¿Acaso es todo lo que quieres decirme?
Ambos perdieron la noción del tiempo. Mientras se besaban, Candy podía notar el temblor del cuerpo de Albert, a través de los brazos que mantenía colgados a su cuello y de las manos de él, que aún enmarcaban su rostro. Él permanecía semi agachado. Podía ver sus ojos entrecerrados, notar las intermitentes bocanadas de aire que de vez en cuando iba tomando mientras pronunciaba su nombre, como si quisiera verificar que aquello estaba pasando.
A Candy le fascinaba lo indefenso y desvalido que, alguien tan imponente, podía llegar a parecer por aquel simple y tentativo intercambio de cariño. Cuanto más desvalido lo percibía más ganas de corresponderle y ratificarlo tenía.
Albert, por su parte, se moría por abrazarla, apresándola contra su cuerpo... pero, por primera vez, percibía el contraste entre ellos de forma más patente. Siempre la había abrazado para consolarla, pero ahora, su deseo era otro. Más primario. Tenía la sensación de que, si se dejaba llevar, ella resultaría más frágil contra el suyo. Aquella tensión y su propia imposición de refrenarse, tomaba el control sobre su cuerpo en constante estremecimiento. Debía parar pero no quería. Por fin había podido constatar que Candy lo correspondía. Era casi como un sueño del que temía despertar para encontrarse de nuevo en una sus cámaras vacías.
En un momento dado, la razón pudo más y logró separarse, rompiendo solo el beso, gimiendo, involuntariamente, ante la leve pérdida. Sus frentes seguían juntas. Embelesado y eufórico, comenzó a reír avergonzado por el ridículo ruido. Candy, que también había lamentado la pérdida, lo acompañó con su risa, compartiendo aquella extraña sensación de una nueva complicidad.
— Tengo guardia esta noche ... —Le sonrió medio fastidiada.
— Lo sé —contestó, rozando su nariz.
— ¿Dos meses? —preguntó bajando la mirada, sin separar su frente.
— Aja —le confirmó distraído, bajando las manos por sus brazos.
— ¿Y cuándo vuelves a marcharte? —Y ella que había creído que después de aclarar las cosas no se sentiría tan frustrada...
— No. Ya no vuelvo a partir. Todo lo que queda por acabar, puedo hacerlo desde Chicago... —Sonrió, entrelazando sus manos con las de ella.
— Pero yo creí que... Antes has dicho que...
— Que dejaré de ser el eje central en dos meses, pero ya no es necesario que me desplace más. Seguiré estando muy ocupado, pero ya no será lo mismo —De hecho, para él, tampoco nada era lo mismo. Tendría dos largos meses llenos de reuniones e interminables horas de trabajo, pero el hecho de no tener que desplazarse ya era un gran alivio. Luego, cuando todo estuviera firmado, la carga sería mucho más llevadera y podría empezar otro estilo de vida... podrían empezar...
— Entonces ¿No te vas? —Se separó para poderle ver y confirmar que era cierto.
— No, no me voy... Aunque, de momento, seguiremos coincidiendo poco, pero supongo que será más fácil. Podremos seguir viéndonos y hablar cada día —Candy no era consciente de la alegría que transmitía con su propia sonrisa. Estaba tan radiante de felicidad que Albert sentía que aún se enamoraba más de ella—... Bueno... si hablamos con la tía —Volvió a ponerse nervioso. Había sido una larga espera, pero ahora tenía la sensación que todo se precipitaba y temía abrumarla... ¿Sería demasiado para ella?—. Candy, me gustaría decirle que eres mi prometida, pero no sé si para ti, todo esto...
Candy no le dejó acabar— A mí también me gustaría, pero no sé cómo lo acogerá...
— Si te parece bien, hablaré yo con ella... De todas formas necesitaremos arreglar los papeles, anulando la adopción, para cuando decidamos casarnos... —Albert había esperado tanto y estaba tan emocionado, que tardó en darse cuenta de que había dicho en alto lo que estaba deseando—... ¡Vaya!... —Se disculpó—. Creo que he ido muy rápido... No quería decir ahora... ni este año... Me refería a cuando... o si tú quisi...
Mientras él se disculpaba, la sonrisa de Candy no dejaba de crecer hasta que no se pudo contener más. Tiró de sus brazos hacia abajo y lo calló con otro beso— ¡Sí! Sí quiero, Bert ¡Claro que quiero! —Volvió a besarlo—. Pero sí, prefiero que hables tú con la tía Elroy y luego ya me explicarás cómo ha ido... A malas, siempre puedo quedarme en una habitación de la clínica, si me quiere echar —Bromeó.
— ¡De eso ni hablar! ¡Nadie te va a echar de ninguna parte!... Pero ahora, supongo que tendremos que regresar... Si no el Dr. Martin dirá que soy una mala influencia que distrae a su mejor enfermera —Cogidos de una mano, se dirigieron pausadamente hacia la salida—. Candy, tu diario —Recordó en el último momento. Ella volvió al escritorio recogiendo sus recuerdos y regresando hacia su futuro.
Continuará...
Referencias a "Candy Candy La historia definitiva", de Keiko Nagita:
Pg. 386 - Última carta de Candy a Albert
