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Capítulo 77
Aún estaba oscuro cuando despertó. Como cada vez que no la encontraba en sus brazos cuando abría los ojos, una sensación de desasosiego lo invadió. El secuestro les había dejado secuelas difíciles de ignorar, pero se estaban sobreponiendo. Candy se había negado de plano a tener un guardaespaldas. Al principio, Albert la hacía vigilar por su chófer, pero poco a poco el miedo fue cediendo y todo volvió a la normalidad. Aun así, la ausencia, por momentánea que fuese, siempre traía consigo un viso de inquietud.
Pestañeó varias veces para adaptarse a la penumbra, y de pronto, la vio. Era una imagen tan bella que se quedó inmóvil, completamente extasiado, observándola.
Candy estaba de pie ante el espejo. Sólo vestía su braga y una ceñida camiseta sin mangas, que tensaba sobre su vientre mientras se ponía de lado y sonreía.
Con solo cuatro meses de embarazo, era prácticamente imperceptible la curva que ella se afanaba en percibir.
Albert se mordió el labio para no reír. Le hacía mucha gracia verla esforzarse en perfilar una prominencia que no tenía ni por asomo. Ella pareció comprenderlo de pronto, y resopló, decepcionada. Y como si hubiese sentido el regocijo de él de alguna forma, se volvió a mirarlo.
Albert cerró los ojos rápidamente. Estaba disfrutando muchísimo de los juegos de Candy ante el espejo y quería continuar haciéndolo, así que cerró los ojos y simuló descaradamente continuar durmiendo.
Candy, más tranquila, regresó al espejo, pero no sin antes tomar un almohadón del suelo y ponerlo bajo su camiseta.
Sonrió ampliamente porque al fin había logrado el efecto deseado.
«¡Ay, Dios!, estoy embarazada. Muy pronto me veré así. Estoy deseando que eso pase. No me importa parecer una ballena. Quiero que todos sepan que estoy esperando un hijo del hombre que amo», se dijo mientras se miraba desde todos los ángulos posibles.
Y en ese mismo instante, sintió como unas burbujitas a un lado de su vientre. ¿Qué sería eso? ¡Uy!, otra vez. Un pequeño golpe, y luego otro más. ¿La mojarra se estaría moviendo? ¿Sería eso? Se quitó el almohadón y se levantó la camiseta para tocarse bajo el ombligo, donde las burbujas parecían hacer eclosión una y otra vez. ¡Oh, nada! Ya no sentía nada. ¿Se lo habría imaginado?
Movió la cabeza, decepcionada, y devolvió su mirada al espejo.
—Con el almohadón te veías muy bien —dijo Albert suavemente, pero Candy casi se muere del susto.
—Estabas ¡espiándome! —exclamó mientras le lanzaba el mismo almohadón que momentos antes había cumplido el rol de bebé.
—¡Ay, cielo! Se te veía tan hermosa sacando panza —comentó él, muerto de risa.
—Albert, ven. Date prisa. Hace un momento he sentido algo extraño aquí.
Él se alarmó.
—¿Algo extraño? ¿Te duele?
—No, corazón. ¡Mira! ¡Otra vez! ¿Lo sientes? —preguntó mientras le tomaba la mano y la apoyaba sobre su vientre.
—¿Qué es? ¡Oh! ¡Candy, se mueve! La mojarra se está moviendo de veras —murmuró Albert, asombrado.
—Sí. Albert, es maravilloso. Nuestro hijo... —Pero después de unos segundos, el vientre de Candy volvió a la calma—. ¡Ah, creo que ya se ha dormido!
Albert se sentía emocionado, o más bien conmocionado. El bebé se estaba volviendo cada día más real, y eso lo abrumaba demasiado. Debía procesarlo mejor, y por ese motivo, cambió abruptamente de tema.
—Es lo que deberíamos estar haciendo tú y yo, que mañana tienes que ir a estudiar y yo tengo una reunión muy importante por tus monoambientes de plaza Gomensoro.
—No son míos.
—Tú sabes que lo son. No discutas, la mojarra y tú debéis regresar a la cama ahora mismo.
—Pero, papi..., no tengo sueño —susurró Candy, con una sonrisa traviesa que a Albert le provocó cierta inquietud en la zona pélvica.
—¿No tienes sueño? ¿Quieres que te cante, princesa?
—No, por favor. Cantas muy mal, Albert. Bailas de maravilla, pero cantas pésimamente. Y no me hagas pucheritos. Deberías tener algo más en el repertorio para arrullarme —dijo ella, mirándolo de forma muy seductora.
—Tú conoces mis talentos. Son muy limitados. Pero he oído por ahí que un poco de leche tibia ayuda a dormir —murmuró Albert en un tono bastante sugerente.
La respuesta de ella no se hizo esperar.
—Quiero.
Albert suspiró. Candy era irresistible. No habría compromiso laboral que lograra que esa noche no la hiciera suya.
De un salto, se puso de pie en la cama.
Candy miró hacia arriba, y al verlo así, tan bello y poderoso, su corazón se le disparó en el pecho. Cerró los ojos y tragó saliva mientras sentía la conocida humedad mojando sus bragas.
—Ya sabes lo que tienes que hacer —dijo él con voz ronca mientras metía la mano dentro de su bóxer de algodón y descubría su miembro—. No, abre más.
Ella lo miró y vio que él tenía razón. Estaba enorme. «Es hermoso, tan largo y grueso. Siempre tan divinamente firme y delicioso. Te devoraré de tal forma que pedirás clemencia, Albert Ardley», pensó, elevando la mirada, sensual.
Se le veía magnífico, empuñando su pene con la mano derecha. Era como un dios griego, atractivo, potente, viril.
Candy sustituyó con su mano la de él, y descubrió aún más el glande. Lo hizo muy lentamente, y Albert se estremeció al ver su rosada lengua en él.
Lo lamió a conciencia, y de vez en cuando, lo miraba a los ojos. Esa actitud de inocencia mezclada con la natural sensualidad que emanaba de ella lo enloquecía.
En menos de un minuto ya estaba a punto. ¡Diablos!, debía dejar de observarla porque si no acabaría en seguida en su hermoso rostro. Pero apartar la vista no estaba sirviendo de nada, porque lo que la boca de Candy le estaba provocando era tan intenso que sus intenciones de contenerse se estaban yendo al demonio.
Gimió con desesperación y le tomó la cabeza con ambas manos para moverla a su antojo. En ese momento, en esos segundos previos al placer total, se olvidaba de la ternura, de la maternidad, se olvidaba de todo. En esos instantes, ella era su Barbie Puta, y de sólo pensarlo, su cuerpo respondía buscando el clímax. Se movió rápidamente en la boca de ella, y justo cuando sintió que ya no podía más, Candy lo tomó de las manos y se apartó.
—¡Ah, no!, no me hagas esto, mami.
Muy a su pesar, el tono le había salido bastante amenazante. Perdía totalmente el control en sus manos, en su boca.
Ella simplemente sonrió, se tendió en la cama de espaldas y dijo:
—Ven, cielo.
Albert no se resistió a lo que le pedía, y en un segundo, se quitó la ropa interior y estaba intentando instalarse entre sus piernas, pero ella no se lo permitió. Suavemente, pero con firmeza, lo condujo nuevamente a su boca.
Candy hizo que él se montara a horcajadas sobre su rostro, y comenzó a lamerle los testículos a un ritmo enloquecedor. Y mientras lo hacía, gemía y saboreaba, emitiendo unos sonidos muy excitantes que tenían a Albert también desquiciado.
Pero cuando su ágil lengua llegó a lamer el rincón más secreto de su cuerpo, él estuvo a punto de gritar. Se contuvo, pero tuvo que pedir clemencia, tal como ella había vaticinado.
—¡Basta! ¡Ah, Candy! Detente. Si continúas así, me...
—Lo sé. Y es lo que deseo.
—Pero yo quiero hacerlo dentro de ti...
—Y yo quiero beber tu leche. No le dirás un no a una mujer embarazada, ¿no es cierto?
Inmediatamente, comenzó a lamer el ano de su hombre, que ya no pudo contenerse más. Ya no había tiempo para penetrarla, así que tomó su miembro y en un rápido movimiento, lo introdujo en la boca de Candy y acabó gimiendo su nombre una y otra vez.
—Ahí la tienes. Es toda tuya —murmuró entre dientes mientras le daba las últimas gotas de su placer.
Candy se lo tomó todo con verdadero deleite. No sabía si eso le resultaba tan delicioso porque lo amaba, pero lo cierto era que en verdad adoraba que él acabara en su boca, y tragar su semen para luego continuar limpiando su pene con la lengua aun cuando no lo necesitara. Siempre lograba excitarlo nuevamente en esa tarea, y de esa forma, lograba su premio, porque con el deseo renovado, Albert la follaba intensamente sin temor a correrse en seguida.
Así, la leche tibia no dio resultado. Y si lo hizo, las feroces embestidas de su marido la espabilaron por completo. Ya dormiría toda la tarde, pues la noche era para disfrutarla.
Candy se pasó todo el embarazo comiendo y follando. Devoraba todo lo que le ponían delante, y lo que no, también. Y eso incluía a Albert. Quizá por ese motivo sólo aumentó seis kilos, y según su marido, la mayoría estaban en sus pechos por demás turgentes.
Él estaba encantado. Dormía con el rostro entre sus senos y las manos en su vientre pequeño y redondo.
No sabían el sexo del niño, porque así lo habían querido. La «mojarra», como la llamaban a pesar de que ya era un bebé bien formado a punto de cumplir los nueve meses de gestación, había sido una sorpresa en sus vidas, y ellos querían que continuara siendo así.
Por eso, decoró la habitación del bebé en blanco y verde manzana. Fuera niño o niña, esos colores le irían perfectamente.
El 11 de setiembre amaneció nublado, pero Candy decidió igualmente salir a caminar por la rambla. El médico le había indicado que lo hiciera, y ella cumplía a rajatabla todo lo que él le decía. En los últimos días, había incrementado la actividad física moderada, ya que les habían prohibido tener sexo con penetración, y eso la estaba desquiciando.
Continuaban con sus juegos, pues era imposible contenerse, pero Candy tenía una necesidad instintiva y visceral de sentir a Albert dentro de ella y no se resignaba a esperar.
Así que decidió ocupar su mente y su cuerpo haciendo lo que el médico le había pedido: caminar. Necesitaba reorientar su energía hacia algo que no fuese el sexo o el temido parto.
Salió sin paraguas, y como no podía ser de otra manera, la sorprendió la lluvia en cuanto pisó la arena de la playa Pocitos.
«¡Carajo! Normalmente, adoro correr bajo la lluvia, pero ahora no podemos, pequeñín», dijo para sí y para su bebé.
Y en ese instante, una punzada en la parte superior del vientre casi la pone de rodillas. ¿Eso era una contracción? No, más bien se parecía a un espasmo en la boca del estómago. ¡Malditos huevos revueltos! Por suerte, pasó en seguida y ella continuó caminando.
Cuando llegó a lo alto de la escalera, otro dolor más agudo aún la dejó sin aire. En ese momento, ya no tenía duda alguna de que el niño había decidido nacer. Primero porque el dolor fue tan intenso que hubo de sentarse en el muro del paseo, y segundo, porque sintió que un río corría entre sus piernas, y nada tenía que ver con la lluvia.
No había nadie trotando por la rambla como era habitual, a causa del mal tiempo, y Candy había olvidado el móvil en el apartamento. «¡Qué estúpida soy, por Dios! Bebé, me has sorbido los sesos además de comerte toda mi comida. ¿Qué haré ahora? ¿Tendré que hacer que un coche se detenga? Porque ni hablar de encontrar un taxi libre en un día así. ¿Habrá un alma caritativa que pare ante una embarazada empapada a punto de dar a luz? No lo creo, a ciento veinte kilómetros por hora, nadie se detendrá. ¡Mierda! Albert va a matarme. Luego me besará, pero primero va a matarme», pensó mientras se ponía de pie, bastante desesperada. El dolor que irradiaba de su vientre había alcanzado la parte baja de la espalda de forma tan intensa que la hizo pegar un grito.
—¡Au!
En ese momento, sucedió el milagro. Unos metros más adelante se detuvo un Ford negro. Entre sus cabellos empapados, Candy vio que una mujer corría hacia ella, gritando su nombre.
—¡Candy! ¿Qué haces? ¿Ésa es la forma de cuidar a mi..., al hijo de Albert? —gritó Pauna, furiosa, mientras se acercaba.
Se cubría la cabeza con una carpeta, intentando mantener el equilibrio sobre sus altísimos tacones. No se habían visto desde el día en que, en la puerta de su casa, habían mantenido una de las discusiones más amargas de sus vidas.
—Responde, niña, ¿has perdido el juicio? —insistió.
Candy no podía decir palabra porque estaba en medio de una contracción. Se concentró en respirar, que ya eso le estaba costando bastante.
—Pauna..., nunca pensé... que diría esto, pero... cuánto... me alegro de... verte... —murmuró mientras intentaba reponerse.
—¿Estás de parto? —preguntó su suegra, realmente alarmada al notar lo que estaba sucediendo.
—Acabo de romper aguas. Por favor, llama a Albert—le rogó.
—Candy, no te muevas. Traeré la camioneta ahora.
Cuando Candy subió al vehículo sintió un inmenso alivio. Estaba con Pauna, y dadas las circunstancias, era como estar en terreno enemigo, pero en ese momento la veía más como una tabla de salvación. Por un momento, se olvidó del dolor y tuvo ganas de reír a carcajadas por esa insólita jugarreta del destino.
—¡Mierda! —dijo de pronto Pauna con el móvil en la mano.
—¿Qué sucede?
—Tu maridito no sólo no atiende la llamada, sino que la ha dirigido al contestador. Sin duda, ha reconocido mi número y...—Se interrumpió de pronto al oír el pitido de la grabadora—. Escúchame, niño tonto, y jamás vuelvas a hacerme algo así. Estoy con tu esposa ahora y nos dirigimos al British Hospital. Antes ve por la bolsa al apartamento; no lo olvides. Nos vemos allí.
—Pauna, ¿por qué no llamas a William? ¡Ay, cómo duele esto!—exclamó Candy, con ambas manos sobre el vientre.
—Y me lo dices a mí. ¡Dos veces he pasado por la misma tortura! Aguanta, Candy. William no contestará tampoco. Hace meses que no lo hace. Llamaré a Miriam, mejor —decidió, segura de sí misma.
Era muy buena organizando cosas; se afanaba en pensar en todos los detalles, en estar en todo. Pero jamás pensó que sus destrezas se pondrían en juego en el nacimiento de su... nieto. ¡Ay, Dios!
Quince minutos después, Candy iba en silla de ruedas directamente a admisión junto a Pauna. Y de Albert ni rastro. La pobre de Miriam se había tronchado los dedos marcando, y siempre lo mismo. Estaba fuera de cobertura. «¡Maldición!—pensó la secretaria—. Debe estar supervisando en el Sky Line, y por eso su móvil no capta señal. ¡Justo hoy! Ya sé. Llamaré a Charlie para que se haga cargo de esto, porque es demasiado para mí», se dijo al borde de un ataque de nervios.
Cuando el chófer de Albert se enteró de que Candy estaba en el hospital a punto de dar a luz, salió disparado hacia el edificio en construcción donde se hallaba su jefe. Sufría de vértigo, pero ni se acordó de eso cuando subió al montacargas para llegar a él. Salió con el rostro de un color ceniciento, jadeando y despeinado, y se aferró a Albert para tomar aliento.
—Señor Ardley...
—¡Charlie! ¿Qué haces aquí? ¿Estás bien?
—He subido porque... —Un acceso de tos no le permitió continuar.
—¿Qué sucede?
—Es Candy. Está en el hospital. Vámonos.
Albert palideció. No se había imaginado así ese momento. En sus fantasías, Candy despertaba a la madrugada con un pequeño dolor. Él intentaba ponerse los pantalones sin éxito y ella, con total serenidad, lo ayudaba y mantenía la calma por él. Pero jamás pensó que ella iría por su cuenta al hospital. Y mucho menos que eso sucedería ¡dos semanas antes de lo previsto!
Llegó al British Hospital jadeando igual que Charlie. Y también con el cabello revuelto y el rostro ceniciento. Aun así, logró dejar sin habla a la enfermera que lo atendió en recepción. Estaba tan guapo en mangas de camisa y con una bolsa con ositos verdes al hombro...
Cuando entró en la habitación que le indicaron, casi se cae de la impresión por lo que vio. Candy yacía en la cama, con el bello rostro empapado, al igual que sus cabellos, y Pauna la tomaba de la mano.
—¿Qué demonios...? ¿Qué haces aquí? ¡Suéltala y vete! —exclamó.
Candy no tuvo más remedio que intervenir.
—Albert, me parece que eso no es lo importante ahora.
La expresión de él cambió al instante, e ignorando a su madre, se acercó a su esposa.
—Princesa, ¿te duele? —preguntó, preocupado.
—Sí. ¡Y tengo tanto miedo!
En el rostro de Candy se veía reflejado el temor.
—Todo saldrá bien. Haz lo que te enseñaron. Me refiero a respirar y todo eso.
—Pauna me ha dicho lo mismo. Que me calme, que todo saldrá... ¡Carajo!
El dolor era intenso, y Albert se desesperó.
—Llamaré al médico.
—Albert, esto es así. Créeme, es algo muy doloroso, pero todo está muy bien. Ya la han visitado, y han dicho que todo va sobre ruedas. Tranquilízate —dijo Pauna, pero su hijo la ignoró por completo.
No obstante, se quedó en la habitación, observando a Candy soportar las contracciones, y conteniendo el aire mientras deseaba con todas sus fuerzas que aquello acabara.
—¡Uf! Esta ya ha pasado. ¡Oh! ¡Se mueve mi bebé! —exclamó, sonriendo.
—¿Se mueve? —preguntó Pauna, tocando el hinchado vientre.
—Sí. ¿Eso está bien?
—Lo está, Candy. Mucho. Mira, cuando di a luz a... este chico aquí presente no dejó de moverse en todo el parto. Y así continuó durante meses. —Candy miró a Albert, alzando las cejas—. En cambio, Rosmery... Durante todo el embarazo se movió muy poco, y luego, bueno, ya lo sabéis. Así que es buena señal que esa criatura se comporte como su papá.
Candy se rio, aliviada, y Albert suavizó su expresión aún más al escuchar eso. Fue como si el alma regresara a su cuerpo. Por primera vez en muchos años, sintió que su madre aportaba algo a su vida. Le había transmitido paz a Candy, y eso no tenía precio.
Cerró los ojos agradecido. Quizá alguna vez podría perdonarle todo el daño que les había hecho.
Pensar en eso, hizo que la paz también lo alcanzara a él.
CONTINUARA
