Capítulo 47
Tras un rato de quietud y tranquilidad en el interior de la tienda, donde Sasuke pudo ordenar sus ideas y sus prioridades, cuando salió se fijó en que sus hombres ya habían recogido el campamento.
Acercándose hasta Inabi, ultimó la formación del grupo y, luego, dijo dirigiéndose a los demás:
—Comprobad que estemos todos antes de partir.
Los hombres asintieron felices, estaban deseosos de llegar a sus casas, cuando Deidara, acercándose a él, indicó:
—Mi señor, no encuentro a Ivo.
Sin darle importancia, Sasuke repuso:
—¿No regresó con nosotros de la fiesta?
Deidara negó con la cabeza.
—Lo vi bebiendo y tonteando con una moza en la fortaleza, pero, que yo recuerde, no lo vi volver.
Sasuke asintió, sin duda su hombre y aquella muchacha estaban disfrutando de algunos placeres, e indicó molesto por tener que esperar:
—Le daremos tiempo. Ya regresará.
Deidara asintió, y dándose media vuelta, se disponía a alejarse cuando se oyó:
—¡Se acerca un jinete!
Sasuke sonrió.
—Ahí lo tienes —indicó dirigiéndose a Deidara—. Ya vuelve.
Pero Naruto levantó la cabeza y, mirando a lo lejos, declaró:
—Ése no es Ivo.
Cuando todos miraron al jinete, supieron que Naruto tenía razón, y Sasuke, al reconocerlo, murmuró sorprendido:
—¡¿Neji?!
Que el vikingo apareciera allí solo no podía significar nada bueno.
Cuando llegó frente a él y, tras saltar del caballo, Neji comenzó a hablar atropelladamente en noruego.
—No te entiendo —lo interrumpió Sasuke.
Los hombres lo miraban con desconfianza. Aquel tipo alto, y de ojos aperlados, no era su amigo. Un vikingo no podía traer nada bueno en su campamento.
Pero Neji insistía masticando las palabras:
—Sakura... Temari...
Sasuke se tocó el pelo y asintió nervioso.
—Sí. Hablas de ellas.
—¿Qué han hecho ahora esas dos? —preguntó Naruto alarmado.
—No lo sé..., amigo..., no lo sé... —dijo Sasuke desesperado.
Neji hablaba gesticulando. Sin duda ocurría algo grave, y, exasperado, Sasuke bramó:
—¡No te entiendo, Neji! ¡No te entiendo!
El vikingo se pasó las manos por la cara desesperado.
¿Cómo podía comunicarse con aquéllos? No había cogido la nota que había encontrado en el cuarto de Temari. No había llevado nada consigo. Pero de pronto oyó preguntar en noruego:
—¿Dónde están ellas?
Neji levantó súbitamente la cabeza.
Quien hablaba en su idioma era Deidara, y de inmediato preguntó:
—¿Me entiendes?
El hombre asintió. Entonces, Sasuke, tan incrédulo como el resto del grupo, inquirió:
—¿Entiendes a Neji?
Deidara volvió a asentir e indicó sabiendo que todo cambiaría a partir de ese instante:
—Mi madre era vikinga, señor.
Todos lo miraron sorprendidos.
¿La madre de Deidara, vikinga?
Nadie sabía qué decir, nadie lo había sospechado nunca, cuando Neji, tocándole el brazo, le explicó lo que ocurría y éste, sin perder un segundo, miró a Sasuke y tradujo:
—Mi señor, Sakura y Temari han desaparecido de la fortaleza.
—¿¡Qué?! —bramó él.
—Alguien les hizo llegar una nota en la que les indicaba que tenían a Shizune en el puerto y, al parecer, según teme Neji, ellas fueron en su búsqueda.
—Por todos los santos... —murmuró Naruto al oírlo.
Sasuke se vino abajo. Aquellas dos estaban locas. Si la nota provenía del que había sido marido de Sakura, iban derechas a la muerte. Pero, intentando contener su nerviosismo, preguntó:
—¿Quién les mandó esa nota?
Deidara y Neji hablaron de nuevo, y el primero indicó:
—No lo saben. Dice que está firmada por un tal H. S.
Sin tiempo que perder, Sasuke asintió y, mirando a su hombre, a aquel que siempre era callado y distante con todos, preguntó:
—¿Ocultabas lo de tu madre por miedo a ser rechazado?
Deidara afirmó con la cabeza.
—Sí, señor. Pensé que era lo mejor.
Sasuke maldijo al entender lo que aquél decía, y, consciente de que tenía que conversar con él, añadió:
—Luego hablaremos. Ahora dile a Neji que vamos con él.
Deidara asintió y, mientras se lo explicaba a Neji, Sasuke dio órdenes a sus hombres y luego corrió hacia su caballo. Sakura, su Sakura, estaba en peligro. Estaba montando a lomos de Haar cuando Naruto, tan angustiado como él, gruñó:
—Como bien dijiste, esas dos vikingas son una enorme fuente de problemas.
Sasuke lo miró. En sus ojos oscuros se veía el desasosiego que sentía, y, encolerizado, farfulló:
—Sí, amigo. Y, por lo visto, no me equivocaba.
Instantes después, Neji, Sasuke, Naruto y más de la mitad de sus hombres cabalgaron sin descanso. Ninguno sabía qué ocurría. Sólo sabían que las mujeres estaban en peligro.
