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Capítulo 86

Guareciéndome en La Escala…

A pesar de ese toque de comedia final que me resulta hasta simpático, la conversación con mi abuela no me ayuda en nada y salgo de allí peor de lo que entré.

No sé qué hacer, pero no estoy lista para ir a casa. Conduzco sin rumbo, hasta que mi camioneta me lleva a un sitio que representa el momento más feliz de mi vida, el día en que conocí a Albert.

Me detengo, y entro a La Escala con lágrimas en los ojos y el corazón sangrando.

¿Qué me ha pasado? ¿Qué nos ha pasado, por Dios? Se suponía que íbamos a ser felices para siempre, y que nuestros hijos no harían otra cosa que multiplicar nuestra dicha.

Sin embargo no lo somos, y aquí estoy, sola y aferrándome a los viejos tiempos porque los nuevos me hacen muy infeliz.

No me atrevo ni a pensar en la posibilidad, pero mi conciencia insiste en que reconozca que es posible que Albert me sea infiel con Karen.

Todo apunta a eso, y yo me quiero morir.

—Señora Candy, ¡qué sorpresa! El último cuatro de noviembre no vinieron…—dice una voz más que familiar a mis espaldas.

Me pongo de pie y le doy un abrazo a Mario, el mesero.

—Hola Mario… No me digas señora que me haces sentir más vieja.

Sonríe, pícaro.

—Candy, es una señal de respeto. Si tú eres vieja entonces yo…

—Estás en la flor de la edad, Mario. Y es verdad que no vinimos… Es que tuvimos un bebé en agosto.

—¡Otro más! ¿Un varoncito? Entonces ahora tienen dos y dos. Qué maravilla… ¿Y el señor Ardley cómo se encuentra?

"El señor Ardley se encuentra tal vez entre las piernas de otra mujer" pienso y de pronto un nudo me oprime la garganta. Pero lo cierto es que no me consta. Me sigo negando a considerar en serio en esa posibilidad aunque todo indique lo contrario.

—Está… Está bien —murmuro, sin poder disimular que la que no está bien soy yo.

Mario percibe que algo anda mal, y no insiste.

—¿Esta vez será café, helado o refresco, Candy? —pregunta.

—Helado —le indico. Me servirá para enfriarme, al menos, porque estoy que ardo de rabia, y un calor muy conocido en mis ojos me avisa que estoy a punto de llorar.

—¿De frutilla?

"Sí, de fresa… Para recordarme lo que he perdido y sufrir un poco más" me digo, triste mientras asiento.

Mario no tarda casi nada, y cuando me dispongo a comer la primera cucharada, veo que alguien se sienta frente a mí.

Pestañeo, sorprendida…

¿Stear? Sí, es el mismísimo Stear Corwell, el colega de Albert que una vez intentó besarme.

No lo he vuelto a ver desde ese día… ¿Cuánto hace? Creo que fue poco antes de casarme. Ahora lleva barba, pero su mirada es inconfundible.

—Candy White—dice sonriendo. —Qué alegría verte otra vez…

Dejo la cuchara en el helado mientras pienso con rapidez qué hacer. ¿Me levanto y me voy o le pido que se marche y me deje en paz? Maldigo mi suerte… ¿por qué cuernos esta coincidencia no puso a mi marido frente a mí, en lugar de a Stear? Me he pasado siete años sin verlo y hubiese podido pasar otros siete sin siquiera haberlo recordado, pero aquí está, frente a mí, derrochando simpatía.

—Hola, Stear —respondo educadamente. Por un momento pienso que debería corregirlo con un "Candy Ardley" para recordarle como son las cosas, pero por alguna razón no lo hago.

Él parece leerme el pensamiento.

—No temas, que ya he aprendido mi lección y no volveré a "desear a la mujer del prójimo"—me dice en un tono que me provoca una sonrisa. —A propósito, he sabido que al "prójimo" le va mejor que nunca, y me alegro…

No parece nada amenazante y mi incomodidad se disipa.

—¿Y a ti como te va? —–le pregunto, cortés.

—Me va muy bien, sobre todo desde que me he casado.

—¿Te has casado? —repito como una tonta. No sé por qué me sorprende, si siempre ha sido un buen partido.

—Así es. Y tengo un niño de siete meses.

Ahora sí que no siento a Stear como un boleto a un mal momento como la última vez. Se ha casado, es padre…

—Te felicito, Stear.

—Y he sabido que ustedes tienen cuatro pequeños… ¡vaya producción! Nosotros vamos más lento. Es que Fernanda, mi esposa, es también arquitecta y quiere ir con calma para no descuidar su carrera…

Caramba. Mi sonrisa se hace humo… Es como si me hubiesen tirado un balde de agua fría en la cabeza.

Justo ha dado en el clavo… En el sitio donde me aprieta el zapato.

El dedo directo en la llaga.

—Qué bien…—susurro bajando la vista.

—Es muy bueno que tengamos intereses en común. Me imagino que a Albert y a ti les pasará igual —me dice, y yo no sé para dónde mirar. —Una esposa decoradora de interiores es la gloria para un arquitecto.

¿Es broma? ¿Quién me lo ha enviado a este? ¿El enemigo?

Asiento con la cabeza y me concentro en mi helado.

—¡Ya quisiéramos nosotros tener una decoradora de confianza! Hemos tenido muy malas experiencias…

Eso desvía un poco mi atención de lo que más me duele.

—¿Sí?

—Así es. Gente incumplidora y con ideas clásicas y repetitivas. Clientes desconformes con el final del proyecto… Fernanda está harta de lidiar con eso…

—¿Y tienes algo interesante entre manos? —pregunto, y de pronto caigo en la cuenta de cómo me interesa todo lo relacionado a la profesión que ahora no puedo ejercer.

—Nos hemos presentado a la licitación del predio en la calle Vázquez Ledesma. Tenemos la esperanza de ganar… Hay que diseñar una plaza pública, una especie de jardín japonés…

—¿Dónde estaban las dos mansiones abandonadas? ¿Las que acaban de demoler?

—Ahí mismo. Se nos está complicando conseguir un diseñador de exteriores en realidad, un paisajista competente que…

Vaya, mi especialidad. Amo diseñar jardines, de hecho mi posgrado fue en diseño de paisaje, y luego, mientras esperaba a las gemelas hice un curso de paisajismo urbano del cual me gradué con honores.

Y mi tesis, estaba basada en algo como lo que Stear tiene entre manos.

—Bueno, Stear —digo sin pensarlo ni un segundo. —Si tu esposa necesita ayuda con eso, me lo dices.

Por un momento me mira frunciendo el ceño.

—¿A Albert no le importaría?

—No trabajo para Albert—replico de inmediato. —De hecho estoy buscando trabajo.

Me escucho, pero no puedo creerlo. Le estoy ofreciendo mis servicios profesionales a la competencia de Albert, y en más de un sentido. Han sido rivales en lo profesional y en lo personal, o al menos ellos se lo han tomado así porque Stear nunca tuvo una oportunidad de enamorarme ni la tendrá.

Sin embargo, lo estoy haciendo.

Stear traga saliva y mira por la ventana. Duda… Claro, yo también lo haría. Está a punto de desafiar a su enemigo número uno.

—Candy… Eres la respuesta a nuestras plegarias, pero temo que nos meteríamos en un gran problema. A tu marido lo sacará de sus casillas que trabajes con nosotros…

"¿Lo sacará de sus casillas? Entonces vamos bien. Albert está demasiado seguro de lo que tiene y no le vendrá mal ver cómo se tambalean las estructuras que él creía haber cimentado a la perfección" me susurra mi otro yo malévolo.

—Hum… No lo creo —replico mientras el helado se derrite en mi boca. Y a pesar de que Stear no despega los ojos de mi lengua, sigo sin sentirlo como una amenaza. Está casado, tiene un niño…

—Albert sabe separar muy bien lo profesional de lo personal…

Y si Dios existiera, sabría que no estoy mintiendo cuando digo eso.

—¿De veras crees que no se molestará? Porque también está ese otro asunto que tú ya sabes cual es y aún me hace sentir avergonzado. Y aunque no represento ningún peligro ahora que me he casado, tal vez él…

—Stear, jamás te consideré peligroso y Albert tampoco —le digo, y en su mirada adivino un dejo de frustración. —Pero tienes razón; el que estés casado ayuda.

—Siendo así, entonces…

Suspira, y luego coge su móvil.

—Hola, cariño. ¿A qué no adivinas? Ya tengo diseñadora de paisajes para el proyecto de la plaza del Biguá.

Y con esa simple llamada, queda marcado el camino que deberé transitar para recuperar la vida que jamás debí descuidar.

CONTINUARA