Disclaimer: Todo reconocible de Harry Potter es propiedad de J.K Rowling.


Por obligación, serán un dragón y una víbora

48. Verano: Planes de improviso.

Los jardines de Hogwarts estaban plácidamente iluminados por la cálida luz del atardecer de un día Marzo. En el lago negro se reflejaban los colores del sol, como si de un espejo se tratara, y además se reflejaban dos estudiantes de Slytherin que se miraban fijamente. Eran un chico y una chica. Ella era delgada no muy alta, con una lacia cabellera castaña y ojos azules; mientras que él era rubio, con el cabello largo hasta los hombros y un par de fríos ojos grises.

—¿A caso no lo quieres? —preguntó el chico a la chica.

—Claro que sí, lo amo con mi alma —respondió ella con seriedad, sin despegar sus ojos del chico.

—Entonces simplemente no entiendo porque actúas así —reprochó—. Tu chiste de hoy me pudo costar mi relación con Narcissa —regañó.

—Lo siento, de verdad que esa no era mi intención —se disculpó, bajando la mirada de manera avergonzada.

—¿Entonces a que juegas, Lucina? —bramó molesto.

—No juego a nada, es solo que siento... —tartamudeó—. Mis padres... ellos quieren... y yo...

—¡Que se vayan al diablo! —interrumpió el rubio—. De verdad que siento mucho que pongan tanta presión en ti, pero tanto ellos como tú deben entender que entre tú y yo no puede haber nada —dijo seriamente—. Y si sigues haciendo estas estupideces solo para complacer a tus padres terminaras perdiendo a Samael y de una vez te advierto que mi amistad también —sentenció con seriedad.

—Sabes que no quiero eso, Lucius —contestó de manera afligida.

—Ya te lo dije, Luci. Con todo mi respeto, manda al demonio a tus padres y esa fijación que tienen por emparentar con los Malfoy, porque a no ser que descubran que mi padre tiene algún otro hijo perdido por ahí, yo no tengo la más mínima intención de casarme contigo —sentenció.

La chica lo miró con vergüenza y sin querer, una lagrima rodó por su mejilla, suicidándose en su mentó y estrellándose contra una de las rocas de la orilla...

En una lujosa sala adornada con globos y luces flotantes en color rosa y azul, se llevaba acabo una fiesta donde solo había mujeres. Dos distinguidas mujeres en especial, destacaban por sus vientres considerablemente abultados y redondos.

—¿Ya han pensado como se llamará, Lucina? —preguntó una de las mujeres, rubia, sonriendo, mientras tomaba una taza de té.

—Me gustaría algo como Darcy o Daphne —respondió la otra mujer, castaña—. ¿Y ustedes, Cissy? —cuestionó.

—Lucius quiere que lleve su nombre y yo quisiera seguir con la traducción de mi familia: Ponerle el nombre de alguna estrella o constelación —contestó Narcissa, mirando soñadoramente las luces que flotaban a su alrededor.

—Pues pueden ponerles ambos nombres —sugirió la mujer—. ¿Y has pensando en que constelación sería buena para el nombre?

—Draco. Me gusta Draco. Y ahora que lo mencionas, suena bien. Draco Lucius Malfoy. Se lo propondré a Lucius —comentó la mujer.

—Draco —repitió Lucina, sonriendo.

—Si, por la constelación del dragón —comentó la rubia.

—Es un nombre muy lindo. ¿Draco y Darcy? o ¿Draco y Daphne? —meditó pensativa, acariciando su vientre.

—Daphne es muy lindo —aseguró la otra mujer, imitando a su amiga y acariciando su vientre—. ¿Puedes creer que ya pronto nacerán, con solo unas semanas de diferencia? Tendrán la misma edad, crecerán juntos...

—Irán a Hogwarts juntos —interrumpió Lucina.

—Y serán de Slytherin —siguió Narcissa.

—Sería maravilloso que en un futuro se enamoraran y se casaran —añadió la castaña, con tono soñador. La mujer Malfoy sonrió y asistió.

—Lucius lo ha mencionado varias veces —comentó: — Que se casaran y siguieran con la línea pura de la sangre. Comprometer a Draco y Daphne ya cuando estén más grandes, sería maravilloso —declaró, con el mismo tono soñador de su amiga.

Lucina asistió con la cabeza, sin perder la sonrisa y la ilusión. El corazón de la castaña comenzaba a albergar la esperanza de que al final de cuentas los O'Brien emparentarían con los Maofiiy de una u otra manera. Aunque su hija no llevara el apellido O'Brien, si llevaba la sangre de su familia.

Esa ilusión fue creciendo con el paso de los años, de la misma forma que con el paso de los años los hijos de ambos iban creciendo. Así fue como varios años después las dos mujeres tomaban té en el jardín, observando a sus pequeños retoños jugando. El pequeño Draco y la pequeña Daphne corrían de arriba a abajo, persiguiendo los pavoreales alvinos que abundaban en el lugar. Lucina a diferencia de Narcissa, quien ya había recuperado su esbelta figura,estaba nuevamente en un embarazo avanzado.

—Se van tan lindos juntos —comentó la Greengrass, sosteniendo su cabeza con sus manos y sonriendo ampliamente, creando sueños en su cabeza.

—Bastante —apoyó la mujer de Malfoy.

Lucina siguió sin despegar sus ojos azules del par de pequeños rubios de dos años. Sin duda alguna hacían una pareja linda. Lucius en particular, siempre aprovechaba para comentar el parecido que tenía Daphne con Narcissa, en sus ojos azules y cabello rubio, en lo educada que era y como seguramente terminaría casada con su pequeño dragón cuando fueran mayores.

Ella sabía que Lucius hacía aquello solo por dos razones, una parte para complacerla a ella y por el otro lado, la gran amistad que tenía con su esposo. Y aunque tenía miedo de que algo evitara que aquel compromiso se llevara a cabo, no se puso limites al depositar todos sus sueños y anhelos en la pequeña Daphne. Sin embargo, todo cambio años después. El panorama se desdibujó con el nacimiento de Astoria y el caprichoso Malfoy. Draco, al igual que su padre, había decidido no darle gusto a la antigua O'Brien, dejando que todos los sueños de Lucina se quemaran en el aire.

El pequeño Malfoy consiguió que los planes cambiaran una tarde que se encaprichó con la Greengrass menor, provocando que los complacientes padres comprometieran a los chicos. A nadie le importó en esos momentos todo lo que ella había hecho por juntar a Draco y a Daphne, así como en un tiempo, su madre había hecho hasta la imposible para juntarla a ella con Lucius. Su madre, Cassandra O'Brien, y su padre, Raymond O'Brien... ambos habían muerto durante la primera guerra mágica y nunca llegarán a ver como emparentarían con los Malfoy, aunque fuera indirectamente.

Quizás por ese recuerdo se obsesionó con juntar a su hija con Draco, y aunque eso no hubiera sido del todo malo, su gran error fue seguir soñando a través de Daphne, aún cuando ya había un compromiso entre su pequeña hija y el Malfoy. En su mente seguía viendo a Daphne como una O'Brien y a Astoria como una Greengrass, a pesar de que ambas pertenecían a las dos familias...

Lucina suspiró, mirando con melancolía una copa de vino que tenía en su mano. La mujer estaba acostada en un sofá blanco, en su habitación. El lugar estaba en penumbras, la única luz que había era cortesía de la luna que se filtraba por la ventana; de la misma forma que el único ruido que rompía el silencio del lugar era la respiración de la castaña y el agua que corría en el baño.

La mujer de sangre O'Brien permaneció ahí, tranquila y perdida en sus pensamientos, hasta que el agua cesó y quince minutos después su esposo salía del baño con el pijama puesto y ella volteó a verlo.

—¿Qué pasa, Luci? —preguntó Samael, sentándose a su lado. La mujer se encogió de hombros y, desviando la mirada hacía la ventana, habló.

—¿Piensas que he sido mala madre? —preguntó con evidente tono melancólico en sus palabras.

—¡Claro que no! —se apresuró a decir el hombre rubio, tomando por los hombros a Lucina, para hacer que lo viera directamente—. Al contrario, has sido una excelente madre. Las niñas te adoran y... ¿Por qué piensas esas cosas? —la regañó.

—Tonterías mías —contestó la mujer, intentando sonar desinteresada en el tema—. Solo me preguntaba... ¿Qué pensarían ellas de nosotros si llegara a pasarnos algo...? —comentó, con aflicción, pero su marido la interrumpió.

—No digas esas cosas —dijo con firmeza—. Nada malos nos pasará y dentro de varios años, cuando nos llegue la hora, ellas nos recordaran de buena forma. Sin querer sonar engreído, me atrevo a decir que no hemos hecho nada que no pensáramos que es por su bien y ellas lo sabrán apreciar. —sentenció. Lucina asistió y sonrió de medio lado, no muy convencida de aquello—. Mejor vamos a dormir —declaró.

La castaña asistió y se dejó guiar a la cama, sin poner mucha atención a nada, volviéndose a perder en sus pensamientos. No podía evitar tener ese presentimiento, esa sensación de que en cualquier momento terminaría todo, con su cuerpo inerte en el suelo. El miedo la consumía y lo más ridículo del caso era que su mayor miedo era morir antes de que su hija se casara con Malfoy. No quería morir igual que su madre, sin ver realizado el sueño de los O'Brien. Con esos pensamientos se quedó dormida, tomando la mano de su esposo.

O-O-O

Durante las semanas que vinieron, Draco y Astoria se pasaron los días juntos, aunque guardando cierta distancia por obvias razones que no admitirían. Claro está que eso no fue impedimento para que tuvieran más de un encuentro subido de noto. Los días trascurrían entre comidas, caminatas, besos y juegos de mesa. Daphne solía ser parte de los juegos de mesa, sobre todo cuando se trataba del ajedrez mágico, o también caminaba con ellos por el jardín, pero cuando la pareja se comenzaba a poner melosa, una de dos: o Daphne se marchaba o les gritaba y amenazaba a Draco. Incluso en una ocasión la rubia había tirado al Malfoy dentro del estanque del jardín, según esto para bajarle la calentura al rubio que había comenzado a besar el cuello de Astoria.

Por otro lado, fuera de esa pequeña burbuja que había formado los adolescentes, las noticias en el mundo mágico no parecían mejorar y con el pasar de los días, las cosas solo se tornaron peor. Uno de esos malos momentos fue durante la cena de los Greengrass, cuando la marca tenebrosa comenzó a quemar el antebrazo de los mortífagos y Draco, quien no fue la excepción, sintió un horrible dolor al que no estaba acostumbrado. El cuchillo se le resbaló de las manos, clavándose en su muslo derecho, proporcionándole aún más dolor. El chico no pudo evitar entrar en pánico, no solo por lo que sentía, si no también, porque era la segunda vez que sentía el llamado del Señor Tenebroso y en esos momentos se encontraba fuera de la casa. No era como la ocasión anterior, cuando simplemente se encontraba en su habitación y le tocó bajar las escaleras para estar en presencia de Voldemort. En esos momentos estaba lejos y no sabía cómo salir del lugar sin que Astoria lo notara.

—¿Draco, estás bien? —preguntó el señor Greengrass. El chico respingó, por un momento había olvidado que se encontraba en compañía de otros mortífagos y de que ellos estaban consiente de su condición. —Ven conmigo —pidió Samael, poniéndose de pie y tomando al rubio de los hombros para ayudarlo a levantarse.

—¡Papá, Draco se cortó la pierna! —chilló Astoria, haciendo ademán de ponerse de pie para ir detrás de los hombres. Sin embargo, Lucina, consciente de la situación, ya que a ella también le ardía la marca, intervino para detener a su hija.

—Espera, querida. Deja que tu padre se encargue de eso. Él sabe curar, por algo es auror y esa cortada es algo intima para que una señorita esté presente —dijo con calma, poniéndose de pie y caminando hasta donde Astoria. —Vamos, hagamos nosotras mismas un postre y el té para ahorita que se cure —ofreció.

Astoria resopló y dejó que los dos rubios abandonaran el comedor casi corriendo hasta que llegaron al estudio del hombre mayor.

—Sabía que estabas a sus servicios, pero no que te hubieran hecho la marca —comentó el hombre, cerrando la puerta tras él.

—Me la hizo casi el mismo día que me fui —admitió, sentándose en una de las sillas, por el dolor de la pierna—. No muchos estaban presentes, ni siquiera estaba Snape o bueno, ustedes tampoco, aunque pensé que lo sabrían.

—No, nos habían dicho nada —dijo el señor Greengrass—. Supongo que es una ventaja tener un mortífago joven y anónimo del que no cualquiera llegaría a sospechar. Aunque la verdad era demasiado joven.

—Según mi tía, soy más que Regulus Black —alardeó el joven rubio con media sonrisa.

—No es por arruinarte el orgullo —habló Samael con seriedad—. Pero no es una buena comparación. Tu primo murió muy joven, Draco.

—Gracias —bufó el chico—. Eso me hace sentir mejor —rió por lo bajo y el señor Greengrass sonrió y negó con la cabeza.

—Hablo en serio, Draco, y no olvides que si algo necesitas puedes contar con nosotros. Pero en fin, lo mejor es irnos ya —sentenció con firmeza, acercándose el chico para ayudarlo a levantarse.

—¿Y mi cortada? —se quejó el muchacho, quien ya sabía a donde irían y debía de admitir que no le agradaba mucho.

—Fue una cortada muy conveniente para que las niñas no lo notaran que nos marchamos por el llamado del Señor Tenebroso. Te curaré luego de volver, si no vamos ahora nos castigaran. —Draco hizo una mueca de disgusto, pero antes de volver a quejarse, sintió ese tirón en su ombligo, señal de que estaban usando la aparición.

El rubio cerró los ojos con fuerza, aquello le era muy incomodo, pero al parecer a le tocaría usarla mucho, aunque antes debería aprender a hacerlo. En un parpadear aparecieron donde ya estaban reunidos varios mortífagos, casi todos conocidos, menos por un tipo alto y peludo. Draco no debía de ser muy listo para reconocer que ese tipo no era humano y por su aspecto podría jurar que era un hombre lobo y su teoría se confirmó cuando el tipo mostró su boca, con colmillos y llenos de sangre.

—¿Por qué se han tardado tanto en aparecer? —preguntó el Lord Oscuro. —Y veo que Lucina no ha venido con ustedes —comentó.

—Draco tuvo un inconveniente y Lucina se quedó con las niñas —respondió Samael—. No podíamos dejar que ellas notaran que todos desapareciamos.

—Si. Siempre protegiendo a la familia, Samael —dijo burlonamente el mago tenebroso.

—No es por la familia, mi señor —intervino Draco, frunciendo el ceño levemente—. Pero si Daphne o Astoria se enteraran de que estoy a sus servicios, sería difícil llevar nuestro plan a cabo.

—Si, claro —respondió el Lord Oscuro—. Igual no les llamé para eso —sentenció, caminando en el centro del circulo que los mortífagos formaban a su alrededor, hasta llegar frente al hombre lobo—. Creo que la mayoría de ustedes podrán reconocer a nuestro nuevo miembro: Fenrir Greyback.

Todos los presentes miraron con recelo al licantropo. Todos, menos Draco, quien más que asqueado o temeroso, lucía sorprendido por lo que había dicho Voldemort. ¿Greyback? ¿Sería pariente del mismo Greyback que él conocía? ¿El amigo de Astoria era medio hombre lobo? ¡Maldición!

—Un honor estar aquí a sus servicios, mi Lord —dijo el hombre lobo con voz escalofriante.

—Calla Greyback —intervino el mago tenebroso—. Estás aquí porque te conviene. Tú nos ayudas y nosotros te ayudamos. Así de simple —sentenció—. Así que esto va para todos: Greyback está ahora de nuestro lado, a nuestros servicios para todos esos trabajos que ustedes ya saben. Claro está que la pequeña condición es que facilitemos la comida mensual a nuestro hombre lobo.

—Siempre y cuando no se meta con nuestros hijos, que acabe con todos los sangre sucia —intervino el señor Nott, siendo apoyado por las miradas inquisitorias de todos los mortífagos que eran padres.

—Pero que insolencia la tuya, Nott. ¡Interrumpir y ponerle condiciones al Señor Tenebroso! —exclamó Bellatrix Lestrange, con evidente furia.

—Lo siento, pero no puedo evitar hablar cuando existe la posibilidad de que esa cena sea mi hijo —respondió el aludido—. Pero, Claro. ¿Tú que vas a saber? Si no tienes hijos —bramó, burlándose.

—¡Maldito seas, Nott! —la mortífaga sacó su varita y apuntó al hombre castaño, pero antes de maldecir, Voldemort intervino.

—¡Basta y compórtense! O les enseñare a los dos a obedecer y respetar —declaró el mago, con voz fría y carente de toda emoción—. Regresando a nuestro asunto, eso queda claro, Greyback, tienes prohibido atacar a cualquiera de la familia de mis queridos mortífagos. ¿Queda clar? —preguntó, mirando con sus ojos rojos al hombre lobo quien solo bufó.

—Por su puesto, mi señor —terminó aceptando. Aunque era más que evidente que las limitaciones no le gustaban.

—Pero, nosotros seremos generosos, Greyback. Evitaremos que te atrapen, sobre todo Greengrass, quien trabaja para el ministerio y fácilmente podrá evitar que alguien te culpe por los asesinatos o desapariciones. ¿No es así, querido amigo?

—Claro, mi señor —concedió Samael, aunque su mirada decía todo lo contrario.

Mientras tanto, Draco seguía en silencio, perdido en sus pensamientos y ajeno a lo que sucedía en la sala de su propia casa.

—También quería darles información de primera mano —comentó, caminado lentamente y en círculos, pasando al frente de cada uno de sus seguidores. —¿Recuerdan a Igor Karkarov, verdad? Nuestro desertor —añadió con seriedad, mirando a los presentes. —¿Por qué no les cuentas lo que ha pasado con él, Crabbe?

—Está muerto —dijo el padre Vincent. Draco se sobresaltó por unos instantes, no se terminaba de acostumbrar a tanta frialdad a la hora de habar de la muerte, menos aún cuando lo decía el padre de uno de sus mejores amigos.

—Se lo merecía, ¡por cobarde! —apoyó Bellatrix—. Si yo me lo hubiera topado antes, primero lo hubiera torturado. ¡Ese traidor! —alardeó.

—Gracias, Bella. Me gusta tu entusiasmo, pero lo de Karkarov ya está hecho. Así que por ahora solo queda esperar y seguir los planes que tenemos —concluyó Voldemort—. Y no olviden de que lo que se ha dicho aquí, aquí se queda. Los que no han estados presentes no merecen saber la información —declaró, antes de hacer una vaga seña de despedida a lo que los mortífagos asistieron.

Draco apenas y reaccionó cuando el señor Greengrass lo tomó del brazo para regresar a la mansión. Pasaron los incómodos segundos de siempre, hasta que terminaron en el despacho de Samael.

—Ahora si vamos a curarte, Draco —declaró con naturalidad, dejando al muchacho sentado en el sófa marron del despacho.

—¿Por qué tanto miedo por Fenrir Greyback? —preguntó el joven rubio con ingenuidad—. Me refiero a los niños —añadió ante la mirada de su futuro suegro.

—Greyback tiene mucha fama, muy bien fundamentada, sobre su afición por alimentarse de niños —comentó el hombre, mientras sacaba una poción de una de las cabinas que estaban a lado de los estantes de libros—. Es un verdadero animal y disfruta con el dolor ajeno. Dudo mucho que exista una persona que no le tema a esa bestia. Se ha llevado por delante familias enteras y principalmente ha convertido a niños. El tipo está convencido de que ser un hombre lobo es un honor —bufó lleno de asco, pasándole la poción a Draco.

—¿Quiere decir que más que matar le gusta morder para trasformar? —preguntó, con la vista perdida. La sola idea de que sus amigos, Astoria y algunos más estuvieran expuestos a eso, le estremecía.

—Le da igual, siempre y cuando tenga el hocico lleno de sangre. Muerde con luna llena y sin ella —declaró—. Tomate la poción —ordenó.

Draco asistió y bebiéndose el líquido azulado, se quedó meditando unos segundos, sintiendo el calor en su pierna. La herida curó velozmente y aún así el permaneció quieto. La curiosidad le estaba carcomiendo el alma, así que titubeando un poco se animó a preguntar lo que verdaderamente quería saber.

—¿Greyback puede que sea un apellido muy común, pero me pregunto... ¿Sería posible que...? —comenzó a plantear, pero antes de terminar de formular la pregunta, Samael afirmó con un movimiento de cabeza.

—Fenrir tiene un hermano, Frey Greyback. —Draco abrió los ojos con asombro—. Y si te lo preguntas, si, él es el padre de Cole. El chico que ha mandado varias cartas a Astoria —confesó el señor Greengrass.

Draco abrió los ojos con asombro y golpeó el escritorio de mala manera. Era más que obvio que la información no le había caído en gracia, mucho menos aún la tranquilidad con la que Samael la había dicho. Estaban hablando de que Astoria estaba en contacto con un asqueroso hombre lobo. ¡Un hombre lobo! ¡Maldición!

—¿Y lo dice así, tan tranquilo? ¿Astoria convive con el hijo de un hombre lobo y lo dice así como si nada? —bramó furioso, reprochando a su futuro suegro.

—Tranquilizate, Draco. Tú mismo lo has dicho, Cole es el hijo de un hombre lobo, pero él no lo es. Según tengo entendido, Greyback, bueno... Frey es solamente medio lobo —comenzó a explicar, aunque la expresión de Draco no cambiaba en lo más mínimo—. Su madre era una asquerosa bruja que al parecer se enamoró del hombre lobo. Por ende, el padre de Cole no luce como Fenrir, si no que tiene apariencia humana con ciertos inconvenientes.

—¿Como el profesor Lupin? —preguntó el muchacho, solo para entender un poco mejor. Siempre era bueno hacer conexiones.

—Algo así, Draco. Aunque Remus Lupin fue mordido por Fenrir. ¿Sabías eso? —el señor Greengrass obsequió aquella información sin ningún deje de lastima o sentimiento, finalmente no era asunto. De la misma forma, Draco solo se encogió de hombros sin darle la mayor relevancia.

—Al final de cuentas no dejan de ser animales —masculló el rubio Malfoy.

—Frey se casó con una bruja —continuó narrando Samael—. Una bruja con sangre Veela. Así que se puede deducir que, con tanta mezcla de sangre, Cole salió tan inofensivo como un cachorro. Aunque admitiré que me sorprende el hecho de que pueda usar magia.

—Pero que bella familia —se burló Draco, con evidente ironía—. Es poco peor que un sangre sucia y se pavonea de aquí a allá como si fuera de sangre limpia.

—Andar diciendo que tiene parientes lobos no ha de ser muy beneficiario para su vida social —apoyó el hombre mayor. Draco lo miró y sonrió de medio lado. Los únicos otros adultos con los que el rubio sentía confianza para hablar así, eran sus padres y su padre, pero al parecer su futuro suegro era igual de agradable.

—Y aún así, vuelvo a preguntar: ¿Por qué permite que Astoria se relacione con ellos? —cuestionó.

—Tranquilo, Draco. Jamás permitiría que Astoria se acercara a ellos más de lo inevitable —aclaró—. No puedo controlar las leyes de la escuela, pero mientras esté en mis manos ella no se acercará a esa familia. Además, tú, al igual que yo, sabes mejor que nadie que a Astoria si le prohíbes algo, con más razón lo hace. Así que es mejor hacer como si no importara y manejar los hilos por debajo de la mesa, pendiente de lo que pasa —concluyó el señor Greengrass.

—Vaya familia que resultaron ser los Greyback. Y solo por curiosidad, ¿Cole sabe de su tío? —preguntó con la malicia brillando en sus ojos grises.

—No tengo la más mínima idea, ni que me la viviera pendiente de eso. Lo que te acabo de contar sólo son historias, rumores y demás que se pueden escuchar en un bar o en los mismos pasillos del ministerio. Porque como sabrás, Frey trabaja en el ministerio de magia. —Draco bufó de mala manera y rodó los ojos con fastidio.

—Si, ya lo sabía. Pero con esto solo compruebo mi teoría de que no importa el lugar en donde estés, la escoria es escoria, ya sea en una madriguera o en una mansión como los Greyback. No dejan de ser unas aberraciones de la naturaleza —finalizó.

—Me alegra que pensemos igual, Draco —apoyó Samael, al tiempo que se acercaba a la mesa donde tenía unas cuantas copas y varias botellas de diferentes vinos, aunque claro, su preferida era el Whisky. Sin embargo, antes de que el hombre terminara de servir las dos copas, alguien tocó a la puerta y no fue muy difícil advinar de quien se trataba.

—¿Padre? ¿Draco? ¿Están bien? —preguntó Astoria, con su voz aniñada de siempre.

—Claro, cariño —contestó el señor Greengrass, sin moverse de su lugar, abrió la puerta con su varita y terminó de servir los tragos, para dar la apariencia de estar teniendo una pequeña charla. Aunque eso era en verdad lo que estaba pasando, debía lucir como si todo ese tiempo hubiera estado ahí.

—Tu padre y yo nos quedamos platicando después de que me curara —comentó el joven rubio, siguiendo el juego de Samael—. Mencionamos especialmente a una pequeña castaña quien de pequeña era muy inquieta —mencionó, para dar más credibilidad al asunto.

—Una hermosura de niña que se ponía a bailar en la sala, envuelta en las cortinas, como si fueran sus vestidos y usando como pareja a las almohadas —comentó el hombre, riendo al par de Draco, quien de solo plantearse la idea de aquella ternura de una mini-Astoria haciendo eso no había podido contener la risa.

—¡Papá! —regañó la susodicha, con las mejillas ardiendo.

—Ya, princesa, no te enojes —la calmó el Malfoy, poniéndose de pie para abrazarla.

—Se tardaron mucho —recriminó—. Si hasta pensamos que algo malo le había pasado a Draco —añadió, haciendo un puchero de reproche.

—No exageres, Tory —dijo Draco—. Además, ¿qué no iban a preparar un postre? —preguntó, al tiempo que tomaba la copa de Whisky que Samael había puesto sobre el escritorio, para disimular que llevaban rato tomando.

—Los elfos ya habían preparado uno y el té también ya estaba —aclaró la pequeña castaña—. Llevamos casi una hora esperando por ustedes en la sala.

—Y nosotros que queríamos acompañar el postre con algo de más que té —bromeó el padre de Astoria, dándole un trago a su copa.

—¡Papá! —chilló la chica, dandole de paso un manotazo a Draco, para que dejara la copa—. Tú no tomes, amor. Abajo hay té —sentenció.

—Vamos, pues —resopló el chico con evidente derrota—. Cambiar Whisky de fuego por un té negro. Que gran negocio.

—Y por muchos besos —susurró a su oreja, intentando que su padre no escuchara, pero al parecer no le salió.

—Vamos todos y compórtense —les indicó con una leve risa el hombre rubio, dejando la copa de lado y empujando sutilmente a los adolescentes para que salieran del despacho—. El té y el postre son más que suficiente, así que nada de besos —puntualizó, mientras bajaban las escaleras para ir a la sala.

O-O-O

Los días siguieron pasando como era de esperarse, dejando cada vez más cerca el regreso a Hogwarts. Las cartas de la escuela, con los nuevos materiales para cada asignatura, no tardaron en llegar, trayendo consigo la visita de Narcissa. La mujer llegó animada, felicitando a su hijo por los resultados de sus TIMOs, llenándolo de besos y abrazos, provocando ciertos celos en Astoria y fastidio en Daphne. Más que nada, la rubia tenía ganas de tirarse de un balcón, con tanto que repetían la grandeza del príncipe de Slytherin y a ella le recordaban sus mediocres notas. Para pesadilla de la Greengras rubia, la madre de Draco se quedó a cenar.

—Debes de estar muy orgullosa de Draco, Cissy —comentó la rubia, durante la cena.

—Demasiado —aseguró la mujer y su hijo sonrió de medio lado—. Aunque ya no vaya a ser prefecto —suspiró Narcissa. Los señores Greengrass regalaron miradas comprensivas, mientras que Draco se hizo el loco, Daphne rodó los ojos y Astoria rió por lo bajo. La única noticia mala aquel día había sido aquella, aunque no era una gran sorpresa para los estudiantes de Slytherin, quienes recordaban muy bien la renuncia de Draco en un momento de enojo. Pero al parecer el chico no le había comentado nada a su madre, quien verdaderamente se sorprendió al ver la carta de su hijo, donde decía formalmente que había sido removido del cargo. Lo único que Draco agradeció es que la carta no dijera: Aceptamos su renuncia al cargo; porque si así hubiera sido, lo hubieran regañado.

—Bueno, son pequeños detalles, Cissy —añadió Samael.

—¿Cuándo iremos a comprar las nuevas cosas? —preguntó Astoria, sin poder evitar recordar que Cole le decía que quería verla en el callejón Diagon. Claro está que ella quería ir lo antes posible, para evitar encontrarse con él.

—Bueno, ¿qué les parece si yo llevo a los chicos a comprar las cosas, este fin de semana? —propuso la rubia Malfoy—. Tiene buen tiempo que no voy al callejón Malfoy y así aprovecharía a comprar unas cuantas cosas —comentó. Samael la miró con una amable sonrisa y no dudó en concederle la petición.

—Por supuesto. Lucina y yo tenemos que quedarnos tiempo completo a partir de esta semana, así que, bien puede ir el sábado, ¿no? —apoyó.

—Yo he quedado de ir con Tracey el viernes —intervino Daphne, ganándose una mala mirada de sus padres—. Los señores Davis nos acompañaran, ya sé que no podemos ir solas como antes —añadió con resignación.

—No sé a quien le habras pedido permiso para hacer esos planes, pero hasta que no hablemos con los Davis, esos planes no existen —declaró su padre.

—Bueno, entonces para el sábado quedamos de ir a comprar las cosas para la escuela —declaró Narcissa con una sonrisa de entusiasmo—. ¿Tú no tienes planes, verdad Astoria?

—Claro que no, señora —contestó la niña, devolviéndole la sonrisa a su futura suegra—. Será un placer para mí ir con usted y Draco al callejón Diagon —aseguro, pensando en lo conveniente que sería si de pura casualidad se topara con Cole o Pansy o cualquier otro que no aprobara su relación con Draco. Porque la pequeña Greengrass no se ponía a pensar lo mal vista que pudiera ser por andar en compañía de los Malfoy en esos momentos, pero mientras sus padres no objetaran, ella seguiría feliz de la vida en compañía de quienes ya consideraba su familia.

—Entonces está hecho. El sábado a las nueve de la mañana vendré a las nueve de la mañana para partir —concluyó la mujer, visiblemente animada. Todos los presentes, excepto Daphne, asistieron y sonrieron ante el animo de la mujer. Era agradable ver a Narcissa de tan buen humor aún con todas las cosas que estaban pasando.

O-O-O

El sábado llegó antes de lo que los chicos se lo hubieran esperado. Aunque para suerte de Daphne, se salió con la suya para ir el viernes en compañía de Tracey y por lo visto se había topado con Theodore en Flourish y Blotts.

—Los negocios de Fortescue y Ollivander están tapados con tablas —informó la rubia, la mañana del sábado, mientras le entregaba una pequeña bolsa llena de oro a su hermana, por encargo de sus padres, quienes en esos momentos ya se había ido al ministerio.

—Una lástima, yo quería un helado —se quejó Astoria, recibiendo el dinero.

—Ya comeremos en otro lado —animó Draco, aunque lucía algo ausente. Esa mañana había recibido una carta de su tía, una carta muy poco sutil donde le exigía que dejara de dormir en sus laureles y comenzara a planear algo para su misión. Así que el joven rubio lo único que hacía en esos momentos era pensar, pensar en que podría sacar del callejón Diagon que le fuera útil. Su mente se centraba en los artículos de Borgin y Burkes. De ahí había sacado la Mano de la Gloria, la cual, por supuesto, ya estaban en su baúl y aunque aún no sabía para que le serviría, ahí estaba.

—En fin —bufó Astoria—. Ya vengo, voy al armario por mi capa —comentó Astoria, saliendo corriendo escaleras arriba. Draco se quedó mirándola y en su cabeza no dejó de retumbar la palabra "armario". Como si de repente se hubiera abierto un libro lleno de respuestas frente a él, a la mente se le vinieron las palabras de Montague y el dichoso Armario Evanescente.

—¿Estás bien, Malfoy? —preguntó Daphne, mirando suspicaz al rubio. El aludido rodó los ojos y resopló—. Pero que humor, y te apuesto que te pondrás peor cuando pases por el nuevo negocio del callejón Diagon —comentó con veneno.

—¿Nuevo negocio? ¿Quién ha sido tan estúpido de poner un negocio nuevo en este tiempo? —interrogó, enarcando las cejas con cierta sorpresa y burla.

—Adivina quién —propuso la rubia, pero solo se ganó una mala mirada—. Hoy te levantaste con el pie izquierdo, ¿verdad? —bufó—. Ya, bien, te diré. Tus queridos amigos, Fred y George Weasley han puesto una tienda llama "Sortilegios Weasley", de bromas y demás —confesó sonriendo con malicia, disfrutando de la inminente cara de asco y molestia del chico.

—Ese cochino lugar va de mal en peor —comentó despectivamente—. ¿Y ustedes que hacían ahí, no me digan que entraron?

—Por supuesto, Theo quería unas cosas —respondió con tranquilidad—. He de confesar que tienen buenas cosas y tienen servicio de entrega con lechuzas...

—Ya mejor cierra el pico —la cortó Draco de mala manera—. No me interesa en lo más mínimo lo que hay ahí adentro.

—Tienen unas hermosas pelusas de colores que chillan, creo que se llamaban soplidos pigmeos —comenzó a decir la rubia, ignorando la incomodidad del joven Malfoy —En su surtido tienen también pociones de amor, orejas extensibles, bombones desmayo, turrón sangranarices, varitas falsas, caramelos de la verdad, si Draco, contienen Veritaserum y además venden polvo inmediato de oscuridad importado de Perú.

—¿Pero a quien le estás haciendo propaganda, Daphne? —se burló Astoria, bajando las escaleras, con su capa azul marino puesta.

—Tu hermana que se ha vuelto la nueva vocera oficial de los Weasley —respondió Draco con desdén.

—¿Los Weasley? ¿Han puesto una tienda? ¿Cuando? ¿Donde? ¿De que? —interrogó, visiblemente llena de curiosidad.

—Sortilegios Weasley, tienda de bromas y trucos —respondió Daphne—. Y aquí tu vino le está dando un infarto por eso —se burló.

—¡Ja! —bufó el susodicho—. Solo me sorprende que consiguieran dinero para abrir una tienda, cuando no tienen ni en que caerse muertos.

—Pues aunque te duela admitirlo, los gemelos son muy ingeniosos y encontraron la manera de salirse con la suya, sin necesidad de regresar al colegio —declaró la rubia Greengrass, con fingido aire solemne para hacer enfurecer más al rubio Malfoy.

—¿Es de Freed y George? —preguntó Astora ingenua y sorprendida ante la buena información.

—Claro. ¿De quien más si no? Sus bromas siempre han sido las mejor —respondió Daphne con obviedad.

Draco resopló y rodó los ojos con fastidio, tomando a Astoria de la cintura antes de que le siguiera la platica a su hermana mayor. El rubio llevó a la pequeña castaña a una esquina de la sala, donde estaban esperando la llegada de Narcissa.

—¿Qué pasa amor? —preguntó la chica—. No te enojes... —intentó decir cuando observó como el muchacho tenía el entrecejo fruncido.

—No es eso —cortó el chico—. ¿Te podría pedir un favor? —pidió en voz baja.

—Lo que quieras —accedió Astoria sin titubear y con evidente curiosidad reflejada en sus ojos verdes.

—Cuando estemos en el callejón Diagon, ¿podrías ir a la tienda de los Weasley y comprar un surtido de bromas, orejas extensibles y caramelos de la verdad? —pidió el chico, titubeando un poco ante el pedido. Claro que Astoria interpreto aquello como vergüenza de pedir algo de los Weasley y no como el temor que había surgido repentinamente en Draco al utilizar a Astoria para conseguir cosas que luego usaría para llevar a cabo su plan mortal.

—Claro, mi amor —concedió la pequeña, aunque extrañada, prefirió no preguntar. De igual forma con lo que había dicho su hermana se le antojaba entrar y dudaba mucho que a Draco le hubiera caído en gracia que lo hiciera, pero si se lo estaba pidiendo él mismo, encantada de la vida.

—Y por favor, no le comentes a nadie que las cosas son para mí —pidió con una mueca torcida.

—Tranquilo, ya me imaginaba eso y que seguramente no entrarás ¿verdad? —preguntó, aunque más que nada lo daba por seguro.

—No, no voy a entrar a ese lugar —dijo con cara de asco—. Pero tú le insistirás a mi mamá para que entren las dos —indicó—. ¿Lo harás Astoria? —pidió el rubio, haciendo una cara que Astoria encontró adorable.

—Está bien, pero me deberás una —aceptó la chica, robándole un beso fugaz Draco.

—Todas las que quieras, mi princesa —concedió el rubio, aprovechando para tomarla de la cadera y pegarla a él, dándole un beso más profundo.

—¡Oh, por favor, no! —gruñó Daphne con evidente fastidio, mirando a la pareja desde el otro extremo de la sala, sentada en un sofá individual. —los chicos rieron sin romper el beso, pero se separaron bruscamente al escuchar la chimenea.

—¿Están listos? —fue lo primero que dijo la madre de Draco al llegar. Ambos chicos asistieron y ahora la rubia fue la que rió entre dientes.

O-O-O

Llegaron al callejón Diagon por medio de aparición y tomando en cuenta que era la primera vez que Astoria desaparecía, la chica casi se vomita al estar de pie en una calle abandonada del lugar.

—¿Estás bien, querida? —preguntó Narcissa angustiada ante el pálido color de Astoria—. De haber sabido que no te habías aparecido nunca, hubiéramos utilizado los polvos flu para llegar a El Caldero Chorreante.

—Estoy bien —respondió Astoria cuando pudo comenzar a ver todo más claramente, aunque lo que vio tampoco fue muy agradable. El callejón Diagon había cambiado mucho:

Los llamativos y destellantes escaparates donde se exhibían libros de hechizos, ingredientes para pociones y calderos, ahora quedaban ocultos detrás de los enormes carteles de color morado del Ministerio de Magia que había pegados en los cristales; en su mayoría, copias ampliadas de los consejos de seguridad detallados en los folletos que el ministerio había distribuido en verano.

Algunos carteles tenían fotografías animadas en blanco y negro de mortífagos que andaban sueltos: Bellatrix Lestrange, por ejemplo, miraba con desdén desde el escaparate de la botica más cercano. Varias ventanas estaban cegadas con tablones, entre ellas las de la Heladería Florean Fortescue. Por lo demás, en diversos puntos de la calle habían surgido tenderetes destartalados; en uno de ellos, instalado enfrente de Flourish y Blotts bajo un sucio toldo a rayas, un letrero rezaba: «Eficaces amuletos contra hombres lobo, dementores e inferí.» Un brujo menudo y con mala pinta hacía tintinear un montón de cadenas con símbolos de plata que, colgadas de los brazos, ofrecía a los peatones.

—¿A dónde vamos primero? —cuestionó Draco, recorriendo el lugar con desdén y desprecio. Para su fortuna, cuando pasaron a un lado del brujo que vendía los amuletos, este no les ofreció nada.

—Vamos primero a Madame Malkin. Unas túnicas nuevas no les caería mal a ninguno de los dos, sobre todo a ti, Astoria. Esas túnicas ya te quedan algo cortas —comentó Narcissa, tomando dirección hacía el establecimiento. Los chicos no dijeron nada, pero siguieron a la mujer, tomados de la mano.

Astoria observaba al rededor con algo de lástima. Le era imposible creer que ese lugar había sido el agradable callejón que ella recordaba, donde jovenes magos y brujas andaban de arriba abajo, emocionados por el regreso o el inicio de año en Hogwarts. Draco, por otra parte, pasó todo el camino pensando en lo que debería de comprar y lo que podía obtener para su misión. Para empezar, Astoria se encargaría de las cosas Weasley, pero esas solo eran tonterías, necesitaba algo contundente de Borgin y Burkes. Llegaron al local de Madame Malkin, lleno de túnicas y demás ropas para magos y brujas.

Entraron y Narcissa no perdió tiempo en ir a escoger túnicas de todo tipo para Astoria.

—No creo que esto sea lo mío —murmuró la pequeña Greengrass al ver la túnica rosa pastel, que vagamente le recordaba a la que había usado Pansy para el Baile de Navidad. Draco rió por lo bajo y tomó una túnica verde oscuro.

—Creo que me probaré esto —declaró el chico. Madame Malkin asistió y, pidiéndole que se colocara en un perchero con los brazos extendidos, comenzó a poner los alfileres en el dobladillo para que le sentara bien al chico.

—Bien, vamos a buscar otras túnicas para ti, Astoria —ofreció la rubia, descartando el rosa pastel de las posibles elecciones.

La joven castaña se perdió entre las filas de túnicas, empañada en encontrar un azul estilo Beaxbaton, sin ningún existo aparente.

—¿Por qué no van a buscar eso en Twilfitt y Tatting? —comentó Draco al escuchar como su prometida rezongaba por el color de las túnicas.

—Querida —intervino Madame Malkin—. En la última fila hay diferentes tonos de azules, ¿por qué no les das un vistazo? Puede que alguna te guste —sugirió la mujer regordeta, sin dejar de arreglar la túnica del joven Malfoy.

—No nos iremos de aquí, dejándote solo —le regaño su madre—. Faltaba menos, si crees que te dejaremos aquí solo —declaró la mujer.

—Bien, no encontré azules, pero esta de color negro me gusta para la escuela —anunció la Greengrass, dando grandes zancadas para introducirse en el perchero continuo al de Draco. Narcissa entró detrás de ella y ambas alcanzaron escuchar las quejas del rubio.

—Por favor, no soy ningún niño, por si no te habías dado cuenta, madre. Soy perfectamente capaz de hacer las compras por mi cuenta —dijo el rubio, chasqueando la lengua con fastidio, pero Narcissa no respondió, por estar ayudando a su nuera a cambiarse. En cambio Madame Malkin si habló.

—Mira, querido, tu madre tiene razón; en los tiempos que corren no es conveniente pasear solo por ahí, no tiene nada que ver con la edad...

—¡Quiere hacer el favor de mirar dónde clava el alfiler! —le cortó de mala manera el chico. La mujer suspiró y con una seña le indicó que se mirara en el espejo. El rubio se bajó del banquillo donde estaba y se colocó ante el espejo y se miró. La elegante túnica se ajustaba mejor a su cuerpo, gracias a una reluciente hilera de alfileres plateados alrededor del dobladillo y los bordes de las mangas. Draco se miraba atentamente y tardó unos instantes en ver a Harry, Ron y Hermione reflejados detrás de él, y entonces entrecerró sus ojos grises.

—Si te preguntas por qué huele mal, madre, es que acaba de entrar una sangre sucia —anunció Draco Malfoy.

—¡No hay ninguna necesidad de emplear ese lenguaje! —lo reprendió Madame Malkin saliendo de detrás del perchero a toda prisa, con una cinta métrica y una varita en las manos—. ¡Y tampoco quiero ver varitas en mi tienda! —se apresuró a añadir, pues al mirar hacia la puerta vio a Harry y Ron allí plantados con las varitas en mano, apuntando a Malfoy.

—Déjalo, en serio, no vale la pena —les susurró Hermione, quien estaba detrás de los chicos.

—¡Bah, como si os atrevierais a hacer magia fuera del colegio! —se burló Malfoy—. ¿Quién te ha puesto el ojo morado, Granger? Me gustaría enviarle flores. —Al escuchar aquello Astoria entendió de quienes se trataban y se quedó helada dentro del vestidor. ¿Por qué tenía la suerte de toparse con ellos en esos momentos?

—¡Basta ya! —ordenó Madame Malkin, y miró a sus espaldas en busca de ayuda—. Por favor, señora...

—Termina de cambiarte, querida —dijo suavemente Narcissa, para después salir de detrás del perchero con aire despreocupado—. Guarden las varitas —exigió con frialdad a Harry y Ron—. Si vuelven a atacar a mi hijo, me encargaré de que sea lo último que hagan.

—¿Lo dice en serio? —la desafió Harry. El chico avanzó un paso y miró con fijeza a la mujer cuyo arrogante rostro, pese a su palidez, recordaba al de su hermana. Harry ya era tan alto como ella—. ¿Qué piensa hacer? ¿Pedirles a algunos mortífagos amigos suyos que nos liquiden?

Madame Malkin soltó un grito y se llevó las manos al pecho. Astoria sintió un golpe en el estomago con esas palabras y en lugar de terminar de cambiarse, se apresuró a sacarse la túnica negra para volverse a poner su vestido blanco y la capa azul.

—Chicos, no deberíais acusar... Es peligroso decir cosas así. ¡Guardad las varitas, por favor! —pidió la mujer, dueña del local. Pero Harry no la bajó y la rubia Malfoy esbozó una desagradable sonrisa.

—Veo que ser el preferido de Dumbledore te ha dado una falsa sensación de seguridad, Harry Potter. Pero él no estará siempre a tu lado para protegerte.

—¡Oh, vaya! —exclamó Harry, mirando con sorna alrededor—. ¡Ahora no lo veo por aquí! ¿Por qué no lo intenta? ¡Quizá le encuentren una celda doble en Azkaban y pueda ir a hacerle compañía al fracasado de su marido!

Draco, furioso, se abalanzó sobre Harry, pero tropezó con el dobladillo de la túnica. Ron soltó una carcajada, carcajada que se ahogo al ver a la castaña saliendo del perchero con una túnica negra en sus manos. Astoria dejó la prenda en el suelo y con dos largas zancadas se puso a un lado de Draco, mirando con desdén a los presentes y recibiendo una mirada ingenua, por lo menos por parte de Hermione y Ron, ya que Harry parecía demasiado molesto para notar su presencia.

—¡No te atrevas a hablarle así a mi madre, Potter! —gruñó el rubio.

—No pasa nada, hijo —intervino Narcisa, poniéndole una mano de delgados y blancos dedos en el hombro para sujetarlo. La Greengrass, también lo tomó de la mano, por otro lado. —Creo que Potter se reunirá con su querido Sirius antes de que yo vaya a hacer compañía a Lucius.

Harry levantó un poco más la varita.

—¡No, Harry! —gimió Hermione y le tiró del brazo para bajárselo—. Piensa... No debes... no te metas en líos.

—Si meterse en líos es lo mejor que saben hacer los tres —bramó Astoria, arrugando la nariz. Las otras miradas del lugar se desviaron hacía las de la Greengrass, mirándose con ojos asesinos.

—Veo que cada quien, está con su cada cual —murmuró Ron a Hermione y la chica solo suspiró y negó con la cabeza.

Madame Malkin, ajena a la batalla de miradas, titubeó un momento y decidió comportarse como si no pasara nada, con la esperanza de que realmente no llegara a pasar nada. Se inclinó hacia Draco, que todavía miraba con odio y asco a Harry.

—Me parece que tendríamos que acortar la manga izquierda un poquito más, querido. Déjame... —intentó decir la mujer, pero el rubio la cortó.

—¡Ay! —chilló Draco, y le dio un golpe brusco en la mano—. ¡Cuidado con los alfileres, señora! Madre, creo que no quiero esta túnica... —declaró y se quitó la prenda por la cabeza y la arrojó al suelo, a los pies de Madame Malkin.

—Tienes razón, hijo —coincidió Narcisa, y le lanzó una mirada de profundo desprecio a Hermione—. Ahora veo la clase de gentuza que compra aquí. Será mejor que vayamos a Twilfitt y Tatting, finalmente Astoria no encontró nada de su gusto en este lugar. Ni siquiera debimos de venir aquí —sentenció.

Astoria permaneció en silencio, manteniendo la mirada entornada, con cierto desprecio por el trío de Gryffindor. Los dos Malfoy y la Greengrass abandonaron con aire decidido la tienda y, al salir, Draco se aseguró de tropezar con Ron y darle tan fuerte como pudo. El pelirrojo masculló unas maldiciones, pero por Hermione no se atrevió a seguir dando pelea.

O-O-O

Tal cual lo dijeron, la mujer y los dos adolescentes se dirigieron a Twilfitt y Tatting, donde escogieron con más rapidez las prendas que quería. El pequeño encuentro con Potter y sus amigos, pareció no caerle muy en gracia a Astoria, sobre todo por las palabras dichas. No concebía, ni entendía como es que las palabras podían ser tan crueles e hirientes. Le calaban, le calaban en el alma y eso que no habían sido en contra de sus padres, pero como si lo fueran, porque se trataban de sus suegros.

—¿Qué más nos falta? —preguntó Narcissa, saliendo de la tienda con las túnicas en bolsas negras.

—Casi todo —contestó Draco. —Los libros, los ingredientes en el boticario y ¿ya compraste comida para tu gato, Astoria? —preguntó, mirando a su novia.

—Creo que ya no es mi gato —declaró la chica—. Daphne le compró comida ayer y parece que Serp se lleva mejor con ella —bufó.

—¿Y si te compramos una lechuza, querida? O un halcón como a Draco —sugirió la madre del príncipe de Slytherin.

—No gracias, los animales no son lo mío —declaró la castaña, mirando al rededor, intentando ubicar el local de los Weasley.

El primer lugar al que fueron fue al boticario, comprando diferentes ingredientes según lo que cada uno necesitaba. Astoria se asqueó un poco, especialmente con los ingredientes de Draco, pero se mordió la lengua para no decir nada. Salieron del lugar y cuando caminaban hacia Flourish y Blotts, la Greengrass observó el lugar al que quería ir y al que su novio le había pedido que fuera.

Comparado con los otros escaparates de las tiendas de los alrededores, cubiertos de carteles, el local de Fred y George parecían un espectáculo de fuegos artificiales. Al pasar por delante, los peatones se volvían para admirarlos y algunos incluso se detenían para contemplarlos con perplejidad.

El escaparate de la izquierda era deslumbrante, lleno de artículos que giraban, reventaban, destellaban, brincaban y chillaban. Astoria sonrió al verlo, aunque no fue lo mismo con el escaparte de la derecha, el cual se hallaba tapado por un gran cartel morado, como los del ministerio, pero con unas centelleantes letras amarillas que decían: ¿Por qué le inquieta Elquenodebesernombrado? ¡Debería preocuparle LORD KAKADURA, la epidemia de estreñimiento que arrasa el país!

Una mueca se formó en su rostro y volteando a ver de reojo a Draco, quien no parecía tampoco muy complacido con ese cartel, le hizo una seña. El rubio suspiró y asistió. ¿Ya que más le quedaba?

—Señora Malfoy, ¿cree que podría entrar un momento a Sortilegios Weasley? —preguntó insegura.

—¿Qué, cómo? —se exaltó la muer, volteando a ver el lugar, examinándolo y terminando por poner cara de asco—. ¿Pero por qué una niña, como tú, querría entrar en un lugar así? —cuestionó extrañada.

—Daphne dijo que tenían unas cosas muy lindas para chicas —inventó Astoria.

—¡Oh! ¿Daphne entró a ese lugar tan vulgar? —exclamó horrorizada.

—Por favor —suplicó la pequeña castaña, pidiéndole ayuda a su novio con la mirada.

—Vamos madre, que Astoria se quede en ese lugar mirando las cosas, mientras nosotros vamos por los libros —intervino Draco.

—No lo sé —titubeó Narcissa, mirando desconfiada el local—. No puedes andar sola por ahí, Astoria. Aunque tampoco es un lugar al que me gustaría entrar.

—Entonces entra con ella madre y yo voy por los libros —sugirió el rubio con firmeza, ganándose una mala mirada por parte de su madre.

—Por favor, solo un pequeño vistazo —volvió a insistir Astoria, ganándose la aprobación. Los Malfoy la acompañaron hasta el local, pero manteniendo la distancia, solo observaron como entraba al establecimiento.

Mientras la Greengrass se dedicaba a recorrer los escaparates y buscar lo que Draco le había pedido, hijo y madre se dirigieron hacia la librería, aunque la unión no duró mucho, ya que el joven mortífago no se daría por vencido tan rápido. Apenas tuvo la oportunidad, dejó a Narcissa sola en Flourish y Blotts, pensando que su mejor escusa sería decir que había ido por Astoria al local de los Weasley. Mientras, emprendió paso veloz hacía Borgin y Burkes.

O-O-O

Astoria se internó en la tienda, tan abarrotada de clientes que le era difícil acercarse a los estantes. Sin embargo, miró fascinada alrededor y contempló las cajas amontonadas hasta el techo. Allí había cajas de los Surtidos Saltaclases, de esas que habían circulado el curso anterior en Hogwarts. El turrón sangranarices era, al parecer, el más solicitado, pues sólo quedaba una abollada caja en el estante, la cual tomó, junto al resto de lo que quedaba de los famosos surtidos.

También había cajones llenos de varitas trucadas. Las más baratas se convertían en pollos de goma o en calzoncillos cuando las agitaban; las más caras golpeaban al desprevenido usuario en la cabeza y la nuca. De igual forma había cjas de plumas de tres variedades: autorrecargables, con corrector ortográfico incorporado y sabelotodo. Astoria se tomó la libertad de tomar una autorrecargable en color rosa, para ella y otra morada para Paige. Con las cosas en las manos, se abrió paso, a duras penas, entre la multitud hasta el mostrador, donde un grupo de maravillados niños de unos diez años observaban una figurita de madera que subía lentamente los escalones que conducían a una horca; en la caja sobre la que se exponía el artilugio, una etiqueta indicaba: «Ahorcado reutilizable. ¡Si no aciertas, lo ahorcan!»

La castaña rió por lo bajo y siguió examinando el lugar, topándose con expositor donde había una caja con el nombre de «Fantasías patentadas» y una fotografía de un apuesto joven y una embelesada chica en la cubierta de un barco pirata. La información decía: "Tan sólo con un sencillo conjuro accederás a una fantasía de treinta minutos de duración, de primera calidad y muy realista, fácil de colar en una clase normal de colegio y prácticamente indetectable. Posibles efectos secundarios: mirada ausente y ligero babeo. Prohibida la venta a menores de dieciséis años." Astoria solo sonrió y negó con la cabeza, aquello no era lo suyo, pero debía de admitir que los gemelos se habían lucido con todos los encantamientos que habían realizado.

La Greengrass siguió recorriendo el lugar y no tardó en encontrar las orejas extensibles. Tomó unas y se dispuso a seguir en busca de los caramelos de la verdad, que al parecer era lo único que le faltaba del encargo de Draco. Pasó por varios estantes y entre lo que encontró se topó con unos extraños tubos con la etiqueta de «Marcas Tenebrosas comestibles: ¡ponen malo a cualquiera!» La chica bufó y rodó los ojos. Si bien, las cosas de los gemelos eran impresionantes, le parecía poco prudente que hicieran tantas alusiones al lado de los mortífagos.

Continuó con su recorrido y ubicó finalmente a una muchacha rubia de cabellera corta y que llevaba una túnica magenta, parecía ser del personal, pues frente a ella estaba un chico de unos doce años quien le hacía señas intentando explicarle lo que buscaba. Astoria se sintió aliviada y se dispuso a acercarse a la chica, pero en eso notó como los gemelos Weasley salían de detrás de una cortina, acompañados de Harry. La Greengrass se volteó disimuladamente para evitar que el Gryffindor la viera ahí, no quería entablar conversación con él después de lo ocurrido en el local de Madame Malkin.

Esperó unos segundos y volvió a volear, topándose únicamente con George, quien le hacía una seña de despedida al cliente de doce años, que se alejaba con un caldero en las manos. La dependiente rubia también se apartó y antes de que el pelirrojo desapareciera de su vista, se acercó sonriendo para saludar.

—Hola, George —dijo la pequeña castaña, parándose frente a él.

—Hola, Astoria —contestó el chico, evidentemente sorprendido ante la presencia de la chica, aunque igual le regaló una sonrisa—. No pensaba que llegarías a entrar aquí. Nuestros clientes de Slytherin son contados con una mano —comentó, levantando la mano y mostrando cuatro dedos. La menor soltó una pequeña risa y Geroge siguió hablando.

—Ya sabes, no podía dejar de pasar aquí con ustedes —respondió la chica—. Han hecho maravillas, muy ingeniosas, he de mencionar.

—Gracias, ¿y como vas? ¿Todo bien? ¿Has encontrado todo lo que buscabas? ¿Ya has visto nuestros productos especiales de Wonderbruja para chicas? —preguntó como buen anfitrión, promocionando sus artículos—. Tenemos filtros de amor muy buenos, los mejores del mercado. Claro que no creo que los necesites, pues ya tienes novio —dijo con una mueca—. Pero te puedo conseguir un veneno muy eficaz si lo que quieres es veneno para deshacerte de Malfoy —añadió con una risa cómplice y burlona. Astoria se limitó a sonreír y negar con la cabeza.

—La verdad es que solo ando buscando los caramelos de la verdad —confesó la castaña. —Pero no los encuentro. No se les abran acabado, ¿verdad?

—¡Oh, vaya! Caramelos para sacarle la verdad a la sabandija de tu novio —declaró George, disfrutando de estar ofendiendo a Draco en varios sentidos y seguro de que los insultos llegarían al chico. Astoria solo se limitaba a sonreír, ya se había acostumbrado a eso, especialmente estando en compañía de Gryffndors—. Creo que aún tenemos en la bodega, espérame un segundo —pidió el pelirrojo.

George volvió a desaparecer detrás de la cortina de la que había salido y, unos dos minutos después, regresó con la caja de los caramelos y una bolsa color negro con brillos azules.

—Bien, aquí están. ¿Necesitas algo más? —preguntó y la niña negó con la cabeza—. Entonces serían dos galeones por el surtido asaltaclases, dieseis sickles por las plumas, nueve sickles por las orejas extensibles, quince sickles con cuatro knuts por los caramelos de la verdad y por ser tú, te llevas gratis el polvo de la oscuridad, importado de Perú —añadió guiñándole un ojo. Astoria sonrió con agradecimiento.

—Entonces serían cuatro galeones, seis sickles con cuatro knuts —calculó la Greengrass y George asistió—. Si me das una bolsa para guardarlo todo, te pago —propuso la chica, poniendo carita inocente.

El pelirrojo no dudó en aparecer una bolsa de papel con el logo de los Sortilegios Weasley y permitió que la chica depositara todos los artículos dentro. Una vez con las manos libres, Astoria sacó el dinero correspondiente de su bolsillo y se le entregó a George. El chico sonrió y le entró la bolsa con las cosas que había comprado.

—Cuídate mucho, Astoria y no olvides pasar a ver las cosas de Wonderbruja, estoy seguro de que te gustaran —dijo el pelirrojo a forma de despedida—.

La Greengrass asistió con la cabeza y se despidió con la mano, viendo como el Weasley se alejaba. Astoria permaneció unos momentos más en la tienda, paseando de arriba a abajo, pero manteniendo distancia con Harry, Ron y Hermione, aunque no tardó mucho en toparse con Ginny, cuando se asomaba por la ventana para ver señales de Draco y Narcissa.

—Hola, Astoria. No pensé que estuvieras aquí —dijo la joven pelirroja, quien iba acompañada de una mujer mayor no muy alta, algo pasada de peso, con una cabellera rojo fuego, propia de la familia Weasley y ojos avellana muy parecidos a los de Ginny. Sin duda alguna deberían de ser parientes—. Ella es mi madre —aclaró la chica Weasley ante la mirada de Astoria.

—Mucho gusto, señora Weasley —saludó la Greengrass con amabilidad—. Astoria Greengrass —se presentó.

—Mucho gusto, Astoria —respondió la mujer—. ¿Andas sola y tus padres? —preguntó, mirando hacia todos lados, esperando que la chica castaña le presentara a sus padres. Poco había escuchado de los Greengrass, pero si su memoria no le fallaba, se trataba de aurores o al menos eso había llegado a mencionar Arthur—. No es nada recomendable alejarse de los padres en estos tiempos. Debes de andarte con mucho cuidado, querida.

—Mis padres están trabajando —contestó la chica, sonríendole a Ginny, quien había puesto una cara algo incomoda, seguramente por el hecho de que su madre se pusiera a interrogar y a darle consejos a Astoria—. Pero tampoco ando sola, aunque las personas que andan conmigo, están en otra tienda —aclaró, evitando decir que estaba en compañía de los Malfoy. No era un secreto la apatía que ambas familias se tenían.

—¡Oh! Pero dejarte aquí sola, que irresponsabilidad, ¿pues con quien andas? —interrogó con preocupación en su tono.

—Mamá —llamó Ginny, pero fue ignorada. Astoria sonrió de medio lado, pero antes de contestar, pudo visualizar por la ventana como Narcissa Malfoy corría por la calle. Lucía desesperada y preocupada. Aquello no le dio para nada buena espina y apenas despidiéndose atropelladamente, salió corriendo de la tienda para toparse con su suegra a mitad de la calle.

—¿Qué pasa? ¿Todo está bien? —preguntó preocupada, mirando a la rubia que recuperaba el aliento.

—Draco se me escapó —confesó la mujer a punto de las lagrimas—. Estábamos comprando los libros y de repente ya no estaba ahí. Pensé que pudo haber venido aquí contigo, pero al parecer me equivoqué.

—Tranquila —intentó calmarla Astoria, abrazándola con fuerza—. Draco debe de estar bien y si se escapó en Flourish y Blotts, posiblemente regrese ahí cuando termine de hacer lo que sea que fue a hacer. Así que vamos para allá —propuso la niña y Narcissa asistió no muy animada ni convencida.

O-O-O

—Naturalmente que no... señor. —dijo el señor Borgin, un individuo jorobado de cabello grasiento, uno de los dueños de Borgin y Burkes. El hombre hizo una reverencia muy pronunciada ante un chico pálido de facciones puntiagudas y el cabello rubio casi blanco.

—Ni una palabra a nadie, Borgin, y eso incluye a mi madre, ¿entendido? —dijo el muchacho.

—Por supuesto, por supuesto —murmuró Borgin, y volvió a hacer una reverencia. Draco sonrió con arrogancia y salió del lugar.

La campanilla colgada encima de la puerta tintineó con brío y Malfoy salió de la tienda muy ufano, mientras Borgin, se había quedado inmóvil dentro de la tienda, parecía preocupado y su empalagosa sonrisa se había borrado.

El rubio emprendió el paso de regreso a Borgin y Burkes, pero asegurándose de pasar por los Sortilegios Weasley antes, para llevarse a Astoria. Sin embargo cuando llegó a ese lugar y le preguntó a un chico que estaba ahí, este le dijo muy desinteresadamente que hacia no más de cinco minutos una chica con una descripción de Astoria y una mujer con la descripción de su madre habían estado ahí. Draco maldijo por lo bajo y haciendo uso de su ingenio improvisado se fue corriendo a la boutique Bellabin de joyas y accesorios para brujas.

—¿Lo puedo ayudar en algo, joven? —preguntó amablemente una voluminosa bruja de cabello azul oscuro y ojos amarillos. Malfoy apenas recupero el aliento volteó a todas partes, como quien busca algo y finalmente contestó.

—Necesito un regalo para mi novia —declaró con tono casual—. Algo único, pero que tampoco sea extraño. La dependiente lo miró y sonrió.

—Deme un segundo —la chica se dispuso a sacar unas cajas de joyas. sin embargo, antes de que le mostrara la colección, Draco se inclinó sobre un estante y miró un collar. Era un collar hermoso y ostentoso, un colgante de diamantes que en cuyo centro se encontraba un gigantesto y genuino diamante azul, similar a un zafiro y con forma de corazón. Era un azul divino, como el que le gustaba a Astoria y aquello era algo digno para una Malfoy.

—Quiero ese —declaró con firmeza. La dependiente observó el collar que el chico señalaba y palideció.

—¿Está seguro? —preguntó dudosa e ingenua. Draco frunció el seño y asistió.

—No tengo tiempo que perder, quiere ese —insistió con visible molestia y desesperación. Si Astoria ya estaba con su madre, su única carta sería decir que había ido a comprarle un regalo sorpresa a su novia, para su cumpleaños, pero ya no podía pedir más tiempo.

—Estamos hablando de un collar muy caro, señor —dijo la muchacha—. Estamos hablando de Le Cœur de la Mer.

—¿Disculpe del que? —cuestionó el rubio, enarcando las cejas.

—El Corazón del Mar —aclaró la chica, dándole un aire misterioso que a Draco le importó un pepino.

—¿A mí que demonios me importa como se llame el collar? —gruñó—. Solo dígame el precio y si es necesario iré a Gringotts por lo que haga falta.

—Serían 983 galeones con catorce sickles —contestó la mujer, levantando las cejas con cierta arrogancia, esperando que Draco se retractara de querer aquel collar. Sin embargo, la expresión de la dependiente solo provocó que el rubio chasqueará la lengua y sacara de su bolsillo una bolsa llena de oro.

—Docientos cincuenta galeones con nueve sickles y lo envuelve, en lo que voy a Gringotts a sacar el resto —declaró firmemente. Los ojos de la chica se abrieron al máximo, señal de sorpresa y asombro, jamás hubiera pensado que alguien llegara a comprar aquello.

—Claro, por supuesto —la sonrisa de la dependiente era más que evidente.

Draco solo rodó los ojos y bufó antes de salir corriendo al banco. Su madre seguro que lo mataba por aquello y no se refería al dinero que retiraría, si no al tiempo que se estaba gastando. Llegó al banco y tras diez minutos pudo acceder a su cámara de alta seguridad para retirar el resto de lo que necesitaba y un poco más, porque un Malfoy nunca andaba sin dinero encima.

Regresó a la boutique Bellabin y se encontró con el collar dentro de un estuche de terciopelo negro.

—Aquí tiene el resto —informó, dándole otra bolsa llena de oro. La alegría de la dependiente dejaba ver que acaba hacer el negocio del año, por no decir que su vida, sobre todo tomando en cuenta en los difíciles tiempos en los que estaban.

—Su novia estará maravillada de saber que ahora le pertenece el diamante más preciado de Francia. Este diamante estaba incrustado en la corona de Luis XVI de Francia; cuando la revolución francesa estalló, el rey fue perdiendo poderes, hasta que en 1793 fue destituido y guillotinado. Fue entonces cuando el diamante fue arrancado de la corona real, y tallado con forma de corazón, siendo bautizado con el nombre de "Le coeur de la mer", el corazón de la mar. —comenzó a narrar la mujer y Draco solo enarcó las cejas—. Una bruja fue quien lo hizo y desde entonces pasó de generación en generación hasta llegar a las manos de Rose DeWitt Bukater, una joven y distinguida bruja francesa, perteneciente a la linea directa de los fundadores de la academia Beuxbaton. Lo perdió durante un naufragio en 1912. Fue un naufragio muggle. Mi abuela lo encontró, ella era buscadora de tesoros y esto es lo más valioso que llegó a encontrar. Lo encontró en 1989 e intentó devolverlo a su dueña, sin embargo DeWitt ya había muerto para entonces y sin dejar descendientes. Así que lo conservamos.

—¿Y entonces porque venden algo que según esto suena tan valioso? —bufó Draco con ingenuidad, la verdad es que le importaba un comino todo aquello.

—Bueno, mi abuela murió hace unos años atrás, ¿y qué haría yo con un collar así si lo único que tengo son deudas? —respondió con la mujer con obviedad.

—Perfecto, ¿entonces acabo de hacer el negocio de mi vida? —preguntó con un tono un tanto irónico.

—Si lo quiere ver así —contestó la dependiente—. Aunque la leyenda que pude investigar de "Le coeur de la mer", es que todas las brujas que lo han llevado puesto han encontrado el verdadero amor eterno —comentó con aire soñador, provocando una sonora carcajada por parte del Malfoy.

—Suficiente —sentenció Draco, aun con algo de risa—. Me están esperando y mi novia ya ha encontrado el amor su vida, así que no creo que llevar esto le ayude más que para hacerla ver más bella —concluyó, tomando la joya y saliendo del lugar a toda prisa.

O-O-O

—¿Pero donde te metiste, Draco? —gritó Narcissa, apenas y visualizó a su hijo caminar hacia ellos. —¿Pero en que estabas pensando? ¡Te pudo pasar algo!

—Ya, madre, estoy bien. Te recuerdo que puedo cuidarme solo —contestó con cierto fastidio, siendo abrazado y estrujado por la rubia.

—No seas grosero con tu madre, Draco. Mereces que te regañen, por desaparecerte —recriminó Astoria—. ¡Nos tenías preocupadas! —chilló.

—Ya, tranquilas las dos —dijo el rubio—. Fui a buscar algo para el cumpleaños de Astoria y me tardé porque me tocó ir a Gringotts a sacar más dinero —declaró el chico, para que lo dejaran de regañar y de paso soltarse del agarre de su madre. Les mostró la caja de terciopelo negro y sonrió de forma arrogante.

—¿Y por qué no nos avisaste? —volvió a regañar Narcissa—. Nos tenías con el alma en un hilo.

—Porque quería escoger el regalo yo solo, madre. Por favor, no te pongas así —suspiró, dejándose abrazar de nuevo.

—Eres un insensato, Draco —sollozó la rubia. Era más que obvio la preocupación que tenía por su hijo, por su único hijo y su mayor tesoro. Astoria se mantuvo al margen durante todo el rato, hasta que Narcissa se calmó y ya con todas las cosas que habían comprado, decidieron regresar a la mansión Greengrass.

La señora Malfoy no se quedó mucho tiempo, aunque si lo suficiente para volver a regañar a Draco frente a Daphne. Astoria se despidió amablemente de su futura suegra y le pidió que estuviera presente para el día de su cumpleaños, para lo que la mujer aceptó ya de mejor humor. Así se retiró, dejando a los adolescentes solos, quienes aprovecharon para encerrarse en el cuarto de Astoria y deshacerse de Daphne.

—¿Compraste todo lo que te pedí? —preguntó Draco, examinando la bolsa de Sortilegios Weasley y sacando uno a uno los productos.

—Creo que sí. Además de eso solo me compré unas plumas y me dieron gratis un polvo de oscuridad instantánea que no se si quieras —comentó, mientras colgaba en su armario las túnicas que había comprado.

—¿Polvo de oscuridad gratis? —cuestionó ingenio—. ¿Por qué te lo dieron gratis? —enarcó las cejas, esperando una respuesta, pero antes de que Astoria respondiera se arrepintió—. Mejor olvídalo, aunque si no lo quieres me lo quedo —dijo con una sonrisa, dejándose caer en la cama de su prometida.

—No, no lo necesito, así que es todo tuyo —concedió la castaña—. Aunque no debería de darte nada, mira el susto que nos has hecho pasar a tu madre y a mí —reclamó la niña, dejando de hacer lo que hacía para recostarse también en la cama, aunque más específicamente sobre el pecho de su novio.

—Ya te dije que fui a comprar tu regalo y no quería que lo vieran —se defendió—. Es una sorpresa —aclaró con arrogancia y la niña solo suspiró, volviéndose a poner de pie para seguir acomodando sus túnicas. Entre túnicas que colgaba y otras que descolgaba y doblaba, salió rodando un galeon.

Draco, como todo caballero, se levantó y lo recogió para dárselo a Astoria, pero en eso lo miró y como si de un conocedor se tratara, declaró:

—Astoria, esta cosa es falsa —la susodicha se volteó enseguida a ver a lo que Draco se refería y notó que se trataba de la moneda falsa para el ED.

—¿Por qué lo dices? —preguntó con ingenuidad, intentando pasar por alto lo obvio y así evitar que Draco supiera de que se tratara.

—Jamás había visto una moneda que tuviera todos los números en cero —declaró, examinando cuidadosamente la moneda. Astoria suspiró e hizo una mueca.

—Está bien, es falsa y lo ya lo sabía —confesó, tomándola de entre los dedos de Draco.

—¿Y se puede saber para que tienes una moneda falsa? —cuestionó, levantando las cejas.

—Te vas a enojar —dijo con convicción y poniendo la moneda sobre su tocador.

—Pruébame —retó Draco. La castaña titubeó un poco y volvió a suspirar accedió a decirle de lo que se trataba.

—Son monedas falsas que usaban para el Ejercito de Dumbledore. Hermione las creó y las hechizó para poder modificar los números en los bordes para avisarles al resto del grupo el día de la reunión. Hay una moneda maestra que en estos momentos debe de tener Harry o Hermione y debe de estar en ceros, por eso la mía también está en cero — confesó—. Y por favor no te enojes, no me acordaba que aún la tenía, debió de quedarse en una de mis túnicas del colegio.

—Tranquila —le respondió Draco de forma pensativa. Con esa información se le acaban de ocurrir varias ideas útiles para su plan, sobre todo para la parte de comunicación. Evidentemente que nadie podía andar apareciendo o desapareciendo dentro del colegio y estar mandado lechuzas le sería extremadamente arriesgado, pues si daba la casualidad de que las intervenían, no solo se caían sus planes, si no que el Señor Tenebroso lo torturaría o lo mataría por su irresponsabilidad.

—Mi amor, ¿estás bien? —preguntó la niña, al ver como si novio se quedaba ausente.

—Si, princesa —el rubio se inclinó y depositó un largo beso en la boca de Astoria—. Tengo que mandar una carta a mi madre —mintió, o bueno, medio mintió, pues a quien le pretendía mandar la carta era a su tía. Necesitaba hacer esas monedas, para comunicarse con las personas que necesitaba y que obviamente no estarían en el colegio cuando la escuela comenzara.

—Dale, aquí seguiré, arreglando las cosas —concedió la pequeña Greengrass con una sonrisa, viendo como Draco salía de su habitación, sin siquiera llegar a imaginar en todos los planes que el rubio estaba haciendo de último momento y todo gracias a la información que le habían dado. Desde el momento que Astoria mencionó el armario antes de ir al callejon Diagon, luego al comprar el collar en Bellabin, recordó el collar de Ópalo de Borgin y Burkes, ese collar si estaba maldito; además de que ahora, por las monedas de Astoria tenía la forma perfecta de mantener contacto con su tía y demás.

Se apresuró a ir a su habitación y tomar pergamino y pluma para comenzar a escribir la última carta a su tía, donde a medias y casi en clave le daba un corto y pequeño informe de lo que estaba pasando y de lo que planeaba hacer. Sobre todo, puso énfasis en la ayuda que necesitaría por parte de Greyback y también mencionó detalladamente las monedas que pretendía usar, monedas que en lugar de números tendrían letras.

Mientras se dirigía a la lechuzería de los Greengrass, Draco no pudo evitar sonreír con arrogancia y satisfacción. Se regocijaba de su propio ingenio y agilidad mental, pues en menos de doce horas había hecho los planes que le servirían para realizar la misión que el señor tenebroso le había encargado.