¿Acaso es todo lo que quieres decirme?
Candy pasó el aniversario con sus madres. Albert había planeado llegar un día antes pero un imprevisto de última hora lo retuvo. Dos días después, le tocaba guardia nocturna. Aun así, se levantó pronto y bajó a la cocina para encargar que le prepararan un pícnic. Lo más probable era que Albert llegara aquel día y no estaba dispuesta a más interrupciones. Si hacía fuera necesario lo secuestraría. Tendría su coche, tendría su comida y tendría su tiempo y no aceptaría excusas. Se lo debía, por faltar a su aniversario.
Cuando llegó a la cocina escuchó un sonido inconfundible que cambió su ánimo por completo. Albert estaba hablando y riendo con los cocineros. Se le había adelantado. Nada más entrar, sobre una de las mesas, se encontraba una cesta que iban llenando con utensilios y comida recién preparada.
—¡Albert! ¡Por fin has vuelto! —Candy no se contuvo más, pese a la presencia de los sirvientes, se lanzó a su brazos—. Te he echado tanto de menos —protestó contra su camisa. Los dos muchachos de la cocina compartieron una mirada cómplice y salieron de allí, dejando a la pareja con su cesta ya lista.
Albert rio feliz ante el entusiasmo de la joven, cobijándola y meciéndola en correspondencia— Yo también te he añorado mucho —confesó—. Siento mucho haberme perdido tu aniversario —se disculpó—. ¿Si te invito a un pícnic, perdonarías a este viejo carcamal? —bromeó.
—¡Albert! —Iba a refutarle lo de ser viejo, pero se lo repensó—. De hecho, te me has adelantado. Me debes más que un aniversario —lo reprendió—. Tenía planeado secuestrarte como último recurso para poder hablar contigo —le sacó la lengua. Bromear era la única forma que encontró para sobrellevar el aprieto que sintió ... Casi había tenido la tentación de decirle todo lo que sentía allí mismo. Albert rió a carcajadas imaginándola como secuestradora... Ciertamente no le costaría mucho, pues por su parte no hubiera opuesto resistencia.
—En cuando desees, podemos partir —Tomó la cesta para llevarla a su auto—. ¿Tienes que coger alguna cosa?
—No, hace muy buen día —Lo siguió—. ¡Vamos! —"¡Vámonos ya, antes de que pase cualquier cosa!", pensó Candy, mientras rezaba por no encontrarse ni con Georges ni con la tía Elroy... Los más diestros en arruinarles el encuentro, como en anteriores ocasiones. Nadie los interrumpió esta vez. Subieron al coche de él— ¿Hacia dónde vamos? —preguntó intrigada... aunque cualquier lugar, junto a Albert, le parecería bien.
—¿Qué te parece si pasamos el día en Lakewood? La boda de Archie y Annie será en un par de meses y la finca ha estado vacía desde entonces. Me gustaría ver qué será necesario reacondicionar para tenerlo todo preparado —contestó pensando que les ofrecería la intimidad suficiente. Era un lugar cargado de recuerdos para ambos y también creía que le resultaría más fácil encontrar el mejor momento para expresarse. La primera vez que estuvieron allí juntos, consideró que sería demasiado pronto. Recién acababa de descubrir quien era realmente y, entonces, le pareció que expresarle sus sentimientos sería forzar las cosas, aturdiéndola más de lo que ya estaba... Además, allí tenía algo que quería devolverle desde que llegó de Brasil.
—¡Eso sería perfecto! —contestó Candy entusiasmada... De hecho, ella misma había pensado llevarle allí, si se hubiera dado el caso. No dejaba de sorprenderle el modo en que siempre confluían en aquellos detalles. En la carretera principal, Albert le habló, disculpándose por sus ausencias, de todas las operaciones que había llevado a cabo el último año, de la renovación del Consejo, del retiro de la tía Elroy y de su intención de delegar más responsabilidades... Aún le quedaban un par de meses para tenerlo todo a punto. Después le gustaría establecerse de una forma más permanente en Chicago, dirigiendo las operaciones desde allí.
Albert tenía ganas de decirle que también deseaba empezar una familia propia, pero en aquel momento lo encontró precipitado. Ni siquiera habían podido hablar sobre lo que sentían el uno por el otro y no quería hacerlo mientras conducía. Candy también lo había puesto al día de sus rutinas, tras lo qual se instaló el silencio entre ellos. Tenía la sensación de que ella también se encontraba nerviosa pero no se atrevía a preguntar.
Poco después, tomaron la carretera secundaria que pasaba por delante de la finca Leagan y que terminaba en la finca de Lakewood. Candy empezó a señalar y nombrar todas las flores a su paso. Él se sorprendió de que conociera tantas variedades. Allí donde él entendía de animales, ella parecía entender de plantas. Pudo imaginarse a Candy mimando su propio jardín algún día. Sin duda nunca faltarían flores en sus centros, al igual que en su apartamento. Pensar en Candy de aquel modo aumentaba sus ganas de declararse allí mismo. Para calmar un poco sus nervios empezó a entonar algunas viejas canciones. Cantar siempre lo relajaba y solía hacerlo cuando viajaba solo, trabajando en el zoológico o de lavaplatos.
Candy quedó completamente embelesada. Jamás hubiera sospechado que Albert supiera cantar ni que lo hiciera tan bien. Conocía algunas de las canciones pero él las entonaba en escocés y su dulce voz la hipnotizaba. El viento fresco, contrastando con el calor que la embargaba al observar a Albert de soslayo, resultaba un bálsamo para sus nervios. Su cabello, ahora más formal, se apreciaba suave y fino contra su rostro inmaculadamente afeitado. De vez en cuando, él giraba la cabeza, le sonreía y ella le correspondía con el corazón desbocado. En aquel momento se sintió como si solo existieran ellos dos. Ni siquiera el tiempo importaba.
Aun así, demasiado pronto llegaron a la finca de los Andrew, donde dejaron aparcado el coche— ¿Te apetece que nos acerquemos a los portales antes de comer? Archie me comentó que habían pensado entrar por allí...
— Sí, además, me gustaría mucho ver los rosales... —Las otras ocasiones en las que había venido a Lakewood lo había hecho sola... primero perdida, huyendo de los Leagan, por alguna de sus trastadas... luego buscando a Anthony, cuando aún estaba confusa sobre su semblanza al príncipe de la colina... más tarde, como hija adoptiva, ilusionada por formar parte, al fin, de una familia... y por último, buscando al tío abuelo para reclamarle por quererla casar con Neal... Esta, era la primera que lo hacía acompañada de Albert. Sentía una extraña mezcla de solemnidad e informalidad. Habían acordado ir a revisar el lugar para los preparativos de la boda... pero, a la vez era muy consciente de que también era una excusa para poder volver a sentirse como antes... cuando ninguno de los dos era nadie relevante... para poder hablar. Sin embargo, allí, caminando a su lado, era como si no le hiciera falta nada más.
La brisa soplaba de vez en cuando, removiendo pétalos y hojas que chocaban como si quisieran imitar lejanas risas y corredizas. Aquel lugar siempre conseguía transportarla a otra realidad. Una en la que, en cualquier momento, Stear aparecería persiguiendo algún extraño artefacto y saludándola alegremente, esperando animarla a que lo probara... y donde la suave voz de Anthony la llamaría detrás de alguna rosaleda. Recordando el cercano evento, pensó lo injusto que le resultaba que ninguno de ellos pudiera estar allí. Y también en todo lo que aquel lugar debía comportar para Albert. Sin duda él debía de atesorar, además, los recuerdos de sus padres, de su hermana...
Pese a no residir nadie, se notaba que se seguía realizando cierto mantenimiento regular. Pasados los portales, divisaron el prado tintado de colores y el frondoso bosque. Candy se quiso acercar. Aún soñaba con la caída. Tenía la necesidad de acercarse a aquel lugar. No lo había vuelto a pisar, ni siquiera, en su anterior visita. Desde aquel trágico día, le había atemorizado la sola idea de aproximarse allí, como si al hacerlo fuera a encontrar su cuerpo inerte... Pero no quedaba rastro alguno... Una madre y sus gazapos, se escondieron en su madriguera, cuando los vieron acercarse.
Candy volvió a darse la vuelta hacia el prado. En toda su extensión, había estado lleno de familiares del clan, esperando para darle la bienvenida oficial— Fue culpa mía... Fue mi culpa que Anthony... —dijo sin poder contener más las lágrimas. Notó como los brazos de Albert la rodeaban, abrazándola suavemente y con ternura.
— Fui yo quien decidió adoptarte y fui yo quien quiso organizar esa partida de caza —le replicó él con voz entrecortada, conteniendo su propio dolor. Él había estado culpándose del mismo modo mientras se habían acercado a aquel lugar. No estuvo presente aquel trágico día en la cacería pero Georges le había dado los detalles. Más tarde, había ido a aquel lugar, antes de acordar partir hacía Londres a atender parte de los negocios de la familia y de consolar a Candy en el portal de su sobrino. Era algo que lamentaría hasta el fin de sus días. Le había fallado a Anthony pero también a su hermana y a sus padres. Había sido incapaz de protegerlo... Si tan solo hubiera estado allí, como debía, tal como le reclamó más tarde tía Elroy. Si tan solo hubiera atinado a reclamar que se aseguraran de retirar todas las trampas...
Permanecieron abrazados hasta que Candy dejó de empapar su camisa. Sin darse cuenta, se les había empezado a echar la tarde encima. Regresaron hasta la casa, recogiendo la cesta con la comida que habían dejado en el auto. Extendieron el mantel en otra colina cercana, degustando lo que les habían preparado, mientras cada uno pensaba en lo que deseaba expresar. Candy, a pesar de estar más tranquila, se sentía avergonzada. Apenas hacía unos días se sentía enojada con él por retrasar tanto su charla... y ahora, llegada la oportunidad, se ponía a llorar... ¿Cómo podía decirle lo que sentía en aquel estado? ¿Cómo iba a tomarla en serio? ¿Y si no...?
Albert tampoco encontraba las palabras oportunas. La acababa de consolar y él mismo estaba aún alterado por sus propios remordimientos. De nuevo, comieron en silencio observando un lugar demasiado lleno de recuerdos. Albert supo que jamás podría volver a vivir allí. Le resultaba demasiado doloroso. Tía Elroy volvía a tener razón. Lo mejor sería arrendarlo o venderlo, tras la boda de Archie.
Después de recoger la cesta y dejarla dentro del coche, Albert le pidió que lo acompañara al interior del mirador. Encima del escritorio descansaba el diario de Candy. Él lo había dejado preparado en uno de los regresos donde no coincidieron por las guardias de ella. No tenía ganas de soportar más reclamos de la tía Elroy y se había acercado a pasar la noche, pensando mil modos de afrontar aquel momento. Candy reconoció el diario de inmediato, mirándolo extrañada— Sé que es muy valioso para ti —le dijo sin atreverse a mirarla. Las viejas dudas volvieron a asaltarlo. Ella no le había mencionado nada respecto a haber contactado con Terry, pero las noticias seguían confirmando que tras la muerte de Susana no se le había conocido ninguna nueva relación.
Quizás, durante sus ausencias, él la había escrito y ella no había encontrado el momento tampoco y era de lo que deseaba hablar con él. Se sentía como un cobarde, incapaz de afrontar con ecuanimidad que ella le confesara que aún lo amaba. Todo había parecido mucho más fácil cuando se lo planteaba en su mente.
Ella se acercó lentamente por su espalda, hasta distinguirse en los cristales— Hace una semana recibí una... carta suya —No hacía falta decir a quien se refería. La mayor parte de aquel diario hablaba de Terry. Albert solo asintió con la cabeza. Podía ver el reflejo de su mirada perdida en la distancia. Candy no supo discernir si le indicaba que prosiguiera o si le daba a entender que comprendía que volvería junto al actor—. Él me decía que "nada había cambiado"... —Albert cerró los ojos, con evidente muestra de dolor, sin saberse observado, y ella lo supo sin más dudas—. Pero... —Esperó a que él volviera a abrirlos—... para mí, todo ha cambiado —Entonces se percató que Candy había visto cada una de sus reacciones a sus espaldas y se giró lentamente, atreviéndose a mirarla finalmente.
— Candy... yo... —No dejaba de resultarle irónico. El patriarca de uno de los clanes más poderosos, que cada semana negociaba con los contrincantes más obstinados, sobrecogido por su propia timidez. Sí, era algo que siempre lo había perseguido y, en parte, otra de las razones por las que había retardado tanto su presentación. Algunas cosas no lo atemorizaban en absoluto pero otras... en especial en cuestión de mujeres... Era tímido hasta la médula. Si en su niñez apenas había tenido contacto con niños de su misma edad, aún menos lo había tenido con niñas, de ninguna, y, aquello, lo había marcado.
Como amigas, no tenía problema en tratarlas. La amistad era un terreno seguro en el que comportarse con naturalidad, como con cualquier otra persona. Pero con Candy hacía demasiados años que deseaba ser más que eso. Recuperar su memoria, solo sirvió para confundirlo más. Cuanto más absurdos le resultaban sus propios miedos, más lo paralizaban. Y cuanto más mayor se hacía, más absurdos le parecían... pero allí permanecían, inamovibles y persistentes frente a la hermosa y generosa mujer de 21 años, en que Candy había madurado.
— Albert, hace un tiempo me hiciste una pregunta pero me sentía tan aturdida que no te contesté —Pudo ver como su nuez tragaba saliva. Candy también se sentía muy nerviosa, a pesar de estar más segura. Aquel sutil reflejo le dio el empuje que necesitaba—. En parte porque yo también deseaba hacértela a ti —Le sonrió con ternura, tratando de alentarlo.
Los oídos le zumbaban al compás de sus furiosos latidos, acortando la distancia que los separaba, sin dejar de mirarla. Sacó de su bolsillo el otro objeto, colocándolo en una de una de sus manos— Candy... yo...
— ¿Sí, Bert? —Su sonrisa creció al discernir la forma en su palma.
— Quiero que lo tengas tú... Al fin y al cabo... ya te pertenece más que a mí —"Como mi corazón", pensó mientras mantenía la pequeña mano entre las suyas.
— ¿Acaso es todo lo que quieres decirme? —Notó como ella acababa de apresarlo con la otra, sin romper tampoco con su mirada y acariciándolo con ambos pulgares.
— Candy, yo, tengo tanto que agradecerte que pedirte más me resulta excesivo... —Albert bajo la mirada hacia sus manos entrelazadas, correspondiendo a las tímidas caricias con las suyas.
— ¿Agradecerme? —preguntó Candy confusa.
— Sí. Candy, toda mi vida solo me ha preocupado intentar vivir por mi mismo. Creía que necesitaba encontrar mi propio camino. La familia me parecía una carga a la que no podía renunciar por obligación. He sido demasiado egoísta... Hasta que te conocí...
— Albert, no entiendo.
— Candy, te debo tanto... —suspiró. La electricidad que recorría sus brazos, emanando de sus manos, era lo único que lograba mantenerlo en pie—. Primero me hiciste comprender que no podemos luchar contra lo que sentimos, que hasta la pena más grande es un regalo que podemos sentir porque estamos vivos... y que nos ha de ayudar a valorar, aún más, cada pequeña alegría. Tu risa en la colina, después de verte llorar con tanta amargura y que algo tan nimio como mi melodía te hiciera olvidarla al momento... Me sentí tan tonto por haber estado tan enojado con el mundo. Luego, cuando volví a encontrarte, comprendí que habías sido mucho más valiente que yo, incluso siendo tan pequeña. Y mucho más tarde, tras perder mi memoria —Albert volvió a buscar su mirada sin soltarla—. Yo... Tú... —Le costaba encontrar las palabras y respirar era casi un esfuerzo titánico—. Me hiciste comprender realmente lo que era sentirse en familia, desear tener una propia, compartir una vida con alguien... pero tú... estabas tan enamorada de Terry... que yo... Yo no podía pedirte más... ¿Con qué derecho?... Ya te debía demasiado... Te debo demasiado.
— Bert —susurró después de estremecerse, cada vez más, con cada una de sus confesiones.
— No puedo continuar como hasta ahora... —Quería que comprendiera lo que realmente había estado haciendo durante aquellos dos últimos años de continuas ausencias—. Los cambios y decisiones que he tomado últimamente y todos mis viajes, todo, han sido para cambiar este modo de vivir. No quiero dedicar mi vida a ganar dinero... ¿De qué sirve si no tengo con quien compartirla, con quien disfrutarla? En un par de meses, tras la boda de Archie y Annie, seguiré siendo el patriarca pero solo de nombre. El nuevo consejo se constituirá en corporación y se encargará de tomar las decisiones, acorde a los nuevos tiempos. Yo solo me encargaré de Londres y Chicago... Candy, yo... —Otro nudo se formó en su garganta al comprobar que ella lo observaba intrigada e impaciente—. Ya hace un tiempo que deseo también tener mi propia familia... y que... fuera junto a tí. Yo no solo te quiero. Yo, te amo. —cerró los ojos, temiendo haberse equivocado. Si era así, tan solo tendrían que verse una vez más en la boda. Él ya tenía pensado trasladarse a un hogar más pequeño, o si a ella le incomodaba permanecer en la mansión con tía Elroy, la ayudaría a conseguir su propia casa—. Solo deseo hacerte feliz... Sea o no a mi lado —añadió en el último momento, temeroso de haberla presionado o incomodado. Aflojó sus manos, dejándolas solo unidas por las temblorosas de Candy.
— ¡Oh, Bert! —Candy no daba crédito al evidente esfuerzo que le había supuesto decirle todo aquello. Al fin soltó sus manos para amarrarlas a su acogedor cuerpo—. Bert —murmuró contra la castigada camisa—. Lo último que quiero es separarme de ti —Aquellos brazos que tanto había añorado la cobijaron con más fuerza—. Yo, también hace tiempo que te amo —Su enorme cuerpo se relajó al instante, sin liberarla, y ella tuvo la sensación de escuchar el eco de su propio palpitar—. Yo... ¡No sabes cuánto te he esperado! —Albert notaba como sus pequeñas manos intentaban abarcarlo a su espalda.
— ¿De verdad? —Se sentía como en una nube, aún le costaba acabar de creerlo. El peso de los últimos años parecía haberse desvanecido en el acto—. Candy, no quiero que te sientas obligada. No tienes por qué complacerme. No me debes nada... —la apartó para verla a la cara, acariciando su perfil.
— Bert —replicó el gesto, reclamando su rostro, recorriendo con la mirada cada rasgo frente a ella. Estaban en Lakewood pero allí no estaba el tío abuelo, ni el príncipe, ni el vagabundo, ni siquiera Albert... Allí estaban, tan solo, ella y la persona que amaba, con la que quería compartir el resto de sus días, sin disfraces, sin subterfugios, sin secretos, sin distancias... Él rozó suavemente su mejilla con sus labios, aproximándolos hasta los de Candy, tentativo, besando las comisuras hasta que ella lo correspondió, colgándose de su cuello. Fascinada, saboreó y se deleitó, por primera vez, de la calidez de un beso dulce, plácido, cargado de toda la ternura que siempre le había faltado. No era un beso inocentemente infantil, como los de Anthony, ni descontrolado o forzado, como los de Terry, ni violento o robado, como el de Neal. Era un beso de amantes, cuya alma por fin se ha encontrado y reconocido, abriéndose paso y fundiéndose en el otro. Un beso de ancianos, de los que saben que no hay prisa. Un beso como los de las viejas y arrugadas parejas, que arrastran, tras de ellas, años de insospechadas tristezas, alegrías, superaciones, separaciones y encuentros, aún desconocidas para la mayoría de los impacientes y presuntuosos adolescentes, que se creen los únicos poseedores de los más grandes de los amores. Un beso de promesa, de nuevas experiencias, sean para un instante o para toda una vida compartida y que hizo temblar a Albert de pies a cabeza.
continuará...
Referencias a "Candy Candy La historia definitiva", de Keiko Nagita:
Pg. 386 — Última carta de Candy a Albert
