Sé el instante en el que Shawn está despierto.

Su respiración, por un segundo, se vigoriza, como al exhalar después de estar durante un tiempo predeterminado bajo el agua. Luego su pecho se agita, consumiendo un suspiro calmo; sus manos se tensan alrededor de mi cintura, probablemente asegurándose que sí, en definitiva sigo aquí. Las pestañas cosquillean en mi cuello cuando él finalmente abre los ojos, reconociendo con anticipo que la Tierra ha vuelto a rotar sobre su eje, trayendo consigo el empiezo de otro día.

—Buenos días —susurro, divertida.

Él gime con pereza, escuchándose todavía soñoliento, y levanta la cabeza del hueco en mi cuello. Luce preciosamente adormilado, aventurándose en los placeres que goza mi corazón, con los rizos castaños extraordinariamente despeinados y marcas tenues y sonrosadas de sueño. Sus ojos brillan como la joya más primorosa.

Lamo mi dedo medio y paso de página del libro en mis manos.

Shawn mira hacia atrás, tensionado, a mis brazos rodeándolo por los hombros, estirándose hasta sostener un poemario, y hace un sonidito ronco e incrédulo que acentúa mi diversión.

—¿Estás leyendo? —pregunta, sin dar crédito a mi actitud.

—Sí.

—¿Desde hace cuánto?

—Cinco poemas y medio.

Shawn vuelve a gemir y deja caer su cabeza en mi hombro.

Él se estira, como... en serio. Se introduce entre mis piernas, rozándome, electrificándome, reacomodándose ―seguramente para tratar de recuperar el sueño interrumpido. Se abraza con premura a mi cintura, subiéndome precariamente en su cuerpo. Las sábanas se enredan, se deslizan y se caldean. Su calor corporal es alto.

—Shawn.

—¿Sí?

—Escucha esto —digo, y recito—: «Son nom ? Je me souviens qu'il est doux et sonore comme ceux des aimés que la Vie exila». Creo que Paul está hablando de ti —agrego, en un murmuro.

«¿Su nombre? Sólo sé que es tan dulce y sonoro como el de los amantes que la vida exilió.»

—Cristo, África. No puedes simplemente empezar a hablar en francés sin advertirme antes...

Ayer entramos en la cama, bajo los sábanas, y decidimos dormir sin reparos. Estoy acostumbrada a dormir sola, sin comparación, e igualmente Shawn. Es curioso cómo dos personas que, hasta ahora, han tenido vidas separadas y distintas, estén en la misma situación. Dista de parecerse, siquiera acercarse, a lo que hemos hecho. Sabemos que nos queremos ahora, lo que no podía decirse antes sin tanto atrevimiento. Lo mostrábamos, me doy cuenta, aunque no lo realizáramos.

Después de acostarnos, Shawn me atrae a sus brazos, sin lucir el deseo de separarse. En algún momento de la noche debemos amoldarnos, pero no puedo recordar, o es que sucede tan natural que no queda registro en la memoria de una acción premeditada.

Curiosamente, no estoy adormecida, a pesar de que Shawn duerme prácticamente encima de mi cuerpo. Lo que me encanta absolutamente.

La verdadera razón por la estoy despierta, tengo por decir, es el temor de abrir los ojos y descubrir que Shawn no está a mi lado. La visión de él, mirándome enfurecido, detenido frente a la librería, sigue repitiéndose en mi memoria, sin descanso, sin piedad.

Despierto a primera hora de la mañana, con él enredado y medio desnudo entre las sábanas. No concilio el sueño. Naturalmente, me decido por la lectura, el obsequio de Leonie Lyon; los poemas saturnianos de Verlaine.

Juego distraídamente con los alborotados cabellos de Shawn entre mis dedos mientras continúo leyendo el último poema de «Melancolía». Shawn suspira y un ronroneo vibra en su pecho.

—Lee en voz alta para mí —dice.

Lo hago.

Así la mañana termina y el mediodía se alza. No salimos de la cama. No creo acordar, tampoco, que hay un mundo fuera de estas cuatro paredes. No uno que me inspire. Y si él es todo lo que tengo, pues que así sea.

Los párpados comienzan por cerrárseme al final del cuarto verso del poema «El Beso». No por motivos traspuestos, obvio es, sino porque Shawn está besándome el cuello. Al principio, no le presto gran e intrigada atención. Estoy leyendo. Shawn lo interpreta como un desafío, claramente.

—¿Me quieres? —me susurra.

—Sí —le digo—, te quiero.

Sus dedos ya han deshecho los botones de mi camisa de satén.

Y, oh...

Me despoja de la prenda.

La habitación no está fría, pero un escalofrío se apropia de mí.

Él media una distancia y hace bajar su mirada; sus ojos descienden, con un delirante esmero, por mis delgados hombros, la unión y fibra de mi clavícula, y las curvas llenas de mis senos descubiertos, concentrándose en el pico sonrosado de mis pezones. La piel se me eriza, como una flor abriéndose ante los rayos del sol.

—Eres... —dice, y le falta el aliento. Su mirada, no obstante, cuenta con las palabras que no es capaz de pronunciar. Admiración, y belleza. La más sincera de ellas.

Exhausto y vencido, no quiere contenerse más, así que hurta mi boca.

¿Qué hace? ¿Qué diablos hace? Mis pensamientos discurren y explotan en cientos de volutas disueltas. La respuesta está lejos de mis posibilidades. Sus labios están sobre los míos, pero de una manera tan precisa y hambrienta que, nuevamente, me imposibilita concebirlo como un beso.

Shawn se aleja.

—Tranquila —susurra—. Cuando te bese de verdad, lo sabrás hasta los huesos. Me encargaré de ello. Mientras tanto, intenta relajarte y disfrutar la espera.

¡Patrañas, patrañas y más patrañas!

Aun así, acepto.

Y cuando Shawn se adelanta para probar mi boca, esta vez lo encuentro a mitad del camino y correspondo a su avaricia. Nos movemos con codicia, rechazando la dulzura de un beso real y supliendo el acto por pleno deseo.

Me prometo ―con desesperación― que llegará el día en que pueda decir que me ha besado y le he correspondido.

Mientras tanto, abro la boca y su lengua entra para habitar con la mía. Suspiro, embriagada. Me sostengo de su cabello cuando sus labios roban mi gravedad. Poco a poco, Shawn me recuesta en la cama, subiéndose en mi cuerpo. Su duro y caliente pecho aplasta suavemente mis sensibles senos. Cuando apresa mi labio inferior entre sus dientes y lo muerte, con sutileza, luego con fuerza, de mi garganta brota un gemido.

—Sí... —susurra él, eufórico de sólo oírme.

Cruza sus brazos tras mi espalda, estrechándome, y su dureza se afirma entre mis piernas. Deseo abrirlas, más, un tanto más... y abrigarla en mi calidez.

Shawn deja mis labios, húmedos e hinchados, y baja por mi cuello, soltando su rápido y acalorado aliento en mis senos. Un segundo después apresa mi pezón en su boca. Suelto un gemido. El cosquilleo se extiende desde ahí hacia cada parte de mi cuerpo, y se asienta en los sitios más calientes.

Duele, pero es un dolor exquisito.

Juega con la dura punta con su lengua. Ahogo un grito mordiendo fuerte de mi labio inferior. Es como si saciara años de hambre, como si, ahora que me tiene, no pudiera dejarme ir. Reconozco el anhelo, pues me ha hecho sentir desamparada también.

Entierro los dedos en sus desmarañados cabellos, tirando, y muevo imperceptiblemente las caderas. Shawn empuja las suyas, clavándome su dura longitud. De acuerdo, no tan imperceptiblemente si él me ha respondido.

Mantengo un suave vaivén, mimando su polla entre mis muslos. Él lame mi adolorido pezón y lo atrapa en sus dientes, jalándolo y soltándolo. El dolor y el placer surge como un pinchazo caliente e indestructible. Mi vientre se tensa. Mis piernas aprietan sus caderas, empujándolo, por consiguiente, y encajándolo; siento esa dureza, esa ancha y fuerte virilidad presionar mis pliegues. Ambos continuamos con la parte inferior de la ropa puesta, pero el contacto es indudable.

Shawn suelta el pico y hunde el rostro en mis senos, gimiendo ronco y por debajo de un murmullo, apretándose en mi contra.

Sus manos agarran mis caderas con violencia y empuja sin cesar. Consiento tal acción suya, sabiendo que es lo que necesita, lo que los dos necesitamos, y me abro, sin reparos, y lo recibo, sin dudas.

Las sábanas están destendidas, un reverendo desprolijo.

El pecho se me sacude, como si mis senos se entregaran deliberadamente a él. La humedad y el dolor laten en simpatía. Shawn busca el otro pezón y lo halaga con igual ternura. Mis labios se entreabren, incrédulos, y dejan escapar el aire, que hace su camino fuera con rudeza y excitación cuando él chupa enfáticamente la punta sonrojada. La tortura es ineludible, pero un rico estremecimiento recorre mis terminaciones nerviosas.

Mi estómago entra en tensión, una absorción desde el interior. Intento respirar, pero estoy perdida. Por mis piernas se diluye el tornado.

Cuento los segundos, trastornada, tratando de salvarme. Uno, dos... Él sigue en mí. Tres, cuatro. Sabe que me he venido. Cinco, seis. Pero no se detendrá. Siete, ocho. Está cerca, cada vez más cerca... Nueve, diez...

Once.

Respiro, aliviada, y sujeto su rostro justo en el momento en que él se viene y aplasto mi boca en la suya. Shawn gime ferozmente en mis labios, soltando su semen en mis muslos, y no me deja ir incluso cuando se ha vaciado.

Por largos minutos disfruto la carnosidad de sus labios.

Cuando me acostumbro al naufragio que azota mi cuerpo, la calma después de la tormenta, suelto su boca. Shawn respira profundamente, sin abrir sus ojos, y se dedica a buscar mi mano en la cama ―ésta apresa fuertemente las sábanas. Al encontrarla, despliega suavemente cada una de mis enrojecidas extremidades. —Tus dedos son artistas —susurra él, y desliza la mano abajo por mi abdomen—. Haz que muestren para mí el arte de tu cuerpo.

Entro en mis bragas y sucumbo en mi intimidad. Con dos de mis dedos abro los labios, tiernamente hinchados, y los corro por la humedad del reciente orgasmo. Los froto delicadamente, disfrutando íntimamente del placer inevitable que surge al rozar, y él me mira a los ojos, consciente de mis acciones. Traga con fuerza. Al sacar de vuelta mi mano, enseño los dedos mojados a Shawn.

Shawn rodea mi muñeca, mirando el líquido resbalando hasta mis nudillos. Tomándome desprevenida, se los lleva a la boca. Observo, asombrada, cómo sus labios envuelven mis dedos índice y medio, degustando mi orgasmo en su lengua. Al regresármelos, están húmedos, pero controversialmente limpios.

—Algún día —promete él—, probaré el orgasmo directamente de ti.

Oh, estoy segura de ello.

Pongo la mano en su duro torso ardiendo confortablemente, y la guío hacia abajo por su abdomen. El vello en su pecho se eriza al sentir mi acucioso toque.

—¿Puedo?

Shawn me observa un momento antes de asentir.

Voy más abajo pero, inverso a la ocasión en la hacienda, aquella mañana luminosa, sigo descendiendo, cruzando parcelas duras y músculos fronterizos. Entro bajo el elástico del bóxer y a través de su ingle, ciñendo el ancho del cuerpo de su miembro ―mi mano me parece pequeña y mis dedos me parecen demasiado delgados. Shawn gime despacito. Aunque acaba de correrse, no está del todo enervado. Rodeo el glande, sintiendo las venas dorsales pasar por mi palma, y retiro la mano, casi a reticencias. Mis dedos salen colmados de semen; un líquido blanco, espeso y brillante. Ante su atenta mirada, los llevo a mi boca y lamo pronunciadamente su orgasmo.

Luego, pedimos servicio a la habitación.

Desayunamos en la cama, mirándonos mientras pasamos bocado, sonriéndonos entre tragos. Cualquier angustia que haya quedado del día anterior se ha ido desvaneciendo hasta casi desaparecer.

Aún recuerdo sus palabras.

Aún recuerdo el tono en su voz ―ronco, triste y marchito.

«Antes de ti no ha habido nadie.»

Pero sí lo hubo. Mérida me habló de ella. Su mejor amiga. Alguien de quien él nunca habla, ni siquiera en un momento de descuido.

Puede ser cierto, me esfuerzo en creer. Puede que Shawn haya comprendido que, lo que sea que le pasaba con ella, ha sido únicamente confusión, encaprichamiento. Confío, pues, en él, en lo que me demuestra.

Shawn recibe una llamada telefónica de su mánager, Andrew Gertler, quien no está en absoluto contento. El fotógrafo de ayer ya hizo público nuestro encuentro en la acera de la librería Douleur. Le pide a Shawn más responsabilidad, y él consiente la culpa. Se cubre el rostro con las manos, manteniendo los hombros rígidos. El lazo de esta mañana está remotamente existente.

—Lo siento —le digo, cuando él cuelga la llamada.

Me mira como si me faltara un tornillo.

Hace a un lado la bandeja del desayuno y se recuesta en mis piernas.

—Deberías parar de disculparte conmigo —dice, haciéndome sorprender—. Soy yo el responsable. Sabía que él estaba ahí, pero no me importó lo suficiente. Merezco el enojo de Andrew.

Odio que haya dicho eso, la tristeza, el crudo arrepentimiento en su voz.

—No —digo, dominando el resentimiento para no hacerlo sentir peor todavía—. No lo mereces. Debimos ser más discretos, pero no tienes culpa alguna. Es tu vida y puedes ser libre de usarla a tu manera.

—Me gustaría que eso que dices fuese cierto.

Así que, aquí está él, aquí está Shawn, vulnerable y honesto. No el músico famoso que sobreexcita un auditorio a rebosar, sino la persona ―el humano imperfecto, que él es. Tiene un corazón cuyo propósito mío es proteger.

—Lo es, Shawn. Sé que... en tu mundo, es importante la imagen. Entiendo que debas preservarla. Pero... —Muerdo el interior de mi mejilla, sintiéndome impotente. Detesto esto. Las palabras no son suficientes; no puedo explicarlo sin importar cuánto me esfuerce.

Shawn ha calmado su respiración y descubro, sorpresiva, que es porque me está escuchando, está intentando creerme.

Sigo adelante. —Incluso si debes ocultar quién eres, allá fuera, cuidando tus acciones, conmigo nunca tendrás que hacerlo, pues te conozco y eso sería el colmo, además de ridículo.

—Sólo intentas hacerme sentir mejor —refunfuña él.

—¡Shawn Mendes! —regaño.

Shawn suspira.

—Me gusta cuando dices mi nombre así —murmura.

—¿Cómo?

—Sin sugestiones —responde Shawn—. Como si fuese más que un nombre artístico.

—¿No sientes que sea tu nombre?

Shawn guarda silencio un minuto. Luego, lo dice. Dice aquello que más me ha entristecido oírlo decir.

—Siento que le pertenece a mi otra parte. La parte pública. Fuera de eso, con mi familia, contigo, soy sólo... Shawn.

Shawn resopla, como si pensara haber dicho una reverenda estupidez. Se aparta de mí y cae de espaldas a la cama. La bandeja con los cuencos y utensilios de comida tintinea, y la sábana se estira, despejando su cuerpo semidesnudo. Los tendones se tensan, apretándose en los músculos de su abdomen cuando él se lleva el brazo a los ojos, cubriéndolos.

Me agría que él tenga tal concepto de sí mismo.

Salí yo al recibir el desayuno, lo que fue bien hecho porque ha sido una señorita quien lo ha traído a la puerta de la suite. Podría haberse desmayado, fíjate, si Shawn se hubiese presentado en mi lugar. A mí sólo me sonrió con cortesía, dedicándome los buenos días.

Acostándome junto a él, le miro de perfil. Shawn tiene la vista clavada en el techo de la habitación, y un sonrojo avergonzado sobresale en la piel de sus mejillas. No quiere verme, no desea que lo vea así, pero termina por rendirse, conociéndolo vano, y baja su mirada a la mía.

—Creo que tienes esta parte pública —le susurro, cuidando de su angustia, tratando de no hacerla más fuerte—; talentoso, encantador, sempiterno. Y esta parte privada que es humilde, protectora y humana. Puedes esconder una mientras utilizas la otra, pero no puedes separarlas. Ambas forman parte de ti, y ese nombre, Shawn, te pertenece. No existe nadie que sea más tú que tú. Me has enseñado eso. Por favor, no te atrevas a olvidarlo.

Shawn gira y quedamos de costado. Nos miramos, como si fuese la primera vez. Somos sólo él y yo, en esta habitación de hotel. No terceras partes, no mundos separados. Shawn me sostiene la mirada, fijamente a los ojos, con un sentimiento innovador, indescriptible, y lo sé; sé que él me quiere, aunque no me lo ha dicho. Sé que Shawn está enamorado de mí, porque yo estoy enamorada de él, con igual o mayor fuerza. Y sé que hubo un antes, hay un ahora, y habrá un después en el que estaremos juntos.

Lo que formamos... es irrompible. Sin importar qué nos ampare el destino, nos hemos enlazado y ahora es imposible separarnos. Suceda lo que suceda.

—Te quiero hasta mañana —le digo.

Él sonríe.

—¿Qué pasará cuando sea mañana? —me pregunta.

—Será lo mismo.

Las cejas de Shawn se fruncen y a su vez sonrío. —Es una paradoja, amor mío.

—¿Por qué cada vez que me llamas de un modo cariñoso suena sarcástico?

—Piénsalo así: una paradoja es una caja de madera que, al romperse, se disuelve en millones de diminutos trozos de cristal. Esta caja esconde una verdad, y esa verdad es irreversible. El pasado es inalterable, me hace imposible dejar de quererte mañana, porque todo está unido para que así sea. No puede cambiarse. Nacimos de algo inusual, eso pienso, algo que no debimos prolongar pero que nos fue imposible detener. En cualquier alternativa, yo te querré. ¿Has oído hablar de la Teoría de la Relatividad Especial?

—Claro, ¿por qué no?

Sonrío y pienso en todo aquello que desconozco y en las posibilidades que no sé.

Hoy no sólo he descubierto que cuando duermes acostumbras a despertar a medianoche, asegurándote que sigo aquí, sino que, cuando despiertas, por largos segundos no recuerdas en dónde estás.

He descubierto que eres tan saludable que te comes el tomate, incluso si no te gusta.

Esta mañana, he descubierto que tu orgasmo dura nueve segundos, y no solamente hueles a canela, también tu semen es canela. Amarga, deliciosa, pura canela.

He descubierto un mundo sobre ti, te conozco tanto y, aun así, no sé nada.

—¿Me hablas? —le pregunto a Shawn—. Háblame de cualquier cosa, es tu turno. Te pido que no dejes de hacerlo, sólo hasta que tengas que irte.

Él me mira, como si hubiera creído que no lo sé, porque Andrew Gertler no simplemente le ha hablado para sermonearlo, sino para requerirlo.

Shawn asiente. Entrecruzo los dedos de nuestras manos, abrazándolos contra mi pecho. Shawn pone el cabello detrás de mi oreja y me habla al oído sobre teoría musical.

A partir de entonces, se convierte en mi tema favorito de conversación.

Nos vestimos y bajamos al vestíbulo del hotel. Está ajetreado por las prisas de hombres y mujeres con traje. Los asistentes no caben en sí mismos. De acuerdo con la agenda prevista para esta fecha, el último día del seminario se está dando por finalizado. Mamá debe estar arriba, donde preveo alcanzarla. Saludamos a Rebeca al pasar por la recepción.

—¿Argelia ha organizado esto? —inquiere Shawn, probablemente comparando a quien se sentó al comedor ayer con nosotros a cenar quesadillas, con la mujer que fue capaz de reunir a CEOS y practicantes en un mismo sitio.

Las personas se detienen al mirarlo, pero como son lo suficientemente respetables, pasan de largo.

Asiento hacia él.

Lo despido en la puerta del hotel de la calle Yonge. Lo dejo ir, con la promesa de verlo esta noche. En nuestra cita.

Rebeca no puede creerlo, incluso después de haberlo visto con sus propios ojos. —¿Quién eres? —pregunta—. Pareces tener dos vidas, África.

Pongo los brazos en la barra de recepción y la barbilla entre las manos. Estoy feliz, sí, y enamorada. Eso es algo que nunca creí decir. Me hace sentir bien, completamente sana, inmune a una desazón. El corazón, finalmente, se alía con la mente y juntos me dicen que todo está bien: «quiere a ese muchacho como si no hubiese mañana». Y lo hago, es algo que siempre haré, hasta que no haya alternativa.

Le cuento a Rebeca nuestra historia. Alguien a quien acabo de conocer es la primera persona, fuera del círculo íntimo, que me escucha hablar de él y de mí, en conjunto. No había muchas probabilidades, y sucedió de una manera particular, pero es nuestro empiezo.

—Conozco un lugar —dice Rebeca— que la mayoría no conoce. Puedo recomendártelo, si aún no han decidido adónde llevarán la cita.

Por su tono de voz, una confidencia, me hace apreciar que definitivamente no miente.

—¿Qué es? —pregunto.

—Un restaurante esotérico.

Elevo las cejas.

—¿Tengo que hacer un rito de iniciación para obtener una reservación?

—No —dice Rebeca, riendo—, claro que no. Ya has superado la prueba.

Buen señor, ¿a qué se refiere ella?

—Rebeca... —advierto, cautelosa. ¡No estoy hecha para rodeos!

—Despreocúpate, África. Mira, eres escritora, ¿cierto?, por ende, conoces el término.

«Esotérico», la palabra se reproduce en mi mente, «aquello que está reservado a una minoría». Claro, depende el contexto. Puede ser un secreto mejor guardado, como también una secta a satanás.

Rebeca asiente antes de continuar, a sabiendas. —Es un lugar exclusivo, por decirle de alguna forma. Sólo es posible conocer de él a través de uno de sus allegados, y si estás lo suficientemente calificada. Es bastante tradicional.

—¿Qué te hace pensar que yo, entre todas estas personas que debes conocer a diario, estoy calificada?

—Te he visto —dice Rebeca—, lo he visto a él, y los he visto juntos. La forma en la que él sostiene tu mano, y la forma en la que hablas de él. Estás calificada.

—¿Cómo has conocido tú este restaurante? —pregunto.

—Mi mejor amiga trabaja ahí —responde, y se encoje de hombros—. Firmó un acuerdo de confidencialidad, es cierto, pero mientras le consiga clientes está exenta a decírmelo.

Sin embargo, aún conservo dudas.

—Vamos, África. —Rebeca me apremia—. Marie estará encantada de recibirlos.

Es indudable; me atrae la idea de la discreción, pero no sé si es suficiente para aceptar.

Le escribo a Shawn, contándole del restaurante. Rebeca aguarda en silencio. A Shawn no parece incomodarle la noción del secretismo que rodea el lugar. A mí, aún menos. Me inquieta, he de admitir, algo a lo que no sé poner nombre.

¿Quieres ir ahí, bonita?

Realmente, sí.

Entonces, así será.
¿Puedo pedirte algo?

Cualquier cosa, respondo.

No te vistas para la cita. Espérame lista, pero no te vistas.

Su petición me confunde, pero acepto sin dudar.

—Está bien —digo a Rebeca—, iremos.

Rebeca descuelga el teléfono de recepción y marca un número.

—¿Marie? —dice, al auricular—. Sí, soy yo, Rebeca. Quisiera hacer una reservación a nombre de Shawn y África.

El seminario empresarial oficiado por la CEO Argelia Ruiz se da por acabado a las 4:30 p.m. Presencio a mamá entregar el certificado de presentación a los ponentes, proclamar un agradecimiento y atender, por último, las preguntas de los reporteros. Todo sucede justo como debe de suceder. Incluso, para mi diversión, se alza una disputa en la audiencia casi para terminar; un hombre que alega no tener voz ni voto en las Preguntas & Respuestas. Ah, ¡qué típico! Me hubiese gustado decirle tres o cuatro cosas, pero mamá me advierte desde el estrado que no sea entrometida. Y yo, ante todo, soy obediente ―a regañadientes, eso sí.

Me quedo al lado de mamá mientras despide a los oyentes. Lo sucedido ayer por la noche queda desplazado, como imaginé que lo haría. Es posible que, a veces, me haga pasar por una persona curiosa, pero existen ocasiones que aborrecen mi interés, no lo suficientes atractivas para animarme a indagar. Soy escrupulosa y entiendo que, si temo una respuesta, lo conveniente es no hacer la pregunta. El misterio, francamente, está subestimado.

A las cinco de la tarde, voy a la librería La Douleur para, también, el último día de la firma de libros que presento junto a Linden de Polignac.

Él ya está aquí.

—¿Cómo estuvo la fiesta? —le pregunto, sentándome a mi mesa.

El señor Lavoie está organizando un estante de revistas informativas mientras Leonie Lyon platica animadamente con él. Le sonrío y ella guiña un ojo en respuesta.

—Como cualquier otra —responde Linden. Luce considerablemente bien; atractivo de una manera desinteresada, y no reconozco en él signo de resaca.

No dice más nada.

Llevamos a cabo la firma de libros. Linden se enfoca en su trabajo y yo me enfoco en el mío. Regreso al hotel para el término de la tarde y encuentro a mamá en la suite. Está supervisando los arreglos de último momento para la cena corporativa. Se han pulido las superficies, sacudido los cortinajes, y el comedor ha sido adornado con lirios, vajilla y cubiertos de porcelana. En cada asiento permanece una reservación, Anthony Citadel es uno de estas.

—África, hija —dice mamá, advirtiendo mi llegada.

—Diga usted.

—Quédate esta noche con Shawn.

Alzo las cejas.

—¿Está renegando de mí, mamá?

—No seas absurda. Debido a que presentaré la cena, pensé que lo más apropiado es que pases la noche en casa de Shawn. Ya le pregunté y él estuvo de acuerdo. Demasiado rápido, a decir verdad...

—Está bien —digo, intentando esconder la alegría. Le sonrío a mamá, sin embargo, y me dirijo a la habitación, sintiendo su suspicaz mirada en mi espalda.

He estado antes en casa de Shawn, y hemos tenido citas. Dios, ¡he hecho más que simplemente tomarlo de la mano! La perspectiva es distinta. No encuentro razón a los nervios que siento. Las citas han sido furtivas, y no de carácter oficial. No obstante, ésta es la cita.

Persigo una rutina; en el cuarto de baño echo las sales de Flor de Mayo en la bañera y abro el grifo. Me desprendo de las ropas, exhalando el olor a almendras que llena la ducha. La temperatura sube y me envuelve en un espeso vapor de dulce aroma. Cierro la llave y entro en la tina. Suspiro, relajándome. El cabello nada a mi alrededor y la piel se me enrojece. En la soledad del cuarto de baño pienso en los sucesos de esta mañana y permito humedecerme de una forma distinta, no tan inocente. Al salir, envuelta en la bata, me arrodillo en la alfombra y abro el neceser. Seco y peino mi cabello, y me dedico a esperar a Shawn, sin saber todavía qué se propone.

Tres toques en la puerta de la habitación me aceleran el corazón.

Camino hasta ella y giro la perilla.

Del otro lado, está Shawn.