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Capítulo 81
Creo que es hora de abrir el paraguas
Media hora después, estoy en Empresas Ardley. He dejado a los niños en el colegio, para que disfruten de la colonia de vacaciones, y he venido a hablar con Albert. ¿De qué exactamente? Pues no lo sé.
Mientras espero el ascensor, con la baby silla que contiene a Tomy en una mano, y el bolso repleto de pañales en la otra, me pregunto qué le diré y no encuentro respuesta.
Me observo en el amplio espejo del vestíbulo… Diablos, no parezco la esposa del arquitecto dueño de todo esto. Jeans gastados rotos en las rodillas, y zapatillas deportivas, igual que hace ocho años. Una camiseta tal vez demasiado reveladora para el tamaño actual de mis pechos. Y necesito un corte de pelo moderno y elegante… ¡no puedo seguir con este estilo! El cabello me llega a las nalgas, levemente ondulado y bastante desprolijo.
No soy una teen… ¡soy una señora! No lo parezco pero lo soy…
—Candy, pareces cualquier cosa menos una señora…
¿Cómo? ¿Puedo escuchar mis pensamientos?
Desgraciadamente no es así. Es Pauna la que me está diciendo eso.
—Buenos días, Pauna —murmuro intentando ser educada, pero tengo ganas de golpearla. No esperaba encontrarme con ella aquí, y me disgusta profundamente el haberlo hecho, pero intentaré no responder a sus provocaciones.
—Guárdate tu absurda cortesía, niña. ¿Te parece venir así vestida a la empresa? ¿Es que quieres avergonzar a Albert? —me increpa tan directa como siempre.
Respiro profundo, y entro al ascensor con ella pisándome los talones.
—No he tenido tiempo de arreglarme —me justifico. —No sé si sabes que tengo cuatro niños, tres de los cuales acabo de dejar en el colegio, y aquí traigo el cuarto por si quieres echarle una mirada.
Observa la baby silla frunciendo la nariz y de pronto parece recordar sus modales.
—Qué criatura más mona —dice con fingido y repentino interés.
—¿Y cómo están mis preciosas gemelas?
Trato de disimular la incomodidad que me produce cada vez que menciona a las niñas ignorando a Anthony por completo, pero no lo logro.
—Mis hijos están bien —replico secamente.
—Tengo que pasar por vuestra casa y llevarles unos bolsos LV que les he comprado. El fucsia para Clara y el amarillo para Emilia…
Mi rostro es un poema, y ella lo sabe interpretar.
—… Claro que también le compré algo al niño.
—¿Ah, sí? ¿Y qué es?
—Eh… No lo sé. Pero pronto lo sabré —declara muy tranquila. Es evidente que esta zorra no ha pensado en Tony ni una sola vez. Y ni falta que hace.
—Mira, Pauna, te puedes guardar tus inexistentes regalos, que mis hijos no necesitan nada de ti. O al menos nada que les puedas dar…
—¡Qué descortés eres! Tengo cositas para todos, incluso para… para este bebé tan lindo… —dice tocándole la nariz a Tomy.
La miro, asqueada por completo. O me cree tonta, o es la peor actriz del mundo… Y justo cuando el ascensor llega al piso once, no puedo evitar ponerla en evidencia.
—No tienes ni idea de cómo se llama ¿cierto?
—Candy…
—Es varón y se llama Thomás —murmuro con frialdad, mientras me pregunto cómo es que Albert pudo salir del cuerpo de esta mujer. Es tan cínica, tan… ¡Oh Dios! ¡Cuánto la aborrezco! —Mira, no sé a qué has venido, pero si es con Albert, resuelve rápido porque me lo llevaré a almorzar.
Salgo del ascensor y camino con ella pisándome los talones.
—Te encanta hacerme sentir mal, pero no lo lograrás —me dice.
—Es más, tendrás que pedirme disculpas por tratarme así, porque he venido por una buena causa.
Me planto y me doy la vuelta. Y justo cuando le voy a decir lo que se merece, veo a Albert detrás de ella, junto a una mujer que no conozco.
—Permíteme que lo ponga en duda—dice simplemente. Y luego me sonríe… Oh, oh… ¡qué sonrisa más bella! —Hola, Princesa.
Pero a pesar de la dulce bienvenida, no puedo dejar de notarlo algo incómodo, y estoy segura de que no tiene que ver solo con Pauna.
Pasa por delante de su madre, se inclina y me besa la mejilla. ¿La mejilla? Mierda. El hombre lindo le hubiese comido la boca a su Barbie Puta…
Toma la baby silla y la eleva. Besa a Tomy y luego se vuelve a la mujer que lo acompaña.
—Karen, te presento a mi hijo Thomás.
La tal Karen sonríe educadamente.
—Se parece a ti.
Vaya, qué confianza…
—Y ella es mi esposa Candy.
Nos damos la mano con cortesía, y mientras tanto nos estudiamos mutuamente. Ella parece más satisfecha que yo, pero no tengo tiempo de reflexionar sobre ello, porque Pauna interviene.
—¿Y a mí no me presentas, querido? Deja, no hace falta. Yo soy la madre del arquitecto Ardley. ¿Y usted quién viene a ser?—le pregunta a Karen. Con su acostumbrada impertinencia, hace la pregunta que yo hubiese deseado hacerle y no me atrevo.
Albert no la deja responder.
—Es la nueva diseñadora de interiores, madre. Karen Kleiss… Ahora dime ¿qué deseas? Tienes un minuto para decírmelo, y luego te marchas.
Pauna le explica algo a Albert, pero yo no la escucho. Toda mi atención está en lo que él acaba de decir. Hasta ahora había tomado los servicios de diseñadores free lance, pero presiento que ahora se trata de un puesto permanente. El puesto que debí ocupar yo. ¡Para eso he estudiado! No puedo creer que le haya dado ese trabajo a…
Mis pensamientos se interrumpen cuando habla Albert.
—Se te ha terminado el tiempo, madre. Por lo que me dices, y para variar, lo que necesitas es un cheque…
—Sí, cariño, pero es por una buena causa.
—Ajá. Los enfermos psiquiátricos del pabellón veintitrés a los cuales el demonio les habla a través de la señal de cable.
—Así es… Me han roto el corazón. Uno de ellos creía que la grilla de programación eran instrucciones de Satán… No pude soportar tanto sufrimiento y les he ofrecido darles clases de actuación para distraerlos. Claro que necesitaré dinero para el escenario, los trajes, las…
—Ahórrate las explicaciones. Pasa mañana a retirar el cheque. No, mejor envía a alguien por él, así no tengo que verte…
—Albert…
—Ahora vete antes de que me arrepienta.
Pauna se apresura a oprimir el botón del ascensor, temerosa de que eso suceda. Por fortuna llega de inmediato y ella entra sin siquiera mirarme.
—Eres tan bondadoso, querido…
Albert la observa alzando las cejas, y antes de que las puertas se cierren le da el golpe de gracia.
—Lo soy. Y para no tentar a… Satán, el cheque lo haré a nombre del director del hospital psiquiátrico a quien conozco muy bien, pues él me hará el favor de encerrarte cuando mi paciencia se acabe…
Pauna se tapa la boca. Karen abre la boca. Y yo… yo suelto la carcajada.
Lo último que veo de mi malvada suegra, son sus guantes de leopardo y sus pestañas postizas. Y lo último que ella ve de mí, es mi sonrisa.
Bien… Tal vez mi día comience a mejorar a partir de ahora.
Mas cuando descubro la mirada de Karen clavada en mí, y me pregunto en qué otros ámbitos también estará intentando tomar mi lugar, mi estado de ánimo vuelve a tornarse gris.
CONTINUARA
