Salomón iba al volante de la carreta. Por los movimientos de su cuerpo parecía querer aumentar la velocidad a la que viajaba empujando con este hacia delante. No podía tardar mucho más. Necesitaba llegar rápido; no llevaba buenas noticias para Kaiba, y la situación podía transformarse en un problema que involucrara a su nieto.
¿Valía la pena renunciar a la paz que la familia llevaba desde hacía años solo por ayudar a esa chica que muy probablemente era una delincuente?
Ni bien vea al "Señor Kaiba" le exigiré que me diga los motivos verdaderos por los que decidió hacer esta locura... ¡Y más le valdrá que sean convincentes!
Salomón no podía dejar de pensar que la idea de fingir que esa joven era Roux Anne no era más que un capricho de Seto. Había meditado mucho al respecto, y lo cierto es que no había concluido ningún otro motivo por el cual lo hiciera. Tampoco es que Kaiba resultara una persona fácilmente comprensible.
Cuando llegó a la entrada del castillo dejó la carreta al cuidado de Tristán, quien planeaba regresar los caballos de Seto y Mokuba al establo. Salomón corrió hacia la puerta dejando al joven de cabello castaño con la palabra en la boca. Tristán quería contarle algo, pero nada podía ser más importante.
Al entrar en la sala a gran velocidad hizo que Serenity se asustara y tirara al piso el valioso jarrón que estaba limpiando. La chica dio un grito y comenzó a sollozar, su sueldo nunca alcanzaría para pagar eso.
Yami y Tea salieron de la habitación de Kaiba seguidos por un hombre de pelo negro corto y ojos azules vestido de verde oscuro. Salomón lo reconoció. Era Shaadi, el médico del condado. Lo que no entendía era qué podía estar haciendo allí...
—Abuelo—dijo Yami—. Has regresado...
— ¿Qué hace Shaadi aquí?
—Buenos días, Señor Moto— dijo el médico con su habitual expresión tranquila, la única que sus clientes conocían. Jamás lo habían visto reír y jamás lo habían visto enojarse.
—Él vino porque...—Tea no pudo terminar de contarle la razón de su visita porque Yami la interrumpió, curioso.
—Abuelo, ¿te dieron algo para mí en el correo?— se acercó al anciano con los ojos clavados en los bolsillos de su gabardina.
—Ten— dijo Salomón entregándole el telegrama que le correspondía. Luego agregó—. Tengo uno para Kaiba... ¿Dónde está?
—Está descansando— respondió su nieto mientras leía el mensaje. Era del herrero, ya había confeccionado su nueva armadura para el torneo próximo y lo invitaba a ir a verla.
— ¿Dónde?
—En la herrería, por el camino Enrique II, abuelo. Queda junto a la...
— ¿Seto está descansando en una herrería?— preguntó el abuelo irritado.
Yami lo miró confundido; ya ni sabían de qué estaban hablando.
—Está en su cuarto abuelo— respondió Tea por su esposo.
— ¡Llámalo! Tengo que entregárselo urgente aparte de hablar con él.
—Pero...él está descansando, Señor Moto— dijo la mujer de pelo castaño completamente estupefacta—. No podemos molestarlo porque hoy...
—Pues iré yo— decidió. Si ellos tenían miedo del pésimo carácter del condecito, él no. Además, lo que tenía que contarle era sumamente importante. Avanzó hacia la puerta del escritorio pero Yami se interpuso en su camino impidiéndole el paso—. Yami, tengo que hablar con Kaiba, es algo urgente.
—Abuelo, Tea ya dijo que no puedes. Él está descansando ya que...
— ¡Es algo muy urgente!— gritó desesperado. ¿Acaso eran sordos o tontos?
—Bien, entiendo— dijo Yami cruzando los brazos y rascándose la barbilla—. Déjame ver ese telegrama. Yo me encargaré de lo que sea. No podemos molestar a Kaiba ahora, abuelo— y extendió su mano para que le entregara el recado.
Salomón retrocedió dos pasos dudando. Quizás era mejor contarle toda la verdad a su nieto para que pusiera a Kaiba en su lugar... No, mejor no. No quiero quedarme sin familia.
—No puedo mostrártelo, Yami. Trata algo confidencial de lo que tengo que hablar con Kaiba personalmente.
—Abuelo, si es confidencial: ¿cómo diablos tú lo sabes?
Desde la sala se escuchaban varios gritos aturdidores que le impedían descansar. No prestaba atención a lo que decían, pero los hubiera oído hasta un sordo, de eso estaba seguro.
Supuso que ya era la hora de la cena, entre las siete y las ocho. Entonces recordó que esa era la hora a la que el señor Mouto regresaba del pueblo con el correo casi todos los días. Tal vez la viuda de Devlin había enviado un telegrama indicando cuándo llegaría.
Aún no tenía muy claro qué haría entonces, pero era consiente de que la aparición de la muchacha de cabello blanco y ojos azules había complicado las cosas. Su idea de ayudarla dificultaba la situación. Él mismo se había metido en un problema que podía resultar muy serio.
No es que Seto Kaiba fuera la clase de persona dispuesta a ayudar a cualquiera. Podría decirse que, sin contar a sus hermanos, raramente ayudaba a los demás. Incluso ni él mismo podría recordar lo último que hizo por alguien más.
Esto era insólito. En el preciso momento en que vio a aquella mujer sintió algo diferente y extraño. Entonces, no ahora, tuvo la sensación de que en ella podía encontrar algo importante: respuestas, aunque no sabía de qué.
Porque eso fue exactamente lo qué sintió, nada más. Sin embargo, rememoraba la situación y pensaba que era lo más ilógico y absurdo que se puede sentir. ¿Cómo puedes tener la certeza de que alguien a quién no conoces tiene la respuesta a algo que tampoco conoces?
Tonterías.
Aunque ahora comenzaba a arrepentirse de su decisión, lo hecho, hecho estaba. Tenía que tomar medidas con lo que podía suceder. El pasado no se podía cambiar... Y tampoco tenía interés en hacerlo, aunque aún no pudiera admitírselo a sí mismo.
Lo que tenía que averiguar era por qué aquella chica estaba huyendo de las autoridades. ¿Quién era? ¿Qué había hecho?
No parece una delincuente.
Seto se consideraba capaz de reconocer delincuentes. Vamos, por algo no soportaba a Crawford.
—Tendré que preguntarle—murmuró mientras se levantaba.
—Si no hablo con Kaiba ahora mismo— dijo el anciano controlando su ira— lo lamentarás mucho, Yami.
—Pero abuelo... Seto está...
—Detrás de ti—culminó el aludido.
—Kaiba, llegó la carta que estabas esperando— dijo Salomón.
Seto lo miró y dedujo que las noticias debían ser malas para que estuviera tan alterado. Asintió y dijo:
—Vamos al escritorio...
—Kaiba, tú tienes que descansar— interrumpió Shaadi sereno.
—Dime, doctor—dijo Kaiba acercándose—: ¿ya te pagaron la visita?— luego de que Shaadi asintiera, Seto le estrechó la mano y lo acompañó (más bien lo empujó) hasta la salida.
— Vamos— dijo volviéndose a Salomón y comenzó a caminar hacia el escritorio. Pero se detuvo al ver a la empleada y dijo—. Ya deja de llorar y limpia eso de una vez, Serenity. No es para tanto, era solo un horrendo jarrón que le regalaron a Tea el día de su boda. No te lo vamos a cobrar... Es más, habría que darte un aumento por librarnos de algo de tan pésimo gusto— rió.
— ¡Oh, no! ¡Mi jarrón!
