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Capítulo 79

EPÍLOGO SEGUNDO LIBRO.

Los divisó nada más pisar la arena.

La luz del crepúsculo los hacía más bellos, si era eso posible. Por un momento, se quedó inmóvil, admirándolos de lejos, con su blanco vestido ondeando por la brisa.

Albert estaba haciendo un fuerte de arena y piedras, y Anthony lo ayudaba moldeando los muros. No podía oír lo que decían, pero podía verlos reír, y era evidente que estaban disfrutando de la tarea y de la mutua compañía. Candy se fue acercando despacio, pero ellos no advirtieron su presencia. Tan concentrados estaban que continuaron con la edificación de lo que parecía el fuerte de arena más sólido del mundo. Se sorprendió cuando notó la perfección de la pequeña obra. «No podía haber salido de manos de alguien que no fuese un arquitecto —se dijo—, el arquitecto más guapo sobre la faz de la tierra.» Así, a cuatro patas, ella podía admirar la perfecta musculatura del trasero de Albert, y la belleza de sus dorsales. El bañador blanco le sentaba de maravilla, pues resaltaba su bronceada piel. A Candy se le hizo la boca agua. Sacudió la cabeza y sonrió. Anthony acuclillado junto a su padre, se volvió, y su carita llena de arena se iluminó de pronto.

—¡Mami!

Ella abrió los brazos para recibir a su pequeño.

—¡Hola, mi amor!

Fue una fiesta de besos y abrazos. Candy le mordisqueó una orejita haciéndolo reír. Se veía tan dulce a sus dos añitos recientemente cumplidos. Y cada día se parecía más a su padre...

Él se acercó, sonriendo de lado, y como siempre, la dejó sin aliento.

—Hola, princesa.

Eso, simplemente. Y luego el beso. La tomó de la nuca y le comió la boca de forma descarada. Si antes estaba sin aire, ahora estaba peor.

Pero Anthony, que había comenzado a comportarse como un pequeño Edipo, lo apartó con su manita sucia.

—¡No, papá! Es sólo mía.

Ellos se miraron y sonrieron. ¿Qué iban a hacer con ese pequeño tan celoso cuando llegara el hermanito? Albert podía cederle el trono al lado de la princesa, pero el bebé no cedría su lugar. De todos modos, aún faltaba un tiempo para eso.

—De los dos ¿de acuerdo, Tony? ¡A ver esos cinco! —pidió Albert, y el niño le correspondió.

—¡Mmm! No lo creo. Me parece que estáis olvidando algo —dijo Candy, señalando su vientre. Llevaba sólo tres meses de embarazo y ni se le notaba.

—Es cierto, mi cielo. Pronto serás de los tres —convino Albert, acariciándole el cabello—. Dime, ¿cómo te ha ido en el médico?

—Albert..., de eso estaba hablando. Continúa faltándote algo, corazón.

—No entiendo...

—Es que no seré de los tres, sino de los cuatro.

En un primer momento, Albert no comprendió. Candy había ido ese día a Montevideo, acompañada por Candida, a realizarse la primera ecografía. Él se había quedado en la cabaña de la playa, porque el día anterior Anthony se había atracado de fresas y no se encontraba bien. Y ahora Candy le decía que sería de los... ¡Carajo!

—¿De los cuatro? ¿Lo dices en serio? ¿Tendremos gemelos?

—¡Sí! Son dos, Albert, no hay duda.

—¡Te lo dije! ¿Recuerdas? Te dije que me habías sacado hasta el alma en esa follada, y que te había dado como para hacerte dos niños, no uno.

—¡Albert! —exclamó Candy, señalando a Tony con la mirada, que parecía ajeno a la conversación de sus padres.

El niño estaba bastante ocupado enredándole el cabello a su madre como para prestar atención a tonterías.

—Candy, es maravilloso —dijo Albert, exultante—. Tendremos dos... ¿niñas, niños, uno y uno? ¿Te lo ha dicho el médico?

—No se ve aún. Pero son gemelos, así que serán del mismo sexo. Y no es nada extraño, dado mis antecedentes con Candida y Mery Jane.

Su abuela y su gemela eran asombrosamente idénticas.

—¡Oh, por Dios!, otro dúo de urracas. No sé si podré soportarlo—comentó Albert, riendo, y ella amagó con golpearlo—. ¿Qué ha dicho tu abuela?

—Aún no se ha repuesto.

Se miraron a los ojos y luego se abrazaron riendo, a pesar de las protestas de su niño, que nuevamente celoso, se empeñaba en alejarlos.

Un poco más tarde se encontraban solos en la paz de su habitación. Como cada noche, Albert se apresuró a cerrar con la llave. El niño dormía, y su niñera lo vigilaba. Y por si fuese poco, su bisabuela Candida tampoco lo perdía de vista.

Se acercó a Candy y le acarició el vientre.

—Gemelos... Aún no me lo creo.

—Ni yo. Pero estoy segura de que serán niñas.

—Clara y Emilia —dijo Albert de inmediato, y Candy lo miró, sorprendida—. ¿Así quieres llamarlas? ¿Ya lo tenías pensado?

—¡Ajá!

—Me gustan... mucho. ¿Elijo yo si son varoncitos, entonces?

—No. También tengo los nombres: Máximo y Thomás.

—¿Has pensado en todo, eh?

—Por supuesto, princesa. Siempre lo hago.

—¿Y yo qué debo hacer? ¿Tengo alguna tarea asignada, además de convertirme en una gran incubadora de tus gemelos? —dijo ella con fingida ironía.

Albert le dedicó una de sus cautivadoras sonrisas mientras asentía con una mirada muy sugestiva.

—¿Y se puede saber qué es? —inquirió ella, siguiéndole el juego.

Él alzó las cejas, y le señaló la cama con un gesto.

Candy suspiró. Estaba encantada con lo que le tocaba hacer. Lo había estado antes, y lo estaba ahora aún más. Adoraba su maravillosa vida. El día anterior había cumplido veintitrés años. Y de pronto lo recordó.

—¡Albert! ¿Cómo hemos podido olvidarlo? Hoy hace exactamente cinco años que nos conocimos, corazón. Con esto de la ecografía, yo no...

—Pero yo sí. Jamás podré olvidar ese momento, Candy. La primera vez que te vi. Mi Barbie Secretaria y su helado de fresa.

Ella lo observó con lágrimas en los ojos. La forma en que él le hablaba dejaba entrever tanto amor...

Albert se inclinó y recogió un paquete de debajo de la cama.

—Aquí tienes, mi cielo. Para ti.

Cuando Candy abrió el estuche, también abrió los ojos como platos, y luego se mordió el labio, encantada.

Era un hermoso brazalete de platino, con diminutos dijes colgando.

—¡Qué bello! ¿Cómo se te ha ocurrido?

—¿No lo has notado? Es muy Christian Grey. El otro día encontré los libros que leías cuando nos conocimos, y quise darte lo mismo que él le obsequió a Anastasia.

Candy lo observó, sorprendida, y luego regresó al brazalete para contemplarlo con detenimiento. Tenía una fresa, un biberón, zapatillas deportivas, un caracol... y una boca. Era una diminuta boca formando un beso, realzada con brillantitos.

—¡Ay, esa boca! —exclamó, contemplándola como hipnotizada.

Y luego su mirada se concentró en la de él. ¿Qué no haría por esa boca?

Albert se acercó muy despacio y le tomó la barbilla para alzarle el rostro.

—Que te quede bien claro, princesa: donde acaba tu boca, ahí empieza la mía —murmuró, parafraseando al gran Mario Benedetti.

Y a Candy ya no le quedaron dudas.

F I N

Hola, ante todo mil gracias por sus comentarios y leer conmigo esta linda historia, este es el final de la segunda novela, espero de corazón que les halla gustado mucho, y continuare con la tercera que tiene muy pocos capitulos pero mucho de todo, la proxima historia que adapte sera de Higlanders...espero conseguir una que nos haga soñar.

Un abrazo enorme y les cuento que faltan 18 capitulos para terminar.

Aby.