Disclaimer: Todo reconocible de Harry Potter es propiedad de J.K Rowling.
Por obligación, serán un dragón y una víbora
47. Verano: Sus pies y su antebrazo
El reloj de la sala marcaba media noche y solamente unas velas alumbraban en lugar. En la alfombra se podían distinguir dos bultos, que al parecer eran dos personas tiradas e inertes. Por las largas cabelleras que poseían, se podía deducir que eran dos mujeres, una más pequeña que la otra. Y no había que ser muy listo para caer en cuenta que ambas mujeres estaban muertas, con sus claros ojos vacíos, las bocas entreabiertas y sus ropas bañadas en sangre.
A poca distancia había dos figuras que estaban de pie. Una de ellas tenía el cabello frondoso y enmarañado, por eso y por las sutiles curvas de su cuerpo, se notaba que era una mujer. Mientras que la otra figura pertenecía a un chico esbelto y de lustrosa cabellera rubia, quien sostenía temblorosamente su varita.
—Vamos, Draco —dijo la mujer. —¡No te quedes ahí parado como si nada! ¡Es solo un estúpido Boggart! —gritó malhumorada.
El rubio estaba estático y su corazón parecía estarse quebrando en esos momentos. La imagen frente a él era demasiado fuerte para reaccionar. Y es que las dos mujeres visiblemente muertas, no eran ni más ni menos que las dos mujeres que Draco más quería: Su madre y su prometida. Era difícil decir cual rostro era más tétrico, si el aniñado de Astoria o el fino rostro de su madre sin vida.
—No puedo —susurró él, retrocediendo unos pasos y bajando la varita.
Bellatrix frunció el ceño con molestia. Entrenar a Draco estaba resultando más tedioso de lo que hubiera imaginado. El chico no solo no podía resistirse a la maldición Imperio, sino que además de eso, había resultado ser un sentimental como su madre. ¡Ni siquiera Lucius y su cobardía se comparaba con eso! Si ella hubiera tenido hijos, sin duda alguna ellos no hubieran salido con sentimentalismos como que su mayor miedo fuera la muerte de alguien.
—¡Por el Señor Tenebroso, Draco! —gruñó la mujer. —No es posible que no te puedas enfrentar a la imagen de dos cadáveres.
—¡No son dos cadáveres! —gruñó el chico, con la vista clavada en el suelo.
—¡Exacto! Ni siquiera llegan a ser dos cadáveres, son solo dos ilusiones y muy patéticas, debo decir -añadió con desdén—. ¿Qué harías si de verdad eso pasara? ¿Te quedarías ahí paralizado porque desgraciadamente murieron? ¡Estamos en guerra, Draco! Eso podría pasar en cualquier momento —dijo con desinterés.
—Por lo menos no me he puesto histérico —ironizó, rodando los ojos y bufando. Bellatrix se puso roja de fura y pateó el suelo.
—¡La clase terminó! —bramó de malhumor. Para su desgracia, su sobrino la había visto lidiar con su Boggart: Voldemort Muerto. El chico se había sorprendido, sobre todo cuando vio a su tía histérica, por poco y lo mata a él.
—Tía —llamó el rubio antes de salir de la sala. Bellatrix no contestó, pero volteó a verlo con las cejas enarcas—. ¿No te parece algo curioso el hecho de ser motífagos y tenerle miedo a la muerte? —preguntó con aires pensativo. La mujer arrugó el ceño, como pensando.
—Nosotros venceremos a la muerte, Draco —aseguró la mujer—. Como ha dicho nuestro señor: Viviremos para siempre. La muerte no nos comerá, nosotros la comeremos a ella y seguiremos hasta el fin de los tiempos...
—No me refiero a eso —interrumpió el joven—. Me refiero a que tememos que otros mueran y la verdad: nos importaría un knut morir por ellos. ¿No es así? —su tía lo miró y parpadeó, jamás se había puesto a pensar en aquello. Ella ya se sentía inmortal, aunque posiblemente moriría una y otra y mil veces por su señor—. Si alguien entendiera que todo lo que hacemos, lo hacemos por quienes amamos, quizás no nos verían como "los malos" —dijo, más para sí mismo que para ella.
Por la mente del rubio cruzó Astoria, quizás si ella entendiera eso no lo vería con tan malos ojos.
—No seas ridículo, Draco —bufó la pelinegra Lestrange, rodando los ojos y haciendo un ademán de desintegres—. Hacemos esto porque no queremos a los sangresucia y a los muggle. Ellos no merecen compartir nuestra grandeza, nuestra magia, ni la posibilidad de vivir para siempre.
Draco se encogió de hombros y salió de la sala. Apenas cerró la puerta tras él, escuchó un sin numero de maldiciones, seguramente el boggart había vuelto a tomar la apariencia del Señor Tenebroso muerto. Y pensar que el profesor Lupin les hubiera enseñado como controlarlos. Negó con la cabeza y se decidió por ir a tomar un baño antes de la cena.
O-O-O
Las hermanas Greengrass estaban sentadas en la amplia cama de una habitación donde el verde limón prevalecía y algunos posters de Las Brujas de Macbeth, que tapaban el bello tapiz blanco. En la habitación había una enorme cama de colchas amarillas, pero sin dosel, en la cual había regados un montón de artículos de belleza.
—No, el rojo manzana no te queda —decía la rubia, mirando a su hermana como si fuera una incomprensible obra de arte, para luego pasar una tela blanca sobre sus labios, removiendo en una sola pasada el labial rojo—. ¿Qué tal el rosa pastel? —preguntó, tomando el tubo que dentro tenía varios brillitos y olía a dulce.
—Pienso que me va a dar algo con tantos sabores —se quejó la mejor, con cierta mueca de asco y negando con la cabeza, y es que cada uno de esos labiales tenían un efecto muy peculiar, que provocaban que realmente sintieras como si estuvieras comiendo aquellas cosas de las que eran. No solo era el sabor, era que al morder los labios o pasar la lengua por ellos, se podría jurar que los labios estaban hechos de aquello, ya fueran cremosos de chocolate, duros de manzanas o hasta esponjosos como de bombones.
—Vamos, a los chicos les encantan —argumentó Daphne, buscando más labiales mágicos—. Solo necesitamos un color que te quede y que pienses que le pueda gustar a Draco, porque él será el que lo pruebe, ¿no? —dijo de manera distraída.
La menor hizo una mueca y rodó los ojos. Ella estaba segura de a que Draco no le importaba si usaba labial o no, tampoco que sus labios se sintieran como un postre. Contaminar un beso con Draco con esos sabores y cosas tan empalagosas no le apetecía para nada, pero tenía que perder en algo su tiempo, al menos mientras sus pies se curaban. Así es, la chica ya estaba pagando las consecuencias de entrenar por horas y sin descanso. El cuerpo de la niña le estaba cobrando la factura de su imprudencia. La última vez que había usado las puntas, sus pobres dedos habían terminado con sangre y sus uñas se habían caído. Su madre la había llevado a San Mungo y, aunque en un santiamén la habían curado, le había prohibido ponerse las zapatillas por el resto del verano. De hecho, le habían confiscado sus preciadas zapatillas y cerrado con magia el estudio, así que ahora buscaba diferentes formas de entretenimiento.
—¿Por qué no salimos a volar en escoba? —preguntó Astoria. La verdad es que odiaba andar en escoba, pero con tal de dejar de jugar al salón de belleza, donde ella era el maniquí, era capaz hasta de ponerse a jugar Quidditch. La rubia miró a su hermana menor y meditó un momento.
—Está bien, ya capté que te fastidiaste —dijo encogiéndose de hombros y poniéndose de pie—. Pero sé que no te gusta andar en escoba, así que mejor vamos al laberinto, a ver quien sale primero —animó. Astoria soltó una risita y asistió.
De esa manera las hermanas salieron al jardín de su casa y entraron en el laberinto de setos.
—La que salga primero le pone un castigo a la otra. ¿Te parece? —propuso maliciosamente Daphne.
—Que afán el tuyo de querer poner castigos a los demás —respondió burlonamente Astoria—. ¿Segura que quieres estudiar Zoología Mágica y no Leyes? —se burló y la otra chica resopló—. Podrías poner muchos castigos así.
—Ya. ¿Aceptas o no? —volvió a preguntar la mayor, enarcando las cejas.
—Está bien —la menor se encogió de hombros y así se internaron en el pequeño pero engañoso laberinto, tomando caminos diferentes.
Astoria tomó el camino de la izquierda y comenzó a caminar sin mucha prisa y tarareando. La verdad es que no le importaba mucho perder, solo quería algo de soledad. Porque hay que remarcar que Daphne se había vuelto su sombra para evitar que la chica se pusiera a practicar ballet descalza.
La castaña llegó a un punto muerto en el laberinto, pero en lugar de regresarse, se sentó en el suelo y se puso a mirar el cielo. Cerró sus ojos y suspiró.
—Te extraño, mi dragón... —murmuró con media sonrisa—. Pero que cursi soy. Ahora ya me estoy volviendo hasta loca que habló sola —bufó, al tiempo que se sacaba los zapatos para mirar sus pies. Se estiró en el suelo y luego se tiró para terminar acostada sobre el césped—. Aunque si te echo de menos, Draco. También extraño a Myrtle y a Paige... ¡Ya quiero regresar a Hogwarts! ¡Que me voy a volver loca aquí! —gritó y rodó sobre el suelo, quedando boca abajo.
Se quedó ahí, cansada, frustrada, aburrida y pensando en lo que sería de su verano si Draco se hubiera quedado ahí con ella. En algún momento se quedó dormida sin querer, olvidando por completo que estaba en el laberinto y que Daphne jugaba con ella.
O-O-O
—¿Pero cómo se te ocurre, Astoria? —regañaba Lucina a su hija menor, quien miraba apenada el suelo.
—Fue sin querer, me quedé dormida —se defendió la chica, quien estaba completamente roja, pero no precisamente de vergüenza. Al haberse dormido en el jardín el sol se había encargado de darle una buena lección y la había quemado.
—Nos preocupaste, incluso preocupaste a tu hermana. ¡Pensó que te había pasado algo! Todos lo pensamos —la regañó su padre y ella solo tomó aire y suspiró con pesadez. Su intención no había sido aquella, pero nadie parecía interesado en escucharle.
—Lo siento mucho —se volvió a disculpar.
—No hay justificación. En estos tiempos no te puedes dar el lujo de desaparecer sin decirnos nada —habló la madre de las chicas. Daphne también estaba presente y observaba a distancia, sin meterse en la conversación, se veía algo nerviosa. Ella no había querido meter a su hermanita en apuros, solo se había preocupado por ella y eso era todo, pero no podía interferir cuando sus padres hablaban.
—De verdad que no fue mi intención —insistió. No era tonta, solo había sido una distracción.
—Astoria, entiende que solo queremos su bien y nos preocupa su seguridad —comenzó a decir su padre—. Por eso, hemos pensando que con tanta inseguridad y con estas pequeñas cosas que no nos dejan vivir tranquilos, lo mejor sería que se mudaran a Francia, a vivir con su tía.
Un silencio se formó por unos instantes, unos instantes en los que las dos hermanas se voltearon a ver y luego miraron a sus padres con caras de espanto.
—¡No! ¡No me iré! —chilló Daphne.
—Es por su bien... —intentó decir Lucina, pero Astoria, quien apenas procesaba la información, la interrumpió.
—¡No! ¿Qué hay de nuestro bien mental? —argumentó—. ¿Qué acaso no se ponen a pensar en que aquí tenemos todo?
—Hace unos años no te hubiera disgustado la idea de vivir en Francia —respondió su padre, para intentar convencer a su hija.
—¡Me niego rotundamente! No nos pueden desbaratar las vidas así porque si —dijo la hija mayor, tomando la mano de su hermanita para reafirmar la solidaridad entre ambas—. No nos sacaran de Hogwarts, ni nos alejaran de nuestros amigos.
—Aunque suene cruel —intervino Samael—. No nos interesan los demás, solo nos importa su bien estar.
—Si les importamos tanto, dejen que estemos aquí —contestó Astoria, mirando con seriedad a esos ojos que ella había heredado—. Nuestro bien estar está aquí, con ustedes, con las personas que conocemos y queremos.
—Mis niñas, entiendo que no se quieran alejar de sus 'amores', de Draco o del hijo de los Nott —habló la mujer castaña—. Pero estamos hablando de algo más importante que eso. Hablamos de sus vidas y si algo les llegara a pasar...
—Si nos mandan fuera, os juro que yo regreso, pero no con ustedes —interrumpió fríamente Daphne. Astoria le volteó a mirar sorprendida y sintió el apretón de la mano de su hermana.
—Si no nos quieren con ustedes nos vamos con ellos —apoyó la menor, no muy segura de lo que estaba diciendo, pero ella no se quería ir y se tenían que chantajear a sus padres para quedarse, lo harían.
—No pueden estar hablando en serio. —Samael miró a sus dos hijas y enarcó las cejas, buscando algo de titubeo en sus expresiones. Las hermanas Greengrass se veían muy convencidas de sus palabras y si bien su padre las podría mandar lejos y usar el localizador para ubicarlas, si ellas cometían la imprudencia de irse a meter con los Malfoy o los Nott seguramente se toparían con mortífagos que las podrían lastimar.
—Astoria siempre ha sido bien recibida con los Mafoy —dijo firmemente Daphne, sosteniéndole la mirada a su padre.
—Si a Daphne no la aceptaran los Nott, ella podría quedarse también con los Malfoy. —Aquella afirmación por parte de la menor, hizo palidecer a Lucina, quien tomó el brazo de su esposo y lo apretó con ligereza. Samael seguía buscando duda en aquella amenaza, sus hijas no podían hablar en serio, pero en el caso de que, si estuvieran decididas a hacer eso, lo mejor era dejarlas ganar y no arriesgarlas a que se metieran en la guarida del Señor Tenebroso.
—¿Se quedarían en la casa de los Malfoy, aún cuando Bellatrix Lestrange está ahí? —les preguntó su padre, sonriendo de medio lado. Ambas chicas palidecieron por un segundo, pero sin soltar el firme agarre de sus manos, volvieron a asistir. Aún cuando las dos le tuvieran terror a la mortífaga.
—Es la tía de Draco —murmuró la pequeña castaña—. Y yo tengo una varita que ella mandó a diseñar, hasta nos podríamos llevar bien —argumentó para reafirmar a su padre que estaban hablando muy enserio.
—Yo ya la conozco en persona —dijo Daphne, intentando lucir fuerte, aún cuando un escalofrío la recorrió al recordar ese encuentro con la mujer loca que casi le había arrancado el cabello pensando que se trataba de Astoria.
—Solo era una propuesta. —Lucina miró a sus dos hijas y a su esposo, para terminar esa pequeña batalla que se había formado—. Si ustedes no quieren irse, no las obligaremos. Así que dejen de decir tonterías.
—No son tonterías —declaró Astoria, mirando a su madre.
—Estamos hablando muy enserio —aseguró Daphne.
—Cuidado con ese tono, señoritas —les advirtió su padre—. Y está bien —concedió—, no las mandaremos a ningún lado, pero más les vale que se tomen en serio lo de su seguridad o así me toque encerrarlas para que sigan vivas lo haré —puntualizó Samael. Las dos chicas sonrieron triunfantes y asistieron con la cabeza. —Entonces vamos a cenar y no olviden que se los he advertido.
—Si, padre —contestaron las hermanas al unison.
O-O-O
—¿Satisfecha? —preguntó de mala forma una mujer encapuchada que caminaba a toda prisa por un callejón.
—Bastante y no te atrevas a mencionar ni una palabra —le respondió otra mujer, con voz amenazante.
Ambas figuras delgadas y encapuchadas se perdieron en las sombras de la noche y los tacones dejaron de sonar, seguidos de un «¡crac!».
Al mismo tiempo un «¡crac!» sonó en la sala de la mansión de los Malfoy y las dos figuras que caminaban por el callejón aparecieron. Se quitaron las capuchas, revelando a las hermanas que antiguamente se apellidaban 'Black' y ahora eran conocidas como Narcissa Malfoy y Bellatrix Lestrange.
La mujer más joven y rubia caminó de forma apresurada, para salir de la sala y subir a la habitación de su hijo, mientras la pelinegra se sentaba en uno de los sofás con pereza para observar el fuego de la chimenea. Cissy subía las escaleras apenas y tocando cada escalón con la punta del pie, sin importarle mucho que su vestido se ondeara y se levantara más de lo que sería considerado 'decente'. La mujer llegó al tercer piso y observó con duda la puerta de caoba de Draco.
El Señor Tenebroso ya había dado su consentimiento para que su hijo fuera a donde quisiera. De hecho, en palabras más especificas había dicho: "Lo que haga Draco en su tiempo libre no es asunto mío, Narcissa. Siempre que me sea leal, él puede estar donde quiera y haciendo lo que quiera. Pero sabes que si intenta huir o escapar, no encontrará lugar seguro para esconderse." Y siendo muy honesta, aquello no le había agradado del todo, por eso había ido con él, para pedirle ayuda. Porque él era la única persona en la que podía confiar en esos momentos.
Porque Narcissa estaba segura de que Severus Snape era la única persona dispuesta a cuidar de Draco en aquella situación en la que su hijo se encontraba. Por algo él era el padrino de su niño y con aquel juramento inquebrantable había demostrado que ella no se equivocaba en confiar en él. Sin embargo, en esos días había notado la hostilidad que había comenzado a nacer en su hijo y no estaba del todo segura si debía de decirle a Draco lo que acaba de hacer.
La puerta se abrió repentinamente, mostrando a Draco, quien tenía el cabello mojado, se notaba que apenas se acaba de abañar y alistar.
—¿Sucede algo, madre? —preguntó, mirando de forma inquisidora a su madre.
—Necesitamos hablar, corazón —respondió ella con suavidad, apoyando sus dos manos sobre los hombros del muchacho y hacer que entrara de nuevo en la habitación. Draco se dejó guiar y se sentó en la cama, como su madre le indicó, mientras ella se sentaba a su lado y le sonreía. —¿Qué te parece pasar el resto de las vacaciones con los Greengrass? —cuestionó aún cuando la respuesta era obvia. Una sonrisa enorme se dibujó en el rostro del chico.
—¿De verdad? —indagó con ingenuidad. La verdad es que no creía que pudiera ser posible aquello, aún cuando había hecho ese trato con su tía, él sabía que la prioridad en esos momentos era la misión que le habían asignado.
—De verdad, corazón —contestó la mujer, sonriendo de una forma muy cálida y tranquilizadora. —Ya es algo tarde ahora, pero si de verdad quieres ir con ellos, ahora mismo escribo una carta a Samael y así podrás llegar mañana por la mañana —informó.
—No te quisiera dejar sola —fue lo primero que brotó de sus labios, mientras sus grises ojos se clavaban en el suelo. Aunque la verdad, detrás de esa frase, que si era cierta, también había frases como: "No quiero que Astoria se de cuenta de lo que soy" y "Necesito entrenar más para la misión."
—Yo voy a estar bien, Draco —aseguró Narcissa, pasando sus finos dedos por la cabellera de su hijo. —Pensé que quería pasar un tiempo con ella y relajarte. Esto es demasiado pesado para ti, corazón —añadió con voz temblorosa, no quería herir el orgullo de su niño, pero la verdad es que estaba aterrada con esa situación. No quería que su hijo se volviera un asesino, solo tenía dieseis años. Draco debería estar divirtiéndose con su novia, jugando partidos de Quidditch y disfrutando de la vida, no planeando asesinatos y sometiéndose a la tortura de aprender a usar y a luchar contra las maldiciones imperdonables.
—No soy un niño, madre —masculló algo molesto ante la insinuación de que él no podía con aquello. Narcissa respingó y soltó una pequeña risa de nervios. Ella quería convencerlo de que se fuera, pero al parecer solo estaba consiguiendo lo contrario.
—No. No eres un niño. Pero si eres un adolescente, con una linda novia que no has visto en todo el verano —argumentó con cierto tono cómplice, poniendo su mano sobre uno de los hombros de Draco, como animándolo. —Astoria te debe de echar de menos...
—Ya la veré cuando regrese a Hogwarts —dijo secamente. Narcissa puso cara de circunstancias y luego se mordió el labio inferior con indecisión.
—Vamos, corazón —intentó animar, sin mostrar la frustración que estaba sintiendo. —No será lo mismo. Te recuerdo que yo también asistí a Hogwarts y no hay muchos lugares cómodos para pasar tiempo de calidad con el ser amado —insinuó con una falsa y burlona expresión de estar examinando la situación.
—¡Madre! —el pálido rostro del heredero Malfoy se tiñó de un tenue rojo. Había entendido perfectamente lo que su madre había querido decir y aunque no le desagradaba para nada la idea, si lo incomodaba tocar esos temas con su madre. Finalmente, no era muy diferente a los otros chicos de su edad.
—Bueno, como gustes, cariño. —concedió con fingida despreocupación—. Si no quieres ir, no te obligaré. Aunque pensé que te alegrarías —comentó, mientras se levantaba. Aquella era su última carta a jugar y si su hijo de verdad no quería ir, bueno... ¿Qué podría hacer? Aunque rogaba porque Draco se retractara.
—Mamá —llamó Draco, cuando observó que su madre se ponía de pie para marcharse—. ¿De verdad puedo ir con ella? —preguntó dudoso. Narcissa sonrió triunfante y asistió—. ¿El señor Greengrass no está molesto por lo que pasó? —quiso saber. No olvidaba la forma en la que se había ido de la mansión de su prometida.
—Por eso le mandaré la carta, en cuanto terminemos de cenar lo haré. ¿Te parece? —ofreció. Draco apenas asistió con un movimiento de cabeza, no estaba del todo seguro que fuera correcto, pero sería un gran mentiroso si negaba que lo que más quería en esos momentos era estar con Astoria. —Entonces vamos a cenar, mi niño.
O-O-O
—¿Qué vamos a hacer? —preguntó Lucina a su esposo, quien estaba sentado en su escritorio.
—Nada —contestó, sin despegar los ojos del pergamino en el que escribía diestramente. Escribía una respuesta a una carta de Narcissa que acaba de llegar—. Así de simple. No quiero hacer sus vidas miserables y que nos odien si llegamos a salir vivos de esto —concluyó y de igual forma terminó de firmar la carta y enrollarla para dársela a la lechuza que esperaba por la respuesta.
—¿Pero si algo nos llegara a pasar? —preguntó de nuevo la mujer castaña, mirando como la lechuza salía por la ventana del despacho de Samael.
—No nos pasará nada si sabemos jugar nuestras cartas —respondió—. Y sobre todo, andarnos con cuidado.
—Samael —llamó la mujer, con expresión pensativa—. ¿Dónde están nuestras lealtades, en verdad? —preguntó algo temerosa. Su esposo se quedó mirándola, meditando la respuesta que debía de dar. Él mismo se había hecho aquella pregunta varias veces y aún no se decidía cual era la respuesta.
—Con nosotros mismos y los que queremos —contestó intentando sonar convencido. Aquello era lo mejor a responder—. Porque de la misma forma que el Señor Tenebroso nos mataría, sé que nadie del ministerio metería las manos al fuego por nosotros —el hombre hizo una pausa y levantó la manga de su túnica, dejando a la vista la marca tenebrosa.
—¿Porque nadie confía en nosotros? —cuestionó con ingenuidad, llevando su mano derecha a su propio brazo izquierdo, donde ella también tenía la marca tatuada.
— Por eso no podemos fiarnos de nadie. El Señor Tenebroso aún duda de nuestra lealtad, porque al igual que muchos salimos absueltos del castigo tras su caída. Y los del no creen que estemos de su lado, porque siempre tendremos en nuestro brazo esto. Y no culpa a ningún lado por no creernos. Solo mirá lo que somos, tenemos más de mortífagos que de aurores y aún así seguimos llenando las celdas de Azkaban con los malos. ¡Encerré a Lucius! —bramó con resentimiento para si mismo.
—Lo hiciste porque no tenías otra opción, además que el Señor Tenebroso te lo pidió —dijo su mujer, intentando tranquilizarlo.
—Es irónica la vida, ¿no crees? —murmuró Samael—. ¿Recuerdas dónde estábamos cuando torturaron a los Longbottom? —preguntó con la vista perdida, recordando aquel día. Lucina sonrió de lado y negó con la cabeza.
—Sacando a Lucius Malfoy de Azkaban. —la mirada de la mujer castaña era melancólica y su tono sonaba afligido.
—Así es. Nos unimos a los mortífagos para hacerlos caer, para descubrir quienes engañaban a quien, para acabar con los traidores, para salvar a los que verdaderamente estaban bajo el maleficio imperio y ¿qué terminamos haciendo? —sonrió de medio lado.
—Terminamos con la marca tenebrosa y dándole la espalda a nuestros compañeros para ayudar a viejos amigos que eran conscientes de lo que hacían.
—Nuestros mejores amigos —reafirmó Samael—. Y son mortífagos consumados. Nuestras hijas son novias de dos hijos de mortífagos. Dime tú, amor, ¿qué han de pensar los del ministerio de nosotros? —volteó a verla interrogante.
—Seguramente que seguimos en el departamento solo por conveniencia y comodidad. Que en cualquier momento regresaremos al lado del señor tenebroso o que incluso ya regresamos y aparentamos igual que lo hacía Lucius —respondió la mujer, soltando un largo suspiro de cansancio, sin poder contener que sus ojos se empañaran. Era demasiado cierto que, aunque tuvieran una noción muy clara entre el bien y el mal, habían perdido la noción de sus actos y el control de la situación, y los hechos decían que eran más mortífagos que aurores. — No importa lo que hagamos ¿verdad? —aunque más que pregunta parecía afirmación llena de resignación.
—Lo único que importa es salir vivos y que ellas estén bien. — El hombre rubio se levantó y abrazó a su esposa con fuerza, intentando confortarla—. Todo estará bien, mi amor —le susurró, acariciando su espalda lentamente.
—Eso espero —suspiró ella, dejándose confortar, aunque por dentro sentía que todo estaba negro y no podía ver la luz por ningún lado, ni aunque su marido se la quisiera mostrar. Quería huir, desaparecer con su familia y evitar entrar en esa guerra, pero las circunstancias le demostraban que ya estaban demasiados envueltos para desentenderse del asunto.
O-O-O
Abrió los ojos repentinamente y los dejó clavados en el techo. Las esmeraldas de la chica parecían haber perdido toda noción del sueño y los parpados parecían negarse a volverse a cerrar. Astoria rodó la cabeza y miró el reloj en la pared. Apenas eran las seis de la mañana. Nadie en su santo juicio se levantaba a las seis de la mañana un domingo, el sol ni siquiera había salido.
La niña suspiró y se revolvió un poco en la cama, intentando reconciliar el sueño. Sentía la boca seca y las inevitables ganas de moverse. Se levantó y caminó hasta una mesita que estaba cerca del tocador, donde había una jarra de agua. Miró detenidamente el agua y no se le antojó, quería algo con sabor. Un jugo de calabaza le caería de maravilla, sin embargo no quería que los elfos le llevaran el jugo, quería ir ella misma por él.
Tomó una bata blanca para ponérsela sobre el pijama y salió de su habitación con paso perezoso. Los pasillos estaban en penumbras y apenas una tenue luz se filtraba por los ventanales donde las cortinas estaban corridas. A tientas llegó a la cocina y aunque era predecible, se sorprendió al ver a los elfos limpiando y preparando el desayuno que no se serviría hasta las nueve.
—¿Se le ofrece algo, señorita? —preguntó Britgy con una sonrisa—. Ya tenemos el jugo y sus frutas en seguida las cortamos —le informó. Astoria le regaló una sonrisa y negó con la cabeza.
—Solo algo de jugo de calabaza estará bien —pidió la chica y de forma muy acomedida, más de un elfo le ofreció el bazo de jugo, pero aunque le deba pesar dejar a tres elfos con sus brazos extendidos, sólo tomó uno y les sonrió—. Gracias —dijo antes de salir de la cocina, con el jugo en la mano.
Iba caminado de regreso a su habitación cuando escuchó unas voces en la sala y como era costumbre en ella, la curiosidad le ganó y se acercó para escuchar.
—Bienvenido de nuevo a tu casa —escuchó decir a su padre. ¿Con quién estaría hablando? Parpadeó un par de veces y en lugar de esperarse a escuchar más o escuchar la voz de la otra persona o algo, entreabrió la puerta para asomarse.
—Gracias por recibirme de nuevo, señor —la pequeña se quedó helada, no solo porque conocía muy bien esa voz, si no porque lo estaba viendo ahí, de pie frente a su padre y con un baúl a su lado. Su corazón comenzó a latir desmesuradamente, parte alegría, parte nervios. Había pasado todo el verano pensando en él.
—Las niñas aún no se despiertan, así que... —el hombre, precavido y alerta como siempre recorría con la mirada el lugar y no tardó en toparse con la nariz de botón que se asomaba por la puerta—. Aunque quizás me equivoco y alguien decidió madrugar —comentó con jocosamente, mirando a la dirección en la que estaba Astoria, la cual se sobre saltó, pero antes de escapar, la varita de su padre se encargó de abrir completamente la puerta y dejarla en evidencia.
El chico rubio no tardó más de un segundo en darse vuelta, topándose con la chica que aún estaba en pijama. Los jóvenes se miraron detenidamente por unos instantes, reconociéndose, como si llevaran mucho tiempo sin verse. Aunque la verdad es que así había sido. Un verano era mucho tiempo y los cambios en sus apariencias eran extrañamente notables. Uno de los principales cambios que notó Astoria fue el cabello de Draco, ahora lo llevaba corto, ya no había mechones rubios que cayeran sobre su frente. Por otro lado, Draco notaba que la pequeña Greengrass ya no se veía tan pequeña, mínimo había crecido unos cinco o diez centímetros y el desarrollo de su cuerpo era considerablemente notable, sobre todo en el bulto de su pecho, el cual ella cubrió enseguida con su bata al notar la mirada de su prometido. El rubio sonrió de medio lado y ella solo hizo un mohín.
—Los dejaré solos para que hablen —anunció Samael, dándole unas palmadas a la espalda de su futuro yerno—. Suerte —dijo antes de salir de la sala—. El desayuno es a las nueve y cámbiate en cuanto puedas, Astoria.
La aludida no pareció poner atención, su expresión lucia molesta y la de Draco nervioso. El chico tragó saliva y se acercó.
—Hola —saludó simplemente cuando estuvo frente a ella. La castaña lo miraba con recelo, cubriéndose el pecho con pudor y desconfianza.
—Debería agárrate a cachetadas —respondió, frunciendo el ceño graciosamente, como una niña pequeña que amenaza a sus padres por no comprarle algo que ella quería mucho. Draco se encogió de hombros y suspiró.
—Adelante, creo poder justificar cada cachetada con algo que te he hecho —alentó él—. Una por paralizarte, otra por no despedirme, otra por irme, otra por enojarme contigo, otra por...
—Por no mandarme una carta en todo el verano —interrumpió ella—. Y otra más por andar de mirón —añadió con las mejillas sonrojadas.
—Tu culpa por salir de tu habitación con esas fachas —se defendió, sonriendo de medio lado y tomando a la chica de la cintura. Sin duda Astoria había crecido, ya no le llegaba al pecho, ahora le llegaba entre la barbilla y la nariz, podía darle un beso en la frente sin siquiera inclinarse. Considerando que él había crecido también, podría decir que la princesa de Slytherin estaba ya tan alta como su hermana Daphne y Pansy.
—Pervertido —masculló, dejándose abrazar, pero sin descubrir su pecho.
—Exhibicionista —contra atacó él.
—Tonto —bufó ella.
—Linda —contestó.
—Inconsciente —continuó ella, volteando a verlo con cierto reproche.
—Exagerada —él también la miró y sin perder la sonrisa, siguió el juego de palabras.
—Aprovechado —respingó cuando las manos del rubio descendieron más allá de su cintura.
—Provocadora —Draco se inclinó casi nada, para apoyar su frente contra la de ella, juntando también las puntas de sus narices.
—Bruto —susurró, sintiendo la respiración del chico mezclándose con la de ella.
—Princesa —concluyó él, ladeando el rostro ligeramente para tapar la boca de su niña con la suya, antes de que siguieran los insultos.
La pequeña Greengrass mostró algo de resistencia al principio, pero poco a poco fue relajándose y correspondiendo el dulce beso de su prometido. Las manos de la chica también se relajaron y lentamente rodeó el cuello de Draco para pegarlo más a ella. El beso continuó lentamente, con un juego de lenguas y pequeñas mordidas. Terminaron con los labios algo rojos y con saliva escurriendo por las comisuras.
—Te eché de menos —murmuró el Malfoy cuando por fin rompieron el beso por falta de aire.
—Y yo a ti —contestó la chica, sonriendo finalmente con ternura, mientras acariciaba el rostro de su prometido, observando cada detalle de él. Algo de barba se comenzaba a sentir en su puntiagudo rostro y podía ver claramente como sus facciones se agudizaban más.
—Perdón por no escribirte —se disculpó él—. Me hubiera gustado hacerlo, pero tenía muchas cosas en la cabeza...
—¿Cosas como qué? —Draco suspiró, ya se esperaba esa pregunta y por suerte o desgracia ya tenía una excusa como respuesta.
—Mi padre en Azkaban —contestó Malfoy—. ¿Quién crees que tiene que poner la cara ahora?
—Te volviste el hombre de tu casa, ¿cierto? —el rubio asistió con un movimiento de cabeza—. Discúlpame por ser tan caprichosa, la verdad que no tengo razones para enojarme contigo —continuó, paseando sus manos por la nuca del chico, jugueteando un poco con el platinado cabello—. Estás pasando por una situación muy difícil y necesitas apoyo, no berrinche.
—Me gusta que seas caprichosa —comentó él—. Aunque agradezco que te contuvieras a darme las cachetadas —bromeó, depositando un beso en su nariz.
—No hubiera sido capaz de pegarte —respondió Astoria, regresándole el beso, pero en el mentón. Draco sonrió de medio lado y se quedó mirando directamente a los ojos verdes. ¿Sería ella capaz de ver en lo que se había compartido o podría engañarla? ¿Quería engañarla? ¿A ella? —Te amo —susurró la chica, manteniendo la mirada mercurio.
—Y yo —contestó y se volvió a fundir en entro beso con ella. Así se pasaron un buen rato, besándose y tomando aire cuando les faltaba, sólo para volverse a besar y acariciarse discretamente—. Has crecido mucho —comentó él con una sonrisa pícara y tono malicioso, cuando logró meter sus manos debajo de la bata de la chica y escabullirse hasta ponerlas sobre sus glúteos.
—Mano larga —dijo, visiblemente sonrojada y exaltada.
—Soy una serpiente, ¿se te olvida? —el tono de Draco era suave e íntimo. En esos momentos no dejaba de agradecer mentalmente a su madre por permitirle ir ahí. De verdad que le había hecho falta Astoria, le había hecho falta sentirse normal, excitado, extasiado y exaltado. Le había hecho falta sentir todo su cuerpo vibrar y tenía que aclarar que quería vibrar sin un Cruciatos de por medio.
—Yo también y si sigues así, te voy a morder —amenazó la castaña, apoyando su cabeza sobre el hombro del rubio—. Y sí, crecí. Ya no estoy tan enana —añadió con una pequeña risa.
—Estás hermosa —aseguró el Malfoy, dando un ligero apretón al trasero de su novia. Ella volvió a sobresaltarse y luego a hacer un puchero de cierta molestia—. Vamos, princesa, ¿no te gusta? —preguntó de forma pretenciosa.
Astoria no respondió, solo desvió la mirada y se apoyó de nuevo en el hombro de Draco, dejando sus labios cerca del cuello del chico, dando pequeños besos. Draco tomó eso como una afirmación y siguió acariciando indecentemente a su prometida, pero cuando sus manos se comenzaban a escabullir en zonas más íntimas, el rechinar de la puerta los hizo sobresaltar y separarse con brusquedad.
—Ve a cambiarte, Astoria —ordeno severamente su hermana, quien miraba al rubio invitado con ojos asesinos.
—Buenos, días Daphne —saludó el chico con algo de sarcasmo—. Estoy bien, gracias por preguntar.
—Muy chistoso, Draco —contestó la rubia.
—¿Por qué siempre eres tan oportuna? —masculló Astoria, caminando hacía la puerta para ir a su dormitorio a cambiarse.
—¿Por qué siempre me cuestionas? —la regañó, entornando los ojos—. Mi deber es cuidar a mi hermanita del lobo feroz.
—Serpiente o Dragón, lo que te agrade más, pero no me compares con otros animales —se defendió el rubio, con cierto tono burlón.
—Dragón, mi dragón —contestó Astoria, volteando y sacando la lengua.
—¡Merlín! —la Greengrass mayor rodó los ojos—. ¡Ve a cambiarte! —Astoria rió con fuerza y apresuró el paso.
—Que estricta eres —comentó Draco cuando su novia se perdió en las escaleras—. A que te caería bien que Theo estuviera aquí.
—Muy chistoso —bufó la aludida, cruzándose de brazos. —¿Y qué haces aquí?
—De visita —contestó sin ponerle mucha importancia.
—¿Con un baúl? —Daphne levantó las cejas en una expresión de: "Si, claro, como no."
—De vacaciones, por lo que resta del verano —aclaró el príncipe de Slytherin, levantando las cejas en otra expresión que decía: "Atrévete a echarme de aquí."
—Espero que al menos esta vez no te venga a recoger tu tía —reprochó la chica. Por unos segundos la expresión de Draco se ensombreció.
—Descuida, que no pasará —aseguró él—. Y si me disculpas —dijo, estirándose y poniendo las manos detrás de su cabeza, en una forma muy relajada y despreocupada— iré a instalarme a mi habitación —declaró, saliendo de la sala en aquella pose de desinterés.
—¿Y tu baúl? —le recordó Daphne—. ¿No esperaras que yo lo lleve, o si? —bufó de mala manera.
—Para eso están los elfos, Daph —respondió burlonamente. La chica iba a rezongar, pero justamente apareció Britgy y sin decir nada, tomó el baúl del invitado y desapareció para reaparecer con él en el cuarto que Draco ya sabía que iba a ocupar.
El rubio comenzó a subir las escaleras, pero antes de llegar al piso al que iba, se encontró con Astoria,. La castaña vestía con un vestido de tirantes color verde, traía unas ballerinas blancas y el cabello suelto; se veía muy fresca.
—¿Vamos a desayunar? —preguntó, aunque no esperó la respuesta, pues enseguida se abrazó al brazo del chico y lo jaló escaleras abajo. Draco se dejó llevar, no tenía intenciones de contradecir a su novia.
Comieron tranquilamente como cualquier otro día, la conversación fue muy ligera, evitando tocar temas delicados.
—Los TIMOs ya deberían de haber llegado —comentó Lucina, cuando Britgy aparecía con el correo del día y el ejemplar de El Profesta.
—¿Los tuyos llegarán aquí? —cuestionó Asotira, volteando a ver a Draco quien se limitó a encogerse de hombros, pues la verdad no tenía idea.
—Sean lo que sean, a los de Hogwarts no se les escapa nada —comentó Samael soltando una risa y mostrando dos cartas con el sello de la escuela de magia—. Daphne —dijo, dándole un sobre a su esposa para que ella se lo pasara a su hija mayor, —y Draco —le entregó el otro sobre a su hija mejor para que se lo pasara al chico.
—Vamos a ver cómo te ha ido —informó Lucina, sin darle el sobre a Daphne y atribuyéndose el derecho a abrirlo—. ¡Por las barbas de Merlín! ¿Qué es esto, señorita? —exclamó la mujer al ver las notas de su hija más grande. La susodicha puso cara de pánico y se planteó seriamente escapar de ahí.
—Dejame ver —pidió el padre de la chica, tomando el pergamino con los resultados de los TIMOs de Daphne:
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Resultados de las Títulos Indispensables de Magia Ordinaria.
Notas de Aprobado:
E=Extraordinario
S=Supera las expectativas
A=Aceptable
Notas de Suspenso:
I=Insatisfactorio
D=Desastroso
T=Troll
...
Daphne Greengrass ha conseguido:
Astronomía: I
Cuidado de Criaturas Mágicas: E
Encantamientos: A
Defensa Contra las Artes Oscuras: A
Adivinación: A
Herbología: S
Historia de la Magia: I
Pociones: A
Transformaciones: S
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—¡Solamente siente TIMOs y un Extraordinario! —recriminó Lucina a su hija.
—¿Puedo saber en qué? —preguntó temerosa la joven rubia, con cara de circunstancias.
—Cuidado de Criaturas Magicas —informó su padre con un suspiro de resignación. ¿Ya que podía hacer con esas notas?
—Al menos te saliste con la tuya —comentó Astoria, riendo entre dientes. Sin embargo, Daphne estaba pálida y con una cara de nervios que cualquier hubiera jurado que lo que más quería la Greengrass en esos momentos era que la tierra se abriera debajo de ella y se la tragara.
—¿Zoología Magica? ¿Verdad? —su padre le extendió el pergamino para que la chica pudiera ver sus calificaciones.
—¿Les molesta? —cuestionó afligida. Ella sabía que lo que más querían sus padres era que tuviera un empleo importante en el ministerio, pero lo suyo no era estar sentada detrás de un escritorio y rodeada de papeles. Le gustaban más las cosas físicas y si bien no era la gran trabajadora o aventurera, el convivir con criaturas mágicas sonaba muy apetecible.
—¿Eso es lo que quieres? —preguntó seriamente el señor Greengrass. Daphne asistió con un pequeño cabeceo—.Entonces has lo mejor —suspiró sin darle mayor importancia. Ambas hermanas podían notar cierta decepción en las expresiones de sus padres, pero tal vez sería por la presencia de Draco que ninguno de los dos había hecho mayor escándalo por las notas de la chica.
—¿Y qué tal te ha ido a ti, cariño? —Lucina miró al heredero Malfoy con una sonrisa, intentando desviar la tensión y el tema. El aludido tragó saliva y puso la misma cara que Daphne había puesto al ver como su madre veía las notas. El chico estaba seguro de no haber reprobado ni una sola materia, pero no se sentía muy confiado para ver los resultados. ¿Y si no eran los que él quería?
—Pues... —titubeó un poco y miró el sobre, como si quisiera ver a través del pergamino—. Te cedo el honor —declaró finalmente, dándole el sobre a Astoria, quien abrió la boca con sorpresa.
—¿Seguro? —preguntó dudosa. Draco asistió con la cabeza miró distraidamente el techo mientras la pequeña castaña rompía el sello y sacaba dos pedazos de pergamino. El primero decía el significado de las notas de aprobado, así que lo dejó de lado y leyó en voz alta los resultados de su prometido:—Draco Lucius Malfoy ha conseguido:
»Astronomía: Extraordinario — dijo con una sonrisa y Draco también sonrió con arrogancia. Mientras los señores Greengrass escuchaban atentos, Daphne lucía algo recelosa y enfadada.
»Cuidado de Criaturas Mágicas: Supera las expectativas —La mueca de Draco no pasó desapercibida y ahora fue la rubia Greengrass quien sonrió con arrogancia, al menos le había ganado en una al gran príncipe de Slythern.
»Encantamientos: Supera las expectativas
»Defensa Contra las Artes Oscuras: Supera las expectativas
»Adivinación: Aceptables —Draco bufó y rodó los ojos. Igual odiaba esa clase.
»Herbología: Supera las expectativas
»Historia de la Magia: Supera las expectativas
»Pociones: Extraordinario —el rubio volvió a sonreír con soberbia, ganándose miradas aprobatorias por parte de sus futuros suegros.
»Y Transformaciones: Extraordinario
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—Soberbio, Draco. Nueve TIMOs, sin ninguna suspensión. —admiró el Señor Greengrass—. Con esas notas puedes aspirar a un buen trabajo en el ministerio. ¿Ya has pensado a que te dedicaras? —preguntó y el chico tomó aire con cierto nerviosismos. La verdad es que no tenía idea de que podría ser.
—Supongo que suficiente trabajo tendré encargándome de los negocios de la familia —comentó algo dudoso.
—Sí, sin duda alguna serás muy diestro para eso, pero incluso Lucius siempre procuró un puesto en el ministerio —dijo amablemente Samael, procurando no ser imprudente al hablar, pues sabía que Lucius en esos momentos no estaba en sus mejores condiciones. Draco sonrió forzosamente, pero no mostró señales de molestia ante la mención de su padre—. Tres extraordinario te pueden colocar por lo menos en el departamento de misterios.
—Lo pensaré —aseguró el chico para finalizar el tema.
—Hazlo —apoyó Lucina—. Y escríbele una carta a tu madre, estoy segura de que se sentirá muy orgullosa de ti —añadió. Daphne puso los ojos en blanco y bufó, había entendido muy bien la indirecta y no negaría que se sentía humillada ante las calificaciones del novio de su hermana.
—En seguida lo haré —contestó amablemente el chico, poniéndose de pie y haciendo una sutil reverencia a forma de disculpa.
—Yo te acompaño —dijo alegremente Astoria, tomando con cuidado los pergaminos y también poniéndose de pie. Notó la mirada de su hermana mayor, quien suplicaba que no la dejaran sola, pero la chica solo se encogió de hombros e hizo también una educada reverencia—. Con permiso.
La pareja se retiró y apenas salieron de la cocina escucharon como comenzaban a regañar a Daphne.
Subieron las escaleras sin decir nada y entraron a la habitación en la que se quedaría Draco por el resto de las vacaciones. El chico comenzó a buscar en su baúl pergamino, pluma y tinta, mientras Astoria se sentaba en la cama y releía los resultados del rubio.
—Y yo que pensaba que te apasionarían las "A" por eso de "Astoria" —dijo burlonamente la menor, examinando con asombro el pergamino.
—Muy chistosa —le reprendió Draco, arrebatando de las manos de su novia las calificaciones de sus TIMOs, para irse a sentar al escritorio y comenzar a escribir. Astoria se paró y se colocó detrás de él.
—¡Oh, vamos! —se quejó, poniendo sus manos sobre los hombros del chico e inclinándose para leer. —Tienes cuatro "Slytherin" y tres de "Enamorado", demasiado Slytherin debo decir, se supone que el amor le gana al orgullo —volvió a molestar, ya que realmente no tenía otra forma de hacerlo, pues Draco había pasado todas sus asignaturas y con buenas notas.
—Claro, ya quiero ver tu pergamino lleno de "Draco" —contestó mordazmente y soltando un carcajada cuando los ojos verdes ubicaron la "D" en el significado de las notas y se topó con la palabra: Desastroso.
—¡Eso no es chistoso! —chilló poniéndose roja. Draco volvió a reír sonoramente. El chico rió y mojó la pluma en el tintero para comenzar a escribir en el pergamino las notas que había sacado y luego en otro pedazo de pergamino, escribió una pequeña nota a su madre.
El rubio dejó la nota a su madre y sus calificaciones de lado, para subrayar en el pergamino donde había transcrito sus resultados. Puso una linea debajo de: Pociones, Transformaciones, Defensas contra las Artes Oscuras y Encantamientos.
—¿Para que haces eso? —preguntó curiosa la niña, detrás de él.
—Las notas originales se las mandaré a mi madre —respondió—.Y aquí veo las asignaturas que tomaré el año que viene.
—¿Y las demás asignaturas? —preguntó extrañada la niña. —Sacaste una E en Astronomía y puedes tomar Herbolaria...
—No me interesan esas asignaturas —le cortó, dejando de lado la pluma y observando el pergamino —Si por mí fuera no tomaría nada —resopló—. Como escuchaste, mi futuro está en los negocios de la familia...
—¡Ay, ya! —ahora fue ella quien le cortó, haciendo una mueca de fastidio—. No te pasará nada por estudiar algo y ya escuchaste a mi padre, un puesto en el ministerio no está mal.
—¡Ja! Como si de verdad quisieras que trabajara en el ministerio —remarcó el rubio y Astoria hizo un puchero.
—Bien, bien, haz lo que quieras —resopló—. Eso me gano por preocuparme por tu futuro —dijo con falso tono de indignación.
—No te tienes porque preocupar, princesa —contestó con sorna—. Aquí tu servidor tiene el suficiente dinero para que vivamos el resto de nuestras vidas sin trabajar —alardeó, volteando a ver a Astora de reojo.
—Ay, aja —resopló la chica, rodando los ojos con fastidio—. Ni sueñes que yo seré una mantenida. Ya encontraré algo útil que hacer —aseguró.
—Como sea, igual no quiero perder mi tiempo en cosas inútiles, solo tomo lo que es practico —declaró seriamente, dando por terminado el tema. Draco tomó un pergamino más y comenzando a anotar lo que necesitaba para cada una de esas clases.
—¿Desde cuándo consideras Encantamientos como algo útil? —indago, solo por el simple hecho de llevarle la contra a su novio y seguir hablando.
Draco la observó incrédulo y con el ceño levemente fruncido. En un rápido movimiento, el rubio sacó su varita. Sonrió con malicia y apuntó sin miedo a la castaña. Todo fue en un parpadear que tomó a Astoria por sorpresa.
—¡Incarcerous! —un brillo purpura salí de la varita y en un segundo, Astoria estaba atada con una gruesa soga —Realmente es una clase muy útil, amor — añadió con una risa socarrona, enfatizando el "amor" al final de su oración. Astoria le miraba perpleja, intentando zafarse de las cuerdas.
—¡Suéltame ahora mismo! —bramó con voz chillona.
—Solo si me prometes que me dejarás terminar esto —pidió Draco con seriedad—. Apenas termine te dedico toda mi atención. —Astoria suspiró y luego resopló, no le gustaba cuando su novio se ponía en ese plan con ella, pero admitía que quizás se había excedido un poco con fastidiarlo.
—Está bien —aceptó la chica y en ese instante el rubio pronunció la contra-maldición y soltó a Astoria. La chica se encogió de hombros se tiró boca arriba en la cama, esperando pacientemente que su novio terminara de hacer lo que fuera que estuviera haciendo. —Me gustaría ser Sanadora —comentó soñadoramente sin despegar su vista del techo.
—¿Hum? —bufó Draco, dejando la pluma de lado y volteando a ver a su novia—. No hablaras en serio. Esa profesión no tiene nada de glamour que digamos.
—No quiero glamour —contestó la chica, levantándose de un salto—. Quiero algo para ayudar a los demás —dijo con obviedad. Draco hizo una expresión algo despectiva pero terminó por encogerse de hombros y volver a centrarse en el pergamino.
—Esa profesión te quita mucho tiempo —comentó mientras seguía escribiendo.
—Estaré ocupada el mismo tiempo que tú estés ocupado trabajando —argumentó a su favor. El rubio resopló y luego rió, para finalmente doblar los pergaminos y cerrar el tintero, dando por finalizado su trabajo.
—Bah, ya nos preocuparemos por eso más adelante —dijo al tiempo que se ponía de pie.
—¿Dónde viviremos cuando nos casemos? —preguntó de forma jovial, dejándose caer nuevamente en la cama, acostándose. Miró el techo de forma distraída, como si estuviera soñado despierta, con los brazos extendidos y el cabello revuelto sobre la colcha blanca.
—¿Dónde te gustaría? —sin que la chica se diera cuenta el rubio se colocó a horcajadas sobre ella y apoyó sus brazos a los costados del rostro de Astoria, evitando aplastar su cabello y por ende jalarlo.
—Se me antoja un lugar cerca del mar —pidió la niña, enfocando su vista en su prometido y sonriendo—. La playa, el clima cálido... —comenzó a decir, pero sus palabras se vieron interrumpidas por un suspiro que brotó involuntariamente de su boca cuando Draco se inclinó sobre ella y comenzó a besar su cuello.
—Será donde tú quieras —le susurró al oído con voz inusualmente ronca.
—Draco —volvió a suspirar la chica, sintiendo como sus mejillas comenzaban a arder de sobre manera y el calor de su cuerpo aumentaba. Los labios de su novio acaban de dejar su cuello para aventurarse a recorrer el escote de su vestido, donde una lengua traviesa marcaba el camino.
Los adolescentes dejaron que sus cuerpos dieran rienda suelta a los deseos y olvidándose del pudor, comenzaron a tocarse de manera más atrevida. Sobre todo, Draco restregaba descaradamente su hombría contra su niña. Sin embargo, cuando Astoria hizo ademán de quitarle la camisa a Draco, éste se quedó estático. Por mucha pasión que estuviera recorriendo su cuerpo, la alarma en su cabeza se activó a tiempo para evitar que su novia notara la marca que ahora llevaba en su brazo. Astoria se extrañó ante la reacción del chico, pero antes de siquiera plantearse que decir, el sonido secó de sus zapatos cayendo al suelo la dejó paralizada a ella. La niña no quería que Draco notara sus pies lastimados. Así que, sin darse cuenta, se dieron un pequeño beso a forma de disculpa y se separaron.
Draco se quedó pensativo unos momentos y miró a la castaña de reojo. Notó como Astoria ocultaba los pies de su vista y sintió una opresión en el pecho. Antes de que la niña se pusiera los zapatos alcanzó a notar la punta de los pies de Astoria y con ello descubrió de forma desagradable el 'crimen' de la chica.
El rubio se sintió tentado a reñir con ella. Lastimar su cuerpo de aquella manera no tenía justificación valida, ¿pero quién era él para juzgarla cuando en su antebrazo llevaba la marca tenebroso? Su crimen era peor, su mentira era horrorosa y las consecuencias no se limitarían a unos pies irremediablemente lastimados.
Sin embargo, los dos estaban ahí, juntos y actuando como si nada pasara. Como si a ella no le doliera caminar o como si a él no le ardiera la marca. Eran solamente un joven mortífago y una insensata bailarina, un futuro asesino y una chica con tendencias suicidas, o quizás los dos eran suicidas al arriesgar su integridad de aquella manera tan consciente. Tal vez él debió hacer caso y esconderse, tal vez ella debió...
—¿Vamos a mandar las cartas, mi amor? —la pregunta de Astoria sacó a Draco de sus pensamientos. El chico observó como Astoria tomaba los pergaminos doblados del escritorio y se quedaba de pie cerca de la puerta.
—Vamos —asistió el rubio, acomodándose el saco y peinándose de forma distraída con los dedos. Caminó hasta donde la castaña y la rodeó por los hombros para comenzar a caminar, uno a un lado del otro.
No, los pies de Astoria y su antebrazo no tenían punto de comparación, pero su mente buscaba de forma desesperada algún atenuante, alguna justificación, algo que hiciera que Astoria comprendiera por qué él tenía esa marca en su antebrazo, si es que lo llegaba a descubrir. Tenía muchas posibilidades de morir, que a lo mejor la castaña se enteraba antes de su muerte que de su marca.
Salieron de la mansión rumbo a la torre de las lechuzas, admirando vagamente el despejado paisaje que ese día en particular les ofrecía, un día demasiado bello para todos los horrores que estaban pasando. ¿Pero a quién le importaba? En ese momento estaban juntos y aunque temerosos y a la defensiva, lo único verdaderamente importante era que se tenían el uno al otro.
