Episodio 32: Painful Memories

Cuando Luis llegó finalmente al hotel, Erik le estaba esperando en la puerta, lo saludó con una sonrisa y lo acompañó dentro, donde el resto de la familia aguardaba para cenar.

Escasa pero reconfortante, la cena devolvió las fuerzas y enfrió los ánimos de los tres jóvenes, si bien los padres, sentados uno al lado del otro, continuaban decaídos; cuando todos hubieron terminado – y pagado la cuenta – Juanjo y Adela decidieron quedarse abajo un poco más, mientras Simon, Erik y Luis subieron, en principio a sus respectivas habitaciones, pero al poco se reunieron todos en la habitación de Luis, en silencio.

El muchacho lo agradeció, necesitaba compañía, había sido una noche dura para él, demasiado, y con rapidez se quitó los zapatos, la chaqueta y la corbata y se tumbó en la cama.

Permanecieron callados cerca de 10 minutos hasta que la puerta se abrió de nuevo, apareciendo Adela por ella.

- ¡Mamá! – exclamó el muchacho, que estaba sacando el móvil para llamar a Esther - ¿No te habías quedado abajo con papá?

Ella sonrió.

- Si, pero… - cerró la puerta y se apoyó en ella – antes de que acabe la noche, tengo que hablar con vosotros.

- ¿Hablar? – preguntó Simon, que ya se había desecho del chaleco, desabrochado la mitad de los botones de la camisa y remangado - ¿Sobre qué?

La mujer se dirigió a la ventana y la abrió, suspirando mientras miraba al cielo.

- Ahora que habéis visto como están las cosas, supongo que estaréis confusos.

- Yo ya me imaginaba algo como esto – admitió Erik – pero tengo que reconocer que lleva razón.

Ella sonrió con tristeza, su hijo, que estaba tumbado en la cama, se sentó.

- ¿Vas a contárnoslo? – el Fernández se mostraba impaciente. Las palabras de su tío en la sede de los Belnades no dejaban de rondar su mente.

Ella se dio la vuelta y le lanzó una mirada cargada de cariño, la misma que después dedicó a los hermanos Belmont, después volvió a mirar hacia la ventana y apoyó las manos en el alfeizar.

- Antes que nada, voy a daros un dato que os servirá para poneros en situación: Mi nombre biológico… mi nombre… real no es Adela Fernández, y no soy nativa de Almería. Mi ciudad natal es ésta, Barcelona, y mi verdadero nombre es Adela María… Adela María Belnades.

A Luis se le cayó el teléfono de la mano, Simon abrió la boca y Erik, con un gesto de extrema seriedad, la miró.

- ¿Adela Maria… Belnades? – preguntó su hijo sin terminar de creérselo – sólo los hijos de la rama principal llevan el apellido del clan ¿No? Y papá es Juan José Belnades…

- …Hijo del patriarca – continuó Erik – Malaquías Belnades…

- … luego – concluyó Simon – Usted también es hija de Malaquías…

Los tres la miraron expectantes.

- Así es – confirmó ella – soy la hermana melliza de Juanjo… mayor por apenas diez minutos.

De nuevo, reacciones diversas: La expresión de sorpresa del hermano menor se acentuó, el mayor no se inmutó apenas, y Luis, con una sonrisa incrédula, profirió lo que intentaba ser un despreocupado "¡Venga ya!"

Ella bajó la cabeza.

- El clan Belnades posee una gran tradición – explicó – al igual que los Belmont y los Morris se caracterizan por sus luchadores de gran talento, los Belnades son famosos por su poderosos hechiceros, habitualmente – suspiró – el hijo de la familia principal resulta ser el más dotado de su generación y se convierte en la cabeza del clan… pero cuando nuestra madre dio a luz, el parto fue muy doloroso, y yo fui la primera en nacer… poco más de diez minutos después nació un niño, al que llamaron Juan José…

Los tres la escuchaban con suma atención, de una forma u otra las piezas encajaban, ya que el parecido entre ambos era increíble.

Sin embargo, en un clan tan religioso y estricto como los Belnades, ya se habrían asegurado de educarlos respecto al incesto y otras prácticas prohibidas por las escrituras.

- …Al haber nacido dos hijos – continuó – se tomó la medida de sopesar nuestros poderes y calcular nuestra evolución, se pudo comprobar que, al contrario de lo que suele pasar, era el varón el que poseía un potencial mayor, de modo que a mí me dieron en adopción a una familia menor de cazadores, los Fernández, de Almería.

- ¿¡La dieron en adopción porque según sus cálculos no daba la talla!? – preguntó Simon, sorprendido.

- Nunca se había hecho, según tengo entendido – contestó ella – fue idea de Malaquías… de mi padre.

A Adela le costaba referirse a Malaquías como "su padre", y puede que incluso guardase rencor a su madre, Marta; Luis recordó cómo la trató de Doña sin guardar un trato familiar con ella.

- Por exigencia de los Belnades, mis padres adoptivos nunca me revelaron cual era mi verdadero origen, y cuando tenía ocho años un hombre, que recién había adquirido el título de maestro, se interesó por mi talento en el combate cuerpo a cuerpo.

- Kraus Van Helsing – puntualizó Luis.

- ¿Lo sabíais? – preguntó ella girando ligeramente la cabeza.

- Usted nunca alardea de ser su alumna – dijo Erik con una sonrisa – pero él la menciona siempre que tiene la ocasión… al menos hasta hace dos años.

- Vaaaaya – su sonrisa se volvió nostálgica – así que el viejo Kraus se acuerda de mí – agachó la cabeza – él tampoco me reveló nunca nada… crecí bajo su tutela y la de mis padres adoptivos hasta que me topé con Juanjo en mi adolescencia, en la hermandad, durante el examen de ascenso – de repente se rió – ¡Era un hechicero pretencioso y malcriado!

Los tres jóvenes seguían en silencio, Simon intervino súbitamente.

- Se pelearon, les encargaron juntos algunas misiones que no querían hacer…

- …Y, a los dieciséis, nos enamoramos – concluyó ella.

- ¿Papá lo sabía? – preguntó Luis.

La mujer negó con la cabeza.

- Él no tenía ni idea de mi existencia… seguimos saliendo juntos y escapándonos por ahí apenas teníamos la oportunidad, conocí a sus hermanos y me interesé por el clan Belnades hasta el punto de explorar su árbol genealógico en los archivos de hermandad.

De nuevo, silencio, Luis tragó saliva.

- Entonces, lo descubrí.