"¿Porqué… sigo vivo?"

Clavó su mirada en el espejo de cuerpo completo frente suyo una vez más, sus ojos chocando con los de su reflejo con repulsión. Esos eran los ojos de un asesino. No podía soportar verlos, verse a sí mismo. El brillo antes en sus pupilas, ahora no lo podía ver, era como si estuviese muerto por dentro. Era como si… incluso Matthew lo había abandonado. La calidez, ya no lo sentía. Todo se sentía tan frío.

"¿Porque sigues vivo?"

Lagrimas comenzaron a bajar por sus mejillas en silencio. La única razón por la que había vivido, ya no estaba. Una de sus manos bajó a su vientre con un temblor, posándose sobre ese lugar donde antes había vida, y ahora…

Su cuerpo se revolvió con repulsión, la bilis subiendo a su garganta de manera dolorosa. Quito su mano de su vientre como si quemara, corriendo al retrete a pocos pasos de allí y vomitando todos los contenidos de su estómago. Imágenes de Francis llorando, de su hija muerta en sus brazos, de Francis odiándolo, todo pasaba por su mente tan rápido que quiso gritar para que se detuviera. Su corazón latía acelerado, tan rápido que su cabeza comenzó a dar vueltas, provocando que vomitara una vez más. Cayó en el piso, su cuerpo sacudiéndose de manera incontrolable. No se podía levantar, tenía ganas de acabarlo todo.

—Arthur…— los dos golpes en la puerta seguidos por su nombre apenas se registraron en su cabeza, era Mary, pero no contestó, no quería hablar, su garganta dolía demasiado. —Se que estás ahí, debes comer, aunque sea un poco— negó, no podía comer… no debía comer. Estaba demasiado gordo, su cuerpo le daba asco. Si comía solo empeoraría.

—No me siento bien… quiero estar solo un rato— su voz salió en un murmullo roto, pero los pasos alejándose de Mary le decían que ella lo había escuchado. Levantándose a paso tembloroso salió del baño, caminando a su habitación y poniendo el seguro antes de caer en su cama, su cabeza retumbando de manera dolorosa.

Con un sollozo comenzó a buscar la caja de cigarrillos que había dejado en su velador, encendiendo uno y llevándoselo a la boca con desesperación. La nicotina no tardó en llenar sus pulmones, entumeciendo su cuerpo.

—I-I'm so sorry— las lágrimas resbalaron por su rostro sin poder detenerse, el temblor de su mano haciéndose tan incontrolable que sostener el cigarrillo se le estaba haciendo difícil. Su memoria regresó a Francis y a la bebé que había dañado por ese mismo hábito. Pero… ya nada importaba. Solo quería dejar de sentir, porque sentir era demasiado doloroso. Quería acabar con todo.

•••

Apenas recibió el mensaje de Francis condujo lo más rápido posible al hospital. Hace un día le había escrito al francés para preguntar si ya había regresado, sin obtener respuesta alguna hasta esa tarde.

"Si, estoy en el hospital"

Pero el mensaje que hizo que saliera de su casa dejando a Mila con su Vanya fue el que recibió tan solo minutos después.

"Soy papá ahora, mi hija nació ayer"

Que había entrado en shock en ese momento era sobreentendido. Casi se había ahogado con el agua que había estado tomando, levantándose enseguida y gritándole a Vanya que iba a salir al hospital de emergencia y que cuidara a Mila hasta que regresara. Por suerte su hija estaba dormida en ese momento. Cuando llegó al hospital se acercó a la recepcionista con urgencia y corrió al área de neonatología donde la mujer le había dicho que el doctor Bonnefoy se encontraba.

– ¡Francis! — llamó corriendo hacia él al momento que lo vio, parando sólo a pocos centímetros sin saber si acercarse completamente o no. Sus ojos se dirigieron a la incubadora a lado suyo con shock. —Oh my gosh… ¿Qué pasó? — sus manos subieron a su boca, sin poder creerlo, mirando enseguida al pequeño cuerpo dormido dentro. Esa era la bebé de Francis y Arthur, oh God, no lo podía creer. Pero… Arthur, apenas debería haber estado a principios del séptimo mes. ¿Qué había pasado? ¿Acaso estaba hospitalizado? Pero ¿Por qué no estaba en la misma habitación que Francis?

—Tus sabias que Arthur estaba ahí ¿verdad? —la pregunta lo saco de su shock. Sus ojos bajaron a los del francés con culpabilidad antes de asentir. —Gracias. Gracias a eso pude salvarla— agradeció Francis en un susurro, calmando la tormenta de culpa del corazón de Alfred. Pero, aun así, la preocupación no dejaba de carcomerlo.

— ¿Arthur, él…? — en ese momento sus ojos se humedecieron temiendo lo peor, porque por mucho que buscara en el lugar no encontraba señal alguna de que Arthur si quiera había estado ahí.

—Él está bien— aseguró Francis con amargura. Alfred suspiro aliviado, permitiéndose respirar una vez más solo tras escuchar esas palabras. Pero entonces ¿Por qué no estaba ahí? —Él no quería a Annabelle, la iba a dar en adopción, así que… yo me haré cargo de ella— respondió Francis a la pregunta en los ojos del estadounidense, su voz sintiéndose entrecortada, pero no podía permitirse llorar en ese momento. Las lágrimas, sentía que ya las había agotado.

Alfred bajo a verlo incrédulo. ¿Adopción? ¿La había ido a dar en adopción? N-no podía creerlo. Era imposible, Arthur… el nunca haría eso, él no era ese tipo de persona. Con suavidad se acercó, hasta que sus ojos toparon con la figura dormida de la bebé con tristeza y preocupación.

—Es demasiado pequeña— su corazón se encogió. Annabelle era aún más pequeña que Mila cuando había nacido, y parecía tan frágil, como si se fuera a romper con el más mínimo toque. God, debía ser tan solo un poco más grande que su mano. Trago saliva angustiado, no era un experto en neonatología ni en pediatría, pero sabía que era casi imposible que Annabelle, luego de las complicaciones que había tenido en sus primeros meses de vida y su nacimiento prematuro, estuviera bien. Y la expresión sombría de Francis solo servía para confirmarlo.

—Tino recomendó que estuviese en la incubadora hasta que sus pulmones terminaran de desarrollarse bien y pueda regular mejor su temperatura. — el diagnóstico del primer médico había sido mínimo una semana, pero tras tomografías y exámenes que Tino le había realizado a su recién nacida, habían determinado que una semana no sería suficiente, y ella podría tardar hasta tres semanas hasta que todo su cuerpecito funcionara correctamente. El problema de sus pulmones no había venido como una sorpresa, pero el de presión arterial baja y la hemorragia intraventricular, que por suerte habían podido controlar pronto, sí. Nunca había estado tan aterrado en su vida, ni siquiera había podido dormir en toda la noche de la preocupación por su pequeña. —No nació en las mejores condiciones, y el que haya sobrevivido fue un milagro— bajó a ver a su hija con dolor, su cuerpo estaba lleno de sondas para mantenerla viva, y verla luchar de esa manera para sobrevivir le rompía el corazón. Había estado tan preocupado el día anterior que no se había acordado de avisarle las noticias a nadie, ni siquiera a Clarie.

Alfred bajo a ver a la bebé con pena. Sabía que de seguro había tenido un montón de complicaciones. Por suerte, con Mila, pese a que también nació prematura, no había tenido tantos problemas por todo el cuidado que había tenido durante su embarazo. Pero sabía que con Annabelle era diferente. Ella necesitaba de su mamá más que nadie para poder mejorar rápido, sin Arthur… damn

—¿Arthur no va a regresar? — su voz salió con un tono de desesperación. Para los bebés prematuros la presencia de su mamá era demasiado importante, la leche materna era lo que les proporcionaba las vitaminas y nutrientes necesarios para que su cuerpo se desarrollara más rápido, y el contacto cuerpo a cuerpo era crucial. Cuando vio a Francis negar maldijo por lo bajo. Agh, solo quería ir y regresar a ese terco de las orejas de ser posible. Pero, en ese momento, no había nada que pudiera hacer. Solo… solo debía ayudar a Francis en todo lo que pudiera, porque no sabía cómo el francés iba a poder lidiar con todo solo. Con Iván era agotador, solo… iba a ser un infierno. —Fran… sabes que estoy aquí para todo lo que necesites— palmeo el hombro del mayor en señal de apoyo, diciéndole con la mirada que estaba ahí para ayudarlo.

—Merci, Alfred— subió el francés a verlo agradecido, una sonrisa forzándose en su rostro pese a que en ese momento sentía que iba a colapsar del cansancio. Pero, tan solo sacudió su cabeza, subiendo sus manos a fregar sus ojos. No podía preocupar más al estadounidense.

•••

Media hora después de que Alfred se haya ido del hospital y que las enfermeras viniesen a chequear a su pequeña una vez más, decidió llamar a su hermana. Había querido llamarla esa mañana, pero sabía que ella probablemente estaba ocupada, así que cuando era seguro que Clarie estaría libre, la llamó.

« Petite sœur, tu veux venir voir ta nièce ? (¿Hermanita, quieres venir a ver a tu sobrina?)»

La respuesta que recibió fue un montón de preguntas y exclamaciones tan rápidas que apenas las pudo contestar, y a los pocos minutos de la llamada su hermana ya estaba entrando por la puerta de su habitación en el hospital, su respiración acelerada como si hubiese corrido hacia allá, abalanzándose encima suyo en un abrazo apenas lo vio.

Frère, ¿Qué pasó? ¿Cuándo nació? ¿Por qué no me dijiste nada? ¿Dónde está Arthie? — las preguntas vinieron una tras otra tan rápido que tuvo que tomarla de los hombros para calmarla, susurrando un pequeño "Shh" y señalando a la incubadora en la habitación. Clarie apenas vio ese lugar abrió sus ojos con sorpresa y emoción. Mirando a su hermano antes de acercarse con suavidad, mirando a la bebé allí dentro con adoración. —Bonjour petite, je suis ta tante (Hola pequeña, soy tu tía)— saludó sintiendo sus ojos humedecerse, era tan pequeña y parecía frágil, pero era hermosa. Subió a ver a su hermano una vez más, incontables preguntas en sus ojos.

— Nació ayer… pero como es prematura tuve que trasladarla de emergencia acá y… fue complicado— murmuro bajando su mirada al piso, no solo había sido complicado, había sido una pesadilla. No quería ni recordarlo, todo por lo que había pasado su hija su primer día de vida, el dolor de verla sufrir tanto, era insoportable.

— ¿Y Arthie? ¿Él está bien? ¿Por qué no está aquí con su bebé? —una sensación amarga se sentó en su garganta cuando noto la expresión sombría en el rostro de su hermano.

—Arthur está bien, pero… él necesita un tiempo— sus puños se apretaron a su lado, sabía que eso era mentira, podía notar el dolor en la voz de su hermano, y así no lo dijera directamente, sabía lo que esas palabras significaban.

—Él no quiere a Annabelle, ¿verdad? — la manera en la que su hermano había bajado a ver al suelo le dijo todo lo que necesitaba saber, y nunca en toda su vida se había sentido tan llena de iras. Quería ir a donde Arthur estuviese y traerlo a Londres de las orejas, hacerlo entrar en razón. Pero más que todo su corazón dolió por la pequeña bebé en la incubadora de la habitación. Ella era la que necesitaba a Arthur más que a nadie, ¿Cómo había podido abandonarla? ¿Por qué? ¿Por qué no quería a una niña tan hermosa como ella? No lo comprendía. Francis siempre trataba de tapar todos los problemas para ella, que su imagen de Arthur no se dañara, y que no se enterara de nada malo, pero ya no era una niña. Comprendía mucho más de lo que su hermano creía. Y ahora no podía evitar la ola de enojo que sacudió su pecho. Su hermano se merecía algo mucho mejor, su sobrinita se merecía algo mucho mejor que eso.

Pero por el momento, no habia nada que pudiera hacer. Quería ir donde Arthur, y regresarlo a la fuerza de ser necesario, pero sabía que no podía hacerlo, si Arthur no quería regresar, si no quería a su bebé, entonces él ya no era su familia. Pero esa pequeña ahí era lo mas hermoso y preciado que podría tener.

—Petite Annabelle, no sabes cuantos saquitos y gorritas te he tejido en todo este tiempo— sonrió tomando la mano calidad de su sobrina, su corazón revolviéndose cuando la escuchó soltar pequeños balbuceos dormida. Era tan linda. —Te debes preparar frère, la voy a mimar tanto que no lo vas a soportar— rio con una sonrisa ladina, codeando a su hermano divertida. Francis rió también, negando con la cabeza a las palabras de su hermana. Pero no habia duda de que Clarie lo cumpliría.

•••

Una sensación repentina de nauseas lo hizo correr al baño en medio de su cena. Apenas llego al retrete vació todos los contenidos de su estómago, tosiendo de manera incontrolable cuando terminó de vomitar. Su garganta ardía y su cabeza estaba dando vueltas.

—¡Gilbert! —los dos golpes en la puerta lo hicieron levantarse, una de sus manos yendo al lavabo en forma de apoyo porque sus piernas no lo sostenían bien en ese momento. Se sentía demasiado débil. Con apenas fuerzas salió del baño, encontrándose enseguida con el rostro preocupado de su esposo y su hija.

—Estoy bien, solo… necesito descansar un rato— le restó importancia, caminando con dificultad hasta el sillón de la sala y dejándose caer con una mueca de dolor en su rostro. Roderich lo siguió preocupado, era la cuarta vez en la semana que pasaba eso y pese a que el oncólogo había dicho que era algo normal, no podía serlo. —Komm hier, Liebe (ven acá, amor) —forzó una sonrisa el albino, estirando sus brazos para tomar a su bebé. Roderich la entregó sin mayor hesitación, mirando como Johanna sonreía contenta al estar en brazos de su padre. Gilbert subió a mirarlo con un suspiro, tomando una de sus manos para calmarlo. —Voy a estar bien…—aseguró con voz suave. Los síntomas que estaba teniendo eran comunes después de la quimioterapia. Sabía que no iba a ser fácil, pero podía superarlo, por la pequeña en sus brazos haría todo lo posible.

—No lo pareces, idiot— Gilbert respondió con un pequeño bufido. Sí, no se veía bien, pero tampoco era para tanto. Sus ojos carmesí bajaron a los idénticos de su hija, ella también había nacido con albinismo, pero con un padre con albinismo total y otro con albinismo parcial era de esperarse. Sin embargo, era perfecta. Era su pequeño milagro. Y el único que tendría porque al parecer el tratamiento para el cáncer que estaba recibiendo junto con la quimioterapia lo podían dejar infértil. Siempre había soñado con tener dos niños, pero…

—Parece que nunca vas a tener un hermanito— le susurro a su hija, recibiendo una sonrisa y pequeños balbuceos en respuesta. Bueno, por lo menos parecía que Johannchen disfrutaba ser hija única. Subió a ver a su esposo de reojo al sentirlo tensarse, pero Roderich enseguida desvió la mirada.

—¿Necesitas tus medicinas? —pregunto sin mirarlo, comenzando a caminar a la cocina sin esperar a la respuesta, ya la sabía. Pocos minutos después se acercó con un vaso de agua y dos pastillas en sus manos, extendiéndoselas al albino que las recibió sin queja alguna. Cuando se iba a retirar para regresar a la cocina Gilbert lo detuvo de la muñeca.

—Rode— lo llamo, jalándolo hasta poder unir sus labios con los del austriaco en un contacto suave, con una disculpa en ellos. Sabía que Roderich aún se seguía culpando por no poder tener más hijos, y que el comentario que había hecho tal vez le había afectado, pese a que ahora la infertilidad venía de ambas partes. Sin embargo, ese seguía siendo un tema delicado para Rode. —Ich liebe dich (te amo)— susurro contra sus labios al separarse del beso. Lo iba a amar siempre, sin importar lo que pasara entre ellos, sin importar los impedimentos que la vida les ponía en frente. Roderich bajó a verlo con suavidad, pero la preocupación aun presente en sus ojos.

—I lieb di a… (Yo también te amo)— respondió entrelazando sus dedos con los del mayor, con miedo. Tenía miedo de perderlo. Gilbert suspiró.

—Voy a estar bien, deja de preocuparte, Schatz (cariño)— se levantó, estirándose con su bebé en brazos, restándole importancia a su salud con un pequeño negar de su cabeza. Roderich rodo los ojos, ese idiota se preocupaba muy poco. Gilbert tomó su mano para subir a su habitación, su cabeza seguía doliendo y necesitaba recostarse un rato, pero quería tener a su esposo y a su hija a su lado tan solo un ratito más.

Cuando estuvieron en la habitación se sentó en la cama con Johanna en su regazo, jugando con su pequeña y sacándole grandes sonrisas y balbuceos emocionados. Roderich miró la escena enternecido, sentándose al lado de su esposo y mirando a su hija con una sonrisa.

—Oh, cierto…— murmuro acordándose de la llamada que había recibido esa mañana, llamando la atención de Gilbert con un ligero toque de su mano. —Feliciano nos invitó mañana en la tarde a almorzar, al parecer Ludwig y Wolfram siguen en malos términos— informó subiendo a ver a su esposo, suspirando con simpatía hacia su amigo.

—Oh mein Bruder…— se llevó una mano a su sien, masajeando por breves segundos con preocupación por su hermanito. Aun recordaba la llamada que había recibido noches atrás de Lud, no lo había escuchado llorar en mucho tiempo y cuando el sollozo sonó a través de la línea su corazón se apretó en preocupación por él. Había intentado calmarlo y darle el mejor consejo que podía en esa situación, darle un poco de espacio a su hijo y ser paciente, pero… —Parece que Wolfy sacó lo testarudo de su mamá— suspiró recordando como la italiana pasaba días y semanas sin hablar con nadie cuando se enojaba, en especial evitando a la persona que la había hecho enojar como la plaga. Wolfram parecía haber heredado eso de ella.

—Así es…— asintió de acuerdo el austriaco, con nostalgia al recordar a su difunta mejor amiga. Wolfram parecía tener mucho más de ella de lo que se imaginaba. Por fuera parecía una copia casi perfecta de Ludwig, pero por dentro era cada pequeña parte de su mamá.

—Dile que iremos, y que le diga a mi hermano que todo está bien, Wolfy solo necesita un poco de tiempo, ¿verdad, Johanna? — regresó a su bebé, llenando su carita de besos que la hicieron soltar una carcajada, sus manitos extendiéndose hacia su papá con emoción. Roderich suavizo su mirada al verlos.

—Ella te adora— suspiro con una sonrisa, Johanna era definitivamente una niña de papá. Gilbert la mimaba demasiado y sabía que en el futuro la iba a consentir hasta el cansancio. El albino rió al escucharlo, volviendo a ver a su bebé divertido.

—Pero amas mucho más a Mutti, ¿verdad? —la risa que recibió de la bebé fue un definitivo "sí" para él. Al final, no importaba a quien amara más Johanna, ella siempre iba a ser lo más valioso para los dos.

•••

Tres golpes fuertes en la puerta de su habitación fueron la única advertencia que recibió antes de que un enfurecido James entrara, observando el desastre a su alrededor con el ceño fruncido y la paciencia corta. Vidrios de un espejo roto estaban regados por todo el piso, algunos cubiertos de sangre. Libros estaban desordenados por doquier, botellas de alcohol vacías en el suelo y encima de esa cama totalmente desordenada, llena de colillas de cigarrillos, estaba la persona fuente de todo su enojo.

Arthur no se movió ante el ruido, ni tampoco reacciono a los gritos, solo se encogió más en sí mismo, su rostro húmedo escondiéndose entre sus rodillas. No quería hablar con nadie, no quería ver a nadie, solo quería estar solo, pero James tenía otros planes.

Con brusquedad el hombre se acercó, tomando su muñeca y revisándola. Estaba lleno de cortes. Su sangre hirvió en ese momento.

— ¿Crees que te voy a dejar continuar con esto, Arthur Kirkland? —gritó soltando su muñeca como si lo quemara, mirándolo con decepción e ira. Le había dado su espacio, había esperado a que se acercara solo, pero no lo iba a dejar continuar de esa manera, no le iba a permitir seguir desperdiciando su vida así. — Mírate como estas, esto es inaceptable Arthur. Debes dejar de lastimarte a ti mismo, recupera tu vida de una maldita vez— el menor solo se abrazó más a sí mismo, las lágrimas empezando a caer una vez más. Pensó que ya las había gastado todas, pero no era así.

—N-no puedo…— sollozó sintiendo que su pecho iba a explotar.

—Si puedes— Arthur negó con la cabeza, rompiendo en llanto una vez más. —No voy a tener un cadáver en mi casa, no voy a exponer a mi hija a eso. Así que te vas a levantar, vas a ordenar todo este desastre y vas a tomar las riendas de tu vida nuevamente— ordenó con autoridad en su voz, saliendo de la habitación solo para regresar minutos después con una escoba y pala, obligando al inglés a levantarse del desastre de cama en el que estaba, y forzando los dos objetos en sus manos. —Vas a limpiar todo esto, no quiero peros. Y desde ahora vas a trabajar conmigo, vas a ayudar en la casa y vas a retomar tu vida, no puedes seguir viviendo así— Arthur solo asintió, intentando detener su llanto con su brazo libre, sin atreverse a mirar a los ojos al hombre que le había abierto la puerta de su casa meses atrás cuando más lo había necesitado.

— ¡Arthie! — la pequeña voz tras suyo lo hizo congelarse, unos pequeños brazos enseguida envolviéndose alrededor de su cintura. Los ojos de la niña subieron a verlo preocupados. — ¿Por qué estas llorando? ¿Estás bien? — el abrazo de la pequeña se apretó en un intento de consolarlo. Arthur seco sus lágrimas con su manga, asintiendo sin confiar en que su voz no se quebrara.

—Va a estarlo… — aseguró James acercándose a su hija, revolviendo su cabello con cariño antes de agacharse a su altura. —Rose, ¿Por qué no le dices a mamá que prepare Roast beef hoy? —sonrió con suavidad, viendo como los ojos de su hija brillaban con emoción ante sus palabras antes de asentir y dar saltitos con felicidad.

— ¡Si! Es mi comida favorita— exclamó antes de salir en busca de su madre. James regresó por breves segundos a Arthur después de que su hija se fuera, soltando un suspiro.

—Baja a comer en una hora, hasta eso espero encontrar el cuarto limpio. Voy a mandar a Mary para que te cure esas heridas. — hablo en un tono suave, diferente al duro que había utilizado minutos atrás, apretando su hombro antes de salir de la habitación, dejándolo solo una vez más. Una vez afuera, pudo dejar ir todo el aire que sin saber había estado conteniendo, apoyándose contra la pared. Iba a hacer todo lo posible para ayudar a Arthur, no lo iba a dejar tomar el camino fácil, no lo iba a dejar seguirse destruyendo a sí mismo, no mientras estuviese con vida y pudiera hacer algo para evitarlo. Con un suspiro sacó su celular de su bolsillo, buscando un contacto que días atrás había guardado y marcando el número enseguida, la persona en la otra línea contestando en cuestión de minutos.

Doctor… ¿Qué le parece si viene a pescar un fin de semana?…

•••

Salió al patio con preocupación latente en su pecho. Cuando había subido a buscar a Wolfram en su habitación para que bajara a saludar a su tío Gilbert no lo había encontrado. Ya había pasado más de una semana desde que Wolfy se había enterado lo de su mamá y decir que no se lo había tomado bien era corto. La relación entre Lud y él se había deteriorado tanto que ahora Wolfram parecía siempre huir y evitar toparse con su papá a toda costa, y si se encontraban el pequeño se rehusaba a hablar con él. Era un completo desastre. Luddy había estado mal todo ese tiempo y sabía que el tono rojizo de sus ojos no se debía a alergias ni cansancio. Quería poder hacer más por Ludwig, pero él siempre se cerraba e intentaba no preocuparlo. Estaba preocupado ¿Cómo no iba a estarlo?

Solo esperaba que la visita de Gil y su pequeña familia hoy pudieran aligerar el ambiente en la casa, porque si no iba a recurrir a sentar a los dos rubios en la sala juntos hasta que se reconciliaran.

—Wolfy— llamó buscando al pequeño por todos los lugares posibles del patio, Berlitz y Blackie llegando a su lado emocionados para ayudarlo. Con una pequeña sonrisa se agacho a acariciar a los perros, preguntándoles si habían visto a Wolfy por ahí y recibiendo una lamida en su mano como respuesta. Comenzó a seguir a los dos perros al patio posterior de la casa, hasta que vio a Astrid correr hacia él desde un arbusto, la cachorra señalándole el lugar por donde había venido con urgencia. Confiando en los perros de su pareja comenzó a caminar en esa dirección, efectivamente encontrándose al pequeño de siete años con su cabeza enterrada entre sus rodillas, sus brazos alrededor de sus piernas y un notable temblor en sus hombros. Ya estando más cerca pudo escuchar los sollozos y gimoteos del niño, y su corazón se apretó. —Hey, ¿Qué pasa, bambino? —se acercó enseguida, agachándose a la altura del menor con preocupación.

—Extraño a mi mamá— esas palabras, dichas entre sollozos, con el tono de voz más roto que había escuchado en su vida, le rompieron el corazón.

Vieni qui, ragazzo mio (Ven acá, mi niño)—lo atrajo a su pecho, envolviéndolo en el abrazo más cálido y puro, sus manos acariciando el cabello y espalda del pequeño para calmar su llanto. Odiaba ver a Wolfy de esa manera, y se sentía tan mal por él. Sabía que el recibir y procesar una noticia como esa era difícil, por eso lo sostuvo en un intento de consolarlo. —Se que extrañas mucho a tu mama, pero tu papa está muy preocupado por ti, él te quiere mucho— Wolfram al escucharlo se separó del abrazo, negando repetidamente con el ceño fruncido.

—Papa es un mentiroso— grito volviendo a esconder su cabeza entre sus piernas, su llanto incrementándose aún más. Feliciano suspiro, intentando comprender y ver los dos lados de la situación. Si, sabía que ocultarle esa información a Wolfy no había estado del todo bien, y sabía que Wolfy tenía todo el derecho de estar enojado y sentirse traicionado por su papá. Pero, también podía ver por qué Lud lo había hecho, lo comprendía. Por eso, quería hacer que Wolfy también lo comprendiera, la razón detrás de lo que su padre había hecho, lo mucho que lo amaba y le dolía que Wolfy no quisiera verlo ni hablar con él.

Con un pequeño suspiro se sentó frente al pequeño, tomando una de sus manos para hacerlo sentarse también. Esta… iba a ser una conversación difícil.

—La verdad duele mucho a veces— sus pulgares subieron a limpiar el rastro de lágrimas en el rostro del niño, dándole una sonrisa triste. Wolfy subió a verlo, sus ojos aun empapados, pero estaba escuchando. — Cuando tu papa perdió a tu mama él estaba muy muy triste y lloraba mucho por ella. Todo fue tan repentino que él no sabía cómo decírtelo. Tu papi no quería que tu estuvieras triste también— explico apretando las pequeñas manos entre las suyas, sus ojos subiendo a los azules frente suyo en busca de comprensión en ellos. Wolfram sintió su labio inferior temblar. No quería imaginarse a su Vati llorar, ni triste. La culpa apretó su pecho, porque toda esa semana había estado haciendo que su papá se sientiera triste. —Tu mami quería que tu fueras feliz, y por eso tu papa temía contarte la verdad…— dijo con voz suave, limpiando las nuevas lagrimas que resbalaban de los ojos del pequeño. Wolfy se echó a abrazarlo, hundiendo su rostro en su pecho con llanto renovado. Feliciano correspondió enseguida el abrazo, acariciando su espalda. Wolfy sollozo de nuevo, extrañaba mucho a su mamá, la quería ver tan solo una vez más, pero no quería que su papa estuviera triste, y ya no sabía si quería que su mama este con su papa. Si su mama estaba en el cielo no quería que su Vati continuara triste por siempre, quería que su Vati fuera feliz de nuevo.

— ¿Tu amas a mi Vati? — Feliciano sintió que se atrancaba con el aire, la pregunta tomándolo totalmente desprevenido. No sabía que decir. Pero, lo mínimo que podía hacer era decir la verdad, no quería seguirle mintiendo a Wolfy, ni ocultando la relación que tenía con Ludwig.

—Sí— contesto apenas con un hilo de voz, pero el pequeño definitivamente lo escucho porque a los pocos segundos esos ojos azules estaban sobre los suyos con una expresión que no pudo descifrar, pero enseguida, antes de que pudiera decir algo más los pequeños brazos volvieron a envolverse a su alrededor. Parecía que ahora él era el que estaba siendo consolado.

—Papa también te ama mucho. —sus mejillas ardieron con vergüenza. Oh no, Dio, ya no sabía cómo mirar a Wolfy. ¿A qué momento la conversación se había tornado en su dirección? —Clarie me dijo que el amor se trataba de hacer a la otra persona feliz, así que yo también ti amo molto (te amo mucho) Feli— esa declaración sacó todo el aire de sus pulmones. Una sensación de calidez nunca antes experimentada envolvió su corazón. Sus ojos se humedecieron, bajando a ver al pequeño incrédulo antes de apretarlo entre sus brazos con emoción y alivio.

Ti amo molto di più, bambino (te amo mucho también, pequeño)— besó su frente sintiendo que estaba a poco de llorar, solo se estaba conteniendo porque no quería preocupar a Wolfy. Pero, por primera vez desde que entró a esa casa se sintió por verdaderamente bienvenido, como si Wolfy lo aceptara por completo allí. Podía sentirlo como si fuera su hijo de verdad. El… él era como su hijo. Se detuvo antes de comenzar a sollozar, levantándose con el pequeño, sonriendo sin más no poder. Su rulito en ese momento de seguro estaba mostrando un corazón. Pero si seguía pensando en eso iba a empezar a llorar. Ya podría llorar cuando no tuvieran visitas y fueran solo él y Luddy en el cuarto. — Vamos, de seguro tu tío está esperando— le extendió su mano al pequeño.

— ¿Esta tío Rode también aquí? ¿Y Johannchen? —pregunto emocionado, sus ojos brillantes como nunca cuando asintió, caminando junto a él hacia la entrada de la casa. Una vez que entraron Wolfy se soltó de su agarre para ir corriendo hacia su papá, abalanzándose contra él en un abrazo.

Ti amo molto, papa— las palabras tomaron por desprevenido al alemán, sus ojos abriéndose sorprendidos antes de bajar a su hijo y sentir su corazón derretirse. Con una sonrisa tomo a Wolfram en brazos, besando sus mejillas y frente con cariño.

Ich liebe dich auch, Schatz— lo apretó contra su pecho, revolviendo su cabello con felicidad. Tras ellos los otros tres adultos miraban la escena enternecidos.

—Kesesese, te dije que todo iba a salir bien, Bruder— río Gilbert, siendo codeado enseguida por su esposo para que no arruinara el momento. Feliciano solo se pudo reír, feliz de que el buen ambiente haya regresado a la casa.

Los pequeños gimoteos de la bebé en brazos de Roderich interrumpieron la escena, ganándose la atención de todos en la casa.

—Johanna acaba de despertarse— sonrió el austriaco, besando la frente de su hija y meciéndola en sus brazos para calmarla. Por suerte parecía haberse despertado de buen humor.

— ¿Puedo ver a Johannchen? —pidió Wolfram siendo bajado de los brazos de su padre, acercándose a su tío Rode con suplica en sus ojos.

Ja, kleiner (si, pequeño)— asintió el austriaco con una sonrisa, dirigiendo al pequeño a la sala donde había dejado la mecedora de su bebé, poniéndola con cuidado allí, los ojos de Johanna subiendo enseguida a los juguetes coloridos frente suyo. Wolfram se acercó emocionado, tomando una de las manos de su prima con fascinación de lo pequeñas que eran.

— ¿Cuándo voy a poder jugar con ella? —subió a ver a Rode en busca de respuestas, impaciente por poder jugar con su prima y sus legos.

—Aún está muy pequeña, le faltan algunos meses para que puedan jugar— un puchero se formó en la boca del oji azul, sacando una risa de todos los adultos en la casa. Gilbert codeo a su hermano sonriente, viendo como Wolfy jugaba a hacerle caras chistosas a Johanna para sacarle una sonrisa mientras Roderich y Feliciano conversaban y cuidaban a los niños. Su familia definitivamente era perfecta, no podía pedir nada más que eso.

•••

— ¡Francis Bonnefoy! —ese grito fue la única advertencia que recibió antes de que la puerta de la habitación fuera abierta y cerrada de golpe, mostrando a un fúrico italiano — ¿Qué diablos significa eso de que vas a quitarle la custodia a Arthur de su hija, bastardo? — Francis puso su dedo índice en su boca, señalando con la mirada la bebé durmiendo en la pequeña incubadora a su lado. Lovino al notarlo comenzó a respirar profundamente para calmar su ira y no gritarle al estúpido cara de rana frente suyo todo lo que pensaba acerca de lo que su esposo le había contado la noche anterior, cuando le pregunto porque demonios estaba trabajando durante vacaciones. Ese idiota francés, ¿Cómo se atrevía? Le iba a arrancar…

— ¿Desde cuándo Arthur ha sido una persona de entender palabras suaves? —esa pregunta interrumpió su tren de pensamientos, una de sus cejas alzándose sin comprender. ¿A qué se refería? ¿Acaso todo eso de la custodia era solo para hacerlo entrar en razón? Lovino suspiró, encogiéndose de hombros. Sabía que lo que Francis decía era verdad. Arthur era terco y muchas veces más de las que podía contar las palabras duras habían sido la única manera de hacerlo entrar en razón. Pero…

—Aun así, ¿no crees que estas yendo demasiado lejos? — llegar a meter asuntos legales era demasiado. Si Arthur no reaccionaba y firmaba esos papeles de verdad, si Francis los llevaba a la corte, todo se saldría de control, ambos acabarían rompiendo el ultimo hilo que los unía por completo. Francis bajo su mirada a su bebé, sus ojos entristeciéndose.

Había estado preparado para terminarlo todo de ser necesario, pero… ¿de verdad podía hacerlo?

—Sinceramente, al principio estaba tan enojado que de verdad pensaba hacerlo, pero… Mis sentimientos no han cambiado, no sé si nunca lo harán. — el aire se estancó en su garganta de manera dolorosa. No importaba cuantas veces lo había intentado, cada vez que pensaba en una vida sin Arthur, su pecho se encogía y sus ojos comenzaban a escocer. —Annabelle necesita de su madre, y si esta es la única manera de hacerlo entrar en razón, pues lo haré. Sabes lo testarudo que Arthur puede ser, esta es la única forma de que las palabras lleguen a su terco cerebro— suspiró con amargura, pero aun así su voz ocultaba cierto cariño. Quería estar de verdad enojado con él, en verdad lo había intentado, pero el amor que le había tenido por más de diecinueve años no iba a desaparecer tan fácilmente. Lovino se encogió de hombros, sabía que era verdad. No había nadie más terco y denso que Arthur, pero en verdad, rogaba a Dios que todo funcionara y saliera bien al final, y cuando viera a ese idiota nuevamente le daría la paliza que se merecía por ser tan estúpido. Con curiosidad se acerco a la incubadora en la habitación, parándose a lado de Francis para poder ver a la bebé, y su corazón dio un vuelco.

—Es demasiado pequeña…— Dio, debía ser casi la mitad de Camillo cuando nació, y ya tenía una semana. Su pecho se apretó con preocupación por ella, Antonio le había contado un poco de como había sido su nacimiento después de que Francis se lo había dicho, pero no podía imaginarse el terror y agonía por la que los dos habían pasado cuando Annabelle había nacido sin respirar.

—Nació a la semana treinta y uno, pero su peso apenas llega al de una bebé al principio del tercer trimestre. Sus pulmones aún no están desarrollados por completo, pero, aun así, ella está cada día mejor. — Lovino se pudo dejar respirar tranquilo una vez más al escuchar eso. En verdad rogaba a Dios que Annabelle se recuperara pronto y pudiera ser una niña sana, su corazón dolía por ella. Era la hija de su mejor amigo, y de cierta manera ya la veía como si fuera su familia.

—Tiene las facciones de Arthur—menciono mirando a la pequeña con más atención. Pese a que apenas tenía una semana de nacida podía notar la nariz de Arthur en ella, y las facciones en su rostro, no tenía duda de que sería una pequeña copia de Arthur en el futuro.

—Lo sé, es hermosa—sonrío acariciando la mejilla de su bebé, los grandes ojos azules abriéndose perezosos a mirarlo, derritiendo su corazón aún más.

—Por suerte no heredo sus cejas— Francis soltó una carcajada, regresando a ver a su hija con cariño, era muy pequeña aun para decir por cierto las cejas de quien había heredado, pero sabía que si eran las de Arthur no le importaría en lo más mínimo, seguiría viéndola como la niña más hermosa del mundo. —¿Cuándo vas a regresar a verlo?

—Antonio me dijo que los papeles estarían listos en tres semanas, tal vez para esa fecha Annabelle ya pueda ser dada de alta y este lo suficientemente bien para viajar, entonces iremos…— sentencio con seguridad en sus ojos, recordando la invitación que había recibido el día anterior. Había aceptado sin hesitación alguna, respondiéndole al señor que podría ir en cuanto su bebé estuviese suficientemente sana para viajar, y así lo haría. Pero bueno, ya no tenía caso seguir pensando en eso ahora. —¿Cómo esta Camillo? — pregunto cambiando de tema, verdaderamente interesado por el hijo de uno de sus mejores amigos. Pocas veces había tenido el placer de ver a Camillito, pero definitivamente era un niño hermoso y adorable. Era totalmente el orgullo de Antonio.

—Por fin me está permitiendo dormir por más de 6 horas en la noche, así que supongo que eso es bueno. Tienes suerte de que las enfermeras te estén ayudando, el primer mes es el peor— Francis solo negó con la cabeza, una sonrisa pintando sus labios. Pese a que si, agradecía la ayuda de las enfermeras, no podía esperar al momento en el que su bebé fuera dada de alta y pudiera llevarla por fin a casa.

•••

— ¡Iván! — gimió el nombre de su prometido, abrazándose aún más a su espalda. Sus ojos se mantenían cerrados, su boca abierta en placer. Se sentía tan bien, cada movimiento, cada beso en su cuello, la manera en la que las manos de Iván lo tomaban de la cadera para ayudarlo a subir y bajar, cada vez más rápido. —I-I'm close (estoy cerca)— el final se sentía tan cerca. Con cada embestida directo en su próstata sus pies se encogían, su mente nublándose sin nada más en ella que las manos de Iván acariciando su cuerpo, tomando su cabello, sus labios dejando una serie de marcas alrededor de su clavícula y besos húmedos en su cuello. No iba a poder aguantar más.

Ya tebya lyublyu (te amo), Fredka— esas palabras susurradas en su oído fueron lo último que necesitó para que su cuerpo se tensara por completo, su orgasmo golpeándolo de la manera más dulce posible en un grito de placer con el nombre de su pareja. Iván terminó pocos segundos después, su rostro enterrándose en el cuello del menor, sus brazos envolviéndolo aún más cerca en una manera de anclarse a sí mismo mientras tenía uno de los mejores orgasmos de su vida.

—Te amo tanto, Vanya— jadeó Alfred contra su oído, abrazándose aún más del ruso mientras intentaba recuperar su aliento. Su mente aún seguía nublada por el éxtasis que acababa de experimentar, y cuando las manos del mayor comenzaron a recorrer su espalda solo pudo suspirar contento, todo hasta que el llanto de su bebe empezó a escucharse a través del monitor en su velador.

—Mila se despertó— su cuerpo se volvió flácido contra el del ruso, sus brazos cayendo a sus lados con cansancio. No tenía ganas de levantarse aún, ni de separarse de Iván.

—Voy yo— suspiro el ruso, besando su frente con cariño antes de alzarlo de la cadera, saliendo de su interior y depositándolo en la cama. Una corriente eléctrica recorrió todo su cuerpo ante la manera en la que Ivan fácilmente podía cargarlo. Con un pequeño suspiro vio como el ruso depositaba el condón usado en la basura y se ponía sus boxers antes de salir de la habitación para calmar a su bebé. Cuando la puerta se cerró de nuevo se dejó caer en la cama, exhausto. Ah, solo debía descansar un minuto para recuperar su fuerza. Con impaciencia comenzó la cuenta regresiva, desde sesenta hasta que, cuando llego al último segundo, se levantó de la cama de un salto, yendo hacia el baño para limpiar su cuerpo y ponerse su ropa interior antes de salir a ver a su bebé. Si, de seguro Iván podría cuidarla bien solo, pero le encantaba estar con ella cada minuto que estaba despierta, así que no se detuvo a golpear la puerta de la guardería de su niña antes de entrar, siendo recibido por la tierna imagen de Iván arrullando a Mila.

Iván rodó los ojos al notarlo ahí, negando suavemente. En verdad que no podía estar separado de su hija ni un solo minuto.

— Ya la cambié, pero tiene hambre— informo acercándose al estadunidense y extendiéndole la bebé.

—Ven acá, sweetheart (cariño)— Alfred la recibió en brazos con una sonrisa, caminando con ella hacia la mecedora donde podría alimentarla más cómodamente. Iván revolvió su cabello con cariño antes de plantar un beso en sus labios y comenzar a limpiar el cuarto de Mila, cambiando las sabanas de su cuna por unas nuevas y guardando la ropa limpia de la canasta que se había quedado ahí la noche anterior. —¿Me puedes pasar el extractor de leche? —pidió Alfred cuando su bebé termino de comer, pasándosela a Iván para que le sacara los gases mientras él se ponía a la ardua y tediosa tarea de extraer su propia leche con ese aparato que Iván le había regalado meses atrás. Pero, ahora, probaba ser útil.

—Me alegra saber que mi regalo haya funcionado, da—le mando al ruso una buena imagen de su dedo del medio, mascullando por lo bajo cuando lo único que el mayor hizo fue reírse.

—Esto es tan embarazoso, me siento como vaca— su pecho ya comenzaba a doler un poco después de llenar media botella de leche, no se imaginaba como se sentirían las pobres vacas, en verdad no podía hacerlo.

—Nadie te pidió que lo hagas—no, nadie le había pedido que lo hiciera, pero se había ofrecido por una buena causa.

—Pero Francis está sufriendo, y su bebé tiene una salud delicada de por sí, así que, si esta es una manera de ayudarlo, no pierdo nada haciéndolo— contesto encogiéndose de hombros. Apenas había visto a Annabelle su corazón se había roto por ella, era incluso más pequeña que Mila cuando nació, y sabia la importancia de los nutrientes de la leche materna, en especial para bebés prematuros, así que le había propuesto a Francis el ayudarle con eso en cuanto sea posible, por lo menos hasta que Arthur decidiera aparecer de una vez por todas. También le había ofrecido cuidar de Annie cuando él estuviese ocupado o necesitara un descanso, la propuesta estaba en pie, sin embargo, hasta ahora no había tenido la oportunidad de hacerlo. Pero una pregunta siempre aparecía en su mente cuando pensaba en cuidar de Annie. —¿Crees que Mila y Annabelle se lleven bien? —pregunto finalmente, alzando a ver a su pareja con un poco de preocupación y anhelo, porque de verdad esperaba que su hija en el futuro pudiera llevarse bien con la de Arthie. Iván rodó los ojos en respuesta. — ¿Qué?

El ruido de un celular en la casa interrumpió el "tranquilo" momento entre ellos. Iván gruño por lo bajo, era su ringtone. Con un suspiro dejo a Mila una vez más en brazos de Alfred antes de salir a la cocina, donde recordaba haber dejado su teléfono por última vez. Tenía ganas de simplemente rechazar la llamada y regresar con su familia, pero el nombre de la persona en la pantalla impidió todos sus planes, la única mujer a la que no le podía colgar, por mucho que quisiera. Con pesadez contestó, llevándose el teléfono al oído antes de saludar a la persona al otro lado de la línea.

Priviet, mama— Alfred salió de la guardería con curiosidad, sentándose con Mila en uno de los sillones de la sala desde el que podía escuchar pequeñas partes de la conversación de Iván, aunque, la mayoría estaba en ruso, así que solo podía entender algunas partes. —Nyet… Nyet… Aun no lo decidimos… Está bien— por el tono frustrado y cansado de Iván podía adivinar con quien estaba hablando, pero no se acercó. Solo se quedó ahí, jugando con Mila en su regazo.

Diez minutos después vio a su pareja acercarse hacia ellos con un aura estresada rodeándolo. Y sus sospechas se hicieron aún más probables.

— ¿Era tu mamá? ¿Qué dijo? — pregunto tras recibir un asentimiento del ruso, mirándolo desde el sillón sin saber de verdad si quería escuchar o no lo que su futura suegra había dicho.

—Quiere saber de nuevo si ya decidimos una fecha para la boda— suspiro sentándose en el sillón frente a él con un gruñido. Alfred sintió su estómago revolverse de manera poco placentera al escucharlo.

—No entiendo cuál es el apuro por casarnos— sus palabras salieron en un murmullo. Apenas iban comprometidos seis meses, y sinceramente no sabía si se quería casar pronto. Quería casarse con su mamá presente, pero la fecha más rápida en la que ella podía salir de prisión era en cuatro años. Si, esperar cuatro años para casarse era mucho, pero…

—Sabes que va a seguir insistiendo hasta que le demos una fecha— la cosa era que, no podía dar una fecha. Quería que su boda estuviera llena de su familia y sus amigos también, quería que su mamá lo llevara al altar y también que Arthur estuviera ahí como su padrino. No quería casarse solo porque la familia de Iván quería la boda lo más antes posible. Además ¿Por qué querían que se casen tan rápido? Damn. —Alfred…

—Ya te dije que no puedo fijar una fecha aún— lo interrumpió con irritación creciendo en su voz, no sabía cuántas veces ya había hablado sobre eso con Iván, y con la loca de su mamá que seguía diciéndole que era un "mal padre" porque no se quería casar rápido ni siquiera por el "bienestar de su hija", que el crecer en una familia donde los padres no estaban casados iba a "afectar el desarrollo de su hija" y que no le estaba "dando un buen ejemplo a Mila". Bullshit. Sabía que, si le explicaba, Mila entendería el porqué de todo.

—Tampoco podemos esperar cuatro años, no es realista—vino la respuesta de Iván, esa que ya había escuchado algunas veces en los últimos meses. ¿Por qué no era realista? Dentro de dos meses, así como dentro de cuatro años seguirían amándose igual ¿no era así? ¿Por qué Iván hablaba como si el amor entre ellos se fuera a acabar en cualquier momento si no estaban casados?

—Hablas como si no me fueras a amar igual en cuatro años— subió a ver al ruso con dolor y enojo en sus ojos, sus puños solo no apretándose porque sus manos estaban sosteniendo a su hija.

—Sabes que no es eso a lo que me refiero— suspiro con una mano masajeando su sien. Esa discusión se estaba saliendo de control demasiado rápido.

—Pero eso parece que estas insinuando— replicó Alfred sintiendo su pecho doler. Tenía ganas de llorar en ese momento. ¿Por qué Iván no podía solamente comprenderlo?

—Si no te fuera a amar en cuatro años no te hubiese propuesto matrimonio, idiot— su tono de voz salió más duro de lo que planeo, su ceño frunciéndose con frustración, había intentado no alzar su voz, pero de verdad que Alfred podía hacerlo perder la compostura como nadie. El gimoteo de Mila y la mirada fúrica de Alfred fueron lo que le indicaron que quizás, había alzado demasiado la voz.

Fuck you, commie— fue lo único que recibió de Alfred antes de verlo irse de allí a zancadas con Mila en sus brazos, encerrándose en su habitación con seguro para dejarlo afuera hasta que su ira se calmara o el hambre lo hiciera salir. Suspiró profundamente, su cabeza estaba empezando a doler por el estrés. ¿Cómo iba a lidiar con ese idiota capitalista de mierda? Si no lo amara ya lo hubiese matado. Tendría que decirle a su madre que la fecha para su boda iba a ser cualquier día de aquí en cuatro años, por mucho que a su madre le jodieran las noticias. No le importaba, era su boda, no la de ella, der'mo (mierda). A ese paso terminaría casándose a los cincuenta.

•••

Parqueó su auto fuera de la casa en la que recuerda haber estado un mes atrás. Solo para estar seguro volvió a ver que la dirección en el mapa estuviese correcta, y al comprobarlo soltó un suspiro aliviado. Conducir a ese lugar con el trafico de verano habia tomado más de tres horas, tres horas en las que tuvo que parar cada treinta minutos para alimentar o cambiar de pañal a su bebé que ahora se encontraba durmiendo en el asiento del copiloto. Acarició la mejilla de su hija con cariño antes de salir del auto y sacar la pequeña maleta que habia traído con todos los esenciales para la corta estadía con su niña. Luego de tener su maleta en una mano, se acerco al asiento del copiloto, abriéndolo y tomando a la bebé en brazos, con cuidado de no despertarla. Annabelle tenía el sueño pesado como Arthur, así que fue fácil acomodarla en el portabebés en su pecho y caminar hacia la entrada de la casa en la que de seguro el dueño lo estaba esperando. Tocó el timbre una sola vez y sin mucha espera la puerta se abrió, mostrando a James con una sonrisa cálida en su rostro.

—Doctor Bonnefoy, bienvenido— dijo haciéndose a un lado para dejarlo pasar a su casa, sus ojos viajando a la bebé dormida en el pecho del rubio con cariño—La pequeña Annabelle ha crecido un montón desde la última vez que la vimos.

—Así es— asintió Francis sonriendo también con orgullo calentando su pecho, su pequeña estaba sanita, y habia pasado por todos los obstáculos que la vida le habia puesto en su primer mes, sobrepasando las expectativas que los doctores tenían para ella.

—He preparado una habitación para usted este fin de semana

—Muchas gracias— agradeció dejándose guiar por el mayor a un cuarto amplio, con una cuna en el medio, donde estaba seguro de que Annabelle podría dormir más cómoda. Agradeció una vez mas a James, antes de que el hombre lo dejara para que pudiera desempacar y descansar un rato luego del largo viaje. Lo primero que hizo fue depositar a una aun dormida Annabelle en la cuna de la habitación, negando con la cabeza divertido cuando la pequeña hizo un puchero en protesta, pero continuó durmiendo. Comenzó a sacar sus cosas de la maleta, un par de ropa para el día siguiente junto con una camisa extra, pañales, botellas de leche y cuatro cambios de ropa para Annabelle, y el documento por el que habia viajado hasta allá. Suspiro, sentándose en la cama con cansancio, sosteniendo entre sus manos esos papeles que Antonio le habia entregado hace una semana. Ya… no habia vuelta atrás ¿verdad?

El sonido de un golpe en su puerta seguido de la misma abriéndose lo hizo soltar un respingo de sorpresa, sus ojos subiendo a ver a la persona que habia entrado a su cuarto, congelándose.

Al parecer el encuentro habia venido como una sorpresa para los dos, porque los ojos esmeralda frente suyo lo miraban con igual o mas sorpresa, sus manos apretándose en la bandeja que llevaba. Si, sabia que se iba a encontrar con Arthur en algún punto, de hecho, por eso habia venido, pero no se espero verlo… así.

—Francis… ¿Qué haces aquí? —fue el primero en romper el silencio, sus ojos desviándose de los azules aun sorprendidos. ¿Por qué James no le habia dicho nada sobre QUIEN era su invitado? No estaba preparado para verlo aún, gosh, no sabía si algún día se iba a sentir preparado para ver a Francis nuevamente después de todo lo que habia pasado entre ellos. —James me envió a dejarte esto— hablo sin mirarlo, pasando a dejar la bandeja de té y galletas sobre el velador, sus ojos desviándose por cortos segundos hacia la cuna en medio de la habitación con una sensación amarga en su pecho. Quería irse de allí, lo mas pronto posible, pero justo cuando se iba a voltear para regresar, Francis lo detuvo de la muñeca. Sus ojos bajaron al suelo tras sentir una corriente eléctrica en el lugar donde el mayor lo habia tocado, su cuerpo paralizándose por completo.

—Yo también tengo algo que darte— soltó la muñeca del inglés con hesitación. Los documentos habían quedado olvidados en la cama en el momento que se levantó para detenerlo, así que lanzándole una última mirada se acercó a donde estaban, tomándolos y mirándolos con pesadez una vez más antes de extendérselos al inglés. Arthur los tomó por reflejo, sus ojos subiendo a los del Frances sin comprender antes de bajar a los papeles y sentir su pecho comprimirse. Era la renuncia de su custodia sobre su hija. —Te doy dos meses para firmarlos. Es lo máximo que te puedo dar— hablo de manera firme, sin mirarlo. No podía mirarlo en ese momento. Arthur apretó inconscientemente los documentos en sus manos, no sabía porque su garganta dolía tanto. ¿Por qué sus ojos estaban empezando a humedecerse? No lo comprendía.

En ese momento un sollozo interrumpió el silencio tenso en el que se habia sumido la habitación. Los suaves sollozos se volvieron llanto en poco tiempo. Francis caminó rápido hacia la cuna, tomando a la bebé en brazos y arrullándola suavemente para calmarla. Arthur no se atrevió a voltear, no se atrevió a ver. Sus manos seguían apretando los documentos que Francis le habia dado segundos atrás, sus ojos fijos en algún punto vacío de la habitación. Podía sentir su corazón palpitando en sus orejas, bloqueando todo sonido a su alrededor. ¿Por qué… se sentía tan mal?

—Tiene hambre… Shh…espera un poco, ma fille (mi niña)— susurro Francis besando su frente y limpiando las lágrimas de sus mejillas. — Necesito calentar su biberón, ¿Dónde está la cocina? — pregunto subiendo a mirar a Arthur, pero, él estaba…

—Al final del pasillo, a la izquierda— escucho las instrucciones antes de que pudiera poner su dedo en el estado del menor cuando regreso a verlo. Arthur contestó de manera automática, su voz apenas audible. Francis asintió, saliendo de la habitación no sin antes mandar una mirada preocupada en dirección del inglés, pero en ese momento solo podía enfocarse en la pequeña en sus brazos.

En poco tiempo llego a la cocina de la casa donde Mary lo recibió con una sonrisa junto a James, ayudándolo a calentar la leche para su bebé mientras él la arrullaba en brazos, besando su frente y mejillas con cariño. Cuando ya tuvo el biberón a la temperatura perfecta comenzó a alimentar a Annabelle mientras charlaba ligeramente con sus dos anfitriones, su atención bajando de vez en cuando a la pequeña que tomaba su leche con los ojos cerrados, sus manitos abriéndose y cerrándose alrededor de la botella, era simplemente adorable. Y cuando esos ojos azules claros subían a los suyos no podía hacer más que sonreír, acariciando la cabecita de su pequeña con cariño.

Cuando su bebé termino de comer se excusó de la cocina, saliendo hacia el patio de la casa mientras daba pequeñas palmaditas en la espalda de su hija para sacarle todos los gases que pudiera tener y que después su estomago no duela. Cuando abrió las puertas que daban al patio sintió la ola de calor antes de que sus ojos cayeran en la figura apoyada contra un gran árbol, un cigarrillo entre sus labios siendo sostenido con un ligero temblor casi imperceptible, pero lo pudo notar. En el momento en el que los ojos esmeralda cayeron en los suyos y la bebe en sus brazos apago enseguida el cigarrillo, vergüenza y culpabilidad tintando su mirada. Francis solo suspiro, manteniendo su distancia para proteger a su hija.

—¿Qué haces aquí? —vino la pregunta ronca del inglés, sus brazos cruzándose alrededor de si mismo antes de desviar su mirada. No podía verlo a la cara, no después de lo que habia estado haciendo.

—Vine a pescar— respondió simple, aun palmeando la espalda de su pequeña con suavidad. Sus ojos se dirigieron por breves segundos al cigarrillo ahora abandonado en el piso con decepción, pero sentía que no era su lugar el decir nada ni reclamarle sobre eso, pese a que, oh dios, tenia tantas ganas de hacerlo. Su sangre habia hervido apenas notó lo que Arthur estaba haciendo, sin embargo, por el bien de Annabelle se mantuvo calmo.

— ¿Con una recién nacida?

—No podía dejarla abandonada, no tengo el corazón para hacer eso— respondió con crudeza, el enojo y decepción perceptibles en su voz, pero su tono era calmado para no disturbar a su bebé. Arthur sintió esas palabras como un golpe al estómago, pero mantuvo su voz estable.

—Está demasiado caliente para salir— Francis suspiro. Era verdad, era demasiado caliente para que Annabelle pasara mucho tiempo afuera, por eso no podía llevarla con James y consigo a pescar. Además, sentía que necesitaba un pequeño descanso.

—Voy a ir cuando se quede dormida— Arthur alzo a mirarlo instintivamente cuando escucho pequeños balbuceos de la bebé. Annabelle había comenzado a soltar pequeños sonidos infantiles, sus manos abriéndose y cerrándose en el cabello de su papá, por suerte esta vez sin jalar. Francis bajo a sonreírle, dándole un grande beso en la frente y diciéndole lo hermosa y preciada que era, cuanto la amaba. Arthur bajo su cabeza sintiéndose fuera de lugar en esa escena, no soportaba ver como Francis la trataba como si fuera lo más preciado para él. Su estómago se encogió en… celos ¿Por qué estaba sintiendo celos? No lo entendía. Solo quería que eso se terminara, que desapareciera. El sonido de la voz de su hija debería causarle emoción, debería amarlo, pero lo único que quería en ese momento era dejar de escucharlo. —Voy a acostarla, parece que ya está con sueño—habló al darse cuenta de la incomodidad del inglés. Reconocía el sentimiento tras sus ojos, y pese a que se le hacía absurdo, sabía que era un miedo verdadero. Tenía ganas de acercarse, tomar su mano y asegurarle que todo estaba bien, pero no sabía cómo. También dudaba que Arthur le dejara acercarse. —Me voy…— hablo con un suspiro, volteando a ver al inglés una vez más antes de entrar a la casa de nuevo. Arthur sintió su cabeza doler minutos después de que el francés se fuera. Saco otro cigarrillo y su encendedor de su bolsillo, prendiéndolo con las manos temblorosas y llevándoselo enseguida a los labios para poder sentir una vez más la nicotina calmando sus nervios. Se sentía asqueado, se sentía tan asqueado consigo mismo ¿Qué estaba haciendo?

•••

El agudo sonido de llanto fue lo primero que escuchó al entrar a la casa. Había salido a caminar media hora después de que Francis se fue con James. Estaba seguro de que se había demorado alrededor de una hora, así que Francis ya debería haber regresado. ¿Por qué la bebé seguía llorando? ¿Por qué no escuchaba nada de movimiento dentro de la habitación donde el francés la había dejado? Con curiosidad se acercó a la puerta y la abrió con hesitación, dejando escapar un suspiro de tanto alivio como decepción. Francis no estaba ahí, y el llanto de la bebé incrementaba cada segundo en volumen. Su cabeza estaba comenzando a doler por el sonido. Mary y James tampoco estaban en casa, no sabía qué hacer, no tenía nadie que le pudiera ayudar.

Inconscientemente sus pies lo fueron acercando a la cuna en el centro de la habitación, algo en su interior pidiéndolo que calmara su llanto y cuidara de ella, pero otra parte de él le gritaba que se alejara. Sin embargo, cuando estuvo lo suficientemente cerca para ver el rostro empapado de lágrimas de la recién nacida no pudo evitar tomarla en brazos para calmarla. Su pecho latió con fuerza, ansiedad e inseguridad apretando su respiración. Era la primera vez que la cargaba, la primera vez que la veía por completo. Era… tan pequeña, tan parecida a Francis que su estómago se revolvió de manera desagradable. Era… era hermosa, lo sabía, pero entonces ¿Por qué? ¿Por qué se sentía tan mal al verla?

Miles de pensamientos negativos se empezaban a formar en su mente al sentir el pequeño cuerpo caliente contra el suyo, las lágrimas mojar su camisa y el llanto perforando sus orejas. ¿Por qué no podía callarla? No sabía que quería. ¿Le estaba haciendo daño? ¿estaba enferma? Sus manos comenzaron a temblar en ansiedad. Fuck…

—H—hey, shhh— intento mecerla un poco, acariciando la espalda de la bebé contra su hombro y respirar. Tenía que respirar. ¿Necesitaba comida, cambio de pañales, jugar? No lo sabía, no podía entenderla. Con desesperación unió sus ojos con los azules empapados de la pequeña, segundos después volviéndola a apoyar contra su pecho con un gruñido. Gosh, se estaba empezando a irritar. No sabía qué hacer. — Está bien, está bien…— empezó a repetir cuando el llanto de la pequeña incrementó al sentir la hostilidad. Sus pies lo comenzaron a llevar por círculos en la habitación, meciendo a la bebé contra su pecho en un intento de calmarla, aunque sea un poco.

Sentía ganas de llorar. Era su hija, debería saber que era lo que necesitaba, debería poder sentir si ella tenía hambre, o si algo le dolía, si estaba enferma, pero no… no podía. Era su hija, pero se sentía como estar cargando a la bebé de un extraño, no la sentía como suya…

—Oh, estas cuidando de la bebé— esa voz somnolienta tras suyo lo hizo parar en seco. Lentamente volteo, sus ojos topándose con los curiosos de la pequeña de ocho años en el umbral. Parecía recién haber despertado de su siesta, y con los chillidos de Annabelle no le sorprendía.

—Solo… quiero calmarla un poco hasta que su papá regrese— contesto encogiéndose de hombros, sintiendo culpa, como si estuviese haciendo algo que no debería, pero ¿Por qué? Era su hija, no debería sentirse culpable por sostenerla entre sus brazos. Su cabeza dolía. Todo… todo era tan confuso.

— ¿Él es su papa entonces? ¿Se pelearon? ¿Por qué él se llevó a Annie? —las preguntas curiosas de la niña lo tomaron desprevenido, su paso deteniéndose una vez más, su mirada bajando a la bebé en su hombro por breves segundos antes de caer al piso, el llanto de Annabelle pasando a pequeños sollozos y gimoteos. Ahora… lo comprendía un poco. Se sentía culpable con ella.

—Porque yo cometí un error… porque la iba a dar en adopción— inconscientemente su mano subió a acariciar la espalda de la bebé en una disculpa.

— ¿Por qué no la quieres? —la pregunta llegó con un tono triste, los ojos de la niña buscando los suyos por una respuesta. Annie era tan hermosa que no sabía porque Arthie no la quería.

—Porque le puedo hacer daño— la manera en la que el llanto de Annabelle lo irritaba, lo rápido que podía perder su temperamento con ella, los pensamientos que surgían en su mente de hacer cualquier cosa para callarla lo aterraban. Los pensamientos furtivos de lastimarla apareciendo en su mente lo estaban matando por dentro. No confiaba en si mismo, no confiaba en ser un buen padre, ni siquiera podía comprender que era lo que su hija quería.

—Pero no le estás haciendo daño— no, no le estaba haciendo daño en ese momento, pero…

—En el futuro… — suspiró. ¿Qué hacía explicándole a una niña de ocho años el motivo de sus acciones? —eres demasiado joven para entenderlo.

—O tal vez, no es verdad. El abandono es el peor dolor que le puedes causar a alguien— esas palabras lo tomaron desprevenido, sus ojos bajando a los de la menor con sorpresa. Su pecho dolía. Esas palabras se sentían tan ciertas, sintió sus ojos empezar a humedecerse, pero antes de que pudiera responder algo el sonido de la puerta abrirse y pasos lo detuvieron.

—Regresamos— sonó la voz de James desde el pasillo fue la única advertencia que recibió antes de que Rose saliera corriendo de la habitación en busca de su papá y Francis se asomara en el umbral, revolviendo el cabello de la niña antes de dejarla continuar su camino y subir a mirarlo, sus ojos azules chocando con los suyos antes de bajar a la bebe apoyada sobre su pecho, pequeños sollozos aun escapando su cuerpecito. Annabelle al ver a su papá empezó a llorar con fuerza nuevamente, sus bracitos extendiéndose hacia él con desesperación.

—Francis, yo…— se congelo por completo, sus ojos bajando al suelo con culpabilidad. El ver a su hija querer alejarse de él había dolido, demasiado. Él no era la persona que ella necesitaba. —Lo siento…— no debería haber entrado a ese cuarto, no debería haberla cargado en brazos. ¿Y si la había lastimado sin darse cuenta? ¿y si algo había hecho mal?

Francis suspiro al ver el conflicto de emociones pasando por los ojos verdes de su ex, como sus manos temblaban ligeramente. A paso lento se acercó, tomando a la bebé de sus brazos con suavidad, sin ninguna resistencia de parte del inglés. Con cuidado acomodó la cabeza de la pequeña contra pecho, dejando que el latir de su corazón la calmara poco a poco antes de mirar al menor con suavidad y comprensión.

—Gracias por cuidar de ella mientras no estaba, Arthur— ante la mención de su nombre los ojos verdes se alzaron a los suyos, solo para caer al suelo con incomodidad segundos después. La tensión entre ellos era palpable. —Necesitas un cambio de pañal, verdad ¿ma petite (mi pequeña)? —acaricio la mejilla de su pequeña, tomando un pañal de su maleta de viaje antes de acostarla sobre una toalla doblada en la cama. Tras estar en un pañal y ropa limpia la bebé se calmó por completo, sus ojos curiosos posándose en la figura inmóvil del inglés en medio de la habitación. Francis siguió la mirada de su hija, otro suspiro saliendo de su boca sin saber que hacer. Podía reconocer las señales, el ataque de ansiedad que el menor había tenido hace pocos minutos no le paso por desprevenido, pero no sabía qué hacer para ayudarlo. No sabía cómo acercarse, que estaba bien, o que era demasiado. Tomó una vez más a su niña en brazos, caminando hacia el inglés con paso suave, poniendo una mano en su hombro con cuidado de inquietarlo lo menos posible. —Arthur… — intento llamarlo, pero enseguida una mano subió a apartar la suya de un golpe.

—No me toques— gritó retrocediendo dos pasos, sus ojos humedecidos subiendo a los del mayor con enojo, sus brazos envolviéndose alrededor de sí mismo en un intento de encontrar estabilidad. Sus ojos subieron por breves segundos a la bebé en brazos de Francis antes de bajar al piso, sus puños apretándose con fuerza. —Yo… no puedo verla— una lagrima rebelde resbalo por su mejilla, y enseguida la limpio de manera agresiva con su antebrazo. Sentía que se estaba sofocando. —No puedo, no la quiero ver… no la quiero volver a ver, la odio.

Francis se congeló al escucharlo. Inconscientemente abrazo más a su bebe contra su pecho. Sus ojos empezaron a escocer, pero sabia que Arthur no lo decía en serio, por lo menos eso era lo que quería pensar.

—Arthur— intento acercarse, pero el menor se tensó aún más. Annabelle sintiendo la atmosfera en la habitación empezó a gimotear, sus manitos apretándose en la camisa de su papá. Francis la arrullo para calmarla, sus ojos aun fijos en Arthur. Pero… no sabía qué hacer. —Me iré mañana por la mañana— susurro lo suficientemente alto como para que el inglés lo escuchara. —En dos meses…

—No regreses… no quiero que regreses— lo interrumpió, su voz saliendo firme y fría pese que por dentro se estaba rompiendo. No podía seguir en ese lugar más tiempo, sentía que se iba a morir. Con un gran dolor en su pecho comenzó a caminar a la salida, sabiendo que tal vez, esa sería la última vez que vería a Francis. Por mucho que le doliera y quisiera regresar a los brazos de ese hombre que, pese a todo, seguía amando, se forzó a continuar y salir de ese lugar.

—Envíame los papeles por correo— hablo Francis con amargura cuando Arthur llego al umbral de la habitación, su paso deteniéndose tan solo unos segundos antes de asentir.

—Lo haré— murmuro sin siquiera voltear a verlo, sus pies llevándolo de ese lugar lo más rápido que podía, deteniéndose solo cuando estuvo a salvo dentro de su habitación. ¿Qué diablos habia acabado de hacer?

•••

Terminó de empacar todo, no tenía muchas pertenencias. Apenas había llegado a esa ciudad con una mochila y tres cambios de ropa que resultaron ser inútiles hasta ese último mes. Había logrado bajar de peso gracias a la rutina extrema de ejercicio a la que se había sometido desde que salió del hospital. Esos días, era lo único que lograba mantenerlo cuerdo.

Suspiró, su vista viajando al papel encima de su velador. Era lo único que le faltaba meter en su maleta. El plazo de tiempo que Francis le había dado se había acabado hace más de una semana. No supo cómo el tiempo había pasado tan rápido y tan lento al mismo tiempo. En esos dos meses no recordaba cuantas veces había leído esos papeles, cuantas veces los había arrugado entre sus manos y cuantas lagrimas había derramado sobre el espacio en blanco donde debería ir su firma. Pero… en todo ese tiempo, no se había atrevido a hacerlo.

Era solo una firma, pero el momento en el que tomaba la pluma para hacerlo, su cuerpo se congelaba por completo. No entendía por qué… ¿Por qué no podía dejarla ir? No la quería… no la quería en su vida, había dicho que la odiaba, entonces ¿Por qué?

"Porque ella era el único lazo que lo unía a Francis. Era la única excusa que podía usar para verlo, tan solo una vez más."

Fuck… no, eso no era verdad. ¿Por qué no se podía callar?

Habían pasado ya más de tres meses desde que dio a luz, pero la sensación de malestar y nauseas que sentía cuando tocaba su vientre seguía sin desaparecer. Aún era doloroso… recordar todo lo que había pasado, recordar que algún día tuvo a un ser vivo en su interior. El recordar que tenía una hija era un pensamiento que aun parecía demasiado lejano e irreal en su cabeza.

Suspiró. No podía seguir en ese lugar por siempre, abusando de la hospitalidad de la familia que lo había recibido de brazos abiertos. Como James le había dicho, tenía que retomar su vida. Con un último suspiro salió de su cuarto, dirigiéndose al comedor de la casa donde todos estaban desayunando para empezar el día. Con un carraspeo de su garganta llamo la atención de las tres personas ahí dentro.

—Muchas gracias por tenerme aquí hasta ahora —agachó su cabeza en agradecimiento. Rose apenas lo vio corrió hacia él.

—No te vayas Arthie— se agarró de su pierna la pequeña, mirándolo con suplica. Los dos adultos se levantaron también, acercándose con sonrisas tristes. Sabían que ese día llegaría, pero aun así ver al chico que se había vuelto como parte de su familia en los cortos meses que había vivido con ellos irse llenaba sus corazones de tristeza.

—Vendré a visitar en cuanto pueda ¿sí? —se agachó a la altura de la niña, esbozando una sonrisa para calmarla. Rose asintió, extendiendo su dedo en una señal de promesa que Arthur no rechazó.

— ¿Vas a ver a tu bebé? —pregunto después de separar su meñique del de Arthur, sus ojos inocentes brillando con emoción. Arthur agacho su mirada, no habia esperado escuchar esa pregunta, pero, su pecho se apretó. Su bebé… no sabía si quería verla o no. Si solo iba a enviarle los papeles a Francis de manera impersonal o ver a Annabelle una vez más antes de decirle adiós por siempre. No sabía si iba a ser capaz de soportarlo. James al notar la incomodidad en su postura tomo la mano de su hija para llevarla de allí, mandándole una mirada apologética al menor.

—Ven Rose, debes alistarte para ir a clases.

—No quiero despedirme de Arthie—protesto plantando sus pies lo más fuerte posible en el piso para no ser movida por su padre. El hombre soltó un suspiro, tomándola en brazos desprevenida pese a las quejas y pedidos de la pequeña. Mary negó con la cabeza antes de regresar una vez más a Arthur, su sonrisa decayendo tan solo un poco. Iba a ser difícil decirle adiós, pero era lo mejor.

—Ten mucho cuidado en el camino de regreso— pidió tocando su cabello como si fuese un hijo más. Arthur suspiro bajo su toque, le recordaba al de su madre, y de cierta manera, en el poco tiempo que había pasado allí, había comenzado a ver a Mary como una figura materna que había extrañado tener durante gran parte de su vida. — No dejes que el miedo siga controlando tu vida, dear, no quiero que vivas tu vida arrepintiéndote por cosas que pudiste haber hecho, pero no lo hiciste por el miedo de lo que podría salir mal— esas palabras lo tomaron desprevenido. Sus ojos subieron a los cálidos de la mujer en una pregunta, pero de cierta manera, entendía a lo que se refería.

—Gracias Mary…

—Ven a visitarnos cuando puedas. —sonrió revolviendo su cabello de forma cariñosa una vez más antes de envolverlo en un fuerte abrazo.

—Lo haré— aseguró correspondiendo el contacto. Al separarse la mujer lo guío a la salida de la casa, despidiéndolo con un agitar de su mano cuando comenzó a caminar la ruta hacia la estación donde sabía que en pocos minutos el bus que lo llevaría a Londres estaría esperando.

El viaje fue largo y poco placentero, pero tras cuatro buses y seis horas de viaje por fin llego a la ciudad que hace más de siete meses no había visto. El primer lugar que visitó fue la tumba de su hermano. Dejo allí un ramo de flores que había comprado en el camino, soltando un suspiro al darse cuenta de lo bien mantenido que estaba ese lugar. De seguro era obra de Francis…

Sus dedos se pasaron con delicadeza por el mármol tallado. En dos semanas serian nueve meses desde la muerte de su hermano. El tiempo había pasado tan rápido, y aun no podía asimilar que él ya no estuviese a su lado, que la única familia que le quedaba hubiese fallecido. Por su culpa…

Había intentado tantas veces el no culparse, pero, cada vez que recordaba el día en el que le había gritado a Scott, la manera en la que lo había tratado, las lágrimas y la culpa no dejaban de invadirlo. ¿Cómo era posible que no fuera su culpa? ¿Por qué todos parecían tan dispuestos en hacer que no se culpara a si mismo? No lo entendía.

—Te extraño, hermano, lo siento por haber tardado tanto… — susurró con la voz rota. Carraspeo su garganta y miro al cielo en un intento de calmar las emociones que apretaban su pecho. Ya mismo oscurecía, tenía que irse de allí. Estaba cansado por viaje y en ese momento lo único que quería hacer era tirarse sobre una superficie suave y dormir hasta el día siguiente. Con una última mirada a la tumba de Scott se fue de allí a paso lento, sus pies llevándolo hacia un lugar seguro al que no había ido en dos años, pero en el que sabía que iba a poder descansar.

Media hora de caminata lo llevo frente a la puerta de su antiguo departamento, ese en el que había vivido la mayoría de su vida adulta hasta que los problemas cardiacos de Scott comenzaron. Ahora, ese lugar permanecía abandonado. Sus dedos marcaron el código de cinco dígitos engravado en su memoria y la puerta se abrió, dándole paso al lugar. Todo estaba tal como lo recordaba. El pasillo vacío de toda decoración, la cocina y comedor con electrodomésticos que seguramente ya no funcionaban, sin muchos muebles que lucir. Era un lugar simple para una persona, un solo baño y una habitación con un pequeño balcón adjunto. Era poco, pero suficiente.

Su cama contaba tan solo con un colchón, pero en ese momento, no le podía importar menos. Dejo su mochila en cualquier parte del piso en la que haya caído y se tiró en su cama con cansancio, ignorando la ligera picazón en su nariz por el polvo. Ahora… iba a vivir ahí. Iba a intentar rehacer su vida en ese lugar. Gosh… ni siquiera sabía que iba a hacer. Estaba en la mitad de sus treinta, desempleado, no tenía familia, su único amigo lo iba a matar cuando lo viera, estaba en una situación demasiado complicada con su ex, y tenía demasiados asuntos legales que atender con los que no tenía ganas de lidiar. Para empezar… ni siquiera tenía su teléfono.

Con un gruñido se encogió en la cama, abrazando sus rodillas contra su pecho en frustración. Lo primero que debía hacer el día siguiente era ir a ver su teléfono de una vez por todas en el lugar donde lo había abandonado. Pero hasta eso, solo intentaría dormir y olvidar toda la montaña de problemas con los que debería lidiar en esos días. Solo… solo por hoy se permitiría no pensar en nada.

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Ocho meses después volvía a pisar ese lugar, la estación donde había trabajado la mayor parte de su vida. Era viernes en la noche, el día en el que todos sus ex compañeros de equipo tenían turno matutino, así que esperaba no toparse con nadie allí. Sabiendo ya el camino de memoria, paso al cuarto donde estaban los lockers y vestidores intentando no toparse con nadie que conociera. Apenas llego a su destino soltó un suspiro, sus ojos fijándose en el antiguo locker que había usado por más de ocho años. Sus dedos se pasaron por la placa que aún tenía grabado su nombre con nostalgia. Extrañaba a sus compañeros, y por mucho que se hubiese quejado en el pasado, extrañaba trabajar ahí.

Negó con la cabeza, ese no era el tiempo para pensar en esas cosas. Con un último suspiro saco la llave guardada en su bolsillo y abrió la puerta de su locker, esperando encontrar todo lo que dejo allí intacto, y así fue. Ahí estaba, su celular, las llaves de su antigua casa y su carro, tal y como los había dejado meses atrás.

—Arthur…— la voz gruesa tras suyo lo congeló en su lugar. Con lentitud volteo a ver a la persona que había entrado. Sus ojos chocaron con los azules claros del hombre frente a él, sin saber que decir o como proceder. ¿Qué hacía ahí tan temprano?

—Ludwig… vine a ver algunas de las cosas que dejé aquí— explicó desviando la mirada, tomando su celular y llaves con rapidez en un intento de que el alemán no lo hubiese visto, pero sabía que probablemente, era muy tarde. Tenía que salir de allí. Cerro el locker con más fuerza de la necesaria, preparándose para salir con el paso más rápido posible, pero esa voz lo interrumpió una vez más.

— ¿Qué estás haciendo? —la pregunta lo detuvo en seco, sus ojos subiendo una vez más a los del alemán sin comprender a que se refería, pero con un amargo presentimiento. Ludwig suspiró, mirándolo de pies a cabeza con los brazos cruzados y el ceño ligeramente fruncido.

¿Pardon?

—¿Acaso no te importan Francis o tu hija? ¿Por qué sigues huyendo? — refraseó su pregunta, inmovilizando al inglés con su mirada. Una sola mirada a los ojos de Ludwig le dijo que él lo sabía todo. No sabía cómo, o quien le había contado. Pero ese no era su problema, Ludwig no parecía del tipo de meterse en los asuntos de los demás, entonces, ¿Por qué? Chasqueo su lengua con molestia, él era la última persona de la que necesitaba ser sermoneado.

—No estoy huyendo, Francis y Annabelle, es mejor si me alejo de ellos. —contesto cortante, preparándose para salir de allí a la fuerza de ser necesario. No quería y no tenía ganas de hablar con Ludwig sobre su vida personal.

—Deja de mentirte a ti mismo— antes de que pudiera decir algo para defenderse o negarlo, el alemán lo cortó. — El dolor de perder a la persona que más amas, no se lo deseo a nadie. Él está vivo, tu hija está viva. — esas palabras hicieron que el aire se cortara en su garganta. Sorprendido subió a ver al alemán, notando la tristeza y el arrepentimiento en sus ojos. El dolor de los recuerdos estaba grabado en sus ojos azules, y eso lo hizo relajar su postura defensiva con pesadez. —Ver a mi hermano perder a su hijo fue una de las peores cosas que pude experimentar en mi vida. Ver morir a mi esposa, perderme meses de la vida de mi hijo por mi egoísmo — un silencio tenso se formó entre los dos cuando procesó esas palabras, sus hombros antes tensos cayendo por completo.

No… no podía ni imaginárselo. Sus ojos se humedecieron ante el solo pensamiento de perder a Francis, lo aterraba. El pensamiento de que algo le pasara, de no poder volverlo a ver nunca más, escuchar su voz, ver su sonrisa, como a su hermano. No podía perder a alguien más, no iba a poder soportarlo. Su bebé… ¿Cuántos días y meses de su vida se había perdido? Su primera sonrisa, su primera risa, su primer baño, verla crecer a un paso exorbitante… se lo había perdido todo. ¿Por qué? ¿Por qué tenía miedo? Tal vez si era lo que Ludwig decía, si era un cobarde.

—Se que tu situación y la mía no son las mismas, pero… No dejes que el egoísmo y el miedo te quite todo lo que tienes, Arthur. — pidió el alemán relajando su postura al notar los sentimientos en los ojos del otro. Con un suspiro se giró para salir de allí, antes dándole una pequeña palmada en el hombro al inglés. No tenía que más decir en esa situación, ahora todo dependía de Arthur.

Cuando la puerta se cerró se dejó caer, soltando el aire que había estado conteniendo en un jadeo. Sus brazos abrazaron sus piernas en un intento de no romper en llanto. El pensamiento de hacerle daño a Francis o a Annabelle dolía, pero el de perderlos era agonizante. Decidió alejarse porque no quería hacerles daño, porque los amaba, pero ¿si los perdía? ¿si algo les pasaba y nunca más los volvía a ver? La culpa y el arrepentimiento no lo dejarían vivir.

Su respiración se estaba empezando a acelerar con ansiedad. El miedo en su interior nunca había sido tan real, las imágenes creadas en su mente atormentándolo de tal manera que tuvo que jalar su cabello para mantenerse cuerdo. Un accidente podía pasar en cuestión de segundos. Francis… debía verlo, solo una vez más debía verlo, para calmar su corazón. No quería perderlo.

•••

—Vamos petite, tienes que dormir un poco ¿oui? —pidió acariciando pequeños círculos en la espalda de su bebé, caminando de un lado al otro de la habitación con suavidad en un intento de hacer que el llanto se calmara. Todas las noches eran una batalla con Annabelle. Su hija odiaba la hora de dormir. Pese a que estuviese cansada y sus ojitos estuviesen a nada de cerrarse, apenas intentaba ponerla en la cuna el drama empezaba. A veces cuando el drama de Annabelle lo ganaba la dejaba dormir en su cama, pero sabía que no era bueno acostumbrarla a eso y también podía ser peligroso para ella.

Así que ahí se encontraban en ese momento, en la lucha eterna entre él y Annabelle. El también necesitaba dormir, tan solo un poco. El cuidar de su recién nacida estaba matando su salud física y mental. Tan solo había podido tener cuatro horas de sueño entre el cuidar de Annabelle, su trabajo y su salud. No sabía cómo iba a poder continuar haciendo todo solo, sentía que estaba a pocos segundos de caer a sus rodillas rendido y llorar. Sacrebleu, ni siquiera había tenido tiempo para afeitarse, se veía como un completo desastre así que había decidido evitar todo espejo posible en su casa.

El timbre de su departamento sumado más el aumento de volumen en el llanto de Annabelle hizo que quisiera maldecir a cualquier persona que se había atrevido a tocar a esas horas de la noche.

Shh ma fille (mi niña), shh— besó su frente y mejillas, arrullándola en sus brazos para calmar su llanto, pero en ese momento el timbre sonó una vez más y Annabelle volvió a llorar con más fuerza. Merde…

Con rapidez alzo a ver al reloj de la habitación, para después revisar su teléfono en el caso de que el viaje de Clarie se hubiese acabado antes de lo esperado, pero no tenía ningún mensaje de su hermana. Entonces ¿Quién podía ser? Con un suspiro dejó a la pequeña en su cuna, debía ir a ver quién era antes de que el timbre empeorara el llanto de su recién nacida nuevamente. Tan solo la iba a dejar unos segundos, no se tardaría en volver a su lado.

Sin desperdiciar ni un segundo más se puso su bata de dormir y pantuflas antes de acercarse a la entrada del departamento, abriendo la puerta sin más.

De todas las personas que se pudo haber encontrado en ese momento, la que estaba frente suyo lo tomó totalmente por desprevenido. Sus ojos se agrandaron incrédulos y miles de emociones cruzaron por ellos, desde sorpresa hasta detenerse en enojo, amargura y preocupación. Podía notar el tono rojizo de sus ojos, pero ¿Por qué?

—Arthur ¿Qué haces aquí? —su ceño se frunció, mirando al hombre frente a él de pies a cabeza sin saber que esperar. Su mente enseguida salto al peor escenario. ¿Acaso había venido a entregarle los papeles de la custodia de su hija? Si era así, ¿porque a esa hora? Se cruzo de brazos esperando una respuesta con impaciencia, no tenía tiempo, debía ir a ver a Annabelle.

—Lo siento…— fueron las primeras palabras que salieron de los labios del menor, sus ojos fijos en el piso sin atreverse a mirarlo. Francis suavizo su postura al escucharlo. —Yo… solo— en ese momento el llanto de la recién nacida incrementó, haciendo que los dos adultos pudieran escucharla desde la entrada de la casa. La tensión crecía a medida que el llanto de la bebé continuaba. Francis chasqueo la lengua con un deje de irritación, volteando para regresar al cuarto de su hija. No podía seguir desperdiciando tiempo ahí, tenía que calmarla, pero, antes de que pudiera dar un paso, una mano en su manga lo detuvo. Con el ceño ligeramente fruncido volteo a ver expectante al inglés, no sabía porque había llegado a su casa en medio de la noche sin aviso previo, pero no podía dejar que intervenga cuando tenía que cuidar de la bebé que él había abandonado. —¿Puedo verla? —la pregunta lo tomo por sorpresa. Una de sus cejas se alzó y sus ojos buscaron los verdes del menor por una explicación, pero antes de que pudiera preguntar "¿Por qué?" el llanto de Annabelle los interrumpió una vez más. Suspiró. No había más remedio, y tampoco podía negárselo.

Entro hesitante a la habitación, acercándose a la cuna inseguro de cómo iba a reaccionar al ver a su hija después de tanto tiempo. Tenía miedo de lo que pudiera pasar, pero siguiendo el consejo de Mary de no dejar que el miedo siguiera controlando su vida, continúo acercándose hasta que la pudo ver.

Mejillas rojas por el llanto, sus manos y pies agitándose en cólera, pero, aun así, su pecho se encogió en su hermosura. Regresó a ver a Francis por breves segundos con una pregunta en sus ojos, y cuando el mayor asintió, estiró sus brazos para tomar a la bebé.

Un jadeo ahogado salió de su boca cuando una sensación cálida recorrió su cuerpo. Esa era su hija, su bebé, la pequeña que había crecido en su interior, continúo repitiéndose eso en su cabeza, esa era su hija. Debía amarla, tenía que amarla. Annabelle continúo llorando en sus brazos, sus ojos buscando a la cara de su papá.

Hey, darling (cariño)… Shh— intento calmarla, meciéndola en su pecho con cariño, pero ella no lo reconocía. Su garganta se apretó. Su hija no lo reconocía. Besó la cabeza de su bebé, intentando calmar las emociones negativas en su interior y trasmitirle cuando le amaba en ese pequeño gesto, su mano acariciando su pequeña espalda con cariño. Annabelle se empezó a calmar poco a poco, sus manitos aferrándose a su ropa, causando que su corazón de un vuelco.

Francis se quedó observando desde el umbral de la puerta, listo para intervenir en caso de que algo saliera mal o que su bebé necesitara algo. Su postura sin embargo se suavizo al ver la delicadeza y cariño con el que Arthur estaba tratando a su pequeña. Dentro de poco pudo notar como el sueño por fin había ganado y ahora su hija se había quedado dormida en brazos de Arthur, sus manitos cerrándose y abriéndose inconscientemente en su sueño. Ya era hora de acostarla.

Im so sorry, princess (lo siento tanto, princesa)— susurro Arthur sintiendo sus ojos comenzar a humedecerse. ¿Cómo es que había tan solo pensado en abandonarla? ¿Cómo es que habia gritado que la odiaba? La apretó contra su pecho cuando sintió a Francis acercarse, no quería que se la quitara, quería sostenerla tan solo un poco más. El francés se detuvo al darse cuenta de la postura defensiva del menor, suspirando sin saber que estaba pasando. Su cabeza comenzaba a doler y la irritabilidad le estaba cobrando todas las noches sin dormir bien que había pasado. No estaba de muy buen humor en ese momento…

— ¿Por qué viniste, Arthur? —preguntó aun así intentando ser paciente, fregándose la sien en un intento de calmar el tumbar de su cabeza. Meses atrás Arthur le había dicho que no quería volver a verlo, que no podía ver a Annabelle, que no la odiaba, entonces ¿Por qué estaba ahí? Su respuesta llego cuando el menor sacó unos papeles doblados de su bolsillo, extendiéndoselos sin mirarlo. Francis sintió su estomago revolverse, sabía lo que eran.

—No puedo firmarlos— esa declaración lo tomo por sorpresa, pero al mismo tiempo no. Esa respuesta era lo que había estado anhelando, sin embargo, continuó mirando a Arthur en busca de una razón. —Es mi hija, no puedo separarme de su lado. Fue un error… todo lo que hice. Un error del que me arrepentiré toda mi vida, pero no puedo abandonarla Francis. Iré a la corte si es necesario, haré lo que quieras, pero no me la quites— rogó subiendo a mirarlo con suplica en sus ojos, apretando a la bebé con miedo de perderla una vez más.

—No lo haré — aseguró dejando sus hombros caer, sin ganas ni energía para discutir o hablar en ese momento. Una vez más se acercó a Arthur, esta vez pudiendo tomar a Annabelle sin ninguna resistencia. Con cuidado camino hacia la cuna de su bebé, acostándola suavemente para no levantarla.

Arthur solo se quedó ahí, parado, su mirada clavada en el piso sin saber que hacer o decir, sin poder creer aún que Francis lo vaya a dejar ver a su bebé, que no le iba a quitar la custodia de su hija. En parte eso había aliviado un peso en su corazón, pero Francis se sentía más distante que nunca. El… lo odiaba ¿verdad?

Francis volteo a verlo con un suspiro cuando termino de arropar a su hija, su cabeza doliendo cada vez más por la falta de sueño. En ese momento, pese a que tenía a Arthur frente suyo lo único que quería hacer era dormir. Ya en la mañana lidiaría con todo, por el momento estaba demasiado cansado.

—Puedes quedarte a dormir si quieres, el cuarto de Clarie está libre, si necesitas una pijama hay una tuya en el armario de la bodega. Ya sabes dónde están las cosas. —indicó con cansancio pintando cada una de sus palabras, caminando a la salida de la habitación sin regresar a mirar al inglés.

Arthur solo asintió antes de verlo entrar a su habitación, cerrando la puerta sin cuidado alguno. En ese momento el aire que sin saber había estado conteniendo escapo de sus pulmones, su pecho dolía. Francis lo odiaba. Pero sabía que se lo merecía. Por todo lo que había hecho, por todo lo que le había dicho.

Subió sus ojos al reloj en la pared de la habitación, eran casi la una de la mañana. Con una última vista de su bebé salió de la habitación, tomando la oferta de Francis y yendo en busca de su pijama. Después de todo ya estaba demasiado tarde para regresar a su departamento.

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El olor de la comida recién preparada fue lo que lo despertó esa mañana. Aun con cansancio se forzó a si mismo a salir de la cama, mirando su reflejo en el espejo de cuerpo completo en la habitación por largos minutos. Su pantalón de pijama apenas se mantenía en su cadera, amenazando con caerse en cualquier momento. ¿Cuándo había bajado tanto de peso? El reflejo frente a él le hacía sentir enfermo.

Con baja energía comenzó a cambiarse de ropa, sintiendo como si cada pequeña prenda pesara una tonelada, pero al final, logro vestirse lo más decente que podía con la ropa del día pasado. Estaba hecho un asco.

Sacudió su cabeza en un intento de acallar todos los pensamientos negativos. No quería seguir pensando así, sabía que estaba mal, pero no se sentía bien. Arreglo el cuarto de Clarie, dejándolo como lo había encontrado la noche anterior y salió de allí, su paso pesado llevándolo a la cocina del departamento, de donde venia el olor a comida y el ruido. Francis estaba ahí.

Apenas paso el umbral que daba a la cocina, sus ojos se fijaron en la escena frente a él. Francis calentando un biberón para Annabelle mientras la bebé balbuceaba con hambre, sus ojos fijos en su papá.

—Solo espera unos minutos, petite ¿oui? —pidió agachándose a besar la mejilla de su hija antes de subir a seguir preparando el desayuno y el biberón de Annabelle, ocupando sus manos al máximo.

—Francis—llamó acercándose a la cocina, el francés tan solo asintió para hacerle saber que le estaba escuchando, sin voltear a mirarlo. — ¿Puedo ayudar? Te ves cansado— ofreció preocupándose de verdad, ya estando más de cerca y en la luz del día podía ver que tan profundas eran las ojeras bajo esos ojos azules, y pese a que parecía haberse rasurado esa mañana aun podía notar partes que no estaban con su nitidez habitual. Parecía haber envejecido tanto…

—Cuidar de una recién nacida solo es agotador— fue la respuesta amarga que obtuvo, esas palabras deteniéndolo por completo en medio de la cocina. Sus hombros cayeron en culpabilidad, sus ojos yendo a su bebé por cortos segundos antes de caer al piso.

— Lo siento… —sus palabras salieron en apenas un susurro, no confiaba en que su voz no se quebrara en ese momento. Francis volteo a verlo tras escuchar esa disculpa, tan rota y sincera que no sabía que responder. Arthur no lo miraba, sus ojos fijos en el suelo, pero su postura lo decía todo.

—Eso ya no importa, Arthur— suspiró, odiando ver al menor así, pero antes de que pudiera decir algo más, un grito en protesta de Annabelle lo distrajo. El biberón ya estaba en la temperatura adecuada, así que sin esperar más tomo a su pequeña en brazos, comenzando a alimentarla con cuidado. Arthur alzo a ver la escena con un tinte de dolor y anhelo en sus ojos. Él quería intentarlo… quería intentar el ser parte de la vida de su hija, intentar cuidarla, calmarla cuando llorara, alimentarla y mirarla de la misma manera suave y devota con la que Francis la miraba. Pese a que tenía miedo, quería intentarlo. —Debo salir en una media hora al hospital, voy a dejar a Annabelle con Alfred. —tras escuchar esas palabras, algo dentro suyo se rompió. ¿Francis la iba a dejar con… Alfred? Quería decirle que él podía cuidarla, que era su hija, el debería cuidarla. Pero al mismo tiempo ¿a quién estaba engañando?

—Entonces… me voy…— sentía que no pertenecía ahí. Francis, Annabelle… los dos parecían no necesitarlo en sus vidas. Quería recuperar su lugar, pero ¿si ese lugar no existía más? Porque después de todo esas palabras le habían dicho que Francis prefería mucho más que Alfred cuidara de Annabelle que él, él que era su madre. ¿Por qué dolía tanto?

—Arthur— una mano lo detuvo de la muñeca cuando comenzó a caminar a la salida, su cabeza gacha sin atreverse a ver a nadie. Se había quedado con la esperanza de poder cuidar a su bebé, poder pasar más tiempo con ella, pero ¿y si ella no le quería? ¿y si Francis ya no le quería? No, no debía permitirse llorar en ese momento. Intento zafarse del agarre del francés, solo quería irse de ahí, ¿Por qué no le dejaba irse? —Desayuna antes de irte— el mensaje en el pedido de Francis de "quédate un poco más", no lo pudo descifrar en ese momento, tampoco pudo reconocer la súplica en su voz. Lo único que pasaba por su cabeza en ese momento era huir. Y eso hizo.

—No tengo hambre— fue lo único que dijo antes de deshacerse del agarre y salir de allí sin mirar atrás, dejando que sus pies lo lleven lejos de ahí.

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Apenas llego a su departamento, se dejó caer en su cama con un jadeo ahogado. Lágrimas inconscientes comenzaron a resbalar por sus ojos. Se encogió sobre su cama en posición fetal, una de sus manos bajando a apoyarse sobre su vientre, ese lugar donde meses atrás había tenido a su bebé, donde podía sentirla suya. Ahora… ahora no sabía ni siquiera que estaba haciendo. Tomar a Annabelle en brazos por segunda vez había despertado un deseo en su interior, el deseo de cuidarla y tenerla a su lado, pese a que la probabilidad de hacerle daño le aterraba. Quería intentarlo, pero sentía que no era bienvenido en esa casa. Se sentía como un intruso.

No sabía cómo actuar alrededor de Francis, no sabía cómo acercarse a Annabelle. El que Francis hubiese enviado a Annabelle con Alfred en vez de dejarla con él le había dolido más de lo que se pudo imaginar. Pero… no lo culpaba. Tenía razón. Él ni siquiera sabía cómo cuidar de su hija.

Su estómago ardía. No había comido en ya casi tres días, pero… no tenía nada de apetito. Sentía que si comía cualquier cosa en ese momento iba a vomitar. Pero dolía demasiado. Con un gruñido se levantó de su cama, caminando a paso lento a la cocina y tomándose dos vasos de agua de una sola vez, sintiendo su cabeza dar vueltas, pero su estómago sentirse lleno.

Apoyándose contra el mármol de la cocina sacó su celular de su bolsillo, contemplando por varios segundos si encenderlo o no. Al final, decidió hacerlo. La pantalla brillante lastimó sus ojos por cortos segundos hasta que la familiar pantalla de inicio asomó en el dispositivo. Cientos de notificaciones empezaron a aparecer antes de que siquiera desbloqueara su teléfono. Tenía más de cincuenta llamadas perdidas de Francis, otras cincuenta de Lovino y Alfred. En total, más de doscientas llamadas perdidas asomaron en su registro, los mensajes eran más de miles, y… no quería leerlos, no tenía la fuerza para hacerlo. Sin hesitar borró todos los mensajes y llamadas que había recibido, dejando a su teléfono en blanco.

En ese momento, solo había una persona con la que quería hablar. Sus dedos se pasaron por el contacto con hesitación. Sabía que probablemente esa persona lo mandaría a la mierda, pero, aun así, marcó.

No pasaron ni dos minutos cuando la llamada fue contestada, y trago saliva.

—Lovino…— apenas el italiano escucho su voz un mar de insultos reclamos y gritos comenzaron a venir a su dirección. Separando el teléfono de su oreja para no quedarse sordo escucho todo lo que su mejor amigo tuviera que decirle, cada uno de los insultos en italiano que no comprendía, pero lo dejo desahogarse. Sabía que Lovino lo iba a matar cuando lo viera, y no lo culpaba. Pero… él era la única persona a la que podía acudir, el único en el que podía confiar todo lo que había estado sintiendo en los últimos meses. — ¿Puedo… podemos hablar?

•••

Efectivamente, el momento en el que Lovino lo vio frente a la puerta de su departamento se ganó un buen golpe en la cabeza y una llave alrededor de su cuello que le quito la respiración hasta que palmeo el brazo del italiano en rendición. Luego de que el enojo de su amigo se habia calmado, tan solo un poco, lo dejó pasar a su casa, su ceño nunca suavizándose mientras lo dirigía a la sala, donde ya dos tazas de humeante té estaban servidas. Si que lo conocía.

Con un pequeño carraspeo de su garganta se sentó en el sillón cerca de Lovino, sus manos bajando a sostener una de las tazas de té como ancla. Se sentía nervioso, no sabía que decir o como empezar. Cerca suyo estaba su mejor amigo que no habia visto en más de ocho meses, al que ni siquiera le habia dejado una nota diciendo donde iba a estar ni avisando que estaba bien todo ese tiempo, y el que en ese momento lo miraba con furia contenida. Si las miradas pudieran matar, ya estuviese muerto, de seguro.

Lovino suspiro, destensando sus hombros. Ya lo habia golpeado lo suficiente como para sentirse satisfecho consigo mismo, y si algo podía notar en la postura y ojos del ingles era que ese idiota seguía estando todo menos bien. Suspiro una vez más, esta vez de manera ruidosa para sacar a su amigo del trance en el que sabia que de seguro se habia metido, tsk.

— ¿Viste a tu hija? — Arthur asintió, su mirada aun fija en el líquido ámbar de su taza. —¿Por qué no estas con ella?

—Francis la dejo con Alfred… él aún no tiene confianza en dejarla sola conmigo— y sabia que Francis tenia la razón. Era un monstro, no podía cuidar de su hija, le podría hacer daño, era un mal padre. Ya lo habia hecho demasiado, por su culpa casi la habia perdido, por su culpa habia nacido prematura, por su culpa Francis habia tenido que lidiar con todo solo.

—Tsk, y tiene razón— mascullo cruzándose de brazos con el ceño fruncido. Arthur subió a verlo con tal dolor y desesperación en sus ojos que su postura enseguida se suavizo en preocupación. Mierda, tal vez no debía haber dicho eso.

Arthur soltó un jadeo ahogado, una de sus manos subiendo a su cabello en un intento de calmar sus emociones. No podía tener un colapso mental frente a su amigo. Mordió su labio inferior antes de suspirar, no tenia sentido el seguirle ocultando a Lovino como se sentía de verdad. Así que, intentó bajar sus barreras, intentó confiar todas sus inseguridades en él.

—No sé cómo actuar alrededor de Francis… no sé qué decir, ni que hacer. Ni siquiera sé si puedo cargar a mi hija sin su permiso— admitió apretando la taza de cerámica tan solo un poco más, sus ojos bajando al piso sin atreverse a mirar a su mejor amigo, su reacción y expresión que habia puesto al escucharlo. De seguro sonaba ridículo. Era ridículo. —Es mi hija, no debería pedir permiso para cargarla, pero… siento que perdí ese derecho hace mucho tiempo— sentía que lo habia perdido el día en el que la rechazó, cuando se negó a verla y cargarla después de nacer. No se merecía a Annabelle, por todo lo que le habia hecho.

— ¿Entonces vas a entregarle la custodia? —preguntó con un subtono de decepción y enojo en su voz.

—No, yo… —subió a ver a su amigo negando sin pensarlo ni un segundo, antes de bajar su cabeza una vez más. No quería entregarle la custodia completa a Francis, Annabelle, ella era su hija, la amaba, por mucho que a veces estar cerca de ella le atormentaba, no quería abandonarla, no nuevamente.

— ¿Entonces van a tener custodia compartida? — su boca se abrió para responder, pero, se detuvo sin saber que decir, confusión tintando sus facciones. Lovino suspiró, no era su lugar el explicar cosas legales, pero sabía bien que Arthur tenía limitadas opciones en ese momento. No sabía como estaban verdaderamente las cosas entre él y Francis, pero por lo que había escuchado, la situación era complicada. —No están casados, tampoco en una relación, ni siquiera sé si sigues amándolo, así que…

—Lo amo… lo sigo amando— lo interrumpió con sinceridad y determinación en sus palabras. Su amor por Francis era algo que no sabía si algún día se iba a acabar. Pese a todo lo que habia pasado entre ellos, su corazón no podía dejar de latir de la misma manera cada vez que lo tenía cerca, que sentía su toque, su olor. Lo amaba… —pero no sé cómo reparar nuestra relación. No sé si algún día podamos volver a como éramos antes, no creo que eso sea posible. —demasiadas cosas habían pasado entre ellos, tantas que los habia roto por completo, fragmentado su relación hasta que se volvió irreconocible. El sentimiento de culpa cada vez que miraba el reflejo de sus ojos, cada día que se levantaba y podía ver todo a su alrededor. Cada vez que se levantaba con vida y el llanto de Francis mientras intentaba revivir a su recién nacida invadía su cabeza, era agonizante.

— ¿Se lo dijiste? —la pregunta apenas se registró en su cabeza, su mente sumida en el abismo de sus pensamientos. Un pie pateando su pierna le hizo enfocarse una vez más en el hombre frente suyo. —Hazme caso, maldizione ¿Le dijiste que quieres intentar reparar las cosas entre ustedes?

—No…— porque no sabía cómo hacerlo. No tenía idea de cómo iba a ser posible reparar la relación tan rota que tenían. El peso era tanto que no sabía como volver a unirlos. Y dolía tanto. El no poder volver a envolver sus brazos alrededor de Francis, sentirlo cerca, el poder volver a mirarlo a los ojos sin sentirse culpable, el ser la única persona para él. De no ser por Annabelle todo hubiese sido más fácil…

Detuvo sus pensamientos con mortificación.

No… Annabelle no tenía la culpa de nada, su bebe no tenía la culpa de nada, ¿Por qué? ¿Por qué seguía culpándola? En ese momento quiso golpearse a sí mismo.

Ella no es tu hija, tu hija murió el día en el que nació. Por tu culpa.

No, eso no era verdad…

—Entonces ¿Qué esperas para hacerlo? Cazzo —gruño Lovino con impaciencia, su puño golpeando la mesa de centro y haciendo que el inglés de un respingo. —Si sigues perdiendo el tiempo, lo único que vas a perder es a Annabelle. Ya tiene 3 meses y no te ha visto más de dos veces, si sigues dejando pasar el tiempo, la relación con Francis no va a ser la única que vas a tener que arreglar—casi gritó, con enojo hirviendo sus venas una vez más, tenia ganas de golpearle esa terca cabeza hasta hacerlo entrar en razón. Dio, agradecía que Antonio haya accedido a llevar al bambino al parque una hora porque definitivamente no quería que su hijo presenciara un posible asesinato.

—Lovino…— el tono roto en la voz del inglés lo saco de su nube de enojo, sus ojos enseguida yendo a los de su amigo con un tinte de preocupación, quedándose paralizado cuando vio lagrimas resbalar por sus mejillas. ¿Qué diablos…? Ni siquiera había gritado tanto, ¿o sí? Merda, merda, ¿Por qué estaba llorando? ¿Qué debía hacer? —Yo… no la reconozco— ¿Huh? Parpadeo confundido sin entender a lo que se refería. ¿Reconocer…la? —A veces siento como si no fuera mi hija, sé que suena estúpido, pero tengo miedo de estar con ella— esa confesión lo tomo por desprevenido, su cuerpo sintiéndose frio de repente. No sabía que hacer o cómo reaccionar ante lo que estaba escuchando. Los hombros de Arthur habían comenzado a temblar en un intento de contener el llanto, su mirada en el suelo sin atreverse a ver a Lovino. —Tengo miedo de hacerle daño, a veces pienso en hacerle daño y no entiendo por qué. Yo… me da repulsión cuando me doy cuenta en lo que estaba pensando. No sé cómo cuidar de ella, ni siquiera sé por qué está llorando o como calmarla, yo…— estaba comenzando a hiperventilar.

—H-hey, hey, Arthur. Cálmate, cazzo— se levantó, acercándose al inglés con rapidez y tomándolo de los hombros. Maldizione, estaba teniendo un ataque de pánico, y no sabía cómo ayudarlo. Semestres de psicología comenzaron a pasar por su memoria en busca de una manera de calmar a Arthur y entender lo que estaba pasando, las palabras del inglés resonando en su cabeza. Hasta que la respuesta apareció en su mente con pesadez. Todo lo que había escuchado, la manera de comportarse de Arthur, todo cobraba sentido ahora. —Escúchame bien, bastardo. Está bien, no te culpes por lo que está pasando, o pensar en esas cosas. — habló lo más suave que pudo, forzando al menor a verlo a los ojos y prestar atención a sus palabras. Arthur abrió la boca para protestar, porque ¿Cómo iba a estar bien? ¿Cómo podía no culparse por pensar en cosas tan horrendas? pero Lovino fue más rápido. —Antes de que digas nada, sí, sí es más normal de lo que piensas. Es probable que tengas depresión post parto, y eso es algo que muchas madres experimentan, eso no significa que vayas a ser mala madre para Annabelle, o que le vayas a hacer daño— explico dándole un suave apretón en los hombros, sus dedos bajando a limpiar las lágrimas que mojaban el rostro de su mejor amigo. No… no tenía ni idea de lo aterrorizado que debía haber estado todo ese tiempo. Cazzo, de haberlo sabido antes… Quería ayudarlo, tenía que ayudarlo, pero sabía que él no era la persona en la que Arthur se debía apoyar en ese momento. Solo había un hombre que era capaz de sacar a Arthur del abismo en el que estaba. —Debes hablar de esto con Francis, ¿sí?

Arthur negó con la cabeza, bajando su mirada al piso una vez más. No podía, no quería que Francis lo viera como un monstro, no quería que Francis lo odiara.

—No puedo, él…

—Nada de peros, él lo va a entender, él es la persona que más te puede ayudar, no te va a odiar por eso. — aseguró. Sabía que Francis iba a entenderlo mucho más de lo que él podía, y si de algo estaba seguro era que ese bastardo francés estaba más que enamorado de Arthur, y lo ayudaría sin importar nada. Él iba a comprender todo. Con un gran suspiro envolvió a Arthur en un abrazo, dejándolo llorar en su hombro pese a que su nariz se arrugara con incomodidad. No servía para cosas emocionales, pero ese idiota era el único por el que lo intentaba. Tsk, eso era todo un caos. No solo la situación con Annabelle, sabía que el problema venía desde mucho más atrás que eso. Suspiró, palmeando la espalda de su amigo, era un idiota. —También debes ir a un maldito psicólogo, creo que eso debiste haberlo hecho casi un año atrás— mascullo rodando los ojos, su voz conteniendo un falso tinte de enojo que sabía que Arthur iba a ser capaz de descifrar, y el rodar de ojos que obtuvo en respuesta le comprobó que estaba en lo correcto. —Solo… deja de culparte por cosas que no son tu culpa y cosas por las que no puedes hacer nada, o te voy a golpear hasta que lo comprendas— amenazó intentando aligerar más la atmosfera, y la risa acuosa que recibió de Arthur fue lo único que necesito para soltar una risa también y sentir su corazón un poco más tranquilo.

•••

Terminó de ver el último episodio de su serie favorita en Netflix por segunda vez con una sonrisa, esa serie nunca se volvía vieja y era una gran compañía cuando tenía que cuidar de dos bebés. Sus ojos bajaron por breves segundos a la alfombra a pocos pasos de él donde Mila y Annabelle jugaban, bueno, más Mila que Annabelle. Las dos se habían llevado bien desde el primer momento en que se vieron, su pequeña haciendo su misión personal el hacer sonreír a Annie lo más posible. Se había imaginado que cuidar de dos bebés iba a ser todo un desafío, pero en realidad, había sido mucho más fácil de lo esperado, por supuesto, con la ayuda de Vanya. Porque si Vanya no lo hubiese ayudado a cambiar a Mila mientras él alimentaba a Annie o a preparar el almuerzo y limpiar la casa y básicamente revisar todos los documentos de sus nuevos pacientes de esa semana, de verdad todo se hubiese complicado.

Apagó su celular, dejándolo sobre la mesita de centro antes de ir a sentarse en la alfombra donde estaban las dos pequeñas.

Hi baby— tomo a su hija en brazos con una sonrisa, llenándola de besos antes de sentarla frente suyo, tomando uno de los juguetes sobre la alfombra y moviéndolo frente a sus ojitos. Mila extendió sus brazos intentando tomarlo. — ¿Lo quieres, sweetie? — su sonrisa se agrando cuando escucho la carcajada de su pequeña, entregándole el juguete solo para ver como se lo llevaba a la boca. Negó con la cabeza, dejándola morder y babosear el juguete cuanto quisiera mientras revisaba que Annie estuviese bien. Suspiró tranquilo al ver a la bebé mirando con atención los pequeños juguetes del gimnasio donde la había acostado, sus manitos ocasionalmente alzándose a tomar alguno de ellos y jalarlos entretenida. Annie sí que era tranquila, no como su hija que parecía sobrecargada de energía a cada hora del día.

Se puso a jugar una media hora con su bebé para consumirle un poco de su infinita energía, disfrutando cada risa y balbuceo de la niña. Amaba ser padre, pese a todo el agotamiento y estrés que venía con tener una bebé, no lo cambiaría por nada del mundo. Pequeños gimoteos de Annie lo hicieron parar su Playtime con Mila. Miro el reloj de la sala, ya había pasado tres horas desde que había comido, de seguro tenía hambre y necesitaba un cambio de pañal.

— ¡Vanya! ¿Puedes venir a jugar un rato con Mila? Necesito cambiar a Annie— llamó al ruso que en ese momento se encontraba en su oficina, seguramente terminando y enviando los últimos documentos de esa semana por correo a su sustituto. No pasaron ni dos minutos cuando vio a su prometido acercarse a la sala con cansancio en su rostro, sonriendo pese a todo cuando sus ojos cayeron en Mila.

Privet lyubov moya (hola, mi amor) — Mila mostro su más grande sonrisa al ver a su papá, extendiendo sus bracitos hacia él demandando ser cargada. Iván la cargó en brazos, besando su mejilla.

—C´mmon Annie— tomo a la más pequeña en brazos, agradeciendo que no haya explotado en llanto aún y llevándola a la guardería de Mila para cambiarla y alimentarla mientras Iván se ocupaba de su hija. Una vez en el cuarto a solas con Annie dejo escapar un suspiro.

Las cosas entre él e Iván seguían tensas desde la última vez que discutieron, y sí, sabía que en parte era su culpa porque se había negado a escuchar cualquier cosa que Vanya tuviera que decir acerca del asunto, pero ¿Qué se supone que debía hacer?

No sabía cómo volver las cosas entre ellos a como habían sido hace una semana antes de que la mamá de su prometido haya visitado su casa sin previo aviso, dejando los planes del lugar donde, como y cuando ELLA quería que fuera SU boda. Era SU boda, no la de ella, dammit. No estaba preparado para casarse en diciembre, apenas quedaban tres meses para eso, y definitivamente no se casaría sin su mamá. Además, era claro que a esa mujer no le agradaba en lo más mínimo, y ni hablar del papá de Iván. Su relación con sus suegros era definitivamente todo menos buena.

Well… la de Iván con su mamá y papá era prácticamente no existente. Al menos se llevaba bien con Kat… pero no iba a llevarse bien con sus suegros, nunca, por mucho que a Iván le importara.

—Si ellos me odian tanto no deberían meterse en mi vida, ¿verdad Annie? —preguntó en un suspiro, bajando a ver a la pequeña que en ese momento se estaba alimentando de su pecho con los ojos cerrados y una expresión tranquila en su rostro. Agh, no tenía sentido pensar en nada de eso en ese momento, solo quería dejar de discutir con Vanya por algo que se supone que los debía hacer felices a los dos. Ahora sabia como se había sentido Arthur cuando su mamá había querido tomar control total de su boda.

¿Por qué estaba pensando en eso mientras alimentaba a la hija de su ex?

Un pequeño gorgoteo de Annie lo saco de sus pensamientos, sus ojos enseguida bajando a la bebé que ya había terminado de comer, pequeñas gotas de leche mojando su rostro que no se tardó en limpiar con una suave toalla.

— ¿Quieres ir a jugar de nuevo con Mila? —sonrió besando la cabecita de la bebé antes de apoyarla en su hombro cubierto por una toalla y empezar a palmear su espalda con suavidad, recibiendo en respuesta pequeños balbuceos casi inaudibles. Gosh, Annie era tan pequeñita.

Diez minutos de palmaditas, arrullos y un cambio de pañal después, salió de la habitación, regresando a la sala donde vio a su prometido en el sillón, sosteniendo a Mila parada sobre sus piernas mientras la bebé no dejaba de reír cada vez que bajaba y la volvían a alzar.

—Dentro de poco ya estará gateando por toda la casa— se acercó con una sonrisa, sacando su lengua cuando su bebé alzo a verlo y recibiendo una risa a cambio.

Da, parece que está creciendo rápido— suspiro Iván con el fantasma de una sonrisa adornando su rostro. Dentro de menos de lo que se podrían imaginar su pequeña ya estaría caminando y hablando y yéndose a la universidad. Nyet, aún faltaba demasiado tiempo para eso. Alfred asintió a las palabras de su prometido, acercándose para dejar a Annie en la mecedora de su bebé para que juegue un rato más hasta que llegue su papá. De seguro ya no tardaba en llegar.

—Voy a darme una ducha— se levantó Vanya, entregándole a la bebé en brazos antes de besar sus labios en un contacto breve pero suave que lo dejó mesmerizado. "Uhum" fue la única respuesta que pudo murmurar antes de verlo irse. Definitivamente no podía permanecer enojado con ese commie.

El sonido del timbre en ese momento lo saco de su nube de pensamientos. De seguro debía ser el papá de Annie. Con Mila en brazos camino hacia la puerta de su departamento, abriéndola enseguida con una sonrisa al encontrarse al hombre que esperaba.

—Francis, ¿Cómo estuvo la reunión? — saludó abriéndole paso para que entrara a su hogar, notando las ojeras y el cansancio en su semblante. De seguro las cinco horas de junta le habían drenado por completo.

—Estuvo muy bien, ¿Cómo se portó Annabelle? —preguntó con un tanto de preocupación en su voz mientras lo seguía hacia la sala. Era la primera vez que dejaba a su bebé encargada por tanto tiempo.

—Es un amor, nunca había visto a una bebé tan tranquila— sonrió con sinceridad. Francis relajo su semblante al escucharlo, sonriendo cuando pudo ver a su hija y ella le sonrió de vuelta, sus brazos extendiéndose hacia él emocionada por ser cargada una vez más por su papá. Sin hesitación alguna Francis se agacho a tomarla en brazos, llenando su rostro de besos y diciéndole lo mucho que le había extrañado esas horas. Annabelle escuchaba respondiendo con pequeños gorgoteos y sonrisas, subiendo a enredar sus manos en su lugar favorito, el cabello de su papá. Alfred sonrió enternecido al verlo. —Mila amó jugar con Annie, ¿verdad sweetheart? — una risa de la bebé fue lo único que recibieron en respuesta, los ojos brillantes subiendo a su mamá con emoción. —Recién la alimente hace media hora, así que de seguro va a pasar tranquila un par de horas— informó sentándose en uno de los sillones, invitándole a Francis con la mirada a hacer lo mismo. Después de todo tenían algo de tiempo para conversar, y un tema muy importante del que hablar.

—Ça c'est bon (eso está bien) —suspiro el francés aliviado, apoyando a su pequeña contra su hombro y meciéndola con suavidad. Si había comido recientemente entonces de seguro estaba por caer dormida, como normalmente lo hacía.

— ¿Hablaron sobre las acciones de mi mamá? —pregunto un tanto hesitante, subiendo a ver al francés con duda. Hablar de su madre era algo delicado aun para Francis, y lo comprendía, pero el tema de las acciones del hospital y la nueva junta directiva era algo que se había estado debatiendo mucho esos últimos meses, y la razón principal de la reunión de ese día.

—Si, es posible transferírtelas a ti, después de todo ya tenías algunas acciones en el hospital. — respondió con tranquilidad en su voz. Transferir acciones no era algo que normalmente se hacía, pero bajo las circunstancias en las que estaban todos habían decidido que era posible siempre y cuando las dos partes estén de acuerdo. Las dos partes implicando a Alfred y Emily. Aún más…—La opción de que tomes el puesto como vicepresidente ejecutivo sigue abierta, todos parecían estar de acuerdo en la decisión. — el puesto de vicepresidente seguía vacante en el hospital, y debido a que Alfred era la tercera persona con más acciones en la empresa, tras transferirle las acciones de Emily, lo mejor sería que tomara ese puesto que algún día le perteneció a su madre. Tras la muerte de Scott y el arresto de Emily la administración del hospital había quedado en una crisis y caos total, necesitaban volver a la estabilidad lo más pronto posible.

—Eso va a ser demasiado trabajo— suspiro Alfred inseguro, desviando su mirada a su hija. Ser vicepresidente era demasiada responsabilidad que no sabía si estaba listo para asumir. Además… —Según la cantidad de acciones ¿No debería ser Arthie el que tome el puesto? — si todo se debía a cantidad de acciones, la segunda persona con más acciones era Arthur, el debería ser vicepresidente, y eso sin mencionar que el hospital era de sus padres. Pero sabía que Arthur no quería nada que ver con la administración del hospital y ni siquiera nadie sabía dónde estaba o cuando iba a aparecer. —Ah…Arthur ¿Cuándo vas a regresar? —exhaló con frustración, preguntando al aire. Frente suyo Francis soltó una risa amarga. Si, se había olvidado de decir ese pequeño detalle.

—Arthur regreso ayer en la noche— Alfred casi salto al escuchar esa noticia, sus ojos abriéndose a mas no poder en sorpresa.

— ¿What? ¿Porque no me lo dijiste? —reclamó sin saber si estar feliz o enojado por las noticias. Quería saber todo ¿Por qué había regresado? ¿Cómo? ¿Cuándo?

—Se quedó a dormir, pero en la mañana las cosas no fueron para nada bien— se encogió de hombros el francés, soltando un suspiro, manteniendo su voz suave para no despertar a su pequeña que estaba comenzando a dormirse en su pecho. —Siento que él no está bien, sé que algo le pasa, pero no sé qué— murmuro mordiendo su labio inferior, el mal presentimiento regresando con fuerza al recordar la manera en la que Arthur había actuado la noche anterior, y como había actuado esa mañana.

— No va a abandonar a Annie ¿verdad? —pregunto el estadounidense con preocupación, temiendo lo peor hasta que vio como el Frances negaba con la cabeza, pero su expresión seguía sombría.

—Non, dijo que quería ser parte de su vida. Pero en la mañana no se acercó a ella. Aunque… creo que eso fue mi culpa. — admitió con la cabeza gacha. había actuado demasiado frío con él, y se había dejado llevar por la amargura y enojo que aún le tenía. Mientras más pensaba las cosas con la cabeza fría, él no tenía derecho alguno de reclamarle nada a Arthur. El no… —Luego cuando le mencione que iba a dejarla contigo porque debía ir al hospital fue como si… sentí como si algo se hubiese roto entre nosotros. —era como si el hilo que los unía se hubiese deteriorado aún más, Alfred echó su cabeza hacia atrás, su mano yendo a su sien.

—Si Arthur estaba ahí podías haberme llamado y cancelado hoy. Tal vez él quería cuidar de Annabelle.

Non…— negó con la cabeza. Sí, sabía que lo más probable era que Arthur hubiera querido cuidar a Annabelle, y al principio había pensado en hacer eso, pero… —Sé que algo no anda bien con él. — había intentado hacerlo quedarse a desayunar para hablar sobre eso, porque por mucho que lo amara y que él fuera madre de Annabelle, no podía dejarlo solo con ella si no sabía que era lo que estaba pasando por la mente de Arthur, si el representaba tan solo un 0,001 por ciento de peligro para su bebé. Sí, sonaba egoísta, pero—Cuando fui a verlo, apenas podía soportar estar cerca de Annabelle, dijo que no la quería ver, y que la odiaba, pero ahora quiere estar con ella. No entiendo que es lo que piensa, si no habla conmigo tampoco lo puedo entender. — suspiro frustrado. No era adivino, intentaba comprender a Arthur, intentaba saber lo que le estaba pasando, pero él no podía saber y comprender todo.

—Solo… tenle paciencia. Sabes que Arthur siempre embotella todos sus problemas en sí mismo, le cuesta abrirse. — le mando una mirada comprensiva al francés, en parte podía entender por lo que estaba pasando y no había virtud más valiosa con Arthur que la paciencia. Las cosas entre esos dos parecían estar todo menos bien, pero de verdad esperaba que todo se arreglara entre ellos, sabía que los dos se amaban lo suficiente para superar todo. Solo… necesitaban tiempo.

— Esperemos que mamá regrese a ser el mismo de antes pronto, ¿d'accord amour (de acuerdo, amor)? — susurro acariciando la espalda de su bebé con suavidad y tristeza. Sabía que su pequeña debía extrañar a su mamá. Más que nadie, ella era la que más necesitaba de Arthur.

— ¿Sabes dónde está Arthie ahora? —pregunto el estadounidense bajando su mirada a la somnolienta Mila en su regazo. Francis negó con la cabeza, exhalando con cansancio.

—Solo espero que vuelva pronto— no quería que Arthur desapareciera de nuevo, aunque tenía el presentimiento de que no lo haría, el miedo de perderlo una vez más seguía presente.

—Lo hará— aseguró Alfred, no tenía duda alguna de eso. Francis asintió a sus palabras, rogando internamente que así fuera. Subió al reloj de la sala por breves segundos, soltando un pequeño suspiro cuando notó que ya dentro de poco comenzaría a anochecer.

—Vamos a casa, petite—le susurro a la bebé ya dormida en pecho, ese parecía ser el lugar favorito para dormir de Annabelle. Con una sonrisa cansada se levantó del sillón, Alfred copiándolo enseguida. —Muchas gracias por cuidarla hoy, Alfred— el estadounidense al escucharlo solo negó con la cabeza, restándole importancia.

—No te preocupes, puedo cuidarla cuando quieras. — sonrió con sinceridad, guiando al francés a la entrada de su casa para despedirlo.

—Merci— agradeció Francis una vez más en el umbral, sus ojos bajando de los de Alfred a los de la bebé en sus brazos que lo veía con emoción, pidiendo ser cargada entre balbuceos, pero no podía en ese momento. — Au revoir Mila— acaricio la mejilla de la pequeña, prometiendo cargarla la próxima vez que la viera. Con una última despedida salió del complejo de departamentos, caminando hacia su carro parqueado a pocos metros de allí, ubicando a la ya dormida bebé en su silla antes de comenzar a conducir a casa.

Tras llegar acostó a Annabelle en su cuna antes de ir a preparar algo rápido de comer. Como había pasado casi todo el día en la reunión no había podido comer nada. Una hora y media pasó antes de que pudiera escuchar pequeños gimoteos y ruido desde el monitor en la cocina. Annabelle ya debía estar despierta. Acabando de comer dejo todo en el lavaplatos y caminó a la habitación de su bebé.

Bonjour ma petite fille (hola, mi pequeña niña)— sonrió tomándola en brazos, besando su cabecita con cariño. Camino hacia la cambiadora del cuarto para cambiar el pañal de su bebé y su ropa. Una bebé limpia era una bebé feliz, y la sonrisa de su hija solo sirvió para confirmarlo. Salió de la habitación con Annabelle en brazos, dejándola en el pequeño gimnasio en medio de la sala donde la podía ver mientras limpiaba la cocina y se ponía a trabajar en el comedor. Poco a poco iba cayendo en una rutina más fácil con su hija, sabiendo ya alrededor de que hora le daba hambre, sueño, tenía que cambiarla o jugar con ella. Para su alivio Annabelle era tranquila la mayor parte del tiempo, y eso lo agradecía un montón porque cuidar de su recién nacida solo había sido todo menos fácil. Por suerte las últimas dos semanas Annabelle había dejado de llorar tanto y dormir por momentos más prolongados, sonriendo cada vez más y dándole menos batalla a la hora de dormir, aun así, seguía sin ser fácil.

Tras una hora de trabajo se levantó a calentar el biberón de su bebé, alimentándola una vez más antes de jugar con ella por media hora, hablando con su pequeña y ayudándola a sentarse por cortos minutos, y a rodar en su estómago. Su rutina continuó con un pequeño baño cuando la hora de dormir se acercaba, cambiándole a una pijama calentita. A veces Annabelle se dormía después de su baño, otras, le gustaba jugar un rato más antes de dormir. Hoy parecía ser la segunda opción.

—¿Quieres jugar un rato, cherie? — se sentó con su bebé en la sala, dándole pequeños juguetes con diferentes texturas que hicieron que los ojos azules de su pequeña brillaran con emoción. Su estómago gruñó luego de unos minutos con hambre, sacándole una sonrisa a Annabelle. Cuando la bebé empezó a mostrar señales de cansancio guardó los juguetes y la puso en su portabebés para poder cocinar algo rápido para cenar. Por suerte esa noche Annabelle parecía estar de buen humor y lo dejó cocinar y comer sin problema alguno mientras ella pasaba entretenida en su propio mundo, relajándose con el chupón en su boca y el calor de su cuerpo que hacían que el sueño poco a poco fuera ganando la batalla.

El timbre de su departamento hizo que la pequeña soltara un quejido molesta, sus ojos antes cerrados abriéndose en protesta.

—Shhh, vamos a ver quién es, ¿oui? —la meció para calmarla de nuevo, dejando su cena atrás con un suspiro cuando se levantó a atender la puerta. Tenía un pequeño presentimiento de quien podría ser, pero aun así no dejo que sus esperanzas subieran cuando quitó el seguro de la puerta para abrirla, sin embargo, se llevó una sorpresa. — Arthur… — había venido. No había desaparecido de nuevo. Pero… ¿porque se veía tan roto? Su alivio pasó a preocupación cuando lo notó. Olía a alcohol, y tabaco. Su ceño se frunció al notarlo. ¿Qué demonios habia pasado?

—Francis… ¿puedo pasar? —pregunto apenas en un hilo de voz, sus ojos sin subir a verlo ni una sola vez, manteniéndose en el piso. Sin desperdiciar un segundo más se hizo a un lado, permitiéndole pasar a su casa con hesitación, dirigiéndolo a la sala sin saber que hacer. No lo había notado el día anterior en su cansancio y estrés, pero Arthur se veía demasiado delgado, demasiado para alguien que había dado a luz apenas hace tres meses. Ese hecho borro el enojo de sus facciones, siendo remplazado por preocupación.

— ¿Ya comiste? — El ligero negar del menor fue lo único que necesito para que su ceño se frunciera una vez más, sin embargo, ese no era el momento para reclamarle nada. Suspiró, alzando su plato a medio comer de la mesa para señalarle al menor el lugar donde antes había estado. — Hice crêpes, siéntate— pidió antes de dirigirse a la cocina para servir un nuevo plato de comida y poner a calentar un poco de té. Cuando todo estuvo listo salió de la cocina, poniendo el plato y taza en frente del menor. Sabía que de una forma u otra el té lo ayudaba a calmarse y tal vez a ponerlo si quiera un poco sobrio.

—Gracias…— fue la débil respuesta que recibió, los ojos del inglés mirando la comida frente a él antes de subir al francés por primera vez desde que había llegado. Sus ojos… lucían como si hubiese estado llorando por horas y horas, sus muñecas estaban más delgadas de lo que podía recordar, y su clavícula resaltaba tanto que su corazón se apretó. —Francis— ante el llamado de su nombre dejó de escanear su cuerpo con preocupación y subió a verlo, poniéndole toda su atención. —Tenemos que hablar— esas palabras, dichas con un tono tan roto, apretaron su garganta. Qué… ¿que estaba pasando? ¿Por qué estaba así? Tenía miles de preguntas en su cabeza, pero solo una cosa era importante en ese momento.

—Come primero— pidió. Hablarían después, pero primero debía comer, porque no soportaba ver lo delgado que estaba, la manera en la que sus ojos evadían la comida como si no hubiese comido en días. Y si ese fuera el caso no estaría sorprendido… decepcionado, enojado, frustrado, sí, pero sorprendido, no.

—Yo… —sus ojos subieron a la pequeña figura apegada a su pecho, la bebé que parecía notar por primera vez desde que entró, y pudo ver como se llenaban de dolor, cayendo enseguida sin poder soportarlo. —Yo… acerca de Annabelle…

—Hablemos después de ponerla a dormir— lo interrumpió con suavidad, por el tono de su voz podía saber que estaba a poco de llorar. No comprendía porque volvía a mirar a Annabelle de la misma manera en la que lo había hecho meses atrás. ¿Porque parecía tan destruido al verla? Pero… ese no era el momento. — Debes comer primero, yo iré a acostarla— pidió poniendo énfasis en "comer" antes de caminar con la ya dormida bebé en su pecho hacia su guardería. Al llegar sacó a Annabelle del portabebés, agradeciendo que no parecía de mal humor por haber sido interrumpida en su sueño. Camino un rato más por la habitación, meciendo a la bebé para dormirla antes de ponerla en su cuna, recibiendo solo un poco de pelea antes de que se quedara totalmente dormida. Encendió el monitor y apagó las luces antes de salir con un suspiro.

Se apoyó por breves segundos contra la puerta de la habitación. ¿Qué iba a hacer? Arthur se veía todo menos bien y temía de lo que fuera a hablar. Por el olor a alcohol que había olido en él era probable que no estuviese bien de otra manera. Suspiró, llevándose una mano a masajear su sien antes de continuar con su camino a la sala, encontrando a Arthur parado cerca de las puertas de cristal que daban a su balcón, una mirada perdida e insegura en sus ojos. Regresó a mirar al plato sobre la mesa, estaba aún por más de la mitad, pero por lo menos había comido un poco.

Con paso suave se acercó a Arthur, notando cuando estuvo cerca el pequeño objeto que sostenía entre sus dedos con un ligero temblor.

— ¿Puedo…? —la pregunta salió en apenas un susurro, pero avanzo a escucharla, y en ese momento sintió el enojo invadirlo. Su mano bajo a la del otro, tomando el cigarrillo de manera brusca y tirándolo al suelo.

—Arthur sabes que esa no es la manera— gruñó intentando controlar su ira, su voz suplicante en preocupación, porque pese a que estaba enojado sabía que eso no era normal en él, que era una mala señal, una muy mala señal. —No necesitas nada de esto— reclamo sacando la caja de cigarrillos y encendedor de los bolsillos de Arthur, sus ojos subiendo a los verdes en un intento de hacerlo entrar en razón. No sabía en qué momento el fumar se había vuelto su mecanismo de supervivencia, pero no estaba bien, debía parar, debía dejar de hacerse daño. Ahora que estaba más cerca podía definitivamente notar los rastros de alcohol en su sistema, la manera en el que su cuerpo temblaba casi imperceptible. Estaba mal… ese no era el momento ni el estado para tener una conversación. — Podemos hablar mañana de esto, ahorita estas…

—No— lo interrumpió Arthur negando con la cabeza, sus ojos sin atreverse a subir a los del francés, pero sus puños apretándose con determinación. —Necesito decirlo ahora, porque si no… si no lo hago…— su respiración se cortó, un jadeo saliendo de su garganta con miedo. No, no era miedo, era terror. — No quiero que me odies— sus palabras salieron tan rotas que no pudo reconocer su propia voz, lagrimas comenzando a mojar sus mejillas contra su voluntad. Francis lo miro sin comprender. Con suavidad bajo a tomar las manos del inglés entre las suyas, apretando el agarre cuando Arthur intentó alejarse. No lo iba a dejar ir, debía sostenerlo, porque se estaba rompiendo.

—No te voy a odiar, nada de lo que digas va a hacer que te odie, Arthur— aseguró forzando al menor a verlo en los ojos, a notar la sinceridad. Porque no importaba por lo que pasaran, nunca podría dejar de amarlo, se negaba a dejar de hacerlo. Arthur soltó otro jadeo ahogado.

—Yo… mi bebé— la fuerza dejándolo su cuerpo cuando un sollozo rompió de su interior. Cubrió su boca en un intento de detener su llanto, su otra mano subiendo a cubrir sus ojos. Francis intentó acercarse a calmarlo cuando lo vio retroceder, pero las palabras que escuchó a continuación lo detuvieron por completo. —A veces siento que no la reconozco, no siento que es mi hija. — esa declaración pasó quemando su garganta. Dolía, mucho más que cuando se lo había dicho a Lovino. Su cuerpo comenzó a temblar, estaba aterrado. —No puedo comprender que quiere, y pienso en lastimarla y eso me aterra Francis. No sé qué está mal conmigo, sé que debería amarla, la amo, de verdad la amo, pero a veces solo quiero tenerla lejos. Tengo miedo de lastimarla. — sentía su corazón retumbar en sus orejas, latir a un paso tan rápido que no podía respirar. Unos fuertes brazos envolviéndose a su alrededor lo hicieron jadear, sus manos intentaron separarlo, porque no se merecía eso, pero al mismo tiempo no quería alejarse.

—Respira, estas teniendo un ataque de pánico—esas palabras suaves lo hicieron caer en cuenta de cuan rápido latía su corazón, de la falta de aire que lo estaba ahogando y la manera incontrolable en la que su cuerpo temblaba. Sin fuerza se dejó caer en el pecho del francés, rompiendo en llanto cuando pensó en la última vez que Francis lo había sostenido de esa manera. Lo extrañaba tanto. —Respira, solo respira…— lo extrañaba tanto que era agonizante. ¿Cuánto tiempo había pasado? ¿Cuándo se habían separado? Todos esos meses, lo que había hecho, lo que le había dicho… las palabras crueles que le había dirigido a su bebé, todas las veces que deseo abortar ahora quemaban en su memoria, era un monstro.

Se aferró a la espalda del francés, llorando en su pecho sin poder contenerse más. Francis lo dejó, subiendo una mano a acariciar su cabello y otra a su espalda, susurrándole que estaba bien, que todo iba a estar bien hasta que el llanto se fue calmando poco a poco. Sus ojos estaban húmedos también, pero debía ser fuerte en ese momento, para Arthur.

Tras varios minutos el menor se separó del abrazo, tan solo un poco para poder subirlo a verlo con nostalgia y amargura, sus ojos rojos por el llanto.

—Te lo dije… soy una peor persona de lo que tú crees y de lo que te puedas imaginar— habló con la voz rota, sin embargo, Francis pudo recordarlo. Esas palabras que Arthur le había dicho cuando volvieron a empezar su relación, cuando el único consuelo de que todo iba a salir bien era ellos mismos, en los vestidores de la estación, mojados por la lluvia. Una sonrisa triste se formó en sus labios. Negó con la cabeza.

—Y yo te dije que, en verdad, soy yo el que es peor de lo que piensas Arthur— susurró bajando una de sus manos a acariciar la mojada mejilla del hombre frente suyo con dolor y culpabilidad. Finalmente, todo tenía sentido. Todo… Y se maldecía a si mismo por no haberlo notado antes, por haber provocado todo eso. Debía haber notado los síntomas, habían sido tan claros, pero estaba demasiado ciego en ese entonces para verlos. —Debí haberme dado cuenta antes, debí haber estado a tu lado, cuando más me necesitabas. — ese era el peor dolor y arrepentimiento en su corazón. Se había alejado cuando debió haber estado a su lado, cuando debió leer entre las líneas en vez de enfocarse en su propio dolor. Y por eso ahora… —Te he hecho tanto daño, Arthur— su voz tembló, sus manos bajando a las del inglés en busca de perdón.

—No…—negó Arthur con la cabeza, Francis no le había hecho daño, él no era el culpable. Él era el que le había hecho daño a Francis. Sin embargo, el francés negó de vuelta, apretando el agarre en sus manos.

—Te obligué a hacer algo que no querías, te forcé a seguir con ello pese a todo el daño que te estaba haciendo. Soy una persona demasiado egoísta. Soy mucho peor que tú, Arthur— sonrió de manera triste, lagrimas resbalando por sus ojos sin poder contenerlas más, la culpa era tanta que era imposible de justificar. Lo que había hecho estaba mal…

Arthur negó con la cabeza, sus ojos buscando los del francés, apretando el agarre de sus manos de regreso para que el mayor bajara a verlo.

—Si hubiese abortado, si no hubiese tenido a nuestra bebé, no hubiese podido perdonarme nunca. —su voz se quebró una vez más ante esa sola idea. El haberlo tan solo considerado le mataba por dentro. Annabelle nunca había tenido la culpa de nada. Habia descargado su ira y dolor en ella, habia descargado todo su odio por si mismo en su hija. Pero… —E-ella fue la única razón por la que continúe viviendo, porque ella era lo único que tenia de tí— nuevas lagrimas volvieron a resbalar por sus mejillas, su pecho agonizante de arrepentimiento. Por todo lo que habia dicho, lo que había hecho. —Tú también estabas sufriendo, y me alejé cuando más me necesitabas. Me cerré en mí mismo y…— y todo había ido en caída libre desde ahí. Porque en vez de luchar por su relación como Francis había intentado, se alejó. Se encerró en sí mismo en vez de darse cuenta de cuanto estaba sufriendo Francis, lo mucho que él lo necesitaba.

—Aun así, yo nunca… yo no tenía el derecho para…

—Los dos fuimos idiotas, los dos nos equivocamos y nos lastimamos el uno al otro— lo interrumpió en un suspiro, apretando las manos del francés entre las suyas, lagrimas resbalando de sus ojos de igual manera. —Pero, nunca deje de amarte— esa declaración hizo que Francis bajara a verlo incrédulo. Todo ese tiempo había temido que Arthur lo hubiese dejado de amar, era su peor temor, pero ahora… —El separarme de ti fue lo más doloroso que he hecho en mi vida, vivir sin ti es agonizante, Francis yo…

Sin poder contenerse un segundo más unió sus labios con los del menor en un beso necesitado, lleno de una mezcla de emociones que lo abrumaron por completo. Alegría, tristeza, melancolía, confusión, nostalgia, alivio… amor.

—Te amo, te amo tanto Arthur— sollozó envolviéndolo en un abrazo al separarse del beso. Al fin lo tenía de vuelta en sus brazos.

—Quiero comenzar de nuevo, quiero estar contigo, quiero estar con Annabelle, pero… Tengo miedo…— admitió en un sollozo, sus manos apretándose en la camisa del francés. Tenía miedo de lastimar a su hija, de que ella no le reconociera, que su hija no le quisiera. Tenía miedo de que Francis ya no lo viera igual que antes, que nunca pudieran regresar a la relación que tenían en el pasado, que su relación se hubiese roto tanto que fuera irreparable. Era lo que más le aterraba.

Quería intentar reparar las cosas entre ellos, pero ¿si su cuerpo no reaccionaba igual? ¿si Francis ya no lo quería de esa manera? ¿y si nunca volvía a ser el mismo? ¿si el trauma en su cuerpo y mente era tanto que todo se volvía un infierno irreparable? No quería sumergirse en eso, no quería sumergir a Francis consigo.

Con hesitación retrocedió un paso, sus ojos cayendo al piso. Su pecho se encogió con inseguridad, los signos de ansiedad claros en su postura.

—Arthur…— ¿Por qué estaba retrocediendo nuevamente? Con suavidad se acercó, sosteniendo las manos del otro entre las suyas una vez más, sus ojos buscando los del menor, pero Arthur se negó a mirarlo. El agarre en sus manos se apretó, y pudo ver como los ojos esmeralda subían a los suyos con tanta emoción que su corazón dio un vuelco.

—Tengo miedo de que no me ames como antes— la confesión salió tan rota e insegura que lo congelo en su lugar. Negó con la cabeza, era imposible. No importaba cuantas cosas pasaran entre ellos, cuantos retos les pusiera el destino, nunca iba a dejar de amarlo como la primera vez.

—Te amo… te sigo amando como la primera vez que te vi— admitió tomando la mejilla del menor en una de sus manos, haciendo que los ojos esmeralda se unieran con los suyos, llenos de sinceridad y nostalgia. Esos ojos eran lo primero de lo que se había enamorado, y ahora representaban a algo aun más valioso. No importaba todo lo que había pasado entre ellos, los crueles hechos que los habían rodeado, esos ojos seguían siendo lo más hermoso que había visto. Y ahora, esos ojos podían verlo de vuelta, y esa era la mayor bendición que pudo haber recibido. Ese hombre ahora representaba mucho más en su vida, habia pasado de ser el amor de su vida a ser madre de su hija, a ser la persona que el alma de su hermano protegía. —Nunca voy a dejar de amarte, Arthur— esa confesión salió entrecortada, los sentimientos en ella tan profundos que su garganta se contrajo. Sus labios se unieron con los del inglés con suavidad, una de sus manos manteniéndose firme en el rostro del menor mientras la otra subía a su nuca, enredándose en el liso cabello. Poco a poco el beso fue tornándose más apasionado y nostálgico, sus lenguas comenzando a explorar la boca del otro hasta que la falta de aire los hizo separarse, solo para unirse nuevamente en otro beso que les quito el aliento, el deseo haciéndose pesado en la atmósfera. No sabia a que momento el casto contacto se habia tornado en lujuria, ni cuando Arthur había subido sus manos a su cuello. Solo se dejó llevar por el momento hasta que escucho un gemido ahogado del inglés.

—Fran…— ojos nublados subieron a verlo, una mano enredándose en su cabello. Calor comenzó a acumularse en su abdomen bajo cuando pudo notar el deseo en los ojos del inglés, la manera en la que lo miraba con suplica, sus manos bajando a sostener las suyas. —Please— susurro contra los labios del mayor. Quería sentirlo, quería que esos labios bajaran a su cuello. Su interior dolía con deseo.

Necesitaba saber, necesitaba saber si Francis de verdad seguía amándolo como antes, si él seguía deseándolo como antes, si aún lo encontraba atractivo, porque si no… si no sentía que su pecho iba a explotar.

Francis retrocedió inseguro. No sabía si ese momento era el mejor. Aun podía sentir el sabor del alcohol en la boca del menor, aún podía sentir el ligero temblor de su cuerpo.

—No quiero hacer nada para lo que no estés listo— admitió tomando el rostro del menor entre sus manos una vez más, preocupación y hesitación en su postura, pero Arthur, la manera en la que lo estaba mirando. Esos ojos eran intoxicantes.

Please… Francis, te necesito…— si Arthur lo miraba de esa manera no habia nada que pudiera hacer. Con suavidad volvió a unir sus labios en un beso que comenzó suave para después irse profundizando. Sus manos bajaron a las caderas del menor, haciendo pequeños círculos sobre su piel a medida que el beso se iba volviendo cada vez más caliente. Arthur bajo sus manos a su camisa, deshaciéndose de sus botones, sus manos recorriendo su pecho con los ojos cerrados.

Francis al notarlo sintió su corazón dar un vuelco con nostalgia, memorias de la primera vez que Arthur había tocado su cuerpo de esa manera para memorizarlo pasando por su mente. En ese momento se transportó a los días en los que apenas eran unos adolescentes de diez y ocho y diez y nueve años, cuando el amor entre ellos habia sido el más puro. Sus ojos se humedecieron con nostalgia, su mano acariciando la mejilla del inglés con devoción, tocándolo como la primera vez.

Tu m'as tellement manqué (Me has hecho de verdad falta)— habló con la voz temblorosa, todos los recuerdos de los momentos juntos que habían vivido invadiendo su memoria de manera abrumante. Eran más de diecinueve años desde que se conocieron por primera vez, desde que reunió el coraje para hablar con Arthur, desde que su mundo dio una vuelta por completo, más de diecinueve años desde que se besaron por primera vez, desde que empezaron a salir.

Arthur subió a verlo con una expresión igual, la nostalgia tintada en sus facciones, porque su historia era demasiado larga y complicada para expresar. Unió sus labios con pasión, anhelo y nostalgia invadiendo su memoria. ¿Cuándo habia sido la última vez que hicieron eso? ¿Cuándo habia sido la última vez que tan solo se besaron antes de que todo comenzara a derrumbarse a su alrededor? Dentro de poco iba a ser un año.

—Francis, yo…— la disculpa fue enseguida interrumpida por los labios del mayor sobre los suyos. Cuando se separaron Francis acaricio su mejilla con suavidad, diciéndole con su mirada que, no debía disculparse, no había nada porque disculparse. Los dos habían cometido estupideces, pero, ese no era el momento.

Arthur relajo su postura, subiendo a los labios del francés una vez más, eran tan adictivos que no se quería separar. Un jadeo ahogado salió de su garganta al sentir los labios en su cuello, su piel erizándose por completo. Habia pasado tanto tiempo, tantas noches en las que anhelo ese toque, esa delicadeza y firmeza con la que Francis lo sostenía entre sus brazos. Era un contraste que le sacaba el aire.

No supo en qué momento, entre besos y caricias, llegaron a la cama. Cuando se habían deshecho de toda su ropa y habían comenzado a explorar el cuerpo del otro como si fuera la primera vez. Estaban descubriendo todo de nuevo, cada rincón de piel, cada punto sensible, cada sensación como si fuera nueva. Arthur apretó las sabanas a su lado cuando sintió besos húmedos en su pecho. Sus pezones estaban tan sensibles que cuando Francis comenzó a lamer y chupar los botones rosados de piel todo su cuerpo vibró en placer.

Subió su brazo a cubrir su boca. Su miembro comenzaba a doler en busca de atención, después de tantos meses en los que ni siquiera se habia atrevido a tocarse a sí mismo. No iba a poder contenerse.

Cuando Francis comenzó a bajar desde su pecho hasta su abdomen, el miedo y anticipación lo invadieron. Su corazón se aceleró en ansiedad. Cuando él se habia tocado ahí, cuando había tan solo visto su reflejo en el espejo, su cuerpo se habia sacudido con náuseas y repulsión, sintiéndose enfermo. Pero cuando Francis lo hizo, pudo sentir las mismas mariposas, pero esta vez la sensación era diferente. Se sentía bien, se sentía correcto.

Cada pequeña parte de su cuerpo que Francis besaba, ardía en llamas. Y cuando sintió esos labios en el interior de su muslo solo pudo morder sus labios para no gemir. Gosh, se sentía tan bien, era demasiado. Se iba a correr tan solo con los besos y lamidas en su entrepierna. La firmeza con la que Francis sostenía sus muslos lo hacía gemir. Y cuando sintió esos besos subiendo a su miembro, esa boca caliente envolviéndolo por completo, no pudo soportarlo más.

— ¡Francis! — echó su cabeza hacia atrás en placer, cubriendo sus labios para acallar sus gemidos. Se sentía tan cerca, no iba a aguantar mucho más a ese paso. Estaba tan abrumado. —Please. Te quiero adentro, please— suplico abriendo aun más sus piernas, su pecho doliendo con anhelo. La sensación de tenerlo dentro, de ser uno con Francis, quería experimentarla, una vez más, quería sentirlo, estaba listo. Francis dejó su miembro, subiendo a mirarlo con una pregunta en sus ojos, asegurándose de que se sintiera completamente seguro de su decisión, esa mirada diciéndole que no iba a forzarlo a nada, que, si a cualquier momento quería parar, lo haría sin hesitación. Arthur lo besó en respuesta, sus ojos mostrándole cuanto lo necesitaba. Estaba listo para dar ese paso una vez más.

—Avísame si es demasiado, cher— asintió con la mente nublada, mordiendo su mano en anticipación cuando vio que el mayor se estiraba a sacar un condón y lubricante de su mesa de noche. Su mente entró en pánico por breves momentos ante el pensamiento de lo que estaban a punto de hacer, pero un beso suave en sus labios lo calmó. Quería hacerlo, quería sentirlo. Con un asentimiento de su cabeza le dio permiso al mayor para continuar, apretando sus manos en las sabanas cuando Francis bajo a besar su entrepierna una vez más, pero lo que no se esperó fue sentir esa lengua bajar a su entrada.

—Fra-Francis— jadeó echando su cabeza en placer. Cubrió su boca intentando acallar sus gemidos, pero era demasiado. Sus ojos se nublaron con lágrimas cuando pudo sentir los primeros dedos entrar, moviéndose de manera tan perfecta que se sentía en las nubes. Se sentía sobre estimulado. Las lagrimas de placer mojaron las sabanas bajo suyo, su espalda arqueándose a más no poder cuando sintió esos dedos tocar su próstata. Pre-semen estaba ya goteando sobre su estómago, volviéndolo aun más sensible a los toques del francés. No iba a aguantar más tiempo.

Con fuerza tomó la mano del mayor que lo estaba abriendo, deteniéndolo para unir sus ojos con los azules en una súplica, esperando poder trasmitir todos sus sentimientos en esa mirada. No quería nada rápido, ni duro, no quería lujuria. No quería sexo. Solo quería sentir a Francis contra su cuerpo, quería sentirlo cerca, que su aroma le asegurara que estaba a salvo, que nunca más iban a separarse, que lo amaba. Y Francis pareció entender.

Francis lo atrajo en un abrazo, su aroma suave, tan único, mezclándose con el suyo en un perfume confortante, perfecto. Cerró sus ojos. Se dejó solo sentir, las preocupaciones y miedos enterrándose en lo más profundo de su mente cuando un par de labios se unieron con los suyos en un contacto suave. Y cuando el francés se alejó por tan solo unos segundos antes de regresar a su lado, cuando sintió ese miembro contra su entrada, su pulso se aceleró en anticipación.

Abrió sus ojos, chocándolos con los azules una vez más, antes de sentirlo entrar. Su espalda se arqueó, sus brazos subiendo a envolverse en la espalda del francés como un ancla. Jadeos rotos salieron de su boca al sentirse completo nuevamente, no quería alejarse nunca más.

—Te extrañé tanto, Arthur— esas palabras hicieron que su interior se apretara, sus ojos empapados subiendo a los del francés con tantos sentimientos, tantas cosas que le quería decir que solo pudo soltar un sollozo entrecortado, abrazándose aún más al mayor, hasta que sus cuerpos estuvieron completamente juntos. No quería dejarlo ir nunca. No iba a alejarse de Francis.

I love you so much (te amo tanto)— confesó en un sollozo, exponiendo su cuello cuando el mayor comenzó a moverse en su interior de una forma tan suave que se sintió amado. Era como si una ola lo hubiese sumergido por completo, agua cálida rodeando su cuerpo, su salvación. Ese era el amor de Francis.

La manera en la que Francis sabía como tocarlo, como moverse en su interior para llevarlo al éxtasis sin ser brusco o ir rápido, como lo abrazaba y besaba sus labios mientras lo envestía, como susurraba palabras dulces en su oreja que el placer nublaba, como repetía que lo amaba y que siempre iba a estar ahí para él. Era demasiado.

—Estas bien, estas a salvo conmigo. Te amo, te amo tanto— solo en ese momento se dio cuenta de que habia estado llorando. Se limpio las lagrimas con el dorso de su mano, subiendo a unir sus labios con los del francés en un beso necesitado, intentando trasmitir cuanto lo amaba en ese contacto.

—No me dejes ir, nunca más— suplicó enterrando su rostro en el cuello del francés. Francis subió a acariciar su cabello, besando su frente llena de sudor antes de bajar a sus labios una vez más con el mismo sentimiento. Sabía que nunca iba a dejarlo ir, no de nuevo.

—Te lo prometo— esa aseguración fue la única que necesitó antes de dejarse ir por completo, su cuerpo arqueándose cuando Francis comenzó a moverse en su interior una vez mas, su paso acelerándose, sacándole el aliento.

Repitió el nombre del francés como mantra, su espalda arqueándose a más no poder cada vez que sentía su próstata ser golpeada con tanta precisión que lo hacía delirar. Los besos en su cuello solo hacían que su abdomen se apretara más, sus pies curveándose sin poder contenerlo.

—V-voy a…— no pudo terminar su advertencia cuando su cuerpo se tensó por completo, la fuerza del orgasmo golpeándolo y haciéndolo perder todos los sentidos. Solo el placer quedaba, nublando su mente por completo. Francis se corrió pocas embestidas después, la manera en la que Arthur se habia apretado alrededor suyo tras el orgasmo haciéndole imposible durar un poco más. La dicha post orgásmica los acogió a los dos, Francis abrazando al menor contra su pecho como si fuera a desaparecer a cualquier momento, Arthur enredando sus brazos alrededor del mayor con miedo de que todo eso hubiese sido solo un sueño. Pero, el beso suave en su cabeza le dijo que no lo era. —Je t'aime vraiment, (te amo de verdad) Francis— susurró contra el oído del mayor, subiendo a besar sus labios con suavidad, la ráfaga de dopamina y oxitocina demasiado adictiva para dejarlo ir. Francis sintió su corazón dar un vuelco al escuchar al inglés hablar en su idioma, su estómago llenándose de mariposas como la primera vez que Arthur le habia dicho que lo amaba. Sus ojos se humedecieron y abrazo a Arthur aún más contra su pecho.

Je t'aime aussi (yo también te amo)— lo besó, saliendo de su interior solo para botar el condón en el basurero a lado de su cama y tomar un pañuelo para limpiar el abdomen del menor, antes de volver a sostenerlo entre sus brazos, tapándolo con las cobijas y dándole un último beso en la frente cuando lo vio empezar a caer en brazos de Morfeo. Arthur se acomodó mejor entre su pecho, apoyando su cabeza en el brazo del francés, sus piernas enredándose con las del otro antes de empezar poco a poco a perder la conciencia, el olor intoxicante de Francis relajándolo como no había podido meses atrás. Ahora que lo tenía a su lado la tranquilidad habia regresado a su pecho. Ya no habia dolor, ya no habia pensamientos negativos, solo… solo habia paz, no tenía miedo de soñar.

Francis suspiro al verlo dormirse entre sus brazos, sus ojos humedeciéndose contra su voluntad. No recordaba la última vez que habían estado de esa manera, solo ellos dos, sin sentimientos pesados entre ellos, sin miedo de lo que ampare el futuro… sin miedo de si la otra persona seguía sintiendo lo mismo, si el amor entre ellos seguía existiendo.

Hundió su rostro en el cabello del menor, apretándolo más contra su pecho. Pese a todo lo que habían hecho mal, cuanto se habían lastimado, el amor aun existía y… definitivamente no iba dejarlo ir nunca más.