Dear Francis,

Si ese accidente de auto no hubiese sucedido ese día, si nada de eso hubiese pasado,

entonces todos los momentos que vivimos no hubiesen sido tan dolorosos, ni difíciles.

En su lugar pudieron haber sido felices, hermosos y divertidos.

Si nada se hubiese puesto en nuestro destino, entonces hubiésemos podido vivir una vida feliz juntos.

Cada vez que pienso en ello, las lágrimas comienzan a caer sin poder evitarlo,

incluso ahora, las lágrimas no pueden parar.

Tal vez, todo lo que paso entre nosotros fue una manera del destino de decirnos

que nunca estuvimos destinados el uno al otro.

Pensar en eso duele, pero tal vez esa sea la única verdad.

Quiero que sepas que no pudiste haberme amado de mejor manera,

que nada de esto es tu culpa, pero Francis...

Debo irme. Para que seamos felices uno de nosotros debe irse...

Tal como dijiste, tengo que encontrarme a mí mismo, y esta vez intentare hacerlo.

No quiero que me busques, tampoco que te preocupes por mí,

voy a mantener mi promesa de no lastimarme y enfermarme en mucho tiempo.

Por eso Francis, quiero que comiences una nueva vida.

Debes olvidarme, debes encontrar a alguien más que no te haga sufrir, que no te haga llorar.

Te amo, te amo tanto que el solo pensamiento de estar lejos de ti es agonizante,

Pero tienes que entender que,

siempre estuvimos destinados a separarnos.

Te amo, te amo más que a nadie en el mundo, pero este es un adiós...

.

.

.

Suspiro, guardando la carta ya arrugada una vez más en el cajón de su escritorio. Su mano subió instintivamente a juntarse con la otra, su pulgar jugando con el anillo que desde hace cinco meses no se habia quitado ni una sola vez.

Cinco meses, ese era el tiempo que habia pasado desde la desaparición de Arthur, desde que lo único que dejo fue una nota. Intentó buscarlo, preguntar a cualquier persona, conocido o amigo, pero... era como si la tierra se lo hubiese tragado. Por eso luego de la primera semana se detuvo. Se dedicó a rehacer su vida, a distraer su mente en el trabajo e incontables pacientes que llegaban día a día en el hospital. Era lo único que lo habia mantenido cuerdo todo ese tiempo.

Otro suspiro escapo de su boca, y esta vez sus ojos regresaron por breves segundos al cuadro de Arthur y la primera ecografía de su bebé sobre su escritorio, antes de levantarse y salir de allí, bloquear todo pensamiento que tuviera de él y volver al trabajo, a distraer su mente e intentar fingir que todo en su interior andaba bien.

Apenas puso un pie en la sala de emergencias pudo ver una vez más el caos cotidiano al que poco a poco más se acostumbraba. Pacientes entrando, saliendo, gritos, llanto, risas, doctores corriendo de un lado a otro. Ese era su trabajo ahora, su realidad, lo único en lo que se permitía pensar en todo el día, porque si no iba a volverse loco. Sus ojos azules bajaron a ver su anillo una vez más y sintió su ánimo decaer, las memorias que tanto tiempo habia intentado mantener en el fondo de su mente comenzando a surcar a la superficie.

"¿Dónde estás Arthur...?"

Se hizo por enésima vez esa pregunta. Pero, tal como las anteriores, no recibió respuesta alguna.

No, no podía dejar que su ánimo decayera en ese momento. Debía salir adelante, buscar la forma de hacerlo pese a que duela. Por eso, puso una vez su faceta sonriente y relajada antes de caminar hacia su equipo, palmeando sus espaldas con amabilidad.

—Allez y, tenemos pacientes que atender...

•••

Una vez más fue escoltado por guardias a ese lugar al que poco a poco se iba acostumbrando más a visitar. Paso a un cuarto que ya conocía luego de firmar un montón de papeleo y espero paciente allí dentro a que trajeran a la persona que esperaba ver con ansias.

Cuando dos policías pasaron por la puerta en el otro lado se levantó enseguida, sus ojos cayendo en la mujer que era escoltada tras ellos por otro guardia, sus manos aprisionadas con esposas metálicas que aún no se acostumbraba a ver y que cada vez le daban mas pesadez en el estómago. Pero se tragó su inconformidad y sonrió cuando al fin se quedaron a solas, frente a frente tan solo separados por la pared y el vidrio que les permitía verse.

—Hey mom... — saludo con una sonrisa suave en su rostro. Quería poder estar al lado de su mamá, tomar su mano y poder sentirla una vez más, pero por ahora eso era lo único que tenía, era a lo que debía acostumbrarse.

—Hijo... — los ojos azules subieron a los suyos con igual alivio de verse después de un mes, pero su sonrisa se deformo a una mueca de preocupación al notar las ojeras y aspecto cansado de su hijo. — ¿Estas bien? ¿Por qué tu cara esta tan demacrada? —pregunto preocupada, queriendo acercarse más, poniendo una de sus manos en el vidrio que lo separaba.

—No es fácil tener una recién nacida, además, esa era mi pregunta, ¿estás bien mom? —se encogió de hombros observando a su madre con igual preocupación. Se notaba pálida y podía notar claramente que no estaba ni comiendo ni durmiendo bien.

—¿Cómo esta esa hermosura? — evadió el tema, preguntando por su nieta, la pequeña niña que tan solo habia podido ver por fotos, pero eso habia bastado para enamorarla por completo y llenarla de nostalgia. Esa bebé era la viva imagen de Alfred, y se habia vuelto su motivación para hacer lo posible para salir algún día de la prisión en la que estaba.

—Hace una semana cumplió dos meses, está cada vez más grande y fuerte— contesto con una sonrisa, dejando esta vez pasar por alto lo que habia preguntado.

—Me alegra saber eso— cuando escuchó la noticia de que su nieta habia nacido prematura y con problemas en los pulmones sintió que su corazón se iba a partir de preocupación por ella y su hijo, pero sabía que Alfred era fuerte, y su bebé también, por eso su corazón se habia quedado más tranquilo al escuchar que la pequeña estaba cada vez mejor. Eso... era un alivio.

—Pero tú, mom, todo lo que paso con papá... — comenzó hesitante de sacar ese tema, porque no sabía que tanto le podría estar afectando a su madre el que su padre hubiese pedido el divorcio al día siguiente de que fue sentenciada a doce años en prisión. Lo odiaba, lo odiaba por eso, pero él nunca se llevó bien con su padre, sin embargo, su mamá...

—Yo creo que fue lo mejor de todo esto, el poder terminar las cosas con tu padre. — sus ojos bajaron a sus manos, las esposas de repente volviéndose más pesadas. El divorcio con su esposo en cierta parte ya se lo habia esperado. Era algo que sin saberlo habia anhelado todo el tiempo, desde el momento en el que él empezó a cambiar, desde que se volvió violento y comenzó a tomar control sobre su vida. —Alfred, lo siento mucho— su voz salió en apenas un susurro, pero con todo el sentimiento que pudo poner en esas cortas palabras, porque en verdad lo sentía. —Si yo hubiese sabido amarme a mí misma, de seguro todo hubiese sido diferente. No hubiera vivido con tu padre de esa manera, y las cicatrices que recibí de él, no las hubiese reflejado en tí— sus ojos comenzaron a humedecerse con arrepentimiento de todas las decisiones que habia tomado en su vida, los niveles que habia alcanzado por proteger su matrimonio y el nombre de su familia que sin darse cuenta habían dañado cada vez más a su hijo, la única persona que de verdad amaba y deseaba proteger.

Alfred tenía tantas ganas de abrazarla en ese momento, de asegurarle que no la resentía por nada de lo que habia pasado.

—Mom, tu sigues siendo una de las personas más preciadas para mí, y nunca dejaras de serlo— se acercó, poniendo una de sus manos sobre el espejo con los ojos llorosos. —Te quiero mucho mom— los ojos azules subieron a los suyos, una sonrisa suave formándose en su rostro pese a que las lágrimas estaban luchando por escapar.

—Yo también te quiero hijo— tenía tantas ganas de envolverlo entre sus brazos y no dejarlo ir nunca, pero en ese momento dos golpes sonaron en la puerta y los guardias entraron.

—El tiempo se acabó. — Alfred quiso protestar, que le dejaran unos minutos más, pero sabía que eso era un imposible. En silencio se levantó, regresando su mirada una última vez a su madre. No quería despedirse.

—Me voy...

—Cuida bien de mi nieta, es una niña hermosa— asintió con una sonrisa que trasmitía tranquilidad.

—Me aseguraré de hacerlo— asintió antes de salir de ahí con una última mirada de despedida. Quería quedarse, regresar y abrazar a su mamá, pero por ahora solo podía esperar al día en el que pudiera hacerlo nuevamente. Con un suspiro subió a su auto, poniéndose el cinturón antes de comenzar a conducir de regreso a casa, donde de seguro Eduard lo estaba esperando con su hija.

•••

Parqueó con un chasquido su auto, sabiendo perfectamente quien era ese maldito policía y no se esperaba nada bueno de eso. Camillo protesto al sentir al auto detenerse, regresando a ver a su madre con una evidente queja en su rostro. Lovino solo revolvió su cabello y regreso su mirada a la ventana por donde podía ver a ese infeliz acercarse cada vez más. Con un gruñido bajo la ventana del auto, poniendo su mejor cara de pocos amigos cuando sus ojos toparon con los del contrario.

—Señor, lamento informarle que ha excedido el límite de velocidad— el tono serio no lo engaño ni un solo segundo cuando pudo ver los ojos carmesí llenos de diversión y con la sola intención de molestarlo como siempre. Ese idiota.

—Cazzo, bastardo, estaba yendo al mínimo— protesto cruzándose de brazos, lanzándole una mirada retadora al albino que ahora venia vestido con un chaleco de control de tránsito. Vaya trabajo en el que habia terminado el maldito. A su lado el bebé soltó una risa al reconocer la cara del hombre que estaba hablando con su mamá, robando su atención. Gilbert lanzó una carcajada al notar el cabello desordenado del bebé, regresando a Lovino de manera acusadora.

—Mira al pobre Cami, parece como si lo hubieses estado llevando a 200 kilómetros por hora— el italiano solo chasqueo la lengua. Bueno, si era verdad que habia estado yendo un poco más rápido del límite para escuchar la risa emocionada de Camillo, pero eso no era para tanto, además estaban en una zona poco transitada, maldizione. —Licencia, bitteschön— ese pedido lo hizo abrir los ojos con sorpresa, su chequeo mental recordando lo que esa mañana habia dejado en el comedor de su departamento antes de regresar al albino con la cara más inocente que pudo conjurar en ese momento, Gilbert parpadeo seguido varias veces antes de entender lo que esa mirada significaba, su mueca de diversión pasando a una línea recta. —No la traes ¿Verdad?

—Solo iba por cosas para Camillo, cazzo— se excusó cruzándose de brazos una vez más. Ni siquiera habia conducido tan lejos de su hogar, no tenía esperado ser detenido por un policía albino idiota esa tarde. Pero ahora ya no tenía escapatoria. —Antonio estaba planeando una cena esta noche, paella y churros...— comenzó casualmente, desviando su mirada del albino a algún punto en el horizonte que de un segundo al otro se habia vuelto interesante.

— ¿Me estas sobornando? — Gilbert puso los ojos en blanco, palmeando su frente. Gott... —Esta bien, me convenciste. Solo por esta vez lo dejare pasar, señor Vargas— accedió en un suspiro. Ese idiota, siendo policía también, nunca aprendía. Pero no habia nada que una buena cena preparada por su mejor amigo no pudiera arreglar.

—Camillo extrañaba molestar a Johanna, ¿verdad amore? —Camillo soltó una risa en respuesta, moviendo sus manos emocionado por la atención, pese a que no entendía lo que su mama estaba preguntando.

— ¡Ha! Ya quisieras, veras que en unos meses mi awesome hija le va a patear el trasero al tuyo— contra atacó en una carcajada, retando al italiano con la mirada. Su princesa iba a crecer para doblegar a cualquier hombre que se pusiera en su paso, de eso se iba a asegurar.

—Ya lo veremos, bastardo— respondió mostrando su lengua. Gilbert solo negó con la cabeza.

—Ve, ve, pero la próxima vez que no tengas licencia me vas a deber todo un día de guardería— advirtió con una sonrisa ladina, ya necesitaba un día en el que pudiera desfrutar a Rode para el solo, un día solo entre los dos sin su princesa.

—Uhum, ya quisieras — rodo los ojos encogiéndose de hombros, porque sabía que de ser que el albino le preguntara si podía cuidar de Johanna lo haría sin mucha protesta. Alzando su dedo del medio se despidió del albino, encendiendo una vez más el motor de su auto para regresar a casa de una vez por todas donde podía saber que su esposo lo estaba esperando.

•••

—Wow, miren quien se portó bien hoy— un pequeño gorgoteo infantil resonó en toda la habitación cuando Eduard le paso a su bebé en brazos, los ojos amatista mirándolo emocionados después de toda la mañana sin verlo. No dudo ni un segundo en llenar todo el rostro de su pequeña en besos, haciéndola reír cada vez más y mover sus piernas y brazos con alegría. Era hermosa y pese a que solo la habia dejado por unas pocas horas sentía que no la habia visto en siglos. —Muchas gracias por cuidar de Mila— agradeció regresando a ver a su amigo con verdadero alivio de haber podido conseguir a alguien que cuide a su bebé cuando no podía quedarse con ella e Ivan estaba ocupado en el trabajo.

—No hay problema, la pasamos muy bien esta mañana— sonrió Eduard volviendo a mirar a la bebé que ahora apoyaba su cabeza contra el pecho de su madre con una expresión relajada en su rostro. En las dos semanas que habia estado de viaje Mila habia crecido tanto que se le hacía simplemente fascinante. Parecía solo días atrás que la vio por primera vez y el tiempo estaba pasando tan rápido que en un abrir y cerrar de ojos ya estaría siendo una adolescente rebelde y dándole batalla a sus padres.

— ¿Cómo te fue en tu viaje? — preguntó Alfred luego de ubicar a la bebé en su hombro, meciéndola suavemente para dormirla, su vista subiendo a su amigo con verdadera curiosidad.

—Muy bien— vino la respuesta rápida al mismo tiempo que Alfred se sentaba frente a él, meciendo a la pequeña, tarareando una canción de cuna para relajarla. —El pueblito que visitamos estaba muy pequeño, no habia ningún hospital cerca, pero la gente era muy amable. — Alfred cambio la atención de su hija al hombre frente suyo cuando lo que habia dicho golpeo en su cabeza.

— ¿Cómo que no habia hospitales cerca? — la mezcla de preocupación y asombro era notable en su voz, y esta vez los ojos de su amigo regresaron a los suyos, una mueca de pesadez formándose en su rostro.

—Los pobres deben viajar más de media hora al hospital más cercano, pero dicen que están planeando construir uno pronto.

—Eso es bueno... — una mano subió a su pecho con alivio.

—Tomé algunas fotos del pueblo, es pequeño, pero había muchos lugares lindos— le pasó su teléfono con todas las fotos que habia tomado en su viaje, de todos los lugares que le parecieron fascinantes.

—Se ve genial—sonrió el estadounidense viendo cada una de las fotos con emoción. Era verdad que se veía muy lindo. Era como una ciudad estancada en la época medieval, rodeada de bosque y montañas, con calles de piedra e inmensas lagunas por doquier. Pero una de esas fotos en particular lo paro en seco, sus ojos abriéndose a mas no poder. Porque lo que estaba viendo, no, quien estaba viendo no podría confundirlo por nada del mundo. —Oh God...

— ¿Qué paso? — regreso a verlo Eduard, alzando a ver a Alfred con extrañeza ante su reacción. De repente se habia puesto pálido y no entendía porque, hasta que la pantalla de su celular fue puesta a escasos centímetros de su rostro, el zoom hecho en el perfil apenas notable pero inconfundible de una persona. Y trago en seco, también en shock —Arthur...

—Sí, es Arthur...—confirmo alzando a ver a su amigo sin saber que hacer, porque en esa foto de las casas medievales de la ciudad, apenas por el reflejo borroso de una de las ventanas pudo notarlo. No supo cómo es que sus ojos se habían fijado en ese lugar, en ese perfil que pudo haber sido de cualquiera, pero no lo era. Ese era Arthur, definitivamente debía ser Arthur.

•••

—Alfred, ¿Qué haces por aquí? ¿Cómo va Mila? —pregunto Francis con una sonrisa al verlo, acercándose enseguida a saludarlo y también a la bebé entre sus brazos que miraba todo el mundo a su alrededor con curiosidad.

—Está muy saludable, hoy vine a hacerle un chequeo médico y sus pulmones están cada vez mejor— sonrió animado, pese a que esos días apenas podía dormir, el escuchar que su pequeña estaba cada vez mejor definitivamente le subía los ánimos de maneras inimaginables. El día en el que nació sintió el verdadero pánico invadirlo. Fue muy temprano, apenas a los principios de los siete meses y no se sentía nada preparado, Ivan tampoco, y en ese momento al único que pudo llamar fue a Francis, porque no supo a quien más acudir. No se arrepintió ni un segundo al haberlo hecho porque el francés le habia guiado junto a Ivan a la manera de calmarse y llegar a salvo al hospital. En verdad era un buen amigo y doctor, y también un buen padrino para su pequeña Mila.

—Me alegra escuchar eso— suspiro aliviado, dejando que la bebé tomara uno de sus dedos y lo analizara.

— ¿Quieres cargarla? —sugirió al notar lo entretenida que estaba Mila en Francis. A parte de él y su papá, la tercera persona favorita de Mila era definitivamente Francis, siempre sonreía cuando lo veía y se calmaba instantáneamente al estar en sus brazos.

—Bien sûr— Francis acepto a la bebé sin queja alguna, dejando su cabecita apoyada en su hombro, pese a que sabía que iba a babosear su bata y que probablemente su cabello también, no le dio mucha importancia. Alfred sonrió tranquilo, en verdad que le quedaba bien la paternidad... y eso lo regreso al tema del que habia querido hablar ese día. Arthur... pero ¿Cómo empezarlo?

—Tu... ¿estás bien? ¿no has escuchado nada sobre Arthur? — pregunto algo cohibido, sabía que ese tema aún era delicado para el francés, y con mucha razón, nunca lo habia visto peor que el primer mes de desaparición de Arthur, y aun ahora podía notar la fatiga en sus facciones.

—No, aun nada...— suspiro desviando su mirada a la pequeña que ahora jugaba con su cabello. —Pese a que me dijo que no lo busque, y quiero respetar su deseo, muchas veces al día pienso en dejarlo todo e ir a buscarlo. Saber dónde está, si esta saludable, si se está cuidando... el no saber todo eso a veces me vuelve loco. — admitió con amargura en su voz, sus ojos subiendo al techo cuando sintió que una vez más se empezaban a humedecer.

—Aun así, lo estas soportando muy bien— se encogió de hombros con sinceridad, porque no era solo el hecho de que Arthur hubiese desaparecido, también estaba embarazado y no sabía la angustia que en ese momento podría estar pasando por la cabeza del francés. De seguro el no sería capaz de aguantarlo.

—Puedo imaginar con que peso en el corazón se fue, y con el tiempo comprendí que él tiene que regresar por sí mismo. Ya me cansé de perseguirlo y ser rechazado... — su semblante cayó y se oscureció en ese momento, sus ojos clavándose en el suelo porque era la verdad, o por lo menos la verdad de la que intentaba convencerse. Que estaba cansado de ir tras él... pero ¿era así?

Pequeños gimoteos empezaron a escapar de la bebé al sentir su estado de ánimo, y por eso se forzó a poner todos sus pensamientos negativos en el fondo de su mente y concentrarse en la pequeña en sus brazos. —Hey, shhh... — la meció suavemente, calmándola al instante. Alfred solo sonrió por unos segundos antes de juntar sus manos con nerviosismo, sus ojos yendo a los del mayor aun sin saber si lo que iba a hacer era una buena idea o no.

—Francis, ¿puedo pedirte un favor?

—Ouais, siempre y cuando este a mi alcance— respondió encogiéndose de hombros.

—Well... Sabes del programa de voluntariado del hospital ¿verdad? Este fin de semana me tocaba ir a mi junto a otros voluntarios del país, pero...

— ¿No vas a ir? — pregunto mirándolo con una ceja alzada. Sabia cuanto amaba Alfred los programas de voluntariado y cuanto habia rogado el poder ser asignado a uno.

—No puedo, ya sabes, por Mila— explico encogiéndose de hombros, señalando a la bebé en los brazos del mayor. El cuidar de su recién nacida le habia quitado casi todo el tiempo que tenía y el que no también, y aparte de eso, Francis tenía muchas más razones por las que ir. —Por eso, ¿Puedes tomar mi lugar?

—Claro, no hay problema... es solo un día ¿non? — accedió sin darle mucha importancia. Comprendía las razones de Alfred y un poco de aire libre y cambio de escenas le sentaría bien con su insomnio. Así que, ¿Pourquoi pas (porque no)?

—Gracias Fran, en verdad no te vas a arrepentir— sonrió entusiasmado de que el principio de su plan haya funcionado. Extendió sus manos para tomar a su pequeña de vuelta, agradeciendo al mayor con una sonrisa y un asentimiento de cabeza. —Voy a ver a Vanya, esta muñeca quiere ver a su papá, ¿verdad, cupcake? — bajo a besar la frente de su pequeña, sacándole una risa que calentó su corazón. Francis solo pudo sonreír ante la escena, ignorando su hombro mojado.

—D'accord, cuídate, Alfred, au revoir Mila— se despidió antes de verlos dar vuelta para ir a la zona de neurología. Echo un bostezo con cansancio y se estiro intentando destensar sus músculos. Ya quería ir a casa y descansar por el día, además, tenía una maleta que alistar...

•••

—Knock, knock...— tomo la mano de su pequeña dando suaves golpecitos a la puerta, disfrutando de la sonrisa divertida y los balbuceos de su hija. No pasaron ni treinta segundos cuando pudo escuchar movimiento dentro del cuarto y la puerta fue abierta, dejando ver a un cansado y demacrado Ivan, sus ojos amatista abriéndose con sorpresa antes de suavizarse al ver a las dos personas frente a él.

—Fredka...— llamó con sorpresa aun presente en su rostro. Alfred asintió, en una manera de decirle que sí, de verdad estaba ahí frente a él, sonriendo cuando sintió los labios de su prometido bajar a unirse con los suyos en un casto beso que hizo a Mila soltar una tanda de protestas al sentirse ignorada por su papá.

— ¿Nos extrañaste? — preguntó al separarse del beso, con ganas de continuar, pero por la manera en la que su bebe se revolvía en sus brazos y como intentaba alcanzar a su papá abriendo los brazos sabía que era simplemente imposible.

—Da, konechno, moi dve lyubvi (Si, claro, mis dos amores)— respondió tomando a su bebe en brazos y besando su frente con todo el cariño del mundo. La pequeña rio contenta de al fin tener toda la atención de su papá, estirando sus brazos para abrazar su cuello y hundir su rostro en la bufanda que tanto amaba. Ivan acomodo a su hija en su hombro y el efecto fue casi instantáneo. Todos los movimientos de la pequeña cesaron y sus ojos comenzaron a cerrarse con un suave bostezo. Alfred soltó un pequeño bufido, negando al ver como Mila caía dormida en cuestión de segundos.

—Siempre se calma cuando está en tus brazos. No puedes creer cuanto pasó llorando esta mañana cuando no la levantaste tú. Por lo menos eso es un signo de que sus pulmones están funcionando correctamente, da— los ojos azules se rodaron sin malicia, sus brazos cruzándose con un puchero, porque tan solo bastaba el estar en brazos del ruso para que Mila se calmara y cayera dormida, e Ivan lo sabía.

— ¿No dejaste descansar a mama? —susurro contra la pequeña, con un leve tono fingido de regaño, meciéndola más en sus brazos para llevarla a un sueño más profundo. Alfred no pudo evitar la ternura pasar por su rostro, el ver a alguien del porte de Ivan, del que cualquier persona se alejaría con temor, tratar a su pequeña con tanto amor y delicadeza de verdad lograba calentar su corazón.

— ¿Esta muy pesado el trabajo? —preguntó luego de varios segundos en silencio cómodo, tan solo interrumpido por los pequeños ruidos que hacia su hija al dormir. Ivan solo suspiró, sus hombros cayendo y las arrugas entre su cejo haciéndose más notorias.

—Da, no puedo esperar a mi salida de paternidad— el trabajo de horas atendiendo y diagnosticando pacientes, además de cirugías y consultas lo tenía hasta el borde de la paciencia, eso sumado a su recién nacida no se le estaba haciendo para nada fácil, y Alfred lo sabía, pero en ese momento no habia nada que pudieran hacer, solo tenían que... esperar.

•••

Ya habían pasado dos minutos y Wolfram seguía haciendo pequeños garabatos en la hoja, sus manos sosteniendo su cabeza con clara frustración. Su ceño estaba fruncido y sus ojos parecían querer desintegrar al papel bajo su mano. Con curiosidad Clarie se acercó a la mesa después de terminar de hacer un snack para la tarde, sus ojos enseguida posándose sobre la hoja, encontrándose un colorido dibujo en el que pudo identificar a Wolfram junto a su papá, Berlitz, Blackie y Astrid, la reciente adición a la familia, una cachorra Golden reitriver.

— ¿Qué paso Wolfy, porque pareces tan frustrado? —pregunto poniendo una de sus manos en el hombro del menor y la otra dejando el plato de frutas y galletas en la mesa. Wolfram subió a verla con un puchero en su rostro y ojos acuosos.

—La maestra nos dijo que dibujemos a nuestra familia, pero... no puedo recordar cómo se veía mamá— esa respuesta no la habia esperado, y sintió su corazón encogerse con pena y comprensión. Tuvo el impulso de abrazar al pequeño, porque ella también sabía cómo se sentía el no poder recordar a su mamá, pero en ese momento una idea vino a su mente.

—Ya regreso...— sus pies empezaron a llevarla en automático al lugar donde sabía que habia visto una foto de la mamá de Wolfy, entrando al cuarto con suma cautela pese a que sabía que nadie estaba ahí. Con una pequeña disculpa por tomar algo tan preciado, cogió el cuadro guardado en la mesa de noche de Ludwig, regresando casi a zancadas a la sala con ese delicado objeto apretado contra su pecho. Cuando llegó, lo puso en la mesa frente al pequeño que parecía estar a segundos de llorar. —Aquí esta, Wolfy— sonrió de manera suave, acariciando los cabellos del menor. En el momento en el que esos ojos azules cayeron en la foto frente a él, su estado de ánimo cambió.

—Gracias Clarie— Una sonrisa se pintó en sus labios y su típica energía regresó. Wolfy tomo los colores entre sus dedos una vez más y comenzó a dibujar con nueva determinación en su rostro. Clarie solo pudo sonreír, su corazón sintiéndose aun comprimido, pero por ese momento solo suspiró, sentándose cerca al pequeño para poder ayudarlo en todo lo que pudiera hasta que Feliciano o Ludwig regresaran a casa.

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Tres horas después, el primero en llegar fue Feliciano, y no le sorprendía, porque en esos días apenas habia visto a Lud por cortos minutos en las mañanas, pero en las tardes... nunca. Después de cenar y prepararse para dormir, Wolfy se quedó dormido en el regazo del italiano, su respiración tranquila indicando que pese a que habia prometido no dormirse durante la película, Morfeo habia ganado esa batalla. Y en ese momento le contó al mayor lo que habia pasado esa tarde, la mirada del italiano volviéndose cada vez más triste a medida que continuaba su relato.

—Es por eso que Wolfy parece tan decaído últimamente... ¿Por qué Luddy viene tan tarde todos los días? — suspiró con pesadez en su corazón. Sabía que Wolfy se sentía solo la mayoría del tiempo, y comprendía que Ludwig hacia todo lo posible por pasar tiempo con su hijo y por hacerlo feliz, pero aun así...

—Pese a que ahora tiene a Astrid, Wolfy siempre parece sentirse solo— una breve mirada a la esquina de la habitación le permitió ver a la pequeña cachorra dormida en su cama, esa que habia traído alegría a la casa consigo y con la que Wolfy jugaba todos los días. Si, Astrid, Berlitz y Blackie estaban ayudando, pero sabía que no eran remplazo para su papá o su mamá.

—Cuando mi madre murió, yo ya era grande, por eso tenía muchos buenos recuerdos de ella, pero Wolfy... el perdió a su mama cuando tenía 3 años... era solo un bambino, era demasiado pequeño para perder a su mama— Suspiro una vez más, el sentimiento de pena e impotencia llenándolo por completo porque el vacío que una madre dejaba era imposible de llenar, y sabía que no habia nada que el pudiera hacer. No era un remplazo de la mama de Wolfy, y tampoco lo iba a ser nunca. Ignorando el picor en sus ojos comenzó a acariciar el cabello del niño dormido en su regazo, la mezcla de emociones en su interior no permitiéndole darse cuenta del ligero cambio en la respiración del menor, o de cómo sus ojos antes cerrados ahora se habían abierto apenas un poco.

—La mamá de Wolfy tampoco debe estar tranquila en el cielo...— sus ojos subieron instintivamente al techo, para después bajar con pesadez, porque no había nada que pudiera hacer, pero odiaba verlo triste. —Voy a acostar a Wolfy en su cama antes de irme— avisó cargando al pequeño sobre su hombro, sonriéndole al italiano en forma de despedida. Feliciano solo asintió, un suspiro saliendo una vez mas de sus labios cuando sus ojos cayeron en el reloj de la sala. 10 pm... ¿Dónde estaba Ludwig?

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— ¡Papa! — un pequeño cuerpo se lanzó contra el suyo apenas puso un pie en la casa. Sorprendido bajo su mirada al niño abrazado a su pierna como si su vida dependiera de ello. Alarmas empezaron a sonar en su cabeza en ese momento. ¿Se sentía mal? ¿Estaba enfermo, le dolía algo?

—Wolfy, ¿Qué haces despierto a esta hora, Schatz? — acarició su cabello en un intento de hacer que su hijo lo mirara para saber que andaba mal con él, pero el momento en el que lo hizo, su corazón se estrujó con preocupación. Sus ojos estaban rojos e hinchados como si hubiese estado llorando por mucho tiempo.

—Quiero que llames a mamá— esas palabras lo tomaron desprevenido. Wolfram al notarlo se alteró aún más, su agarre en su pierna apretándose ¿Por qué Wolfram estaba comportándose así? Con cuidado, tomó a su hijo, alzándolo hasta que los pequeños bracitos se envolvieran alrededor de su cuello y que esos ojos idénticos a los suyos estuvieran mirándolo directamente. Con su mano libre limpio los rastros de lágrimas en la cara de su hijo, besando su frente con cariño para calmarlo.

—Está demasiado tarde, liebchen— explico caminando hacia su habitación, meciendo al pequeño para dormirlo como cuando tenía pesadillas, su mano acariciando repetidamente la espalda de su hijo para calmarlo, pero Wolfram al escucharlo solo negó con la cabeza, sus manos empujándolo del pecho para mirarlo a los ojos.

—No, tienes que llamar a mama, es una emergencia— ordeno con el ceño fruncido, sus mejillas inflándose con determinación. Ludwig parpadeo una vez más siendo tomado desprevenido por su hijo. No entendía porque tanta insistencia, y a esa hora de la noche.

— ¿Qué sucede, porque estas así Schatz? — pregunto con una llama de preocupación en su pecho. Wolfy nunca se comportaba de esa manera y un mal presentimiento le estaba dando pesadez en el estómago. Con cuidado dejo a su hijo en su cama, sentándose frente a él, acariciando su cabello en señal de que lo estaba escuchando, que podía decir con confianza lo que quiera que lo esté atormentando en ese momento.

—Escuché a Feli y Clarie decir que mama estaba en el cielo— Ludwig sintió en ese momento una opresión dolorosa en su corazón y como su garganta se secaba de repente. Los ojos empañados de su hijo lo buscaban con súplica, y el peso que todos esos años habia sentido desvanecerse poco a poco regreso con toda su fuerza. —Eso no es verdad ¿no? Mama está en Italia, no en el cielo

—Wolfram...— comenzó con un suspiro, ahora que la verdad habia salido a la luz no podía continuar mintiendo, no era justo para su hijo, tampoco para su esposa. Pero no sabía cómo hacerlo, como decirle la verdad a Wolfram, no estaba preparado.

—Quiero a mama, debes llamar a mama— una vez más suspiro, y esta vez busco las manos de su hijo, tomándolas entre las suyas de manera suave.

—Wolfy... escucha bien lo que papa te va a decir ¿ja? Porque es muy importante— pidió dando un pequeño apretón en las manos del pequeño, buscando sus ojos empañados de lágrimas que estaba conteniendo. Odiaba verlo así, pero tenía que decirle la verdad. —Mama no está en Italia...

—Entonces ¿Dónde está? — no sabía cómo decirlo, como explicarle a un niño de siete años que su mamá estaba muerta, que todo ese tiempo habia estado ocultando la verdad para no lastimarlo, pero... ese habia sido uno de sus peores errores. Sabía que debía haberle hecho caso a su hermano, debía haberle dicho cuando todo sucedió, llevarlo a darle el último adiós a Olivia... pero en ese momento, lo único que hizo fue cerrarse en sí mismo y cometer errores.

—Mama está en el cielo, liebe— su garganta se sentía seca, y esas palabras que habia esperado tanto tiempo en decirle a su hijo salieron con un peso que nunca imagino haber estado cargando en sus hombros.

—No, mama no está ahí, eso no es verdad—negó frenéticamente con su cabeza, las lágrimas que habia estado conteniendo mojaban ahora sus mejillas. Ludwig sintió su corazón apretarse de manera dolorosa al verlo de esa manera, al ver la confusión y el dolor en sus ojos.

—Lamento no haber podido decirte la verdad antes, pero en ese momento eras muy pequeño, y todo fue tan repentino que mama no pudo despedirse...

—No es verdad, mama no está en el cielo. En mi cumpleaños me envió regalos y una carta. —interrumpió a su padre con la voz aguda por el llanto. Ludwig pudo sentir en ese momento su respiración detenerse, su pecho comprimirse más de lo que podía haberse imaginado. Todas las mentiras que le habia dicho esos años a su hijo caían como cristales rotos al suelo, cada uno de los filosos pedazos clavándose en su cuerpo.

—Wolfy... —intento acercarse, tomar la mano de su pequeño para hacerlo comprender que... ¿Qué podía comprender? Lo que habia hecho no tenía excusa. Solo habían sido años de cobardía y egoísmo acumulados, de mentiras que su hijo no se merecía.

—Estas mintiendo, papa mentiroso— gritó el pequeño alejando su mano, sus ojos subiendo a los de su papa con enojo que en poco tiempo fue remplazado por un dolor que era demasiado complicado y grande para entender. No podía entender, o más bien, no quería entenderlo. Extrañaba a su mama, quería ver a su mamá, solo una vez más, su mamá no podía estar en el cielo.

—Ven acá, liebe— sin importarle las manos empujándolo del pecho, o la protesta en el cuerpo de su hijo, solo lo tomo en brazos, lo envolvió meciéndolo en su regazo de manera suave, limpiando las lágrimas que salían sin parar, porque en ese momento, sabía que ambos necesitaban ese contacto. —Es tut mir so Leid Schatz...— susurro con la voz ronca, sus ojos comenzando a escocer de manera incontrolable en el momento en el que sintió a Wolfram tomar su chaqueta con los puños y hundir su rostro en su pecho. Sus ojos se desviaron al cielo oscuro a través de la ventana, en busca de esa persona que sabía que no podría ver, pero que, creía que estaba allí, mirándolo desde arriba.

"Olivia, lo siento tanto..."

•••

—Doctor Bonnefoy, llegaremos en un par de minutos— la suave mano sobre su hombro lo levanto de la siesta que se habia tomado, sus ojos abriéndose cansados para tocarse con los del hombre frente suyo, recordando finalmente, luego de varios segundos, donde estaba.

—Gracias, Doctor Smith— agradeció estirándose en su asiento cuando el mayor continúo caminando para despertar a los demás doctores que habían decidido tomar una siesta en el trayecto de tres horas hacia su destino. El ruido de un trueno llevó su atención a la ventana, estaba lloviendo, tanto que todo el paisaje era cubierto por la densa condensación de su ventana. Parecía que se iba a venir una tormenta...

Tal como Smith lo habia dicho, tan solo un par minutos después el bus se detuvo. Todos empezaron a bajar, siendo recibidos por el alcalde de la ciudad frente a la cancha deportiva cubierta en la que iban a atender a todos los pacientes que llegaran ese día. Pese a haber sido una instalación de emergencia por la tormenta, se veía bien organizado, y eso lo agradecía. Varias camillas con cortinas estaban instaladas, y pese a la tormenta en el exterior y la corta noticia, varias personas ya empezaban a entrar a ser atendidas.

El día paso rápido, en un ambiente tranquilo y relajado. Ninguno de los casos que habían atendido habían sido de fuerza mayor. Por eso después de tres horas decidió tomar un descanso, sus pies llevándolo a los asientos de la cancha, pero antes de que pudiera sentarse a comer el almuerzo que su hermanita le habia empacado, sus ojos cayeron en una niña de apenas ocho años sentada a pocos metros de ahí con un bebe de juguete, fingiendo alimentarlo y abrasándolo contra su pecho mientras cantaba una canción de cuna. Con curiosidad se acercó, arrodillándose frente a la pequeña con una sonrisa suave.

—Parece que vas a ser una buena hermanita, petite— elogio llamando la atención de la niña que lo regreso a ver con una sonrisa brillante.

—Quiero aprender a cuidar de un bebé— la escucho decir con emoción en su voz, sus manos abrazando aún más al muñeco contra su pecho.

— ¿Vas a tener un hermanito? — pregunto revolviendo su cabello y ganandose una risa en respuesta.

—Mummy dijo que no podíamos cuidar al bebé del chico que vive con nosotros cuando nazca, pero yo quiero cuidarlo, quiero que sea mi hermanito — los ojos azules de la pequeña subieron a verlo con un puchero triste. Francis solo pudo regresar a verla con comprensión y tristeza, pero también confusión. No sabía que existían ese tipo de casos en un pueblo chiquito como ese sin hospitales, definitivamente podía ser un poco peligroso, pero no, no era momento de preguntarse eso. Su atención volvió a la pequeña, revolviendo sus cabellos una vez más y dándole una sonrisa tranquilizadora. —Tal vez Mummy puede cambiar de opinión si ve lo bien que puedes cuidar al bebé —la pequeña cambio su semblante triste a uno alegre al escuchar esas palabras, sus pies dando saltitos involuntarios con emoción ante esa posibilidad. Dejando su almuerzo a un lado, Francis se sentó junto a la pequeña para ayudarle a cuidar del "bebé" que ahora habia despertado y estaba llorando por atención.

— ¿Los bebes pueden comer chocolate? — Francis soltó una risa ante la pregunta, negando con la cabeza cuando vio la mueca en el rostro de la niña.

—Non, pero lo estas sosteniendo de manera correcta...

•••

Un dolor punzante lo hizo abrazar su vientre, el libro que estaba sosteniendo cayendo olvidado en la cama. Desde que despertó esa mañana había empezado a tener contracciones, pequeñas olas de dolor que se presentaban en su espalda baja de manera esporádica. Sabía que era normal durante el último trimestre del embarazo, pero el dolor había aumentado en escala y frecuencia de manera exponencial a medida que el día avanzaba. Respiró profundo, intentando no tener pensamientos precipitados en ese momento. Podían ser tan solo contracciones de Braxton, sólo tenía que relajarse. Acarició su vientre en un intento de calmar al bebé en su interior, sabía que se podía tratar de falsas señales, aún no llegaba a los ocho meses, era demasiado temprano. Pero no se sentía bien... no se sentía normal. Tenía un mal presentimiento.

Tenía que ir al baño, tomar agua y caminar un poco para relajarse. Sabía que si se relajaba el dolor iba pasar. Intento levantarse de la cama, pero sus piernas fallaron en sostenerlo, cayendo sentado una vez más cuando otra contracción atacó. Y, entonces, sus ojos se abrieron en incredulidad. Un líquido transparente comenzó a resbalar por sus piernas, y su respiración se cortó.

N-no... no podía ser lo que temía que era. No debería estar pasando eso. No podía, era demasiado pronto. Solo debía respirar, relajarse y recostarse un momento. Pero entonces otra contracción lo golpeo, una peor que todas las anteriores, y tuvo que apretar sus dientes para no gritar. Sus ojos bajaron a las sabanas antes mojadas por ese líquido transparente, ahora empezando a tornarse rojas. Estaba sangrando.

—M-Mary— llamó con desesperación, su voz siendo opacada por un trueno al mismo tiempo que su cuerpo se sacudía en otra contracción. — ¡Mary! — a la segunda llamada entro la mujer de cabellos castaños a su cuarto, la pregunta muriendo en sus labios y siendo remplazada por horror al ver la escena. —N-no sé qué está pasando— no debería estar sangrando, no era normal. Tenía miedo. Sus manos estaban llenas de sangre y lágrimas caían en una mezcla de dolor e impotencia.

—Oh god, Arthur...— cubrió su boca con shock, acercándose al menor a paso rápido. Por lo que podía ver, la bolsa se había roto, pero estaba sangrando. Aún no era tiempo, no estaba en el noveno mes aún. No sabía qué hacer. —Shh, solo intenta respirar. —la mujer intentó calmarlo, en ese momento lo que menos servía era entrar en pánico. Había atendido algunos partos antes, pero ninguno prematuro o en hombres. Su esposo era sanador también, pero en ese momento estaba en la ciudad junto al equipo médico que habia llegado. Eso... eso era, el equipo médico, de seguro alguien ahí podría ayudarlos. Pero antes Arthur, debía ayudar a Arthur. —Vamos, debes acostarte, intenta relajarte, todo va a estar bien— habló ayudando al menor a recostarse en la cama poniendo varias almohadas tras su espalda. — ¡Rose! — tras el llamado su hija de ocho años entro al cuarto sin saber que era lo que estaba pasando. Solo pudo notar la sangre en la cama y su rostro se llenó de preocupación. —Necesito que llames a papá y le digas que necesitamos ayuda, Arthur va a tener al bebé, ¿Sí? —intento explicarle lo más calmada posible las instrucciones a su hija. La pequeña asintió enseguida, saliendo del cuarto en busca del teléfono para marcarle a su papá. Solo esperaba que alguien pudiera ayudarlos rápido, o si no...

•••

— ¡Ayuda! Es una emergencia— grito cuando llego al lugar donde los médicos ya empezaban a empacar para regresar a la ciudad, por suerte habia llegado antes de que se fueran. Apenas quince minutos atrás habia decidido regresar a casa, pero tras la llamada de su hija habia regresado al complejo lo más rápido que la tormenta se lo permitió. Al escuchar su grito todos los doctores se detuvieron y voltearon a mirarlo preocupados.

—¿Qué pasó? — preguntó el medico a cargo acercándose enseguida. Su equipo de ayudantes siguiéndolo y todo el lugar cayendo en silencio para poder escuchar lo que él tenía que decir.

—Necesitamos ayuda, un hombre está a punto de dar a luz, pero no hay nadie experimentado para asistirlo. Es un parto prematuro— explico enseguida y en ese momento el hombre que se habia acercado retrocedió unos pasos y todos empezaron a mirarse entre sí. La mayoría de las personas ahí eran estudiantes de medicina y voluntarios. Solo esperaba que alguien, tan solo una persona pudiera ayudarlos, porque en ese momento no tenían ninguna otra opción.

—Yo puedo ayudarlos— se ofreció entre ellos un hombre rubio de ojos azules, Bonnefoy según marcaba su placa. Un suspiro aliviado salió de su boca, pero no podía relajarse, aún debían llegar a su casa, lo más rápido posible. Estaban contra reloj, cada minuto era crucial.

•••

—Es aquí— indico parqueando la moto frente a una pequeña casa alejada de la ciudad, por la que solo se podía llegar a través de un largo camino de tierra. Apenas llegaron fueron recibidos por la niña que habia ayudado esa mañana, la pequeña agarrándose a la pierna de su padre al verlo entrar, sus ojos llenos de preocupación antes de subir a los del francés en busca de ayuda.

—Es la primera puerta en el pasillo— indico señalando el camino con su mano antes de alzar a su hija en brazos. Francis asintió, caminando hacia el lugar sin hesitación alguna mientras el hombre iba a calmar y acostar a su hija a dormir. Al entrar a la habitación pudo notar enseguida una mujer castaña sentada frente a la cama donde suponía debía estar su paciente.

—Tranquilo, respira— escucho que repetía una y otra vez al hombre estaba a punto de dar a luz, con una manta blanca manchada de sangre cubriendo todo su cuerpo. Eso no podía ser bueno

— ¿Hace cuánto comenzaron las contracciones? — pregunto acercándose a paso lento hasta que pudo reconocer el rostro del paciente y entro en shock. Ese cabello, esas cejas, las reconocería en cualquier lado. Sus ojos azules chocaron con los esmeralda de esa persona que todo ese tiempo habia buscado, y simplemente no podía creerlo, no podía ser que el estuviese ahí, que el...

—Hace aproximadamente 14 horas, la frecuencia es de 5 minutos— interrumpió sus pensamientos la mujer, mirándolo con preocupación por el chico que habia acogido en su casa meses atrás.

Arthur al escuchar esa voz sintió su cuerpo congelarse. No podía ser cierto... pero al momento en el que su mirada chocó con la del otro, supo que definitivamente el destino debía odiarlo. No podía verlo, no quería ver los sentimientos en esos ojos, recordar al hombre que nunca dejaba de atormentar sus pensamientos. Su pecho dolía tanto que no podía respirar, todo ese tiempo... ¿Por qué tenía que aparecer justo ahora? ¿Por qué...?

— ¿Ya rompió fuente? — preguntó saliendo de su estupor, intentando fingir que no conocía a esa persona, intentando no regresar a verlo, fijando su vista en la mujer. Debía concentrarse, en ese momento... Arthur no era el que importaba.

—Si, hace... casi una hora— explico abriéndole paso para que se acercara al paciente.

—Necesito un recipiente con agua tibia y varias toallas, también necesito que llame a una ambulancia, que lleguen lo más rápido que puedan. Informe sobre un parto prematuro de emergencia— al escuchar la orden Mary salió enseguida del cuarto en busca del teléfono y el agua, dejando a los dos hombres solos.

Francis soltó un largo suspiro cuando escucho que la delgada puerta de madera se cerraba y lo dejaban a solas con su prometido... o ex prometido de hecho. Enseguida desinfectó sus manos y se puso sus guantes antes de acercarse al inglés y sin cuidado alguno ni delicadeza quito gran parte de la sabana que lo cubría y abrió sus piernas, alarmando al menor que no pudo evitar dar un pequeño respingo y sentirse una vez más mareado.

—N—no ahí— suplicó intentando cerrar las piernas al sentir como la mano del otro se acercaba peligrosamente a su entrada. Se sentía desagradable, y con cada contracción que lo atacaba sus ganas de vomitar aumentaban.

—Necesito ver que tan dilatado estás— gruño mirándolo con seriedad, abriendo una vez más sus piernas con brusquedad, sacándole un pequeño quejido de dolor, pero en ese momento, no le importaba. Estaba furioso... más que furioso. — 8cm... — susurro más para sí mismo que para el británico. Aun no era tiempo... —Aún falta un poco— le indicó, y el inglés dio un pequeño asentimiento, intentando mantenerse fuerte, sobre todo. Una contracción más fuerte que las anteriores lo ataco y no pudo reprimir el sollozo que salió de sus labios, apretando las sabanas con desesperación en búsqueda de que si quiera algo del dolor disminuya. Francis al darse cuenta sintió una opresión en su pecho, estaba sufriendo. —Toma mi mano— ofreció en un suspiro, sabía que estaba sobreactuando, y que ese no era el momento para hacerlo.

—Por—porque estás a—aquí— pregunto apenas con un hilo de voz, intentando mantener la cordura en ese momento. Con cada contracción sentía como si se le quebrarán los huesos. Sus miradas chocaron por breves segundos y pudo ver en los ojos azules del otro la decepción, el dolor, la traición y la ira. Sabía que era lo que causaría al desaparecer sin dejar rastro, pero... en ese momento, habia parecido lo mejor. Seguía siendo lo mejor...

—No importa, solo concéntrate en la respiración— desvió la mirada, provocando que un escalofrió recorriera al británico por la frialdad de sus palabras. — ¿Cuál es la frecuencia de las contracciones? —regreso a verlo con seriedad, manteniendo su tono profesional, porque en ese momento Arthur era solo eso, un paciente más... lo trataría como un paciente más.

— 2 minutos— hablo apenas antes de soltar otro quejido de dolor cuando una vez más una fuerte contracción hizo que sintiera como su interior se desgarraba. Un pequeño golpe en la puerta sonó antes de ver como la castaña sostenía con impotencia el celular en su mano, su mueca denotaba todo menos buenas noticias.

—Llamé al hospital más cercano, lo más temprano que pueden llegar con una ambulancia es en una hora debido a la tormenta— informó con la cabeza gacha, sus ojos regresando a Arthur con preocupación por el y el bebé. No sabía que era lo que podría pasar. Pero no podía hacer nada, solo ayudar en lo que más pueda. —Voy a calentar el agua enseguida...

—Gracias— agradeció sinceramente antes de que la mujer saliera una vez más. Tenía una hora. Una hora era demasiado tiempo, podía ser demasiado tarde. Pero no, no dejaría que nada le pasara a su bebé. Y en ese momento el enojo lo invadió de nuevo, porque de no ser por Arthur, por sus decisiones imprudentes. En ese momento sintió un fuerte apretón en su mano, sus ojos azules regresaron a la figura del inglés, notando la agonía en sus facciones, la manera en la que sus dientes se apretaban y su cuerpo se sacudía. Todo su enojo se drenó por completo al verlo intentar respirar de manera temblorosa.

Una nueva contracción peor llego tan solo segundos después. Ni siquiera pudo respirar cuando una vez más la sensación de que estaba siendo partido en dos lo invadió de pies a cabeza. Quería que todo terminara, que su bebé saliera de una vez por todas, lo único que quería en ese momento era deshacerse del dolor.

—No pujes, no aún— advirtió Francis al notar sus intenciones. Soltó su mano para ir a revisarlo nuevamente, esta vez abriendo sus piernas con más cuidado. —10 cm.… ahora sí, necesito que empieces a pujar— sí, diez centímetros no eran suficientes, dieu, que nada podía ser suficiente en ese momento, pero sabía que durante los últimos minutos del parto la dilatación se aceleraba, que habia la probabilidad de que alcanzara los 12 centímetros necesarios. Pero ya no podía seguir esperando más, porque la bolsa ya se habia roto y el momento exacto no lo sabía, lo único que sabía era que cada momento que pasaba era más peligroso para él bebé. Arthur asintió al escucharlo, pero cuando intentaba hacerlo, el dolor empeoraba, se hacía insoportable.

— ¡Arthur! —lo llamo alzando la voz al ver que no hacía nada, a partir de ese momento la vida del bebé corría riesgo, y eso sí que no se lo podía permitir. Sabía que un parto sin analgésico alguno era difícil, más aún en hombres, pero en ese momento no habia nada que pudiera hacer para ayudarlo.

—N—No puedo— sollozo perdiendo en ese momento toda la compostura, dejando a sus lágrimas fluir libremente y el nudo en su garganta crecer aún más, pero comprendía que la vida de su bebé estaba en juego y empezó a pujar, por mucho que doliera debía hacerlo, por mucho que lo estaba matando...

—Una vez más... Solo un poco más— intento animarlo, mordiendo su labio inferior con impotencia al ver sus lágrimas, al notar como apretaba las sabanas con fuerza que poco a poco se iba desvaneciendo y su piel cada vez se tornaba más pálida.

—Francis, n—no puedo, no puedo— y en ese momento los sollozos se transformaron en un llanto incontenible.

—Si puedes, ya falta poco— pero sentía que esa tortura no terminaría, busco con sus ojos esmeralda los llenos de preocupación del francés y buscó su mano, quería tenerlo a su lado, necesitaba sentirlo para no derrumbarse aún más, para poder mantenerse fuerte hasta el final.

—L—lo siento, Fran— murmuro en un sollozo cuando sintió que esa fría mano tomaba la suya, en ese instante el francés entendió a lo que verdaderamente se refería... pero ese no era el momento para hablar de eso... ahora debían concentrarse en el nacimiento de su bebe.

—Vas a estar bien... vas a estar bien— acarició su rostro lleno de sudor y lágrimas tal como lo habia hecho en el pasado cuando eran apenas un par de adolescentes con toda una vida por vivir. Pero ahora eran adultos, personas que sin darse cuenta se habían dañado el uno al otro pese a jurar cuanto se amaban.

El golpe en la puerta pasó por desapercibido para los dos, pero Francis pudo ver a Mary entrar con la tina de agua y toallas que había pedido, poniéndolas sobre la cómoda frente a la cama antes de acercarse con preocupación.

—Arthur, oh my god... hay algo en lo que pueda ayudar? — preguntó al ver lo pálido que estaba el menor.

—Sostenga su mano, intente hacer que se relaje un poco — pidió regresando a su profesionalismo, soltando la mano del inglés con un fuerte dolor en el pecho antes de ubicarse una vez más entre sus piernas. —Arthur necesito que pujes— ya más de media hora había pasado. Sus ojos no paraban de subir preocupados al menor que parecía volverse más pálido y perder más energía a medida que el tiempo pasaba. Estaba perdiendo demasiada sangre. Los gritos de dolor y las órdenes eran lo único que se podía escuchar en la casa, pero ya podía ver la cabeza, ya estaba cerca. —Empuja, una vez más, solo una vez más— pidió, y el inglés obedeció sin dudarlo un solo segundo, pese a que doliera como nunca, continuo hasta que, con su cuerpo ya entumecido, pudo sentir como si toda la presión en su espalda baja se hubiese ido. Pudo respirar.

Francis miraba incrédulo al pequeño ser que tenía entre sus brazos, bañado en sangre. Pero, no estaba respirando. Y en ese momento empezó a suplicar. Mary al ver el escenario solo pudo cerrar sus ojos, sin querer ver lo que estaba pasando, en shock.

—Vamos, respira bebe, solo respira— su voz salía en apenas un susurro roto, sus ojos comenzando a escocer con la probabilidad... no, esa probabilidad en la que no podía pensar. Puso el pequeño cuerpo contra su hombro, empezando a darle pequeñas palmaditas, con la fuerza suficiente, intentando obtener una reacción, un llanto, algo, porque no podía soportar perder a alguien más, no en sus brazos, no de nuevo.

—Francis... no—

—Cállate— grito sin medir su volumen, sin importar que hubiese otra persona allí, sus ojos mirando al inglés con furia, porque todo era su culpa. —Vamos, respira, por favor— cada vez estaba más desesperado. Empezó a dar RCP, sus dedos presionando con la fuerza necesaria, su boca intentando darles oxígeno a sus pequeños pulmones, darle el oxígeno que sentía que se estaba cortando en su garganta porque eso no podía estar pasando. Y entonces, el pequeño cuerpo se removió, y un pequeño gimoteo salió de sus pulmones, un gimoteo que dentro de poco se convirtió en un llanto, tan bajo que apenas pudo escucharlo, pero le permitió respirar. No supo en qué momento las lágrimas habían empezado a caer de sus ojos, pero cuando el llanto incremento en volumen, pudo sentirse a sí mismo acompañarlo. Porque estaba viva, su pequeña estaba viva. Y a ese alivio se le sumó también Mary, que ahora limpiaba las lágrimas de sus ojos y agradecía a Dios por no llevarse a ese angelito —E—es una niña— una pequeña tan fuerte que en ese momento quería bañar en besos, agradecer que haya sobrevivido, luchado por vivir. Y no podía quitar sus ojos de ella, nada más importaba porque esa era su hija.

Metió el pequeño cuerpo en la pequeña tina de agua aun tibia, limpiando su cuerpo con tanta delicadeza y miedo de dañarla, porque era tan frágil. La envolvió en una de las toallas dobladas sobre la mesa y la acuno en sus brazos para calmar su llanto, trasmitirle calor. Acaricio inconscientemente la mejilla de la bebé, con total devoción, esa era su hija... era su hija...

En ese momento el teléfono sonó en la casa, y Mary se levantó, saliendo del cuarto para ir a atenderlo con la posibilidad de que sea la ambulancia que había llamado casi una hora atrás. Cuando se cerró la puerta, Arthur soltó un sollozo. Todo su cuerpo dolía, estaba agotado, lo que más deseaba en ese momento era descansar. La noticia de que era una niña apenas habia llegado a su mente cansada, pero, no se pudo permitir sonreír. Su cuerpo se sentía destrozado, y su cabeza aún estaba dando vueltas. El sentimiento nauseabundo en la boca de su estómago aún estaba presente y el escuchar el llanto de su recién nacida tan solo habia empeorado todo. Dolía, su cabeza dolía. Se sentía tan ligero y pesado al mismo tiempo, pero algo estaba claro en su mente, seguía claro después de todo ese tiempo, después de haber escuchado ese llanto, de haber escuchado ese anuncio. No quería ver a su bebé. No quería, porque eso haría su decisión aún más difícil.

—Francis— susurro al verlo acercarse con un bultito envuelto en una mantita blanca. Y todo se sintió más real, más pesado y enfermo. Esa... esa era su bebé, ese llanto, era de su hija. No, no podía encariñarse. —N—no... no puedo— negó cuando el francés le extendió a la recién nacida. No quería ni siquiera tocarla. Francis frunció el ceño confundido por esa reacción, antes de caer en realización, recordando las palabras que la niña le había dicho esa tarde. El... la iba a dar en adopción. Él iba a dar en adopción a su hija. No, eso no sé lo podía permitir.

—Sostenla— ordenó con seriedad en su voz, sus ojos azules oscureciéndose con el enojo. Porque después de todo ese tiempo, habia esperado que Arthur, por lo menos si ya no lo amara a él, amara a su hija. Habia esperado que amara a ese pequeño ser, producto de los dos, que no tenía culpa de nada, que había luchado desde sus primeros hasta sus últimos momentos por sobrevivir. Esa pequeña que en sus manos era tan frágil.

—N—no, yo no...— negó repetidamente, intentando ocultar su rostro de esos ojos que lo miraban con una expresión tan oscura que nunca habia visto en ellos, pero que se la merecía. Se merecía todo el odio de Francis, pero... ella no, ella no se merecía una vida así, no se merecía el sufrimiento que traería el quedarse con él, porque todas las personas a su alrededor, a todas las terminaba lastimando, destruyendo, y eso era algo que no le quería hacer a su propia hija, por eso no podía quedarse con ella. No podía hacerla sufrir.

— ¡Solo sostenla! —alzó su voz con firmeza, ubicando a la pequeña en el pecho del menor sin importarle sus sollozos. Ahora, solo su hija importaba, solo la manera en la que su cuerpo, sus manitas se abrían y cerraban sobre el pecho del inglés, como su mejilla bajaba a reposar contra su piel expuesta y su respiración comenzaba a tomar más fuerza. Arthur se negaba a bajar a mirarla, no podía hacerlo, por mucho que su cuerpo le dijera que calmara el llanto de su bebé, que la abrazara contra su pecho y que besara su frente, no podía hacerlo. No quería a esa bebé, no la quería. Pero...ella era tan pequeña, tan frágil. ¿Como podía parar su llanto? ¿Como podía calmarla? Él no podía ser padre, no podía serlo, damn... ni siquiera podía calmar a su recién nacida, ni tenía el valor para bajar a ver su rostro. No podía.

—No la quiero... no la quiero Francis— decir esas palabras dolió mucho más de lo que se pudo imaginar, y escucharlas fue mucho peor. Le cayó como un golpe seco. Sin decir una palabra tomo a la recién nacida que no paraba de llorar de los brazos de esa persona que algún día juro amar con su vida, esa persona que ahora ya no reconocía. Que no era capaz de comprender cómo había rechazado a su propia hija... como tenía el corazón para hacerlo. Sus ojos azules acuosos bajaron a los cerrados de la pequeña que movía sus bracitos y piernas mientras lloraba y protestaba el haber sido arrancada una vez más de ese calor tan familiar. De seguro que ella también sentía el rechazo de su madre, de seguro estaba sufriendo por eso.

—La ambulancia acaba de llegar— fue el anuncio que lo distrajo de sus pensamientos antes de que los paramédicos entraran a la habitación. Enseguida les entrego a la bebe y les permitió revisarla, encontrar cualquier rastro de malestar o enfermedad que él no hubiese podido notar, les dejo ponerla en la incubadora, conectar una máscara de oxígeno a su pequeño rostro, les dejo revisar a Arthur por cualquier rastro de mal estar, de pérdida de sangre, de la placenta que sabía que aún no habia expulsado y que sabía que podía hacer su vida correr riesgo, pero... en ese momento no lo habia pensado, no le habia importado, la vida de su bebe habia venido primero.

Los dejo hacer todo porque en ese momento, se quedó paralizado. Tan solo siguió las palabras como robot, contesto a las preguntas sin emoción, subió a la ambulancia sin decir ni una sola palabra. Y cuando llegaron al hospital, cuando Arthur fue internado, cuando su bebe fue llevada a neonatología por una revisión más, no dudo un solo segundo en ir con ella, porque Arthur, ya no reconocía a Arthur.

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—La bebé se encuentra en buenas condiciones, su parto fue realizado bien, y su reanimación pulmonar también. Sus pulmones son débiles, demasiado para una pequeña en su estado de gestación, pero es algo que irá mejorando con el tiempo, que no pondrá en peligro su vida. — explicó el neonatólogo con una sonrisa tranquilizadora en el rostro, después de todo muy pocos casos como el que había visto salían con tanto el bebé como la madre en buenas condiciones.

— ¿No sufre de alguna enfermedad o discapacidad? —preguntó sintiendo un peso en su pecho, sabía que la posibilidad era grande, especialmente por los primeros meses de gestación de su pequeña y su nacimiento prematuro.

—No sufre de ninguna deformidad visible, y su ritmo cardiaco, pese a ser un poco débil, es el esperado de una bebé de su estado de gestación. Es una niña muy fuerte. Sin embargo, las pruebas auditivas... puede ser que tenga una pérdida de audición de un 20% en el oído izquierdo, no es algo severo, pero requiere revisión de un audiólogo pediátrico y no contamos con ninguno en este hospital, además necesita permanecer mínimo una semana en la incubadora para desarrollar sus pulmones antes de que sea seguro que vaya a casa— Francis mordió su labio, sus puños apretándose con impotencia. No habia nada que pudiera hacer por su bebé, y Arthur...

—El paciente Kirkland, ¿Cómo esta? —pregunto regresando su mirada una vez más al doctor frente a él.

—Su pérdida de sangre fue severa, pero logramos estabilizarlo y ahora está reponiéndose en el cuarto de hospital. Puede ser dado de alta en dos días. — esas noticias aliviaron tan solo un poco el peso en su pecho. Pero, aun así, el enojo y la amargura en su interior seguía presente —La bebé puede ser trasferida a su habitación por el momento si así lo desea.

—Está bien— asintió en un suspiro. Pese a que no quería dejar a su bebé cerca de Arthur, y sabía que Arthur no la quería cerca, era lo mejor para ella.

—Quiero pedir un traslado de emergencia al hospital St. Thomas en Londres — pidió alzando a ver al doctor con decisión en su voz, esa era la mejor alternativa si quería darle el mejor cuidado posible a su bebe. El neonatólogo asintió.

—Avisare a una de las enfermeras que transfieran a la recién nacida, y ordenaré mientras tanto el traslado con el hospital St. Thomas de la bebé y la madre.

—Solo la bebé— interrumpió Francis. El doctor lo miro con sorpresa, pero después de haber recibido toda la información acerca del caso eso era lógico.

—Como ordene— agacho su cabeza en forma de respeto antes de salir y regresar a su oficina. Francis solo pudo suspirar al verlo irse, el dolor en su pecho incrementándose cuando se apoyó contra la pared de la sala llena de incubadoras donde su recién nacida estaba descansando, luchando por poder sobrevivir después de haber dejado el calor del útero demasiado pronto. Dentro de pocos minutos llego una enfermera a mover la incubadora de la pequeña al cuarto donde Arthur se encontraba, y en el trayecto se permitió sentarse en una de las sillas de la sala de esperas, hundiendo su rostro entre sus manos en un intento de procesar todo lo que acababa de suceder ese día. Tras una hora, soltó un suspiro e intento recuperar su compostura. Debía ser fuerte, por su pequeña, ahora solo podía concentrarse en ella. Sus rodillas tronaron cuando se levantó, y su caminar hacia el número de habitación que la enfermera le habia indicado era pesado. Su pecho dolía, dolía demasiado.

Suspiro por milésima vez en ese día cuando, al entrar, pudo notar a Arthur dormido. No se sentía preparado para enfrentarlo aún. Pequeños gimoteos lo atrajeron hasta la incubadora a lado de la camilla. Sus ojos cayeron en los azules cristalinos de la recién nacida, su cuerpo cubierto por sondas y una mascarilla de oxígeno ayudando a su respiración. Le dolía verla de esa manera. Verla le dolía, pero al mismo tiempo lo llenaba de calidez. Con cuidado tomo a la bebé en brazos, meciéndola contra su pecho para calmar su llanto. Todo el cuerpo de su hija encajaba en tan solo sus manos, y era tan ligera que le daba temor. Las pequeñas manitos se aferraron a su bata, y en ese momento lagrimas comenzaron a mojar sus mejillas.

—C'est bon, ma petite fille (Esta bien, mi pequeña niña)— susurro intentando calmarla, comenzando a tararear una suave melodía y acariciar la espalda de su hija. A los pocos minutos el llanto cesó, y la bebé cayo dormida contra su hombro. Era tan pequeña...

—F-Francis...— esa suave voz tras suyo congelo su cuerpo por completo. ¿A qué momento se habia despertado? apretó a la bebé un poco más contra su cuerpo por instinto. No quería enfrentar a Arthur, no quería verlo, porque no sabía que decir, no sabía cómo reaccionar y como controlar las emociones en su interior.

—Mi trabajo está completo, les diré a los demás que pasen para que se despidan de ella, me la voy a llevar— hablo con crudeza, intentando ocultar el dolor en su voz. Arthur solo asintió, siguiendo de reojo los movimientos del mayor, viendo cómo depositaba a la pequeña en el calor de la incubadora una vez más. Amarga realización lo golpeo, el oscuro pensamiento de nunca más ver a su bebé, pero antes de que pudiera decir algo, Francis ya estaba en la puerta, saludando a la pareja que acababa de llegar al hospital tras haber recibido su mensaje de que todo habia salido bien. — Pueden pasar, es una niña...

—Lo siento por haberlo hecho venir hasta aquí y tomarse toda esta molestia— se disculpó el señor, tomando su mano como forma de agradecimiento sincera. El francés forzó una sonrisa y palmeo el hombro del mayor.

—No se preocupe por eso, me alegra haber podido ayudar. Me iré en la mañana con la bebé— porque el traslado más rápido que habia podido conseguir era la mañana siguiente, o por lo menos, el que habia aceptado, porque una parte de él aun esperaba que Arthur cambiara de opinión, que mirara a esa pequeña tan hermosa que habían creado, que era solo de los dos, y se diera cuenta del error que estaba cometiendo. Sin embargo, cada pequeño momento que pasaban ahí era crucial para la salud de su pequeña, y ahora solo se podía permitir preocuparse por ella. Se forzó a cerrar los ojos, a cegar su vista, por muy irónico que sonara. Después de todo ese tiempo de Arthur no queriendo verle, de rehusarse a ver, ahora era él el que quería hacer lo mismo. Un sentimiento de pesadez abrumaba su cuerpo, porque pese a que había encontrado a la persona que había buscado todo ese tiempo, y que regresaría con su hija en brazos, sentía que iba a estallar en llanto. Tenía ganas de golpear lo primero que encontrara y descargar su ira, su dolor y su decepción. Porque si, más que todo estaba decepcionado.

—Puede quedarse en mi casa esta noche, nos encantaría tenerlo como invitado, y también darle las gracias propiamente por habernos ayudado— ofreció amablemente, pero Francis solo negó con la cabeza, rechazando la invitación con una sonrisa forzada. No podía abandonar el lado de su hija, y no le importaba dormir en ese hospital, pequeño y extraño, por hacerlo.

—No es necesario, me quedaré a dormir en el hospital para tener un ojo sobre la pequeña— La pareja solo pudo asentir y darle las gracias una vez más antes de entrar a la habitación donde Arthur se encontraba. Tras cerrarse la puerta apoyó su espalda en la pared y soltó un suspiro ahogado... en ese momento, no sabía que hacer...

•••

Los rayos del sol sobre su piel fueron la primera indicación que tuvo de que ya era un nuevo día. No sabía cuántas horas habia dormido, tampoco que era lo que habia pasado después de ser subido a la ambulancia. Solo... todo estaba en blanco, hasta el momento que despertó y vio a Francis cargando a su bebé en brazos. Lo que habia dicho, estaba borroso en su memoria, las palabras suaves de Mary y James, no las podía recordar. Su cabeza y su garganta dolían, y todo su cuerpo se sentía entumecido. Con dificultad intento sentarse en la cama, su cuerpo protestando por el esfuerzo. En ese momento sus ojos cayeron en la figura dormida en un sillón en la esquina de la habitación, sus brazos cruzados sobre su pecho y la manta sobre sus piernas a muy pocos milímetros de caer al suelo por completo.

Caminó hacia el aun con algo de dificultad, el dolor en su cuerpo aún no se iba, pero era soportable. Quería tocarlo, pasar sus manos por su cabello, su rostro, solo una vez más. Con suavidad paso una de sus manos por el cabello de Francis, tomando un mechón entre sus dedos con un sentimiento pesado en su pecho. Lo extrañaba. Quería poder acercarse más, unir sus labios una vez más, pero... Cuando los ojos azules chocaron con los suyos se paralizo. ¿A qué momento habia despertado?

Con rapidez aparto su mano, dándose cuenta de lo que habia estado a punto de hacer. Era un idiota. No debía haberse acercado.

—Im sorry... — susurro retrocediendo en un trastabillo, llevando sus manos a su pecho por instinto. Francis frunció el ceño confundido, el sueño aun nublando su mente. Arthur... ¿Por qué lo habia tocado de esa manera? ¿Por qué...? No, ese no era el problema aquí. Arthur aun no estaba bien, aun no se recuperaba. ¿Porque estaba parado frente a él?

—Deberías estar en cama, descansando— le recordó con seriedad y preocupación, podía causarse un desgarre interno si seguía así, pero era terco.

—Ya me siento mejor— se encogió de hombros. Era parte de la verdad, ya no se sentía tan mal, aunque tampoco se encontraba tan bien. Sus piernas se sentían de gelatina y el dolor en su abdomen dificultaba su respiración. Pero no habia podido evitar levantarse cuando lo vio allí, tan cerca, pero al mismo tiempo sabía que no podía acercarse... no podía permitírselo.

—Pues internamente tu cuerpo sigue en el post parto, así que debes descansar— dijo de manera cortante, volteando para quedar frente a frente con ese hombre que habia amado desde su juventud, el que en algún momento fue su novio, su prometido y ahora era el padre de su hija.

— ¿Porque estás aquí? — suspiró cambiando de tema, sus brazos cruzándose sobre su pecho con incomodidad. Sabía que lo que decía el francés era verdad, pero no habia podido evitar salir en su búsqueda, pese a que, ahora que estaban frente a frente, no sabía que decir.

— Eso no tiene importancia, Arthur. La pregunta es qué haces TU aquí— lo señalo con la mirada afilada. Un escalofrió recorrió su espalda al ver lo enojado que Francis estaba. —Después de todo este tiempo... no sabes cuánto pase buscándote, preguntando a toda persona que encontraba si te habían visto, en cada rincón de la ciudad, del país. — Arthur desvió la mirada al escucharlo, mordiendo su labio inferior con culpabilidad al escuchar sus palabras. — ¿Tan poco valí para ti? ¿Fui tan insignificante que ni una llamada pudiste hacer para decir que estabas bien? —le estaba gritando... Francis le estaba gritando. Se lo merecía. Sabía que se lo merecía, y quería borrar todo el dolor y el enojo de sus ojos, quería poder acercarse, decirle la verdad, decirle cuanto se arrepentía cada día de haber huido, decirle que nunca quiso abandonarlo, no quería separarse de él en realidad. Quería contarle todas las noches que habia pasado llorando, abrazando su vientre donde yacía lo único que le quedaba de Francis. Cuanto lo habia atormentado la decisión que habia tomado, lo inhumano que se habia sentido al haberse negado a ver a su recién nacida. No, Francis no valía poco para él. Valia demasiado. Lo amaba, más que a nadie y no estar a su lado era agonizante, pero porque lo amaba...

—No voy a regresar...— lo interrumpió con un tono de voz calmado, intentando enmascarar los sentimientos que luchaban por salir de su interior. El francés regreso a verlo con la mirada afilada, y una sensación amarga en su pecho. —Pero tú te tienes que ir... no te puedes quedar, ni quiero que te quedes...— finalmente subió a verlo, chocando sus orbes esmeralda llenos de seriedad y frialdad con los azules llenos de ira y decepción. Tras varios segundos en un silencio tenso, Francis suspiro. Así que... no le quedaba otra alternativa, ¿verdad?

—Quiero la custodia entera de mi hija— espetó cruzándose de hombros con seriedad en sus palabras.

— ¿Que? — abrió los ojos con sorpresa al escucharlo, con incredulidad.

—No la quieres después de todo... pero yo no voy a renunciar a ella. Tengo derecho sobre su custodia— esta vez, no le importaba si Arthur no lo quería cerca, no renunciaría a su bebé, definitivamente no lo haría. Si Arthur quería cortar todos los lazos entre ellos, esa sería el ultimo lazo que los unía. —Por eso te pido que renuncies a todos los derechos legales que tienes sobre ella— sentencio, y no flaquearía en sus palabras, así el viaje fuera costoso o cansado, lo haría por su pequeña, porque ahora ella era lo más importante de su vida.

—Francis... No puedes— intento refutar, pero sabía que tenía toda la razón, se estaba contradiciendo a sí mismo, a su decisión. Habia estado a punto de dar en adopción a su bebe, y si Francis no hubiese llegado, sabía que lo hubiese hecho, pero... pero ahora, ¿Por qué se sentía tan mal? ¿Por qué estaba flaqueando en su decisión? Una parte de él aun quería aferrarse a esa pequeña que habia estado en su interior por tantos meses, que habia rechazado incontables veces, pero, aun así, cuando la escucho por primera vez, supo que habia estado equivocado todo ese tiempo. La amaba, pero... pero no quería hacerle daño. Todo eso lo habia hecho porque quería protegerla, pero ¿de verdad la estaba protegiendo? El alejarla, el enviarla lejos, a una familia sin rostro o nombre, sin comunicación, el rechazarla ¿eso era protegerla?

—Si puedo, Arthur, y lo haré— ya no iba a tener más consideraciones hacia el británico, si él quería que las cosas se dieran así, pues así se darían. Le habia quedado muy claro cuando lo abandonó que no le importaba en lo más mínimo. —No me obligues a pedir la custodia completa por la fuerza, porque sabes muy bien que, si lo quisiera, la tuviera sin ningún problema — Arthur sintió en ese momento un nudo formarse en su garganta. Apretó los puños con impotencia, sabía que era verdad... sabía que, si entraban a juicio, definitivamente el francés terminaría ganando. Y sabia también que era lógico, que era mejor que su bebé se quedar al cuidado de Francis en vez del de una familia a la que no conocía y con la que sabía que nunca podría volver a verla. Pero aun así... ¿Por qué dolía tanto?

—Arthie— la aguda voz infantil hizo que los dos adultos voltearan a ver a la entrada de la habitación donde la pequeña niña llegaba emocionada seguida de sus padres.

—Rose— suspiro Arthur forzando una sonrisa al verla pasar. Su corazón dolía tanto que sentía que iba a llorar, pero debía ser fuerte en ese momento, no podía preocupar a la pequeña ni tampoco a la pareja que habia tomado cuidado de él desde que llegó a aquel pueblo.

— ¿Puedo ver a la bebé? — pregunto la pequeña pegándose a su pierna con emoción en sus ojos. Arthur abrió sus ojos con sorpresa. No... él no podía mostrarle a la bebé, porque si lo hacía, terminaría viéndola. Tenía miedo de tan solo acercarse a ese lado de la habitación, de mirar a su recién nacida y no poder dejarla ir.

—Por supuesto, solo debes hacer mucho silencio para no despertarla, ¿sí? — intervino Francis al darse cuenta, tomando la mano de la pequeña para llevarla al otro lado de la habitación donde se encontraba la incubadora donde descansaba su bebé. Rose dio un saltito emocionada cuando Francis le ofreció cargarla para poder ver mejor dentro de la incubadora. Y ahí estaba, la pequeña bebé rodeada de pequeños tubos que no tenia idea de para que funcionaban, pero era hermosa. Su piel era un poco rosadita, y sus manitas eran tan pequeñas que no llegaban ni a la mitad de las suyas.

—Es muy linda y pequeña— regreso a ver a Francis con admiración. No podía esperar para poder jugar con ella. El francés solo sonrió ante la emoción infantil de la niña. Pero, era verdad, su hija era hermosa.

— ¿Te sientes mejor? —Una mano sobre su hombro lo hizo dar un pequeño respingo. Había estado tan distraído con la escena de Francis y Rose que habia olvidado que Mary y James también estaban allí. Con vergüenza desvío su mirada al suelo, asintiendo suavemente a la pregunta. Estaba empezando a sentirse mareado. Quizás... debería regresar a cama.

—Solo... me siento un poco cansado, creo que voy a recostarme un rato— se excuso caminando de vuelta a la camilla con un sentimiento enfermizo en su estómago. Mary al ver el temblar de sus piernas se apresuró a ayudarlo, sin decir ni juzgar nada, porque tan solo con observar, podía darse cuenta de cuál era la situación allí.

— ¿Cómo se llama?

—Annabelle Bonnefoy— Por eso el apellido de la recién nacida no le había sorprendido. Sus ojos regresaron con compresión y pena al menor. En verdad, era una situación complicada. No podía ni siquiera imaginarse como Arthur se podía estar sintiendo.

—Doctor, gracias por ayudar a Arthie— se acerco James palmeando su espalda con gratitud. Francis tan solo asintió, bajando a la niña de sus brazos para regresar a ver al hombre a su lado propiamente, una sonrisa cordial formándose en su rostro.

—No tiene porque agradecerme, tan solo estaba haciendo mi trabajo— respondió cruzándose de brazos. Esas palabras le dejaron una sensación amarga en la boca, pero... era verdad. Tan solo estaba haciendo su trabajo, nada más que eso...

•••

—Doctor Bonnefoy, es hora de irse. El helicóptero ha aterrizado— informo el neonatólogo que habia atendido a su bebe y Arthur el día anterior, acercándose a la banca en la sala de espera donde habia estado tomando un café para poder despertar su mente. Sus ojos subieron a los del hombre al escuchar la noticia. Un sentimiento de pesadez se instalo en su estómago. Así que... ese era el fin de su viaje. No sabía cuando volvería a ver a Arthur, y pese a que lo habia encontrado, y que regresaría con su bebe en brazos, no se sentía bien. Dolía demasiado.

—Gracias, ¿puede darme unos minutos? — el doctor asintió, dejándolo a solas, tal como habia solicitado. Intentando hacer el menor ruido posible entro a la habitación donde su ex prometido e hija descansaban, dando un suspiro cuando vio que Arthur seguía dormido. No sabía si tendría el coraje para enfrentarlo en ese momento. Sus pies lo llevaron en automático a la incubadora donde su bebé se encontraba despierta, sus ojos azules observando su alrededor con curiosidad, abriéndose y cerrándose distraídos. Con cuidado la tomo en brazos, esbozando una sonrisa cuando su bebé alzo a verlo—¿Dormiste bien, petite Annabelle? —pregunto acariciando la mejilla de la recién nacida con ternura. Ella era ahora su mayor tesoro, y cuando sintió esas pequeñas manitos aferrarse a su camisa, supo que daría todo para protegerla y hacerla feliz. Suavemente la acuno en sus brazos, meciéndola mientras una canción de cuna salía de sus labios en tarareos. En pocos minutos tendrían que partir a su nuevo hogar, lejos de allí... donde Annabelle no podría volver a ver o sentir a su mamá. Pero...era lo mejor.

—Francis... —la voz a su espalda lo congelo. Sus manos temblaron inconscientemente y su boca dejo de tararear la canción de cuna que habia dormido a su bebé. Con cuidado volvió a poner a la pequeña en la incubadora, sus ojos volteando a ver al menor con lentitud. Cuando sus miradas chocaron pudo sentir el dolor invadirlo. Sus ojos comenzaron a escocer y lo único que quería hacer era acercarse y envolverlo entre sus brazos como tiempo atrás. Y podía ver en los ojos de Arthur que él también quería lo mismo, entonces... ¿por qué? ¿Por qué los dos desviaron sus miradas en ese momento? ¿Por qué se forzaron a seguirse lastimando? No lo entendía.

—La próxima vez que venga, traeré los papeles para que los firmes— su voz salió ronca. Se reprendió mentalmente cuando sintió que las lagrimas iban a empezar a caer. Tenia que irse, no podía soportar seguir en ese cuarto un minuto más. Con el corazón pesado se dirigió a la puerta, dando un último vistazo a Arthur antes de irse de allí. Debía confirmar el traslado y preparase para... irse de allí.

Arthur soltó un suspiro roto al verlo irse. Eso era lo mejor... así lo habia decidido cuando desapareció. Entonces, ¿Por qué dolía tanto? ¿Por qué quería salir tras el y evitar que se fuera? Lagrimas comenzaron a resbalar por sus ojos, pero ya no tenía la fuerza de detenerlas. Cuando dos enfermeras entraron a su habitación y vio que se empezaban a llevar a la incubadora donde estaba su bebe, sintió el impulso de gritar que se detuvieran. Pero tan solo oculto su rostro en su almohada, mordiendo su labio para acallar los sollozos. Esa habia sido su decisión, no tenia derecho a arrepentirse en ese momento.

—Francis...— susurro bajo su aliento, ese nombre del hombre que por tanto tiempo habia amado, ese hombre que en ese momento debía encontrarse abordando el helicóptero que lo llevaría lejos de allí, lejos... para siempre. No, no podía. Sus piernas protestaron cuando salto fuera de su cama, amenazando con fallarle cuando se acercó a la ventana de su habitación. Lo podía ver, estaba ahí, aun estaba ahí. —¡Francis! —grito por la ventana lo más fuerte que pudo, No podía irse. —Maldicion...— grito golpeando el vidrio con fuerza. Mas, alto, debía gritar más alto para que Francis lo escuchara, para que no se fuera de su lado. No podía subir, no podían cerrar. No... no. ¿Por qué estaba volando? Se estaba alejando y no podía detenerlo— ¡Francis Bonnefoy!