33
—Un beso para darme buena suerte.
Unas manos fuertes y tostadas por el sol cogieron a Candy por el talle, levantándola sin esfuerzo de su silla, antes de apretarla con fuerza contra el cuerpo cálido y duro como el granito que tan bien reconocía. Candy inclinó la cabeza hacia atrás y sonrió divertida ante los ojos chispeantes del apuesto hombre que la acunaba en su abrazo protector.
—No creo que necesites suerte, Albert MacAndrew. Has ganado casi todos los encuentros, solo queda el lanzamiento del tronco. Parece evidente que los MacAndrew ganarán la competición otro año más.
Una sonrisa satisfecha apareció en su cara bronceada.
—La verdad es que eso parece. ¿No te place?-Fingió poner ceño y adoptó, en sus insolentes rasgos, la expresión de fingido dolor de un caballero enamorado que ha desagradado a su dama.
—No juegues conmigo, Albert MacAndrew. Sabes muy bien que me agrada. Aunque me parece que disfrutas demasiado de las miradas de admiración de las jóvenes más atrevidas. A lo mejor es hora de que aprendas un poco de humildad. Quizá tendría que besar a un Campbell para darle buena suerte.
—No harás tal cosa si quieres que ese hombre viva para ver salir un nuevo sol-le gruñó al oído—. ¿Quién está jugando ahora?-Su risa le cosquilleó en la garganta cuando sus labios rozaron la sensible piel—. Bésame, pues, si no para darme suerte, como un favor, como los gallardos caballeros de otros tiempos que participaban en los torneos con los colores de su dama atados en la armadura.
¿Quién podía resistirse a una petición tan dulce? Candy se puso de puntillas, apoyándose en sus brazos para mantener el equilibrio, y le rozó los labios con un casto beso.
Albert enarcó una ceja, irónico.
—No es eso exactamente lo que tenía en mente, pero dado el público y la falta de tiempo, supongo que tendré que conformarme... por ahora. Pero cuando gane, iré en busca de un botín digno del vencedor.
Con una última sonrisa, Albert dio media vuelta y se dirigió hacia los hombres reunidos para el lanzamiento del tronco. Candy sabía que, seguramente, sus propios ojos brillaban de deseo sensual anticipado, pero no le importaba. Tenía el corazón henchido de calidez y orgullo. Albert MacAndrew era un hombre hecho para que las mujeres se derritieran.
Por fortuna, después de su incómodo enfrentamiento de dos días antes, las cosas habían vuelto a la normalidad. Aunque Albert no estaba plenamente satisfecho de sus explicaciones sobre el enfado de su tío, le había dado su voto de confianza. Un voto hecho con todo su corazón. Incluso si su plan no funcionaba, nunca podría traicionar a Albert ni a su familia.
No tenía intención de decirle que lo amaba, pero eso fue lo que sucedió. Se sintió decepcionada cuando él no habló a su vez, pero Albert no era un hombre dado a exhibir sus sentimientos. Además, sospechaba que él no quería hacer más difícil su despedida, de ser necesaria. Pero en su corazón, Candy sabía que él compartía sus sentimientos. Es más, desde su declaración, lo había pillado observándola con una mirada mucho más tierna.
Debía de llevar algún tiempo allí, con la mirada perdida, cuando la voz de Ian captó su atención, apartándola del magnífico espécimen que era su esposo a prueba.
—Eh, Candy, te perderás todo el espectáculo.
—Oh, no me había dado cuenta de que estaba a punto de empezar.-Dejó que la acompañara hacia el campo—. Lo has hecho muy bien en los juegos, Ian. ¿No participas en la última prueba?
—No, Angus es el mejor de los MacDonald en el lanzamiento de tronco. Pero ni siquiera él tiene muchas posibilidades contra el jefe MacAndrew. La destreza de Albert Mor es digna de que la canten los bardos. Es una verdadera lástima que no seamos de verdad... Oh, bueno.-Hizo una pausa, pensando—. Dime, Candy, ¿todo va bien?
Candy sabía lo que le estaba preguntando realmente. Miró alrededor nerviosamente, esta vez asegurándose muy bien de que no hubiera nadie lo bastante cerca como para oír la conversación. Al no encontrar nada sospechoso, se relajó un poco y, respondiendo a la mirada preocupada de su hermano, dijo sinceramente:
—Todo lo bien que podría esperarse teniendo en cuenta la razón de que esté aquí.
—Solo lo preguntaba porque, bueno, pareces muy feliz con el jefe MacAndrew, y pensaba si acaso habías cambiado de opinión.-Al observar el pánico que se extendió por la cara de su hermana, le cogió la mano—. No te preocupes, nunca le diría nada a nuestro tío. Cualquier cosa que digas quedará entre nosotros.
Candy detectó un genuino interés en su voz. Albert tenía razón. Ian estaba preocupado por ella. Necesitaba desesperadamente alguien en quien confiar.
—¿Tan transparente soy? Parece que no engaño a nadie. Nuestro tío insinuó lo mismo, pero no expresó su preocupación de una manera tan agradable. Creo que teme que no seguiré adelante con nuestro plan.
—¿Lo harás?
Sus miradas se encontraron y se sostuvieron un momento. Satisfecha con lo que vio, se encogió de hombros.
—No sé qué debería hacer, Ian, pero nuestro tío no me deja mucho donde elegir.
—No puedo decirte qué hacer, hermanita, pero siempre hay opciones. Solo tienes que buscar la que te hará feliz. Y nunca te he visto tan feliz como estos últimos días. Te has construido un hogar en Dunvegan. No solo tu esposo, sino toda su familia te ha acogido con los brazos abiertos. Has cambiado.-La cogió por la barbilla, valorándola—. Eres más feliz, más segura de ti misma.-Hizo una pausa—. Estás diferente.
Diferente de cuando estabas en Strome. Dejó las palabras sin pronunciar, pero Candy sabía a qué se refería. Nunca había encontrado su sitio en Strome.
Candy entró de puntillas en la habitación. El cómodo transcurrir de la conversación se interrumpió. Maldita sea, se dijo. ¿Cómo era que siempre la oían?
– ¿De qué estáis hablando?-preguntó.
– De nada-dijo Ian rápidamente.
Candy apretó con fuerza los labios y apoyó las manos en las caderas. Odiaba que siempre la dejaran fuera de todo lo divertido.
– ¿Ah, no?-preguntó retadora, como solo una niña de once años podía hacer.
– Márchate, Candy -dijo Angus—. Me parece que Pony te está llamando.
Pero Ian actuaba casi como si se sintiera violento. Como si acabara de darse cuenta de que siempre la habían excluido.
—Tenías amigas-dijo, como tratando de convencerse.
—Claro.
Su mirada se agudizó. No la creía.
—¿Quiénes?
—No tiene importancia.
—¿Quiénes?-insistió.
Candy notó que se ruborizaba. No quería que sintiera lástima por ella.
—Pony, Mary, Doroty.
—Todas sirvientas.
—¿Y las chicas del pueblo?
Candy negó con la cabeza. Ian soltó un juramento.
—Lo siento, Candy. No es extraño que siempre nos estuvieras siguiendo. Ninguno de nosotros comprendió...-Tensó la mandíbula—. Deberíamos haberlo hecho, y lo siento de verdad.
Candy sonrió, contenta por su reconocimiento.
—Fue hace mucho tiempo. Pero tienes razón. Aquí he encontrado la felicidad. Pauna es una verdadera amiga.
Una mirada traviesa apareció en los solemnes ojos de Ian.
—Pensaba que nuestro tío se iba a pisar la lengua la primera vez que vio a la preciosa Pauna, la Tuerta, sin el parche. Fue una burla horrible lo que le hizo a ella y a los MacAndrew con aquella atroz procesión. Pero era él quien tenía un aspecto ridículo cuando ella, tan etérea como una princesa de las hadas, estaba junto a esa especie de enorme sapo que es la mujer Mackenzie con la que se ha casado.
Candy se tapó la boca para disimular su risa.
—Tenía una cara muy divertida.
Ian soltó un bufido ante ese eufemismo.
—Mira, Candy, no envidio tu posición. En cualquier caso, enfurecerás a un hombre poderoso. Tengo que reconocer que he encontrado mucho que admirar en tu esposo a prueba en estos últimos días. Es un jefe fuerte y tiene el amor y el respeto de su clan. Pero tenlo presente: Decidas lo que decidas, desconfía de nuestro tío. Me parece que tiene otros planes de los que no nos ha hablado. Nuestra familia sospecha que Sleat puede estar confabulado con los Mackenzie. Aunque nuestro tío ha prometido tomar partido por nosotros en la disputa con los Mackenzie por el castillo de Strome, nuestro padre duda de que mantenga su palabra.
Candy se sorprendió.
—¿Por qué? ¿Qué razón tiene padre para sospechar una traición de Sleat?
Ian dijo con tono grave:
—Nuestro padre se puso furioso cuando se enteró del ataque de los Mackenzie contra ti. Se culpa de lo sucedido.
—¿Por qué tendría que hacerlo?
—Le habló a Sleat de tu carta, en la que le contabas que MacAndrew seguía en Edimburgo. Está convencido de que Sleat se lo contó a Mackenzie.
¿Era esa la razón de que Albert la hubiera interrogado? Le costó un momento digerir el hecho de que un comentario aparentemente inocente en su carta pudiera haber llevado al ataque.
—No puedo creerlo-dijo aturdida.
—El odio que los Mackenzie sienten hacia nuestra familia y hacia el jefe MacAndrew es tan fuerte después de la muerte de su hijo, que padre cree que incluso si estuviera inclinado a hacerlo, nuestro tío ya no podría refrenar al vengativo Mackenzie.
Ante la mención de aquel hombre, Candy sintió un escalofrío. El viejo jefe la había observado muy atentamente durante los últimos días. Pese a lo que Albert afirmaba sobre el santuario de la reunión, sospechaba que Mackenzie estaba planeando algo. Pero hasta entonces, lo único que había hecho era mirarla fijamente con los mismos ojos muertos de su hijo. Excepto que, en su caso, los nublaba algo más... una promesa de venganza.
Ian continuó:
—Incluso ahora, padre está buscando una alianza alternativa para reforzar nuestras defensas contra los Mackenzie.
Candy no podía dar crédito a lo que oía. El corazón le latía enloquecido en el pecho. Se esforzó por contener su excitación y preguntó cautamente:
—¿Crees que padre aceptaría la ayuda de MacAndrew?
—Estoy casi seguro de que sí. ¿Podrías convencerlo de que se la ofreciera?
Candy sonrió.
—Me parece que sí.
Ian respondió a la sonrisa de su hermana.
—Sería la solución de nuestros problemas.
De casi todos sus problemas. Todavía tenía que encontrar el medio de devolver Trotternish a los MacAndrew e impedir el plan de su tío de contarlo todo.
—No le digas nada todavía a padre. Le escribiré en cuanto sepa algo definitivo.
—Buena suerte, Candy. Por tu bien tanto como por el nuestro, espero que esto resulte.
La ocasión de seguir hablando se perdió ante la excitación que rodeaba el lanzamiento del tronco.
Pero a Candy no le importó. Su conversación con Ian le había quitado un enorme peso de encima. Parecía que todo iba encajando en su sitio.
Era mucho después de medianoche cuando Albert subió por la larga escalera de caracol que llevaba a sus habitaciones. La celebración que había seguido a la victoria de los MacAndrew todavía seguía con toda su fuerza, pero él tenía que recoger otro botín. Entró en la cámara y cerró la puerta, con decisión, detrás de él. Con las piernas abiertas y los brazos cruzados sobre el pecho, con una actitud intimidante, sonrió:
—He venido a recoger mi recompensa.
Candy, que se había retirado hacía poco, se volvió en su asiento frente a la mesa donde se había estado cepillando el pelo, para estudiarlo, allí bloqueando la puerta. Él adoraba cómo la luz de las velas destacaba los perfectos rizos dorados en sus cabellos, que le caían desbordantes por encima de los hombros desnudos como si fueran una capa brillante. Se le encendió el cuerpo mientras recorría con la mirada los brazos, los hombros y el escote desnudos. Candy se había quitado el traje que llevaba durante la celebración, dejando solo una fina camisa entre él y la perfección desnuda. Sintió una oleada de orgullo masculino cuando los ojos de ella se deslizaron por su cuerpo-sin molestarse en ocultar su admiración— y se detuvieron en sus brazos cruzados.
—Me parece que ya has tenido tu recompensa-dijo con aire recatado, pero Albert vio el brillo travieso de sus ojos.
—Un beso de nada no es la recompensa que tenía en mente-dijo, empezando a acercarse a ella. Riendo, Candy se deslizó fuera de su alcance, corriendo al otro lado de la cama. Él vislumbró algo que alimentó su deseo, una esbelta pierna desnuda—. No juegues conmigo, Candy -advirtió.
—Pensaba que eras bueno en los juegos-dijo ella pinchándolo, mientras se inclinaba a través de la cama—. ¿No has ganado casi todas las pruebas en las que has participado?
Su mirada se cerró en sus opulentos pechos, que colgaban hacia delante, oscilando tentadores. La sangre se agolpó en su ya dura verga cuando pensó en cómo saltarían cuando se moviera encima de él, cabalgándolo.
Se movió hacia un lado y ella fue hacia el otro. Cuando intentó deslizarse alrededor de la cama, ella saltó por encima, escapándosele de nuevo.
—Pagarás tu insolencia, bruja-amenazó.
Los ojos de ella chispearon maliciosos.
—Cuento con ello.
Era rápida, tenía que reconocérselo. Pero era un hombre curtido en la caza. Fingió ir hacia la derecha, ella fue hacia la izquierda para deslizarse por encima de la cama y él saltó, atrapándola debajo de él.
—Capturada-dijo con una sonrisa pícara.
Ella hizo un débil gesto para apartarlo. Tenía las mejillas sonrojadas, los ojos brillantes y respiraba rápidamente debido al esfuerzo. ¿Llegaría a cansarse alguna vez de mirarla?
—¿Te rindes?-preguntó.
Ella negó con la cabeza.
—Jamás.
Él chasqueó la lengua.
—Muchacha, pones a prueba mi paciencia.
Le sujetó las manos por encima de la cabeza y consiguió el pleno acceso a todo su cuerpo. Ella se retorció, pero él no tenía ninguna intención de soltarla. Bajó la cabeza y cubrió su boca con un largo y ardiente beso, mientras sus manos empezaban a acariciar las deliciosas curvas de su cuerpo. Lentamente, levantó el borde de la camisa, deslizando la mano por aquel muslo de terciopelo. Su respuesta nunca dejaba de asombrarlo; sintió cómo se estremecía, esperando sus caricias. Sabía que estallaría casi en el momento en que la tocara.
—¿Te rindes?-repitió, con el dedo tentadoramente cerca de su punto más sensible.
Ella lo miró por debajo de las pestañas.
—Eres un hombre horrible, Albert MacAndrew.
Su sonrisa se ensanchó.
—¿Eso es un sí?
—Sí, tendrás tu recompensa.
—Y tú tendrás la tuya-dijo con voz ronca.
Le soltó las manos, bajó la cabeza de nuevo, esta vez deslizándose desde la boca, por encima de los pechos y entre las piernas que lo esperaban, donde su lengua la llevó a una rápida entrega. Los quedos gritos de su orgasmo resonaron en sus oídos; nunca había oído un sonido más dulce.
Ella yacía inmóvil, lánguida después de su clímax. Albert la ayudó a despojarse de la camisa, sacándosela por la cabeza, antes de quitarse rápidamente el plaid y la camisa de lino. Después de tenderse junto a ella, se dio media vuelta para ponerse sobre un costado y observar cómo el delicado rubor iba desapareciendo de sus sonrojadas mejillas. Sus miradas se encontraron, y una lenta sonrisa le curvó los labios.
—Hummm.-Los dedos de Candy dibujaron una suave línea descendente en su estómago. Sus músculos se tensaron instintivamente—. ¿Qué recompensa esperas de mí?-preguntó ella, con la mano dolorosamente cerca de su miembro en erección. Le acariciaba las líneas del estómago, excitándolo, manteniendo la mano justo fuera de su alcance.
No podía concentrarse en nada más que en su escurridiza mano.
—Sorpréndeme-dijo con dificultad.
Y ella lo hizo.
En lugar de cogerlo con la mano, se deslizó por su pecho, besándolo y lamiéndolo mientras descendía lentamente. Albert no podía pensar; una niebla roja le empañaba la vista y la sangre se le agolpaba en los oídos. Cerró los ojos y tensó la mandíbula, dándole tiempo para encontrar el camino.
Oh, Dios, estaba tan cerca. Ansiaba sentir la presión de su boca cálida y ardiente a su alrededor, chupando, absorbiéndolo muy adentro. De repente, ella se detuvo. Abrió los ojos de golpe. La boca estaba a unas pulgadas de él. Mientras la miraba, Candy empezó a lamerlo. Tuvo que apretar las nalgas para luchar contra la abrumadora oleada de deseo. Sus miradas se encontraron y se mantuvieron unidas. Era el momento más erótico, más íntimo de toda su vida.
—¿Te rindes?-preguntó ella.
Albert no podía hablar, estaba demasiado cerca de estallar. Su lengua lamía, en círculos la gruesa cabeza. Todos los músculos de su cuerpo se tensaron.
—Me rindo-dijo ahogándose.
Ella se rió y, finalmente, se lo metió en la cálida boca. Sus suaves labios rosados lo rodearon, atrayéndolo más adentro mientras su lengua se deslizaba sobre él. Él le enseñó a tomarlo muy adentro y utilizar la mano al mismo tiempo, porque era demasiado grande. Finalmente, cuando no pudo aguantarlo más, la puso encima de él y entró en ella de un fuerte empujón.
La cogió por las caderas mientras ella se movía arriba y abajo, apresándolo como un guante de seda con sus músculos. Albert estaba loco de necesidad. Ella arqueó la espalda y él supo que estaba a punto. La levantó, con más fuerza, más rápido, hasta que ella se tensó, se estremeció y se deshizo. Albert notó cómo se acumulaba la presión de su propio clímax desde su parte más profunda. La intensidad lo asombró. Cada músculo, cada fibra de su ser, comprimidos en un momento ardiente se tensaron y luego estallaron en mil pedazos. Ella se balanceaba encima de él, extrayendo hasta la última gota de su clímax.
Albert se sentía como si lo hubieran vaciado hasta de su alma. No podría haberse movido aunque la torre estuviera en llamas. Lentamente volvió a sentir las piernas, y la niebla se desvaneció. Tardó unos momentos en darse cuenta de lo que había hecho. Había derramado su semilla dentro de ella, un error que no había vuelto a cometer desde la primera vez. Un error que no tenía nada que ver con el deseo y sí con lo que sabía dentro de su corazón. Acababa de decirle con su cuerpo las palabras que no podía pronunciar. La amaba. Pero saberlo no cambiaba el hecho de que quizá se viera obligado a casarse con otra. Y en aquel momento podía haberla dejado encinta. De un hijo de los dos.
¿Qué había hecho?
Alargó la mano y le acarició la barbilla.
—Lo siento, pequeña.
Ella le puso los dedos sobre los labios.
—Chis. No digas nada.-No lo estropees, oyó él, en su ruego silencioso.
No había necesidad de decir nada. Ambos sabían que aquello no cambiaría nada. Si era necesario, Albert haría lo que tenía que hacer. Pero la idea de que Candy llevara un hijo suyo...
Le rompería el corazón.
No podía permitir que pasara. Las apuestas eran demasiado altas. La estrechó contra él, protegiéndola con el brazo y apoyando los labios en su cabeza. La idea que había empezado a acariciar dos días antes podía ser la respuesta a todos sus problemas.
Perderla era una alternativa impensable.
