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Capítulo 80

Un semáforo y cuatro sillitas bajo un cielo bastante gris.

Abro los ojos y pestañeo rápido. Una manito regordeta se agita ante mí, y una sonrisa se dibuja en mi rostro cuando la aparto, y descubro la pícara mirada de Clarita.

Sé que es ella y no Emi; lo sabría aun con los ojos cerrados aunque la mayoría de la gente incluyendo a su padre, no logra distinguirlas. ¿Será mi sexto sentido maternal? No, más bien es la experiencia: Clarita se levanta antes, y no es la primera vez que va de habitación en habitación despertando al resto de la familia.

—Buenos días, mi amor —le digo sonriendo,

y luego tiro de su mano y la tiendo sobre mí.

Ella ríe a carcajadas y me contagia, pero cuando vuelvo la cabeza y miro el despertador de mi mesilla de noche, se acaba la fiesta. ¿Las nueve? ¡Las nueve!

—Mierda… —murmuro incorporándome.

A la pequeña no se le escapa mi exabrupto.

—Decir cosas feas, es asunto grave… —canturrea moviendo su índice frente a mi rostro.

—…antes de decirlas ¡boquita con llave! —completo yo, y luego ambas hacemos el gesto de sellar nuestros labios y lanzar la imaginaria llave al aire. —Lo siento, Clarita.

—Quiero dulce de leche porque sino le diré a papi…

Tres años. Tiene sólo tres años y ya me chantajea… No sé por qué, pero de pronto me encuentro pensando en cuán parecida es a Pauna, mi abominable suegra. No es en lo físico, por cierto, porque las gemelas son mi viva imagen con rizos dorados pero sin pecas. Es su carácter histriónico, y esa incontrolable tendencia a la travesura lo que me hace pensar en ella.

Además, se llevan muy bien.

Pauna es una abuela desgraciada, que no tiene inconvenientes en mostrar su preferencia por las niñas. Por fortuna Anthony, no parece notarlo, y espero que Tomy tampoco lo haga. O si lo notan, que no les importe…

—¿Me darás dulce de leche, mamá? —insiste Clara, mientras yo tomo mi bata y las pantuflas y me precipito hacia la puerta de mi habitación.

—Luego, corazón. Ahora tengo que alimentar a tu hermano…

Suspira resignada, y nos marchamos de la mano a la habitación de Thomás.

Greta, nuestra niñera, dobla prolijamente la ropa del bebé, y al vernos sonríe.

—Lo siento, Candy. Le he dicho que no la despertara, pero Clarita…

—… sólo hace lo que quiere Clarita —decimos al unísono. Es verdad; mi hija baila a su ritmo y soy consciente de que eso se tiene que terminar, pero no será hoy. —Por desobedecer a Greta no te daré dulce de leche—sentencio, seria, mientras la observo fruncir el ceño y poner trompita.

Se aleja de mí a grandes zancadas, y sé que irá a molestar a su hermana, pero no puedo evitarlo, porque mis pechos comienzan a rezumar leche.

"Carajo, estoy a tope… Tengo que alimentar a Tomy" me digo, mas cuando reparo que el bebé duerme plácidamente, la que frunce el ceño soy yo.

—Ha llorado a las siete, justo cuando se marchaba el señor Albert, y él me ha dicho que no la despertara. Así que le he dado biberón y desde esa hora duerme —me explica.

Suspiro… Albert. Albert hace y deshace, Albert decide cuándo tengo que dormir, y cuándo tiene que alimentarse nuestro hijo. Eso sí, lo hace sólo cuándo está presente, o sea casi nunca, por lo que la mayoría del tiempo de eso me encargo yo con la ayuda de Dorothy y Greta.

Y mientras me siento y me coloco el sacaleches eléctrico para liberar la tensión, pienso en qué sería de mí sin ellas. También pienso en qué hace el resto de las mujeres que no cuentan con ayuda, y me estremezco.

Dorothy está con nosotros de ocho de la mañana a ocho de la noche, hora en que llega su sobrina Greta y la suple. Las ocho… Maldición, ya son las nueve… Pobre Greta.

—Greta, siento que te hayas tenido que quedar… La próxima me despiertas ¿sí? —le digo, avergonzada. Anoche hubo acción en nuestra habitación, y sólo espero que no lo haya escuchado.

Ella sonríe. Es un ángel…

—No se preocupe. He dormido muy bien ya que el bebé no se ha despertado en la madrugada.

Hacer que la niñera duerma con los niños ha sido una decisión muy acertada… Su cama está en un espacio que comunica ambas habitaciones. De un lado duermen Clara y Emilia, y del otro el pequeño Tomy y Anthony.

Anthony… No está en su cama.

—¿Y Tony?

—Abajo, mirando las caricaturas en la tele.

Otra cosa que me preocupa… Anthony y su tendencia a preferir la tecnología antes que jugar al aire libre. Debo atender ese asunto también, pero tampoco será hoy.

—Greta, deja eso y vete ya.

—No tengo prisa, Candy.

—Te pagaré las horas extras, pero ya debes marcharte…

—Está bien.

Como si lo hubiese adivinado, Thomás despierta llorando.

Greta me lo alcanza, y me lo pongo al pecho.

Por suerte ambos continúan bastante cargados, así que mi bebé comienza a alimentarse con avidez. Lo acaricio suavemente…

Qué maravilloso es poder amamantar. Echaba de menos hacerlo, ya que con las gemelas no pude… Es que estuvieron ingresadas en el hospital durante casi dos meses, y en ese lapso dejé de tener leche, a pesar de todos mis intentos de que no sucediera…

Las gemelas. Parece que las he convocado con el pensamiento porque aparecen de pronto y se plantan frente a mí.

—Mami, Clarita nos ha despertado… —se queja Emilia frotándose los ojos con ambas manitas. Dice "nos", por supuesto. Es que Emi tiene un amigo imaginario llamado Pirulo, y ya nos hemos acostumbrado a él.

Intento mirar a la aludida con severidad pero no lo logro porque ella me derrota con una de sus increíbles salidas:

—Es que los echaba de menos, mami.

Aprieto los labios para no reír, y sorprendentemente lo logro.

—Bien, ya que se han despertado ambas, las vestiré antes de marcharme, Candy —me dice Greta, y yo sonrío agradecida.

Mis mañanas son todas así… Bueno, no sé si todas pero sí la mayoría.

Sola, con los niños, con Pirulo, y con la invaluable colaboración de Greta y Dorothy que son mis pilares y mis muros de contención.

Tengo que poder con esto… Después de todo, yo misma me lo he buscado.

Habíamos planeado plantarnos con las niñas, pero insistí tanto que Albert accedió a tener otro hijo. Claro que su contribución a ello sólo fue eyacular dentro de mí, porque fuera de eso…

Sacudo la cabeza, contrariada. No quiero pensar en eso porque sé que me enfadaré. Debo salir de este círculo vicioso de encierro, pañales y manitos con dulce de leche… Hoy llevaré yo misma a los niños a la colonia de vacaciones, y luego iré a la oficina a presumir con Thomás en la empresa. Le daré una sorpresa a Albert… Sí, eso haré.

Me pongo en marcha y en tres cuartos de hora dejo a Greta en su casa y me dirijo al colegio. Parece cosa del diablo, pero ni bien ella desciende de la camioneta, los niños comienzan a discutir.

En la tercera fila, van Emilia y Anthony en sus respectivas sillitas. En la segunda, va Clarita. Y junto a mí, el bebé… No me atreví a ponerlo junto a ella, pero es igual. Es una pequeña muy provocadora, y cuando suelta que Pirulo va a su lado porque la prefiere, Emilia se pone a llorar, Anthony se burla, yo me empiezo a desesperar. Y Thomás hace otro tanto… Dos niños llorando, y dos riendo y gritando es más de lo que puedo tolerar.

El semáforo en rojo me obliga a detenerme, y aprovecho para volverme a reprenderlos.

—Si no se callan, los dejaré en la acera.

Los tres me miran con la boca abierta. Jamás les he dicho algo así; no sé lo que me pasa. Vuelvo al volante y los miro por el retrovisor. Continúan pasmados… Qué mala soy, por Dios.

De pronto me encuentro mirándome en el espejo con una sensación de extrañeza que me abruma. ¿Quién soy? ¿En qué me he convertido?

Mierda… ¿No es un poco tarde para tener una depresión post-parto?

No sé por qué me estoy cuestionando mi vida en un semáforo en rojo, pero lo cierto es que lo hago. Tengo sólo veintiséis años, y cuatro sillas de niño en mi vehículo. Cuatro.

¿Esto es lo que quería? ¿Esto es lo que haré el resto de mi vida? He estudiado, tengo una profesión, pero me paso el día entero rodeada de niños. Las niñeras se encargan de algunas de sus necesidades, y me ayudan muchísimo, pero soy yo la que…

¡Diablos! ¡Me paso el día entero jugando en el suelo! O yendo de compras, haciendo la tarea, reprendiéndolos.

No puedo creerlo… No es así que yo esperaba vivir. ¿Dónde quedó la Candy soñadora, la que danzaba, la apasionada por el diseño? ¿Dónde demonios se quedó la Barbie Puta? ¿Y la Princesa?

Las bocinas comienzan a sonar detrás de mí, pero yo no me muevo. Estoy como paralizada. Y muy pero muy confusa. ¿Son ideas mías o yo estoy experimentando los síntomas de una intensa frustración?

¡Mierda! ¡Lo tengo todo pero no soy feliz! Debería serlo, pero no es así. Soy la madre de cuatro preciosos niños, sanos e inteligentes, y tengo un marido que parece un modelo de portada de revista, pero es evidente que algo me falta porque sino no estaría clavada en este lugar, aferrando el volante con mis manos sudorosas. Un momento… ¿un marido que me ama? ¿Albert aún me quiere? Es decir, sé que me desea pero ya no pasamos tanto tiempo juntos.

Continúa siendo igual de gentil, y es un infierno en la cama, pero siento que se ha abierto una brecha entre nosotros… Es que él vive para trabajar.

Creo que Albert está más enamorado de su trabajo, que de mí. Tal vez ame a la Candy que fui, pero… ¿estará conforme con la que soy ahora?

Cierto que me hace costosos regalos, y es todo sonrisas en la cena con los niños. Cierto que luego me hace el amor de forma apasionada y me dice que soy hermosa, pero nuestros caminos se han bifurcado…

Mi esposo se ha alejado de mí, y yo me siento tan sola…

—¡Mamá! —reacciono con la imperiosa voz de Clara detrás de mí.

—Está verde…

Pestañeo intentando no llorar, y comienzo a avanzar… pero solo en forma literal y en lo que al vehículo se refiere, porque de hecho siento que mi vida se ha estancado.

Y qué mal me siento, por Dios.

CONTINUARA