.

.

Capítulo 83

Ni impermeable, ni pijama. Sólo piel…

Todo ha salido mal.

Es viernes a la noche, y yo estoy en mi habitación sola, mirando el techo. ¿Qué nos está pasando? ¿Qué me está pasando?

Las lágrimas mojan mi rostro y muerdo la almohada sollozando. Me duermo llorando, esa es la verdad. Hace mucho que no lloro, y se ve que lo necesitaba, porque logro dormirme aún sin Albert a mi lado.

Parece que hubiera dormido durante varias horas, pero cuando despierto sobresaltada, miro el reloj de la mesilla y me doy cuenta de que aún no es medianoche. Me siento rara… Entonces me vuelvo despacio y lo veo…

Está de rodillas junto a la cama. ¿Me observaba dormir?

Pestañeo varias veces y por unos momentos no decimos nada.

No sé qué hacer… ¿Buscar la ira y seguir con el estallido o dejarme llevar por lo que me provoca de solo mirarlo? Él decide por mí.

—Hola, Princesa.

Su voz es tan cálida… Eleva la mano y me acaricia el rostro.

—Creí que ibas a llegar más tarde.

—No he terminado el plato principal y me he marchado…

—¿Por qué?

—Necesitaba venir a casa.

¿A casa? Hubiese deseado que dijera que me necesitaba a mí, pero es evidente que no.

Me pongo de costado y le vuelvo a dar la espalda.

—Ya estás en casa. Ahora descansa que yo haré lo mismo…

—Claro que no.

—¿Disculpa?

—Que no descansarás, Candy.

—¿Y eso quién lo dice? —pregunto, irónica mientras giro a mirarlo.

—Lo digo yo —responde. Y luego se pone de pie, toma la ropa de cama y me destapa por completo.

—¡Albert! ¿Qué estás haciendo?

—Quiero verte. Entera.

¿Qué demonios quiere decir con eso? ¿Cómo se atreve a…?

—Hazme el favor de darme esas cobijas o…

—¿Por qué duermes vestida, Candy?

Frunzo el ceño y observo mi pijama. Es bonito… Algo infantil pero bonito.

Levanto la cabeza y lo miro sin saber qué decir. Pero él si sabe…

—Cuando nos casamos, te pedí una cosa: que solo usaras bragas cuando tuvieses la regla. ¿La tienes?

—No la tengo y tú lo sabes… Estoy amamantando, así que…

—¿Entonces por qué tienes tanta ropa?

Me incorporo, subo mis piernas hasta el mentón y las rodeo con los brazos. Me lo quedo mirando…

—Así duermo siempre. Sólo que es evidente que no lo has notado hasta el momento —respondo secamente.

—Te equivocas. Hace mucho que lo he notado… Es más, recuerdo que hace un tiempo hemos tenido una conversación similar a ésta y todo quedó en la nada, Candy.

No puedo creer que me esté recriminando algo así. ¿Qué le pasa? ¿Por qué estamos discutiendo por esto y no por lo que realmente importa? Y sobre todo ¿por qué demonios tiene que desprenderse la camisa de esa forma tan… sensual?

—Mira, es más práctico, sobre todo cuando tienes que levantarte en las madrugadas…

—No tienes por qué hacerlo. Para eso está Greta.

Carajo… Debo buscar otra excusa.

—Por las mañanas suele venir Clarita a despertarme y no quiero que…

—Siempre puedo trabar la puerta antes de marcharme.

No es posible… Tenemos serios problemas, y una discusión de muerte pendiente, pero estamos hablando de mi atuendo para dormir.

—No tengo idea, Albert, de por qué desvías la atención a esta tontería…

—¿No tienes idea? Bien, yo te lo diré: has dejado de ser mi Barbie Puta y lo peor de todo es que yo no necesito una Barbie; te necesito a ti en cualquiera de las facetas que me quieras mostrar. Pero resulta que no serlo, te hace sentir insegura e insatisfecha… ¿te ha quedado claro o te lo explico con dibujos? —me dice al tiempo que se deshace de la camisa y la lanza al suelo.

No entiendo qué demonios quiere decir… Tampoco comprendo cómo es que no me lanzo encima de él y lo devoro, porque eso es lo que me está provocando el observar ese torso perfecto, esos abdominales marcados…

Dios, se me seca la boca. Tengo que concentrarme porque si hago lo que estoy deseando, después me sentiré muy mal.

—Así que, según tú, mi pijama es la culpable de que sin el menor reparo hayas contratado una diseñadora fija en la empresa —replico, irónica. ¿Así que me siento insegura? Ahí tienes, hombre lindo. ¿Querías desviar mi atención? Pues no lo has logrado. A ver qué tienes para decirme ahora…

No parece nada perturbado, pero yo estoy cada vez peor… Y el que se esté bajando la cremallera mientras me habla no ayuda para nada.

—Candy, he contratado a Karen porque… Porque necesito a alguien de tiempo completo para los proyectos que tengo diagramados para los tres próximos años. Tú no parecías dispuesta a colaborar conmigo y entiendo perfectamente el motivo…

No soporto que insista en echarme la culpa del desprecio que me ha hecho al tomar a esa mujer en un puesto que debió ofrecerme primero a mí.

—¿Me crees tonta? La has contratado porque crees que es mejor que yo… ¡No confías en mí, pero le confías a ella tus proyectos sin conocerla! —le digo poniéndome de pie.

—¿Eso piensas? Te equivocas en todo. No creo que sea mejor que tú en ningún aspecto, y conozco a Karen desde hace mucho. Y sé que es muy buena diseñadora…

Vaya… No me esperaba algo así. ¿Cómo que la conoce? Jamás me ha hablado de ella. Celos, celos ciegos y dolorosos me cierran la garganta y las lágrimas me ciegan.

—¿La… conoces?

Lo veo sentarse en la cama y sacarse los zapatos y las medias.

—Ajá.

—¿Qué tan bien la conoces?

—La conozco muy bien —responde al instante, sin la menor turbación. Y hasta parece divertido.

Pero yo no. No lo estoy ni un poquito…

—¿De qué? —le pregunto mordiendo las palabras. Dónde me diga que se ha acostado con ella lo abofetearé hasta borrar esa sonrisa devastadora de su rostro hermoso. ¿Por qué carajo tenía que ser tan guapo?

Albert continúa sonriendo mientras se para frente a mí.

—Era la esposa de uno de mis amigos de la universidad.

Es una sorpresa detrás de la otra. Y a cual más desagradable.

Karen no tiene esposo. Karen está muy cerca del mío.

—¿Era?—pregunto temblando.

Una sombra cruza su rostro y su sonrisa desaparece súbitamente.

—Sí. Él ha muerto. Un accidente —murmura.

—Oh… Lo… lo siento, Albert.

Parece triste… Levanta la mano y me toca el rostro.

—Candy, confía en mí por favor… No haría nada que te hiciera daño y tú lo sabes…

Me siento muy mal, pero lo cierto es que… sí, confío en él. Le ha dado mi empleo a… Karen, pero sigo confiando en él. Le dio un despacho junto al suyo, pero sigo confiando…

—Lo sé.

—Pero sufres… Cuéntame, Princesa. ¿Qué es lo que te hace tan infeliz?

Bajo la cabeza, avergonzada… Es que no sé por dónde empezar.

—Muchas cosas… En principio, el poco tiempo que pasas en casa.

Por un momento creo que va a replicarme algo, pero para mi sorpresa asiente.

—Creía que… Me pareció que estabas demasiado… concentrada en los niños, y… Lo cierto es que no quería… estorbar…

Me lo quedo mirando con la boca abierta. De alguna forma se las ha arreglado para echarme la culpa otra vez.

Estoy a punto de decirle un par de cosas, cuando él me acaricia los labios con el pulgar y vuelve a desconcéntrame de mis objetivos.

—… Pero ya no. Voy a dejar de presionarte para que me ayudes en la empresa… al menos por hoy. Y también voy a pasar más tiempo contigo y con los niños. ¿Y sabes por qué? Porque ustedes son lo que más quiero en este mundo, mi cielo, así que mañana iremos todos juntos al zoo, en familia...

De pronto se me olvidan todos los reproches que tenía para hacerle.

Estoy tan emocionada que no sé qué decir. Y no digo nada… Le echo los brazos al cuello, y lo beso una y otra vez.

Su lengua es exquisita… Hacemos el amor cada noche, pero en esta ocasión sus besos saben diferente… No hay sólo deseo; aquí hay amor. Un hermoso amor… Amor del bueno.

Y me olvido de todo… Del puesto de decoradora que me usurpó la tal Karen que viene del pasado y ya no tiene esposo, de lo sola que me he sentido estos últimos tiempos, de mi frustración profesional…

Tengo cuatro hermosas sillas de niño en mi coche, y a este hombre hermoso en mi cama, lleno de pasión y de buenos propósitos. ¿Qué puedo hacer sino disfrutarlo?

Albert me toma el rostro con ambas manos, posesivo, y me mete la lengua con una sensualidad que hace que mi pijama se humedezca. Y como si me leyese la mente, baja una mano y se apresta a comprobarlo…

—Estás muy caliente, Candy…

Claro que lo estoy. Mucho… Él me pone a mil. Su lengua me está enloqueciendo.

—Albert…

—Dime, Princesa…

—La Barbie Puta está despertando y le estorba el pijama — murmuro, y nuestras bocas están tan cerca que siento su sonrisa aún con los ojos cerrados.

—Tendremos que hacer algo al respecto… —dice bajito.

Y luego todo es piel y saliva. Palabras de amor susurradas entre gemidos. Un montón de ropa en el suelo… Albert enredado en mis cabellos, aspirando mi aroma…Yo, fascinada con sus ojos, con su pelo, con la perfección de su cuerpo que parece moldeado a mano solo para mí. Un amor hermoso combinado con intensas pasiones, que crecen con cada roce, con cada beso…

Y de pronto, este espiral de sensualidad da paso al goce más terrenal.

Albert me obliga a tenderme de espaldas sobre la cama y toma mis tobillos entre sus manos, para hacerme abrir las piernas. Contempla mi sexo un momento y luego baja la cabeza y me hace ver las estrellas y la luna con su lengua hábil y lujuriosa. Y mientras lo hace, murmura las obscenidades más ardientes, que hacen que mi excitación se torne vergonzosamente extrema.

—Eso es… Tan exquisita como siempre, mi Barbie Puta. Te quiero siempre desnuda y húmeda como ahora… Durante el día, haz lo que quieras pero por las noches serás mía, Candy…

Sus palabras me inquietan pero también me calientan. No sé qué significado oculto adivino tras ellas que me hace sentir incómoda, pero las ganas pueden más, y hundo mis uñas en su cuero cabelludo, mientras mi cuerpo se arquea para él.

—Sí… Más, más… Por favor —ruego desesperada mientras me abro y me expongo sin restricciones al movimiento de su lengua.

—¿Te gusta lo que te hago? Claro que te gusta… Tu clítoris parece a punto de estallar… ¿Quieres que lo haga ahora? ¿Quieres estallar?

—Sí, sí…

—Me beberé tu orgasmo gota a gota, mi amor —murmura, y luego arremete con todo.

Y vaya si estallo…

—Albert… Oh, Albert…

Tengo los ojos cerrados, pero siento como trepa por mi cuerpo y de pronto su boca caliente y mojada con mi propia lubricación, cubre la mía. Su lengua se mete entre mis labios igual que hace un momento más abajo. Dios… cómo me gusta.

Me penetra con fuerza y gime de igual forma.

—No te muevas así…

—¿Por qué?

—Harás que acabe…

—Ese es… el objetivo… del juego…—replico entre suspiros.

—Te equivocas… Mi objetivo es tu placer, Candy…

—Entonces dame el tuyo —le exijo clavando mis talones en sus nalgas para obligarlo a penetrarme más.

Mi movimiento de caderas, largamente perfeccionado es implacable, y él acaba murmurando mi nombre una y otra vez.

Momentos después, cuando la calma retorna voy al baño a asearme… Regreso con la bata puesta, pero al verlo fruncir el ceño me paro en seco.

—No, Barbie Puta. ¿No has registrado lo que te he dicho hace un rato? En esta cama apreciamos la desnudez así que… —declara, y luego se pone de pie exhibiéndome la suya en todo su esplendor.

Y mientras le pone cerrojo a la puerta, yo me despojo de todo lo que se interponga entre mi cuerpo y su piel.

CONTINUARA