—¿Qué estás haciendo? —pregunta Shawn, sonriéndome burlón.

Su mirada brilla como el destello de una naciente luz en medio de la oscuridad.

—Estaba esperándote —digo.

Shawn repasa descaradamente mi cuerpo, apreciando debidamente que, debajo de la bata de baño, debo encontrarme desnuda.

Me sostengo al marco de la puerta con fuerza.

—¿Puedo entrar?

Me hago a un lado y él se incluye en la alcoba. Cierro la puerta, oyendo débilmente el movimiento del personal engalanando las estancias de la suite, y doy media vuelta para verlo. Shawn deja sobre la cama las cajas planas de cartón que sostenía.

—Tenemos la reservación en media hora —dice, mirándome sobre el hombro—. Necesitamos darnos prisa. Ábrelas.

Me acerco, nerviosa, y desanudo el listón de la caja más pequeña; cada una está diseñada con delicados patrones florales. Al abrir la tapa, encuentro un conjunto de lencería de color bermellón: el sujetador es un atractivo top, y las bragas, de fino encaje.

Elevo las cejas, y paso disimuladamente saliva. Shawn está mordiéndose el labio para no sonreír.

—¿Esto es por lo que querías hacerme esperar? —le pregunto, probablemente sonrojada.

Él se limita a decir:

—Continúa.

La segunda caja, de mediana anchura, asevera un par de zapatos de tacón, entintados dorados, de cuña baja con tiras cruzadas. No me considero una muchacha materialista, seducida por la moda y sus tecnicismos, pero sé apreciarla, y me es imposible evitar sentirme impresionada por el encanto de un buen calzado. No estoy ciega, y no me creo una mente superior como para desdeñar el mundo del estilo. En el menor de los casos, es superficial y, en el mejor, indiscutiblemente artístico. Así es cómo en la última caja, de mayor tamaño y peso considerable, descubro un vestido de color granate envuelto en papel de seda.

—Shawn —murmuro, sin aliento—, ¿qué es todo esto...?

—Pretendía comprarte el vestido, ¿de acuerdo? —replica él, con premura—. Me topé con Dor en la boutique y ella me dijo que no podía presentarme así. ¿Y la lencería? ¿Y los zapatos que lo harían combinar? «¿Por qué no conozco a esta chica, Shawn?».

Dor Lucaj. Cómo olvidarla. Shawn me ha hablado de ella; Dor es una músico, de semejante fama a la suya. Muy hermosa, por lo que he visto, mezzosoprano; una voz rítmica, grave y dramática, inusual en sí, en la actualidad. Ha participado en duetos con Shawn, y han colaborado en una o varias composiciones. Mantienen una estrecha amistad platónica.

Shawn se ha creado muchos amigos a lo largo de su carrera en la industria musical, centenares, pero sólo de pocos él habla con tanto afecto. Dor Lucaj, sin duda, es relevante.

—¿Dor te ha hecho comprar todo esto?

—Son imprescindibles. Es lo que Dor ha dicho. También que quiere conocerte —agrega, levemente compungido—, pero no, por mientras no. No estoy listo para compartirte. Me ayudó, incluso, probándose el vestido; tiene un excéntrico parecido a ti.

—Curioso —digo, ignorando, por ahora, esa frase de en medio—. Mérida dijo justo lo mismo. Al parecer, miró una fotografía de Dor y pensó que era yo, aunque ligeramente mayor.

Lucaj ronda la edad de Shawn; uno o dos notables años más.

—Dor encuentra ese parecido muy favorecedor.

—¿Ah, sí?

Hallo digno de interés cómo me muestro aprensiva acerca de Alessia Cara, pero intrigada por Dor Lucaj. Me gustaría que Shawn despejase mis dudas, pero él ni siquiera luce notarlo.

Él toma el cinturón de la bata de baño que me cubre.

—Sí —murmura.

Oh, vaya... él está muy guapo esta noche... ¿de qué estábamos hablando?

—Póntelos.

Trago grueso, dándole el asentimiento, la señal que él necesita para proceder.

Shawn tira del cinto y la bata resbala por mi cuerpo. La manzana de Adán trabaja duramente, acariciando el interior de su garganta, cuando observa mi desnudez. El cabello, que he cepillado con reparo y moldeado en suaves ondas, cae por mis hombros, acariciando mi espalda, y resguarda mis senos con su larga caída. La habitación está tenuemente iluminada, pero Shawn no pierde esencial detalle. Es el primer hombre que me contempla sin ropa; el primero que lo merece.

Su mirada se derrama en la profundidad del monte de Venus.

Empiezo por vestirme.

El sujetador afirma mis senos, los envuelve en un diseño de encaje y discreta sensualidad, cubriendo los erizados pezones y otorgando enfoque e ilusión a los montículos. Las bragas son una tácita invitación a lo indecoroso. Shawn no se halla en sí mismo; sus ojos no pueden detenerse en un lugar específico, quemándome y renaciéndome desde las cenizas. Él está delirantemente atractivo, lo cierto es.

Atiendo la razón.

El vestido es un amalgama entre lo contemporáneo y lo pretérito, su color es de un rojo oscuro, purpúreo, está ceñido a la cintura con regodeo y sus mangas son abullonadas, la soltura roza mansamente mis rodillas en compases airosos. Una preciosidad.

Shawn clava una rodilla en la alfombra y se hace de los zapatos. Con cuánta facilidad se arrodilla ante mí... quisiera hacerle ver que eso es peligroso, pero él ya debe de saberlo. Shawn encaja el tacón en mis pies descalzos y anuda atentamente las tiras alrededor de los tobillos. Ésta visión de él me martiriza.

Espero por que se levante, se ice, pero aguardo lo vano.

Shawn deposita sus labios en el empeine de mi pie y sube por la pierna, imprimiendo una regalía de generosos besos que sensibilizan mi piel. Besa la rodilla, adentrándose en la cara interna de mis muslos, y se escabulle bajo los pliegues del vestido. Y, por todos los cielos, no lo voy a detener. Separo débilmente las piernas cuando llega a mi calor y respira ahí antes de dejar un largo beso húmedo.

—Hueles delicioso —murmura. ¡Dios!

—Shawn —digo, con voz temblorosa.

Él gruñe, importunado, y sale de mi vestido, estirándose en su magnífica altura. Se apresura a abrazar mi cintura, y entromete una de sus piernas entre las mías. Arqueo mi cuerpo, desperezándome en un dinámico movimiento. Su muslo roza mi intimidad, que cosquillea en busca de su expresa atención. Cierro los ojos, gimiendo silenciosamente, y muevo la cadera, frotándome contra él. Me gusta esto que hace conmigo, esta indecencia, esta devoción.

—Tengamos esta cita para que pueda llevarte a casa —murmura—. Necesito tenerte a solas, sin prisas, sin interrupciones. Deseo que sólo seamos tú y yo.

—Te quiero —respiro.

Shawn suelta un sonido ronco y acaricia mi enrojecida mejilla con la punta de su nariz.

—Me encanta —dice— cuando te tengo así, pegada a mí... y puedes decir cualquier cosa, pero elijes decir que me quieres.

Cielos... —¿Sabes? —susurra Shawn—. No pensé que fueses a ser la primera en decirlo.

—Ah —digo, burlona—, ¿así que ya habías pensado en pronunciar las palabras?

—Sí, sólo esperaba el día en que pudiese hacerlo, pero fuiste más rápida.

—Bueno, pero no me arrepiento.

Shawn ríe y afianza sus brazos a mi alrededor. —¿Estamos cerca? —pregunto, en un susurro—. ¿De ese instante que has elegido?

—Muy cerca —dice.

Bien, bien.

Nos calmamos primero y luego salimos de la habitación de hotel. Recorremos el iluminado corredor hacia el salón de la suite, tomados de la mano. Mamá está de espaldas, hablando con una persona del servicio, y voltea para advertir nuestra inclusión. Alza una ceja, observándonos. Al final, sonríe.

—Hacen una espléndida pareja. Mi África —añade, especialmente en español—, un corazón tonto no tienes.

Dios, ampárame. Shawn conoce lo suficiente sobre el lenguaje para comprender sus palabras, pero no da muestra de ello. Sabe, oh, lo sabe muy bien.

Mamá insiste en tomarnos una fotografía. No encuentro mejor excusa sino la prisa que llevamos encima, poco válida para ella, por lo que al final obtiene lo que desea.

—Estás hermosa —me dice, orgullosa. ¡Pues claro! Son sus genes.

Mira a Shawn. —Cuidarás de ella, ¿verdad?

—Lo haré —le dice él.

Nos despide en la puerta de la suite, deseándonos buena noche, sobre todo en la cita.

En la recepción, saludamos a Rebeca, agradeciéndole de antemano, y juntos abandonamos el hotel de la calle Yonge. Shawn ase el asta de mi maleta, mientras que yo he guardado las cajas una dentro de otra como una matrioshka.

En el auto, Shawn sujeta mi mano.

—¿Lista?

—Sólo si tú lo estás.

Sé que Shawn me mira. No siempre, tal vez en una intersección, en un alto peatonal o en el color amarillo del semáforo. Sí, él lo hace. Su mirada está en un lugar diferente de mi cuerpo dada la ocasión. En mis piernas y en mis manos, en cada rasgo de mi rostro. También lo miro. Más veces de las que me gustaría admitir, estrictamente cuidadoso; Shawn podría no haberlo notado de no ser porque él me está observando también.

Se convierte en un patrón, una cosa de turnos.

Sus suaves castaños cabellos descansan cómodamente uno sobre los otros. El rizo divergente decora un lugar en su frente. Las cejas le son gruesas, y las pestañas cobrizas, sus mieles ojos son una presteza única, al igual que la curva varonil en su nariz y la pequeña hendidura imperfecta en la piel cerca de la comisura de sus labios. Estoy avariciosa por interponerme en la noche, que oscurece sus más sinceros rasgos, e inmiscuirme en una lucha por iluminarlos.

Me pregunto si Shawn siente mi mirada como yo siento la suya.

Está vistiendo una camisa blanca, pulcramente suavizada, asegurada en los lugares más precisos, en torno a su torso, sujeta a sus brazos, y porta, además, un pantalón negro, ajustado a sus piernas como si en realidad una prenda pudiese enamorarse de su piel.

Durante otra fugaz mirada sucede tanto de lo mismo; he de notar algo diferente en él. Debido a que las mangas de la camisa están dobladas por debajo de sus codos, la tinta negra de los tatuajes tiende a sobresalir en la blanca piel de su antebrazo izquierdo.

Mis dedos hormiguean por deslizarse a través de sus tatuajes.

Las manos de músico, dedos largos y gráciles, aprehendidos alrededor del volante; los nudillos pálidamente se marcan con la presión de su fuerza. Él tiene mucha de ella.

Junto las rodillas y empuño la tela granate del vestido entre los dedos. La mirada de Shawn se desliza un momento por mis piernas. Vuelve la vista al frente sin decir nada. Miro por la ventana e intento distraerme. Estamos cerca del lago Ontario porque, aunque no reconozco las calles que dejamos atrás, la humedad pesa en el aire, el frío es más violento.

Frente al camino, se alza un local de mariscos, construido un metro por debajo del suelo, y las paredes rojas, como óxido, están desgastadas, plagadas de anuncios publicitarios. El nombre del restaurante está pintado en lo alto de la pared, en caligrafía presumiblemente cursiva.

Fish and More

El auto disminuye la velocidad al acercarse al aparcamiento. Un hombre sale de las sombras, dista de ser intimidante. Podría haber pasado por cualquier civil de no ser porque, al aproximarse a la ventana del conductor, ordena una contraseña en marcado acento francés, y me recuerda las palabras de Rebeca. «Se encontrarán con una fachada de mariscos, eso es cierto, pero sigan adelante. En el aparcamiento, un hombre europeo se acercará a ustedes y requerirá la contraseña para permitirlos entrar. Recuérdenla bien...»

Amor omnia vincit —pronuncio. «El amor todo lo vence».

El hombre asiente y retrocede, volviendo al nicho. Shawn incluye el auto en el aparcamiento y escoge con premeditación un campo vacío. Pocos otros vehículos, de cristales tintados, yacen aparcados.

Shawn busca mi mano al bajar del auto.

—¿Estás bien? —pregunta, hablándome de cerca.

—Sí, ¿lo estás tú?

Él hace un sonidito afirmativo, aunque nervioso. Veo que ambos lo estamos.

La puerta trasera del restaurante se abre y el rostro juvenil de una chica nos observa desde el otro lado; luce como una bailarina, adusta, con el cabello negro domado en un inflexible moño y vivaces ojos grises.

Nos adentramos, a su petición.

Cuando la puerta se cierra... —Bienvenidos a The musician & The maroon —dice—. Mi nombre es Roxanne y, por esta noche, estaré a sus órdenes. ¿Me permites tu saco, África?

—Por supuesto —digo, sin inmutarme. Rebeca nos dijo que alguien nos esperaría a la puerta. Me deslindo del saco que Shawn puso sobre mis hombros desnudos, el complemento de su traje.

Roxanne se pierde por una de las primeras puertas del pasillo. Contra las paredes, embestidas, están cabinas de cuero. Roxanne aparece de nuevo y, mientras nos dirige por el pasillo hacia el restaurante, comienza a hablar.

—Ponemos en nuestros clientes una desmesurada confianza. Elegimos pocos, pero elegimos bien. Es deber del cliente proteger esa inversión, así nosotros lo protegeremos a él. Lo que pasa en TM&TM, se queda en TM&TM. Asumo que Rebeca les habló de la discreción que rodea el restaurante.

—Así es. Mencionó también tres reglas.

—Las reglas diamante.

1. No se consiente el uso de aparatos electrónicos, a excepción de los que el restaurante opera.

2. Está estrictamente prohibido hablar con otro comensal.

3. No está permitido mirar a alguien, que no sea tu pareja, por más de cinco segundos.

—Como ven, las reglas diamantes ayudan a conservar dicha discreción. Si las respetan, serán prósperamente recompensados.

—Lo comprendemos —dice Shawn.

—Muy bien. —Roxanne sonríe—. Síganme.

Una amplia barra cruza el centro del establecimiento y, rededor, económicas mesas con salseras están dispuestas en orden. Faroles arbotantes cuelgan de las vigas expuestas. Predomina un crudo olor a pescado. La puerta principal se localiza en el sentido contrario. El mesero no nos mira dos veces y los clientes son casi nulos. Roxanne pasa al frente, eclipsando el silencio con su desatendida forma de andar, y nos abre una última puerta.

Bajamos unas escaleras. Un corredor se estira en dos direcciones. Las paredes son oscuras y están adornadas con cuadros de músicos reconocidos de Hollywood; John Lennon, Kurt Cobain, Bob Dylan... todos ellos en compañía de una preciosa mujer.

—¿Qué tienen en común? —pregunto a Shawn.

Él me observa por un largo instante.

—Un amor trágico —responde.

Su voz envía un estremecimiento por mi espina dorsal.

Por el pasillo se adentra una mujer.

—Marie —saluda Roxanne, cortésmente; en su voz hay rastros de sorpresa.

La mujer, nombrada Marie, da un atento asentimiento. Puedo suponer que cruza la edad de mamá. Tiene un porte estirado, de gestos deliberados y henchida elegancia.

—Discúlpame, Roxanne, pero quería conocerlos. Un amor joven... tenía tiempo sin presenciarlo. África —nos sonríe— y Shawn. Estábamos esperándolos. Agradecemos a Rebeca por haberlos traído. Soy Marie Barbeau, propietaria de TM&TM.

¿Es exagerado confesar que me siento como un átomo bajo la lente de un microscopio?

—Estamos igualmente agradecidos con Rebeca —digo—. Un placer, Marie Barbeau.

—Entonces —dice Shawn—, éste lugar sí existe, después de todo.

Marie le mira.

—Por supuesto que existe, Shawn Mendes.

—¿Sabías de él? —pregunto a mi novio.

—Había escuchado los rumores... de un restaurante escondido en la metrópolis canadiense. Se desconocía su lugar y su propósito.

—Confío en que se mantendrá de esa forma —dice Marie, mirándolo fijamente, luego, como si necesitase confirmación, posa sus minuciosos ojos en mí.

Shawn persigue el movimiento y logra tensarse.

—Lo hará —promete rápidamente.

Marie sonríe, como si hubiese descubierto su talón de Aquiles y le satisficiese su ubicación.

—Cuando The musician & The maroon no era lo que hoy es, era un restaurante de mariscos.

Roxanne nos hace un gesto para continuar mientras Marie camina al frente. —Algunas de las comidas aún están en el carte du soir, «poissons et cie», si no me equivoco. Naturalmente, hemos cambiado la receta.

Los cuadros, en las paredes, tienen placas que dictan el nombre de sus habitantes, así como la fecha en que la fotografía fue tomada. El primer año establece: 1967. En el cuadro, aparece un pareja; un hombre con bigote y espléndida sonrisa, la mujer tiene la mano puesta sobre su hombro, el cabello largo y negro, y sonríe igualmente dichosa. Sus nombres: Sonny & Cher.

—Mi padre, Antoine Barbeau, manejaba el restaurante —dice Marie—. No era nada especial. Un establecimiento de mariscos, eso era. Las ventas no eran destacables, pero se mantenía bien.

Entre tanto desfilamos por el pasillo, las fotografías siguen presentándose. Bob Dylan & Joan Báez, 1968. Ella, un encanto revolucionario latino. Él, un fehaciente proyectista.

—Un día, el Hombre de Negro entró a Fish and More. Estaba siendo acosado y necesitaba un refugio donde aguardar.

—¿«El Hombre de Negro»? —inquiero, esperando que Marie no odie ser interrumpida.

—Johnny Cash —aclara Shawn, a mi lado.

—Ándale.

—Hoy en día es poco reconocido —esclarece Marie, experimentando una pausa—, pero, en ese entonces, la visita de un músico como lo fue Cash sólo podía entenderse como prosperidad, sobre todo después del éxito que tuvo Ring of Fire. Luego de que Johnny Cash se presentase, padre sabía que las cosas buenas comenzarían a llegar una vez se supiese.

—¿Así fue?

—No de esa forma —responde Marie.

—Aguarden —dice Roxanne.

Mientras tanto, otros músicos enriquecen el corredor. «John Lennon y Yoko Ono, 1996». «Jane Birkin & Serge Gainsbourg, 1969». «Joni Mitchell & Leonard Cohen, 1968».

—Cash estaba en Ontario a causa de una actuación que haría en la pista de hockey, en London. Para eso, pasaba por Toronto. Le contó a mi padre lo que se proponía ese verano.

—¿Qué pretendía Johnny? —pregunto, así, como si fuese mi amigo de copas.

—Quería proponerle matrimonio a June Carter.

Shawn le brinda un suave apretón a mi mano; seguramente ha percibido cómo el pulso se me dispara. —June estaba recientemente divorciada —dice Marie—, y las cosas entre ella y Johnny nunca habían sido fáciles. El amor, confiaban, no los decepcionaría. Eran tercos como mulas. Cash quería un lugar para festejar la propuesta, estaba seguro de que Carter le daría el sí.

»Así fue. June Carter finalmente aceptó a Johnny Cash en 1967, el mismo año que se fundaría The musician & The maroon.

Las fotografías rejuvenecen, fechas más cercanas y nombres que todavía laten con gloria. «Patty Smith & Sonic, 1979». «Thurston Moore & Kim Gordon, 1981». «Kurt Cobain & Courtney Love, 1990».

—Fish and More celebró su propuesta. No importaba que se tratase de un establecimiento de mariscos en una calle poco concurrida de Toronto. Representaba intimidad. Ella amó esa soledad compartida, y él la amó por eso. Johnny conocía a la mujer que más tarde se convertiría en su esposa.

»Esa noche, hubo una unanimidad implícita. No se les habló, ni siquiera se les miró. Posiblemente mi padre tuvo que ver con ello, no surgió de la nada, pero para ese momento nadie juzgaba, hablaba o miraba por más de cinco segundos en otra dirección dentro del restaurante.

—Claro es, Antoine no se animó a exponer la visita de June y Johnny. Había algo especial en cuidar las miradas de un amor excepcional, incluso si fue por una noche. No necesitó de ello, sin embargo. Fue recompensado tiempo después, cuando el matrimonio Cash lo recomendó con sus allegados.

»Los más famosos artistas llegaban a Toronto, deseando pasar una velada en el local. Aunque le complacía lo que veía, padre comenzó a notar un patrón. Era, el mismo secreto que los enviaba, muchas veces el mismo que destruía la relación.

»Hubo excepciones. Afortunadamente, June y Johnny fue una.

»El nombre tan insustancial del restaurante carecía de importancia. Sus comensales adoraban la fachada simplista, el disimulo que ello otorgaba. Era un tanto irónico que sirviera para una causa interna.

—Antoine Barbeau observó en sus parejas un amor diferente al ordinario. Un amor repetidamente trágico, pero, incluso de esta forma, un amor inspirador. Surgió entonces The musician & The maroon, un cobijo para el cariño tímido, para el secreto mejor guardado, para la auténtica ataraxia.

»Ahora conocen la historia. —Marie se detiene frente a una puerta—. Es suya la decisión, elegir qué pasará después de esta noche. Únicamente, pido discreción. Les deseo una bonita velada. Roxanne, muéstrales su mesa.

Al cruzar el umbral, es como despejar un velo. Un cambio drástico. El aroma es suplido por el leñoso amargo de la madera y especias. La luz viene siendo más cálida y suave. Pintadas del color granate, las paredes están decoradas con fotografías euritmias en blanco y negro. Estamos, indudablemente, bajo tierra.

The musician & The maroon es un restaurante increíblemente ilustre, histórico e imperecedero.

—Por aquí —expresa Roxanne.

Afirmo la mano de Shawn entre la mía y, juntos, la seguimos.

En el salón, las mesas guardan las distancias, los comensales cenan en íntimo silencio. No miran hacia nosotros y, si acaso lo hacen, no dura más de un segundo.

Miro sobre el hombro. Marie Barbeau nos observa alejarnos con algo semejante a la expectación.

—¿Qué hay del otro lado del corredor? —pregunto a Roxanne.

—Las alcobas.

¿«Las alcobas…»?. Veo hacia Shawn, y él ve hacia mí; eleva una ceja y sonríe. ¡Mi buen Dios! ¿Acaso...? ¿Acaso son alcobas para pecar?

Roxanne nos introduce en un recinto ―un reservado―, con pared de cristal. En el centro de la habitación está una delicada mesa cubierta por un mantel oscuro, con bordes cosidos, bajo un jarrón artesanal que asevera flores silvestres, margaritas, y velas que laten en densidad. La luz llena los espacios en jaulas de cristal sostenidas en lo alto del techo. Una segunda pared de cristal promete las vistas de un jardín interior. Una fotografía cuelga de la pared oeste, la placa reza:

June & Johnny
1967
noche de propuesta

Shawn retira la silla y aguarda hasta tenerme para sentarse al envés.

—Aquí tienen el carte du soir. —Roxanne nos entrega la carta del menú y sale del reservado.

—Me parece —digo a Shawn, al estar a solas— que no soy lo suficiente misteriosa para este lugar.

Él sonríe con delicia.

—TM&TM, «el músico y el granate» —pronuncia Shawn—. En este contexto, son sustantivos. Personas. ¿Viste las fotografías?

—Sí.

—Han sido tomadas aquí. Todo este tiempo pensé que este lugar era un mito... Ahora tengo el deber de asegurarme que otras mentes piensen lo mismo.

—Marie Barbeau es temeraria.

—Ni más ni menos.

Pienso en sus palabras.

—¿«El granate»? —Sé que es una piedra preciosa, pero...

—Es la musa —dice Shawn.

Aunque, si bien el reservado nos concede privacidad, la pared de cristal parece oponerse al concepto; podemos ser vistos, más no escuchados. Los comensales, en el salón, disfrutan de una noche con intenciones de intimidad. Están divididos en parejas, tanto del sexo opuesto como del mismo. Creo encontrar, inclusive, poliamor. La atmósfera no es la de un restaurante común; algo en estas paredes está irremediablemente salvaguardado.

The musician & The maroon ha sido construido exclusivamente con un propósito.

—¿Los conoces? —pregunto a Shawn.

—A algunos de ellos —confiesa él.

Shawn me entrega la carta del menú.

—¿Qué estás esperando de la noche, Shawn?

—Reciprocidad —responde.

Desliza, a través de la mesa, su mano hacia la mía. Entrecruza nuestros dedos y me mira desde su asiento, por encima del jarrón con las margaritas, con una emoción indescriptible.

—Estás preciosa —me dice.

—Has contribuido en eso —le digo.

Shawn sonríe.

No me suelta de la mano. Nos las arreglamos para leer la carta; está escrita en francés, lo que no es un obstáculo. Ambos conocemos a fondo el espléndido idioma. La gastronomía del restaurante tiene influencia francesa. Canadá absoluto, en realidad.

Su pulgar esboza finas caricias en el dorso de mi mano.

Roxanne reaparece más tarde, se apropia del carte du soir y pregunta por nuestras exigencias. No recuerdo qué decía la carta. Cubro un costado de mi boca y, mímicamente, ruego a Shawn por ayuda. Él se muerde el labio inferior, luchando por no reír. ¡Bribón, ya verá!

Me guiña un ojo, de manera cínica, se apiada de mí y pide a Roxanne el sexto platillo de «table d'hôte», el «pâtes à la volaille et épices». Bien, ¡muy bien! Estoy segura de que habría ordenado eso si hubiese puesto atención a la carta.

En la sección de «Vins et Spiritueux», Shawn hace una alígera pausa y alza el rostro.

—En realidad... —dice, tanteando la palabra como si disfrutara de un placer oculto—, me preguntaba si la carta ofrecía... café.

Roxanne parpadea, y yo no puedo creerlo.

—¿Café? —repite ella, igualmente desconcertada.

—Sí.

Roxanne me mira de reojo, como apiadándose de mí. —Bueno...

—Ni se te ocurra, Shawn —prorrumpo.

Él suelta una carcajada.

—Un vino tinto, por favor —dice, riendo—. Oh, y dos copas. Gracias, Roxanne.

Ella suspira, posiblemente aliviada, y dimite, murmurando para sí: «una broma privada, debí saberlo, cómo si algo pudiese llegar ya a sorprenderme en este restaurante...».

Miro hacia Shawn y nuestros ojos se encuentran, como si fuesen imanes. Esto no se lo voy a perdonar, eso sí que no. Él continúa sonriendo, como si pensara que tener el resentimiento de alguien fuese fresco para el alma, para variar.

En el salón se levanta una pareja de comensales y abandonan el comedor tomados de la mano. En otra mesa, unos están besándose. Un poco más a la izquierda parece haber movimiento bajo el mantel; sus ocupantes están comiendo, pero el brazo de él está inclinado hacia la pierna de ella...

—África —murmura Shawn—, deja de mirarlos.

Pasados unos segundos, el rostro de ella se llena de color, deja de comer y mira boquiabierta a su acompañante, su brazo parece especialmente enfocado en el insistente movimiento bajo la mesa. —Mírame —ordena Shawn.

Le miro, azorada. Lo que acabo de presenciar... Espero no haber roto la última regla. Shawn está imponente, sencillamente reclinado en la silla, su brazo descansa en la pierna y su mano sostiene la mía, la cual se lleva a los labios y planta un suave beso en los nudillos. Estoy por proponerle un trato indecoroso, alentada por el reciente espectáculo en la mesa vecina, segura de que él aceptará, pero el delicado tintineo del cristal irrumpe mi pronta declaración.

Aparece Roxanne, y pone la cubeta de hielo, el vino tinto y las copas en la mesa. Intercambio una mirada con Shawn mientras Roxanne sirve el vino. Sigo alterada. Poco después, ella nos honra con el entrées y abandona el recinto.

Juego con el vino en mi copa de cristal, batiéndolo suavemente en compases regulares de la muñeca. Mientras tanto, por debajo de la mesa, ya he desanudado las tiras de los zapatos. Llevo la copa a mis labios y le brindo un decisivo trago, por mi garganta corre el ácido líquido. Shawn frota su mentón y alza una ceja. Deslizo el pie fuera y estiro lentamente la pierna hasta tocar su rodilla. De inmediato, Shawn se tensa.

Observándome, incrédulo, aditivo a un gesto de sorpresa, no se retira.

El vestido resbala hasta mis muslos y él persigue esta desnudez, voraz. Avanzo por su pierna, sintiendo la tela de su costoso pantalón al paso. Lo que estoy haciendo, tan impúdicamente, califica dentro de lo inmoral, jugar con mi novio debajo de la mesa, como descubrí hacer a los otros, ocultos a simple vista...

La punta de mi pie alcanza su entrepierna. Shawn sujeta la copa; sus largos dedos se curvan rígidamente en torno al tallo. Mi amor, ¡estás duro! Lo provoco mansamente, y lo empujo con el pie, su longitud se insinúa. Por encima de la mesa, Shawn entreabre los labios y deja escapar un pequeño e inaudible gemido. Su mano vuelta y me envuelve el tobillo, me impulsa a apretarlo. Puedo sentir claramente la dureza en la planta, tan duro como un tronco, pero más tierno y dócil. Muevo el pie de arriba abajo, de forma lenta y repetitiva.

Las mejillas de Shawn se llenan de un cálido rosa. Ruega por bocanadas de aliento, humedeciendo sus carnosos labios, y los abre en busca de aire.

Temo que tal vez esté causándole escozor, pero Shawn cierra sus ojos y echa la cabeza hacia atrás, disfrutando plenamente.

Por consiguiente, acelero la fricción, la planta de mi pie abraza la anchura y dureza de su miembro viril, el pantalón le está ceñido. Su pecho se agita, y promueve un tortuoso vaivén con la cadera.

Puedo sentir la mirada de algunos pocos comensales en nosotros. Cuánto logran ver, no lo sé, pero el regocijo en Shawn es evidente, sobre todo cuando él luce tan jodidamente erótico. No sabría decir cómo me siento al respecto, si me incomoda que nos observen de tal modo o quizá no tanto como imagino. En lo que a mí confiere, él es todo pensamiento. No me importan los demás, tal vez por eso me es tan sencillo ignorar la moral que fácilmente se interpondría otro momento.

Shawn presiona y guía austeramente el roce, de manera visiblemente lenta, pero acentuada, como si estuviese fregando una mancha difícil de quitar.

De pronto, un sonido rompe en estridencia.

La copa en la mano de Shawn se ha hecho añicos. El tallo permanece impertérrito entre sus dedos, pero el cáliz se ha roto en varios fragmentos de cristal. El vino impregna el mantel y el negro pantalón de Shawn, confundiéndose. Las gotas salpican mi pierna.

Shawn prorrumpe en grosería.

Abro la boca, con una presurosa disculpa en la punta de la lengua. Shawn me traspasa con la mirada. —No te atrevas.

Bueno, pues no me atrevo.

Retiro la pierna y calzo la zapatilla. No me da tiempo a anudar las tiras cuando se levanta rápidamente y viene a mi lado, tomándome del brazo me jala detrás de él. Salimos del recinto y nos dirigimos por el pasillo. Nadie nos orienta una mirada. En busca del tocador, lo hallamos doblando a la izquierda, una de las puertas de la derecha. El cuarto de baño es el de hombres. Hurto un par de servilletas de papel de la máquina de troquel y me arrodillo ante Shawn, e intento absorber la salpicadura de vino de su muslo. Una inclinación en su entrepierna me grita lo que habíamos estado haciendo. Oh, él lo estaba disfrutando.

—No te preocupes —digo a Shawn, alzando la vista para sonreírle con calma—, conozco un remedio natural, que mi abuela Montserrat me enseñó, para eliminar la mancha de vino. Sólo necesitamos un poco de vinagre y...

—Dios —gruñe él, y ahueca mis codos, levantándome de la posición arrodillada—. No te arrodilles así, frente a mí, si no quieres pervertir tu boca, bonita. Mucho menos ahora.

Ah, pero abraza mis caderas y pega mi espalda a la pared. Sujeta mis muñecas y hunde rus otro en mi cuello. Entreabro los labios, sorbiendo aire, y exalto la barbilla, otorgándole la piel. La mención de mi abuela debió intimidar su erección ―deliberadamente utilizada―, pero cuando se pega a mí la siento golpearme el espacio entre las piernas. No se anda con juegos.

—Nos descubrirán —susurro, cedida.

Shawn se aparta y le echa el seguro a la puerta.

—No —dice—, no lo harán.

Vuelve a mí y me eleva efímeramente en brazos, dándose la vuelta, así queda él contra la pared. —África —murmura—, ¿puedes...?

Ya estoy desplazando la mano a su entrepierna. ¿Qué estoy por hacer? Algo que no sólo él desea. Tanteo la dureza por encima del pantalón y debato mi falta de experiencia. Shawn se remueve, importunado. Le quito el cinto, controlando el temblor en las manos, y le desabrocho el pantalón. Sin más contemplaciones, me introduzco en el bóxer y lo tomo, encontrándolo rígido. Definitivamente, no se amaina con facilidad.

Le miro a los ojos, expresándole sin palabras la emoción, la aprensión que siento. Tocarlo no se asemeja a ninguna otra cosa, no tiene comparación. Estoy decidida a llevarlo hasta el final.

La punta de mis dedos no alcanza a rozarse entre sí, una ligera capa de líquido preseminal los humedece, las venas son palpables. Estimulo el glande con círculos de mi motivada muñeca. Shawn me gruñe un juego de palabras sucias al oído. Sin duda, llego a la conclusión, es sumamente mejor complacerlo, obtengo el placer directamente de él.

—¿Lo estoy haciendo bien? —pregunto, como una aprendiz que desea escuchar de su maestro que es una buena chica.

—Sí, cariño —gime Shawn—. Lo haces muy bien.

Recuerdo cómo me siento cuando él me complace; el delirio al inicio y el frenesí desesperado del final. Ahueco su miembro y subo la velocidad de las ascendidas. Estoy absorta, contemplándome inusual y aventurada, inmiscuida en una práctica sexual, algo que no hago, digamos, normalmente.

Shawn hunde su mano en mis cabellos, acogiéndolos entre sus dedos, e inclina hacia un lado mi cabeza, accediendo a ese lugar en mi cuello, ese preciso punto, que se ha vuelto clave en mi emoción.

Mi brazo se sacude sin dilatación, acelerando el complaciente bombeo. Los raudos gemidos que Shawn suelta cerca de mi oreja me animan a resistir. Pese a que esta ocasión, en el cuarto de baño de TM&TM, cuenta como una de mis primeras veces, el deseo que habita en mí, tan encomendado a él, me insta a actuar y prevalecer hasta saciar el suyo.

Mientras arrulla mi cabello, su otra mano se desliza por mi espalda, trastornando mi espina dorsal, rodea mis caderas y se escabulle bajo el vestido.

Gimo, asediada, y empujo mi cuerpo en su contra. Soy una persona regida por la ambición, ambición de quererlo, enaltecerlo... pero que él demuestre exactamente lo mismo consume mis células. Entonces, Shawn me toma por el trasero y me acerca con fuerza. Su atlético muslo queda atrapado entre los míos. Cielos, creo que nunca hemos estado involucrados en una situación tan condenadamente sexy. El espejo a mis espaldas debe de estar replicando cada uno de los reverenciales movimientos, y sé que él los está observando.

Viéndolo, pareciese que está enloqueciendo de a poco, lenta y tortuosamente. En el cuarto de baño sólo escuchasese su agitada respiración. Ralentizo la bombeada. Él hunde con fuerza sus dedos en mi trasero, escabulléndose bajo la lencería, impacientado. ¡Mírame! Aunque he odiado la presión que mantener el control requiere, el permanente estado de alerta, admito que tampoco está nada mal hacerse de éste unas cuantas veces.

—Muñeca... —protesta, alterado—, no me hagas esperar...

Aumento la celeridad, poco después; se siente como echar brazas al fuego. Shawn amasa mi trasero, provocándome toda clase de cálidos y vehementes cosquilleos muy cerca donde sus manos actúan. Me echa prácticamente sobre su muslo y la fricción llevada a cabo casi me mata. En el último momento, pone la mano sobre la mía y me apremia a sacudirlo con rapidez. Tensándose, su garganta suelta el sonido más ronco y libidinoso que le he escuchado y, con un espasmo incontrolable, se corre. Se desparrama el semen por mis dedos y la canela de su aroma, combinado con la fragancia frutal del vino, inunda mi nariz. Su diafragma oscila, consumiendo el aliento que le falta. No lo suelto, incluso cuando se ha descargado por completo. Finalmente, Shawn tiende la espalda en la pared, y trata de relajarse, calmando su acelerada respiración.

Lo dejo ir, con vacilación, y éste se pierde en el interior de su pantalón. Observo detenidamente mi mano: está colmada de su esperma. Lamo el líquido del dorso, como le vi a él hacer esta mañana, los dedos y los nudillos; incluso un poco ha bajado por la palma y resbalado hasta la línea delicada de mi muñeca. No es algo que haya probado antes, es espeso, y su sabor es dulce y leñoso, brioso.

Al regresar al reservado, nos encontramos con que nuestra mesa está completamente rehabilitada, como si el accidente jamás hubiese ocurrido. El mantel está impoluto y hay una nueva copa de cristal. Debo decir, cuando tomo asiento, tengo la sensación de que todos saben qué estuvimos haciendo, quizá porque el león cree que todos son de su condición, y nosotros no somos la excepción. Por fortuna, la mancha en el pantalón de Shawn no es evidente, yo limpié mi pierna y anudé la tira del zapato. Roxanne nos trae los platillos momentos después; pasta de macarrones con pollo y especias, y retira el entrées.

A lo largo de la cena, las parejas de comensales abandonan el salón en azares, otros llegan.

Shawn ladea tiernamente la cabeza, como si me hubiese oído decir algo que no logra entender. Su mirada, cuando se convierte persistente, comienza a ponerme nerviosa. Comprendo, como discernimiento tardío, que está concentrado en algo que sólo está ocurriendo en su mente. Cierra los ojos durante un segundo, suspirando, y al abrirlos, ya no es la misma persona. Lo noto en el modo en que me mira. Más profundo, más sincero, como si recién me viese. Ha descubierto algo que ha cambiado su forma de pensamiento.

Resopla el aire y sacude el rizo descansando cómodamente en la cima de sus cejas.

—¿Quieres bailar?

Echo una mirada alrededor del restaurante. Los comensales disfrutan de la cena mientras la sonata Quasi una fantasia actúa de fondo.

—Sí —acepto.

Shawn sonríe, como si no hubiese esperado otra respuesta.

—Nos han prohibido el uso del teléfono —dice, levantándose—, tendremos que improvisar. Ven aquí.

Lo sigo a un espacio desocupado en el recinto. Por un lado, estamos rodeados de cristal y vegetación noctívaga, y por el otro paredes granate y fotografías prístinas. —Está bien —Shawn dice—, así que quiero enseñarte algo. ¿Me darías tu atención?

—Ya la tienes.

—Entonces, acércate.

Me acerco. Él pasa sus brazos por mi cintura, pegándome a su cuerpo. Instintivamente, llevo los míos a sus hombros. ¿Incitamos a la atención? La línea se halla desdibujada, no sé diferenciar entre indiscreción o modestia. A lo mejor deberíamos comportarnos...

Iniciamos un manso compás, enlazados a la contención de la melodía. El patrón alterna entre rápido-lento. Bailamos calmoso, durante algunas notas, y en la ascensión somos acuciosos. Su cadera se mueve al parsimonioso ritmo de la mía, contorneándose, expresándose. La sonata tiene un principio oscuro, pero a medida que se acerca al allegretto se ralentiza. De cerca, él está incluso más guapo. Hunde la nariz en mi cabello y aguarda un par de segundos, entonces dirige su boca a mi oreja y entona unas palabras que me originan un placentero escalofrío. Su voz se confunde con la melodía.

—Eres el sentimiento que me falta —susurra él, religando el tono con la sonata—, y odio admitirlo, pero todo significa nada si no puedo tenerte.

Me abrazo con fuerza a él, y descanso la cabeza en su hombro; su armoniosa voz acaricia mi oído, viaja por mis huesos y se mezcla con mi sangre.

—¿Está mal que no quiera la mitad? —Shawn suspira—. Quiero todo de ti, todos los compromisos.

En los espacios vacíos, el murmullo de su canto suple la letra. Es sinigual, sin embargo, tratasese de una canción digna, a la altura de su corazón, honesta. La vulnerable cadencia en el tenor, que se combina con la enarmonía del segundo movimiento del piano, la pasión en su voz... Shawn ha compuesto algo genuino, suyo en cada forma. No una teoría.

—No puedo escribir una canción que no sea sobre ti —canta, con acrecentada suavidad, y ríe abochornado—. No puedo beber sin pensar en ti. ¿Es demasiado tarde para decirte que todo significa nada si no puedo tenerte?

Él baja la cabeza y pega su mejilla a la mía, ambas sonrosadas. Los bombeos de sangre que trabaja mi corazón envían placentero calor a cada área en mi cuerpo, bulle en fervor. Respiro cerca de su boca. Quiero confesarle cuán magnífico ha sido oírle... «adoro esta canción y te adoro a ti», pero a veces me es tan difícil expresar lo que el corazón grita...

—Tu pulso está acelerado —nota Shawn.

Encuentro su dulce mirada. Escúchalo, quiero decirle, te dirá lo que mi boca no puede decir. «Te quiero». Shawn me estrecha con ahínco, como si me hubiese leído el pensamiento.

—Necesitas saber algo —dice—. Rebeca no nos ha traído aquí por coincidencia. Ya has escuchado a Marie, este restaurante tiene un propósito, África, y no sé si me siento cómodo con la idea de que seamos parte del secreto.

—Nos protegerán —digo, aunque siento lo mismo. Hay una historia enraizada al restaurante, el fantasma de fatídicos amores está aún presente. No parece augurar muy bien para aquellos sus comensales. Pero podríamos ser la excepción.

Shawn mira directo a mis ojos.

—¿Sabes qué son estas mujeres para estos músicos?

En la pared del oeste, está la fotografía de June y Johnny. Él la rodea por los hombros mientras ella recarga la cabeza en su pecho, ambos miran a la cámara. Es como si nos devolviesen la mirada, nos viesen bailar, en la misma habitación que honró su noche de propuesta. Son demasiadas las coincidencias.

—Son las musas —dice Shawn—, los granates. Ellas son su más fuerte motivo de inspiración, lo que los mantiene vivos, capaz de resistir a cualquier cosa. La esperanza detrás del hombre.

Humedezco mis labios.

—¿Tú...? —suspiro y me estremezco, a la vez—. ¿Tú tienes...?

—¿Lo dudas?

Shawn roza su boca con la mía, y susurra: —Tú, África Ruiz. Tú eres mi granate.