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Capítulo 82
Rayos y centellas. ¡Sálvese quien pueda!
—Karen, seguimos hablando luego —dice Albert a modo de despedida, a la "nueva diseñadora de interiores". Ella hace un leve movimiento asintiendo y se retira.
Me la quedo mirando… Miles de preguntas me vienen a la mente, y también miles de reproches pero me aguanto. Sobre todo porque Albert me está mirando, y sonríe. Ay, Dios… Esa boca.
—¿Qué pasa? —inquiero frunciendo el ceño.
—Nada. Sólo que es un milagro verte por aquí —me dice.
Me encojo de hombros y le quito la baby silla
de la mano.
—Vine a traerte este pequeño obsequio.
La franca carcajada de mi marido es contagiosa. Y por supuesto, me sigue el juego.
—Está precioso. ¿No le gustaría pasar a tomar una taza de café?
—¿No será mucha molestia?
—Para nada. Pase usted… —dice mi Profesor Jirafales señalándome la sala de reuniones.
—Después de usted —replica la Doña Florinda en que me he convertido de pronto, y echa a andar.
Pero no. Algo no anda bien… ¿Por qué la sala de reuniones y no su oficina? Después de todo yo vine a eso, a presumir a nuestro hermoso bebé con sus secretarias, así qué…
—Albert, vamos a tu despacho —le digo, al tiempo que me vuelvo y comienzo a caminar en dirección contraria.
Él intenta detenerme.
—No, Candy. Estaremos más cómodos en la sala de…
—Prefiero la oficina. Además, he traído a Tomy especialmente por Miriam, que me lo ha pedido varias veces —replico, terca.
Lo veo apretar los labios y asentir, pero me doy cuenta de que me está ocultando algo. Y como que me llamo Candy Whitem que lo descubriré.
—Ohhh… ¡Qué hermosa sorpresa! —exclama Miriam ni bien nos ve, y de inmediato rodea el escritorio y toma la baby silla. Como si el bebé tuviese un extraño imán, de pronto varias mujeres lo rodean y le hacen cariñitos y las tonterías habituales. Me pregunto si harán lo mismo cada vez que ven a su padre, pero desecho la idea, disgustada.
Albert es mío, y yo sería una estúpida si me pongo a desconfiar de las mujeres que lo rodean, o de él mismo. Las conozco bien, y sé que la relación es cordial pero nada más… Bueno, al menos así es con Miriam, Stella y Nancy, sus secretarias. Y también con Judith, una de sus Contadoras. ¿Pero cómo será la relación con la "nueva diseñadora"?
Albert continúa sonriendo, pero yo sigo notando un dejo de incomodidad en su mirada, y hasta en su actitud corporal.
Bueno, llegó la hora de la verdad. Va a tener que decirme qué le sucede y explicarme por qué tomó a esa mujer para el puesto que debió ser mío.
Me le planto enfrente y levanto la cabeza para mirarlo a los ojos.
—Dejemos al niño con las chicas, y vayamos a la oficina.
Traga saliva. Su nuez de Adán sube y baja y yo me quedo mirándola como hipnotizado.
—Es… Está algo desordenado en… —comienza a decir, pero antes de que termine, me dirijo a Miriam.
—¿Te harías cargo de Thomás unos minutos, Miriam?
—¡Por supuesto, Candy! —responde de inmediato.
Nancy, la pasante, la secunda con una sonrisa de oreja a oreja.
—¡Queda en buenas manos, señora Ardley! Será un placer cuidar a Tomy…
Señora Ardley. Esta mujer tiene casi mi edad, mas cuando me dice así me siento una anciana. Pero a la vez, una cálida sensación mezcla de orgullo y posesividad me invade. "Sí, soy la señora Ardley. La dueña de este hombre, que es el dueño de esta empresa" pienso. Y de pronto se me ocurre que no estoy segura de lo primero.
Muevo la cabeza y me meto en el despacho, con Albert pisándome los talones.
Cierra la puerta y me pregunta con cortesía:
—¿Deseas tomar café o refresco?
Se lo ve nervioso. Se comporta de una forma extraña… ¿es que cree que está con una cliente? ¿Querrá que le demuestre qué papel juego en su vida?
Estoy decepcionada y bastante disgustada, pero no me puedo resistir al encanto de este hombre. Me ha pasado desde que lo conocí… Me enfado, pero su mirada me desarma, su sonrisa me llega al corazón, su… su cuerpo. Su maravilloso, y bien formado cuerpo es mi perdición.
Me pongo de puntillas, y lo beso, mientras decido mentalmente postergar el estallido. Si lo hago de entrada, luego ya no tendré mi dosis de Albert Ardley.
Me sorprende que responda de esta manera… Bueno… ¿a quién quiero engañar? No me sorprende en absoluto porque así es mi esposo; todo lo que tiene de guapo lo tiene de apasionado y ardiente.
—Candy…
Nos besamos una y otra vez, mientras sus manos me recorren primero las nalgas y luego desaparecen bajo mi camiseta.
—Cuidado que moja —le advierto cuando siento que me oprime los senos.
Él se retira un poco y me mira. Y luego toma mi mano y la aprieta contra su pene.
—Esto también moja…
¿Así que estamos en vena provocadora? Lo observo y no encuentro ni rastro de incomodidad en él. Ahora solo hay deseo…
—Pero lo mío es para nuestro hijo —replico, siguiendo el juego.
—En cambio lo mío es sólo para ti. ¿Lo quieres, Candy? Si tú me das un poco, yo haré lo mismo…
Ay, qué diablos. ¿Por qué no? Si me muero de ganas… Se la voy a chupar un ratito y luego vendrán los reproches y las explicaciones. Le muerdo el cuello mientras le bajo la cremallera… Y de pronto mi mirada se desvía y nota algo… Esa puerta antes no estaba.
Albert está fuera de control, y me eleva en el aire con las piernas en torno a su cintura. Camina hacia el escritorio aferrándome con fuerza, pero yo no puedo dejar de observar esa puerta junto al baño.
Algo me dice que eso no está nada bien…
—Albert…
Gruñe algo contra mi cuello que no puedo entender.
—¡Albert!
—Ya voy, Princesa —murmura mientras me sienta en la mesa y sus manos atacan su cinturón.
—¡No! No es eso… Quiero saber algo… —le digo sin dejar de mirar sobre su hombro.
De pronto la atmósfera cambia.
Otra vez esa incomodidad…
Traga saliva de nuevo. Pestañea rápidamente, y deja de maniobrar en sus pantalones.
—Esa puerta…
Sabe a qué me refiero. Permanece serio, y no se vuelve a observar lo que le señalo…
—Dime —me dice bastante secamente.
Frunzo el ceño.
—Esa puerta no estaba aquí antes. ¿Adónde conduce?
Parece disgustado, pero yo lo estoy más. La indignación de hace un momento con el asunto de la "nueva diseñadora" vuelve a mí, y el momento mágico que se avecinaba, se esfuma.
Lo veo volverse por fin, y permanece unos segundos dándome la espalda. Está ganando tiempo, lo sé.
—Es… Da a una oficina.
—¿A la oficina de quien?
—De… De nadie, por ahora.
¿Ah sí? ¿Me está tomando por tonta? Salto del escritorio y antes de que pueda impedirlo, ya estoy abriendo esa puerta.
—¡Candy! —lo escucho exclamar a mis espaldas.
No hay nadie… Es enorme y está a medio decorar. Tiene las paredes marcadas con pruebas de distintos colores, y en el suelo hay muestras de tablas de madera. Tiene su propio baño que parece sin estrenar, y otra habitación adosada que está completamente vacía, también a medio terminar.
Están arreglando estas oficinas para alguien…
Y de pronto se resuelve el misterio porque irrumpe Karen en el recinto con unas muestras de baldosas en la mano. Parece bastante sorprendida de vernos, y no puedo dejar de notar un rápido intercambio de miradas con mi esposo.
¡Mierda! ¡Está decorando su propia oficina!
Y está junto a la de Albert! Incluso se comunican…
¡La quiere tener cerca! Esta hija de puta primero me usurpa el puesto y ahora… ¡No, no, no!
El fuego que sentía entre las piernas hace un momento, ahora lo siento en la boca del estómago.
Estoy tan furiosa que tengo ganas de llorar a los gritos, pero me contengo, y sin decir ni media palabra me vuelvo y regreso al despacho de Albert dando grandes zancadas.
Él viene detrás, y suena desesperado.
—Mi cielo, no es lo que crees…
—¡Cállate!
—Candy por favor… Escúchame…
Me doy la vuelta y detrás de él veo a la estúpida esa observándonos desde su oficina, así que primero le cierro la puerta con estrépito, y luego enfrento a Albert.
—¡Escúchame tú a mí! Le has dado mi puesto… ¿le has dado algo más también? ¿Es por eso que trabajas tanto y llegas tan tarde?—le espeto con un rencor inusitado en mí.
Albert mueve la cabeza… Lo conozco, está buscando las palabras adecuadas para embaucarme. ¿Qué se ha creído? ¿Qué soy Candida? A ella le sigue la corriente y la tiene completamente embelesada con su sonrisa Colgate, pero conmigo no lo logrará.
—¡Habla! —le grito fuera de mí.
Él levanta la cabeza y me mira.
—Cuando te tranquilices.
Ah, pero esto es el colmo. Es tan cínico, tan…
—¡No me voy a tranquilizar!
—Entonces no hablaremos. Ahora si me disculpas…
—¿Qué? —pregunto, incrédula.
—Que estás demasiado alterada por nada. Y como yo no he hecho nada malo, no voy a…
—¿Qué no has hecho nada malo? ¡Has contratado a una extraña teniéndome a mí!
Traga saliva. Lo tengo.
—Es solo por ahora… Mira, tú estás demasiado ocupada con los niños. Cuando estés lista, yo… —intenta justificar lo injustificable.
—¡Ni siquiera me preguntaste!
—Candy, el mes pasado te pedí ayuda con las luminarias de Torre Términi…
Es cierto, pero… Clara tuvo la gripe, y luego se contagió Anthony, y… ¡Demonios! ¡Lo he olvidado!
—…y antes de que naciera Thomás, te pedí que me diseñaras un prototipo de oficinas para alquiler temporario. ¿Lo hiciste?
—¡Estaba en reposo!
—Por eso te lo había pedido, Candy. Para que despejaras la mente, calmaras tu ansiedad…
—¿Por eso nada más? ¡Entonces no crees que sea buena! —le grito con los brazos en jarra.
—Sé que eres más que buena, pero…
—¿Creías que me hacías un favor? ¡Ni siquiera confías en mi capacidad! No necesitaba un ansiolítico, que lo sepas…
Suspira y no dice nada. Bueno, yo tengo mucho que decir, y lo voy a hacer.
—¿Sabes qué? ¡No necesito trabajar para ti! Quédate con tu "nueva diseñadora" de quien es evidente que no puedes despegarte. ¡No me importa!
Parece desolado y me alegro. Me siento muy satisfecha por hacerlo sentir mal, y él adivina mi estado de ánimo, porque se torna frío y cuando me habla parece morder las palabras.
—¿Sabes qué? No necesito reproches sin sentido. Y si quieres hacerlo, Candy, no será aquí y ahora.
—¿Cuándo y dónde, entonces?
—No sé dónde, pero sin duda no será hoy porque llegaré tarde.
—¿Qué?
—Tengo la recepción en la embajada de Japón y lo sabes. Te pedí que me acompañaras y te has negado, así que te pido que te marches que tengo mucho para hacer.
¿Me vuelve a echar? Se burla de mí y luego se da el lujo de echarme…
Estoy tan indignada que me ahogo. Tengo ganas de…
El llanto de mi hijo, me hace sobreponerme. Me vuelvo y observo a Albert con todo el odio que logro imponer en mi mirada.
Y luego, sin decir una palabra, salgo del despacho.
CONTINUARA
