Salomón salió del castillo para ir en busca del correo al pueblo. Rex se encargaba de entregar telegramas a domicilio, pero cualquier tipo de encomienda diferente debía ser retirado en la casa de su abuela.

Estaba muy preocupado por la muchacha que esa mañana habían encontrado y que ahora se hospedaba con ellos. Si bien no podía asegurar los motivos por los que Kaiba había decidido ayudarla, tenía algunas sospechas de lo que podía estar pasando. Ojalá esa chica no fuera una ratera, aunque recordaba lo que había ocurrido y lo dudaba.

Kaiba entró en la carreta sin dejar de mirar el banco. Podía jurar que había visto la alfombra moverse. Sentir risas... ver cosas moverse... Estaba enloqueciendo. O no...

Se agachó junto al banco y levantó la alfombra.

— ¿Qué diablos...?

El grito de Kaiba provocó que Salomón detuviera la carreta de golpe y logró así que Seto se golpeara la frente contra el borde del asiento. El anciano bajó del carruaje y corrió la cortina para ver qué estaba ocurriendo. Se encontró con el castaño recostado contra la pared y sobándose la frente. Pero fue empujado por una chica de blanco pelo largo que pretendía salir corriendo de la carreta. A pesar de su edad, Salomón tuvo los reflejos suficientes como para tomarla de la muñeca con mucha fuerza e impedir que escapara.

—Parece que tenías razón y no estabas delirando, Seto.

—Señor Kaiba dirás— advirtió mientras bajaba, acomodando su cerquillo. Lo que no me explico es como pudo entrar sin que lo notaras, cuando te pedí que te quedaras a vigilar.

Bien, esa era una indirecta muy directa. ¿Pero qué pretendía? O era chofer o era empleado de seguridad. Ambas a la vez ni soñarlo. Ya le enseñaría a ese muchacho a tener respeto por los caballeros de experiencia como él.

Miró al piso y dijo:

—Lo siento, Señor Kaiba.

—Olvídalo— fue la respuesta que obtuvo. Seto miró a la chica, obviamente aguardando una explicación—. ¿Tú qué hacías escondida ahí?

—Yo...

—Seto, está claro que se subió cuando te reuniste con Crawford. Si se esconde es porque está huyendo de la justicia. Yo mismo noté que los oficiales estaban buscando a alguien desesperadamente. Debe ser una delincuente.

— ¡No es cierto!— gritó la joven tratando de soltarse.

—Yo te creo— le dijo Kaiba.

—Ah, ¿sí?— preguntó Salomón con los ojos entrecerrados y acercando su cara a Kaiba. Estaba enojado. ¿Acaso la palabra de esa chica valía más que la suya?

—Por supuesto— Seto sonrió provocándolo. Pero volvió a centrarse en ella—. Pero para ayudarte necesitamos saber la verdad— la miró fijamente a los ojos, tratando de que confiara en él. Ella asintió y él prosiguió—. Dinos si estabas huyendo de la justicia.

Volvió a asentir y eso desató la ira de Salomón.

—Te lo dije, Kaiba— se veía totalmente fuera de control, demasiado enfadado—. ¡Lo único que haremos por ti es devolverte a la celda de la que escapaste!

—De acuerdo...—dijo Kaiba rascándose la cabeza. La chica abrió los ojos sorprendida; ¿acaso Kaiba no había dicho que iba a ayudarla? —...creo que ya sé cómo ayudarte.

— ¡¿Qué ya sabes qué?!

Bien, así estaban las cosas. Seto debía tener algo contra Crawford. Siempre terminaba metido en problemas donde este estaba involucrado.

Llegó a la casa de correos y entró. Donna, la mujer que la atendía tenía unos cincuenta años, aparte de un pelo rubia que aún conservaba su brillo a pesar del paso del tiempo. Sus ojos celestes se agrandaron al ver al señor Mouto entrar en la casa y sonrió.

—Señor Salomón, buenos días.

— ¿Cómo está, Donna? Vine por el correo... ¿Hay algo para nosotros?

—Creo que sí... Déjeme ver...— se fue hacia un mueble de muchos cajones y abrió uno donde estaba la inscripción Kaiba/Mouto. Sacó dos sobres y regresó al mostrador— Hay uno para su nieto que llegó esta mañana y otro para el Conde Kaiba que trajeron ayer.

—Veamos— dijo tomándolos y revisándolos, quería ver si alguno era de Roux Anne, la verdadera. Y estaba en lo cierto, esa mujer le había mandado un telegrama a Kaiba. Tenía que leerlo... Aunque Donna fuera testigo.

— ¿Va a abrirlo usted?— preguntó ella mirándolo con el ceño fruncido.

—Tengo que hacerlo— replicó Salomón rompiendo el sobre. Lo leyó y dijo:

—No puede ser...

— ¿Qué pasa?

—Nada— dijo Salomón guardando la correspondencia en el bolsillo del gabán—. Donna, si preguntan cuando llegaron esos telegramas diga que los enviaron hoy, por favor.

—De acuerdo pero...

No pudo decir más nada. El anciano había salido de la tienda rápidamente. Subió a la carreta y condujo a toda velocidad.

Seto estaba muy alterado y no era por el fuerte dolor de la herida en su espalda ni por el mareo que le provocaba el golpe en la cabeza. ¿De dónde diablos había salido ese animal? Conocía muy bien a todos los caballos que había en su establo, y ese no le pertenecía. Además, por el conocimiento que tenía de zoología, que era básico, sabía que los caballos no tenían ojos verdes, celestes o azules.

No sabía de quién era ese animal, pero encontraría al dueño y se desharía de ambos.

No faltaba mucho para llegar a la casa. Y eso era bueno, aún tenía otros problemas que resolver.

Joey entró en la sala corriendo, seguido de Tristán y Tea sintió un escalofrío recorrer su espalda. Era la segunda vez en el día que entraban de esa forma y por los antecedentes— no solo de ese día, sino de otros también— no era una buena señal.

— ¿Y ahora qué sucede?— preguntó Yami bastante alterado también.

—El señor Kaiba regresó y...

—Joey: — dijo Yami con voz fuerte y dura, claramente molesto — no tienes por qué entrar así cada vez que Kaiba regrese a la casa. De lo contrario, puedes hacer tus maletas para largarte de aquí. Lo mismo va para ti, Tristán.

— ¡Pero el señor Kaiba está herido!— gritó Tristán desesperado.

— ¿Qué?

Tea salió del castillo corriendo. Al llegar afuera vio cómo su hermano menor ayudaba a Seto a bajar del caballo. Siguió avanzando y al llegar lo tomó del brazo para darle apoyo. Percibió rápidamente que toda su espalda estaba manchada de sangre.

— ¿Qué sucedió, Seto?— interrogó mientras Tristán y Joey se paraban a su lado.

—Nada, solo me caí del caballo.