Ryuji se encontraba en su habitación posando frente al espejo y apreciando su exagerada belleza física. Sonrió al recordar que cuando era niño su madre le confesó que Adonis era el nombre que ella había querido ponerle, pero su padre no estuvo de acuerdo porque lo consideraba muy anticuado. Ryuji Otogi tenía que admitir que muchas veces se había preguntado si su madre era visionaria, porque aquel nombre le quedaba a la perfección.
Era consciente de lo injusta que la naturaleza podía resultar a veces; a él le había dado todos los atributos que las mujeres podían desear de un hombre: era muy guapo, inteligente, ambicioso en el buen sentido de la palabra y, sobre todas las cosas, una buena persona. Un excelente amigo que luchaba por la justicia.
Él y Zybil tenían tantas cosas en común. Era evidente que esa chica era mucho más valiosa que otras. Su intelecto superior, su bondad extrema, su sinceridad admirable y su belleza deseable la convertían en la mujer ideal. Por eso no estaba muy convencido de qué ponerse para la celebración. Todo lo que él vestía fascinaba a las muchachas comunes y corrientes, pero seguramente los gustos de la encantadora joven eran otros. Necesitaba prendas que resaltaran las cualidades de su personalidad y no las de su cuerpo.
—¿Cómo me veo?— le preguntó a Honda, que trataba de atarse una ridícula corbata marrón con corazones celestes. De este último color era su traje formal.
En cambio, Ryuji vestía un smoking verde oscuro, con una camisa roja de seda y una corbata rayada que combinaba los colores de las piezas del traje.
—Veamos— dijo Honda abandonando la imposible misión y mirando a su compañero de habitación agregó:—, si diriges tu vista hacia abajo lograrás ver tres cuartas partes de tu cuerpo. Ahora, si lo que quieres es observarte entero— señaló el lugar junto a Ryuji y añadió— ahí tienes el espejo.
El joven dueño de la tienda de juegos negó con la cabeza sin poder asimilar que la capacidad de razonamiento de su amigo no había dejado de ser microscópica. Siempre había creído que salir con una chica como Shizuka ayudaría a Honda a madurar, pero el efecto había sido el contrario. El tipo no paraba de hacer comentarios patéticos y carentes de sentido, prácticamente no tenía una existencia normal y estaba arrastrando a la joven a un tipo de vida que no era el indicado.
Ya todos habían terminado los estudios secundarios, y mientras Yugi, Shizuka e incluso Jonouchi se encontraban estudiando en la Universidad, Honda tan sólo era un repartidor de pizzas que había optado por seguir la estúpida carrera de Mecánico Motriz. Seguramente lo hacía para estar preparado por si su moto se averiaba, pues con el insignificante sueldo que ganaba era imposible que se comprara una nueva.
Ryuji volvió a mirarse ante el espejo. Sin dudas lucía espectacular y ninguna mujer, incluyendo a Zybil Rosenzweig, podría resistirse a su innata capacidad de seducción.
—Te veo abajo, payaso— rió y salió de la habitación.
Honda continuó insistiendo con el nudo de su corbata sin darle a Ryuji más importancia de la que merecía.
Mientras tanto, en el cuarto vecino Anzu había terminado de acomodar sus prendas en uno de los roperos de la habitación, aprovechando el tiempo en que Shizuka estuviera usando el baño.
Su compañera de recámara había dejado sobre su cama un vestido celeste, probablemente se trataba del que iba a lucir durante la inauguración. Anzu se acercó a la cama para inspeccionar la prenda de cerca. Si bien era un modelo sencillo, el bordado del escote y la falda tableada le daban un toque especial. No era un vestido largo, quedaba por encima de la rodilla y no tenía mangas. Anzu nunca se había sentido identificada por los gustos de Shizuka hasta esa ocasión. En cuanto la hermana de Jonouchi saliera del baño le preguntaría dónde lo había comprado, pues quería adquirir uno igual pero de color violeta, el cual se había transformado en su favorito.
Luego la puerta del cuarto baño se abrió y Shizuka salió del baño cubierta en una bata blanca. Caminando en puntas de pie se acercó a la cama y recogió su ropa para regresar al vestidor. Entonces Anzu aprovechó la oportunidad para preguntarle:
—Ese vestido que vas a usar es muy bonito.
—Es cierto— asintió la muchacha de largo cabello terracota a mitad de camino—, es genial. Me decidí por este porque Honda también vestirá de celeste.
—Es una idea encantadora— sonrió—. Yo quería preguntarte dónde lo compraste porque quiero conseguir uno igual pero violeta...
Shizuka se detuvo ante la puerta del baño y volteandose sin soltar el pestillo dijo:
—No tengo ni idea. Zybil fue quien me lo prestó ya que por lo general no visto celeste. Sé que es de la colección Schlafender Verano... ¿Por qué no le preguntas dónde lo compró?
Aunque para terceros la situación podría resultar muy cómica, lo cierto es que a Anzu le parecía frustrante. Lo que no podía entender era el motivo. Que le gustara el mismo vestido que a Zybil no era algo malo. Seguramente se trataba de lo único que compartían en común.
La chica de cabello castaño observó a la otra ingresar al baño, mientras se convencía de que no era necesario preguntarle a la intolerable pelirroja nada. Existían cientos de prendas mejores que aquéllas y que no la obligarían a tener tratos con esa clase de jovencita. Además, Shizuka había mencionado que la misma era parte de la colección Schlafender, así que seguramente la encontraría en un sinfín de comercios.
Si no estaba errada, Shizuka no tardaría en desocupar el baño. A pesar de haber pasado un largo rato desde que puso un pie en la habitación y de que había visto una por una las prendas que había traído, no había decidido aún qué vestir. Tampoco era una decisión muy difícil, pero no tenía el entusiasmo suficiente para arreglarse porque sentía que ese torneo no sería igual a otros.
Es cierto que la ausencia de los artículos milenarios también harían al evento muy distinto a los anteriores, pero no era a esto que su corazonada se debía. Anzu tenía el presentimiento de que el distanciamiento que había tenido con algunos de sus amigos sería un factor fundamental para el transcurso de los acontecimientos. Su relación con Ryuji, Shizuka, Jonouchi y Honda había cambiado y ella sabía que era la única responsable de aquélla situación. Ryuji había tenido un poco de razón al mencionar que el hecho de que ella no compartiera la misma cantidad de tiempo con sus amigos como antes lo hacía había sido el motivo de ese alejamiento.
Pero se equivocaba al alegar que ella los había cambiado por sus compañeros del Instituto de Danza.
Lo cierto es que el único motivo por el que ella les había dedicado menos tiempo era por sus estudios. Sí, se había entusiasmado tanto con ser una gran bailarina que se dedicó a la causa más que a sus seres queridos. Ese había sido su error.
Y aunque no negaba que Zybil había tenido su cuota de responsabilidad en su pésima relación con Ryuji, Anzu no la consideraba más que una casualidad. Zybil se había aprovechado de las circunstancias, como cualquier otra persona de su calaña lo hubiera hecho; pero habían sido sus propias actitudes las que propiciaron su situación actual. Quizás había sido un poco egoísta, y esto hizo cada vez más frágil la confianza que ella y Ryuji tenían. De lo contrario, ni Zybil ni nadie hubiera podido causar tantas rispidez.
Tal vez Torneo Dacia era una oportunidad que el destino le estaba dando para corregir su error y recuperar la confianza de sus amigos. Pero tenía que actuar pronto, de lo contrario, si daba ventajas, esta chance que tenía podía volverse en su contra. Quizás era hora de jugar su propio torneo.
Mokuba salió del baño con una gran sonrisa en el rostro. Avanzó hacia donde su hermano debía encontrarse y se recostó contra el marco de la puerta en la pared que separaba los dormitorios de la sala de estar. Pero su expresión cambió radicalmente en una milésima de segundo, o menos quizá. Seto continuaba en el mismo lugar en que se había quedado cuando su hermano se fue a su habitación hacia más de dos horas atrás: tirado en el sillón y con el almohadón tapándole el rostro.
Mokuba avanzó al sillón pisando fuerte, un poco... muy molesto porque apenas faltaban diez minutos para que la fiesta de inauguración comenzara y Seto ni siquiera se había cambiado. ¿Qué diablos pasaba por su cabeza? Su hermano menor esperaba que Seto no pretendiera ir a la celebración con esa pinta porque no lo iba a permitir.
Mokuba retiró el almohadón del rostro de su hermano muy lentamente. Por el contrario, se lo arrojó en la cara con mucha fuerza mientras se mordía el labio inferior. Él jamás había dejado a su hermano en ridículo, así que no iba a dejar que Seto lo hiciera pasar vergüenza.
Seto se sentó en el sillón no tan irritado al notar que se trataba de Mokuba. Si Isono o algún otro desconocido se hubiera atrevido a interrumpir su siesta no sobreviviría para contar la hazaña.
—¿Ya son las ocho?— preguntó con voz soñolienta. Hacía mucho que el mayor de los Kaiba no viajaba, por eso se había desacostumbrado un poco al cambio de horario.
—Faltan diez minutos— dijo Mokuba irritado. Y más irritado aún agregó—, y tú estás igual que cuando llegaste. ¿Qué no piensas arreglarte?
—Claro que no— Seto se levantó del sillón y ante la mirada estupefacta de su ya no tan pequeño hermano se dirigió al cuarto de baño, continuando:—. No vale la pena...
La última frase molestó más a Mokuba, el joven estaba descubriendo que podía contener más ira de la que siempre había creído. Aún así, su malestar actual era incomparable al que sintió esa mañana en la tienda de juegos del payaso de Ryuji.
Siguió a su hermano y logró tomarlo de la muñeca antes de que este cruzara la puerta. Seto se volteó seguro de que Mokuba insistiría en que mejorara su atuendo. Pues perdía su tiempo, ya tenía suficiente con asistir a la fiesta y tener que soportar a la engreída de Anca Tepes durante la duración del Torneo Dacia por los dichosos "proyectos bilaterales." ¿Arreglarse? ¿Para quién?
—Seto, tienes menos de diez minutos para lucir presentable— dijo el adolescente con el tono más firme que había usado en toda su vida. "O si no... ¿Qué?" Allí estaba otra vez esa maldita voz que siempre se burlaba de él. Bien, en esta ocasión no resultaba tan insoportable sino de mucha ayuda. Era cierto, ¿qué si Seto insistía en lucir desaliñado? ¿Con qué podía manipularlo para que eso no sucediera?— o si no...
Seto se soltó de su agarrón con un simple tirón y se encerró en el baño negando con la cabeza. No era un modelo, así que Anca, su empresa y la prensa rumana debía de conformarse simplemente con su presencia, ya que en un principio no pensaba asistir.
"Genial."
Mokuba pateó la pared varias veces para descargar su furia. La única forma de chantajear a su hermano era involucrándose a sí mismo. Esa había sido la estrategia de Pegasus, de Marik, de Amelda y de Bakura, y siempre daba resultado. Pero él no podía hacer eso.
Se acercó a la puerta del cuarto de baño y dijo:
—Al menos péinate— casi suplicó. Salió de la habitación rumbo al ascensor. A pesar de que aún faltaba un poco más de cinco minutos para que la fiesta comenzara, Mokuba pretendía adelantarse y no tener que bajar junto a su hermano luciendo como pretendía.
Jonouchi recogió su saco azul oscuro y se encaminó a la salida de la habitación pensando en Zybil. Así es, la actitud de la joven unas horas antes lo había dejado muy confundido. Ahora sentía que no conocía tanto a la pelirroja como había creído.
Siempre, desde el momento en que la vio por primera vez, había creído que se trataba de una chica incapaz de hacer comentarios con mala intención, ni que hablar de acciones. Y cuánto más se daba con ella, más se afianzaba aquélla primera impresión como una realidad.
Sin embargo, esa ocasión hacía que tuviera cierta incomodidad. Jonouchi sentía la necesidad de llegar al verdadero fondo de la situación, y descubrir lo que realmente estaba pasando entre Anzu y Zybil.
¿Acaso la bailarina estaba en lo cierto al afirmar que Zybil era una mentirosa?
Abrió la puerta de su recámara, salió al pasillo y la cerró. Al mismo tiempo oyó otra puerta cercana cerrándose. Volteó a ver de quién se trataba y afortunadamente comprobó que era Zybil. La atractiva joven avanzaba por el pasillo en la dirección contraria a la que él estaba. Seguramente ni se había percatado de su presencia.
Jonouchi la alcanzó luego de algunas zancadas, y al notar que Zybil se volteaba a verlo dijo:
—¿Ya vas a bajar a la fiesta?
La pelirroja asintió retomando su caminata. Jonouchi avanzaba a su lado y continuó el diálogo que, sabía, iba a resultar incómodo para ambos.
—No me gustó el comentario que hiciste sobre Anzu esta mañana, Zybil.
—A mí tampoco, Jonouchi.
Estas palabras hicieron que el rubio la observara con el ceño fruncido. Era una respuesta inesperada, pero a la vez interesante.
—No es para que me mires así— sonrió la pelirroja cruzando miradas—. Yo sé muy bien que me equivoqué, que lo que dije estuvo mal. Siempre he sido una persona crítica con respecto a mis actitudes. Mi comentario estuvo fuera de lugar, aunque reconozco que en ese momento no me dí cuenta. Sabes, mi paciencia, por mucho empeño que yo ponga en que no sea así, tiene un límite, Jonouchi. Supongo que la tuya también.
Este sintió un gran alivio al ver cómo Zybil reconocía su error. No, no podía estar mintiendo. A leguas se notaba que era incapaz de hacerlo. Realmente su sinceridad y su capacidad de autocrítica eran admirables.
—Me alegra oírte decir eso. Por un momento pensé...
—En cuanto tenga la oportunidad me disculparé con Anzu— lo interrumpió. Sabía lo que Jonouchi había pensado, y la verdad era que no le convenía para nada que el mejor amigo de Yugi usara su cerebro—. ¿Te han dicho que luces espectacular?— sonrió mientras aguardaba el ascensor.
Jonouchi también sonrió. Aún nadie se lo había comentado, pero le alegraba que Zybil fuera la primera en hacerlo. Realmente no entendía cómo había llegado a pensar negativamente sobre la encantadora e increíblemente admirable joven. Zybil era perfecta, porque aún equivocándose era capaz de reconocer sus errores a tiempo y hacer todo lo posible para remediarlos. Anzu se daría cuenta de aquello en cuanto la pelirroja le pidiera disculpas. Y eso resultaría genial, porque las cosas volverían a ser como antes.
"Luces espectacular." La frase resonaba en su mente. ¿Qué debía responder? "¿Gracias? ¿No, exageras? ¿Tú crees? ¿Me alegro que creas eso?"
—No Zybil, no me lo han dicho— se decidió a responder. Pero Jonouchi... —. En realidad eres la primera que ve cómo luzco, pero ya verás que en la fiesta todas las chicas se acercarán a comentármelo— sonrió—. Siempre sucede, es como si toda la ropa me quedara bien...— Al darse cuenta de todo lo que esa frase significaba aclaró— Menos la de mujer, claro... jeje.
Zybil, que estaba de espaldas a Jonouchi, entornó los ojos sin dejar de sonreír. A pesar de todo, Jonouchi no dejaba de ser divertido. Pero estaba equivocado si en verdad creía que lo de disculparse con la tonta de Anzu era cierto. Claro que no, encontraría la forma de no tener que hacerlo. Mejor aún, encontraría la forma de que Anzu no le permitiera disculparse.
El ascensor por fin se abrió, y por unos instantes la sonrisa se desvaneció de su rostro. Pero sólo por un instante. Porque ver a Mokuba en este no era tan malo; su presencia le traía a la memoria cuán mala podía ser cuando quería y eso era muy divertido. Por eso su sonrisa reapareció.
—¡Mokuba!— exclamó Jonouchi mientras entraba en el ascensor junto a Zybil. El chico lo observó animado pero su ánimo desapareció al instante. Se mordió el labio inferior al notar la presencia de la desagradable pelirroja junto al rubio duelista—. ¡Qué bien luces! ¿No es cierto Zybil?
El menor de los Kaiba deseó que Jonouchi no hubiera enunciado esa última interrogante. ¿Por qué tenía que involucrar a Zybil? ¿Por qué tenía que involucrar a Zybil y su aspecto en una misma pregunta? ¿Qué diablos le importaba a Mokuba lo que la insoportable chica pensara? Su ira aumentaba a gran velocidad, sobretodo al percatarse de la sonrisa —que para él lucía diabólica aunque para Jonouchi seguramente resultaba angelical— que Zybil exponía.
—Por supuesto— la hipócrita respuesta de la colorada hizo que Mokuba frunciera el ceño, cerrara ambos puños con fuerza y fijara su furiosa mirada en ella. Aún así la joven continuó:—. Aunque... ¿no has pensado en hacer algo diferente con tu cabello?
La mínima paciencia del adolescente se desbordó ante esta nueva insoportable pregunta.
—¡No me interesa tu estúpida opinión sobre mí!, ¿entiendes?— gritó.
—Mokuba— dijo Jonouchi asombrado—, no creo que sea para tanto.
Asombrado también quedó Mokuba al darse cuenta que al igual que Otogi, Jonouchi también estaba cegado por los encantos de Zybil. Lo que faltaba. ¿Cuáles eran las intenciones de aquélla mujer? ¿Acaso trataba de manipular a todos los amigos de Yugi por algún motivo especial?
—¡Me tienen harto!— gritó a la vez que la puerta se abría e irritado se retiraba del ascensor. Luego de esa escena no estaba segura de cuánto podía disfrutar la inauguración de Torneo Dacia.
Jonouchi tardó varios segundos en reaccionar. No entendía la reacción de Mokuba ante un comentario que nada tenía de malintencionado. Zybil era incapaz de decir algo con intenciones negativas. Seguramente Mokuba había discutido con Kaiba antes y por eso estaba alterado.
"¿Cuándo no, Kaiba menospreciando a su hermano?" pensó.
Por otro lado, Zybil internamente disfrutaba de la situación. Pero no lo exteriorizaba. Mokuba era tan fácilmente irritable. Una gran fuente de diversión.
