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Capítulo 78
Candy entró al apartamento corriendo, pues los berridos se escuchaban desde el exterior.
—¡Albert!, ¿qué sucede? —preguntó mientras se quitaba el abrigo y dejaba el bolso, todo a la vez.
—¡Al fin llegas, princesa! No sé lo que le pasa. No quiere el biberón. Mira.
A ella no le pareció que no lo quería precisamente, sino más bien que la pobre criatura no podía sacar nada de allí.
—Pero ¿le has quitado la tapa?
—¿La tapa? ¿Qué tapa? —preguntó Albert mientras intentaba mirar por el orificio de la tetina.
Candy tomó el biberón y desenroscó la parte superior para mostrarle a Albert el pequeño plástico que impedía que la leche se volcara por accidente.
—Ésta.
—¡Carajo!
—Albert, me lavo las manos y le doy de comer directamente del... envase original, ¿te parece, cielo? —dijo ella, riendo.
—Preciosa, me alegro mucho de que hayas llegado, de veras. Y a ver cuándo me invitas a mí.
Ella lo ignoró deliberadamente. Sabía por dónde iba, pero estaba decidida a hacerlo sufrir un poco más, sólo para consolarlo luego.
—Estoy lista. Hola, mi amor. Aquí está mami. No llores.
—Candy, ¿me has oído? ¿No me respondes?
—Querido, quisiera alimentar a... —contestó ella, luchando por mantenerse seria.
—Antes dime si el médico ha dicho que ya podemos.
—Te lo diré después.
—Candy... —rogó, pero ella continuó ignorándolo.
No quería parecer desesperado, pero lo cierto era que lo estaba. Se moría de ganas de hacerla suya nuevamente después de tanto tiempo. No era que estuviesen en completa abstinencia, porque habían jugado bastante, pero necesitaba tenerla, introducirse en ella y perder la cabeza en un éxtasis total. Sentía que no podía alcanzar la plenitud del placer si no era penetrándola. Necesitaba tanto tocarla. Hacía mucho que no tenía acceso a su maravilloso coño y ardía en deseos de llegar a él. Se le hizo la boca agua de sólo pensarlo. Lo quería todo de ella, pero por sus pechos podía esperar. Y no le parecía tan malo compartirlos con Anthony.
Anthony Ardley. ¡Qué bebé más guapo! Albert lo observó alimentarse con entusiasmo y sonrió. Aún no podía creer en su buena suerte. El niño había nacido con un estado de salud excelente. No había heredado ninguna enfermedad, y ellos pudieron respirar tranquilos cuando el análisis lo puso de manifiesto.
Todavía conservaba en su corazón haberlo visto nacer. Bueno, casi. Es que estaba tan impresionado por los acontecimientos que no apartó la mirada del rostro de Candy hasta que oyó que un potente llanto invadía la sala. Se volvió justo cuando depositaban esa pequeña cosa redondita y rosada sobre el vientre de su esposa. Se quedó atónito. Nunca había visto algo tan perfecto. Su corazón latió con fuerza, y un nudo se formó en su garganta.
Pestañeó varias veces para disipar el llanto, pero no lo logró. Las lágrimas comenzaron a rodar por las mejillas. Cuando regresó al rostro de ella, quedó extasiado. Había desaparecido el dolor, y su mirada tenía un brillo muy especial. Estaba emocionada; eso era evidente. Pero había algo más. Albert comprendió que estaba ante una nueva Candy. Ahora era mamá, y eso lo llenó de ternura.
No podía amarla más.
Y tampoco podía amar más a ese pequeño que berreaba de forma estridente sobre el vientre de su madre.
—Mi amor, puedes tocarlo —murmuró Candy suavemente—. Dile hola a nuestro hijo.
Él no se atrevía a hacerlo. Era tan pequeño. Lentamente, acercó el dedo índice y tocó su pequeña nariz. El niño estornudó en ese instante, y Albert casi se cae del susto. Todos rieron, inclusive Candy, que extendió un brazo y le revolvió el cabello. Albert la observó nuevamente como hipnotizado. No se cansaba de hacerlo. Se la veía maravillosa.
Luego, todo fueron alegrías. Estaba tan eufórico que incluso llegó a abrazar a su madre por primera vez. Pauna lloró tanto que hasta pareció humana, e William le apretó la mano, conmovido.
¡Y Candida! Había gastado el suelo de tanto caminar frente a la sala de partos. Pero ahora que todo había pasado, se desplomó en una silla, y no paraba de sonreír mientras murmuraba el nombre de su bisnieto una y otra vez.
Todo fue a pedir de boca. Incluso los paparazzi que los aguardaban a la salida del hospital se habían mostrado bastante respetuosos. Docenas de flashes se disparaban para intentar captar al nuevo integrante de la familia, pero a una prudente distancia.
Fueron portada de Face's, por supuesto. Candy sonreía, ataviada con los vaqueros que usaba antes del embarazo, por asombroso que pudiese resultar. Era como si nunca hubiese estado encinta, pues su vientre estaba tan liso como siempre. Lo único que la delataba era la turgencia de sus senos. Y el pequeño dormía plácidamente en los brazos de su padre. ¡Cómo los había embaucado! Debió ser la única vez que Anthony se mostró como un ángel, y todo para dar una buena impresión al público, igual que Pauna.
Hacía casi veinte días que no pegaban un ojo, pero valía la pena. Era maravilloso ver a Candy en el rol de madre, y también verse a sí mismo como papá. Todos decían que era idéntico a él, pero Albert no encontraba parecido alguno. Tenía los ojos grises, aunque el médico les había dicho que cambiarían de color, y muy poco cabello. No obstante, tuvo que reconocer que tenían razón cuando Pauna le mostró una foto suya de pequeño. Realmente eran idénticos. Bueno, tendrían que tener uno más para que heredara la belleza sin igual de su madre, pero éste, modestia aparte, le parecía el niño más bello del mundo. Y era suyo. Cada vez que lo observaba se le llenaban los ojos de lágrimas; sobre todo, durante el poco tiempo en que lo veía dormir, porque Anthony no hacía más que llorar, pedir comida, y luego evacuarla.
«Bueno, no todo puede ser ciento por ciento perfecto», se dijo Albert, sonriendo. Lo importante era que su bebé estaba bien, que Candy estaba feliz y que si el médico había dicho «sí», esa misma noche le haría el amor por primera vez en un mes. La adoraría con su cuerpo, besaría cada parte de él. Sería suya como mujer y también como madre de su hijo.
Sin lugar a dudas, era un hombre afortunado.
Un hombre afortunado que debía correr a la oficina para mantener a su familia. Tomó la chaqueta y el maletín.
—Albert...
—Dime, cielo.
—No regreses tarde. Anthony dormirá en su habitación esta noche. Dorothy se encargará de él y de sus biberones —dijo Candy, y luego se mordió el labio de forma más que sugerente.
Albert abrió los ojos, asombrado. No se esperaba una respuesta tan contundente.
—Puedes contar con ello, princesa —respondió.
Y luego se marchó cantando desafinado.
Regresó a su casa a las siete, y lo primero que hizo fue tomar el rostro de Candy entre sus manos y besarla apasionadamente.
Pero al parecer ella no estaba con el mejor de los talantes. ¿Qué habría pasado? No tardó demasiado en averiguarlo.
—Esta tarde, después de la universidad, he ido al banco por un nuevo talonario de cheques. He extraviado el que tenía, pero ya está denunciado, no te preocupes —dijo ella, frunciendo un tanto la nariz.
—Bien hecho, mi vida. No tiene importancia, no te molestes por eso. A mí me ha pasado en más de una ocasión.
—No es por eso por lo que estoy molesta. Albert. ¿Qué hay entre esa tal Mariel y tú? —lo interrogó con los brazos en jarras.
—¿Qué? ¿La mujer del banco? —preguntó él, atónito.
—Sí, la del banco. Me ha dado esto para ti. Es la segunda parte de su novela, que acaba de salir a la venta. ¿Por qué te la envía, Albert Ardley?
—¿Cómo voy a saberlo, Candy? Me envió también la primera, ¿recuerdas? Debe ser porque la puse en contacto con el dueño de la editorial —respondió, observando la cubierta.
—¿Seguro que será eso? ¿O será porque se inspiró en tu sonrisa de lado para escribirla?—dijo ella, irritada.
—¡Estás celosa, Candy!
—¡Sí lo estoy! He estado a punto de decirle que tu boca es sólo mía.
—Y no estarías mintiendo, princesa. Ven, vamos a la habitación—dijo él, tomándola de la mano.
—No todavía. Cenaremos, haremos dormir a nuestro hijo y luego...
—Y luego escribiremos un capítulo de nuestra propia historia de amor, mi vida —respondió él, mirándola con deseo.
Y vaya si lo hicieron.
Esa noche fue verdaderamente inolvidable. Planeaban amarse muy despacio, conteniendo sus intensos deseos para no estallar, porque querían que el placer se prolongara toda la noche.
Pero Albert tuvo que apelar a la ternura que ella le provocaba para no rasgarle la ropa en cuanto estuvieron solos. La desnudó lentamente, sin dejar de mirarla a los ojos, hasta que la última prenda cayó al suelo. Sólo en ese momento se atrevió a recorrer su figura, encendiendo cada centímetro de su piel sin siquiera tocarla. Y la ternura dio paso a la pasión.
—¡Qué bella eres, Candy! —murmuró, rozando su pechos con su barba crecida—. ¿Eres mía, verdad?
—Lo soy. Completamente tuya, mi amor.
Ella se encontraba de pie, y él, sentado en el borde de la cama, continuó explorando su vientre plano y perfecto. Una gota de leche cayó en sus labios, y Albert se pasó la lengua instintivamente para probarla.
Candy creyó que se desmayaba de placer de sólo mirarlo.
—Exquisito. Toda tú lo eres —susurró mientras contorneaba su figura con ambas manos.
No se detuvo en las caderas, sino que continuó aferrando con fuerza el redondo trasero de Candy, que inspiró profundamente cuando sintió la firmeza de la caricia.
—Date la vuelta, por favor.
Ella lo miró, asombrada.
—¿Quieres que te dé la espalda?
—No, exactamente. Quiero tu culo, Candy.
Cuando se volvió, lo hizo temblando. Se sentía torpe como la primera vez, e igual de húmeda también.
—Ahí lo tienes. ¿Deseas algo más, papi? —preguntó, mirándolo por encima del hombro.
—Harás lo que te diga, ¿de acuerdo? —Y antes de que ella pudiese asentir, él le ordenó—: Inclínate, las manos en los muslos, las rodillas flexionadas. Un poco más. Así estás perfecta.
Sí, claro que lo estaba, como servida en bandeja para ser devorada.
—¡Ay, por favor...! —dijo ella, jadeando.
Albert la estaba enloqueciendo con la lengua. Exploraba su intimidad lentamente, mientras que con ambas manos la mantenía abierta para él.
—¿Qué quieres, mi vida? Dime —inquirió, deteniendo la caricia.
—Todo. Dámelo todo, corazón —le rogó Candy, y él ya no esperó más.
Se puso de pie, y sin quitarse ni una sola prenda, la penetró desde atrás muy suavemente, haciéndola gritar, pero de puro placer.
—¡Ah, sí! Más, quiero más —pidió, moviéndose por instinto hacia atrás para sentir el miembro más adentro aún, pero no estaba preparada para el dolor que sintió, y dio un respingo, apartándose un tanto.
—¡Ay! Me duele. Albert, detente por favor.
—Lo siento. Estás... muy estrecha. ¡Diablos!, Candy, estás deliciosa. Déjame continuar. Tengo que follarte ahora, o me voy a morir.
—Despacito, corazón. Suave, muy suave.
—No me lo pidas así porque acabaré en segundos. Y por lo que sé aún no estás protegida por la píldora.
Candy casi se cae al suelo al recordarlo. ¡Era cierto! Había comenzado a tomar la píldora ese día, así que tenían que adoptar otras medidas porque el amamantar no era un método seguro ciento por ciento.
—Será mejor que usemos el condón ahora, Albert. Te lo pondré yo.
De rodillas, y mordiéndose la punta de la lengua para deleite de su esposo, le quitó el pantalón y el bóxer, le colocó el preservativo, y luego lo miró como preguntando si estaba bien.
—Para ser la primera vez, lo has hecho maravillosamente bien, princesa. Ahora continuemos con lo nuestro —dijo Albert mientras la tendía en la cama y se situaba entre sus piernas.
La urgencia por hacerle el amor era tal que casi olvidó que ella aún no estaba lista del todo.
No obstante, logró contenerse y la penetró con suavidad, con movimientos cortos y rápidos, hasta que estuvo completamente dentro de ella y seguro de que podía tolerarlo sin sufrir. Fue entonces cuando se permitió embestirla de forma más intenso. Cada vez que entraba se quedaba un segundo allí, y luego salía lentamente, haciéndole sentir lo enorme que estaba.
—¡Ah, cómo me gusta! —murmuró ella entre gemidos.
—Y a mí. Te deseo tanto, pero tanto.
—Yo te deseo más. Me gustas, Albert. Tú y lo que me haces. Me gustas en la cama y fuera de ella. Te amo más que nunca.
Él detuvo sus movimientos un momento, y jadeando, la miró a los ojos. Luego, continuó moviéndose como un desquiciado, mientras susurraba sobre sus labios:
—Yo también te amo, Csndy. ¿Me oyes, mi cielo? Te amo, te adoro, y ahora te estoy disfrutando —le confesó en tanto continuaba embistiéndola salvajemente.
Ella le rodeó el cuello con sus brazos, y la cintura con sus piernas obligándolo a penetrarla aún más. Eso fue demasiado para él. Se rompieron todos los diques, y se derramó entre gemidos mientras la besaba una y otra vez hasta dejarla sin aire.
Pero su deseo no había menguado, y su pene mantuvo su firmeza hasta mucho después de que ella hubo acabado. Verla correrse mordiéndose el labio y arqueando el cuerpo era un verdadero placer. Y si en vez de uno, eran dos orgasmos seguidos, lo era aún más.
—¡Albert! ¡Sí, sí, sí! —exclamó mientras el éxtasis invadía su cuerpo por segunda vez.
Él le mordió el cuello, y luego lamió la marca una y otra vez.
—Sí que eres mía.
—Sí que lo soy.
—Y también eres un poquito de Anthony, ¿no es cierto?—preguntó, algo celoso.
—¡Anthony! ¿Un poquito? Mucho, Albert. Iré a ver si está todo...
—No, princesa. Esta noche serás sólo mía. Nuestro hijo está muy bien cuidado, pero su padre necesita más amor. Mami tendrá que consentirme otra vez —dijo él, alzando las cejas.
Luego se retiró de su cuerpo, se quitó el condón y se puso otro, ante la mirada asombrada de Candy.
—A ver, ¿en qué nos habíamos quedado? ¡Ah, sí! En que tú te colocabas sobre mí, y me enloquecías con tu maravilloso cuerpo.
Se tendió en la cama, y con total descaro, la tomó de la cintura y la montó a horcajadas sobre su pene totalmente erecto. Ella descendió con cautela, suspirando de manera entrecortada mientras lo hacía.
—Y tú, ¿eres mío, Albert Ardley?
—¿Tú que crees, Candy? —preguntó, pero no esperó respuesta—. Por completo. Soy todo tuyo y lo sabes bien.
Pero a ella le faltaba algo. Cerró los ojos, y se inclinó para rozarle la boca con sus senos mientras le preguntaba lo que también tenía más que sabido.
—¿Para siempre?
—Para siempre, mi vida. Para siempre.
CONTINUARA
