

—Estás siendo demasiado egoísta y berrinchuda, Astoria —volvió a reprender su padre.

Las lágrimas terminaron por rodar por las mejillas y se perdieron al llegar al mentón. La niña se mordió el labio inferior y miró el suelo con vergüenza, la verdad es que si estaba actuando de manera muy inapropiada e infantil. ¿Pero acaso nadie entendía que lo que de verdad sentía era preocupación? ¡Draco se había ido con Bellatrix! ¡Estaba con mortífagos! Ella simplemente no quería que algo malo le pasara a su prometido.

—¡Es que ustedes no lo entienden! —acusó y cubriéndose el rostro de una forma un tanto dramática, salió del estudio, empujando a su hermana para poder pasar y subir por las escaleras hasta su habitación.

O-O-O

—¡Legeremens! —gritó sin previo aviso la mujer de frondosa cabellera negra. Draco no pudo evitar agarrarse con fuerza al asiento donde estaba, pero de la misma forma no pudo evitar que su tía penetrara en su mente.

El idiota de Weasley vomitando babosas... Un enorme ser negro inclinado sobre un unicornio muerto... Moddy apuntándolo con su varita después de haberlo convertido en hurón...

—¡Basta! —bramó el rubio y escuchó como Bellatrix reía a carcajadas. Un fuerte rubor de furia cubrió el pálido rostro del muchacho.

—No puedo creer que dejaras que te hicieran eso. ¿Dónde dejas el orgullo de esta familia? —se burló la mujer, haciendo enfurecer más a Draco, quien sentía un fuerte dolor de cabeza. La bruja se tranquilizó y dejó de reír para mirar severamente al joven. —Tienes que concentrarte, ¡aparta esas emociones de ti y cierra tu mente! —ordenó, volviendo a levantar la varita de forma amenazante. El chico cerró los ojos como reflejo, pero no tuvo tiempo de poner su mente en blanco. —¡Legeremens!

Pansy sonriendo de forma boba y saludándolo desde lo lejos... La misma pelinegra entrado al compartimiento, donde él estaba con Crabbe y Goyle, seguida de Daphne... Nuevamente Pansy con su túnica rosa pastel, esperando a por él para bailar en navidad... Una castaña mal vestida que estaba en el puente de piedra... Frente a la chimenea de la sala común de Slytherin, Draco se comía a besos a esa misma castaña... En el cuarto del rubio, Astoria se recostaba sobre él y lo besaba...

—Eso es privado... —masculló entre dientes el rubio, sintiendo como si su cerebro fuer a explotar en cualquier momento. No le agradaba mucho que su tía anduviera husmeando en su memoria. Por lo menos no era su madre.

—No es privado si no te concentras —murmuró la mujer, dejando de utilizar el encantamiento. — Aunque es interesante saber más cosas de ti, cariño. Aunque debo añadir que es muy decepcionante que no puedas cerrar tu mente. Si no te concentras, Draco, no le servirás de nada al Señor Tenebroso —añadió con sorna.

—Eso intento —se defendió.

—Los intentos no son suficientes —reprendió seriamente la mujer. Entonces hubo una pausa en la que Draco pudo descansar, mientras Bellatrix caminaba en círculos alrededor de él, como examinando la situación y buscando una solución. —¿Cuál de las dos chicas que vi es tu novia? —preguntó finalmente.

—¿Eh? —la pregunta lo tomó por sorpresa y el dolor de cabeza se intensificó al traer a su memoria los recuerdos que su tía acaba de observar.

—¿Que cual de las dos chicas es tu novia? ¿La morena o la castaña? —volvió a preguntarle.

—La castaña —respondió, evitando siquiera pensar en el nombre. No quería que a su tía se le ocurriera que la mejor forma de que él aprendiera era torturando a su novia frente a él. Suspiró con pesadez y se frotó el rostro, reprendiéndose a sí mismo por no poder con aquello.

—Hagamos un trato —propuso melosamente Bellatrix. Draco la miró con miedo, de golpe su corazón comenzó a bombear con fuerza y un sudor frío recorrió su nuca. La bruja sonrió con malicia, disfrutaba de implantar temor. —Si aprendes Oclumancia antes de que termine el verano, convenceré a tu madre y al Señor Tenebroso para que te permitan ir con tu novia. Claro está que no puedes decirle nada de esto. Tu condición de mortífago es una carta a nuestro favor y no es conveniente que nadie sospeche que eres parte de esto, ni siquiera tu novia. ¿Entendido? —se detuvo frente a él y lo apuntó con la varita.

El heredero Malfoy la miró detenidamente. Todo lo que acaba de decir ya lo sabía o al menos por obviedad lo deducía, y ni muerto le confesaría a Astoria en lo que se había convertido, porque estaba seguro de que ella lo odiaría si se enteraba. Por otro lado, debía de aprender Oclumancia quisiera o no, así que en ese trato no tenía realmente nada que perder y podría ganar un tiempo relajante con Astoria.

—Acepto —entornó los ojos y como si ya supiera lo que iba a venir, puso su mente en blanco.

—¡Legeremens! —maldijo Bellatrix y por una fracción de segundo apareció la imagen de la castaña con ojos verdes, pero luego una neblina gris cubrió todos los recuerdos de Draco. La bruja sonrió y bajó la varita de nuevo sonriendo de lado. —Perfecto. Continuemos.

O-O-O

Astoria,

Hola muñeca, ¿cómo estás? Espero que estés bien, ya que no has contestado ninguna de mis cartas. He de confesarte que me entristece mucho que no hubieras podido venir conmigo a Australia. Es un lugar realmente maravilloso y la Academia Nacional de Ballet es increíble. Di unas vueltas por las instalaciones y conocí a unos cuantos alumnos y me dieron sus teléfonos. Al parecer es como un código de números que pertenecen a un aparato especifico que usan los muggle. He pasado todo el verano intentando aprender como usarlo, quiero mantener contacto con ellos y no creo que vean muy común que lleguen lechuzas a la Academia.

Quizás el próximo verano podríamos ir a visitarlos o en vacaciones de navidad. Sé que te fascinaría conocerlos. Hay una chica que se llama Tara y tiene un año más que yo, apenas ha comenzado su primer año en la academia y me ha recordado mucho a ti. Estoy convencido de que tú y yo encajaríamos mejor en la Academia que en Hogwarts. Hablando de Hogwarts, ya pronto comenzaran las clases y ansío verte. Me gustaría que nos encontráramos antes que empezaran las clases. ¿Qué te parece vernos en el callejón Diagon antes de tu cumpleaños?

Responde en cuanto puedas, solo para estar seguro. Y si no, bueno, estaré el 27 de Agosto en el callejón, después de medio día me puedes encontrar en la tienda de dulces. Cuídate mucho, muñeca. Nos vemos.

Atte. Cole G.

Astoria dobló el pergamino y lo puso en el cajón de la mesa de noche, justo donde había puesto las demás cartas del chico. Había recibido unas cartas más después de aquella que le había traído tantos problemas con Draco, pero no había respondido a ninguna. Tal vez porque se sentía culpable y pensaba que respondele a Cole era serle desleal a su rubio, además de que indirectamente culpaba a su amigo por lo que había pasado aquel día.

Se revolvió en la cama y se volvió a meter debajo de las sabanas.

—No te voy a contestar —le dijo a la lechuza que esperaba pacientemente en su ventana. El animal la miró y gruñó antes de alejarse volando.

Un rayo de luz entraba a la habitación, iluminando todo, ya debían de ser por lo menos la diez. Se quedó dándole la espalda a la ventana y abrazando una almohada donde también descansaba su cabeza; vagamente le recordaba el estar recostada sobre Draco y su firme pecho.

—Buenos días, cariño —saludó Lucina, entrando al cuarto de su hija.

—Buenos días, mamá —respondió Astoria, manteniendo los ojos cerrados y aferrada a la almohada que en su mente era su Draco.

—¿Como amaneciste? —preguntó cariñosamente la mujer, caminando hasta la ventana del cuarto para cerrar las cortinas con un movimiento de varita y encender la araña del techo para iluminar el lugar con luz más tenue en un color azulado.

—Bien, gracias. ¿Y ustedes? —contestó con cortesía, sin moverse.

—Bien. Tu padre ya está en el comedor y Daphne se acaba de levantar —informó. Astoria entendió que ya se debía de levantar, aunque no tuviera ganas. Le gustaba mucho que sus padres estuvieran de vacaciones y pasaran más tiempo en la casa, aunque dudaba que la tranquilidad fuera a durar mucho. Además, ella no estaba del todo tranquila; se pasaba todo el día inquieta por la preocupación de lo que le pudiera pasar a Draco.

"El Profeta" no decía mucho al respecto de lo que sucedía y apenas habían sacado unos cuantos artículos sobre los juicios de los mortífagos que habían capturado en el departamento de misterios. Lo único que sabía era que todos, sin excepción, habían sido condenados a Azkaban. La noticia más relevante para Astoria, había sido el incauto de bienes en la mansión Malfoy, al parecer habían volteando todo de cabeza para llevarse cualquier cosa que pudiera ser considerada un artículo tenebroso o de artes oscuras.

Aquello al menos había tranquilizado a la castaña, pues si el ministerio había revisado la casa y no había encontrado nada además de unas cuantas cosas raras, significaba que por lo menos Draco no estaba conviviendo con los mortífagos. ¿Cierto? Porque el ministerio hubiera encontrado algún indicio si ahí se encontrara Bellatrix o algún otro mortífago. Aunque aún así le quedaba la duda, pues su padre le decía que no era conveniente ir a la casa de los Malfoy y cabe destacar que ella había insistido mucho. De ahí en fuera todas las noticias hablaban de como protegerse del Lord Tenebroso y a quienes llamar en caso de tener sospechas de posibles mortífagos.

—¿No piensas levantarte? —cuestionó su madre, quien estaba parada en medio de la habitación.

Astoria asistió y se levantó con pereza, estirándose en la cama como si fuera un gato. Con lentitud tomó algunas cosas para alistarse, como un vestido azul cielo, su ropa interior y entró al baño sin decirle nada más a su madre. Se duchó rápidamente y se arregló sin mucha gracia. "No vale la pena esmerarme en el arreglo si nadie me va a ver" era lo que les respondía a su hermana y a su madre cuando la criticaban por ello.

Bajó y encontró a su familia ya con los platos servidos, solo esperando por ella.

—Buenos días —saludó con una sonrisa forzada y tomó asiento a un lado de su hermana.

—Buenos días, princesa —contestó su padre, quien se escondía detrás de un ejemplar de El Profeta. El encabezado de la primera plana decía: 'Harry Potter, ¿El Elegido?' y más abajo había un titular seguido con la foto del nuevo ministro, Scrimgeour, el antiguo jefe de la oficina de Aurores en el Departamento de Refuerzo de la Ley Mágica, el previo jefe de su padre.

—Buenas —Daphne apenas le puso cuidado. La rubia lucía más dormida que despierta.

La comida apareció en su plato, como siempre. A pesar de tener todo servido, esperaron hasta que el señor Greengrass dejó el periódico de lado y con un asentimiento comenzaron a desayunar en silencio. Sin embargo, cuando los platos ya estaban casi vacíos, Lucina habló.

—¿No deberían de llegar pronto tus resultados de los TIMOs, Daphne? —la susodicha casi se atragantó con el tocino que comía.

—Ya no deben de tardar en llegar —dijo forzosamente la chica, sonriendo con algo de culpabilidad.

—Espero ver muchos Extraordinarios, señorita —advirtió la mujer y Daphne miró al techo como pidiendo piedad. La rubia sabía de ante mano lo mal que le había ido en casi todas las materias o al menos estaba segura de que no obtendría más de un Supera las Expectativas en materias que necesitaba para el trabajo que quería: Zoología Mágica. Astoria hubiera soltado una carcajada ante la expresión de su hermana, de no ser porque su padre cambió dramáticamente el tema.

—Tranquila, amor. Daphne sabe que su futuro está en juego con esos resultados —dijo primeramente su padre y luego, tomando el periódico, miró a su familia con algo de incomodidad. —Y hablando de nuestra tranquilidad, a pesar de las medidas de seguridad que tenemos en esta casa, gracias al Ministerio debo mencionar, no estaría de más seguir las indicaciones del panfleto de seguridad —comentó, sin sonar muy seguro de que fuera realmente útil lo que decía.

—¿Para que nos serviría eso de las preguntas? —rezongó la adolescente rubia, haciendo una mueca. —Tú y mamá son los únicos que pueden atravesar la protección, si alguien intentara usurparlos no podría...

—Siendo parte del Departamento de Refuerzo de la Ley Mágica, estoy obligado a ser un ejemplo de las leyes y recomendaciones que damos —le interrumpió Samael. —Así que piensen en que pregunta nos pueden hacer a su madre y a mí para identificarnos y también en lo que les preguntaremos nosotros a ustedes —ordenó.

—Dudo mucho que alguien se quisiera hacer pasar por mí —bufó Astoria, rodando los ojos.

—Señorita —le reprendió su madre.

—Ja, pero si es verdad. ¿Quién en su santo juicio correría el riesgo de quedarse enana y tan flaca como una escoba? —se burló Daphne. Astoria hizo una mueca, pero se rió entre diantes.

—Daphne, esto es serio —la regañó su padre con seriedad y ambas hermanas cambiaron sus expresiones.

—¿Qué tal: cual es el nombre del novio de Daphne? —propuso la Slytherin de ojos verdes, pobocando un rubor en su hermana.

—¿Daphne, desde cuando tienes novio? —preguntó sorprendida Lucina. —¿Quien es? —el señor Greengrass negó con la cabeza y tomó de su té.

—No tengo novio —se defendió Daphne, dándole un puntapié a su hermana, por debajo de la mesa.

—¡Au! Pero si es Theo —a forma de venganza por el puntapié, Astoria no dudó en regalar la información de su hermana mayor.

—No es verdad —alegó la chica que en su próximo año estaría en Sexto año. —En tal caso, tu pregunta debería de ser: ¿A que sabe el dentífrico de Draco Malfoy? —atacó y el rostro de la pequeña Greengrass se descompuso con un fuerte sonrojo y una mueca que parecía que le dolieran las muelas.

—¡Basta! —intervino su padre. —Si no pueden poner seriedad, lo haré yo —dijo con un tono frío. No había que ser muy listo para notar la presión que sentía el hombre rubio, aunque si era difícil adivinar si la presión que sentía provenía del Ministerio o del Señor Tenebroso. —Edad a la que Astoria aprendió a tocar el piano, color del vestido que usó Daphne para su cumpleaños número cinco, nombre y apodo de soltera de su madre y ciudad en la que nací y murió mi padre. ¿Quedó claro? —preguntó observando a las mujeres. Las que poseían ojos azules asistieron con conformidad, pero la pequeña que tenía un par de esmeraldas iguales a las de hombre levantó la mano.

—¿Mi pregunta podría ser: a que edad me comprometieron con Draco? —preguntó con tranquilidad, mirando de forma curiosa a su padre. Aquella era una buena oportunidad para que la proporcionaran esa información. Samael miró a su hija y enarcó las cejas. —¿A caso no se acuerdan? —presionó un poco.

—Bien —aceptó su padre, suspirando con algo de resignación. —Tú tenías un año y él tenía tres —informó, para que así los cuatro supieran la respuesta que Astoria debería de dar en caso de que sospecharan que había sido usurpada por alguien más.

La menor abrió los ojos desmesuradamente, la sorpresa había sido grande. Si bien sabía que desde muy pequeña había sido prometida en matrimonio con él, jamás imaginó que fuera desde tan pequeña. Ni siquiera sabía hablar en ese entonces. ¿En qué demonios pensaban sus padres cuando tomaron aquella decisión?

—¿De qué color era mi vestido cuando cumplí cinco años? —preguntó Daphne, para calmar la tensión que se había formado por aquella declaración.

—Naranja con negro —dijo con suavidad Lucina, sonriendo con ternura y aplaudiendo para indicarles a los elfos de la cocina que ya podían recoger la mesa.

—De seguro parecías calabaza o princesa de Halloween —se burló Astoria, tomando la copa de agua antes de que desapareciera de la mesa.

—Por lo menos no parecía princesa del siglo XV, como tú con ese vestido azul del año pasado —le recalcó la rubia.

Samael sonrió al ver como sus hijas discutían y sintió la mano de su esposa sobre la suya. Con un ligero cabeceo a forma de afirmación, el hombre se levantó y se dirigió a su estudio a escribir una carta. Aquellas tres mujeres eran lo más importante en su vida, su felicidad y seguridad estaban por encima de su propia vida. Entró y se sentó en la butaca que ocupaba siempre que se encargaba de administrar los vienes familiares o a hacer papeleo para el ministerio. Cerró los ojos y cruzó los brazos, como meditando.

—Mi amor —llamó la voz de su mujer desde la entrada del despacho. —¿Quieres que escriba yo? —preguntó y el hombre negó con la cabeza.

—Primero iré a ver al Señor Tenebroso —informó. —Si él quiere que sigamos dentro del ministerio, seguiremos. Corremos más peligro a la merced de nuestro señor, que a lo que los del ministerio puedan hacernos.

—Ser dobles espías nos puede costar el cuello —comentó Lucina con opresión.

—Si quieres, puedes renunciar al ministerio. Nadie se extrañaría en que quisieras cuidar a las niñas en estos tiempos —sugirió con tono comprensivo y volteando a ver de reojo a su mujer. —Pero entiende, amor, que no nos podemos desentender, así como así.

La mujer castaña asistió con la cabeza y se acercó a su esposo para pararse detrás de él y masajear de manera distraída los hombros del hombre.

—No presentaré ninguna renuncia —sentenció con firmeza y la vista ligeramente perdida. —Entramos juntos en esto y saldremos juntos.

—Las niñas nos necesitan —dijo con pesadez un evidente tono de preocupación. —Por lo menos uno de los dos debería hacer todo lo posible por estar con ellas si algo le llegara a pasar al otro...

—¿Por qué no lo dices como quieres que sea? —interrumpió la mujer, pasándose al frente de su esposo. —¿Por qué no dices que quiere que me salga de todo esto y esté con las niñas, porque tienes miedo de terminar como Lucius o muerto? —argumentó, frunciendo el ceño y haciendo un puchero de reproche de la misma forma que lo hacia Astoria cuando se molestaba. Sin duda alguna la pequeña Greengrass tenía un gran parecido con su madre.

—Solo quiero lo mejor para ustedes —argumentó el hombre.

—Lo mejor para mí es estar contigo —Lucina se inclinó y abrazó a su esposo con fuerza, medio sentándose en sus piernas. —Juntos cuidaremos de nuestras princesas, tranquilo —animó, depositando un beso en la mejilla del hombre.

—Solo espero que así sea —murmuró, correspondiendo el abrazo a su mujer y cerrando los ojos.

O-O-O

En Malfoy Manor todo lucía muy tranquilo. Pero en una habitación de la primera planta se encontraba cierto rubio en compañía de su tía.

—Has progresado mucho —decía la pelinegra, caminando al rededor de su sobrino que yacía en cuatro patas en el suelo, tembloroso y respirando con irregularidad. —Pero si no eres capaz de aguantar un Cruciatos soltarás la lengua si te llegaran a torturar —argumentó con sorna.

—Dudo mucho que alguien pueda con eso —masculló por lo bajo, apenas recuperando el aliento, aunque su cuerpo seguía doliéndole horrores. ¿En qué demonios pensaba su tía? ¿Quién sería capaz de torturarlo en el lado de los buenos? ¡Solo los mortífagos hacían eso! ¡Y ellos no lo torturarían porque él estaba de su lado!

—Tienes que poder —aseguró con frialdad. —¿Que no entiendes lo importante que es este entrenamiento para ti? El verano ya está por terminar y tienes mucho que hacer este año que viene en Hogwarts.

El rubio se incorporó y encaró a la mortífaga, frunciendo el entrecejo.

—Hicimos un trato, tía —declaró, mirando de forma retadora a Bellatrix. —Ya controlo la Oclumancia, ya conozco mi misión y si no tomo aire fresco terminaré loco. Prometiste que podría ir con mi novia antes de acabar el verano y ni siquiera he podido hablar con ella.

—¡Esto es mucho más importante! —gritó la mujer, regalándole una mirada de locura. —¡El Señor Tenebroso te ha asignado una misión y debes cumplirla! ¡Los deseos de nuestro señor están muy por encima de tus tontas ganas por estar con tu noviesita! —añadió, visiblemente exasperada y furiosa por la poca pasión que mostraba su sobrino ante la magia oscura.

—No le grites a mi hijo, Bella —intervino repentinamente Narcissa, quien entraba a la habitación con la varita en la mano. Podría querer mucho a su hermana, pero ella misma daba fe a lo loca que estaba y temía que en algún momento terminara matando a Draco. —Si él quiere ir con Astoria, irá. Tiene mi permiso.

—El permiso que cuenta es el del Señor Tenebroso, Cissy —le aclaró la mujer de Lestrange con altanería.

—Entonces iré ahora mismo a decirle al Señor Tenebroso que Draco quiere pasar uno días con la hija de los Greengrass. No creo que se oponga, Bella —aseguró con la misma altanería que su hermana, levantando el mentón con superioridad y girándose para salir del lugar derrochando soberbia. Bellatrix salió detrás de Narcissa y lo último que Draco escuchó fueron los gritos de ambas mujeres que discutían y el golpeteo de los tacones de las dos.

—Maldita sea —se quejó el rubio por lo bajo. Una parte de él se comenzó a sentir culpable por poner a su madre en aquella situación, por otro lado, deseaba que ella pudiera sacarlo de ahí y permitir que estuviera con Astoria. La necesitaba, la necesitaba más que antes. Necesitaba de sus mimos y su calor. Aunque para su desgracia, parecía que las circunstancias se empeñaban en mantenerlos separados, si no era una, era otra.