De huidas frustradas

El plan de Alfa era salir inmediatamente del Santuario, luego de Grecia, después del continente y quizá hasta de ese lado del planeta. Pero para cuando llegó a alguna parte de los bosques del Santuario se detuvo. Todas sus cosas importantes estaban en Géminis, léase su identificación, pasaporte, dinero, las llaves de su departamento. Necesitaba volver al templo de los Gemelos por ellas, pero no quería hacerlo. Sin embargo no veía otra opción. Corrió hacia los Doce Templos y por suerte se encontró con que Aries y Tauro estaban vacíos, esperaba que Géminis también lo estuviera. Y la suerte estaba de su lado porque para ese momento Saga y Dohko ya se habían llevado a Kanon, por lo que el Templo estaba desocupado.

Entró al cuarto que compartía con Saga y rápidamente sacó sus papeles y las cosas más importantes, al igual que la ropa que pudo meter en una mochila. Las lágrimas no habían dejado de brotar de sus ojos, y no podía pensar muy claro en ese momento. Una vez que agarró todo lo que se le pudo ocurrir volvió a salir del templo y se metió en los pasadizos. No sabía si Mu o Aldebarán habían regresado ya y no quería encontrarlos. Una vez que llegó a la salida del pasadizo echó a correr a la del Santuario. Los guardias y demás personas se le quedaron viendo pero ella no se detuvo para nada.

Corrió hasta llegar a su departamento, entró y arrumbó sus cosas junto a la puerta. Fue a su habitación con la intención de seguir empacando, pero no pudo hacerlo. Apenas estaba comenzando a sacar cosas de cajones cuando dejó todo caer al piso y se largó a llorar como no hacía en años.

Todo se sentía muy confuso. Tenía sentimientos encontrados. Sabía, racionalmente, que muchos de esos pensamientos no eran suyos, si no los de Antheia: esa sensación de abandono tan desgarrador era de ella. Esa sensación de traición y de odio. Antheia estaba increíblemente enojada con todos. Con Déuteros por todo lo que habían pasado, porque por él abandonó su llamado como Saintia y por él evitó participar en la Guerra para la cual se preparó por años. Su vida estaba en juego porque el castigo por involucrarse con un Santo Dorado era grave y a eso le sumaba el hecho de que era una desertora. Su destino era la muerte si eso se hacía público. Arriesgó su propia vida por irse con él y, ¿qué había hecho él? Regresar a pelear del lado de la diosa en el lugar de su hermano. No podía creer que el sacrificio que hizo por él hubiera servido para nada, porque al final, lo único que obtuvieron fueron un par de años juntos en una felicidad que nunca fue completa por la sombra del destino que podría encontrarlos en cualquier momento.

Pero había regresado. En esta vida, siglos después, ella reencarnó en el otro lado del mundo y ¿quién otra si no Antheia la trajo de regreso al mismo lugar? Su obsesión con Grecia siempre fue grande, algo la llamaba a ese país. ¿Y esas habilidades que poseía? El curar heridas con sus manos, el entrar en la mente de las personas, esas cosas venían de Antheia. La trajo al Santuario tan sólo para despotricar en contra de la tumba del hombre que amó.

Pero no sólo eso, se había enamorado del otro gemelo de Géminis, el que hizo todo el desastre hacía 250 años. ¿Era eso acaso una mala broma? ¿Por qué nadie se lo dijo? ¿Por qué ella no se dio cuenta cuando comenzó a tener esos sueños con el niño que, ahora sabía, era Déuteros? ¿Por qué no se escuchó a sí misma cuando sintió estar con el "gemelo equivocado"? ¿Por qué no se dio cuenta cuando le fue tan fácil relacionarse con Kanon? ¿Por qué no entendió sus sueños?

Todo esto era un desastre. Saga no tenía ni idea. Se preguntó qué tanto lo afectaría el conocer la verdad, el saber lo que su encarnación pasada hizo. Más aún ahora que había progresado, que ya no se culpaba tanto, que empezaba a ser una persona feliz, libre de culpas, con el perdón de aquellas personas importantes para él.

¿Qué iba a hacer Saga ahora? ¿Qué iba a ser de Kanon? Él tampoco tenía los recuerdos. No tenía ni idea de lo que le había hecho. Se dejó caer al piso a seguir llorando. Llorando por todo el rencor y coraje que Antheia tenía y lidiando con ella misma, la de ahora, que le decía que esto era un arranque, que esa niña ya no era ella, que lo que pasó fue horrible y humillante, pero no era su vida. De pronto como que empezaba a entender los conflictos mentales que Saga debió sentir al estar poseído por Ares.

Se quedó tirada en el piso varias horas, hasta que el sol descendió por el cielo y la habitación quedó en penumbras. Se levantó a limpiarse las lágrimas, miró a su alrededor. Fue a la cocina a prepararse quizá un té, pero en lugar de eso destapó una cerveza y se la llevó al balcón desde donde se quedó a contemplar las luces de la ciudad y el Partenón. A esa cerveza siguieron otro par, mientras pensaba en qué se supone que debía hacer ahora.

No quería regresar al Santuario, pero no estaba segura de poder quedarse en Grecia con ellos tan cerca. Quería hablar con sus amigas, siquiera para despedirse si en realidad decidía no volver. Por otro lado, el marcharse significaba que tenía que idear algún plan para su vida. Debía ponerse a trabajar en algún lado, volver a una vida normal, dejar Grecia, que tanto amaba. La idea de irse de ahí le hacía un nudo en el estómago: no estaba preparada para dejar el país atrás.

¿Y los renegados? Seguía preocupada por Jivika y sentía que era su deber ayudar a encontrarla, dado que Otis era uno de quienes se la llevaron a quién sabe a dónde.

Entró de nuevo a su habitación cerca del amanecer, sin saber aún cómo proceder. Finalmente decidió más tarde llamar a los Kokkotos a ver si podía irse con ellos al menos un par de días a poner en claro sus ideas. Por lo tanto volvió a ponerse a recoger cosas y armar una maleta. Miró su celular que dejó botado en la cama. No tenía llamadas ni mensajes, pero de todos modos se puso a bloquear a todos y cada uno de sus contactos del Santuario. Fue a la cocina a ver si encontraba algo para comer, porque, a pesar de no tener hambre, sabía que debía alimentarse.

Cerca de las 7 de la mañana al fin se armó del valor suficiente para llamar a su familia adoptiva, a preguntarles si podía pedirles asilo por algunos días y que ya les contaría el por qué una vez que pudieran hablar de frente. Ellos por supuesto le dijeron que sus puertas estaban abiertas siempre y que la esperaban. Alfa salió de su departamento poco tiempo después con dirección al puerto. Esa tarde al fin llegó a Mykonos.

En el Santuario los primeros en enterarse de lo sucedido fueron Mu y Aldebarán, porque Kanon bajó a preguntarles si la habían visto. Ambos dijeron que no y se ofrecieron a ir a buscarla, pero Kanon se negó, porque era muy pronto. El chisme de todas maneras corrió bastante rápido por la gente que la vio salir del Santuario. Kanon le avisó a las aprendices de los Dorados la noticia, aunque sin darles detalles.

Shion bajó al edificio administrativo a decirles que, lo que hiciera la chica, estaba bien. Si se enteraban de que salía del país: tenía permiso, si necesitaba algún papel, el que fuera, también se lo dieran y que no suspendieran su "mesada". Por el momento se trataría su ida como si hubiera sido permitida, al menos hasta que se aseguraran de que no iba a regresar. Dohko y Shion contemplaron ir a buscarla para hablar con ella, pero como bien dijo Kanon, era muy pronto y necesitaban darle algunos días para pensar.

Cassia no tardó en enterarse, porque Shion le contó. Le parecía que el mayor de los gemelos iba a necesitar apoyo moral, y probablemente la doncella era la indicada para dárselo. De todos modos ella decidió no ir a hablar con Saga de inmediato, lo conocía bien y sabía que primero necesitaba poner en orden sus ideas.

Y tenía razón, Saga se la pasó encerrado en su habitación todo el siguiente día. No quería hablar con nadie, no podía siquiera terminar de procesar todo lo que escuchó. Lo repetía en su mente una y otra vez, y ahora veía todas aquellas cosas que no pudo notar al principio.

Fue hasta la mañana del siguiente que Kanon fue a hablar con él. Llamó a la puerta del cuarto cerrado de su hermano, pero no esperó a escuchar respuesta, sencillamente entró. Saga estaba sentado en uno de los sillones, con un vaso de whiskey en la mano. Kanon no tenía mucha idea de cómo empezar esa conversación así que sencillamente fue a sentarse frente a Saga, quien lo miraba sin decir palabra.

—Hablé con Saori y le pedí que desbloqueara mis recuerdos. Necesito saber. Pero ella me dijo que no puede hacerlo y necesita pedir ayuda a los demás dioses. Va a ir al Olimpo a preguntarles. Si quieres tenerlos de regreso, se lo diré también.

—No creo que el que yo recupere esos recuerdos vaya a ayudar en algo. Ella se fue, Kanon, con todas sus cosas y no creo que vaya a regresar.

—Yo no perdería las esperanzas con respecto a eso. El llamado de Alfa en el Santuario es grande. Su amor a este país también lo es. Viajó por la mitad del mundo para llegar aquí, no creo que se vaya a ir así sin más. Dale tiempo.

—Digamos que regresa: las cosas no van a ser iguales. No sé en dónde nos deje todo esto.

—Yo tampoco lo sé, pero ella te ama, lo sabes. Esto no lo va a cambiar.

—De eso no estamos seguros.

—Dale tiempo —repitió—. Y avísame lo que decidas.

Kanon salió de la habitación. Iba entrando a la cocina cuando distinguió la figura de Cassia.

—¿Cómo está? —le preguntó la mujer.

—Tan bien como se podría esperar en estos casos.

—¿Y tú?

—No tengo idea —murmuró y negó con la cabeza—. Está en su cuarto, quizá hable contigo.

Dicho eso, el hombre se retiró a su propia habitación y Cassia se dirigió a la de Saga. Entró sin llamar, y Saga se sorprendió un tanto cuando la vio ahí.

—¿Ya todos lo saben? —preguntó.

—No, no todos. Y no saben los detalles. A mí me lo dijo el Patriarca. ¿Hay algo que pueda hacer?

—¿Conoces la manera de regresar al pasado para evitar todo esto?

—No. Pero no quieres regresar al pasado a evitarlo. No quieres no haberla conocido. Sencillamente tienes que darle tiempo.

—Eso es lo que dice todo el mundo, pero detesto no poder hacer nada al respecto. Sin embargo sé que ella no quiere hablar conmigo. No quiere saber nada del Santuario. Y yo no puedo hacer nada.

Cassia suspiró, fue por la botella de whiskey, se sirvió un vaso y se sentó junto a él a compartir el silencio. Por el momento Saga también necesitaba tiempo, y un poco de compañía, aunque fuera silenciosa.

Cuando Dicro se enteró, decidió esperar un par de días antes de mandarle un mensaje a Alfa para decirle que, si necesitaba hablar, ella estaba ahí y todas las chicas le deseaban lo mejor con lo que fuera que quisiera hacer. Le dijo que ella también poseía parte de sus antiguos recuerdos, por si quería hablar de ello. Después le pidió a Deathmask que le dijera a Kanon que hablara con ella. Si no se lo pidió ella misma fue porque estaba haciéndose cargo de las korees que dejó Helena y pasaba poco tiempo en los Doce Templos. Deathmask aceptó, él también sabía que su chica poseía algunos de los recuerdos de su encarnación pasada.

Kanon finalmente se reunió con ella algunos días después de la ida de Alfa, en un rincón alejado de los bosques que rodeaban el Santuario.

—Gracias por venir, Kanon. Creo que hay algunas cosas que yo puedo aclararte.

—¿Sobre qué? —preguntó Kanon un tanto desconcertado. Deathmask no le dio detalles sobre lo que quería hablar Dicro con él.

—Sobre Antheia y Déuteros —comenzó y luego suspiró—. Casi nadie sabe esto, pero yo también viví en esas épocas.

—¿Lo recuerdas? —preguntó Kanon desconcertado, no tenía idea que alguien más en el Santuario fuera una reencarnación, y mucho menos que lo supieran.

—No exactamente. Son sueños, como los de Alfa. En esa época yo era un oráculo, y también terminé en el Santuario, y los conocí a todos, aunque no muchos me conocieron a mi. A decir verdad, pocos conocieron a Antheia. Las Saintias en ese momento eran... bueno, no un secreto, pero se relacionaban con todos todavía menos que las actuales. Antheia se la pasó la mayor parte de su vida encerrada en el Templo Principal, cumpliendo sus funciones. Y Déuteros se la pasaba entrenando a solas, oculto. Pero tú y ella se conocieron desde niños. Cuando Aspros todavía no ganaba su armadura y ella aún no era una Saintia.

—Por eso el sueño de la serpiente y el niño que tiene Alfa.

—Así es. Y todo comenzó como una amistad en la que ambos se daban ánimo y apoyo para seguir la vida que se exigía de ambos aquí dentro. Y esa amistad creció a algo más intenso y profundo. Se amaban. Pero para el mundo del Santuario eso estaba mal, y ambos lo sabían, así que se lo ocultaron a todos. Te diré la verdad, a Sasha no le hubiera importado, pero a los demás...

—¿Por eso no dijiste nada?

—Yo tampoco pensaba que estuviera mal, y era obvio que no le hacían daño a nadie. Tan sólo se apoyaban mutuamente. También supe, en el momento en que Aspros murió, que ustedes dos se irían del Santuario. Pero no tenía caso que yo dijera algo. Ella no pensaba traicionar a Atenea, y tú nada más necesitabas tiempo para convertirte en el Santo de Géminis.

—¿Sabías que ella se iba a suicidar?

—Lo supe cuando te fuiste a la guerra. Pero, de nuevo, no había nada que yo pudiera hacer al respecto. Tú eras su vida, y sin ti, a ella le quedaban pocas ganas de continuar. Yo no iba a cambiar su destino. Tampoco tenía manera de hacerlo.

—¿Sabías que Alfa era Antheia? ¿Que yo era Déuteros y Saga Aspros?

—De ustedes lo sabía, sí. De ella no. Cuando nos conocimos sentí una afinidad extraña con ella. Pero la verdad es que nunca le di mucha importancia, y tampoco podía estar segura porque ella no me mencionó sus sueños hasta hace muy poco. Mis recuerdos no son como los de ella. Alfa ahora lo sabe, de manera consciente. Los míos son sueños. Algunos son recurrentes, algunos puedo relacionarlos mejor con el mundo de ahora, pero no todos. Así que no. No me di cuenta de ello hasta ahora. Ya se lo dije a Alfa. Le mandé un mensaje, pero no me ha respondido.

—Gracias por habérmelo dicho. Y gracias por haber intentado contactarla. Avísame que está bien si te contesta.

—Lo haré.

Kanon suspiró y comenzó a alejarse. Le parecía que todos los días aprendía algo nuevo sobre su vida pasada y sobre sí mismo y no estaba muy seguro de cómo manejar toda esa información.

Saga estaba preocupado. Quizá irracionalmente, pero la alerta del Santuario estaba alta por el secuestro y no quería ni pensar en lo que podría suceder si aquellos renegados se enteraban de que Alfa era una "desertora", o de que estaba sola quién sabe dónde. Había estado recluido en Géminis durante todos esos días, apenas cruzando palabras con Kanon y Cassia, pero finalmente la preocupación lo hizo subir al Templo Principal a hablar con Shion.

El Patriarca también tenía los mismos temores y le dijo que Dohko se auto asignó la misión de mantenerla relativamente vigilada. Él sabía a dónde se había ido la chica y juró mantenerla a salvo. Por supuesto no la iba a seguir minuto a minuto, pero por el momento consideraba que estaba a salvo en Mykonos, con su familia adoptiva. La joven tenía su cosmo al mínimo, probablemente para no llamar la atención y casi no salía. Saga se sintió más tranquilo al enterarse de eso y le dijo a Shion que sí quería recuperar sus recuerdos, al igual que Kanon.

Saori al fin pudo hablar con sus parientes, los cuales se mostraron bastante reacios a ayudarla. Saori les dijo que, de cualquier manera, algo estaba sucediendo en su Santuario si ya varias personas parecían capaces de recordar, y si querían detenerlo o, al menos mantenerlo bajo control, entonces quizá el que dos de sus mejores Santos Dorados recuperaran sus recuerdos podría serles útil. Esto no era nada más para ayudar a tres mortales.

Finalmente y luego de varias horas de reunión se accedió a darles sus recuerdos de regreso, aunque, para no crearles todavía más embrollos mentales, se los presentarían como sueños. Ellos sabrían qué había sucedido, pero no lo sentirían tan cercano. Sería como si vieran una película sobre la vida de las personas que fueron. Nadie estaba del todo seguro de que funcionaría de acuerdo a lo planeado, pero por lo menos lo intentarían.

Saga y Kanon fueron llevados al Olimpo junto con Saori y Shion. Frente a todos los dioses disponibles, es decir, a los que les interesaba el chisme, se procedió con el ritual. Los acostaron a ambos en altares. Saga estaba bastante nervioso. Una parte de sí le gritaba que esto no iba a ayudar a nadie, pero ya era muy tarde para echarse para atrás. Cerró los ojos como le indicaron. Escuchó voces y sintió cosmos desconocidos, más o menos como lo hacía Alfa cuando entraba en su mente, pero no duró mucho tiempo. Los sumieron a ambos en un estado de inconsciencia y se les presentaron sus recuerdos por las siguientes horas.

Vieron sus vidas desde el inicio. El cómo llegaron al Santuario, el cómo entrenaron, lo cercanos que alguna vez fueron. El cosmo de Saori estaba presente para ayudarlos especialmente en esos momentos difíciles de las vidas de las personas que fueron, como el momento en el que ese infantil lazo de hermanos se rompió entre ellos. El cómo Aspros usó a su hermano y cuando fue asesinado por él. Y esa última batalla que tuvieron. Después la vida mortal anterior de Déuteros terminó y Aspros quedó solo para luchar contra el último enemigo. Ganó. Y de cierta manera, se redimió, pero su vida finalizó también.

Cuando terminaron de presentarles sus vidas anteriores, los dejaron inconscientes algunas horas más, para que, en sueños, tuvieran tiempo de procesar todo lo que habían visto. No fueron sueños tranquilos, se revolvían y murmuraban cosas. Saori seguía ahí, apoyándolos con su cosmo mientras el resto de los dioses salían a conversar y a esperar que los gemelos despertaran.

Cuando lo hicieron, ambos se sentían extraños, como si nada de lo que vieron fuera real aunque sabían perfectamente que sí lo era. El ánimo de Saga se fue al abismo. Dos veces intentó hacer lo mismo, sí, con diferentes planes, con detalles cambiados, pero esencialmente lo mismo. Se preguntó si era una mala broma del destino o si de plano los dioses estaban ensañados con convertirlo en un traidor.

Kanon no estaba especialmente mejor. Si bien no había hecho ni causado las barbaridades de su gemelo, sí se sintió bastante patético al notar que a) en el pasado no fue capaz de ayudar a su hermano, b) en esta vida hasta lo instigó, como si supiera lo que intentó antes y c) había metido en el embrollo a una chica que debería haber ayudado a Sasha durante la anterior Guerra Santa. Y en realidad no es que se opusiera mucho a que la joven se fugara con él. Es decir, sus vidas le mostraban que tomaba malas desiciones una tras otra.

Regresaron al Santuario por la madrugada, luego de que contestaron lo mejor que pudieron al interrogatorio de los dioses. Estaban exhaustos pero ninguno de los dos pudo dormir muy bien que digamos durante los siguientes días. Se recluyeron en su Templo. Entrenaban a solas y eventualmente entre ellos en completo silencio. Luchaban contra los pensamientos intrusivos que tenían sobre el otro. Pero no se dirigieron la palabra en semanas. No es que estuvieran enojados, pero se les estaba dificultando mucho el separar sus vidas pasadas con las de ahora. Como que de pronto entendieron la lucha mental que seguro estaría llevando Alfa. Y eso que ellos estaban un tanto más separados de los hechos de lo que estaba ella.

Fueron tiempos bastante difíciles para todos y pasaron varias semanas antes de que las cosas comenzaran a regresar a la "normalidad". Los gemelos empezaron a dirigirse la palabra, aunque sin mencionar nada sobre sus vidas anteriores. Mejor decidieron pretender que no se enteraron de mucho y se enfocaron en seguir buscando pistas sobre los renegados quienes, por cierto, seguían sin dar señales de vida.

Alfa les contó a muy grandes rasgos lo que sucedió y el por qué se alejó del Santuario. Los Kokkotos no quisieron hacerle demasiadas preguntas. Había mucho que no conocían del Santuario, pero no ponían en duda lo que la joven les dijo, a pesar de lo descabellado que sonara. Alfa se decidió a regresar a su puesto de antes, que era ayudar en el restaurante, ya fuera en la cocina, en la computadora haciendo inventario, de mesera, en realidad cualquier cosa a cambio de su antigua habitación. Sí notó que en su cuenta bancaria seguían "pagándole" por ser aprendiz y se preguntó si no sería una manera de tenerla al menos un poco rastreada.

Tenía cargo de conciencia por no haberse despedido de sus amigas que para nada tenían la culpa de lo que sucedió. También lo sentía por Aldebarán, porque era su amigo y pensaba que le debía explicaciones, aunque, a estas alturas, seguramente los que tuvieran que saber ya estarían enterados. La buena noticia es que las ganas de irse por completo de Grecia ya se le iban pasando. Por otro lado, no podía regresar así como así.

Salió a la terraza del restaurante, ya habían cerrado y ella era la única que se quedó. Llevaba su celular en la mano. Hacía unos días que decidió desbloquear a los contactos del Santuario con la excepción de Saga, Kanon, Shion y Dohko. Por cierto, tenía la impresión de que el Antiguo Maestro la vigilaba, pero no estaba segura porque mantenía su cosmo al mínimo para evitar atraer renegados.

Abrió los mensajes. Se armó de valor y le mandó uno a Dicro, contestando el que la chica le había mandado antes. La respuesta de la otra joven no tardó en llegar. Le decía que se alegraba que diera señales de vida, que todo se sentía muy raro en el Santuario luego de lo ocurrido y que entendía si no quería regresar, pero que por favor no se olvidara de sus amigas.

Alfa miró el mensaje durante varios minutos sin querer responder, pero al final lo hizo. Le dijo que seguía en Grecia, pero no tenía idea si deseaba regresar. Dicro le contó más o menos la situación de los gemelos, porque supuso que la joven querría saber aunque no se lo preguntara directamente. Le explicó que ahora los chicos tenían sus recuerdos de regreso y que, a raíz de ello, se recluyeron en Géminis. Le parecía a todos que el que lo estaba sobrellevando mejor era Kanon. De Saga apenas se sabía algo, era como un fantasma en su propio templo, como cuando recién los revivieron. La molesta voz de Antheia en su subconsciente le dijo que se alegraba porque se lo merecía. Alfa sacudió la cabeza. Por supuesto que no se lo merecía. Saga no era Aspros y le preocupaba. Le agradeció a su amiga por las noticias y le dijo que ya se comunicaría con ella después.

Quienes no lo estaban pasando para nada mal eran Alessandro y Otis. Seguían reuniendo ayudantes y empezaron a entrenarlos ellos mismos. A Jivika todavía la mantenían en su celda, completamente sola. Estaba empezando a mostrar signos de quebrarse. Ya había intentado huir, comía lo que le dejaran, por más podrido que estuviera, a veces la escuchaban hablar consigo misma. Les parecía también que comenzaba a recordar su vida pasada, porque de eso se trataban sus conversaciones. Alessandro entonces decidió darle una visita. Entró a la celda de la chica en el medio de la noche, aunque ella no tenía manera de saber qué hora era ni cuánto tiempo llevaba ahí. Estaba medio dormida, en un rincón de la celda, usando unos trapos que dejaron para ella. Apenas levantó la cabeza cuando escuchó entrar al hombre.

—Alexiel —dijo Alessandro—. Ha pasado mucho tiempo.

—¿Alexiel? —murmuró apenas la chica.

—Sí. Tu nombre es Alexiel, espero que ya lo recuerdes. Mi nombre es Giannis, Santo Plateado de Sextante.

Jivika lo miraba sin terminar de comprender.

—Veo que necesitas más tiempo.

—¿Por qué me tienen aquí?

—No, no, Alexiel, no has entendido, tú no haces las preguntas aquí, nada más las respondes. Ahora dime, ¿cuál es tu armadura?

—No, yo no tengo armadura... soy una aprendiz.

—Alexiel, ¿cuál es tu armadura?

—No... no tengo...

—¿Cuál es tu armadura?

—No la... ¡No! —La chica se cubrió la cara con las manos. Alessandro la miraba un tanto aburrido.

—Ya me lo dirás luego, Alexiel, cuando recuerdes —dicho esto, Alessandro salió de la celda.

Quizá necesitaba un par de días más, pero estaba bastante seguro de que no tardaría en recordar. Una vez que lo hiciera empezaría a lavarle la mente, a hacerla sentir que él la estaba salvando del mundo del Santuario. Luego de eso su plan era usarla de señuelo para atrapar a Helena y quizá a quien la acompañara en el rescate. Con ella en su poder, el siguiente paso sería atrapar a alguna otra de las novias de los Dorados, nada más para tener cada vez más palanca.

Una vez con las chicas, entonces estaba bastante convencido de que podría manipular a los Dorados para que traicionaran a la diosa. Esa era la gran falla que Alessandro veía en el Santuario. Bien sabía cómo eran los humanos y, una vez que pusiera a humanos corrientes en una situación en la que tuvieran que decidir entre salvar a las mujeres que amaban o a su diosa... bueno, digamos que no tenía mucha fe en que elegirían a la segunda. También por eso le interesaba apoderarse de la niña de la novia de Deathmask. Por cierto, su reunión con Terje ya estaba cerca, esperaba que le hubiera conseguido más detalles.