"Al hombre le ocurre lo mismo que al árbol: Cuanto más quiere elevarse hacia la altura y hacia la luz, tanto más fuertemente tienden sus raíces hacia la tierra, hacia abajo, hacia lo oscuro, lo profundo, hacia el mal. [...] Quien con monstruos lucha, cuide de no convertirse a su vez en monstruo. Cuando miras largo tiempo a un abismo, también éste mira dentro de ti."

Friedrich Nietzsche

XXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXX

Sus pies se posaron con mucha suavidad sobre el irregular terreno. Miró hacia arriba, hacia el tormentoso cielo y cerró los ojos un segundo al notar como empezaba a lloviznar, algo que era sumamente común en aquel horroroso lugar. Volvió a colocarse su negra capucha y avanzó despacio. El estruendoso ruido que hacían las olas del mar contra las rocas quedaba opacado a medida que se adentraba en la isla.

Atravesó el campo de protección que custodiaba aquel tenebroso lugar, y lo vio. Un alto, oscuro e imponente edificio lo recibía justo al frente de donde se encontraba de pie. Sabía que su presencia despertaría las alarmas de la prisión; al fin y al cabo no era común que alguien quisiera acercarse. Sonrió por lo bajo cuando un penetrante frío inundó su espacio, y alzó la cabeza con soberbia. Al menos una docena de dementores se dirigían velozmente hacia él sin todavía percatarse de quien se trataba. Levantó su mano izquierda hacia arriba deteniendo de inmediato el asedio que se avecinaba. Los dementores quedaron suspendidos a su alrededor; podía escuchar sus extrañas respiraciones, pero no se inmutó en lo más mínimo, a él no le afectaban; primeramente porque su mutilada y contaminada alma no era atractiva para ellos, y segundo, porque eran sus aliados, y sabían que por ningún motivo podían perjudicarlo.

Caminó despreocupadamente hasta llegar a la entrada del edificio. La ultima vez que le hizo una visita había sido cuatro años atrás, cuando buscaba a Granger hasta por debajo de las piedras; y por lo que veía, poco había cambiado. A pesar de estar todo iluminado con unas antorchas colgadas de las paredes, el reciento parecía igualmente macabro y lúgubre.

Se movió un poco cuando escuchó unos escalofriantes gritos de mujer proviniendo de un largo pasillo a su derecha. Avanzó sin hacer ruido y entrecerró los ojos para poder enfocar bien lo que éstos le enseñaban. Llegó al final del corredor e hizo un gesto ambiguo con su boca al percatarse de lo que ocurría. Lo primero que vio fue el cuerpo golpeado, desmadejado y semidesnudo de una mujer que no superaría los cuarenta años, y al menos tres sombras a su lado riendo y apuntándola con sus varitas.

Carraspeó para hacerse notar. Todos menos la mujer dieron un sobresalto. Se giraron rápidamente para ver quien era el que interrumpía su sesión. Voldemort apretó su varita mágica y les lanzó una mirada cargada de odia y repulsión.

—Dolohov, ¿qué estás haciendo? —inquirió con frialdad.

—A… amo… amo… no sabía… no sabía que vendría… que vendría hoy —se apresuró a responder. Todos se arrodillaron al mismo tiempo a una velocidad impresionante, como si hubiesen sido obligados por alguna maldición invisible.

—No creo que necesite informarle a nadie, Dolohov. No comprendo tu sorpresa, a menos que estés ocultándome algo.

—No, claro que no, amo.

Voldemort se quitó la capucha y le reveló su rostro a los presentes, de los cuales la única que tuvo el atrevimiento de verlo a la cara fue la abatida mujer, que buscaba la forma de tapar su expuesto torso con la poca tela que quedó de su deshilachada camisa.

Voldemort reparó en ella y la observó con impasibilidad. Luego se dirigió nuevamente a su mortífago.

—Levantate, Dolohov, y ustedes dos también —ordenó —.Necesito ver a Caroline, llévame con ella.

Los tres mortífagos se miraron nerviosos. Voldemort arqueó una ceja de manera interrogante ante ese intercambio.

—Amo, es que Caroline…no estoy seguro que sea posible… ella… bueno, ella está... está desmayada.

—¿Desmayada? ¿Y a qué se debe eso?

—Recibió un severo castigo, amo. Es que ella amenazó a uno de sus custodios. Y no sabemos cómo, pero luego lo hirió gravemente. Y yo… autoricé que la sancionaran por ello. Y no hemos podido despertarla desde entonces.

La mujer en el suelo soltó un estremecedor gemido de dolor al escuchar aquello, captando la atención del mago oscuro, que ladeó un poco la cabeza para verla con cierto interés.

—¿Y ésta quién es, Dolohov?

El mortífago le lanzó una fugaz mirada a la prisionera antes de responderle a su amo.

—Es la madre de uno de los integrantes del grupo PHAM. La secuestramos la semana pasada, amo. Estamos esperando que su hijo se entregue a cambio de la vida de ella.

—Y cuando el bastardo se entregue, ¿qué harás? ¿la dejarás en libertad?

—Nosotros...— parecía dudoso de que responder, por lo que miró a sus compañeros buscando apoyo, pero ninguno parecía tener el valor de tan siquiera abrir la boca —. Pensamos matarlos a ambos, mi señor, pero si usted desea alguna otra cosa…

—No. Lo que creas conveniente está bien —aprobó con fastidio —. Ahora necesito de Caroline, así que por el bien de todos ustedes espero que su mente no haya quedado tan dañada con tus tontos castigos y pueda despertar para mi interrogatorio.

—No… no, amo… ya… ya mismo voy a solucionarle el problema —balbucearon, mortalmente pálidos.

Parecía que buscar a la mortífaga era un trabajo que requería de tres personas ya que todos salieron despavoridos por el aterrador pasillo dejando a Voldemort a solas con la prisionera. Ésta lo miraba con los ojos desorbitados del miedo y con la mandíbula rígida. Él, por su parte, la observó con desdén y se volteó, dándole la espalda. Acariciaba su varita mágica entre sus dedos de forma parsimoniosa. Realmente esperaba que esos idiotas no hubiesen dejado a Caroline trastornada; su cooperación era fundamental para sus planes.

—Mi hijo no vendrá por mi.

Voldemort se giró ante el sonido de la voz ronca e infectada de agotamiento. La mujer había podido cubrirse un poco, pero su hombro y parte de su seno izquierdo estaban desnudos, dejando en evidencia la cantidad de golpes y azotes que había recibido en esa área. Su cara se encontraba hinchada y amoratada, y con una clara expresión de miedo y alarma.

—Por supuesto que me dirás eso. Pero no me interesa.— le respondió Voldemort con una infausta sonrisa.

—Mi hijo murió… hace dos meses. Ustedes lo mataron; y ni siquiera lo recuerdan.

Voldemort soltó una cruel carcajada.

—Eso si es interesante, mujer. Y si es cierto lo que dices, mis mortífagos están perdiendo el tiempo contigo, pero ¿sabes algo? A ellos no les importa eso, les gusta jugar…. Les gusta tanto como a mi. Por esa razón todos me llaman el amo del juego, porque es mi pasatiempo favorito, mi mayor especialidad. Así que tranquila; digas lo que digas, sea verdad o sea falso, ellos no van a desistir contigo.

La desdichada mujer levantó un poco su ensangrentado rostro, mirando a su interlocutor con algo que podía interpretarse como pena.

—Usted es una terrible persona.

Voldemort volvió a reírse fríamente. Sus rojizos ojos observaron atentamente como la mujer se arrastraba un poco hasta apoyarse en la pared de piedra que tenía detrás.

—Me lo han dicho muy a menudo —contestó de forma escalofriante.

—Me imagino que… que estará orgulloso de eso —replicó cerrando los ojos. Todo su cuerpo gritaba en agonía y apenas podía respirar sin que sus pulmones chillaran de dolor. Podía sentir la siniestra mirada del mago oscuro clavada en su temblorosa figura. Abrió los ojos nuevamente, no toleraba la oscuridad.

—Eres una insensata —le dijo Voldemort borrando la sonrisa de sus labios. —¿Sabes por qué lo digo, mujer? Quizás pienses que al decirme que tu hijo está muerto yo daré la orden para que te maten, al fin y cabo, ¿para qué otra cosa podría yo quererte aquí? ¿Piensas que sería el final? ¿Que todo acabaría? Tal vez sí, tu mente me dice que no mientes… tu hijo efectivamente fue asesinado por uno de mis hombres, pero…

Se interrumpió en el preciso momento en que la mujer levantaba un poco más la cabeza; sus ojos estaban anegados en lágrimas que antes no había tenido el placer de disfrutar. Su boca se torció en una sonrisa de medio lado al percatarse que ella lo miraba absorta.

—Tienes una hija pequeña también. Y la tienes escondida.

Y tal como siempre pasaba cuando sus víctimas eran descubiertas, la mujer había abierto mucho los ojos, temblando violentamente con la boca entreabierta, soltando pequeños gemidos de autentico pánico. La vio negar enérgicamente con la cabeza en un estúpido intento de ocultar lo que saltaba a la vista. Se movió como pudo y se puso de rodillas ante él con las manos estiradas, suplicando silenciosamente lo que él ya podía adivinar.

—¿Donde quedó tu valentía? —le preguntó con un tono helado y burlón. — Al final todos terminan así, de rodillas, rogando por algo que no les voy a conceder. —La mujer rompió a llorar casi de inmediato seguido de esa declaración. Voldemort no le hizo caso —.Ahora, te haré algunas preguntas muy simples; respóndelas con la verdad, no me mientas. Te conviene, créeme.

—¿Qué es… qué es?... ¿Qué es lo que quiere saber? —sollozó la asustada mujer.

—¿Dónde está tu hija? En tu mente no pude ver más allá de una desagradable escena. ¿La mandaste a un orfanato muggle, acaso? ¿Qué fue lo que hiciste?

—Yo… —se limpió rudamente las lágrimas que seguían cayendo sin control. Su voz temblaba tanto que no estaba segura si podría hablar —Yo… yo no se dónde está. La dejé atrás.

—¿Y eso que significa? —preguntó Voldemort con repulsión.

No quería hablar, realmente no quería; pero sabía que la información que le diera al mago oscuro de igual manera no haría diferencia. Su niña estaba a salvo. Tenía que estarlo.

—Yo… después de que ustedes… mataron a mi hijo… sabía que vendrían por nosotros… que nos matarían también… Ella es pequeña… tiene tres años y escaso poder mágico que ustedes podrían rastrear… yo… a mi me encontrarían fácil… así que le modifiqué la memoria y la… la hice perder el conocimiento… y… y… la llevé a un orfanato muggle… les dije… les dije que me la había encontrado, que alguien… la había abandonado…

—¿Y piensas que no puedo ir a buscarla a ese lugar? ¿Qué has logrado con esto? —replicó Voldemort alzando la voz. La mujer tembló.

—Yo no sé… ni yo sé dónde está… porque me dijeron… ellos me dijeron que no la dejarían ahí. Que la llevarían a otra ciudad… y ahí decidirían… donde se quedaría…

La voz de la mujer se apagó de pronto. Se llevó ambas manos a la cara y empezó a llorar amargamente. Voldemort la miraba con sumo desprecio, como si fuera lo más abominable que una persona podía presenciar en su vida. Sentía una increíble necesidad de matar a esa maldita mujer por haber hecho algo tan detestable. Una niña bruja encerrada en un orfanato muggle… como él.

—Debe haber alguna manera de ubicarla.— espetó Voldemort dándole la espalda. Oyó como la mujer se removía en el suelo.

—No… ¡No! ¿Por qué… por qué usted la querría? ¡Déjenla en paz! Ya me tienen a mi… ya se vengaron como quisieron… ya no tengo familia… ¡Es una niña! ¡No tiene la culpa de nada!

—Ya cállate, mujer— ordenó con un tono que le helaría la sangre a cualquiera. Se giró y la apuntó con su varita, haciendo que unas cuerdas la sujetaran con inusitada fuerza de ambas muñecas y tobillos. La mujer chilló presa del miedo. Voldemort la enmudeció con un simple hechizo.

—¡Crucio!

La vio retorcerse de dolor en completo silencio. Lloraba desesperadamente, pero ni eso lo hizo detener la maldición. Finalmente después de diez interminables segundos, su tortura se detuvo. Voldemort se inclinó hacia ella y la sujetó con fuerza del cabello, alzándola unos centímetros del suelo. Se sentía furioso. No le interesaba la mocosa, por supuesto, pero era inaceptable que una bruja se criara marginada de sus orígenes.

—Es tu castigo por tu insolencia. Por tener el atrevimiento de burlarte de mí y esconder a una niña bruja en el mundo de los repugnantes muggles. La querías ayudar a escapar de mí, y sabes que está prohibido, mujer, lo sabías bien, y lo hiciste sin importarte las consecuencias.

»Ella no puede seguir en un orfanato muggle. Por ninguna circunstancia puedo permitirlo.—La soltó bruscamente y se giró de nuevo, alejándose de la destrozada mujer y lanzándole una ultima mirada de mordacidad en el proceso. Ella apenas se movía. Los anteriores castigos habían dejado su cuerpo debilitado. Si ella le había gritado o suplicado, no lo supo, ya que sus palabras seguían silenciadas por su hechizo.

Caminó a grandes zancadas por el desolado pasillo, dejando a la prisionera atrás. Realmente quería matarla, pero era innecesario. Entornó los ojos cuando vio como una sombra prácticamente corría hacia él.

—Mi señor… amo… No hemos podido, no hemos podido despertar a Caroline.

Detuvo su andar cuando Dolohov llegó a su altura. El mortífago estaba mortalmente pálido y daba la impresión que soportaba las ganas de salir corriendo. Voldemort hizo un sonido irrisorio y exasperante, llevándose la mano a la frente en señal de impaciencia.

—Es que no lo comprendo, Dolohov. ¿Por qué Caroline llegó a ese estado? ¿No se supone que Garren te pagaba para que no le hicieran daño? Eso fue lo que me dijiste, ¿y ahora vienes a contarme que le dieron una paliza tan brutal que la estúpida no reacciona? Quiero una explicación.

—No lo hice yo, mi señor. Generalmente no eramos agresivos con ella porque Garren así lo ordenaba, pero atacó a uno de sus custodios y éste…

—Si, eso ya me lo dijiste, ¿pero acaso no tenía indicaciones de que no podía excederse? ¿Desobedeció una orden de Garren… y tuya? Es inaceptable. Si Caroline no despierta para mi interrogatorio ese imbécil morirá y tú lo seguirás por incompetente.

—Mi señor… por favor... Por favor… no.

—Ruega porque yo pueda despertarla. Sea como sea, quiero que mates a ese idiota de una vez. No me sirve la desobediencia en mis servidores, ya lo sabes.

—Sí… sí, por supuesto, amo —respondió de inmediato, inclinándose.

—Y quiero otra cosa, Dolohov, antes que te vayas. Necesito saber que hace esa mujer aquí; la que estaban torturando en aquella sala.

—Ella… pues como le comenté, ella es la madre de un integrante de…

—No necesito que me repitas una y otra vez las cosas que ya sé— lo cortó Voldemort con frialdad —El hijo de esa mujer ya está muerto, y ustedes son tan inútiles que ni recuerdan algo tan importante antes de secuestrarla.

—¿Muerto? Amo… yo no…

—Una vez más, no tienes idea de lo que sucede a tu alrededor. Y daré una orden bien clara, no quiero a esa mujer aquí.

—Por supuesto, amo, de inmediato nos deshaceremos de ella.—respondió el mortífago con voz temblorosa. Voldemort lo observó con desdén.

—Liberala.

Dolohov parecía haberse atragantado con su propia saliva, ya que empezó a toser sin control antes de mirar a su amo con los ojos abiertos como platos.

—¿Liberarla, señor? Pero…

—No me cuestiones, Dolohov — le advirtió Voldemort alzando su mano y negando con su dedo indice muy cerca del rostro de su mortífago —.Estoy construyendo otra prisión en Albania con mucha prisa sólo porque le estás llorando a Garren que ya Azkaban no tiene capacidad para tantos presos, de los cuales sabes que no puedo deshacerme tan fácil; y llego aquí y lo primero que me enseñas es a esa bruja que no tiene ningún propósito ni la más mínima información sobre los rebeldes o ese maldito grupo. Su hijo ya está muerto, entonces ¿para que ella está ocupando una celda? ¿para qué la tienes aquí? ¿Por diversión? Tienes cientos de presos más con los cuales hacerlo.

—Pero amo… ella… ella se ha expresado de una manera incorrecta sobre usted y sobre… nuestro régimen… no debería ser liberada.

—Y ella no volverá a hablar —Voldemort miró hacia el oscuro pasillo que tenía atrás, donde sabía que la mujer estaba apresada y enmudecida —Ya verás que a partir de ahora se comportará; y si vuelve a equivocarse, házmelo saber y yo personalmente me encargaré de hacerle una visita.

—¿Debemos… debemos sólo dejarla ir? ¿Y su varita, amo?

—Si, Dolohov, eso he dicho — repitió cansinamente —Respecto a su varita, mantenganla retenida por el lapso de un año. Si en el transcurso de ese tiempo no tienen noticias de ella, pueden devolvérsela. Adviertele que la quiero bajo perfil, que ni se le ocurra volver a transgredir mis leyes y mucho menos que esté despotricando contra mi gobierno, porque lo sabré y la haré pagar.

—Si, mi señor, por supuesto. Enseguida me pondré en ello.

...

Caminaba lentamente sin mirar hacia los lados. El hedor era putrefacto, realmente terrible. Podía escuchar gritos y lamentos de angustia y dolor, niños llorando y mujeres intentando consolarlos, muchas haciéndolos callar al percatarse que era él quien caminaba entre las celdas. Sus rojos y despiadados ojos no se desviaron en ningún momento hacia ellos.

—Señor… señor… ayuda… ayuda… por favor

Era absurdo que le rogaran piedad justamente a él, el culpable de que estuvieran ahí en primer lugar. No se inmutó jamás, ni cuando unos brazos sobresalieron de las rejas y trataron de sujetarlo de la túnica. Seguía su curso totalmente centrado.

—Yo quiero unirme… por favor… servirle… se lo ruego…

—Mi padre… mi padre está muy enfermo, mi señor… le entrego mi vida por la de él, sáquelo de aquí, por favor, ¡por favor….!

Una cruel sonrisa asomó sus labios, pero eso no calló a ninguno de los prisioneros, que se habían acercado a los barrotes y observaban al mago oscuro con la esperanza que éste posara su atención en alguno de ellos, pero los ignoró a todos. Su mirada se estrechó cuando finalmente vio su destino más adelante.

Se detuvo abruptamente y se giró. Una celda, quizás un poco más amplia que la mayoría, y a diferencia de las demás que estaban colmadas de personas, en esta se encontraba una sola mujer. Golpeó uno de los oxidados barrotes con su varita buscando hacerla reaccionar, pero comprobó que Dolohov tenía razón; Caroline seguía desmayada boca abajo en el suelo, con un pequeño charco de sangre saliendo de su cabeza. La apuntó directamente con su arma y utilizando más poder de lo acostumbrado, bramó:

—¡Enervate!

El cuerpo de la mortífaga dio una brusca sacudida como si hubiese recibido una descarga eléctrica en el pecho. Muy lentamente, como si le costara horrores, abrió los ojos. Un gemido gutural de dolor brotó de su garganta antes de que incorporarse con esfuerzo. Quedó arrodillada un instante antes de volver a derrumbarse en el suelo, y fue ahí cuando Voldemort pudo ver el alcance del daño físico que había recibido.

Se llevó ambas manos tras la espalda y esperó con tranquilidad a que la mujer volviera en sí y tuviera plena consciencia del lugar y situación en la que encontraba. Se mantuvo en silencio, viendo atentamente como sus temblorosos brazos intentaban ayudarla a levantarse. Parecía que ella todavía no se había dado cuenta de la oscura sombra que aguardaba a unos metros de distancia.

—¿Te han tratado mal, Caroline? Tienes un aspecto lamentable.

La bruja se estremeció al escuchar su sedosa pero terrible voz. Quedó sentada como pudo en el suelo y frunció el rostro, evitando así soltar un quejido de dolor ante las heridas en su abdomen y espalda. Entornó los ojos en la oscuridad y vio a su señor de pie fuera de su celda. Unos gritos escalofriantes rompieron el silencio entre ambos durante unos segundos. Voldemort hizo una mueca ante ésto. La mujer en cambio bajó la cabeza y se miró su ensangrentada y destrozada ropa.

—Nada que no pueda soportar, amo.—musitó vagamente. No quería mirarlo.

—Las consecuencias de traicionarme; y todavía no has experimentado lo peor que podría llegar a hacerte si me provocas aun más, querida.

Tenía ganas de echarse a reír ante su desgracia. Todo su cuerpo chillaba de dolor contenido, había sido humillada y golpeada por un maldito mocoso; y como aquello no podía ser suficiente, después de semanas el señor oscuro volvía a presentarse ante ella sólo para amenazarla. Justamente él, a quien precisamente no quería ver.

—Eso… eso lo asumo, mi señor.— respondió de forma monótona.

Oyó como Voldemort reía entre dientes.

—Así como también asumirás que no estoy aquí meramente para hacerte una cortés visita. Necesito algo de ti. Sólo tú puedes ayudarme con un pequeño problema que empieza seriamente a incordiarme.

Ésta vez si alzó la vista con perplejidad. Todo le daba vueltas y sentía que su cabeza palpitaba ante seguramente una bestial herida en alguna parte de ésta.

—¿Usted… necesita de mi?

—Si te niegas…. Será lo último que hagas en tu vida, y si me ayudas, te otorgaré la libertad. Tan simple como eso, querida Caroline.

—¿Y… qué es?

Voldemort abrió la reja con un simple movimiento de su varita y accedió. Caroline se arrastró un poco hacia atrás cuando lo tuvo justo al frente, casi llegando a besar sus lustrosos zapatos. Miró temerosa hacia arriba, hacia esos ojos escarlatas que brillaban crueles como otras tantas veces. Tragó con mucha dificultad y esperó.

—El encerrarte me ha traído problemas. Tus aprendices en Laholm están furiosos por tu ausencia; a los días se enteraron de tu castigo, todavía no se quien fue el imbécil que se los dijo, pero el hecho es que ya saben lo que te sucedió. No sé que clase de enseñanzas les inculcaste, Caroline, pero creo recordar que ellos están para servirme a mí, su lealtad y sus vidas me pertenecen sólo a mi, ¿no es correcto?

—Es correcto, amo...—contestó precavida. Voldemort iba encolerizando poco a poco, podía sentirlo.

—Pues bien, todos esos idiotas que entrenaste decidieron que no iban a seguir sirviéndome si tú no estabas a cargo del cuartel, y me exigieron tu liberación. Pensé que tal vez les había afectado tu ausencia y no le quise dar importancia, pero luego las exigencias se tornaron amenazas, y ya sabes, Caroline, que si estás dispuesto a chantajearme de esa manera, deberás asumir las consecuencias.

»Ordené un ataque masivo a Laholm y castigué a todos los que quedaron allí, pero mi sorpresa fue saber que al menos la mitad había escapado y se estaban escondiendo; y no sólo eso, estoy firmemente convencido que están aliándose con los rebeldes y el grupo PHAM, ya que he recibido algunas emboscadas desde tu ausencia, Caroline. Mis cuarteles están siendo arrasados uno a uno, y no tengo noticias de ello hasta una hora después, cuando ya todos los involucrados se han desaparecido.

—Pero, amo… ninguno de ellos sabe la ubicación de los cuarteles, yo misma…

—Tú si lo sabes, Caroline, porque cometí el error de confiártelo cuando te dejé a cargo mientras Garren cumplía su castigo aquí. Tienes mucha información en tu poder. Información que puede desaparecer si te mato… pero no, no tengo porque hacer eso. Y sé que no le has suministrado esos preciosos datos a nadie más, ya que mandé a vigilarte todo este tiempo. Dolohov me contó sobre el trato preferencial que Garren obtuvo para ti, pero fuera de esa estupìdez no había nada interesante. Así que asumo que obtuvieron esa información de otra fuente.

—¿Entonces que necesita de mi? Yo no tengo que ver con lo que ellos hayan hecho.

Voldemort sonrió peligrosamente, causándole un leve estremecimiento a la bruja.

—Es momento que yo les haga una emboscada, y para eso te necesito a ti, mi querida Caroline.

—Me usará de carnada…—adivinó de inmediato. Voldemort ladeó la cabeza y se acarició la barbilla.

—Es una manera de llamarlo. Sólo les mandaremos un mensaje… acepté sus exigencias de liberarte y ponerte de nuevo al mando de Laholm. Estoy seguro que volverán rápidamente a tu lado, ¿cierto?

—Posiblemente… no lo sé, amo —contestó en un susurro. Su cuerpo había empezado a temblar de nuevo. Voldemort se veía tan terrorífico como la última vez que lo tuvo de frente.

—Sí, sí lo sabes. Son tan imbéciles que pensarán que cedí a sus peticiones y te perdoné, y como recompensa te devolví Laholm, justo lo que querías —Voldemort soltó una siniestra carcajada que le puso los pelos de punta. Sabía a donde quería llegar, lo conocía muy bien, y la idea le aterrorizaba. Rezaba por estar equivocada.

—¿Y luego… mi señor?

—Luego, mi estimada amiga… ya sabes que los traidores no merecen piedad —Había dejado de reírse, pero ahora un gesto maléfico ensombrecía sus facciones —. Ellos volverán a Laholm, tan felices de verte, a su señora, a quien realmente son leales, a quien adoran, a quien veneran… y tú, Caroline, deberás hacerlos pagar. No estarás sola… el cuartel estará rodeado por cincuenta de mis mortífagos para apoyarte y protegerte cuando ellos retornen.

—Yo no haré eso —terció la mujer alzando la voz —. No soy capaz, mi señor…

—Si, imaginé que te negarías al principio. Eres tan tontamente sentimental, Caroline. Le eres fiel a todos, menos a quien se lo juraste con tu vida… ¿ves lo irónico? Entiendo que no puedas matar a todos tus seguidores por una orden mía, realmente puedo llegar a comprender esa insensatez; pero creo que es algo que deberías pensar claramente antes de decirme un rotundo "no"

—Ellos están haciendo todo esto por mi… no lo apruebo, mi señor… yo… yo les enseñaba… a usted es al único que le debían fidelidad absoluta, y luchaban por usted… si ellos tomaron la decisión equivocada…. Y se arriesgan así por mi… yo no puedo traicionarlos…

La bruja se arrastró hasta la pared más cercana y apoyó su lastimada espalda contra ella. Voldemort la observaba aparentemente divertido, con una sonrisa todavía torciendo sus labios. No entendía porque se reía, pero le daba terror.

—¿No has considerado sopesar las ventajas y desventajas de lo que te ofrezco, Caroline? Veamos… Si me ayudas, te sacaría de inmediato de aquí, me probarás tu lealtad una vez más y después de eso te daré Laholm para que lo manejes tal como venías haciendo. Tendrás tu varita, poco a poco recuperarás tu rango y poder… ahora, si te niegas — los ojos de Voldemort soltaron un destello demoníaco al decir ésto último —Haré que te pudras aquí, año tras año. Mandaré a todos mis mortífagos a torturarte como les plazca… todos los días, querida. Acabaré con tus ganas de vivir. Sabes perfectamente de lo que soy capaz si me haces enfadar lo suficiente… Niégate, Caroline y te haré llorar sangre.

Es que ni siquiera sabía que responder. Su cuerpo palpitaba de dolor ante tantas heridas y hematomas, la cabeza le iba a explotar, tenía la boca tan seca como un pedazo de cartón y no se sentía capaz de mover ni un músculo. La tentación era inmensa. Antes no había podido disfrutar correctamente de los privilegios de compartir la cama con el señor oscuro, o aprovechar el rango que tenía como jefa de uno de los cuarteles más importantes de su gobierno; pero ahora, que no tenía ninguna de esas cosas, lo extrañaba tanto. Quería ese poder en sus manos de nuevo, sabía que lo primero ya no lo podría recuperar jamas por su condición de traidora, pero lo segundo estaba a su alcance todavía.

Pero engañar a sus chicos, aquellos que llevaba años entrenando arduamente, que conocía a sus familias y sus vidas, aquellos que habían hecho esas locuras por tenerla de regreso. Los había visto llorar de frustración y reír ante la victoria, los conocía a todos, eran como sus pequeños hijos, aunque algunos tendrían su misma edad. No podía, realmente no podía…

—Bien. Estas procesándolo, lo comprendo —la fría y burlona voz de su amo la hizo salir de su ensimismamiento —. Pero necesito tu respuesta para máximo dos días, Caroline. Te daré esas cuarenta y ocho horas para que descanses y lo pienses bien. ¿De acuerdo? Aunque si fuera tú, querida, ya tendría mi decisión tomada. Nadie se acordará de esos jovencitos después de unos meses… al igual que nadie se acordará de ti si decides no ayudarme. Tú eliges quien perdura, si ellos o tú.

Voldemort se giró sobre sus talones y se acercó de nuevo a la puerta de la celda. Caroline tenía sus hinchados ojos clavados en su espalda, todavía sin decir nada. Lo vio cerrar la reja con una lentitud exasperante y darse la vuelta para observarla atentamente, sonriendo al percatarse de la lucha interna que la mujer experimentaba.

—Dale tu respuesta a Dolohov. Él se encargará de hacérmela llegar. Adiós, mi querida traidora.

Y sabiendo que no tendría más contestación, se alejó rápidamente del lugar. Ignoró de nuevo las suplicas y gritos de los demás prisioneros, que se abalanzaron contra los barrotes de su celda e intentaban captar su atención para que los ayudara a salir. Giró hacia la izquierda y bajó las escaleras, donde sabía que Dolohov lo esperaba.

Varios mortífagos se inclinaron al verlo pasar, pero a todos los pasó por alto. Sentía una extraña emoción apoderarse de su pecho. Sabía que Caroline terminaría aceptando, la conocía lo suficiente para saberlo. Y si ella lo ayudaba, su problema con esos traidores desleales habría terminado, por fin tendría un respiro y podría centrarse en sus planes con Granger.

—¿Mi señor… ? ¿Ya…? ¿Ya se va?

Lo miró despectivamente de arriba abajo. Detestaba enormemente que sus mortífagos le hicieran esas preguntas

—Necesito algo, Dolohov, es muy importante y debe cumplirse al pie de la letra. Quiero que prestes atención.

—Si, amo, claro que si— se apresuró a contestar el mortífago.

—Tenemos dos días exactamente para quebrar la voluntad de Caroline, y no, no quiero que le hagan daño físico, o la torturen con alguna maldición; eso al contrario la fortalecería más. Quiero probar algo tedioso pero mucho más efectivo. No puedes permitir que se quede dormida bajo ningún concepto; y para eso, aparte de turnar la guardia en su celda que deben mantenerla despierta, es necesario que los dementores le den visitas regulares, quiero que sea algo casual… no debe sospechar que yo lo estoy ordenando. Necesito que su mente se debilite y termine colapsando ante el agotamiento extremo a la que lo someteremos.

—¿También la privaremos de alimento y agua, amo? — quiso saber Dolohov.

—No, eso hará que ella sospeche, y si cree que estoy tratando de quebrarla más resistencia me pondrá. Ella ahora mismo esta tomando una decisión primordial para nuestro gobierno, Dolohov. Sabes lo que está sucediendo en Laholm, así que la necesitamos de nuestro lado. Ya luego que se solucione el problema allí, veré que hago con ella, pero por ahora es necesaria en nuestros planes.

—De acuerdo, amo. Así se hará. ¿Que le diré a Garren cuando venga?

—Garren no podrá entrar en Azkaban en estos días. Yo mismo le daré la orden, así que no debes preocuparte por él. Tú sólo mantenme informado de cualquiera cosa que Caroline haga o diga.

XXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXX

—¿Quieres tomar un café? —le ofreció Hermione desde la entrada de la casa.

Garren frunció levemente el entrecejo y miró a la bruja con cierta desconfianza, como si ésta le hubiese hecho una proposición extraña y fuera de lo normal.

—No… no creo que sea correcto, mi señora.

—¿Y por qué estás aquí entonces? —espetó Hermione arrastrando las palabras. Odiaba la mirada que el mortífago le dirigía.

—Quería verificar que todo estuviera bien. Usted ya lo sabe. Es parte de mi trabajo.

—¿Puedes entrar a la casa y tomar un café conmigo? Por favor...— añadió con fastidio. La verdad es que no se sentía bien ante la idea de quedarse sola; aún si la compañía era un mortífago.

Garren chasqueó la lengua y avanzó rápidamente sin mirar a la bruja a los ojos. Se detuvo unos segundos cuando llegó a su altura, pero luego la siguió cuando ésta abrió la puerta y accedió a la casa. Miró hacia todas las direcciones, evaluando el humilde lugar. Escuchó como ella le comentaba algo sin importancia, por lo que no respondió.

Rechazó su invitación de sentarse en la mesa de la cocina, y en su lugar se quedó de pie como un autómata en el marco de la puerta. Hermione sirvió el café en dos tazas y al contrario de él, ella si tomó asiento.

—¿No te sentarás? —preguntó con sorna. Garren negó con la cabeza casi imperceptiblemente —.Esta bien. Garren, siéntate en la mesa y toma el café. ¿Así te parece mejor? Una simple orden.

—Una digna esposa de mi amo— lo oyó decir mordazmente, con una seca sonrisa en sus labios antes de acercarse y sentarse firme como un militar ante su superior. Hermione bufó para sí misma y le tendió la taza. Miró al mortífago a los ojos, pero éste tenía la vista clava en la humeante bebida que todavía no tocaba.

—Quería… quería disculparme por lo que ocurrió ayer. Él… él me dijo que no te hizo nada, pero… bueno, a veces no confío mucho en eso…—soltó en voz baja. Garren la observó fugazmente.

—Eso no debería preocuparla, mi señora. Si fallo debo pagar las consecuencias. —respondió de inmediato. Hermione movió un mechón de cabello de su rostro y bajó la mirada hacia la mesa.

—Yo sé eso, me lo dijiste… pero no estabas obligado a obedecer lo que te pedí. Tú lo sabías de antemano, y aún así lo hiciste, me llevaste con Lavender ( de la cual todavía no he recibido información) y me salvaste de aquel peligro. Accediste a ir a la mansión estando al corriente de que no debo ser vista por nadie. ¿Por que lo hiciste? Podías haberte desaparecido y ya… no tenías porque hacerme caso.

Garren le dio un misero sorbo a su bebida y miró a la chica con fijeza; ahora era ella la que parecía nerviosa.

—Usted es mi señora, yo debía obedecer…

—Esa no es la respuesta correcta —espetó Hermione en voz baja —. Si no te sientes cómodo diciéndome la verdad… de acuerdo, está bien… pero quiero que tengas en cuenta que no debes hacer lo que te pida si sabes que eso te pondrá en un peligro mortal. De nada me sirve intentar salvar a Lavender y tener algo de paz en mi consciencia, si luego sé que él te matará por algo que yo ordeno.

Garren se mantuvo en silencio, sólo viendo como Hermione se terminaba su bebida con rapidez. Era una chica muy inusual, quizás demasiado. La verdad era que nunca le había simpatizado, y ahora no era la excepción. Seguía pensando que no era la adecuada para ser la esposa del señor oscuro; se veía pusilamine y tal vez demasiado ingenua para sobrellevar semejante título.

—El amo no me castigó, mi señora, si es lo que quiere saber. Así que si eso fue lo que le dijo a usted, eso fue lo que ocurrió.

Hermione frunció los labios, aquello tampoco la convencía, pero ya era claro que él no le diría nada al respecto. Se hizo un silencio entre ambos. Garren la ponía nerviosa por momentos. Tenía una mirada fría e inexpresiva, casi como un robot; y la detallaba atentamente, como evaluándola. A veces le recordaba el porque odiaba a los mortífagos, aunque a diferencia de los que ella había conocido, él parecía mas reservado y serio, al contrario de los demás que siempre tenía aquella expresión enfermiza de soberbia y sadismo.

—Bien… me alegra escuchar eso. —respondió con simpleza.

—Mi señora, quisiera que usted supiera que tuve el atrevimiento de darle un obsequio a su hija. Espero no le disguste.

—¿Fuiste tú?—se sorprendió Hermione —. Ella me lo dijo, pero… bueno sí, tenías que ser tú, no tuve mucho tiempo para pensar en ello. Y no, no me disgusta, ella estaba muy feliz. Gracias.

—No me agradezca, ha sido un placer —hizo un inclinación con su cabeza —. Respecto a la señorita Brown. Sé que sigue con Greback; y hasta ahora no le han tocado un cabello porque fue lo que ordené. Eso seguirá así hasta que el mismo señor oscuro indique lo contrario. Mi poder no llega más allá de eso. El amo todavía no me ha dejado instrucciones respecto a esa jovencita.

—Sí… anoche, él y yo… no pudimos hablar de ello. Cuando vuelva a visitarme, lo haré. No quiero que ella esté en ese horrible lugar. Debe haber otra solución.

—Si hay alguien quien puede ayudarla, es usted.

Hermione alzó la vista y miró al mortífago con los ojos muy abiertos. Aunque seguía impasible, su tono de voz había adquirido un tono extraño, casi sedoso.

—Yo no estoy convencida de eso. Casi nunca lo he podido disuadir de algo, al final él siempre hace lo que quiere.

—Pero tiene la oportunidad de intentarlo, mi señora. Eso ya le dice algo.

Había vuelto a sonreír, haciendo que la chica lo imitara tímidamente, pero ambos la borraron casi de inmediato cuando escucharon unos pasos y alzaron la vista. Garren se levantó tan deprisa que tumbó la silla en la que estaba sentado, haciendo que Hermione se diera un susto de muerte. Voldemort los observaba desde el umbral de la puerta y parecía ligeramente sorprendido.

—A… amo— saludó Garren inclinándose exageradamente. No había rastro de su inexpresividad, ahora una máscara de miedo era lo que adornaba su rostro.

Voldemort lo detalló durante unos segundos antes de fijarse en Hermione, que seguía sentada en la silla, tiesa y sin apenas parpadear.

—¿Ocurrió algo, Granger? —le preguntó de forma helada. Hermione se sobresaltó ante su voz.

—¿Algo como qué, mi señor — quiso saber, confundida.

Voldemort los miraba a ambos alternativamente con el entrecejo fruncido, pero Hermione no entendía la razón. Se removió incomoda ante en profundo silencio.

—¿Y qué haces tú aquí, Garren? — cuestionó acercándose a su mortífago. Hermione también lo miró con la boca abierta.

—Estaba supervisando que su… su hija… que no hubiese peligro, mi señor.

—¿Y por qué hiciste eso? No fue lo que te ordené esta mañana.

Hermione reparó en el claro tono de amenaza en su siseante voz. Garren empezó a temblar asustado ante ésto. El mortífago, encorvado como estaba, le dirigió una rápida mirada a la chica, que por su parte no sabía ni que decir.

—Ya sus ordenes fueron cumplidas, amo. El trabajo esta casi listo, sólo faltaría los detalles que su esposa me indique.

—¿Y ahora me dirás que viniste a hablar con ella sobre eso? —Voldemort había sonreído de medio lado; un gesto totalmente nefasto.

—En parte, amo. Y la otra razón es que quería verificar que su hija estuviera en óptimas condiciones antes del viaje.

—Que considerado, Garren —espetó Voldemort con desdén —.Creo que mi hija salió hace mas de treinta minutos. ¿Te sientas en la mesa con mi esposa a discutir los dichosos detalles de la mansión? ¿Tanto tiempo?

—Eso… fue mi culpa, mi señor—se apresuró a aclarar Hermione —. Yo le pedí que pasara y tomara asiento conmigo.

—¿Y qué decidiste, querida? ¿Qué te gustaría hacer? Al fin y al cabo esa mansión es tuya.

Podía escuchar la incredulidad y sarcasmo bajo su falso tono indulgente y sedoso. Ya sabía que le estaban mintiendo ambos, y ambos sabían también que seguir con la falsedad tendría consecuencias. Hermione se aclaró la garganta y trató de hablar de la forma más despreocupada que pudo.

—No hemos tocado ese tema todavía, mi señor. Es cierto que nuestra hija se fue hace treinta minutos, pero Garren estaba reacio a entrar a la casa. Le invité un café, y se negaba, y entre conversaciones sin importancia se nos ha ido el tiempo.

—¿Es así? —preguntó sonriendo de nuevo. Garren levantó un poco la cabeza, pero no lo miró a la cara.

—Sí, mi señor. Antes de su llegada me disponía a hablar con su esposa de sus planes para la mansión.

Voldemort observó intensamente a su mortífago durante varios segundos que parecieron horas. Finalmente se movió, levantó su varita mágica y la silla tirada en el suelo volvió a su posición anterior, él tomando asiento en ella.

—Ya puedes irte, Garren. Puedes tomarte el día libre, quizás tampoco te requiera mañana. Pasaré todo este fin de semana en compañía de mi querida esposa. No quiero interrupciones de ningún tipo. Dile a Malfoy y Travers que se encarguen de lo demás, sólo que te llamen si es una emergencia.

Garren se inclinó ante ambos y se dispuso a salir de la cocina, pero Hermione lo detuvo.

—Espera, Garren.— pidió. El mortífago se giró lentamente y observó a Hermione fijamente.

—Dígame, mi señora.

—Los detalles de la mansión… eso puede esperar. Mi señor...— se dirigió a Voldemort, que también la miraba con marcado interés —Quiero aprovechar que usted y Garren están aquí. Anoche no pudimos hablar bien de este tema, pero quiero saber que ha sucedido con Lavender.

Voldemort chasqueó la lengua y se recostó del respaldar de la silla. Hermione sabía perfectamente que él iba a evitar ese tema a toda costa. Siempre que Hermione había intentado convencerlo de algo era la misma reacción. Garren había aprovechado que su amo desviaba la mirada hacia la pared contraria para dedicarle a la bruja una pequeña y brevísima sonrisa.

—¿Que ha pasado de qué, Granger? —preguntó Voldemort fastidiado —¿Seguirás con esa niña? Déjala con su manada, ella está feliz allí con ellos.

—¡Ella no está feliz en ese lugar! —replicó ofendida —Es como si dijeran que yo estaba feliz en Azkaban. ¡Es ilógico!

Voldemort golpeteó la mesa con sus largos dedos de forma impaciente. La observó con vehemencia, pero ella no apartó la vista. Hacía mucho tiempo que no se enfadaba con un comentario que él soltara, había aprendido a ignorarlos, pero esta vez le fue imposible.

—¿Y qué es lo que quieres, Granger? ¿Que la libere? Eso no pasará. Primero que nada, no voy a ignorar la falta de respeto hacia ustedes, no me interesa que te haya pedido perdón de rodillas; y segundo, ella ya no puede ser libre. Tiene mi marca en su brazo, su vida me pertenece totalmente.

—No estoy pidiendo eso, sé que es imposible —espetó bajando el tono de voz —.Pero podría dejarla en la mansión conmigo… sé que ella… sé que ella va a recapacitar.

Voldemort soltó una sonora carcajada. Hermione parpadeó sin entender su risa; miró a Garren buscando alguna pista o respuesta, pero el mortífago sólo observaba el suelo.

—¿Me hablas en serio, Granger? Vamos, querida… ¿pretendes que le permita vivir contigo y mi hija? ¿Y listo? ¿Todo arreglado?

—Ese era su plan original — observó la bruja. Voldemort asintió lentamente sin dejar de reírse.

—Correcto. Pensé que era una bruja prudente, inteligente y cautelosa. Creí que después de la oportunidad que le ofrecía no iba a desaprovechar nada y se comportaría a la altura que exigía, pero me equivoqué. Quizás tu perdones fácilmente, Granger, pero debes saber que yo no lo hago.

—Lo sé. Pero… pero yo no la quiero con los licántropos. Mi señor, es algo que le estoy pidiendo… hay muchas soluciones para ella. ¿No puede complacerme en esto?

Los rojos ojos de Voldemort brillaron de forma inusual. Ladeó la cabeza como un niño travieso y tomó a la bruja de la mano, apretándola suavemente contra la mesa. Bajó la voz hasta casi convertirla en un susurro.

—¿No crees que ya te he complacido muchos caprichos, querida esposa? ¿Que otras cosas me vas a pedir?

—¿Tengo un límite?

—A veces creo que debería imponerte uno, pero es divertido, porque siempre podemos negociar, ¿cierto?

Hermione asintió ante la sonrisa que el mago oscuro le dedicaba.

—Sí, mi señor, al final terminamos negociando. Y usted sabe que siempre cumplo.

—Si acepto tu petición, ¿harías en compensación cualquiera cosa que te pidiera? —le dijo acercándose a la bruja y apretando un poco más su mano.

—Si, lo haría.

Voldemort hizo una pequeña inclinación con su cabeza hacia ella, soltando una sonrisa muy suave en el proceso.

—Bien, muy bien. Entonces, mi señora… ¿Cuál es tu deseo?

Hermione sintió que se estremecía ante semejante tono de voz, tan sutil y provocador. Miró a Garren, que parecía azorado de presenciar el intercambio de palabras entre la joven bruja y su amo.

—Garren —empezó con cierta pena —Ya que mi señor no va a permitirme llevar a Lavender a la mansión… ¿Podrías dejarla en Laholm? ¿Tal vez?

—Mi señora, creo que eso no es posible. Laholm ahora mismo está pasando por una especie de reestructuración. Tenemos inconvenientes con ese cuartel en este momento. No sería lo adecuado. Bueno, esa es mi recomendación.

Hermione miró a Voldemort de manera interrogante. Éste asintió vagamente, confirmando lo que su mortífago le decía.

—Ya luego hablaremos de eso, Granger. Pero es correcto, tengo Laholm clausurado por ahora.

—Es que… yo no sé. Me gustaría un lugar seguro, y ese es el cuartel más tranquilo que he visitado. Garren— volvió a dirigirse a él —¿Tienes alguna recomendación?

—Amo… le recuerdo que la chica tiene una condición bastante grave…—terció, hablándole a Voldemort e ignorando a Hermione —.Llevarla a otro cuartel sería…

—Mi esposa es la que decide, Garren. Tú sólo obedece a lo que ella te indique. —le respondió fríamente sin despegar sus rojizos ojos de Hermione.

—Yo puedo aprender a hacer la poción matalobos para ella. No tendría porque haber problema —replicó la bruja, molesta ante la repentina actitud del mortífago —Entonces, ¿podrías darme ideas? Quiero que vaya a un lugar donde no sea humillada por su problema.

Voldemort rió entre dientes.

—No tienes porque buscar tanto, querida, sólo das la orden y te aseguro que nadie se atreverá a contradecirte. Nadie sabe de tu existencia todavía, pero pronto eso cambiará.

Hermione asintió con la cabeza sin querer preguntar o discutir nada. Se percató que Garren había fruncido fugazmente el entrecejo ante las palabras dicha por su amo, pero al igual que la bruja, también prefirió no comentar nada.

—Bueno, mi señora, yo podría sugerirle Dornes. Es un pequeño cuartel que construimos en Portugal hace apenas un año. Está integrado sólo por mujeres que han decidido ser parte de nuestro gobierno. Está bajo el control Travers, pero éste no lo visita nunca. —declaró Garren en voz baja.

Voldemort se inclinó hacia ella y explicó:

—Eso es porque no tiene mucha utilidad. Esos son países que no están interesados en inmiscuirse en mis planes, por lo tanto el repugnante grupo PHAM no recluta magos y brujas en esas localidades. Lo tengo sólo por prevención, y tal como te ha comentado Garren, está conformado sólo por brujas. Verás, querida, hay muchos prisioneros, como la señorita Lavender, que están dispuestos a servirme con tal de obtener la libertad. Evidentemente no puedo ubicarlos en mis cuarteles estratégicos. No creo que en la lealtad de ninguno, así que prefiero mandarlos a lugares remotos, donde me sirven sólo como espías.

—Suena bien para ella… creo.—contestó Hermione.

—Es tu decisión— repitió Voldemort de forma desinteresada.

—De acuerdo… sí, está bien. Garren, ¿podrías… podrías llevarla a ese lugar? Y por favor… me gustaría que… pues su problema, fuera lo mas discreto posible. Yo sé cuan marginados son los hombres lobo…

—Son unas desagradables bestias, Granger. Si no fueran mis aliados ya los habría exterminado completamente. —replicó Voldemort acariciándose la barbilla con su mano libre. Hermione respiró profundamente; aquello iba a ignorarlo también.

—Mi señora, así se hará. Ahora mismo empiezo los preparativos para su traslado. Amo, ¿le dejo constancia de ésto por escrito? —inquirió Garren inclinando un poco la cabeza.

— No es necesario —respondió despectivamente —Ya puedes irte, y te repito, no quiero más interrupciones a menos que sea algo de suma urgencia, ¿entendido?

—Si, amo. Mi señora, permiso — se inclinó ante ambos antes de ir hacia la salida.

Hermione suspiró y volteó la cabeza hacia el hombre sentado a su derecha. Voldemort seguía sin soltar su mano, y la acariciaba suavemente entre sus dedos. Parecía pensativo.

—Mi señor... Yo quería preguntarle... Dentro de las obligaciones que iba a tener Lavender, ¿Cuidarme era una de ellas?

Voldemort levantó un poco la cabeza para observarla.

—Sí, ésa era la idea, entre otras cosas.—contestó de forma casual.

—Y...ehmm... Si yo escogiera a alguien, ¿Lo aceptaría? ¿Podría hacerlo?

—No creí que tuvieses a alguien en mente —alzó una ceja con marcado interés —.Después de tus quejas sobre los sirvientes, esto no me lo esperaba.

—Pues sí. Hay alguien que me interesa —Hermione reunió el aplomo que pudo —.Me gustaría tener a Garren.

La expresión en el rostro del mago oscuro no era más que de incredulidad. Observaba a la chica como si pensara que había perdido la cabeza o estaba delirando.

—¿Que dijiste, Granger? —le preguntó después de unos segundos de silencio.

—Que me gustaría tener a Garren… si se puede, claro.

—Últimamente tienes mucho querencia hacia mi mortífago. ¿Es por algo en especial?

Hermione pudo sentir un ápice de rabia en su simulada indiferencia, pero al contrario de ponerla nerviosa, curiosamente le causaba risa, por lo que sonrió y le apretó la mano en respuesta.

—No hay nada en especial, mi señor. Usted como bien dijo, sabe mi desprecio hacia todos los mortífagos; a él es al único que puedo tolerar, y supongo que usted prefiere que la persona que esté a mi lado cuidándome sea alguien de mi agrado, ¿cierto? Especialmente de su confianza.

Voldemort alzó una ceja.

—No puedo darte a Garren. Es mi mano derecha actualmente, ya lo sabes, y está como segundo al mando, entrenado directamente por mi. Pensaremos en otra persona. Ahora, yo quisiera saber qué hacían ustedes aquí solos, Granger.

—Hablábamos de Lavender. Bueno era yo la que hablaba, él sólo respondía. Quería saber que había sucedido con ella ya que usted nunca me dio explicaciones sobre su destino.

Voldemort hizo una mueca y se inclinó un poco sobre la chica, que se sonrojó de inmediato ante su cercanía. Ese gesto fue suficiente para que Voldemort sonriera.

—¿Y es que acaso querías hablar de esa mocosa anoche? Después de todo lo que tú y yo teníamos pendiente, querida.

—No… no… bueno… Pero eso no…

Su tartamudeo fue interrumpido cuando sintió como era jalada hacia adelante y una mano se posaba en su rostro. Respondió su demandante beso con la misma fogosidad. Su acelerado corazón parecía enloquecido contra su pecho, cortandole la respiración. Volvía a sentirse exactamente igual que cuando era su esclava. Era como si la hechizara, como si la controlara. Era una atracción tan intensa que no parecía natural. Sus temblorosas manos debido a la emoción fueron hasta su espalda, acariciándolo por encima de su chaqueta y fueron subiendo hasta su nuca, rozando con sus dedos algunos mechones de su cabello.

—Granger, tú vas a enloquecerme...—musitó seductoramente contra su oído. La tomó de la cintura y la hizo levantarse de la silla junto con él. Era mucho más alto que ella, por lo que la chica con mucho esfuerzo ya que sus piernas parecían de gelatina, se puso de puntillas para poder besarlo una vez más.

—¿Nos vamos? —le preguntó ardientemente, besando el dorso de su mano. Sus ojos estaban enrojecidos e infectados de lujuria. Hermione parpadeó varias veces intentando sacudirse el aturdimiento. Voldemort la tenía acorralada contra el mesón de la cocina y podía sentir su erección presionado su cintura. No supo ni en que momento la había llevado hasta allí, se encontraba totalmente ofuscada debido a la excitante situación.

—Es que… mi señor… antes de irnos… yo tengo que… tengo que alimentar a los caballos…

Si, sabía que era una idiotez, pero también sabía, conociéndolo como lo conocía, que una vez que se fuera con él, probablemente no regresaría a la granja en todo el día, y antes de hacer eso prefería terminar con sus obligaciones. Voldemort gruñó en su oído y la abrazó herméticamente.

—Podemos decirle a algún elfo que se encargue, Granger. No creo que eso sea algo muy complicado, Marden podría hacerlo por ti, ¿Crees que voy a esperar a que alimentes a esos estúpidos animales? Apenas estoy conteniendome ahora mismo.

—Eso… eso suena una buena idea...— aceptó temblorosamente al sentir sus labios besando su cuello y su clavícula. — Bi… bien… mi señor… pero primero… antes de irnos… quiero… quisiera buscar algo en mi habitación…

—¿No puede ser luego, Granger?

—Será rápido… mi señor… es importante… lo busco y… nos vamos.

Voldemort se separó un poco de su cuerpo y la miró con intensidad. Asintió muy lentamente y se movió un poco, dejando espacio para que la chica pudiera escapar de sus ansiosas manos. Sentía su cara ardiendo y un hormigueo recorrerla de la cabeza a los pies. Subió corriendo hacia su habitación y empezó a buscar lo que necesitaba. Apenas podía controlar los temblores de sus extremidades.

Se irguió un poco y apretó con fuerza su mano derecha. Sentía que todo le daba vueltas y ahora era como un manojo de nervios. Escuchó pasos atrás suyo pero no se giró. Cerró los ojos con fuerza y esperó en silencio. El cuerpo de Voldemort se pegó contra su espalda, abrazándola y dejándola caer contra su pecho. Sus atrevidas manos fueron hasta sus senos, que acarició sobre el suéter de la chica.

—¿Ya encontraste lo que buscabas, Granger?— le preguntó suavemente mordiendo el lóbulo de su oreja.

—Lo hice, mi señor— contestó todavía sin abrir los ojos. Pudo sentir como sus grandes manos bajaban, trazando un camino sugerente sobre su abdomen hasta su vientre.

—Mira como me tienes, querida. ¿Ya podemos irnos? Si no lo hacemos ahora mismo, te tomaré en esta cama sin importarme nada.

—Si, mi señor… ya podemos irnos… pero antes… yo… yo quería darle algo...— abrió por fin los ojos y se giró, quedando frente a él. Voldemort se inclinó y la besó con fuerza, siendo correspondido de inmediato.

—¿Y que me quieres dar, Granger? — inquirió con una tentadora mirada que casi hace que la bruja se desmayara. Su dedo pulgar le rozó los labios, haciendo un poco de presión, de modo que Hermione abrió un poco la boca ante esto.

—Mi señor… yo quería… yo quería darle esto.

Estiró su mano derecha y abrió su puño. Voldemort se separó y miró hacia abajo con divertido interés. Se quedó en silencio unos instantes en los cuales sus ojos nunca se despegaron de lo que tenía al frente. Hermione contuvo su respiración, su excitación iba dejando paso a una desesperante ansiedad. Él no decía nada y no entendía porque.

¿Estaba enfadado? ¿Lo había arruinado? Pero eso no podía ser; era lo que él quería, lo que le había pedido. El reluciente, impecable y hermoso anillo yacía sobre la sudorsa palma de su mano.

¿Pasaban segundos? ¿Minutos? ¿Horas? Voldemort seguía sin decir nada; sólo con su mirada fija en lo que Hermione le devolvía. Quería decir algo, necesitaba saber que estaba pasando, pero antes de abrir la boca, por fin el hombre había erguido la cabeza y la observaba atentamente. Ya no sonreía, ya no tenía esa mirada deseosa, ya no había nada.

Cerró su mano de nuevo, ocultando el anillo de la presencia de ambos y dejó caer su brazo. Ninguno se decía nada.

—¿No era el momento? Lo siento, mi señor… antes de irnos yo quería... —dijo en voz baja. Voldemort puso una mano sobre su barbilla y la forzó a verlo. Se sintió desfallecer cuando lo vio curvar sus labios en una breve sonrisa. No era una sonrisa cruel, ni burlona, pero tampoco reflejaba la felicidad que ese gesto hubiese sido normal en una persona común. Hermione sólo pudo ver curiosidad detrás de ella.

—¿Me lo devuelves, Granger? ¿Sabes por qué lo haces?

Hermione frunció el entrecejo ante ésto. Miró rápidamente su mano y luego al hombre que tenía al frente.

—Porque usted me lo pidió, mi señor…

Voldemort acentuó su sonrisa.

—Por supuesto, Granger. Lo quería de regreso unicamente para volver a proponerte matrimonio con el. Eso lo sabías.

Hermione se quedó con la boca ligeramente abierta; si lo sabía de hecho, pero en ese momento no pensaba en eso, ¿o si? Voldemort tomó suavemente su mano, que todavía mantenía apretado el anillo con deliberada fuerza.

—Sí… sí lo sabía, mi señor…

—¿Y por qué me lo devuelves precisamente ahora?

—Porque… mi señor, porque…Es que... yo quiero…

—¿Casarte conmigo?

Silencio

—Sí.

XXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXX

Fue más corto de lo acostumbrado, lo sé, pero era necesario recortarlo precisamente aquí.

Sé que dirán que Hermione ya era prácticamente su esposa, pero aunque hace años había aceptado

por palabra, jamás lo hizo por acción. Voldemort le dijo que cuando ella se sintiera

lista para asumir su papel, será cuando por fin se ponga el anillo. Pero más se sabrá en el próximo capitulo.

Espero lo hayan disfrutado

¡Y nos vemos para el 39!