.
.
Capítulo 85
Un charco llamado Candida.
No está.
Así de simple, no está.
Y eso no sería nada del otro mundo si no fuera porque no contesta el móvil.
Y que no conteste el móvil no sería nada del otro mundo si no se hubiese ido con Karen, supuestamente a visitar una obra.
Me observo en el amplio espejo de la recepción de la empresa. El pelo lacio en una cola de caballo alta. Jeans con sandalias de taco aguja. Blusa con los hombros descubiertos. Me veo hermosa, pero también muy infeliz. Son los mismos ojos tristes que descubrí esta mañana, en el espejo del baño.
Mientras más me miro, la tristeza se disipa dándole paso a la indignación. De pronto estoy furiosa… Esto es peor que quedarse vestida y sin visitas. Es peor que no sentirse profesionalmente realizada. Estos no son celos, sino lo siguiente.
Es una torturante sospecha que no me dejará en paz, lo sé. Siento que me ahogo… Tengo que salir de aquí. Me despido de Miriam rápidamente y salgo del Word Trade Center hecha una furia, y muy a mi pesar termino en lo de mi abuela Candida.
No sé por qué diablos estoy aquí. ¿Es que soy masoquista? Eso precisamente me pregunto cuándo ni bien me ve, me reprocha:
—¿Has venido sin los niños?
Me encojo de hombros, abro los brazos…
—Sí.
—¿Has dejado a tus hijos con la niñera, Candy?
—Así es, abuela.
—¡Pero Thomás es solo un bebé! Y tú eres su comida, querida. ¿Cómo has podido salir sin el pequeño?
Yo soy su comida. Yo soy su… Doy un respingo. Si algo me hacía falta para sentirme completamente frustrada, aquí lo tengo. Y viene de la boca de mi abuela Candida, como no podía ser de otra manera.
—Le he dejado… comida. Sólo lo pongo al pecho por la mañana y por la noche —me defiendo.
—Tiene seis meses… No puedo creerlo.
Frunzo el ceño disgustada.
—¿Es que no puedo disponer de un par de horas para mí, abuela?—le pregunto pasando por delante de ella y entrando a la casa. Ni siquiera me ha invitado a pasar… Sólo le importan los niños y mi rol de madre.
—Candy… Es tan poco el tiempo que requieren toda nuestra atención. No lo desperdicies, niña.
Niña… Para mi abuela soy madre o soy niña. Nunca ha querido verme como mujer.
—Necesitaba… aire.
Suspira y se encoge de hombros.
—Me resulta extraño verte por aquí sin los pequeños y sin Albert—arremete nuevamente.
Me estoy empezando a poner nerviosa, y me revuelvo en el asiento sin poder evitarlo.
—Albert está trabajando, como siempre —respondo con amargura, y a ella no se le pasa el gesto.
—Tienes suerte de tener como esposo a un excelente proveedor. Y es un gran padre, también.
Me tenso cada vez más. Trago saliva y me pongo de pie súbitamente.
—Sí, claro. Albert lo hace todo perfecto… Es un padrazo, tiene dinero, es guapo a rabiar, es exitoso… Sé muy bien que tengo el marido ideal —replico con evidente ironía.
—Candy… ¿me parece a mí o tú estás quejándote de las virtudes de Albert? —me pregunta con suspicacia.
¿Quién me manda a meterme en este berenjenal?
La miro… Ella me mira.
Sus ojos son dos llamas ardientes. Conozco esa forma de mirar…
Me está censurando.
—No me estoy quejando. Lo que pasa es que…
Me paro de pronto. No sé qué decir.
—¿Qué pasa, querida?
No sé qué demonio me impulsa a contarle a mi abuela mis problemas. O parte de ellos…
—Abuela, siento que me estoy perdiendo de algo.
"A mi marido", pienso, pero no lo digo.
—¿Algo como qué? Tu vida es perfecta, criatura.
Me acerco y me vuelvo a sentar, esta vez frente a ella.
—¿Mi vida es perfecta? ¡No es así! —exclamo exaltada.
—¿Qué es lo que te falta? —me pregunta indignada. —¿Qué demonios te falta? Tienes cuatro hermosos niños y el mejor marido del mundo. Ah, Candy… Dios te puede castigar por ser tan desagradecida…
Ya no lo soporto. Cuando comienza con ese asunto sobrenatural mi irritación llega al máximo. Yo no creo en dioses, ni en hadas ni en duendes, pero mi abuela se niega a aceptarlo.
—No reniego de mi familia, abuela, pero no me siento dichosa. Y que me perdone tu amigo imaginario por desear ser algo más que esposa y madre —le respondo, mordaz.
Está indignada y no lo oculta. Se abanica aparatosamente con la mano y luego me observa por encima de sus anteojos.
—¿Qué es ese "algo más", Candy? —ruge.
Ahora se ha convertido en el dragón de ojos amarillos que me desquició en mi adolescencia.
Le sostengo la mirada.
—Quiero realizarme profesionalmente. Quiero trabajar en lo que me gusta. Quiero…
—Basta.
Cierro la boca de golpe. El tono de mi abuela me hace callar, pero solo un momento.
—¿No entiendes que necesito otras cosas? —le pregunto, indignada.
—¿Necesitas otras cosas? Pues te aguantas, querida. Has elegido ser madre y tienes la bendición de no tener que trabajar. Agradece a Nuestro Señor por ello, pues con ese cursito que has hecho, no estás preparada para…
—¿Cursito? ¡Tengo una licenciatura, Candida!
Se pone de pie y me da la espalda un momento, pero luego se vuelve y me atraviesa con la mirada. Tiene setenta y cinco años, pero es tan vital como hace veinte.
—Como tú digas —concede en un tono bastante irónico. Y luego agrega: —¿Quieres trabajar? ¡Hazlo! No creo que Albert se oponga a que en los ratos libres, le hagas esos dibujitos tan monos…
Mi boca se abre. No lo puedo creer… ¡Dibujitos! ¡Dibujitos monos!
Me paro y me dirijo a la puerta, furiosa.
—¡Candy!
Me vuelvo con lágrimas en los ojos.
—¿Qué quieres?
—En principio que te tranquilices. Y luego que me escuches.
Me paro en un pie… Luego en el otro. No digo nada, entonces ella continúa:
—Aunque no lo parezca, entiendo cómo te sientes.
—¿Ah, sí?
—Sí. Todas las mujeres pasamos por este tipo de… momentos. Son las hormonas, ¿sabes?
—Mis hormonas no tienen nada que…
—Déjame hablar —se impone. —Tienes que serenarte y ordenar tus prioridades. Tu rol, en la familia que has formado con Albert, es el de ocuparte de vuestros niños. Cuando ellos crezcan tal vez…
—¡No!
—Tienes que resignarte, querida. No podemos tener todo lo que queremos… Nadie lo tiene. Sé razonable y aprovecha las circunstancias que ya quisieran muchas estar en tu lugar…
Ya lo creo. Especialmente una, y está con él en este instante.
—No quiero resignarme.
—Vamos… Candy, esto es como… —se acerca y baja la voz. —Es como el sexo. Es algo que tienes que hacer sin cuestionarte demasiado, el tiempo que sea necesario. No importa si no te gusta; tú has elegido qué papel jugar en esta vida, y hay momentos en que tienes que apretar los dientes y aguantar ¿comprendes?
—¡No!
—Hay cosas que debemos hacer las mujeres por ser mujeres. Atender a tus hijos, complacer a tu esposo en todo lo que requiera, especialmente en la cama, es tu deber, querida. Estoy segura de que hay cosas que no quieres hacer, pero en lugar de quedarte embarazada para evitarlas, lo mejor es que…
—¿Qué estás diciendo? ¡Yo no he tenido a mis hijos para evitar nada!
Hace una mueca de incredulidad. Entonces no tengo piedad.
—A mí me encanta el sexo —le espeto en la cara.
Salta como un resorte y me mira con dureza.
—Candy, no digas…
—Me encanta, abuela. Soy yo la que le exige a Albert que me complazca, soy la que lo busca, soy la que le hace de todo…
—¡Candy!
—Si hay un momento en el día en que no me provoca abofetearlo, es cuando me folla hasta hacerme gritar —le digo mordiendo las palabras.
—¡Cuida esa lengua, niña!
—Con esta lengua le hago cosas deliciosas a Albert en los…
—¡Cállate!
—… Así que no me vengas con esas tonterías de esposita abnegada que aprieta los dientes cuando se la meten, porque yo de verdad lo disfruto.
—No seas insolente… ¡Respeta mis canas!
—Y tú respétame a mí, abuela. Entiende que soy una mujer… No soy tu niña, ni soy solo la madre de tus bisnietos o el depósito de semen de mi marido… ¡No soy una frígida como tú!
Se tapa los oídos, alterada.
—He criado un monstruo— murmura.
Suspiro… Parece que de veras sufre, y yo me siento muy mal. De veras estoy perturbada, pues nunca le he hablado así.
—No, abuela… No soy un monstruo. Sólo soy una mujer frustrada…
Abre los ojos, se destapa los oídos.
Y me mira.
—Pues entonces haz que eso cambie. No te he educado para ser infeliz, sino para que seas feliz con lo que te ha tocado en suerte, que es bastante. Pero si no lo eres, si hay algo que te hace falta, pues ve por ello.
Aprieto los labios, contrariada. No sé si soy capaz de ir en pos de mi felicidad, esa es la verdad. Tampoco sé si estoy a tiempo.
Me siento tan triste… No quería hacerle daño a mi abuela.
Lo hago todo mal, está visto. Pero por primera vez siento que mi abuela podrá comprenderme algún día.
—Perdóname. No era mi intención ser grosera contigo —le digo abriendo la puerta.
—Tampoco era mi intención llamarte "monstruo"—acota en voz baja.
—Intentaré ser feliz, abuela.
—Hazlo, querida. Deseo que seas feliz… De verdad lo deseo.
Asiento, y cuando traspaso el umbral siento que murmura algo que me hace sonreír dentro de mi tristeza.
—…Y no soy frígida, que lo sepas —dice, y luego cierra la puerta despacio.
CONTINUARA
