Capítulo 48


Cuando Sakura y Temari llegaron al puerto, buscaron sin bajarse de sus caballos al hombre que las había emplazado allí.

Ocultas bajo sus pieles, los hombres que andaban por el puerto medio borrachos no podían distinguir que eran dos mujeres. Si eso ocurría, sus problemas se multiplicarían por mil, pero, vestidas con pantalones y ocultas bajo las pieles, nadie se percataba de ello.

Sakura observaba a todos a su alrededor y, recordando de pronto algo que su hermana Tenten le había dicho, sonrió. Según Tenten, iba a pedirle a Hamingja, su ángel de la guarda, que la protegiera y la ayudara a encontrar el amor. Y, sin poder remediarlo, murmuró en un hilo de voz:

—Hamingja, te compadezco por todo el trabajo que te doy.

Temari, ajena a lo que aquélla pensaba, también miraba a su alrededor. Estaba nerviosa. Aquel tipo de cosas eran nuevas para ella, y, consciente de que llevaba todas las de perder si las atacaban, murmuró:

—¿Reconoces a alguien?

Sakura negó con la cabeza. Ya era la segunda vez que pasaban por esa parte del puerto y nada, ni rastro de Shizune ni de nadie que llamase su atención.

De pronto, una luz al fondo que salía de uno de los barcos llamó su atención, y, segura de que aquella seña era para ellas, declaró:

—Creo que esas luces son para nosotras.

—Yo también lo creo —afirmó Temari.

Ambas detuvieron sus caballos, miraron hacia el barco atracado y entonces Sakura susurró:

—En una nave de ésas llegué a estas tierras.

Su amiga asintió. Sabía perfectamente lo que aquélla quería decir con su comentario. Y, levantando el mentón, repuso:

—Iré contigo.

—Temari..., es peligroso.

—No tengo miedo.

Sakura la miró, y, al ver cómo le temblaban las manos, musitó:

—Mientes.

La rubia, clavando sus ojos en ella, tragó el nudo de emociones que pugnaban por salir de su garganta y a continuación dijo decidida enseñándole un dedo:

—¿Ves este anillo?

Al mirarlo, Sakura sonrió.

—Es nuestro anillo de hermanas y no me voy a separar de ti, ¿entendido?

—Pero, Temari...

—Me has enseñado el significado de las palabras hermana, amor, valor, amistad, generosidad..., y ahora que sé lo importante que es todo eso en mi vida, nada me va a apartar de ti y menos aún me va a detener. Vamos a ir hasta ese barco juntas. Juntas recuperaremos a Shizune o juntas moriremos.

—Temari...

—Sakura —la cortó—, claro que tengo miedo. Tengo el mismo miedo que tú. Pero ¿acaso me vas a decir que, si fuera el caso contrario, tú me dejarías sola a mí?

Sakura suspiró. Aquélla tenía razón, pero insistió:

—Quédate aquí, Temari. Temo por tu vida.

—Ni hablar. Yo voy contigo.

—No seas cabezota.

—Disculpa..., pero mi sangre vikinga está saliendo a relucir, ¿o qué esperabas?

Ese comentario hizo sonreír a Sakura, cuando aquélla, con una seguridad que nunca le había visto, indicó:

—Me da igual lo que digas, iré... y no se hable más. Y, si te pones cabezota, montaré en cólera y te vas a arrepentir de haberme llevado la contraria, ¡¿te enteras?! Porque si te sorprendió cuánto me enfadé el día que esa burda, piojosa y horrible tabernera me llamó fea, ni te imaginas cómo puedo ponerme ahora contigo si me sigues llevando la contraria.

Oír eso a Sakura volvió a hacerla sonreír. Aquélla había dicho las mismas palabras que su hermana Tenten habría utilizado en una situación así. Y, mirándola con orgullo, afirmó:

—De acuerdo. Acompáñame, guerrera.

Temari sonrió nerviosa y a continuación musitó levantando el mentón:

—Me gusta que me llames así.

Nuevamente retomaron el paso con sus monturas, mientras se adentraban en aquella zona del puerto oscura, desangelada y sombría.

De pronto, aparecieron de la nada tres hombres montados a caballo que comenzaron a trotar tras ellas, lo que hizo que Sakura maldijera. Estaban rodeadas.

Con gesto fiero, las jóvenes miraron a aquellos que las seguían impasibles, cuando Sakura murmuró:

—No te separes de mí y ten a mano lo que ya sabes.

—Ya lo tengo —afirmó Temari sintiendo su daga en la mano.

Según se acercaban al barco que había llamado su atención, vieron que en el exterior había varios hombres que las miraban a la espera de que se acercaran. Temblorosa, al sentir las miradas de aquéllos, Temari preguntó:

—¿Reconoces a alguien?

Sakura negó con la cabeza. Jamás en su vida había visto a aquellos hombres. Y, cada vez más consciente de que habían caído en una trampa, preguntó en noruego, buscando una vía de escape:

—¿Sabes nadar?

Temari miró la oscura, fría y sucia agua que rodeaba el barco y resopló:

—Sí.

Sakura asintió, y la joven rubia, incapaz de callar, musitó:

—Estoy... estoy pensando algo horrible.

—¿Qué piensas? —preguntó Sakura con aplomo.

Temari, a la que le temblaba todo el cuerpo, susurró entonces:

—Pienso si no habremos caído en una trampa de Sasori y...

—Puede que estés en lo cierto —la cortó Sakura.

Ella también lo estaba pensando.

Quizá había sido una incauta, una irresponsable, por no haber pensado antes de actuar, y se había dejado engañar por quien la buscaba.

Pero Shizune, su Shizune, estaba en peligro, y no había nada que pensar. Por ello, y, apretando la daga que llevaba en la mano, miró a Temari y declaró:

—Si es así, ha llegado su fin, porque pienso matarlo.

Temari asintió. Estaba claro que, si se trataba de aquél, a quienes les había llegado el fin era a ellas, cuando, sorprendiendo a Sakura, susurró:

—Como te he oído decir en otras ocasiones: no hay dolor, sólo venganza.

Una vez llegaron a las inmediaciones del enorme barco, las jóvenes detuvieron sus caballos y los hombres que las seguían pararon también.

En silencio permanecieron sobre sus monturas, cuando los hombres que había en el muelle las miraron y entonces Sakura levantó la voz y preguntó sin miedo:

—Busco a H. S.

Los tipos sonrieron, y uno de ellos, en un perfecto gaélico, preguntó:

—¿Quién lo busca?

—Sakura Haruno.

Los hombres asintieron, y a continuación oyeron:

—Y Temari Sabaku.

Sin moverse de su sitio, las muchachas vieron cómo uno de aquellos hombres subía al barco por la pasarela para, segundos después, aparecer con alguien maniatado y encapuchado.

Rápidamente se alarmaron.

Pero no era Shizune. Era un hombre.

Y, una vez lo bajaron del barco y lo soltaron frente a ellas, el hombre que lo empujaba le quitó la capucha y Temari murmuró reconociéndolo:

—¡¿Ivo?!

El aludido, que tenía sangre en el rostro, levantó la cabeza, y Sakura, confundida y alterada, al verlo en aquella situación, murmuró:

—Por el amor de Dios, Ivo, ¿estás bien?

—Lo siento, Sakura —dijo él clavando sus ojos en ella—. Lo siento. Pero ese hombre me interceptó, fue él quien me hirió en el muslo y me dijo que o lo ayudaba o mataría a mi mujer y a mis hijos.

A cada segundo más desconcertada, e incapaz de moverse de donde estaba, Sakura lo observaba boquiabierta cuando Temari preguntó:

—¿Qué hombre?

Ivo cerró los ojos. Odiaba decir aquel maldito nombre, pero murmuró:

—Sasori Akasuna.

Entonces, el corazón de Sakura se aceleró.

No era Deidara quien la había estado espiando, sino Ivo, y, viendo el percal y el lugar en el que estaban, le quedó claro que habían caído en una trampa.

Enfadada, molesta y dispuesta a morir, levantó el mentón. Había llegado el momento que había esperado durante tanto tiempo, y, tensa, preguntó:

—¿Dónde está ese malnacido?

—¡Aquí!

Al oír aquella voz, Sakura y Temari miraron hacia el barco y, al distinguir a Shizune junto a Sasori y a otro hombre, se quedaron sin palabras.

Shizune no estaba maniatada. Por el contrario, se hallaba de pie junto a un hombre alto y canoso que tenía buen aspecto. Nada que ver con Sasori, que estaba maniatado y golpeado.

Aquel gusano de gesto desagradable miró a Sakura y, con sangre en la boca, sonrió y siseó:

—Haruka..., qué placer verte.

—¿Ése es Sasori? —preguntó Temari.

—Sí.

Incrédula por lo que veía, la muchacha pelirosa se bajó de su yegua y, agarrando su daga con fuerza, siseó segura de lo que debía hacer:

—Te voy a matar.

—Sigues tan guapa como siempre..., tan apetecible —insistió aquél.

Sakura sintió repugnancia al oírlo, y, con gesto bravo, replicó:

—Qué asco me das. Me pones enferma, Sasori, pero vas a morir. Por fin vas a morir.

Shizune, al oír eso y ver la rabia en la mirada de su niña, rápidamente corrió hacia la pasarela para bajar del barco, e, interceptándola, la abrazó.

—Hija, tranquila.

Sakura cerró los ojos al sentir su abrazo y preguntó:

—¿Estás bien, Shizune?

—Sí, mi vida. Estoy bien. Estoy bien.

Segundos después, Temari, que se había bajado de su caballo, las abrazó también, y, a continuación, Sakura, mirando a un desmadejado Sasori, iba a decir algo cuando el hombre canoso que había a su lado le dio una patada a éste que lo hizo caer al suelo e indicó al tiempo que le tendía las cuerdas que lo mantenían prisionero a otro hombre:

—Atadlo.

Luego se encaminó hacia ella.

Con curiosidad, Sakura lo miró.

¿Dónde había visto antes a ese hombre?

Su mente pensaba tan rápidamente como el hombre se le acercaba, y, cuando se paró a escasos dos pasos de ella, aquél sonrió.

—Nunca podré agradecerte lo suficiente lo que hiciste por mí. No sólo aliviaste mi dolor, sino que encima me diste tu plato de estofado.

Al recordarlo, Sakura asintió y, en un hilo de voz, y sin entender nada, murmuró:

—¿Vos sois H. S.?

—Sí.

—Pero si me dijisteis que os llamabais Hiruzen.

Aquél asintió.

—Y así me llamo, Sakura.

Y, viendo el desconcierto en los ojos de la joven, prosiguió:

—Apareciste en mi vida en un momento complicado. Estaba solo y desesperado. Mi mejor amigo había muerto y me sentía culpable por no haber podido evitarlo. Pero, con tus palabras, tu humanidad y tu ayuda, conseguiste que despertara. Que regresara a mi hogar y volviera a ser el que fui.

—Cuánto me alegro, señor —murmuró ella sin entender nada.

—Y, como te dije aquel día en la taberna, ser quien eres y estar donde estás puede acarrearte infinidad de problemas, a no ser que...

—Que un hombre fuerte y poderoso me proteja —finalizó ella.

Al oír eso, Hiruzen sonrió y, seguro de sus palabras, afirmó:

—Sé que sabes protegerte y luchar. Tu padre adiestró a una buena guerrera. Y, aunque me consta que Sasuke Uchiha habría dado la vida por ti, quería agradecerte personalmente lo que hiciste por mí. Ahí tienes al hombre que te buscaba y a quien tú querías encontrar.

A cada segundo más boquiabierta por la amabilidad de aquel escocés, aun conociendo su procedencia, Sakura sonrió, cuando Shizune musitó:

—Ivo me engañó durante la fiesta y me sacó de la misma para llevarme hasta Sasori, pero sir Hiruzen me salvó, hija. Le estoy muy agradecida.

El hombre sonrió. Por suerte, ya habían localizado a Sasori y, mientras vigilaban la fortaleza, al ver que se llevaban de allí a Shizune, decidieron tomar cartas en el asunto. Hiruzen volvió a mirar a Ivo, que seguía de rodillas en el suelo, luego preguntó dirigiéndose a Sakura:

—¿Qué quieres que hagamos con él?

La joven miró al escocés y, al ver la desesperación en su rostro, murmuró:

—Él sólo ha sido otra víctima de Sasori. Si no hacía lo que él decía, habría matado a su mujer y a su hija.

Ivo lloraba. Intuía que su fin estaba cerca. Lo que había hecho no tenía perdón. Pero se quedó sorprendido cuando aquélla dijo:

—Soltadlo. Por mi parte está perdonado. Ahora sólo falta que lo perdone su señor, Sasuke Uchiha.

Hiruzen dio la orden a sus hombres y soltaron las manos de aquél, que no corrió, sino que se quedó allí parado a la espera del juicio de su señor.

Sakura, al verlo, sintió que debía ayudar a Ivo. Y Hiruzen, al ver cómo ella paseaba su mirada del que acababan de soltar al que estaba atado al mástil de su barco, dijo:

—Como decimos por aquí, ojo por ojo y muerte por muerte.

Al oír eso la joven asintió. Aquel hombre la entendía.

—En mi tierra decimos quien la hace la paga, y él la va a pagar.

Hiruzen, consciente de lo que esa muchacha había pasado por culpa de aquel mal hombre, asintió, mientras Sasori gritaba cosas terribles e indignantes. Sabía que su fin estaba cerca y quería morir haciendo daño a la joven.

Sakura, por su parte, lo escuchaba. Cada agravio que él le dedicaba era para ella una razón más para matarlo, y, mirando al hombre que estaba frente a ella, declaró:

—Gracias, sir Hiruzen. Nunca viviré lo suficiente como para agradeceros el regalo que me estáis haciendo.

Dicho esto, la joven comenzó a subir la escalera con paso seguro, y Shizune, parándola, dijo:

—Hija, no tienes por qué...

—Shizune..., seré yo quien acabe con su vida.

La mujer se retorció las manos angustiada mientras Sasori continuaba gritando cosas horribles. Y, dispuesta a distraer a su niña, dijo atrayendo su atención:

—Mi vida, este hombre es el poderoso sir Hiruzen Sarutobi y me ha dicho que, si queremos regresar a Noruega, él mismo nos llevará hasta allí en uno de sus barcos.

—¿De verdad? —preguntó sorprendida.

El hombre asintió.

—Será un honor llevaros de vuelta a vuestro hogar.

Sakura asintió, cuando Temari murmuró sorprendida:

—Oh, Dios... Sir Hiruzen, mi padre os admira muchísimo.

—Un placer saberlo, joven Temari.

Encantada porque supiera su nombre, ella sonrió y, mientras se acercaba a Sakura, explicó quitándose la capucha:

—Sir Hiruzen es íntimo amigo del rey de Escocia y es quien vigila las Highlands para evitar los saqueos y...

—Por todos los santos, muchacha... —la cortó Shizune—. ¿Qué le ha ocurrido a tu cabello?

Al oírla, la aludida suspiró y, viendo el gesto de aquélla, preguntó tocándose la cabeza:

—¿Tan horrible estoy?

Sin tiempo que perder, le contó lo ocurrido, mientras Sakura sólo tenía ojos para Sasori y oídos para sus terribles palabras.

Asco. Rabia. Venganza. Muerte. Dolor. Verlo y oírlo significaba todo aquello.

Aquel que había acabado con su familia sin ningún miramiento estaba ahora ante ella sucio, solo, atado y sin armas. Estaba pensando en cómo matarlo cuando comenzó a oír el ruido atronador de unos caballos al galope.

Todos los presentes se volvieron, y sir Hiruzen gritó:

—¡A vuestros puestos!

Los guerreros escoceses rápidamente formaron una barrera para que nadie llegara hasta donde aquéllos estaban, cuando Sakura anunció reconociendo a Neji y a Sasuke:

—No hay peligro. Son familia y amigos.

—Oh, mira..., si también viene el que fue mi marido —musitó Temari poniéndose de nuevo la capucha.

Sir Hiruzen, al oír a las jóvenes y reconocer a aquéllos, dio orden a sus hombres de que se replegaran y, cuando aquéllos llegaron hasta el muelle, Neji gritó al ver a Sasori atado y a su cuñada cerca de él:

—¡Saku...!

Tan alterado como aquél, y tirándose del caballo, Sasuke miró a la pelirosa, que estaba en lo alto de la escalera, y gritó desenvainando su espada:

—Sakura, ¡detente ahí! ¡No sigas!

Acto seguido, él, Neji y Naruto, con sus espadas en ristre, se colocaron en posición de ataque, cuando se oyó:

—Mi señor, ¡es Ivo!

Cuando Sasuke miró y vio a su hombre con el rostro lleno de sangre quedó aún más desconcertado, y, dirigiéndose con fiereza al guerrero de pelo blanco que estaba junto a Shizune y Temari, inquirió:

—¿Qué ocurre aquí?

—Mi señor, ¡os pido clemencia! —gritó Ivo arrodillándose.

Shizune, al entender el desconcierto de aquél, meneó la cabeza y trató de aclarar:

—Tranquilo, Sasuke. Sir Hiruzen nos está ayudando y...

—¿Sir Hiruzen Sarutobi? —preguntó Sasuke mirándolo de pronto.

—El mismo, muchacho —afirmó aquél tendiéndole la mano.

Conmocionado y sin dejar de mirar a Sakura, que permanecía inmóvil a pesar de los gritos que daba en noruego el hombre atado al mástil, le tendió la mano y murmuró:

—Sir Hiruzen..., no entiendo nada.

El hombre, que comprendía perfectamente cómo podía sentirse aquél, rápidamente le explicó la situación mientras Sasuke lo escuchaba boquiabierto.

Neji, a quien el corazón le martilleaba dentro del pecho, se acercó rápidamente hasta donde estaba Sakura. Igual que a ella, tener a Sasori a escasos pasos le revolvía las entrañas. La furia y la rabia por lo que aquel malnacido representaba hacían que quisiera estrangularlo con sus propias manos, pero, conteniéndose, miró a la muchacha y preguntó:

—¿Estás bien, Saku?

Ella asintió. Y, mirando con adoración a aquel que había cumplido la promesa que le había hecho a su hermana de cuidarla y protegerla, indicó:

—Ha llegado su día.

Neji asintió. Olvidó de golpe su enfado con la joven y, contemplando con desprecio a aquél, que cada vez gritaba con menos voz, afirmó:

—Que no es el nuestro.

—No. No es el nuestro —aseguró Sakura.

Rodeados de escoceses que hablaban entre ellos, Neji y ella los miraron y la muchacha murmuró:

—Nunca imaginé que estos brutos nos ayudarían.

—Ni yo —afirmó Neji—. Pero ya ves, pelirosa, al parecer no son tan mala gente.

—No. No lo son —susurró la joven mirando con cierta tristeza a Sasuke, que hablaba con Hiruzen.

Instantes después, Neji y Sakura se pusieron uno frente a otro, y, ante todas las miradas indiscretas que los observaban, juntaron sus frentes, se llevaron la mano al corazón y, mirándose a los ojos, murmuraron al unísono:

—No hay dolor, sólo venganza.

Una vez dicho eso, él dio un paso atrás. Estaba decidido: hacer aquello le correspondía a Sakura.

Sasuke, acercándose entonces hacia donde ella estaba y ver que Neji se interponía en su camino, la llamó:

—Sakura.

Ésta lo miró con gesto fiero.

Sasuke se percató del color oscuro de sus ojos. La muerte y la frialdad se habían apoderado de ellos. Y, sin poder acercarse porque Neji se lo impedía plantado en medio de la escalera del barco, le tendió la mano y pidió:

—Sakura, ven aquí.

La joven negó con la cabeza.

Nada en el mundo iba a impedir lo que su corazón le gritaba que hiciera.

Y, con una seguridad y una insensibilidad que al escocés le pusieron el vello de punta, declaró con la voz cargada de tensión:

—Tengo que matarlo.

Sasuke maldijo. Intentó moverse para acercarse a ella, pero Neji era como un muro de piedra. Furioso, lo miró. El vikingo y el escocés midieron fuerzas con la mirada hasta que, finalmente, Sasuke, viendo que era imposible, indicó mirando a la mujer que adoraba:

—Yo lo haré por ti.

—¡No!

—Sakura, te juré que si lo encontraba lo despellejaría por todo lo que os hizo a ti y a tu familia y...

—Sasuke —lo cortó—, he de hacerlo yo. He de ser yo.

—¿Por qué? ¿Por qué has de ser tú? —exigió él.

La joven cerró los ojos. La respuesta era muy fácil. Y, al abrirlos, dijo mirándolo:

—Porque era mi familia y así lo prometí. Eran mi padre, mi hermana Tenten, mis hermanos Yahico y Kimimaro, mi cuñada Temari y mi sobrino, que no llegó a nacer. También mató a Wulf, mi lobo. A Ameyuri, a mis vecinos. Todos ellos eran mi familia y murieron por el odio y el rencor que ese hombre tiene hacia mí.

—Sakura...

—Sasuke, cuando un vikingo promete algo, lo cumple. Y yo lo voy a cumplir —interrumpió desesperada, y, mirando a su cuñado, insistió—: Neji, aun dentro de su dolor, tu rabia y tu frustración, porque ese desalmado mató a su mujer, mi hermana me concede la dicha de ser yo quien acabe con este carroñero. Y ni tú ni nadie lo va a impedir.

Neji y aquél se miraron. Pero, aun así, el highlander insistió:

—Entiendo lo que dices, Sakura, sin embargo...

Pero ella ya no deseaba oír nada más. No podía. No debía. No quería.

Llevaba demasiado esperando aquel momento de venganza y de muerte, y el momento había llegado.

Y, dándose media vuelta, empuñó la daga con fuerza entre sus dedos, y se aproximó a Sasori, que la miraba con gesto severo. Se le plantó delante y, sin dudarlo, a pesar de sus duras palabras, clavó su daga en el estómago de aquél con toda su fuerza y, mirándolo a los ojos con satisfacción, musitó mientras la retorcía con rabia:

—Tu sangre... Tu muerte y tu dolor son mi recompensa. Nuestra recompensa.

Sasori jadeó abriendo los ojos mientras la sangre salía a borbotones de su estómago cayendo sobre las manos de Sakura, que ni se inmutó.

Dando un paso atrás, la joven contempló su agonía.

Disfrutó de ella como él había disfrutado de la de sus seres queridos. Y, estirando el brazo, desenvainó la espada y, con una mirada decidida, la asió con fuerza entre las dos manos, y, tras coger impulso, gritó como su padre le había enseñado:

—No hay dolor, ¡sólo venganza!

Segundos después, la cabeza de Sasori rodaba por el suelo, y Sakura, cerrando los ojos, soltó la espada y murmuró llevándose una mano al corazón:

—Lo he hecho, padre. Lo he hecho por todos y ya puedo descansar.

A continuación, se dio media vuelta y se encontró con Sasuke y con Neji.

Ambos la miraban.

Ambos la esperaban.

Y ambos abrieron los brazos para recibirla y acunarla. Pero Sakura, deseosa de cerrar el círculo, corrió sin dudarlo a los brazos de Neji. Lo necesitaba. Nadie mejor que él entendía cómo se sentía en ese momento.

Sasuke los observó sin dar crédito.

Aquel desplante delante de todo el mundo era lo último que pensaba aguantar. Que Sakura hubiera preferido los brazos de aquel vikingo a los suyos le resultaba indignante. Estaba pensando en ello mientras la oía hablar en noruego con aquél sin entender nada.

—Neji, lo he hecho..., lo he hecho.

El vikingo asintió abrazándola. Y, al ver la mirada del escocés, que estaba a su lado, sin poder comunicarse verbalmente con él, le hizo un gesto con la cabeza.

Por el modo en que lo miraba Sasuke, supo que lo había entendido, pero el highlander no se movió. Neji volvió a mover la cabeza para que aquél se aproximara, pero el orgulloso escocés ni se acercó ni reclamó a la muchacha para acogerla entre sus brazos. Por ello, apretando los dientes, Neji echó a andar agarrado a ella para bajar del barco y afirmó ignorándolo:

—Sí, Sakura. Lo has hecho. Y ahora por fin vas a descansar.

Sin moverse de donde estaba, Sasuke observó cómo aquel hombre se llevaba a Sakura. La rabia y la frustración porque ella hubiera buscado los brazos de Neji y no los suyos lo tenían conmocionado y, sintiéndose terriblemente mal, miró al cuerpo sin cabeza que estaba aún atado y murmuró:

—Se acabó.

Naruto, ajeno a lo que su amigo pensaba, con el corazón en la boca como todos por lo ocurrido, miró en dirección a la joven que junto a Shizune le daba la espalda y acercándose a ella musitó:

—Temari...

La muchacha maldijo al oírlo. Y, conteniendo todo lo que sentía por él, lo miró con toda la indiferencia que pudo y le espetó con frialdad:

—Para ti soy lady Cállate. ¿Qué quieres?

Verla allí, cuando lo cierto es que no pensaba verla nunca más, lo cautivó. Adoraba a esa mujer. La amaba con todo su ser, y, cuando ella se quitó la capucha con chulería, Naruto parpadeó incrédulo y preguntó:

—Pero ¿qué le ha ocurrido a tu cabello?

Temari suspiró. Se sentía diferente y poderosa con el pelo corto, y, tras mirar a Shizune, que le pedía prudencia con los ojos, replicó sin ganas:

—Precisamente a ti no tengo que darte explicaciones.

—Temari, ¡soy tu marido! —repuso él ofendido.

La joven sonrió al oír eso y, envalentonada, contestó:

—Te equivocas. Tú no eres mi marido. No eres nada mío.

Y, mirando a Shizune, cuchicheó con gracia:

—¿Has visto ese guerrero de allí...? Oh, Dios, ¡qué gallardo y apuesto es!

—¡Temari! —bramó Naruto molesto.

La aludida lo miró entonces y, ocultando sus sentimientos porque con aquél de nada valían, gruñó moviendo con gracia la cabeza:

—Naruto..., tú elegiste. Y elegiste separarte de mí. Una vez el consejo ha decidido y ambos volvemos a ser libres, espero que te olvides de mí, como te aseguro que yo ya me he olvidado de ti.

Dicho esto, se alejó con desparpajo junto a Shizune, que, mirándola, musitó mientras seguían a Neji y a Sakura:

—Hija de mi vida, lo que te gusta hacerlo enfadar...

Temari, con el corazón roto por lo que había dicho, cuchicheó entonces en un hilo de voz:

—Ay, Shizune..., vámonos, que voy a llorar.

Boquiabierto y furioso, Naruto la observó alejarse, momento en el que Sasuke se le acercó y sir Hiruzen, consciente de lo que pasaba, señaló:

—Muchachos..., creo que vais a tener que enamorarlas de nuevo.

Ofuscado, Naruto no dijo nada, pero Sasuke respondió dolido:

—No tengo que enamorar a nadie, y menos aún a una vikinga —y, subiendo a su caballo, indicó mirando a Ivo—: Monta con Inabi. —Luego miró de nuevo a sir Hiruzen y, tras darle las gracias en silencio, se dirigió al resto de sus hombres y ordenó—: Vayamos al campamento y después regresemos a casa. A nuestro lugar.